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domingo, 27 de marzo de 2016

Acá entre nos: Globovisión o la quimera informativa

@planetaencrisis

El canal Globovisión es, en este exacto momento de la historia de nuestro país, un medio periodístico que sorprende, causa orgullo y que es merecedor del sitial de principal referente informativo de los venezolanos.

La mayor parte de su programación es cuidadosamente balanceada para dar espacio a las dos grandes tendencias políticas actuales de Venezuela (chavismo y oposición), mientras que sus periodistas, las cuñas institucionales y toda la imagen del canal televisivo se desviven por reforzar estos atributos de "espacio neutral" ante los ojos avizores del gobierno, de la oposición y de los venezolanos afines al uno o a la otra, lo cual resulta conmovedor para la periodista que suscribe este comentario.

La programación, en general, es perfecta en cuanto a balance editorial, comenzando por el fabuloso programa Vladimir a la 1 y por las emisiones del noticiero. Los programas de opinión mantienen un enfoque que impide que, aunque la selección de los invitados o los comentarios de los moderadores puedan denotar posiciones políticas, se incurra en virulento activismo o en la tendenciosa cobertura que es usual, por ejemplo, en los medios de otros países cuando se trata de informar respecto a Venezuela.

El camino que recorrió Globovisión para llegar adonde está hoy es de todos conocido (y digo todos en el sentido planetario de la palabra): pasó de ser una forma novedosa de traer las noticias al interior de los hogares (al estilo 24/7 que CNN inauguró a fines de los años 80 del siglo pasado) a ser un actor político cardinal en Venezuela y el objeto de una atención global que superó con creces la que le correspondía por concepto de audiencia.

No voy a entrar en detalles sobre el papel que este canal jugó hace 14 años ni sobre su posicionamiento en los hechos políticos venezolanos de entonces, a pesar de que la musiquita inquietante con que editorializaba sus coberturas aún me cause palpitaciones y el recuerdo de sus discursos periodísticos todavía me haga arquear las cejas.

Una cierta emoción me obliga a manifestar mi encantamiento con su línea actual y con el contenido de su programación y, al mismo tiempo, a confesar la triste certeza de que tales cualidades no han de durar demasiado tiempo.

Basta escuchar las críticas absurdas vertidas desde el Gobierno Nacional (he dicho que en nada se parece la actual línea editorial de Globovisión con aquella de hace unos pocos años) y algunas todavía más disparatadas en boca de los usuarios de a pie, sean de una u otra tendencia política (o incluso de ninguna), que lo acusan de autocensurarse.

Soy de las que piensan que la autocensura es praxis en el periodismo desde siempre, pues la línea editorial, los anunciantes y los intereses de quienes financian el medio han sido un filtro de los contenidos desde el comienzo de la prensa. Y el periodismo hace tiempo que dejó de querer parecer objetivo o imparcial.

En nuestra era, los grandes diarios como El País o The New York Times, Le Monde, al iguales que los principales, los medianos y los pequeños periódicos en cada país del mundo, sin hablar de las todopoderosas televisoras, tienen por norma editorializar tanto su contenido que la gente no acostumbra consumir un producto informativo sin el ingrediente opinativo de rigor: el que les dé la razón y refuerce la opinión ya formada. Escogemos los medios por su tendencia.

Por su valioso contenido, el momento comunicacional de Globovisión ahora se me antoja único, fugaz y frágil cual fenómeno natural, aunque no por eso menos notorio y hermoso.

Con tristeza opino que los días de la Globovisión quimérica están contados. Y no apenas por aquella metáfora platónica del Anillo de Giges, sino porque en nuestras sociedades de hoy es la línea política y editorial  lo que otorga valor y prestigio al medio y no la contingencia de la cual éste se ocupa.

