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viernes, 10 de marzo de 2023

Remordimiento por cualquier muerte

Jorge Luis Borges

Libre de la memoria y de la esperanza,
ilimitado, abstracto, casi futuro,
el muerto no es un muerto: es la muerte.
Como el Dios de los místicos,
de Quien deben negarse todos los predicados,
el muerto ubicuamente ajeno
no es sino la perdición y ausencia del mundo.
Todo se lo robamos,
no le dejamos ni un color ni una sílaba:
aquí está el patio que ya no comparten sus ojos,
allí la acera donde acechó su esperanza.
Hasta lo que pensamos podría estarlo pensando él también;
nos hemos repartido como ladrones
el caudal de las noches y de los días.
 
En Fervor de Buenos aires, 1923.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Elegía primera

Miguel Hernández

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasado con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera.

Entro despacio, se me cae la frente
despacio, el corazón se me desgarra
despacio, y despaciosa y negramente
vuelvo a llorar al pie de una guitarra.

Entre todos los muertos de elegía,
sin olvidar el eco de ninguno,
por haber resonado más en el alma mía,
la mano de mi llanto escoge uno.

Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.

¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes.

Vestido de esqueleto,
durmiéndote de plomo,
de indiferencia armado y de respeto,
te veo entre tus cejas si me asomo.

Se ha llevado tu vida de palomo,
que ceñía de espuma
y de arrullos el cielo y las ventanas,
como un raudal de pluma
el viento que se lleva las semanas.

Primo de las manzanas,
no podrá con tu savia la carcoma,
no podrá con tu muerte la lengua del gusano,
y para dar salud fiera a su poma
elegirá tus huesos el manzano.

Cegado el manantial de tu saliva,
hijo de la paloma,
nieto del ruiseñor y de la oliva:
serás, mientras la tierra vaya y vuelva,
esposo siempre de la siempreviva,
estiércol padre de la madreselva.

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.

Tú, el más firme edificio, destruido,
tú, el gavilán más alto, desplomado,
tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.

Caiga tu alegre sangre de granado,
como un derrumbamiento de martillos feroces,
sobre quien te detuvo mortalmente.
Salivazos y hoces
caigan sobre la mancha de su frente.

Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellino de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán de arrope, trueno de panales,
poeta entretejido, dulce, amargo,
que al calor de los besos
sentiste, entre dos largas hileras de puñales,
largo amor, muerte larga, fuego largo.

Por hacer a tu muerte compañía,
vienen poblando todos los rincones
del cielo y de la tierra bandadas de armonía,
relámpagos de azules vibraciones.
Crótalos granizados a montones,
batallones de flautas, panderos y gitanos,
ráfagas de abejorros y violines,
tormentas de guitarras y pianos,
irrupciones de trompas y clarines.

Pero el silencio puede más que tanto instrumento.

Silencioso, desierto, polvoriento
en la muerte desierta,
parece que tu lengua, que tu aliento,
los ha cerrado el golpe de una puerta.

Como si paseara con tu sombra,
paseo con la mía
por una tierra que el silencio alfombra,
que el ciprés apetece más sombría.

Rodea mi garganta tu agonía
como un hierro de horca
y pruebo una bebida funeraria.
Tú sabes, Federico García Lorca,
que soy de los que gozan una muerte diaria.

............

De Viento del pueblo, 1937.

viernes, 28 de marzo de 2014

El pez más viejo del río

Letra: Miguel Hernández
Interpretación: Camarón de la Isla

El pez más viejo del río
de tanta sabiduría
como amontonó, vivía
brillantemente sombrío.
Y el agua le sonreía.

Tan sombrío llegó a estar
(nada el agua le divierte)
que después de meditar,
tomó el camino del mar,
es decir, el de la muerte.

Reíste tú junto al río
niño solar. Y ese día
el pez más viejo del río
se quitó el aire sombrío.
Y el agua te sonreía.


...............
Poema publicado en 1946 en la revista Halcón con el título A la niña Rosa María.

lunes, 29 de julio de 2013

La canción de la morfina (fragmento)

Julián del Casal

Amantes de la quimera,
yo calmaré vuestro mal:
soy la dicha artificial,
que es la dicha verdadera.

Isis que rasga su velo
polvoreado de diamantes,
ante los ojos amantes
donde fulgura el anhelo;

encantadora sirena
que atrae con su canción
hacia la oculta región
en que fallece la pena;

bálsamo que cicatriza
los labios de abierta llaga;
astro que nunca se apaga
bajo su helada ceniza;

roja columna de fuego
que guía al mortal perdido,
hasta el país prometido
del que no retorna luego.

Guardo para fascinar
al que siento en derredor,
deleites como el amor,
secretos como la mar.

Quien me ha probado una vez
nunca me abandonará.
¿Qué otra embriaguez hallará
superior a mi embriaguez?

..................
De Hojas al viento, 1890.

martes, 11 de junio de 2013

El amor de su vida

Marina Colasanti

Amaba la muerte. Pero no era correspondido.
Tomó veneno. Se lanzó desde altos puentes. Aspiró gas. Ella siempre lo rechazaba, negándole el anhelado abrazo.
Cuando finalmente desistió de aquel amor y se entregó a la vida, la muerte, celosa, le hizo estallar el corazón.

..............................................
De Contos de amor rasgados, 1986. Traducción libre.

martes, 30 de octubre de 2012

La máscara de la Muerte Roja

Edgar Allan Poe

Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte.

Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que apartaban al enfermo de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad.

Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dajaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja.

Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.

Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero solo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.

También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.

Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.

Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante… mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como solo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.

Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la última campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco.

En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aun en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear.

En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta, y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión, en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.

¿Quién se ha atrevido? —preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban — ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema?  ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer!

Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.

Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero.

Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.

Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron.

Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.

..............................
Cuento publicado en 1842. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato corto o un título ficticio.

jueves, 3 de mayo de 2012

Los ausentes

Eugenio Montejo

Viajan conmigo mis amigos muertos.
Adonde llego, van por todas partes,
apresurados me siguen, me preceden,
gentiles, cómodos e incómodos,
en grupos, solos, conversando, paseando.
A mi paso se mezclan sus huidizos colores
hasta envolverme en un lento crepúsculo…
Tantos y tantos, cada cual en su estatua,
y en torno siempre las máscaras del sueño.
Y mi estatua también a su lado, flotando.
Muertos de nunca habernos muertos,
de estar en algún tiempo, en algún parque,
juntos y apartes, conformes e inconformes,
mudos, charlando, con voces, sin voces,
en verdad ya ni vivos ni muertos:
algo intermedio que tampoco es estatua,
aunque tengamos ya de piedra los ojos
y unos y otros nos sigamos, corteses, polémicos,
contentos de estar en la tierra y de no estar en ella,
en eternas tertulias donde, se hable o no se hable,
todo queda para después o para antes,
para cuando no sabíamos que después era entonces
ni que nuestras sombras de pronto levitaban
visibles e invisibles en el aire.

***

Un instante de nuevo me reúno con ellos,
conversando otra vez esta tarde, tan tarde,
en un café de ruidos urbanos, suburbanos…
Es decir, bebiendo sin beber, un poco abstemios,
pues los muertos no beben, pero beben a veces,
juntos y alegres, aunque no tanto, sino alegres,
con un trago o ninguno, pero con un trago,
creyendo que el tiempo ya pasó y no ha pasado,
y por eso pasó sin pasar, es decir, nunca pasa.
Cada cual con un whisky sin hielo o con hielo,
más cálido que frío, sin instante un instante,
con el recuerdo que nada recuerda esta tarde
y por eso ahora se acuerda de todo…
Bebiendo con ellos, que fuman y charlan,
que parten y vuelven, dialogan, discuten,
hablando por hablar y aveces por no hablar,
hasta decirnos qué de Picasso hay en la ausencia,
cuánto cubismo en la manera de alejarnos,
el modo de mirarnos con ojos verticales
y saludarnos con la mano a la inversa,
la forma de beber un solo vaso roto
que ya no tiene vidrio ni licor ni volumen,
el modo de beber creyendo que se bebe
y seguir todos juntos ahora que estoy solo.

…………….
De Partitura de la cigarra, 1999.

martes, 10 de abril de 2012

La muerte de Iván Ilich (fragmento)

León Tolstoi

A la hora de costumbre llegó el doctor. Iván Ilich contestó a sus preguntas con monosílabos ― “sí”, “no”― sin apartar de él una mirada rencorosa. Al final, dijo:

-Sabe que no hay remedio; déjeme, pues.
-Podemos aliviar el dolor ―replicó el médico.
-Ni siquiera eso, déjeme.

El doctor salió al salón y explicó a Paskovia Fiódorovna que lo veía muy mal y que solo había un recurso, el opio, para aliviar los dolores, que debían ser espantosos.

Sus sufrimientos morales consistían en que, aquella noche, al mirar la cara somnolienta, bondadosa y de pómulos salientes de Guerásim, se le había ocurrido de pronto: “En realidad, toda mi vida, mi vida consciente, ha sido un engaño”.

Se le ocurrió que lo que antes le parecía completamente imposible, que su vida se hubiera desenvuelto por cauces equivocados, podía ser verdad. Se le ocurrió que las veleidades, apenas perceptibles, de luchar contra lo que los personajes encumbrados consideraban bueno, que al instante se esforzaban en expulsar de sí, podían ser lo auténtico y verdadero, y que todo lo demás podía no serlo. Su profesión, su cargo, la manera como había organizado su vida, la familia, aquellos intereses de la sociedad, todo esto podía ser algo distinto y secundario. Trató de defenderlo ante sí mismo. Y de pronto advirtió la vaguedad de lo que defendía. No había nada qué defender.

“Si esto es así ―se dijo― y me voy de la vida con la conciencia de que destruí cuanto se me había dado, entonces, ¿qué?”. Se acostó boca arriba y se puso a repasar de un modo nuevo toda su vida. Cuando por la mañana vio al lacayo, luego a su esposa, luego a su hija y luego al doctor, cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, venían a confirmar la verdad que por la noche había descubierto. En ellos se veía a sí mismo, veía lo que había constituido su vida, veía que todo eso era una equivocación, un enorme y horrible engaño que no dejaba contemplar ni la vida ni la muerte. La conciencia de que esto era así incrementaba, multiblicaba por diez sus sufrimientos físicos. Gemía, se agitaba y trataba de quitarse la ropa. Le parecía que la ropa lo sofocaba y lo aplastaba. Y esto le hacía sentir odio hacia ellos.
Le dieron una fuerte dosis de opio y quedó amodorrado, pero a la hora de la comida enpezó de nuevo. Mandó a salir a todos; no cesaba de dar vueltas.

Acudió a su mujer y le dijo:
-Jean, querido, hazlo por mí ―“¿Por mí?”, pensó él―. No te causará ningún daño, y a menudo alivia. No significa nada. Y la salud, a menudo…

Él abrió mucho sus ojos.
-¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No hace falta! Aunque, por lo demás…
Ella rompió a llorar
-¿Sí, mi amigo? Le avisaré a nuestro sacerdote; es tan agradable…

Cuando llegó el sacerdote y se hubo confesado, pareció enternecerse. Sintió como un alivio en sus dudas y, a consecuencia de ello, un alivio de sus sufrimientos, y esto le produjo una esperanza momentánea. De nuevo empezó a pensar en el intestino ciego y en la posibilidad de arreglarlo. Tomó la comunión con lágrimas en los ojos. Cuando después de esto lo llevaron a la cama, por un minuto se sintió a liviado y otra vez apareció la esperanza. Empezó a pensar en la operación que le proponían. “Quiero vivir, quiero vivir”, se decía. Su esposa llegó para felicitarlo; le dijo las palabras de rigor y añadió:

-¿Verdad que te encuentras mejor?
Él, sin mirarla, articuló.
-Sí.

