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lunes, 7 de noviembre de 2016

La ignorancia es más costosa que la ciencia

El acelerador de partículas LHC costó, desde su fabricación hasta cuando se descubrió el bosón de Higgs, trece mil millones dólares, aproximadamente el costo de un solo portaaviones. Foto: CERN.























Héctor Rago

La energía que mueve al mundo, los equipos médicos, la nanotecnología, la manipulación genética y la industria de las telecomunicaciones nacieron del intento por comprender las leyes fundamentales de la naturaleza. 

Afirmar que el mundo contemporáneo está moldeado por una sofisticada tecnología, es afirmar lo obvio. Afirmar que esta tecnología es un subproducto de la investigación básica es mucho menos evidente.

Los sistemas de producción de la energía que mueve al mundo, hidroeléctrica, solar, nuclear; y los equipos médicos que indagan el interior de nuestros cuerpos, la nanotecnología, la manipulación genética, la industria de las telecomunicaciones, internet, las computadoras, los hornos de microondas; todos dependen de la comprensión de leyes fundamentales de la naturaleza.

La tecnología es un producto colateral y deseable de la ciencia. Sin embargo, en general, la motivación de los científicos a la hora de indagar en las leyes naturales no es la eventual aplicación práctica o tecnológica. Es más bien la motivación de comprender el funcionamiento oculto de la realidad. La naturaleza nos propone enigmas y el ser humano es un reconocedor y un descifrador de enigmas.

James Clerk Maxwell buscaba develar la estructura de los campos electromagnéticos. Y sus ecuaciones sugerían que una corriente oscilante emite ondas de radio. Esa predicción teórica vislumbró el inicio de la radiodifusión.

La generación de jóvenes físicos que desentrañaron los enigmas del mundo cuántico no sospechaban que las leyes que descubrían harían posible las computadoras, los celulares, el laser entre muchos otros productos tecnológicos.

Paul Dirac buscaba averiguar el comportamiento de un electrón a altas velocidades, y la ecuación que lo describía permitió predecir la antimateria. Luego la tecnología fabricó los tomógrafos de emisión de positrones, las antipartículas de los electrones,  para saber de nuestros órganos.

Albert Einstein no pensó en ninguna aplicación práctica cuando concebía que el espaciotiempo  curvo explicaba la gravedad.  Pero el sistema GPS funciona gracias a una sofisticada predicción de su teoría, acerca del comportamiento del tiempo en campos gravitacionales.

Parodiando a la famosa expresión L ´art pour l´ art de comienzos de siglo XIX, la actitud general de los científicos es “la ciencia por la ciencia misma”, por la aventura intelectual de hackear los códigos de la naturaleza, y no por la eventual utilidad que pueda tener.

Es cierto que hay áreas de la ciencia mas cercanas a las aplicaciones que otras. Estudiar la superconductividad a temperatura ambiente promete más aplicaciones que la presunta teoría cuántica de la gravitación, pero los caminos de la ciencia son curiosos y nunca se sabe si de una teoría muy abstracta pueden derivarse aplicaciones prácticas.

¿Que la ciencia es costosa? Sí, los grandes experimentos para explorar el mundo subatómico o el universo, requieren de una tecnología de punta muy sofisticada que costosa. Además hay que pagar a científicos, ingenieros, computistas y técnicos, todos con altos niveles de formación. Por eso muchas veces son financiados con colaboraciones entre varios países y con participación de muchas universidades y centros de investigación. La ciencia actual es costosa, pero es valiosa. Veamos.

El telescopio espacial Hubble costó menos de tres mil millones de dólares, pero nos regaló una nueva imagen del universo y ha producido cerca de más de cinco mil artículos científicos. En cambio. cuatro años de la guerra de Irak costaron cientoveinte veces más que el Hubble y ha producido más de cien mil muertos.

La máquina más compleja jamás construida por la humanidad, el acelerador de partículas LHC costó desde su fabricación hasta cuando se descubrió el bosón de Higgs, trece mil millones dólares. Eso es lo que cuesta aproximadamente un solo portaaviones. El detector LIGO, que descubrió las ondas gravitacionales en septiembre de 2015, costó seiscientos millones de dólares en veinte años, mientras que un submarino nuclear cuesta veinte veces más.

¿La ciencia es costosa? Sabemos que la ignorancia es mucho más costosa. Conocer las intimidades de la materia que nos forma y saber la historia del universo es comprender mejor nuestra relación con él y no morir en el intento. Y la verdad, no resulta tan costoso.

Publicado por El Espectador el 7-11-2016.

viernes, 23 de octubre de 2015

Oración

Juan Gustavo Cobo Borda

Tu piel
la sabiduría de tu piel
recóndita frescura
la enfermedad de tu piel
antídoto
resurrección húmeda
las palabras de tu piel
ronca grave y oscura
el territorio de tu piel
desconocida
tu piel esbelta
estricta piel
las cicatrices
y el llanto de tu piel
caoba
la más secreta piel
el espejismo de tu piel
desvelada tortura
la piedad generosa
de tu piel
sensible
los nervios de tu piel
hasta decir no más
hasta llenar el cuarto
invadir la ciudad
cubrir todo cuanto
miro
veo
toco.

………………

De Salón de té, 1979.

lunes, 27 de julio de 2015

Solos

Isabella Portilla

Los solitarios habitan la Tierra. Están aquí y allá. En grandes ciudades que presumen contorneados rascacielos o en pueblos olvidados de países pobres con niños malnutridos.

Están contemplando los árboles de Xiamen. Flotando en los barcos que atracan en Puerto Navarino. Esperando a ver al papa en la plaza de San Pedro. Dándoles de comer a los elefantes de Kruger. Perdidos entre la pobreza de nuestro Paimadó. Hospedados en el Caesars Palace de Las Vegas. Enterrados en Coober Pedy. O visitando por primera vez París.

Cualquier viajero puede verlos. Puede contemplar sus caras que se apoyan nostálgicas junto a la ventana cuando el avión está a punto de alzar el vuelo. Puede repararlos en los monumentos: dándole la espalda al coliseo romano, en la Opera House de Australia, en la Sagrada Familia catalana o en el Taj Mahal. Allí estarán parados solos, intentando múltiples selfies desenfocadas. O pidiéndole a un transeúnte una foto que no les gustará. Más tarde irán a alguno de los cuarenta y nueve mil McDonald’s que hay en el mundo, publicarán posts y tuits en sus redes sociales y se atragantarán retraídamente con una Big Mac.

Los solos se multiplican tras el paso de las horas. Proliferan en las iglesias cristianas, en busca de un dios benigno que les haga compañía. En los divanes de los psicoanalistas. En las cantinas, emulando la figura de un amante despechado. En las bibliotecas de las universidades extranjeras. O en las consabidas oficinas, donde sobrellevan su soledad con un horario penoso, que incluye un desabrido almuerzo laboral.

En las noches inhóspitas, bajo el tenue reflejo de las estrellas lejanas, se oyen sus gritos de placer. Son ellos, que, extasiados, se consuelan con videos eróticos o con el vibrador de pila recargable. Con sus manos. Con otro cuerpo solitario. O con la castidad que les demanda su religión: la misma que les promete como premio el cielo.

El mundo no los detiene. Al contrario, parece obstinado en alentarlos. La tecnología les sustituye el contacto carnal por epidemias cibernéticas repletas de nicknames. Los arquitectos les fabrican cada vez más y más espacios unipersonales. El éxito empresarial les estimula su condición. El consumo les ofrece damas de compañía: barbitúricos, alcohol, juegos de azar o sexo al por menor. Así, los solitarios siguen transitando sus caminos condenados a la mayor impiedad divina: pese a nacer solos y a morir solos, jamás podrán vivir en soledad.
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Publicado por El Espectador el 26-7-2015.
http://www.elespectador.com/noticias/cultura/solos-articulo-575220

domingo, 18 de enero de 2015

La medalla de Muhammad Alí

Alberto Salcedo Ramos 

Una cosa es ver hoy películas sobre la segregación racial en Estados Unidos, y otra cosa es haberla padecido en carne propia, Muhammad, como te sucedió a ti.

Ya a los cinco años, en tu natal Louisville, notaste la exclusión. Una tarde le preguntaste a tu padre por qué todas las personas que tenían propiedades y ocupaban cargos importantes eran blancas. Tu padre solo se encogió de hombros, así que tú le replanteaste la pregunta.

- Entonces, ¿qué hacen los negros, papá?

Tú mismo encontraste muy pronto la respuesta: los negros fregaban inodoros, limpiaban caballerizas. Y encima, eran víctimas de fanáticos empeñados en exterminarlos. No tenían acceso ni a las universidades ni a los parques de recreación, y para jugar béisbol profesional debían afiliarse a la humillante organización que les crearon los blancos: las Ligas Negras.