Éste es el periodismo humano que más valoramos, donde “humano” no tiene un sentido humanístico moral (y quimérico), mas el sentido político que le damos respecto a su papel en nuestra convivencia como sociedad y del que hacemos una referencia necesaria.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Acá entre nos: El nudo ciego del periodismo o la tragedia del "ni ni"

@planetaencrisis

Este momento que vivimos, de fuerte polarización política al interior de nuestras sociedades en el mundo, ha cambiado el periodismo y su oficio en un tiempo increíblemente corto, al menos para muchos de nosotros los periodistas.

Un caso emblemático es el de mi país, Venezuela, donde la “batalla de las ideas” que vino a la par de un proceso político dio paso, primero, a un escenario donde la prensa tuvo preponderancia como actor de oposición e incluso apoyó un golpe militar en su momento, y en la actualidad, a una situación imposible de imaginar hace diez o doce años: de tener una prensa que era toda de oposición pasamos a no tener ninguna prensa de oposición.

En cuanto al discurso periodístico, no parece arriesgado decir que estamos ante un periodismo notoriamente distinto del que conocí cuando empecé a trabajar y durante los años que siguieron después, antes de lo que he llamado una (real) "politización" del periodismo a escala global.

En los años 90 los periodistas podían sentirse relativamente cómodos en una posición política y raramente serían execrados o etiquetados como indeseables por ello. En Latinoamérica vivíamos una primavera democrática y no se había producido esa ruptura entre las posiciones políticas radicales de los distintos actores sociales.

Mis compañeros y yo veíamos con respeto a cualquiera que decidiera acomodarse en esa mullida dignidad de pertenecer a un grupo o de exhibir una tendencia, mejor si era de izquierdas, en mi caso, pues le daba el don de ser crítico de las injusticias y conocedor de la naturaleza de los hechos gracias a esa cercanía de lo humano cotidiano que tiene el trabajo de periodista.

Las figuras sociales que nos servían como referentes eran, a su vez, académicos o intelectuales o artistas o famosos u otras personas respetadas, quienes jamás serían públicamente denigrados o ridiculizados por aquellos cuyo pensamiento tuviese distinta orientación política.

De hecho, el lenguaje que manejaban públicamente los políticos era, hasta cierto punto, mesurado.

En aquella época era impensable (ojo, hablo solamente desde el punto de vista del discurso periodístico) —aunque los medios de comunicación libraran su rol habitual en ese juego de necesidades e intereses que determina el flujo de la información— que un medio, al querer mostrar una imagen intencionalmente negativa, usara un discurso ideológico.

Parecía imposible imaginar entonces que los medios llegarían a tener un lenguaje abiertamente parcializado, donde mostrarían una izquierda y una derecha políticas en permanente conflicto, y que tal debate ideológico se elevaría al papel protagónico en la escena de todos los días.

Tomando partido

Esa realidad que quedó en el pasado es probablemente rechazada hoy por muchos de los periodistas que ejercen la profesión en Venezuela y es defendida por otros tantos, porque el compromiso ideológico se ha vuelto parte visible de su trabajo.

Por ejemplo, periodistas afines al actual gobierno venezolano podrían refutar recordando que aquella era una época de alienación, donde todos los actores sociales trabajaban mancomunadamente para mantener el estatus quo y la hegemonía del poder económico y del capitalismo como sistema de dominación en el mundo, y que entonces nadie se cuestionaba si el discurso que recibíamos de los medios estaba o no cargado de ideología, por lo que la imposición de una visión de sumisión a los intereses económicos de la oligarquía y hegemónicos del imperialismo extranjero pasaba desapercibida a los ojos de la mayoría.

Por su parte, periodistas de oposición dirían que el discurso de lucha de clases se ha impuesto por la profusión de medios oficialistas y por el silenciamiento de los demás;  que es propangandístico, mentiroso y violador de los derechos del libre flujo de la información y que busca legitimar a un gobierno al que ellos califican como autoritario, para usar el menor de los adjetivos.

