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martes, 3 de junio de 2014

La nebulosa de Andrómeda (fragmento)

Ivan Antonovich Efremov

El cosmopuerto estaba dotado de un potente televisófono y de una gran pantalla hemisférica. Ren Boz entró en la estancia, redonda y silenciosa. El operario de guardia movió, con un chasquido, la palanquilla del conmutador y señaló a la pantalla lateral de la derecha, donde había aparecido Yuni Ant lleno de agitación. Éste examinó atentamente al físico y, comprendiendo la causa de la ausencia de Dar Veter, saludó a Ren Boz con una inclinación de cabeza.

—Estamos efectuando, fuera de programa, la escucha-búsqueda en la anterior dirección y con bandas de onda 62/77. Alce el embudo de la emisión dirigida y oriéntelo hacia el Observatorio. Voy a lanzar el rayo vector, a través del Mediterráneo, directamente sobre El Homra —Yuni Ant miró a un lado y añadió—: ¡Pronto!

Ren Boz, experto en manipulaciones de recepción, hizo en dos minutos lo que le pedían. En el fondo de la pantalla hemisférica surgió la imagen de una gigantesca Galaxia. Los dos hombres de ciencia reconocieron, sin ningún tipo de dudas, la Nebulosa de Andrómeda o M-31, conocida desde tiempos remotos.

En su espira exterior más próxima al espectador, casi en el centro del disco lentiforme —en perspectiva— de la inmensa Galaxia, encendióse una lucecilla. De allí partía un sistema estelar que parecía un minúsculo hilillo de lana y era sin duda una rama colosal de cien parsecs de longitud. 

La lucecilla empezó a aumentar de tamaño al mismo tiempo que el «hilillo», mientras la Galaxia desaparecía, desvaneciéndose fuera del campo visual. Un torrente de estrellas rojas y amarillas se expandió por la pantalla. La lucecilla se convirtió en un pequeño círculo luminoso que brillaba en el más lejano extremo de la corriente estelar. De ésta se separó una estrella anaranjada, de la clase espectral K, en torno a la cual empezaron a girar los puntos apenas perceptibles de sus planetas. El circulillo luminoso cubrió por completo uno de ellos. Y de pronto, todo aquello comenzó a girar en un torbellino rojo, de líneas sinuosas, del que saltaban chispas. Ren Boz cerró los ojos...

—Una ruptura —explicó Yuni Ant desde la pantalla lateral—. Le he mostrado las observaciones del mes pasado en grabación de máquinas mnemotécnicas. Voy a transmitirle ahora la recepción directa.

Las chispas y las líneas rojo oscuras continuaban girando en la pantalla.

—¡Extraño fenómeno! —exclamó el físico—. ¿Cómo se explica usted esa ruptura?

—Aguarde. Ahora se reanuda la transmisión. Pero ¿qué le parece extraño?

—El espectro rojo de la ruptura. En el de la Nebulosa de Andrómeda hay un desplazamiento violáceo, lo que indica que ella se aproxima hacia nosotros.

—La ruptura no tiene ninguna relación con la nebulosa. Es un fenómeno local.

—¿Cree usted casual el que su estación emisora esté situada al extremo mismo de la galaxia, en una zona todavía más alejada de su centro que la zona del Sol lo está del centro de nuestra Vía Láctea?

Yuni Ant envolvió a Ren Boz en una escéptica mirada. —Usted está dispuesto a discutir en cualquier momento, olvidando que la nebulosa de Andrómeda nos habla desde una distancia de cuatrocientos cincuenta mil parsecs.

—¡Es verdad! —repuso turbado Ren Boz—. Y mejor sería decir que desde una distancia de un millón y medio de años luz. El mensaje fue lanzado hace quince mil siglos.

—¡Y nosotros estamos viendo ahora lo que fue enviado mucho antes de la época glaciar y de la aparición del hombre en la Tierra! —agregó Yuni Ant, ya bastante más calmado.