Fuiste un atleta superdotado: medalla de oro olímpica a los dieciocho años, campeón mundial a los veintidós. Pero lo mejor es que tú, a diferencia de los demás boxeadores, no decidiste subir al ring para matar el hambre sino para hacerte oír. Te reinventaste a partir de la locuacidad porque, sagaz como eres, descubriste que “la gente no soporta a los charlatanes pero siempre los escucha”.

Aún después de ganar la medalla olímpica seguiste siendo despreciado por los mandamases de Kentucky. Una noche te tocó llevar a tu novia a comer galletas y atún enlatado en la tienda, porque en ningún restaurante te abrieron las puertas.

Aunque los pergaminos deportivos no te sirvieran para acceder a los derechos más elementales, sí podían ayudarte, como tú mismo lo dijiste, “a ser negro de otra manera”. Te cambiaste el nombre de pila, Cassius Clay, porque lo sentiste como un rótulo de mercadería puesto por los esclavistas. Te negaste a prestar el servicio militar, dijiste que no irías a Vietnam a matar a nadie en nombre de un país -el tuyo- que escupía sobre ti y sobre tus hermanos. 

Te despojaron de la corona, te alejaron del ring durante tres años y medio que habrían sido, quizá, los de mayor esplendor. Hubieras podido acomodarte al establecimiento y seguir ganando millones, pero tuviste las agallas suficientes para poner tus convicciones por encima de tu necesidad de supervivencia. Sin más armas que un par de puños y una boca grande que ningún poderoso pudo silenciar, marcaste un hito en la lucha de los derechos civiles.

Larry Holmes, excampeón mundial, dijo en cierta ocasión: “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro… cuando era pobre”. Tú, en cambio, como lo sentenció el poeta LeRoy Jones, jamás utilizaste la notoriedad para convertirte en un blanco honorario.

Le diste a tu oficio de pobre una dimensión política extraordinaria. Por eso ahora, cuando celebras los setenta años, el mundo te nombra con respeto. Ayer un periodista deportivo recordaba que la medalla de oro que ganaste en los Juegos Olímpicos del 60 se extravió. No estoy de acuerdo con él, ¿sabes?: yo aún puedo verla brillar en tu cuello de campeón.

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Publicado por El colombiano el 28 de julio de 2012.

http://www.elcolombiano.com/historico/la_medalla_de_muhammad_ali-OUEC_199502

jueves, 13 de junio de 2013

Balada de un pesimista

Alberto Salcedo Ramos

Fue durante mis primeros viajes de Arenal para Barranquilla, cuando descubrí que soy un pesimista incurable.

Tenía entonces 14 años, dos más que mi hermana Chari, mi compañera en aquellos autobuses. Yo insistía en que el recorrido duraba tres horas y ella decía que dos. Aún hoy considero que mi posición era indiscutible: entre la estación de transporte y las últimas casas de Arenal, había media hora de camino que mi hermana no le sumaba al viaje. Tampoco tenía en cuenta la media hora de distancia que existe entre la estación de transportes de Barranquilla y la casa de la tía Blanca, que era nuestro destino final. A ella sólo parecían interesarle dos fases del trayecto: el momento en que salíamos del pueblo y el momento en que entrábamos en la ciudad.

Quizás las cuentas de Chari se debieran al deseo de liberarse por una hora de la tortura de aquellos autobuses lentos y atiborrados de cerdos y gallinas. Por mi parte, debo decir que mal no me fue con mis cálculos: de ellos derivé la resistencia necesaria para soportar todo el viaje y no sólo las primeras dos horas.

Desde entonces, soy miembro de la logia de los pesimistas, aquellos que, viendo la botella por la mitad, no dicen, como los optimistas, que está casi llena, sino que está casi vacía.

En estos tiempos en que la gente deja caer la baba ante los ganadores y quiere fusilar a los perdedores, los pesimistas somos mal mirados. Sin duda porque creemos, con Andy Warhol, que ningún esplendor durará más de 15 minutos.

No tendríamos que esperar que nos trataran bien. Eso no sería consecuente con nuestro pesimismo. Sin embargo, no sobran unas cuantas aclaraciones.

En primer lugar, como nada esperamos, nada nos decepciona. ¿Dónde está lo malo? Los pesimistas repetimos, en coro con Quevedo, que la vida no es más que una presente sucesión de difuntos. Nacemos y ya nos estamos muriendo. ¿Acaso al pensar así colocamos una pistola en la sien de algún risueño optimista? ¿Acaso no nos conmueven hasta las lágrimas esas entusiastas personas que escriben manuales para contarnos cómo han sido felices, a pesar de sobrellevar un cáncer en el colon? No está mal recordar nuestros límites de vez en cuando. Bien decía el poeta Héctor Rojas Herazo que cuando un hombre sabe que será comida de los gusanos, procura ser buen padre, buen hijo, buen hermano, buen amigo.

Cuando uno sabe que siempre es posible que ocurra lo peor; cuando alguien te enseña que ni siquiera las buenas acciones están libres de castigo, es difícil que las calamidades te tomen con la guardia abajo. Cualquiera que sea tu oficio, no está de más que escuches al escritor John Ruskin cuando dice que “siempre hay otra persona que lo puede hacer un poco peor y venderlo un poco más barato”.

Pesimista verdadero era aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo ahora, que decía que ya ni siquiera se permitía odiar a su enemigo, porque sabía muy bien que en cualquier momento lo iba a ver paseando en limosina frente a su casa.

A ratos, el amor y el sexo, entre algunas contadas alegrías, nos hacen pensar que la vida, aunque tiene la desgracia de no ser eterna, puede resultar bella. Pero parece, caramba, que me estoy traicionando. Antes de que termine convertido en un insoportable optimista, leeré otra vez ese viejo grafito español, que me encanta: “La luz al final del túnel es sólo un tren. Y éste, de todas maneras, no es tuyo”.

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Publicado por El Malpensante el 12-6-2013.

http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1955

miércoles, 17 de abril de 2013

Pareidolia lingüística

Klaus Ziegler

Fotografías de Cidonia, región de la superficie de Marte, revelaron una formación rocosa que recuerda el rostro de un antiguo faraón mirando hacia los cielos. Más de un ufólogo vio en las imágenes la confirmación de sus sospechas: la NASA ocultaba información sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, y la “Cara Marciana” era la prueba.

Tras años de discusiones, el alegato conspiranoico finalmente se desmoronó: en 2001, la nave “Mars Global Surveyor” volvió a fotografiar la misma zona, esta vez a una distancia de escasos 400 kilómetros. Visto de cerca, el inconfundible rostro humanoide resultó ser una meseta rocosa salpicada de picos y depresiones en medio del yermo y polvoriento paisaje marciano.

Pareidolia, vocablo que se deriva de la palabra griega “eidolon”, que quiere decir “figura”, y del prefijo “para”, que significa "junto”, es el término que utilizan los sicólogos para designar esas ilusiones de la percepción en las que rostros humanos o formas animales parecen dibujarse en las nubes, en los nudos de la madera, en las humedades de un muro o en las salientes y grietas de una roca. 

El fenómeno aparece como respuesta automática de nuestro aparato cognitivo cuando la información sensorial es ambigua o insuficiente. Nuestro cerebro, a la caza permanente de relaciones, trata de completar la información ausente asimilándola a patrones familiares. De ahí que los nudos en el tronco de un árbol se transfiguren de súbito en el perfil de un hombre narigudo o en la figura de una bruja; y los faros y la parilla de un vehículo, en una cara humana. Quizás ello también explique por qué la Santísima Virgen escoge hacer sus apariciones en objetos tan impíos como las humedades de un muro derruido, los chamuscados de una tortilla o la corteza de un buñuelo. 

Existe así mismo una forma auditiva de la pareidolia: ¿quién no escucho de niño “la voz” repetitiva del serrucho mientras se aserraba un listón de madera?

¿Quién no ha creído reconocer palabras de su lengua nativa en la letra de una canción en idioma extranjero? Es común oír el repicar del teléfono mientras nos duchamos, especialmente si estamos a la espera de una llamada. Y con frecuencia oímos que alguien nos llama en medio del ruido indiferenciado de una multitud.

Además de la pareidolia visual y auditiva, existe, en mi opinión, otra manifestación mucho más sutil, y menos comprendida, de esa misma ilusión cognitiva: la pareidolia verbal, la capacidad de inferir información de cualquier discurso por confuso o incoherente que este sea. Somos animales visuales, y lingüísticos, de ahí que podamos ver lógica y orden donde solo hay palabrería. Y no hablo de la pareidolia deliciosa de la cual se vale la poesía para crear efectos estéticos. Me refiere a aquella que se manifiesta en ese discurso zafio, pedante y vacuo tan común en ciertos círculos académicos.