¿Cómo es posible esta diatriba sin conciliación? ¿Qué hace de los periodistas unos militantes en su trabajo? Pues no se trata solamente de ser muy pragmático y de garantizarse el puesto, se trata de que el periodismo es un oficio que obliga a los periodistas a tomar partido.

Libertades y virtudes

El periodismo se maneja sobre supuestos ideológicos muy claros: Tengo algo que decir y debo poder decirlo a través de estos canales sociales a la mano. Es mi supremo privilegio como periodista y también mi mayor virtud, por cuanto de este modo también ejerzo mi derecho ciudadano a expresarme libremente y garantizo la libertad de los demás. Es algo así como la visión de un súper profesional con virtudes heroicas.

Pero entre las lecciones de ética que recibimos en las escuelas también nos explican ese eufemismo llamado “línea editorial”, sobre el cual tenemos que caminar cuidadosamente pues no somos dueños del canal de comunicación donde estamos trabajando.

De modo que, para trabajar en una empresa de medios de comunicación es prácticamente indispensable que el periodista, si no sea afín ideológicamente, al menos esté públicamente comprometido con su posición, lo cual, claro, se reflejará abiertamente en su trabajo.

Esto, entiéndase, más que una condición sine qua non para trabajar es un comportamiento lógico y dictado por el sentido común.

El comunicador se aferrará con pasión a los principios que le enseñaron en la Academia y hará de ellos una herramienta, lo cual le llevará a la constatación de que está, en la práctica, ideológicamente comprometido hasta la última coma con lo que expresa. O entonces se irá con sus preguntas y sus palabras a otra parte.

Convivir como “ni ni”

Hasta este punto del racionamiento todos estamos de acuerdo en lo esencial: en algún momento de la historia reciente hubo una ruptura del discurso periodístico y, en Venezuela, tal cambio es sintomático del cambio político y social que hemos experimentado y cuya evolución nos ha llevado adonde estamos ahora.

Como resultado de nuestro proceso particular, los medios oficialistas venezolanos se volvieron punteros de la lucha contra los enemigos mediáticos e ideológicos de aquí y de allende las fronteras, pero también espejos de la propaganda oficial, mientras que los medios privados  —otrora más o menos radicales— se replegaron en una sola y tímida etiqueta: “ni ni”, donde ya no hacen oposición y, en cambio, muchos se alinean favorablemente.

Pero buscar objetividad desde las posiciones comprometidas es muy difícil. 

Muchos periodistas sienten que han llegado a una encrucijada donde tendrán que perder una parcela de dignidad para seguir adelante. 

Otros se sienten en la obligación moral de dar la batalla ideológica cueste lo que cueste, pues dar una visión crítica de la cuestión social implica el desmontaje del discurso dominante que impone valores y moldea mentalidades.

Para los periodistas de oposición, no denunciar al gobierno significa renunciar a sus ideales, callar ante los atropellos y crímenes, amordazar la verdad.

Para los periodistas favorables al gobierno, la "prensa golpista" venezolana, que en el nombre de una falsa libertad se erigió a sí misma en poder de facto y que presenta a los políticos golpistas como víctimas de represión, está pagando el precio. El gobierno la enfrenta como actor político desestabilizador y la combate como tal. 

Todos, no obstante, se arropan en el protagonismo del periodista y del medio y ven la noticia como arma ideológica.

En mi opinión personalísima, con la cual no quiero sino señalar los cambios ocurridos en los últimos años en materia del discurso periodístico, en Venezuela hemos llegado al punto ciego de la contradicción. 

Es algo así como el punto de la tragedia, ese punto en el que el pulso entre libertades y necesidades tiene un desenlace que no por anodino resulta menos dramático.

Si convenimos en que la política tiene el mismo fin u objeto que la ética, que es el devenir, la contingencia, la posibilidad de que algo suceda o no suceda en la existencia y en la convivencia humanas, debemos convenir también en que la política que niega la convivencia (e incluso la existencia ) con el contrario o que quiere su exterminio absoluto no es, ni mucho menos, ética.