La ropa de ella, su complexión, la expresión de su cara, el sonido de su voz, todo decía lo mismo: “No es nada de eso. Todo cuanto fue y es tu vida es una mentira, es un engaño que te impide entender la existencia y la muerte”. Y nada más al pensar en esto se levantó en él el odio, y con el odio vinieron los dolorosos sufrimientos físicos, y con los sufrimientos, la conciencia del fin inevitable y próximo. Se produjo algo nuevo: algo se retorcía dentro de él haciendo difícil su respiración. La expresión de su cara cuando dijo “sí” era espantosa.

Después de pronunciar este “sí” mirando a su esposa a la cara, se volvió con rapidez extraordinaria para su notoria debilidad, y gritó:
-¡Váyanse, váyanse todos, déjenme solo!”

***

En ese momento empezó aquel grito que duró tres días consecutivos, un grito tan horrible que dos habitaciones más allá ya producía espanto. Apenas le contestó a su mujer comprendió que era hombre perdido, que no había vuelta atrás, que había llegado el fin último y que la duda no había sido resuelta, pues la seguía viendo planteada frente a él.

“¡Oh, oh, oh!”, vociferaba en diferentes tonos. Empezaba a gritar: “No quiero” y así seguía, alargando la última “o”.

Durante estos tres días, a lo largo de los cuales no existió para él el tiempo, se estuvo revolviendo en aquel saco negro en que lo metía una fuerza invisible e insuperable. Se debatía como se debate el condenado en manos del verdugo, sabiendo que no había salvación; y a cada minuto se daba cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos para oponerse, se acercaba más a aquello que lo horrizaba. Le atormentaba la idea de asomarse a aquel agujero negro, y todavía más el hecho de que no pudiera entrar en él. Se oponía a ese acto la aceptación de que su vida sí había sido buena. Esta justificación de su vida, que lo aferraba sin dejarlo ir más adelante, era lo que más le atormentaba.

De pronto, una fuerza lo empujó contra el pecho y el costado, impidiéndole respirar; sintó que caía en el agujero y allí, en el fondo, se iluminaba algo. Tuvo la misma sensación que uno tiene cuando va en un vagón de ferrocarril y piensa que avanza cuando en verdad retrocede y, de pronto, se da cuenta de cuál es la verdadera dirección.

“Sí, todo era equivocado ―se dijo― pero no importa. Se puede, se puede hacer ‘lo otro’. ¿Qué es lo otro?”, se preguntó, y entonces se quedó sosegado.

Esto ocurría al final del tercer día, una hora antes de su muerte. En este mismo instante su hijo se acercó sigilosamente a su cama. Él, moribundo, seguía gritando y moviendo desesperadamente los brazos. Su mano tropezó con la cabeza del muchacho. Éste la cogió, se la llevó a los labios y rompió a llorar.

Coincidiendo con ello, Iván Ilich cayó en el agujero, vio la luz y se le reveló en ese momento que su vida había sido una equivocación completa, pero que aún había tiempo para rectificar. Se preguntó qué era “eso” y se calmó, prestando atención. Entonces sintió que alguien besaba su mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Sintió lástima de él. Su esposa se le acercó. La miró. Ella lo miraba con la boca entreabierta y con lágrimas que no se preocupaba de enjuagar, con agua en la nariz y en las mejillas, con una expresión desesperada. Esta visión le produjo pena.

“Sí, los estoy atormentando ―pensó―. Me dan lástima, pero estarán mejor cuando yo me muera”. Quiso decírselos así, mas no tuvo fuerzas para articular las palabras. Señaló con la mirada a su hijo y le pidió a su esposa:

-Llévatelo… Me da pena… Y tú… ―quiso añadir “perdóname”, pero le salió algo confuso y, sin fuerzas para aclararlo, hizo un ademán de renuncia, sabiendo que sería comprendido.

En ese momento se le hizo claro que lo que lo abandonaba y no acababa de salir brotaba de golpe de dos sitios, de diez, de todas partes. Sentía lástima de ellos; tenía que hacer algo para evitar su aflicción. Para evitar los sufrimientos de ellos y de él mismo. “¡Qué bien y qué sencillo!” ―pensó―. ¿Y el dolor? ―se preguntó―. A ver, dolor, ¿dónde estás?”. Prestó atención. “Sí, ahí está. No importa, que siga. ¿Y la muerte? ¿Dónde está? ¿Qué muerte?”. No sentía miedo alguno porque no había muerte.

En vez de la muerte era la luz.
-¡Ahora lo comprendo! ―dijo de pronto en voz alta―. ¡Qué alegría!

Todo esto sucedió para él en un instante, y la significación de ese instante ya no llegó a cambiar. Para los presentes la agonía se prolongó todavía durante otras dos horas. Algo borboteaba en su pecho; su cuerpo, extenuado, se estremecía. Luego el borboteo y los ronquidos se fueron espaciando más y más.

-¡Se acabó! ―dijo alguien sobre él.
Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte ―se dijo―. La muerte no existe”.

Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto.