Ejemplos paradigmáticos de pareidolia verbal abundan en la literatura posmoderna. En su libro “Imposturas intelectuales”, Sokal y Bricmont demuestran cómo hasta los más grotescos sinsentidos han llegado a convertirse en textos venerados en la academia. Escritos como los de Julia Kristeva, en particular aquellos donde utiliza el teorema de Gödel y elementos de la teoría de conjuntos con la pretensión de construir un lenguaje “formal” poético, deberían servir de material de estudio, para todo estudiante de sicología interesado en averiguar los mecanismos de la pareidolia lingüística. Y hay materia prima de sobra en cualquier blog de crítica de arte, donde el fenómeno suele darse en forma silvestre (el campeón insuperable del artificio tal vez sea el recién fallecido José Luis Brea).

Sokal y Bricmont no fueron los primeros en desnudar el artificio. Décadas antes, Karl Popper había denunciado esas mismas imposturas en su magnífico ensayo “Contra las grandes palabras”. En mis archivos sobre el tema conservo un correo electrónico en el que un lector me reprocha por la elementalidad y simpleza con las que analizo el fenómeno del declinar de la violencia en los últimos siglos (columna del 16/11/2011). A continuación reproduzco el texto, a mi juicio, auténtica pareidolia verbal:

Estimado señor Ziegler:

La exclusión de alternativas de agencia e identificación deriva en la irremediable confusión de las temporalidades históricas. Habla usted de violencia «antes» y violencia «ahora», referenciando el presupuesto de dinámicas procesuales en conformidad con la lógica «procede de» y «antecede a». Su pregunta por el pasado se formula desde el presente, anulándose como alternativa epistémica.

Su análisis cierra las puertas al tratamiento específico de la intersubjetividad y transgrede la posibilidad de interpretaciones susceptibles de articularse en relaciones transversales de significación. Si nos atenemos a la correspondencia víctima-victimario, en tanto alteridad como diferencia, la renuncia del “otro” a su dimensión humana prohibiría hablar de castigo. Se olvida de igual modo que la lectura sociológica debe comportar intentos por desentrañar estructuras de significación, acción de carácter hermenéutico, mas no estadístico.

Por último, su columna incurre en el sofisma de la «lectura especular», en la frívola pretensión de elaborar mapas homólogos de la realidad. Empero, no es posible subyugar la historicidad de la violencia al ejercicio de la yuxtaposición progresiva de hechos desprovistos de contextualización. Olvida usted que «el hombre es realidad sustantiva, que en tanto suya se constituye como propia frente a lo real». 

Que el lector juzgue por sí mismo.

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Publicado por El Espectador el 28-3-2013.
http://www.elespectador.com/opinion/columna-412904-pareidolia-lingueistica

viernes, 29 de junio de 2012

El legado de Alan Turing


Klaus Ziegler

La medialuna ausente en su costado derecho simbolizaría el bocado fatal que acabó con la vida del genio británico: como en un cuento desencantado, Turing se suicidó mordiendo una manzana envenenada con cianuro. Tenía escasos 41 años, y lo habían condenado a un brutal tratamiento con estrógenos, castigo reservado para la “perversión sexual”, nombre que se daba en Inglaterra al “delito” de homosexualidad.

El próximo 23 de junio se conmemora el centenario de su nacimiento. En un mundo donde los políticos, los magnates y las estrellas del espectáculo ocupan las primeras páginas de los diarios, resulta apenas comprensible que este padre de la computación no sea un ícono en la cultura popular: el brillo de una mente jamás rivaliza con el brillo del dinero. Personalidades como Bill Gates, o el recién fallecido Steve Jobs, pero no Turing, figuran como los pioneros del computador en el imaginario colectivo.

Para ser justos, el invento de Turing es más teórico que práctico. Su inmortal “máquina universal” es en realidad una abstracción, un computador ideal que abarcaría cualquier otro concebible. En su encarnación más popular, la máquina luce como un autómata provisto de una cabeza lectora-escritora, la cual se desplaza sobre una cinta dividida en celdas, que pueden estar en blanco o marcadas con los símbolos de un alfabeto finito. Al moverse, el cabezote las escudriña a cada paso para luego ejecutar una de estas dos acciones: se desplaza una casilla, a izquierda o derecha, sin modificar el contenido de la celda; borra el símbolo leído e imprime uno nuevo. La máquina posee así mismo una lista de instrucciones, o “programa”, en el cual se especifica lo que hará en cada paso. Al comenzar, la cinta solo contiene la entrada (input); la salida (output) será aquello que finalmente quede allí registrado.

Resulta difícil creer que un dispositivo tan sencillo capture en su totalidad el concepto de computabilidad. Esta hipótesis, un dogma de fe en realidad, o “principio filosófico”, como prefieren decir los académicos, lleva el nombre de Tesis de Church Turing, (TCT), en honor al lógico norteamericano Alonzo Church. Para los más radicales, el principio cobijaría cualquier dispositivo físico de cómputo, incluyendo los denominados computadores cuánticos, y por supuesto, los “computadores de ADN”, es decir, nuestros propios cerebros.
Los defensores a ultranza de la TCT, como el filósofo Daniel Dennett, sostienen que una máquina universal de Turing puede emular cualquier sistema de cómputo imaginable, sin importar su arquitectura o complejidad. Las implicaciones para la filosofía de la mente son profundas: una máquina de Turing podría llegar a poseer aquellos atributos que consideramos propios de los humanos: lenguaje, emociones, intuición…, todo aquello que se encierra en ese objeto etéreo que denominamos “alma”. El mismo Turing advirtió esta posibilidad hace ya más de medio siglo, cuando imaginó el célebre experimento en el que un juez debe descubrir si un interlocutor situado en otra habitación es un humano o un autómata.

Con el propósito de “desenmascarar” al posible impostor, el juez podrá preguntar cuanto considere necesario. La hipótesis positivista presupone que si la máquina resulta indistinguible del humano, se justifica entonces concederle el atributo de “pensante”. Existe un premio de cien mil dólares para quien logre diseñar un programa capaz de superar esta prueba, conocida como “Test de Turing”. En su libro “La era de las máquinas espirituales”, el escritor y científico Raymond Kurzweil predice que para el año 2029 algún autómata con alma de silicio lo logrará. Por el momento el dinero permanece seguro.

En el más célebre de sus artículos, "Los números computables, con una aplicación al problema de la decisión", Turing llegó a varias conclusiones asombrosas, entre ellas, que existen teoremas matemáticos que jamás podremos demostrar. No se trata de simple limitación tecnológica, sino de una barrera absoluta. En el más simple de esos “indecidibles” se propone determinar cuándo una máquina, al ejecutar un programa, se detiene después de un número finito de pasos. Podría ocurrir que computara indefinidamente: si su cabeza avanza siempre en la misma dirección, por ejemplo, o si entra en un bucle infinito.

Parece razonable que después de examinar el programa y el contenido inicial de la cinta se pudiera saber si la máquina se detendrá. Turing demostró que el “Problema de la parada”, como se lo conoce, es indecidible. Siglos antes, Leibniz había soñado con un procedimiento mecánico que permitiera establecer la validez universal de cualquier proposición de la lógica. En ese mismo artículo se demuestra que esta quimera es tan inalcanzable para nosotros como para cualquier inteligencia que habitara otro rincón del universo.

Cabe preguntarse, no obstante, sobre el carácter empírico de la TCT, y la posibilidad de refutarla de manera experimental. En uno de los primeros intentos por romper con el paradigma clásico, Turing introdujo una variante de su idea original, conocida como “máquinas con oráculo”. Décadas más tarde, el físico Richard Feynman inventó el computador cuántico, modelo abstracto de cómputo basado en el extraño principio de superposición cuántica. Desde entonces han aparecido multitud de nuevos modelos: los hipercomputadores cuánticos, los algoritmos adiabáticos, los algoritmos topológicos cuánticos de campos...
Pero, ¿puede la hipercomputación “computar lo incomputable”, violando la TCT? Hay quienes así lo creen, aunque dicha posibilidad es motivo de interminables y violentas controversias. En 2001, Tien D. Kieu publicó un algoritmo no estándar que, según el autor, soluciona el denominado “Problema décimo de Hilbert”, el cual se sabe que es indecidible dentro del modelo clásico de computación. No obstante, la propuesta teórica de Kieu está lejos de ser aceptada por todos los expertos, y su posible implementación es ciencia ficción por el momento.

Al igual que Oscar Wilde, medio siglo antes, Turing fue perseguido y acosado por su homosexualidad. Después de confesar que había mantenido una relación romántica con otro hombre, se lo acusó de sodomía, y se vio obligado a escoger entre ir a prisión o someterse a un procedimiento médico de horror, para acabar con su libido. Sus últimas horas están envueltas en un manto de misterio, pues aunque se cree que se suicidó con cianuro, otros conjeturan que fue asesinado, y hay quienes atribuyen su muerte a la falta de precaución a la hora de manipular sustancias tóxicas en su laboratorio. Sea como fuere, su vida encarna la terrible tragedia de tantos otros homosexuales.