Por extensión, el periodismo que niega al contrario político es un despropósito.

Y el periodismo que adoctrina, en teoría, es una aberración.

Nudo ciego. Allí estamos.

lunes, 11 de abril de 2011

Que las imágenes de la guerra hablen por sí mismas

Robert Fisk

Detesto que me llamen reportero de guerra. En primer lugar, porque la palabra tiene el triste sabor del adicto. En segundo, porque no se puede informar de una guerra sin conocer la política subyacente en ella. ¿Podrían Ed Murrow o Richard Dimbleby haber cubierto la Segunda Guerra Mundial sin entender la política de contemporización de Chamberlain o el anexionismo de Hitler? ¿Podría James Cameron –cuya cobertura de Corea fue espectacular– haber registrado en vivo el lanzamiento de prueba de una bomba atómica sin tener conocimiento de la guerra fría?

Siempre digo que los reporteros deben ser neutrales e imparciales… del lado de los que sufren. Si uno cubriera el tráfico de esclavos en el siglo XVIII no le daría espacio igual al capitán del barco esclavista. En la liberación de un campo de exterminio no le daría tiempo igual a las SS. Cuando la yihad islámica palestina voló una pizzería llena de niños israelíes en Jerusalén, en 2001, no le di espacio igual al vocero de la yihad. En la masacre de Sabra y Chatila en Beirut, en 1982, no le di espacio igual al ejército israelí que contempló la matanza y cuyos aliados libaneses cometieron esa atrocidad.

Pero la televisión tiene prioridades diferentes. Al Jazeera en inglés –a diferencia de la versión árabe– logra hacerlo casi como debe ser. Sí, de cuando en cuando aparezco allí y sus reporteros son buenos amigos míos. Pero ese canal sí dice quiénes son los malos, se expresa sin cortapisas y pone en vergüenza a la BBC, por lo general pusilánime. Lo que más me impacta, sin embargo, es la calidad de su información. No las palabras, sino las imágenes.

En Túnez y Bahrein, a menudo compartí un auto con James Bays de Al Jazeera (sí, es amigo mío, y sí, ¡claro que viajaba a sus costillas!). Me fascinaba la forma en que se apartaba de la cámara diciendo: “los voy a dejar ver la escena un momento”, y entonces desaparecía y nos dejaba observar a las decenas de miles de refugiados egipcios en la frontera tunecina, o las decenas de miles de manifestantes chiítas con sus banderas bahreiníes en la glorieta de la Perla (cuyo monumento fue destruido por el rey como en una quema ritual de libros). Las imágenes hablaban en vez de las palabras. El reportero se sentaba en la fila de atrás (en contraste, observen a los chicos y chicas de la BBC, todo el tiempo haciendo tontos ademanes) y la imagen contaba la historia.

Bays cubre ahora el avance rebelde y la constante retirada de Libia occidental –más retirada, sospecho, que la de los generales Wavell y Klopper en el desierto libio en la década de 1940–, pero una vez más se quita de la imagen y nos deja presenciar el caos de pánico en el camino más allá de Ajdabiya. Los dejaré ver con sus propios ojos, dice. Y vaya que sí. No estoy seguro de que ésa sea la forma en que deba cubrirse una guerra. ¿Se puede informar sobre la caída de Berlín en 1945 sin el general Zhukov? ¿O sobre junio de 1940 sin Churchill? Pero por lo menos nos permite sacar nuestras propias conclusiones.

Cuando Dimbleby informó sobre la tormenta de fuego de Hamburgo –aquella frase, todo lo que puedo ver es una gran cuenca de fuego frente a mí, todavía me persigue–, necesitábamos sus palabras. Como necesitábamos el comentario de Ed Murrow de que iba a mover sólo un poco el cable de su cámara para dejar que los londinenses que estaban fuera de la iglesia de Saint Martin in the Fields, en la plaza Trafalgar, fueran a cubrirse durante los bombardeos alemanes. Pero hay algo indeleblemente conmovedor en el informe directo de una cámara sin reportero. Eurovision hace eso a menudo –lo llama sin palabras– y yo me pregunto si no es presagio de un nuevo periodismo.