………………………………
Párrafos finales de la novela publicada en 1886. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras, algunas veces intervenidos mediante la incorporación de un formato corto o de un título ficticio.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Relatos de náufragos

Cristina Peri Rossi

Está distante el mar, y sin embargo, nos rodea más y más.

***

Al quinto día por decir algo
empezó a llover
cámaras de agua de las que no se sale más
el miedo a navegar que había detenido a tantos
en puertos tan estrechos
en casas non firmes
y ella que navegaba entre dos aguas,
en una enorme metrópoli submarina.
Agua.
Tengo sed.

***

Todo se convierte en pedirle a Dios
corte las amarras
que nos ataran tanto.

***

De cómo llegamos a la isla de los pájaros
de los muchos pájaros que hay en ella
por lo cual
decidimos bautizarla con el nombre
de isla de los pájaros

El 21 brumario
—mes de las brumas—
nos dimos a la vela con viento O.
Suaves brisas marinas sin embargo nos tiraban hacia el Norte,
y por ser hombres de fáciles seducciones
dejamos que las brumas nos llevaran hacia allí.
Fue entonces que, en medio de los hielos,
divisamos una isla abrumada de pájaros
que nos recibieron con espeluznado batir de alas y de réplicas.

El camino de los hielos rompimos a pedazos,
los hombres de las barcas se pusieron a cazar pájaros,
las brumas se disolvían en celeste,
los pájaros volaban bajo,
había, eso sí, un frío endemoniado,
a flor de agua fueron cazados
sin contar los que nos comimos frescos.

***

Con el barómetro bajo
y la tierra desaparecida,
a las cuatro y treinta de la madrugada,
con fuerte viento Sur y gran borrasca,
después de arriar la vela mayor y aproarla,
consultamos a la Buena Santa.

La Buena Santa nos respondió: La racha es violenta.
Es el viento del mar que nos atormenta.

***

Ya no aguantamos más el olor a muerto.

***

Si tuve vergüenza de correr
pereza de saltar
no es menos cierto
que todo el mundo tuvo prisa por correr
y premura por saltar
aun aquellos más ancianos
aun aquellos rodeados de hijos
aun aquellos que saltando ponían distancia irreparable de pareja.
«Sálvese quien pueda»
gritó el capitán, desde cubierta,
con tiempo malo y tenaz lluvia,
en el frenesí rodaron los amantes,
se deshicieron tiernos, flamantes matrimonios,
cada uno para sí y por sí,
nada más que uno, número impar.
«De todos los números, el uno es el imponente, solitario.
Cifra del horror y del miedo
—me dijo el capitán—
evítelo, como a la peste,
o bien ámelo más que a su madre,
de por sí y para sí,
sin transar jamás, sin pactos ni vacilaciones,
tiránicamente uno»,
creo que los dos entendimos bien
a bordo del naufragio.

…….
Poemas escogidos de Descripción de un naufragio, 1975. El título es ficticio.

martes, 27 de diciembre de 2011

El hombre

Clarice Lispector

Entre un instante y otro, entre el pasado y el futuro, la vaguedad blanca del intervalo. Vacío como la distancia de un minuto a otro en la circunferencia del reloj. El fondo de los acontecimentos irguiéndose callado y muerto, un pedazo de la eternidad.

Apenas un momento detenido, tal vez separando un trecho de la vida del siguiente. Ni un segundo, no pudo calcular el tiempo que, sin embargo, era largo como una línea recta infinita. Profundo, llegado de lejos, un pájaro negro, un punto creciendo en el horizonte, aproximándose a la conciencia como una pelota lanzada desde el final hacia el comienzo. Y explotando ante los ojos perplejos en la esencia del silencio.

Dejando tras de sí el intervalo perfecto como único sonido vibrando en el aire. Renacer después, guardar la memoria extraña del intervalo, sin saber cómo incorporarlo a la vida. Cargar para siempre el pequeño punto vacío —deslumbrado y virgen—, demasiado fugaz para dejarse desvendar.

Joana lo sintió mientras atravesaba el pequeño jardín de Lidia, ignorando adónde iría, con la certeza apenas de que dejaba atrás todo lo vivido. Cuando cerró la portezuela se alejó de Lidia, de Octavio, y, nuevamente sola en sí misma, caminó.

Un comienzo de tempestad se había calmado y el aire fresco circulaba dulcemente. Subió otra vez la montaña y su corazón latía aún sin ritmo. Buscaba la paz de aquellos caminos a esa hora, entre la tarde y la noche, una cigarra invisible susurrando el mismo canto. Los viejos muros húmedos en ruinas, invadidos de hiedra y enredaderas sensibles al viento. Se detuvo y, ya sin pasos, escuchó el silencio moverse. Solo su cuerpo perturbaba aquella serenidad. La imaginaba sin su presencia y adivinaba la frescura que deberían tener aquellas cosas muertas, mezcladas unas con otras, frágilmente vivas como en el comienzo de la Creación.

Las altas casas cerradas, recogidas como torres. Se llegaba a uno de los caserones por una larga calle sombría y quieta, el fin del mundo. Junto a él apenas se observaba un declive, el nacimiento de otra calle, y se podía entender que no era el final. La casona baja y ancha, los vidrios quebrados, las celosías de madera cerradas, cubiertas de polvo. Conocía bien aquel jardín donde se mezclaban blandos mogotes de hierba, rosas rojas, viejas latas oxidadas. Bajo los jazmines en flor encontraría los periódicos desteñidos, pedazos de madera húmeda de antiguos injertos. Entre los árboles pesados y envejecidos, los gorriones y las palomas pellizcaban el suelo desde siempre. Un pajarillo detenía su vuelo, paseaba por los alrededores hasta desaparecer tras los arbustos. La casona orgullosa y dulce en sus escombros. Morir allí. A aquella casa solo se podía llegar al final de todo. Morir en aquella tierra húmeda, tan buena para recibir un cuerpo muerto. Pero no era la muerte lo que ella quería, tenía miedo también.