No importó que Turing hubiese contribuido a defender su patria de la agresión nazi, cuando descifró el código de la máquina de encriptación “Enigma”. Este hombre sosegado, a quien los problemas de la lógica y la filosofía le intrigaban tanto como los patrones de manchas en la piel del leopardo, o en las alas de una mariposa, fue destruido por los mismos homófobos que nunca han de faltar. Como puede leerse en “Catrecillo”, un blog de este mismo periódico, la manzana mordida permanece como recordatorio de que el progreso moral en la sociedad es tan posible como el progreso en las ciencias.

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Publicado por El Espectador el 28-3-2012.

sábado, 19 de mayo de 2012

Los trabajos perdidos (1ª parte)

Álvaro Mutis

Por un oscuro túnel en donde se mezclan ciudades, olores, tapetes, iras y ríos, crece la planta del poema. Una seca y amarilla hoja prensada en las páginas de un libro olvidado, es el vano fruto que se ofrece.

La poesía sustituye, la palabra sustituye, el hombre sustituye,
los vientos y las aguas sustituyen... la derrota se repite a través de los tiempos ¡ay, sin remedio!

Si matar los leones y alimentar las cebras, perseguir a los indios y acariciar mujeres en mugrientos solares, olvidar las comidas y dormir sobre las piedras... es la poesía, entonces ya está hecho el milagro y sobran las palabras.

...Pero si acaso el poema viene de otras regiones, si su música predica la evidencia de futuras miserias, entonces los dioses hacen el poema. No hay hombres para esta faena.

Pasar el desierto cantando, con la arena triturada en los dientes y las uñas con sangre de monarcas, es el destino de los mejores, de los puros en el sueño y la vigilia.

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De Los elementos del desastre, 1953.

miércoles, 11 de abril de 2012

Los deberes del escritor

William Ospina

Las guerras actuales no se parecen a las guerras antiguas. El mundo de hoy no se parece al mundo de ayer.

Hace siglo y medio Walt Whitman podía declarar en un poema su asombro ante la infinita capacidad del mundo de recibir desechos y podredumbre y devolver en cambio vida, rosas fragantes, cebollas cristalinas, lavanda y anís. Podía celebrar que, a pesar de la actividad humana, a pesar de los infiernos de la historia, la naturaleza seguía siendo limpia por siempre y siempre, quizás alterada en la superficie pero intocada en sus fuentes profundas.

Algo tremendo ha cambiado. Hoy tenemos el temor de que las fuentes de la vida están siendo alteradas. Estamos manipulando las semillas, estamos degradando los océanos, estamos modificando el equilibrio del planeta; ya no podemos estar tan seguros como Whitman de que todo seguirá igual, de que la vida estará a salvo para siempre.

También las guerras, repito, han cambiado. Antes podían significar la muerte de guerreros de una y otra tribu, de una y otra religión, de una y otra raza, ahora pueden acarrear el daño irreparable del escenario de nuestra existencia, la desaparición de la especie entera. Una guerra salida de madre puede ser el fin de la aventura humana. Sobre todo si se trata de ese tipo de guerra que está suspendida como espada de pesadilla sobre la nuca de la humanidad hace 66 años: la conflagración nuclear.

Es sin duda esa conciencia la que ha movido esta semana a Günter Grass a escribir un poema sobre el peligro de un ataque israelí sólo por la sospecha de que Irán esté desarrollando un arma atómica. No lo mueve sólo ese riesgo sino el hecho de que Alemania, su país, haya entregado a Israel un submarino nuclear capaz de apoyar eficazmente ese ataque. Los alemanes llevan 66 años de silencio sobre la política judía, porque cargan a la vez con un estigma a los ojos del mundo y con una conciencia culpable.

Hablar por primera vez del tema supone para ellos una dificultad mucho mayor que para otros pueblos. Günter Grass no sólo ha utilizado el argumento de que está viejo, de que está escribiendo “con la última tinta”, y de que “mañana podría ser demasiado tarde”, también que no ha escrito una página de opinión o un ensayo sino, inesperadamente, un poema. Otros discutirán en su sabiduría si el poema es afortunado o no, si contó con el favor de las musas, pero es harto significativo que, en tiempos en que la poesía parece asordinada y en penumbra, un escritor, para expresar sus temores más profundos y su mayor incertidumbre, recurra al lenguaje de la poesía.

¿Puede la poesía hablar de la historia, de los conflictos políticos, de los hechos críticos de actualidad? Hay quienes piensan que su ámbito debe limitarse a los secretos de la intimidad o al tono de la celebración y la evocación; que la poesía es sólo sentimiento y armonía verbal, exploración de los misterios del lenguaje o cifra de los abismos de la conciencia.

Pero la poesía nunca se privó de hablar de la historia y de la política. Homero habló desde el comienzo de los guerreros y de las armas. Un libro o colección de libros orientales que se volvió con los siglos el alma misma de Occidente, la Biblia, está lleno de conflictos políticos, de guerras, de luchas por el poder, de la alianza del poder con la religión. La Divina Comedia es un fresco de las luchas de Blancos y de Negros, de güelfos y de gibelinos; Shakespeare es un mosaico de las guerras inglesas y los conflictos sociales; Víctor Hugo hizo un memorable libro de poemas para demoler el pedestal del imperio de Luis Napoleón.

Los comentaristas han sugerido que Günter Grass ha escrito su poema Lo que hay que decir para enmascarar un discurso político y hacerse perdonar la temeridad de censurar a Israel, siendo alemán. Yo me atrevo a pensar que lo que ha hecho es más grande y más complejo. Una columna de opinión o un ensayo sería algo más efectivo y polémico para plantear un tema de tanta actualidad y de tal importancia, y él no lo ignora. Por otra parte, si en verdad siente que está escribiendo con su “última tinta”, no le preocupará el juicio de sus contradictores o sus críticos.

Creo que Günter Grass quiere decirnos que no está hablando simplemente de política, de conflictos mediáticos, de escándalos de actualidad o de polémicas que apasionan a las facciones que hoy se disputan el mundo, sino de hechos gravísimos para el destino de la especie, de cosas que comprometen la supervivencia misma del lenguaje y del espíritu. Nos está diciendo que de esas cosas no se puede hablar de un modo pragmático o trivial.

Es el misterio mismo del mundo lo que está en juego. Y en esos momentos, cuando bien podría ser la última tinta de la especie lo que está en juego, tal vez sólo la poesía podría hacernos ver la magnitud del riesgo, la enormidad de lo que puede sacrificarse en una decisión apresurada. Quizás nos dice que el mundo podría perderse por una sospecha, en un lance de dados, y ante los ojos abiertos de una humanidad que siempre se conforma con medias verdades.

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Publicado por El Espectador el 8-4-2012.

lunes, 9 de abril de 2012

Una receta para fabricar seudociencia

Klaus Ziegler

Desde el 2000 funciona en internet un sistema capaz de generar los más divertidos textos posmodernos, y no sería extraño que algunos de ellos puedan estar ya engrosando las páginas de algún libro de etnometodología, o de alguna revista dedicada a la “deconstrucción de metanarrativas dominantes en los estudios de género”.

Sin embargo, y a pesar de que la receta es bastante simple, no parece existir ningún algoritmo equivalente para fabricar artículos o libros seudocientíficos, digamos al estilo de Deepak Chopra o de algunos de sus más sobresalientes aprendices, como el curandero colombiano Santiago Rojas.

Para comenzar, el discurso debe simular rigor y profundidad, lo que se alcanza sin mayores dificultades intercalando aquí y allá un poco de vocabulario científico. Y si es un texto sobre medicinas alternativas, hay que estar seguro de que incluya vocablos como radiación, frecuencia, armónicos, espectro, cuántico, iónico, electromagnético, cromático… Conviene elaborar el grueso del material con seudociencia estándar: chakras, bioplasmas, pranas, mónadas, auras, cuerpos etéricos, astrales, karmas, energías vibracionales…,  preferiblemente en miscelánea con algo de alquimia, astrología y filosofía griega, procurando en lo posible por darle al discurso un tinte enigmático o místico.

La ilusión de coherencia lógica se consigue sin problema abusando de las analogías. El hilo de la argumentación debe recaer especialmente en las analogías semánticas, y hay que evitar ser preciso o riguroso cuando se hace uso de conceptos científicos, lo que podría dejar al descubierto el fraude y malograr la tarea. Si se habla de evidencia experimental es importante advertir que una multitud de estudios confirman la teoría, lo que se refuerza citando algunas anécdotas personales que deberán denominarse “experiencias clínicas confirmatorias”.

La “Medicina Poliédrica” es una famosa terapia del antes yerbatero y médico de la Casa de Nariño, Santiago Rojas, ahora convertido en terapeuta biogeómetra, la cual promete curar enfermedades que van desde simple estrés, hasta sida, lupus y cáncer, siguiendo un protocolo bastante sencillo: basta colocar arreglos apropiados de cubos, icosaedros, tetraedros y dodecaedros de plástico de distintos colores sobre determinados órganos y chakras del cuerpo. Estos poliedros, según la teoría, tienen el efecto de “reordenar” la energía de los órganos afectados, y por ende de “armonizar” toda la energía del organismo con lo que se logra la sanación.