Las líneas rojas aminoraron su girar, la pantalla se apagó y volvió a encenderse de pronto. A la pálida luz, se columbraba apenas una llanura en penumbra. Diseminadas por ella había unas construcciones extrañas con forma de hongo. Cerca del límite anterior de la parte visible brillaba con fríos fulgores un círculo azul gigantesco, en consonancia con la llanura, cuya superficie sin duda era metálica. Exactamente sobre el centro del círculo pendían, uno sobre otro, dos grandes discos biconvexos. No, no pendían, se elevaban lentamente a una altura cada vez mayor. La llanura desapareció y en la pantalla quedó solamente uno de los discos, más convexo por abajo que por arriba, con gruesas espirales en ambas caras.

—¡Son ellos!... ¡Ellos mismos!... —gritaron los dos científicos al unísono al comprobar la semejanza de aquella imagen con las fotografías y diseños del espirodisco hallado por la 37a. expedición en el planeta de la estrella de hierro.

Un nuevo torbellino de líneas rojas, y la pantalla se apagó. Ren Boz esperaba, temeroso de apartar de allí, ni un segundo, la mirada... ¡La primera mirada humana que se posaba en la vida y el pensamiento de otra galaxia! Pero la pantalla no volvió a iluminarse. En un panel lateral del televisófono resonó la voz de Yuni Ant:

—La comunicación se ha cortado. No es posible seguir gastando energía terrestre en espera de la continuación. ¡Todo el planeta se conmoverá! Hay que pedir al Consejo de Economía que se duplique la frecuencia de las recepciones fuera de programa; pero esto, después del envío del Cisne, no será posible antes de un año. Ahora sabemos que la astronave de la estrella de hierro procede de allí. Sin el hallazgo de Erg Noor, no habríamos comprendido nada de lo visto.

—¿Y ese disco vino de allá? ¿Cuánto tiempo estaría volando? —preguntó Ren Boz, como si hablase consigo mismo.

—Después de la muerte de su tripulación, estuvo vagando cerca de dos millones de años por el espacio que separa a las dos galaxias —repuso severo Yuni Ant— hasta que encontró refugio en el planeta de la estrella T. Por lo visto, estas astronaves están construidas de manera que pueden tomar tierra automáticamente, aunque ningún ser viviente haya tocado sus mandos desde milenios antes. —Tal vez ellos vivan mucho tiempo...

—Pero no millones de años. Eso es contrario a las leyes de la termodinámica —replicó fríamente Yuni Ant—. Además, pese a sus colosales dimensiones, el espirodisco no podía llevar en sus entrañas todo un mundo de personas... de seres pensantes... No, por el momento, nuestras galaxias no pueden llegar la una a la otra ni intercambiar comunicaciones.

—Pero podrán —dijo con firmeza Ren Boz. Y luego de despedirse de Yuni Ant, volvió al campo del cosmopuerto.

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Novela publicada en 1973. Esta traducción la bajé de Internet y no estoy muy segura de que contenga el fragmento completo. Me disculpo por eso. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar clásicos de la literatura universal que se me ocurrió en 2010, cuando leí un hashtag de Twitter con el que la gente tuiteaba cuentos o minicuentos.

sábado, 22 de junio de 2013

¡Escuche, Señor Dios!

¡Escuche, Señor Dios!
(Fragmento final de La nube en pantalones)

Vladimir Mayakovski

¡Escuche, Señor Dios!
¿No se cansa
de mojar a diario en esta jalea nubosa
sus ojos bonachones?
¿Sabe qué?
montemos un tiovivo
en el árbol del aprendizaje del bien y del mal.
Omnipresente, tú estarás en cada estante
y en la mesa pondremos unos vinos
que hagan bailar el qui-ca-pou
al taciturno apóstol Pedro.
Devolveremos al paraíso a las Evitas:
una orden tuya
y esta misma noche te traeré
a las muchachas más bonitas.
¿Quieres?