Un hilo de agua corría sin cesar por la pared oscura. Joana se detuvo un instante y lo miró, vacía, impasible. En uno de sus paseos ella se había sentado junto al portoncito oxidado, el rostro apretado contra los barrotes helados, intentando sumergirse en el olor húmedo y oscuro del terreno. Aquella quietud cerrada, el perfume. Pero eso había sido hace mucho tiempo. Ahora ella se había separado del pasado.

Siguió caminando. Ya no sentía el calor de la fiebre que la conversación con Lidia le había causado. Estaba pálida y el excesivo cansancio la hacía casi leve, los rasgos más finos, purificados. De nuevo esperaba un final, el final que jamás llegaba para completar sus momentos. Que bajara sobre ella algo inevitable, quería ceder, someterse. A veces sus pasos equivocaban la dirección, le pesaban, sus piernas apenas se movían. Pero ella se empujaba a sí misma, se guardaba para caer más lejos. Miraba el suelo, las rubias hierbas que renacían humildemente después de ser aplastadas.

Levantó los ojos y lo vio. Aquel mismo hombre que la seguía frecuentemente, sin jamás acercársele. Ya lo había visto muchas veces en aquellas mismas calles, durante el paseo vespertino. No se sorprendió. Alguna cosa habría de venir de algún modo, ella lo sabía. Afilado como un cuchillo. Sí, recién la noche anterior, acostada al lado de Octavio, ignorante de lo que sucedería al día siguiente, ella se había acordado de ese hombre. Afilado como un cuchillo...

Sintiendo un ligero vértigo al tentar divisarlo de lejos, vio al hombre multiplicado en innumerables bultos que llenaban, trémulos y deformes, el camino. Cuando se le quitó lo nublado de la visión, la frente húmeda de sudor, lo vio en contraste como un punto único y pobre caminando hacia ella, perdido en la larga calle desierta. Ciertamente él apenas la seguía, como las otras veces. Pero ella estaba cansada y se detuvo.

Cada vez más la figura del hombre se aproximaba y crecía, cada vez más Joana sentía hundirse en lo irremediable. Aún podía retroceder, todavía pudiera darse la vuelta e irse de allí, evitándolo. Y no sería como huír, ella adivinaba la humildad de aquel hombre. Nada la retenía allí, inmóvil, claramente esperando a que se aproximara. Nada la retenía, ni el miedo.

Pero aunque fuera la propia muerte la que se le acercaba, aun la vileza, la esperanza o, de nuevo, el dolor, se detuvo simplemente. Estaban cortadas las venas que la conectaban a las cosas vividas, reunidas ahora en un solo bloque lejano, exigiendo una continuación lógica, pero viejas, muertas. Solo ella misma había sobrevivido, aún respiraba. Y delante de ella un nuevo campo todavía sin color, la madrugada emergiendo. Atravesar las brumas para mirarlo. No podría retroceder, no sabía por qué retroceder. Si todavía dudaba delante del extraño cada vez más cercano era porque le temía a la vida, que otra vez se le aproximaba, implacable. Intentaba agarrarse al intervalo, existir en él, suspendida en aquel mundo frío y abstracto, sin mezclarse con la sangre.

……..
Fragmento del capítulo El hombre de la novela Cerca del corazón salvaje, 1944. Traducción libre.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Pasatiempo

Mario Benedetti

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.

Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

……………………..
De Viento del exilio, 1981.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Canción otoñal

Federico García Lorca

Noviembre de 1918. (Granada)

Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.

Todas las rosas son blancas,
tan blancas como mi pena,
y no son las rosas blancas,
que ha nevado sobre ellas.
Antes tuvieron el iris.
También sobre el alma nieva.
La nieve del alma tiene
copos de besos y escenas
que se hundieron en la sombra
o en la luz del que las piensa.

La nieve cae de las rosas
pero la del alma queda,
y la garra de los años
hace un sudario con ellas.

¿Se deshelará la nieve
cuando la muerte nos lleva?
¿O después habrá otra nieve
y otras rosas más perfectas?

¿Y si el amor nos engaña?
¿Quién la vida nos alienta
si el crepúsculo nos hunde
en la verdadera ciencia
del Bien que quizá no exista
y del Mal que late cerca?

¿Si la esperanza se apaga
y la Babel se comienza
qué antorcha iluminará
los caminos de la Tierra?

¿Si el azul es un ensueño
qué será de la inocencia?
¿Qué será del corazón
si el amor no tiene flechas?

¿Y si la muerte es la muerte
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?
¡Oh sol de las esperanzas!
¡Agua clara! ¡Luna nueva!
¡Corazones de los niños!
¡Almas rudas de la piedra!
Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas
y todas las rosas son
tan blancas como mi pena.

......................
De Libro de poemas y canciones (1918-1920).

martes, 19 de julio de 2011

Manuscrito hallado en una botella

Edgar Allan Poe

Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han alejado de uno y enemistado con la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación poco común y una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios. Pero por sobre todas las cosas, me proporcionaba gran placer el estudio de los moralistas alemanes; no por una desatinada admiración a su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos hábitos mentales me permitían detectar sus falsedades.

A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones se me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinación por la filosofía física haya teñido mi mente con un error muy común en esta época: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que haya nadie menos propenso que yo a alejarse de los severos límites de la verdad, dejándose llevar por el fuego fauto de la superstición. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increíble que debo narrar no sea considerada el desvarío de una imaginación desbocada, sino la experiencia auténtica de una mente para quien los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.