Escribe así un experto en hipnosis y medicina poliédrica: “El cuerpo humano posee un campo electromagnético que lo rodea [cuerpo bioplásmico]: auras, chakras: centros de energía […] cuando la enfermedad aparece se altera ese campo, la vibración diferente va a anunciar que el daño físico va a aparecer, o que ya existe una lesión […]”. Y no podría faltar la referencia obligada a la proverbial cámara Kirlian: “Desde que el ruso Kirlian inventó una cámara fotográfica especial para fotografiar ese cuerpo [el aura]…”, y el artículo continúa con una explicación detallada de los poderes terapéuticos de cada uno de los poliedros.

El texto se ajusta perfectamente a la receta: abunda en términos seudocientíficos como “bioplasmas”, “campos vibracionales”, “energías”, “auras”…, sin que falten alusiones a fenómenos físicos bien establecidos como los campos electromagnéticos o el halo de luz que se produce alrededor de un objeto cuando se fotografía en una cámara Kirlian. El problema es que este halo luminoso, presunta evidencia de la existencia del aura, no es más que una interpretación errónea de un fenómeno electrostático que se explica en física elemental, y que ocurre cuando el aire alrededor de un objeto se ioniza en presencia de un campo eléctrico intenso. Este fenómeno nada tiene que ver con energías bioplásmicas, puesto que también se produce alrededor de una piedra, o de cualquier mineral u objeto inanimado.

Y el problema más grave es suponer que al hablar de “desbalances” de energías se esté dando una explicación de la etiología de las enfermedades, cuando en realidad la explicación no es más que un rencauche en jerga científica de la antigua teoría hipocrática de los cuatro humores, una burda analogía semántica que no dice nada.  Sería como explicar el movimiento planetario alrededor del Sol como el resultado del perfecto “balance” de la energía de los astros; y la colisión con un asteroide, como un fenómeno debido a la “desarmonización” de esta energía cósmica.

Sería deseable ver un generador de textos esotéricos que, ajustándose a una fórmula similar a la descrita, llegara a ser competitivo en el lucrativo negocio de los charlatanes de la Nueva Era. Una receta equivalente ya fue ensayada con todo éxito en el campo de las humanidades por el físico de la Universidad de Nueva York, Alan Sokal, en una broma legendaria que logró filtrar un texto lleno de absurdos y tonterías --al mejor estilo posmoderno-- en una de las publicaciones más prestigiosas sobre el tema.

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Publicado por El Espectador el 21-10-2010.

jueves, 15 de marzo de 2012

Por qué es preferible una sociedad laica

Klaus Ziegler

Cada religión tiene su dios particular, con sus atributos propios y preferencias nepóticas.

Los budistas enseñan que Buda fue concebido en forma milagrosa para ser el salvador del mundo. Los hinduistas creen en la transmigración de las almas, y justifican las terribles injusticias contra las “castas inferiores” como castigo por la mala conducta en vidas pasadas. Para los cristianos, Jesús es hijo de Dios, mientras que para los musulmanes es una aberración que Dios tenga hijos.

En los libros sagrados, lo prohibido, lo sancionable, lo deseable y lo justo, cambia según los caprichos de la cultura y la época. Por ello, que se haya establecido una clara diferencia entre delito y pecado es, sin duda, uno de los alcances más grandes de la Ilustración y la corriente racionalista. La separación de la Iglesia y el Estado es una tendencia en el mundo desde la edad moderna, y hace parte de la mayoría de las constituciones nacionales. No obstante, está lejos de ser un universal: en la Unión Soviética el ateísmo fue durante décadas la doctrina estatal, mientras que en los países islámicos la legislación emana directamente del Corán, y las enseñanzas del profeta Mahoma son la fuente del derecho y la política.

En occidente, la tenue línea que separa el estado laico del religioso se ve cada vez más amenazada ante la creciente influencia de poderosos grupos de cristianos fanáticos, especialmente en Estados Unidos. No olvidemos que hace un par de años uno de estos grupos demandó a la BBC por la transmisión de la opera profana Jerry Springer. Y en Colombia, en 2005, el director de la revista SoHo, Daniel Samper, tuvo que responder ante un fiscal por publicar en su revista fotos de “La pasión de Alejandra Azcárate”, consideradas por algunos creyentes indecorosas y blasfemas.

Una sociedad en que se pueda castigar lo que algunos juzguen sacrílego, profano u ofensivo, sería el mayor anhelo de esa caterva de republicanos intransigentes a los que pertenece el predicador Pat Robertson y la exgobernadora de Alaska, Sarah Palin; y muy del agrado —podría uno imaginar— de católicos recalcitrantes como el Procurador Alejandro Ordoñez o el candidato José Galat.

A quienes creen deseable un estado teocrático fundamentado en la Biblia, y teniendo en cuenta que las leyes de Dios son inmutables y eternas, sería preciso preguntarles cómo encajar en la actual legislación algunos de sus mandamientos, como aquel que hace lícito poseer esclavos, siempre que se adquieran en naciones vecinas (Levítico 25:44). O cómo juzgar a los adúlteros y homosexuales: ¿acaso habría que quemarlos vivos como se ordena en el Levítico 20:14? Y en cuanto a la fiesta brava y otras tradiciones bárbaras que tanto le preocupa preservar al Procurador, cabría preguntarle si ¿tal vez no sería preferible que algunos toros fueran incinerados en el altar del Señor, como se ordena en el Levítico 1:9?

¿Son estas enseñanzas morales, compasivas, justas o razonables? ¿Acaso no se ordena en la Biblia la destrucción de pueblos enteros y se instiga a la masacre de niños, ancianos, enfermos y desvalidos? ¿Cómo podemos aceptar como guía moral un libro que incita a la venganza y aconseja el salvaje “ojo por ojo, diente por diente, y miembro por miembro”? Y ni hablar de la tolerancia o el respeto a las creencias de los demás cuando todo el que disiente es lapidado, y donde se ordena al esposo a denunciar a la esposa incrédula para darle muerte.

Y en cuanto a la sabiduría allí encerrada (que por ser palabra de Dios no puede tener errores), el sueño de más de uno de estos fanáticos religiosos ha sido suplantar el currículo escolar que enseña la teoría científica de la evolución, por el relato bíblico del Génesis y la historia de la creación del hombre en el huerto del Edén, y por otras formas soterradas de religión disfrazada de ciencia, como el creacionismo o la teoría del diseño Inteligente. En el país que sueñan estos ignorantes, los museos de historia natural (donde es posible apreciar el impresionante registro fósil que revela la riqueza y antigüedad de la vida sobre la Tierra, una evidencia en flagrante contradicción con las enseñanzas bíblicas) serían reemplazados por los falaces museos creacionistas con sus recreaciones del Edén hechas de papel-cartón y sus ridículos dinosaurios de plástico subiendo en fila al Arca para escapar del diluvio.

Recordemos que en 2005, el Consejo de la Educación de Kansas votó a favor de la enseñanza de la creación divina, que afirma que el hombre es un diseño “inteligente” que no desciende de seres menos evolucionados. No obstante, la Corte Suprema se vio obligada a dictaminar –como lo ha tenido que hacer en muchas otras ocasiones–, que dichas enseñanzas son contrarias a la Constitución y representan una intromisión de las creencias religiosas en la educación pública.

Uno de los argumentos para desechar la idea de una sociedad laica sostiene que la religión es necesaria, porque sin la creencia en Dios la vida perdería su sentido, y no tendríamos un báculo donde apoyarnos en los momentos de angustia y dolor. Pero es un hecho que hay millones de agnósticos en el mundo que llevan una vida plena, productiva y feliz sin necesidad de albergar ninguna creencia; y que hay místicos y ateos, felices y desgraciados por igual. Se ha sostenido que sin la promesa de una vida después de la muerte, la existencia humana sería insufrible. Pero si esta convicción fuera sincera, la muerte de un ser querido y creyente sería motivo de regocijo para el cristiano, y no una pena.

También se afirma que la religión hace buenos a los hombres, pero la historia muestra que nunca las prohibiciones religiosas han impedido las violaciones, ni el adulterio, ni la pederastia, ni siquiera por parte de aquellas personas que por su compromiso social deberían dar buen ejemplo. La historia de las grandes religiones, en particular la del cristianismo, es una narración interminable de guerras, torturas y crueldades inenarrables, como lo ha documentado el historiador y crítico alemán Karlheinz Deschner, en su monumental obra La Historia criminal del cristianismo.