¿No quieres?
¿Meneas la cabeza, greñudo?
¿Frunces la canosa ceja?

¿Crees
que ese sujeto
detrás de ti, alado,
entiende de amor?

Yo también soy ángel; lo fui,
parecía un corderito almibarado,
pero me cansé de regalarle a yeguas
vasijas de porcelana hechas con tristezas.

Todopoderoso: inventaste un par de manos,
le pusiste
una cabeza a cada quien,
¿por qué no se te ocurrió
que se pueda sin tormentos
besar, besar, besar?

Te creía inmenso dios omnipotente
y eres un diosito torpe, pequeñito.
Mira, me agacho
y de la bota
saco un cuchillo.
¡Alados rufianes!
¡Arrástrense en el paraíso!
¡Ericen sus plumas de temor asustado!
A ti, impregnado de incienso, te cortaré
de aquí a Alaska.

¡Déjenme!

¡No me contendrán!
Ya sea que mienta
o tenga razón,
más tranquilo no puedo estar.

Miren:
han decapitado más estrellas
y el cielo ensangrentado es una carnicería.
¡Oye tú!
¡Cielo!
¡Quítate el sombrero!
¡Paso yo!

Silencio.

El universo duerme,
recostando sobre la zarpa
con garrapatas de estrellas una oreja enorme.

(1915)

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De Poemas 1913-1916.

martes, 12 de marzo de 2013

Hombre de dos besos

(Danza con balones agujereados)

Vladimir Mayakovski

A un hombre grandote y sucio
le regalaron dos besos.
El hombre torpe no sabía
qué hacer con ellos,
dónde ponerlos.
La ciudad
toda de fiesta
cantaba aleluyas en los templos,
la gente salía para vestir domingo,
pero el hombre tenía frío
y óvalos en las suelas.
Eligió el mayor
de los besos
y lo calzó de galocha.
Pero el frío fiero
le mordió los labios.
«Bien,
―enfadóse el hombre―,
voy a tirar esos besos inservibles.»
Y los tiró.
Y allí mismo
a un beso le salieron orejas
y se puso a girar como una peonza
y chilló con voz fina:
«¡Mamita!»
Asustado, el hombre
arropó con los andrajos de su alma
el cuerpecito tiritando
y lo llevó a casa
para ponerlo en un marquito azul.
Removió el polvo de las maletas
(buscando el marquito),
y al revolverse
el beso, tumbado en el diván,
enorme,
grasoso,
crece,
ríe,
se enfurece.
"Dios,
lloró el hombre,
nunca creí que me iba a cansar tanto.
Debo ahorcarme».
Y mientras colgaba,
asqueroso,
ruin,
―en los tocadores
las mujeres―,
fábricas sin humo y sin chimeneas,
hicieron millones de besos
de todos los tipos:
grandes,
pequeños,
con carnosas palancas de labios chapaleantes.

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Fragmento de la tragedia Vladimir Mayakovski, en Poemas 1913-1916. Este post habla del hombre en su grandeza incomprendida y la tragedia de una humanidad superflua, sin voluntad propia y sin valores. Fue una expresión de mi momento existencial. Definitivamente NO lo coloqué como metáfora política.

viernes, 24 de agosto de 2012

Nostalghia



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Nostalgia, de Andrei Tarkovsky (1983). Película completa.

martes, 10 de abril de 2012

La muerte de Iván Ilich (fragmento)

León Tolstoi

A la hora de costumbre llegó el doctor. Iván Ilich contestó a sus preguntas con monosílabos ― “sí”, “no”― sin apartar de él una mirada rencorosa. Al final, dijo:

-Sabe que no hay remedio; déjeme, pues.
-Podemos aliviar el dolor ―replicó el médico.
-Ni siquiera eso, déjeme.

El doctor salió al salón y explicó a Paskovia Fiódorovna que lo veía muy mal y que solo había un recurso, el opio, para aliviar los dolores, que debían ser espantosos.