Después de muchos años de viajar por el extranjero, en el año 18… me embarqué en el puerto de Batavia, en la próspera y populosa isla de Java, en un crucero por el archipiélago de las islas Sonda. Iba en calidad de pasajero, sólo inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espíritu malévolo.

Nuestro hermoso navío, de unas cuatrocientas toneladas, había sido construido en Bombay en madera de teca de Malabar con remaches de cobre. Transportaba una carga de algodón en rama y aceite, de las islas Laquevidas. También llevábamos a bordo fibra de corteza de coco, azúcar morena de las Islas Orientales, manteca clarificada de leche de búfalo, granos de cacao y algunos cajones de opio. La carga había sido mal estibada y el barco escoraba.

Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa y durante muchos días permanecimos cerca de la costa oriental de Java, sin otro incidente que quebrara la monotonía de nuestro curso que el ocasional encuentro con los pequeños barquitos de dos mástiles del archipiélago al que nos dirigíamos.

Una tarde, apoyado sobre el pasamano de la borda de popa, vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no sólo por su color, sino por ser la primera que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé con atención hasta la puesta del sol, cuando de repente se extendió hacia este y oeste, ciñendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de una larga línea de playa. Pronto atrajo mi atención la coloración de un tono rojo oscuro de la luna, y la extraña apariencia del mar. Éste sufría una rápida transformación y el agua parecía más transparente que de costumbre. Pese a que alcanzaba a ver claramente el fondo, al echar la sonda comprobé que el barco navegaba a quince brazas de profundidad. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo vivo.

A medida que fue cayendo la noche, desapareció todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. Sobre la toldilla ardía la llama de una vela sin el más imperceptible movimiento, y un largo cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que se advirtiera la menor vibración. Sin embargo, el capitán dijo que no percibía indicación alguna de peligro, pero como navegábamos a la deriva en dirección a la costa, ordenó arriar las velas y echar el ancla. No apostó vigías y la tripulación, compuesta en su mayoría por malayos, se tendió deliberadamente sobre cubierta. Yo bajé… sobrecogido por un mal presentimiento.

En verdad, todas las apariencias me advertían la inminencia de un tifón. Transmití mis temores al capitán, pero él no prestó atención a mis palabras y se alejó sin dignarse a responderme. Sin embargo, mi inquietud me impedía dormir y alrededor de medianoche subí a cubierta. Al apoyar el pie sobre el último peldaño de la escalera de cámara me sobresaltó un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino y, antes de que pudiera averiguar su significado, percibí una vibración en el centro del barco. Instantes después se desplomó sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando por sobre el puente, barrió la cubierta de proa a popa.

La extrema violencia de la ráfaga fue, en gran medida, la salvación del barco. Aunque totalmente cubierto por el agua, como sus mástiles habían volado por la borda, después de un minuto se enderezó pesadamente, salió a la superficie, y luego de vacilar algunos instantes bajo la presión de la tempestad, se enderezó por fin.

Me resultaría imposible explicar qué milagro me salvó de la destrucción.
Aturdido por el choque del agua, al volver en mí me encontré estrujado entre el mástil de popa y el timón. Me puse de pie con gran dificultad y, al mirar, mareado, a mi alrededor, mi primera impresión fue que nos encontrábamos entre arrecifes, tan tremendo e inimaginable era el remolino de olas enormes y llenas de espuma en que estábamos sumidos.

Instantes después oí la voz de un anciano sueco que había embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamé con todas mis fuerzas y al rato se me acercó tambaleante. No tardamos en descubrir que éramos los únicos sobrevivientes. Con excepción de nosotros, las olas acababan de barrer con todo lo que se hallaba en cubierta; el capitán y los oficiales debían haber muerto mientras dormían, porque los camarotes estaban totalmente anegados. Sin ayuda era poco lo que podíamos hacer por la seguridad del barco y nos paralizó la convicción de que no tardaríamos en zozobrar.

Por cierto que el primer embate del huracán destrozó el cable del ancla, porque de no ser así nos habríamos hundido instantáneamente. Navegábamos a una velocidad tremenda y las olas rompían sobre nosotros. El maderamen de popa estaba hecho añicos y todo el barco había sufrido gravísimas averías; pero comprobamos con júbilo que las bombas no estaban atascadas y que el lastre no parecía haberse descentrado.

La primera ráfaga había amainado, y la violencia del viento ya no entrañaba gran peligro; pero la posibilidad de que cesara por completo nos aterrorizaba, convencidos de que, en medio del oleaje siguiente, sin duda, moriríamos. Pero no parecía probable que el justificado temor se convirtiera en una pronta realidad.

Durante cinco días y noches completos –en los cuales nuestro único alimento consistió en una pequeña cantidad de melaza que trabajosamente logramos procurarnos en el castillo de proa– la carcasa del barco avanzó a una velocidad imposible de calcular, impulsada por sucesivas ráfagas que, sin igualar la violencia del primitivo tifón, eran más aterrorizantes que cualquier otra tempestad vivida por mí en el pasado.

Con pequeñas variantes, durante los primeros cuatro días nuestro curso fue sudeste, y debimos haber costeado Nueva Holanda. Al quinto día el frío era intenso, pese a que el viento había girado un punto hacia el norte. El sol nacía con una enfermiza coloración amarillenta y trepaba apenas unos grados sobre el horizonte, sin irradiar una decidida luminosidad. No había nubes a la vista, y sin embargo el viento arreciaba y soplaba con furia despareja e irregular. Alrededor de mediodía -aproximadamente, porque sólo podíamos adivinar la hora- volvió a llamarnos la atención la apariencia del sol. No irradiaba lo que con propiedad podríamos llamar luz, sino un resplandor opaco y lúgubre, sin reflejos, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente su fuego central se apagó de modo abrupto, como por obra de un poder inexplicable. Quedó sólo reducido a un aro plateado y pálido que se sumergía de prisa en el mar insondable.