Es un hecho constatable que la religión no ha contribuido en absoluto a crear un mundo mejor. Por el contrario, ha sido “la fuente de todas las locuras y perturbaciones imaginables; la madre del fanatismo y de la discordia civil”, como escribió alguna vez Voltaire. Y como decía un reconocido escritor y agnóstico colombiano, “con Dios o sin Él, el hombre seguirá siendo hombre, y este mundo seguirá siendo el infierno, ¡porque el demonio es el hombre mismo!”

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Publicado por El espectador el 30-3-2010

domingo, 11 de marzo de 2012

Tatuajes

William Ospina

La tierra se mueve, sacudiendo estos termiteros humanos que llamamos ciudades, y el temblor superficial de los mares se exalta ante nuestros diminutos ojos de ácaros en tsunamis incontenibles que arrastran ciudades y hacen colapsar centrales nucleares.

“La piel desnuda del planeta”, como llamaba al mar Pablo Neruda, es sensitiva y está comunicada. Las olas del tsunami del Japón horas después estaban agrietando los glaciares de la Antártida. El globo tiene sus alarmas: árboles y yerbas son sus antenas; las criaturas de la tierra, el mar y el cielo son sus sensores; antes del terremoto los animales se asustan, ladran los perros, escapan las ranas, las bandadas levantan el vuelo.

Sólo la más inteligente de las especies nunca sabe qué hacer ante esas catástrofes y ni siquiera las presiente. Y en nuestras tierras no sólo no advierte por instinto que algo anda mal, sino que ni siquiera escucha advertencias expresas, se ríe del peligro, espera en la orilla a que pase el río llevándose sus pueblos y sus gentes.

Somos una especie extraña, y nuestros líderes son síntesis perfecta y magnificación de nuestros defectos. Por eso va tan bien la economía mundial, por eso los Estados Unidos ya deben más de lo que producen. Y por eso no quieren, ellos, que viven descalificando a todo el mundo, que su manejo de la deuda sea calificado. Fieles a la tradición publicitaria de que es el propio fabricante el único que se anima a alabar las excelencias del producto, esos líderes siguen repitiendo ante el arco absorbente de las ruedas de prensa que somos los mejores y que todo va bien.

Si la humanidad tiene la terca costumbre de apagar los incendios con gasolina, los líderes no son inferiores a ese ejemplo y utilizan cuchillos para cerrar heridas, combaten pequeños conflictos con grandes guerras, ignoran que la violencia sólo se puede combatir con inteligencia.

Pero en estos días parece que en la especie humana los sensores están funcionando: los pueblos advierten que este complejo de crisis ha sido alentado y usufructuado por sus líderes, y empiezan a moverse. La marea de rebeliones en los países árabes avanzó como un tsunami por Túnez, por Egipto, por Libia, y está sacudiendo a Siria y a Marruecos. La ola de los ciudadanos indignados de España, de Israel, de Grecia y Chipre, es otra de las caras de esta reacción en cadena.

Pero si en todas partes los movimientos han sido pacíficos, salvo en Libia, ante cuya tragedia las sensitivas potencias de Occidente se conmovieron más de la cuenta y cayeron como buitres a alimentar el incendio, ya la inconformidad parece cambiar de tono. Londres ha visto extenderse las explosiones de violencia que antes quedaban confinadas en los distritos más conflictivos. A lo mejor pronto veremos hasta en Estados Unidos la marea de los indignados.

Tatuadas con violencia en la piel de este mundo, las ciudades curiosamente han sido sordas y ciegas, aunque el planeta hace rato da señales de alarma: en las favelas de Río, en las barriadas de Medellín, en las hambrunas de Somalia, en los incendios del Amazonas, en los desplazamientos de Sudán, en los ríos de plástico que derivan por los océanos, en los truenos del glaciar, en las inundaciones de Colombia, en las incontenibles lanchas y avionetas de los narcotraficantes que sacian de alcaloides la angustia existencial de los países ricos. Pero la industria no controla el calentamiento global que provoca, nadie frena el saqueo de la selva, nadie brinda oportunidades de vida y de dignidad a esos desterrados que huyen, a esos niños despojados que se matan por monedas. Y los dirigentes de la humanidad muestran su sabiduría habitual: “más represión”, anuncia Cameron en Inglaterra; “siempre seremos los mejores”, declara Obama en Washington; la fuerza pública quiere cerrar el paso a los muchachos de Sol y de la Plaza Catalunya.

Aunque no todo son malas noticias. Un equipo médico de la Universidad de Illinois, ese campus solemne perdido tras los campos continentales de maíz, ha anunciado la invención de un adhesivo electrónico temporal que en la piel de los humanos será capaz de medir la actividad eléctrica del corazón, del cerebro y de los músculos. Es el comienzo del desarrollo de una suerte de epidermis casi invisible que hará surgir ante nosotros toda la actividad desconocida de ese otro mundo, tan infinito como el mundo, que es el cuerpo humano.

Pasaremos de las artesanales rutinas del médico que tomaba nuestro pulso y auscultaba nuestro pecho, de los tensómetros y los termómetros, y de las incómodas hidras de sensores que hacían nuestros electrocardiogramas, a finos tatuajes sensibles que no por ser útiles dejarán de ser decorativos y rituales, como los que cubren hoy las pieles de los adolescentes en todas partes.

Y esos tatuajes electrónicos cumplirán para nuestra salud el papel que han debido cumplir, y no han cumplido, las extensas ciudades del planeta: advertir con elocuencia en la superficie el mensaje de las profundidades.

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Publicado por El Espectador el 14-11-2011.

domingo, 4 de marzo de 2012

El filósofo y el poeta

William Ospina

¿Es posible el diálogo? Cuando se formula esta pregunta, los colombianos tendemos a pensar sólo en el diálogo entre facciones políticas enfrentadas, y sobre todo en el muchas veces intentado y muchas veces fracasado diálogo con las guerrillas para poner fin al desangre que padece Colombia hace cuarenta años.

Pero la pregunta va más allá, no habla exclusivamente del diálogo entre enemigos encarnizados y listos a asesinarse, sino del sencillo diálogo entre personas comunes en una época que padece todo un sistema de monólogos: el monólogo del poder, el de la academia, el de la neurosis, el de los medios de comunicación.

Hace un mes, en la instalación del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, el filósofo Gianni Vattimo afirmó su escepticismo frente al llamado al diálogo que suele hacerse en nuestra época, y sostuvo que ese diálogo forma parte más de la retórica política que de las posibilidades reales de la sociedad moderna. Dijo que el diálogo, como lo ha propuesto la filosofía, ya era dudoso desde los tiempos de Platón, y hasta insinuó que incluso los diálogos platónicos suponen cierta manipulación de un interlocutor que supuestamente no sabe, por parte de un filósofo que supuestamente sabe, y se empeña en llevar al otro en una determinada dirección.

Vattimo concluyó que el diálogo es muy difícil mientras persistan las condiciones de desigualdad que caracterizan a los interlocutores en la sociedad contemporánea, ya que un diálogo verdadero tiene como supuesto la igualdad; es decir, no puede haber diálogo mientras quienes hablan no tengan igual dignidad, igual respetabilidad, igual derecho a opinar. En su discurso, provocador e irónico, Vattimo se propone menos negar el diálogo que subrayar la extrema dificultad en que se encuentra en nuestra época ese instrumento de la cultura, enfrentar la leyenda rosa de un diálogo sin conflictos y sin dificultades, y convertir en tema del diálogo al diálogo mismo.

La verdad es que hay dos grandes vacíos en nuestro sistema educativo: como me decía en estos días el escritor Julio César Londoño, nos enseñan a leer pero no nos enseñan a entender lo que se lee, quieren enseñarnos a dialogar pero no nos enseñan a escuchar. Todo el modelo educativo daría un inmenso salto adelante si lograra mejorar nuestra capacidad de comprender lo que se lee y nuestra capacidad de escuchar con lealtad a los interlocutores, así sea para poder estar verdaderamente en desacuerdo con ellos.

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre todos quisiéramos acordarnos, se dio hace cuatro siglos uno de los experimentos más audaces y generosos de la humanidad. España era entonces un reino rencoroso en el que imperaba el más abrumador fanatismo, lo que hoy se llamaría “el pensamiento único”. Bajo el imperio intimidante de una iglesia criminal, y bajo la férula de una monarquía excluyente, nadie tenía derechos si no era lo que se llamaba entonces “cristiano viejo”; los abominables reyes católicos habían impuesto la práctica fascista de la “pureza de sangre”, y la sola sospecha de que alguien fuera distinto, es decir, sobre todo moro o judío, no sólo invalidaba sus opiniones sino que le negaba el derecho a formar parte de la comunidad.

Y fue entonces cuando Cervantes, uno de los hombres más sutiles y civilizados de su tiempo, escribió aquel libro sobre un caballero que enloquece de tanto leer, que llega a creerse, ya en su vejez, un paladín fantástico, y sale a los campos a cabalgar en busca de aventuras. Don Quijote advirtió casi enseguida que algo le faltaba, y volvió a su aldea, como dice Fernando Vallejo, “no a buscar un escudero, sino un interlocutor”. La única aventura que iba a vivir aquel caballero lunático y conmovedor era la aventura de dialogar con alguien, y escogió a la persona más distinta que podía haber en el vecindario: un mozo iletrado y crédulo que fuera su compañero y su criado.