John Simpson trató de hacerlo en la BBC antes de la caída de Kabul en 2001, pero usó un método diferente: permitió que los televidentes observaran al segundo equipo de camarógrafos, el cual se volvía parte de la información mientras él avanzaba de una escena a otra, y poco a poco nos acostumbramos a la idea de que era un grupo de cuatro, hasta el punto de que se volvieron participantes naturales en la noticia, tan obvios como el propio reportero.

Soy totalmente partidario de eso. La idea de que todavía tengamos reporteros que siguen asintiendo significativamente con la cabeza mucho tiempo después que el entrevistado se ha ido, como si aún lo escuchara, me parece ridícula. Y volvamos un poco atrás, por favor: que alguien les diga a los reporteros de televisión que dejen de estar manoteando como si fueran un extra en una obra de Shakespeare, tratando de explicarse enfrente del aburrido público.

Bays aún usa un poco las manos –noté que yo lo hice en Al Jazeera el otro día–, pero casi siempre es para invitar al público a observar algo que él ha visto. Una vez escribí que no se puede describir una masacre en un medio impreso sin usar el lenguaje de un parte médico, y me temo que la televisión (incluso Al Jazeera) no ha logrado aún comunicarnos todo el horror de las atrocidades. La aseveración de que no se deben mostrar muertos –cuando nosotros los hemos visto en todo su horror– siempre me ha parecido una simulación. Si los gobiernos van a la guerra (¿cuántos vieron imágenes de los muertos en Libia luego de los ataques de la OTAN esta semana?; respuesta: cero), entonces se nos debe permitir ver el verdadero rostro de la guerra.

Por el momento, sin embargo, vean Al Jazeera, observen a mi buen amigo James Bays y rueguen por que ya no tenga que retroceder. Y también por que después de este artículo todavía me deje viajar en el auto con sus camarógrafos.

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Publicado en originalmente por The Independent y por la La Jornada el 4-4-2011.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Acá entre nós: Pobres lectores

@planetaencrisis

“Patética” e “indignante” son dos buenos adjetivos para describir la cobertura que, durante este lunes, hicieron los medios venezolanos (privados y públicos) de la posible discusión, a ocurrir eventualmente en cualquier momento, de la Ley de Telecomunicaciones y de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión en la Asamblea Nacional de Venezuela.

En los portales de Internet perdí más de una hora en una búsqueda inútil, intentando obtener información objetiva sobre la reforma que supuestamente se hará a estos instrumentos jurídicos, según informan los medios privados.

Las noticias señalan que, en el Congreso, los diputados chavistas están trabajando a marcha forzada para aprobar las leyes pendientes, antes de que se concrete, en enero, el cambio de fichas dibujado por las recientes elecciones.

Pero mi decepción es mayúscula: Al menos el día de hoy, no he podido encontrar ni una sola línea, ni un análisis serio, objetivo, nada. Ni siquiera una infografía que me aclare realmente cuáles son los puntos a ser modificados y hasta dónde llegan estos cambios.

En la prensa privada los titulares son, literalmente, opiniones expresadas por distintos voceros oposicionistas. No hay ni una sola entrevista a un vocero oficial que lo confronte sobre temas de fondo. No hay análisis científicos presentados objetivamente (he aquí un ejemplo: http://www.ntn24.com/node/104271).

Por increíble que parezca, en la prensa del Estado tampoco vi ni una línea sobre la reforma de estas leyes. Era como si el tema no existiera y las notas estaban centradas en la Ley Habilitante.

La página de CONATEL (Comisión Nacional de Telecomunicaciones) contiene vínculos a documentos con las leyes vigentes, pero no vi informaciones sobre los puntos sensibles de ser objeto de reforma (http://www.analitica.com/bitblio/conatel/default.asp).