Esperamos en vano la llegada del sexto día -ese día que para mí no ha llegado y que para el sueco no llegó nunca. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad, a tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuó envolviéndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar a la que nos habíamos acostumbrado en los trópicos. También observamos que, aunque la tempestad continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual de olas ni de espuma con las que antes nos envolvía. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante desierto de ébano.

Un terror supersticioso fue creciendo en el espíritu del viejo sueco y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonamos todo intento de atender el barco, por considerarlo inútil, y nos aseguramos lo mejor posible a la base del palo de mesana, clavando con amargura la mirada en el océano inmenso. No habría manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posición. Sin embargo teníamos plena conciencia de haber avanzado más hacia el sur que cualquier otro navegante anterior y nos asombró no encontrar los habituales impedimentos de hielo.

Mientras tanto, cada instante amenazaba con ser el último de nuestras vidas… olas enormes, como montañas se precipitaban para abatirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado y fue un milagro que no zozobráramos instantáneamente. Mi acompañante hablaba de la liviandad de nuestro cargamento y me recordaba las excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podía menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancólicamente para una muerte que, en mi opinión, no podía demorar ya más de una hora, porque con cada nudo que el barco recorría el mar negro y tenebroso adquiría más violencia. Por momentos jadeábamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros… y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno acuoso donde el aire se estancaba y ningún sonido turbaba el sopor del "kraken".

Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente en la noche. "¡Mire, mire!" exclamó, chillando junto a mi oído, "¡Dios Todopoderoso! ¡Mire, mire!". Mientras hablaba percibí el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorría los costados del inmenso abismo en que nos encontrábamos, arrojando cierto brillo sobre nuestra cubierta. Al levantar la mirada, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. A una altura tremenda, directamente encima de nosotros y al borde mismo del precipicio líquido, flotaba un gigantesco navío, de quizás cuatro mil toneladas.

Pese a estar en la cresta de una ola que lo sobrepasaba más de cien veces en altura, su tamaño excedía el de cualquier barco de línea o de la compañía de Islas Orientales. Su enorme casco era de un negro profundo y sucio y no lo adornaban los acostumbrados mascarones de los navíos. Una sola hilera de cañones de bronce asomaba por las troneras abiertas, y sus relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de combate que se balanceaban de un lado al otro en las jarcias.

Pero lo que más asombro y estupefacción nos provocó fue que en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracán ingobernable, navegara con todas las velas desplegadas. Al verlo por primera vez sólo distinguimos su proa y poco a poco fue alzándose sobre el sombrío y horrible torbellino.

Durante un momento de intenso terror se detuvo sobre el vertiginoso pináculo, como si contemplara su propia sublimidad, después se estremeció, vaciló y… se precipitó sobre nosotros. En ese instante no sé qué repentino dominio de mí mismo surgió de mi espíritu. A los tropezones, retrocedí todo lo que pude hacia popa y allí esperé sin temor la catástrofe. Nuestro propio barco había abandonado por fin la lucha y se hundía de proa en el mar. En consecuencia, recibió el impacto de la masa descendente en la parte ya sumergida de su estructura y el resultado inevitable fue que me vi lanzado con violencia irresistible contra los obenques del barco desconocido.

En el momento en que caí, la nave viró y se escoró, y supuse que la consiguiente confusión había impedido que la tripulación reparara en mi presencia. Me dirigí sin dificultad y sin ser visto hasta la escotilla principal, que se encontraba parcialmente abierta, y pronto encontré la oportunidad de ocultarme en la bodega. No podría explicar por qué lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensación de temor que, desde el primer instante, me provocaron los tripulantes de ese navío. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producían una vaga extrañeza, duda y aprensión. Por lo tanto consideré conveniente encontrar un escondite en la bodega. Lo logré moviendo una pequeña porción de la armazón y así me aseguré un refugio conveniente entre las enormes cuadernas del buque.

Apenas había completado mi trabajo cuando el sonido de pasos en la bodega me obligó a hacer uso de él. Junto a mí escondite pasó un hombre que avanzaba con pasos débiles y andar inseguro. No alcancé a verle el rostro, pero tuve oportunidad de observar su apariencia general. Todo en él denotaba poca firmeza y una avanzada edad. Bajo el peso de los años le temblaban las rodillas, y su cuerpo parecía agobiado por una gran carga. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas en un idioma que yo no comprendía y empezó a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular y de viejas cartas de navegación que había en un rincón. Su actitud era una extraña mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Por fin subió nuevamente a cubierta y no lo volví a ver.

***
Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensación que no admite análisis, frente a la cual las experiencias de épocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me será ofrecida por el futuro. Para una mente como la mía, esta última consideración es una tortura. Sé que nunca, nunca, me daré por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y sin embargo no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido… una nueva entidad se  incorpora a mi alma.

***
Hace ya mucho tiempo que recorrí la cubierta de este barco terrible y creo que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Qué hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme sería una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasé directamente frente a los ojos del segundo oficial; no hace mucho que me aventuré a entrar a la cabina privada del capitán, donde tomé los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuaré escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero trataré de lograrlo. A último momento, introduciré el mensaje en una botella y la arrojaré al mar.

***
Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditación. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Me había aventurado a cubierta donde estaba tendido, sin llamar la atención, entre una pila de flechaduras y viejas velas, en el fondo de una balandra. Mientras meditaba en lo singular de mi destino, inadvertidamente tomé un pincel mojado en brea y pinté los bordes de una vela arrastradera cuidadosamente doblada sobre un barril, a mi lado. La vela ha sido izada y las marcas irreflexivas que hice con el pincel se despliegan formando la palabra “descubrimiento”.

Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío. Aunque bien armado, no creo que sea un barco de guerra. Sus jarcias, construcción y equipo en general, contradicen una suposición semejante. Alcanzo a percibir con facilidad lo que el navío no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro por qué, pero al observar su extraño modelo y la forma singular de sus mástiles, su enorme tamaño y su excesivo velamen, su proa severamente sencilla y su popa anticuada, de repente cruza por mi mente una sensación de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas crónicas extranjeras y de épocas remotas.

He estado estudiando el maderamen de la nave. Ha sido construida con un material que me resulta desconocido. Las características peculiares de la madera me dan la impresión de que no es apropiada para el propósito al que se la aplicara. Me refiero a su extrema porosidad, independientemente de los daños ocasionados por los gusanos, que son una consecuencia de navegar por estos mares, y de la podredumbre provocada por los años. Tal vez la mía parezca una observación excesivamente insólita, pero esta madera posee todas las características del roble español, en el caso de que el roble español fuera dilatado por medios artificiales.

Al leer la frase anterior, viene a mi memoria el dicho que un viejo lobo de mar holandés repetía siempre que alguien ponía en duda su veracidad. "Tan seguro es, como que hay un mar donde el barco mismo crece en tamaño como el cuerpo viviente del marino."

Hace una hora tuve la osadía de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atención y, aunque estaba parado en medio de todos ellos, parecían absolutamente ignorantes de mi presencia. Lo mismo que el primero que vi en la bodega, todos daban señales de tener una edad avanzada. Les temblaban las rodillas achacosas; la decrepitud les inclinaba los hombros; el viento estremecía sus pieles arrugadas; sus voces eran bajas, trémulas y quebradas; en sus ojos brillaba el lagrimeo de la vejez y la tempestad agitaba terriblemente sus cabellos grises. Alrededor de ellos, por toda la cubierta, yacían desparramados instrumentos matemáticos de la más pintoresca y anticuada construcción.

Hace un tiempo mencioné que había sido izada un ala del trinquete. Desde entonces, desbocado por el viento, el barco ha continuado su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas desplegadas desde la punta de los mástiles hasta los botalones inferiores, hundiendo a cada instante sus penoles en el más espantoso infierno de agua que pueda concebir la mente de un hombre.

Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que la tripulación parece experimentar pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestra enorme masa no sea definitivamente devorada por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitamos por fin en el abismo. Remontamos olas mil veces más gigantescas que las que he visto en mi vida, por las que nos deslizamos con la facilidad de una gaviota; y las aguas colosales alzan su cabeza por sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a la simple amenaza y a quienes les está prohibido destruir. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la única causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que el barco navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso mar de fondo.

He visto al capitán cara a cara, en su propia cabina, pero, tal como esperaba, no me prestó la menor atención. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en más o en menos, de un hombre común, al asombro con que lo contemplé se mezcló un sentimiento de incontenible reverencia y de respeto. Tiene aproximadamente mi estatura, es decir cinco pies y ocho pulgadas. Su cuerpo es sólido y bien proporcionado, ni robusto ni particularmente notable en ningún sentido. Pero es la singularidad de la expresión que reina en su rostro… es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espíritu una sensación… un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son una historia del pasado, y sus ojos, aún más grises, son sibilas del futuro.

El piso de la cabina estaba cubierto de extraños pliegos de papel unidos entre sí por broches de hierro y de arruinados instrumentos científicos y obsoletas cartas de navegación en desuso. Con la cabeza apoyada en las manos, el capitán contemplaba con mirada inquieta un papel que supuse sería una concesión y que, en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí, igual que el primer tripulante a quien vi en la bodega, sílabas obstinadas de un idioma extranjero, y aunque se encontraba muy cerca de mí, su voz parecía llegar a mis oídos desde una milla de distancia.

El barco y todo su contenido están impregnados por el espíritu de la vejez. Los tripulantes se deslizan de aquí a allá como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraño resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca, pese a haber comerciado la vida entera en antigüedades y a haber absorbido las sombras de columnas caídas en Baalbek, en Tadmor y en Persépolis, hasta que mi propia alma se convirtió en una ruina.

Al mirar alrededor me avergüenzan mis anteriores aprensiones.
Si temblé ante la ráfaga que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cómo no horrorizarme ante un asalto de viento y mar, que para definirlos las palabras remolino y tifón resultan triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navío reina la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero aproximadamente a una legua a cada lado de nosotros alcanzan a verse, oscuramente y a intervalos, imponentes murallas de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y que parecen las paredes del universo.

Como imaginaba, el barco sin duda está en una corriente; si así se puede llamar a una marea que, aullando y chillando entre las blancas paredes de hielo, se precipita hacia el sur con la velocidad con que cae una catarata.

Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo, la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con la más odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir cuyo descubrimiento lleva en sí la destrucción.  Tal vez esta corriente nos conduzca hacia el mismo Polo Sur. Debo confesar que una suposición en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor.

La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y trémulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatía de la desesperación. Mientras tanto, seguimos navegando con viento de popa y, como llevamos todas las velas desplegadas, por momentos el barco se eleva por sobre el mar.

¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos círculos concéntricos, rodeando una y otra vez los bordes de un gigantesco anfiteatro, el ápice de cuyas paredes se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los círculos se estrechan con rapidez… nos precipitamos furiosamente en la vorágine… y entre el rugir, el aullar y el atronar del océano y de la tempestad el barco trepida.¡Oh, Dios… se hunde…!

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Cuento publicado originalmente por el diario Baltimore Saturday Visiter, el 18 de octubre de 1833.