A partir de ese momento la novela de Cervantes se propone como un diálogo en todos los sentidos imaginables, pero sobre todo, y aquí está cifrado el generoso pensamiento de Cervantes, un diálogo entre seres distintos y desiguales. Entre el amo y el criado, entre el joven y el viejo, entre el maestro y el discípulo, entre un lector de libros y un repetidor de refranes, entre la memoria oral y la memoria escrita, entre el espíritu práctico y el espíritu soñador, entre la locura y la cordura, entre la fantasía y la realidad. Sería impreciso decir que “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” es simplemente una novela: es el más formidable alegato de la historia a favor de la posibilidad de un diálogo aun en las condiciones de mayor desigualdad, de mayor asimetría en términos de información y de rango.

Cervantes, a diferencia de Vattimo, parece decirnos que el diálogo sobre todo es posible entre distintos y entre desiguales; que si nos sentamos a esperar la igualdad absoluta entre los interlocutores, el diálogo no ocurrirá jamás; que nos va a tocar dialogar desde el barro improvisado de nuestra cotidianidad, y que es ese diálogo imperfecto, trunco, inarmónico, improbable y episódico el único manantial del que puede salir finalmente la fraternidad humana y el entendimiento recíproco, aun en las condiciones más adversas.

Debe ser por eso que, para ser más desafiante, dados los hábitos de su época, Cervantes fingió no ser el autor de su novela, y atribuyéndole toda esa nobleza, toda esa generosidad, al más odiado paria que España tenía por entonces, declaró desde el comienzo que el libro había sido escrito por un moro.

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Publicado por El Espectador el 13-12-2008.

lunes, 13 de junio de 2011

Notas sobre el oficio

Santiago Gamboa

¿Dónde está la obra literaria? El libro es un objeto formado por papel y tinta que en sí mismo no tiene nada de artístico. Por eso la literatura es un bien inmaterial: el soporte que la transmite es irrelevante, a diferencia de las artes plásticas, en donde la materia y la obra son una misma cosa.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en la obra.

El escritor está solo. Puede ver lo que otros han hecho y establecer comparaciones, nutrirse de influencias y crear una genealogía. Quien lee está en la esfera de lo literario e incluso puede que piense de un modo literario, pero aún no es escritor. Ocasionalmente puede ser crítico literario.

(Dice Jorge Volpi: “Un crítico literario no es un escritor frustrado. Un crítico literario es un crítico literario frustrado”).

Quien carece de talento es mucho más consciente de él que quien sí lo tiene, y esto es normal. Igual que la salud o el dinero: son más conscientes de ellos quienes no los tienen. El talento es antidemocrático, absolutista, despótico. Puede concentrarse todo en una sola persona y desdeñar a miles que lo anhelan. Es el único bien que se derrocha al no usarlo.

Cada escritor es el primer escritor y debe arreglárselas solo. Debe inventar el fuego y la rueda, descubrir la ley de la gravitación universal y la penicilina. Su fuego, su gravitación universal, su penicilina.

Pero escribir no es uno de los derechos humanos. Que alguien escriba no crea en los demás la obligación de leerlo. Por lo demás, la acción o el acto de “narrar” puede ser de lo más banal. Un hombre soñoliento, en bata y pantuflas, inclinado sobre un montón de papeles, haciendo correcciones aquí y allá mientras bosteza o le da sorbos a una taza de café. Algo muy banal, pero el resultado puede ser una obra de arte. Entonces todo se transforma e incluso el acto de escribirla se vuelve heroico, pero nunca al revés.

Se debe leer porque, al fin y al cabo, una vida es poca vida. Pero, ¿qué se busca al escribir? No conozco una respuesta mejor que la dada por Saúl Bellow al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1976. Él dijo: “Nosotros, los escritores, no representamos adecuadamente a la humanidad. El público inteligente espera oír del arte lo que no oye de la teología, la filosofía, la teoría social, y lo que no puede oír de la ciencia pura”. “Lo que se espera del arte es que encuentre e indique en el universo, en la materia y en los hechos de la vida, aquello que es fundamental, perdurable, esencial”.

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Publicado en El Espectador el 25-2-2011.

sábado, 28 de mayo de 2011

Los trabajos perdidos (2ª parte)

Álvaro Mutis

Los días partidos por el pálido cuchillo de las horas, los días delgados como el manantial que brota de las minas, los días del poema… Cuánta vana y frágil materia preparan las noches que cobija una lluvia insistente sobre el zinc de los trópicos.

Todo aquí muere lentamente, evidentemente, sin vergüenza: hasta los rieles del tren se entregan al óxido y marcan la tierra con infinita ira paralela y dorada.

La gracia de una danza que rigen escondidos instrumentos. La voz perdida en las pisadas, las pisadas perdidas en el polvo, el polvo perdido en la vasta noche de cálidas extensiones… o solamente gracia de la fresca madrugada que todo lo olvida. El puente del alba con sus dientes y sombras de agria leche.

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De Los elementos del desastre, 1953.

miércoles, 13 de abril de 2011

En el mausoleo de la Plaza Roja Stalin duerme sin remordimientos (fragmento)

Gabriel García Márquez

Yo hablé de Stalin con mucha gente. Me parece que se expresan con mucha libertad, procurando que se salve el mito de un análisis complejo. Pero todos nuestros interlocutores de Moscú, sin excepción, nos dijeron: “Ahora las cosas han cambiado”. A un profesor de música de Leningrado que encontramos al azar le preguntamos cuál era la diferencia entre el presente y el pasado. Él no vaciló un segundo: “La diferencia es que ahora creemos”. Ese es el cargo más interesante que escuché contra Stalin.

Los libros de Frank Kafka no se encuentran en la Unión Soviética. Se dice que es el apóstol de una metafísica perniciosa. Es posible sin embargo que hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin. Los dos kilómetros de seres humanos que hacen cola van a ver por la primera vez el cadáver de un hombre que reglamentó personalmente hasta la moral privada de la nación y que pocos vieron jamás en vida. Ninguna de las personas con quienes hablamos en Moscú recuerda haberlo visto. Sus dos apariciones anuales en los balcones del Kremlin tenían por testigos los altos jerarcas soviéticos, los diplomáticos y algunas unidades de élite de las fuerzas armadas. El pueblo no tenía acceso a la Plaza Roja durante la manifestación. Stalin sólo abandonaba el Kremlin para pasar vaciones en Crimea. Un ingeniero que participó en la construcción de las represas del Dnieper nos aseguró que en cierto momento –en la cúspide de la gloria staliniana– se puso en duda su existencia.

No se movía ni una hoja de árbol sin la voluntad de ese poder invisible. En su calidad de secretario general del partido comunista, jefe del consejo de gobierno y comandante supremo de las fuerzas armadas, concentró en sus manos una cantidad de poder difícil de imaginar. No volvió a convocar el congreso del partido. En virtud de la centralización que él mismo impuso al sistema administrativo concentró en su cerebro hasta los resortes más sutiles de la nación. Durante 15 años no pasó un día sin que los periódicos mencionaran su nombre.

No tenía edad. Cuando murió había pasado de los 60 años, tenía la cabeza completamente blanca y empezaban a revelarse los síntomas del agotamiento físico. Pero en la imaginación del pueblo Stalin tenía la edad de sus retratos. Ellos impusieron una presencia intemporal hasta en las remotas aldeas de la tundra. Su nombre estaba en todas partes: en las avenidas de Moscú y en la humilde oficina de telégrafos de Cheliuskin, una aldea situada más allá del círculo polar. Su imagen estaba en los edificios públicos, en las habitaciones privadas, en los rublos, en los sellos de correo y aun en las envolturas de las cosas de comer. Su estatua de Stalingrado tiene 70 metros de altura y medio metro de diámetro cada botón de su guerrera.

Lo mejor que puede decirse a su favor está esencialmente ligado a lo peor que puede decirse en contra suya: no hay nada en la Unión Soviética que no haya sido hecho por Stalin. Desde su muerte no se ha hecho otra cosa que desembrollar su sistema. Él controló personalmente las construcciones, la política, la administración, la moral privada, el arte, la lingüística, sin moverse de su oficina. Para asegurar el control absoluto de la producción centralizó la dirección de la industria en Moscú con un sistema de ministerios que, a su vez, estaban centralizados en un gabinete del Kremlin. Si una fábrica de Siberia necesitaba un repuesto producido por otra fábrica situada en la misma calle, tenía que hacer el pedido a Moscú a través de un complicado engranaje burocrático. La fábrica que producía los repuestos tenía que repetir los trámites para efectuar los despachos. Algunos pedidos no llegaron jamás. La tarde en que me explicaron en Moscú en qué consistía el sistema de Stalin yo no encontré un detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka.