No puedo negar que sentí una terrible angustia porque, durante toda la tarde, el canal de noticias Globoviasión (que decía ser la víctima principal de esta reforma) difundió este tema como única noticia, con la conocida “música de crisis” como telón de fondo e imágenes de archivo que se repetían una y otra vez.

Personalmente tengo muy malos recuerdos de coberturas anteriores con similares características.

Los titulares leídos por el ancla eran las opiniones airadas de los miembros de la oposición y de directivos de organismos del gremio periodístico a escala regional, como la SIP.

Durante horas, diputados de oposición, alcaldes, analistas, desfilaron en los micrófonos e hicieron llamados a la movilización y a la protesta en las calles, contra “el modelo cubano que se está queriendo imponer” y la “violación a las libertades democráticas”.

Insólitamente, y a pesar de las enormes implicaciones de tales llamados, los diarios, de forma bastante igual al referido canal de TV (y que también se autocalifican como “independientes”), no contextualizaban las declaraciones. Es decir, nada explicaba claramente a los usuarios cuál “verdad” era esa que les estaban cercenando.

Tampoco mostraban las opiniones o réplicas de los actores principales y objeto de las críticas, es decir, de los diputados chavistas.

Por su parte, ningún periodista de medios oficiales cubría el hecho segundo a segundo, como nos han acostumbrado los medios estatales ante otras coyunturas. Tampoco hubo, como en otras oportunidades, trabajos más profundos sobre estos temas espinosos.

En reportes esporádicos, periodistas del referido canal de TV oposicionista relataban la situación en los alrededores de una Asamblea Nacional protegida por un cerco militar, donde los diputados oficialistas aceleraban, acuartelados, la aprobación de estas leyes polémicas.

Según los reportes “de lejos” de los medios privados, ocurría algo así como un golpe de Estado por parte de los congresistas.

Todo el mundo sabe que aprobar a toda prisa leyes, antes de que llegue la nueva legislatura, es práctica común de todos los sectores políticos en todos los países del mundo. Pero hagámonos preguntas.

Primero, sobre las leyes de comunicación, ¿no es posible decir que la población, a estas alturas, todavía las desconoce? ¿Para qué sirven, realmente?

¿Cómo podemos definir la “verdad” que los usuarios de los medios de comunicación no conocemos y que los medios privados dicen defender? 

Segundo, ¿sirve a los fines de quien elaboró las reformas el hecho de que se aprueben de este modo?

¿Qué es lo que se perdería, en términos políticos, si se hubiera fomentado desde hace tiempo un amplio debate? ¿Cómo debatir si no es respondiendo al oponente?

Si se aprueban las reformas de estos instrumentos a toda prisa puede que se evite un periodo de pugnas que, ya de arranque, pondría en jaque el funcionamiento de un Congreso compartido.

No obstante, una vez más, el Gobierno habrá desperdiciado la oportunidad de llevar a cabo un debate político que incluya a otros sectores, combatiendo así la imagen de autoritarismo y represión en que lo encasillan sus opositores y dando pasos hacia una mayor convivencia.

La Ley de Telecomunicaciones y la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, por la naturaleza ética de muchos de sus aspectos, ameritan un amplio (y educativo) debate social que las desmitifique y que aleje de ellas el carácter exclusivamente mercantilista que han tenido instrumentos de este tipo implementados en otros países.

Pobres de nosotros, lectores de la prensa (venezolana y de todo el mundo exterior, que sólo verá una copia), pues una vez más asistimos a la pugna entre poderes económicos y políticos sin obtener las informaciones necesarias para formarnos una opinión libre de sesgos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Acá entre nós: Triste papel

Morena Blue

Hoy saludo el triunfo de la democracia en Venezuela. La voluntad del pueblo se expresó en las urnas y, esta vez, todo el país participó. Sin entrar en detalles y ante la ineludible verdad de que el país es uno solo donde deben poder convivir los dos bandos, el resultado fue el mejor posible.

Sin embargo, duele reconocer que -una vez más- los testigos históricos, los protagonistas sociales, los voceros de la sociedad, hicieron un papelón, al punto de avergonzarme de la profesión que escogí.

Es cierto que el proceso comicial no estuvo libre de cuestionamientos. Por ejemplo, el retardo de muchas horas para dar los resultados fue inexplicable, habiéndose realizado una votación totalmente electrónica y automatizada.

Este comentario lo extiendo también a los protagonistas políticos: fueron muchas las declaraciones infelices que escuché, algunas de ellas casi salidas de una obra de teatro del absurdo, además de que, como es habitual, muchos de los actores parecían padecer diversos grados de autismo.

Pero no voy a hablar de los políticos. Para mí lo peor fue el decepcionante trabajo de los medios de comunicación social.

En este 26S los medios estatales sólo hicieron propaganda: omitieron a los candidatos de oposición y a todas las opiniones contrarias. No mostraron ni siquiera las voces (que sabemos que pueden gritar bien duro) de las personas comunes que se oponen al gobierno.

Mientras que los de oposición, insólitamente y por un único día, intentaron aparentar objetividad, pero con tal grado de ostentosa actuación que daba la impresión de estar viendo una parodia hollywoodiana.

Entretanto, desde el exterior, una empresa trasnacional de la comunicación hacía el trabajo verdaderamente sucio, desacreditando el proceso electoral y sembrando dudas de toda clase.

Lo que se decía a través de esa empresa trasnacional de comunicación, mientras en Venezuela se realizaba la votación, era profundamente sesgado y contradecía las declaraciones positivas que los periodistas de esa misma empresa recogieron de los observadores internacionales, voceros de las instituciones, analistas, etc.

Un reportero (que se tomó el tema de modo muy personal) entrevistó durante horas a testigos sin credibilidad, algunos de ellos con graves antecedentes judiciales (como cargos por corrupción) que cantaban fraude y decían “el régimen”.

Dadas las connotaciones del término, llamar al gobierno “el régimen” mientras se realiza una elección democrática es un contrasentido total, un absurdo y una falta de respeto al espectador.

Los entrevistados, atizados por el reportero, decían que el CNE (Consejo Nacional Electoral) era “un ministerio más” del gobierno de Hugo Chávez y cosas por el estilo.

Cualquier estudiante de comunicación social sabe que afirmaciones de este tipo no son admisibles, menos si no hay una aclaratoria por parte del periodista y una respuesta de la contraparte, como lo manda la ética.

Por su parte, agencias internacionales y medios de otros países, como los de Colombia –especialistas en el tema Venezuela-, echaban leña al fuego.

Desde el exterior, de forma irresponsable, se difundieron a lo largo del día –incluso antes- rumores sobre supuestos hechos de violencia, presiones contra los medios de oposición y otras mentiras, cuando fue una jornada ejemplar y pacífica.

La verdad es que, sistemáticamente, durante varias semanas previas a las legislativas de este domingo en Venezuela, desde el exterior se había dibujado a un país dominado por la violencia, el hampa y el autoritarismo.

Y no es que no sea de este modo en Venezuela: como ocurre en nuestra región, nuestros países padecen de todos esos males, los mismos que nos caracterizan como comunidad latinoamericana empobrecida, asimétrica, dependiente, paternalista, en fin...

Pero los periodistas sabemos muy bien que enfatizar éste o aquel aspecto es decisión entera del medio y de sus editores.

Mostrar sólo o predominantemente un lado de la historia, mientras el otro lado reiteradamente se minimiza, incluso valiéndose de falsas premisas, es usar técnicas de propaganda.

Es muy triste para mí, como periodista, ver cómo los medios son incapaces de informar con objetividad y mostrar los distintos enfoques de los hechos, o de al menos hacer el intento, al margen de sus posiciones políticas.