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De viaje por los países socialistas: 90 días en la Cortina de Hierro (1978) es un compendio de crónicas deliciosas sobre el viaje que hiciera GGM en 1957. Fueron publicadas originalmente en las revistas Cromo (Colombia) y Momento (Venezuela).

viernes, 7 de enero de 2011

Flashes del camino: Pan de bono















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Una novedad para quien toma la ruta hacia el Occidente de Venezuela, desde el centro del país, es encontrarse con numerosos vendedores de un producto hasta hace poco desconocido para muchos venezolanos: el pan de bono, exquisito manjar típico de Colombia y Brasil (pão de queijo).

martes, 2 de noviembre de 2010

Amargura para tres sonámbulos

Gabriel García Márquez

Ahora la teníamos allí, abandonada en un rincón de la casa. Alguien nos dijo, antes de que trajéramos sus cosas -su ropa olorosa a madera reciente, sus zapatos sin peso para el barro- que no podía acostumbrarse a aquella vida lenta, sin sabores dulces, sin otro atractivo que esa dura soledad de cal y canto, siempre apretada a sus espaldas. Alguien nos dijo -y había pasado mucho tiempo antes de que lo recordáramos- que ella también había tenido una infancia. Quizás no lo creímos, entonces. Pero ahora, viéndola sentada en el rincón, con los ojos asombrados y un dedo puesto sobre los labios, tal vez aceptábamos que una vez tuvo una infancia, que alguna vez tuvo el tacto sensible a la frescura anticipada de la lluvia, y que soportó siempre de perfil a su cuerpo, una sombra inesperada.

Todo eso -y mucho más- lo habíamos creído aquella tarde en que nos dimos cuenta de que, por encima de su submundo tremendo, era completamente humana. Lo supimos, cuando de pronto, como si adentro se hubiera roto un cristal, empezó a dar gritos angustiados; empezó a llamarnos a cada uno por su nombre, hablando entre lágrimas hasta cuando nos sentamos junto a ella, nos pusimos a cantar y a batir palmas, como si nuestra gritería pudiera soldar los cristales esparcidos. Sólo entonces pudimos creer que alguna vez tuvo una infancia. Fue como si sus gritos se parecieran en algo a una revelación; como si tuvieran mucho de árbol recordado y río profundo, cuando se incorporó, se inclinó un poco hacia adelante y, todavía sin cubrirse la cara con el delantal, todavía sin sonarse la nariz y todavía con lágrimas, nos dijo: “No volveré a sonreír”.

Salimos al patio, los tres, sin hablar, acaso creíamos llevar pensamientos comunes. Tal vez pensamos que no sería lo mejor encender las luces de la casa. Ella deseaba estar sola --quizás--, sentada en el rincón sombrío, tejiéndose la trenza final, que parecía ser lo único que sobreviviría de su tránsito hacia la bestia.

Afuera, en el patio, sumergidos en el profundo vaho de los insectos, nos sentamos a pensar en ella. Lo habíamos hecho otras veces. Podíamos haber dicho que estábamos haciendo lo que habíamos hecho todos los días de nuestras vidas.

Sin embargo, aquella noche era distinto; ella había dicho que no volvería a sonreír y nosotros, que tanto la conocíamos, teníamos la certidumbre de que la pesadilla se había vuelto verdad. Sentados en un triángulo la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada, hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo: “Si por lo menos tuviéramos valor para desear su muerte”, pensábamos a coro.

Pero la queríamos así, fea y glacial como una mezquina contribución a nuestros ocultos defectos.

Éramos adultos desde antes, desde mucho tiempo atrás. Ella era, sin embargo, la mayor de la casa. Esa misma noche habría podido estar allí, sentada con nosotros, sintiendo el templado pulso de las estrellas, rodeada de hijos sanos. Habría sido la señora respetable de la casa si hubiera sido la esposa de un buen burgués o concubina de un hombre puntual. Pero se acostumbró a vivir en una sola dimensión, como la línea recta, acaso porque sus vicios o sus virtudes no pudieran conocerse de perfil. Desde varios años atrás ya lo sabíamos todo. Ni siquiera nos sorprendimos una mañana, después de levantados, cuando la encontramos boca abajo en el patio, mordiendo la tierra en una dura actitud estática. Entonces sonrió, volvió a mirarnos, que había caído desde la ventana del segundo piso hasta la dura arcilla del patio y había quedado allí, tiesa y concreta, de bruces al barro húmedo. Pero después supimos que lo único que conservaba intacto era el miedo a las distancias, el natural espanto frente al vacío. La levantamos por los hombros. No estaba dura como nos pareció al principio. Al contrario, tenía los órganos sueltos, desasidos de la voluntad, como un muerto tibio que no hubiera empezado a endurecerse.

Tenía los ojos abiertos, sucia la boca de esa tierra que debía saberle ya a sedimento sepulcral, cuando la pusimos de cara al sol y fue como si la hubiéramos puesto frente a un espejo. Nos miró a todos con una apagada expresión sin sexo, que nos dio -teniéndola ya entre mis brazos- la medida de su ausencia. Alguien nos dijo que estaba muerta; y se quedó después sonriendo con esa sonrisa fría y quieta que tenía durante las noches cuando transitaba despierta por la casa. Dijo que no sabía cómo llegó hasta el patio. Dijo que había sentido mucho calor, que estuvo oyendo un grillo penetrante, agudo, que parecía (así lo dijo) dispuesto a tumbar la pared de su cuarto, y que ella se había puesto a recordar las oraciones del domingo, con la mejilla apretada al piso de cemento.

Sabíamos, sin embargo, que no podía recordar ninguna oración, como supimos después que había perdido la noción del tiempo cuando dijo que se había dormido sosteniendo por dentro la pared que el grillo estaba empujando desde afuera, y que estaba completamente dormida cuando alguien, cogiéndola por los hombros, apartó la pared y la puso a ella de cara al sol.

Aquella noche sabíamos, sentados en el patio, que no volvería a sonreír. Quizá nos dolió anticipadamente su seriedad inexpresiva, su oscuro y voluntarioso vivir arrinconado. Nos dolía hondamente, como nos dolía el día que la vimos sentarse en el rincón adonde ahora estaba; y le oímos decir que no volvería a deambular por la casa. Al principio no pudimos creerle. La habíamos visto durante meses enteros transitando por los cuartos a cualquier hora, con la cabeza dura y los hombros caídos, sin detenerse, sin fatigarse nunca. De noche oíamos su rumor corporal, denso, moviéndose entre dos oscuridades, y quizás nos quedamos muchas veces, despiertos en la cama, oyendo su sigiloso andar, siguiéndola con el oído por toda la casa.

Una vez nos dijo que había visto el grillo dentro de la luna del espejo, hundido, sumergido en la sólida transparencia y que había atravesado la superficie de cristal para alcanzarlo. No supimos, en realidad, lo que quería decirnos, pero todos pudimos comprobar que tenía la ropa mojada, pegada al cuerpo, como si acabara de salir de un estanque. Sin pretender explicarnos el fenómeno resolvimos acabar con los insectos de la casa; destruir los objetos que la obsesionaban. Hicimos limpiar las paredes, ordenamos cortar los arbustos del patio, y fue como si hubiéramos limpiado de pequeñas basuras el silencio de la noche. Pero ya no la oíamos caminar, ni la oíamos hablar de grillos, hasta el día en que, después de la última comida, se quedó mirándonos, se sentó en el suelo de cemento todavía sin dejar de mirarnos, y nos dijo: “Me quedaré aquí, sentada”; y nos estremecimos, porque pudimos ver que había empezado a parecerse a algo que era ya casi completamente como la muerte.

De eso hacía ya mucho tiempo y hasta nos habíamos acostumbrado a verla allí, sentada, con la trenza siempre a medio tejer, como si se hubiera disuelto en su soledad y hubiera perdido, aunque se le estuviera viendo, la facultad natural de estar presente. Por eso ahora sabíamos que no volvería a sonreír; porque lo había dicho en la misma forma convencida y segura en que una vez nos dijo que no volvería a caminar. Era como si tuviéramos la certidumbre de que más tarde nos diría: “No volveré a ver” o quizá: “No volveré a oír” y supiéramos que era lo suficientemente humana para ir eliminando a voluntad sus funciones vitales, y que, espontáneamente, se iría acabando sentido a sentido, hasta el día en que la encontráramos recostada a la pared, como si se hubiera dormido por primera vez en su vida. Quizás faltaba mucho tiempo para eso, pero los tres, sentados en el patio, habríamos deseado aquella noche sentir su llanto afilado y repentino, de cristal roto, al menos para hacernos la ilusión de que habría nacido un (una) niña dentro de la casa. Para creer que había nacido nueva. (1949)

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De Ojos de perro azul, 1950.