Los de oposición (venezolanos, extranjeros y trasnacionales), en vez de ayudar a crear conciencia entre la sociedad, en vez de contribuir a cicatrizar la fractura social cuya autoría le atribuyen a Chávez, hacen justamente lo opuesto:

Fortalecen las adjetivaciones despectivas, usan el cinismo, desprecian al contrario, expresan abiertas posiciones políticas, fabrican rumores y mentiras, aumentan la sensación de inseguridad y tensión social, desinforman.

En lugar de cumplir su rol de ayudar a construir país, mundo y, por ende, futuro para Venezuela y para la humanidad, se dedican a hacer propaganda.

Y los medios públicos, al no omitir su posición política, al no ofrecer una alternativa real para aquello a lo que se oponen, hacen exactamente lo mismo.

El ciudadano de a pie está indefenso a la hora de recoger información. Cada vez que lo hace es cooptado, bombardeado, manipulado. Los medios sólo dicen lo que sus directores ideológicos quieren, llámense dueños, empresarios o los políticos de turno.

Como siempre, desde que el mundo es mundo, el poder (económico, político) encuentra sus formas de imponerse.

Más allá del hecho de que el discurso político es vital para el ser humano, surgen otras interrogantes: ¿Los ciudadanos, cómo habremos de conocer la 'verdad' si no tenemos interlocutores ni testigos independientes? ¿Cómo habremos de formarnos una idea sobre algo si hemos de mirar siempre a través de cristales hechos a la medida de otros?

Es triste que los medios de comunicación tradicionales, los mismos que hemos puesto en un pedestal como adalides de la libertad, hayan quedado para servir de voceros de la propaganda de quienes se disputan el poder.

Qué triste es que todo esto ocurra justo cuando, a escala global, defendemos histéricamente esa cosa amorfa, indefinida y hasta mitológica que llamamos libertad de expresión.

domingo, 11 de abril de 2010

Acá entre nós: Todo empezó el 11A2002 (en 16 tuits)

@planetaencris
  1. Venezuela es un ejemplo excelente del nuevo juego político entre el gobierno y los medios de comunicación.
  2. Todo empezó el 11 de abril de 2002, cuando la sangre corrió por un golpe de empresarios y sectores más a la derecha.
  3. Dos días después, el pueblo y la FAN reinstalaron al presidente. Chávez salió fortalecido, pero la sociedad se fracturó.
  4. Hoy, cada bando desmiente al otro. La oposición denuncia "presos políticos" y el gobierno "conspiradores".
  5. Desde el 11A la política en Venezuela es una batalla ideológica donde medios y palabras son protagonistas.
  6. Medios privados y públicos sacrifican la objetividad, al omitir, exagerar o distorsionar con fines políticos.
  7. Muchos medios privados apoyaron el golpe de 2002, al igual que el paro petrolero meses después.
  8. Muchos medios privados acusan al gobierno de negar la libertad de expresión, aunque criticarlo sea su principal tema.
  9. Muchos medios privados suscriben rumores u opiniones venidos desde el exterior, dándolos por sentado y sin réplica.
  10. El gobierno promovió una ley para controlar la cobertura de los medios y creó nuevos medios de distintos tipos. 
  11. El gobierno retiró las concesiones para operar a una serie de medios, lo que fue condenado internacionalmente.
  12. Hoy todos los medios públicos hacen propaganda permanente y sólo dan cabida a eventos y voceros ideológicamente afines.
  13. Es habitual que medios privados y públicos censuren informaciones, las presenten sesgadas o las editorialicen.
  14. Es perfectamente común que todos los periodistas sean activistas políticos mientras hacen su trabajo.
  15. El presidente y miembros del gobierno se han enfrentado a periodistas verbalmente, ante cámaras y con adjetivos.
  16. Desde el 11A, periodistas han resultado muertos o heridos por balas perdidas, en crímenes aún no resueltos.