Sus sufrimientos morales consistían en que, aquella noche, al mirar la cara somnolienta, bondadosa y de pómulos salientes de Guerásim, se le había ocurrido de pronto: “En realidad, toda mi vida, mi vida consciente, ha sido un engaño”.

Se le ocurrió que lo que antes le parecía completamente imposible, que su vida se hubiera desenvuelto por cauces equivocados, podía ser verdad. Se le ocurrió que las veleidades, apenas perceptibles, de luchar contra lo que los personajes encumbrados consideraban bueno, que al instante se esforzaban en expulsar de sí, podían ser lo auténtico y verdadero, y que todo lo demás podía no serlo. Su profesión, su cargo, la manera como había organizado su vida, la familia, aquellos intereses de la sociedad, todo esto podía ser algo distinto y secundario. Trató de defenderlo ante sí mismo. Y de pronto advirtió la vaguedad de lo que defendía. No había nada qué defender.

“Si esto es así ―se dijo― y me voy de la vida con la conciencia de que destruí cuanto se me había dado, entonces, ¿qué?”. Se acostó boca arriba y se puso a repasar de un modo nuevo toda su vida. Cuando por la mañana vio al lacayo, luego a su esposa, luego a su hija y luego al doctor, cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, venían a confirmar la verdad que por la noche había descubierto. En ellos se veía a sí mismo, veía lo que había constituido su vida, veía que todo eso era una equivocación, un enorme y horrible engaño que no dejaba contemplar ni la vida ni la muerte. La conciencia de que esto era así incrementaba, multiblicaba por diez sus sufrimientos físicos. Gemía, se agitaba y trataba de quitarse la ropa. Le parecía que la ropa lo sofocaba y lo aplastaba. Y esto le hacía sentir odio hacia ellos.
Le dieron una fuerte dosis de opio y quedó amodorrado, pero a la hora de la comida enpezó de nuevo. Mandó a salir a todos; no cesaba de dar vueltas.

Acudió a su mujer y le dijo:
-Jean, querido, hazlo por mí ―“¿Por mí?”, pensó él―. No te causará ningún daño, y a menudo alivia. No significa nada. Y la salud, a menudo…

Él abrió mucho sus ojos.
-¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No hace falta! Aunque, por lo demás…
Ella rompió a llorar
-¿Sí, mi amigo? Le avisaré a nuestro sacerdote; es tan agradable…

Cuando llegó el sacerdote y se hubo confesado, pareció enternecerse. Sintió como un alivio en sus dudas y, a consecuencia de ello, un alivio de sus sufrimientos, y esto le produjo una esperanza momentánea. De nuevo empezó a pensar en el intestino ciego y en la posibilidad de arreglarlo. Tomó la comunión con lágrimas en los ojos. Cuando después de esto lo llevaron a la cama, por un minuto se sintió a liviado y otra vez apareció la esperanza. Empezó a pensar en la operación que le proponían. “Quiero vivir, quiero vivir”, se decía. Su esposa llegó para felicitarlo; le dijo las palabras de rigor y añadió:

-¿Verdad que te encuentras mejor?
Él, sin mirarla, articuló.
-Sí.

La ropa de ella, su complexión, la expresión de su cara, el sonido de su voz, todo decía lo mismo: “No es nada de eso. Todo cuanto fue y es tu vida es una mentira, es un engaño que te impide entender la existencia y la muerte”. Y nada más al pensar en esto se levantó en él el odio, y con el odio vinieron los dolorosos sufrimientos físicos, y con los sufrimientos, la conciencia del fin inevitable y próximo. Se produjo algo nuevo: algo se retorcía dentro de él haciendo difícil su respiración. La expresión de su cara cuando dijo “sí” era espantosa.

Después de pronunciar este “sí” mirando a su esposa a la cara, se volvió con rapidez extraordinaria para su notoria debilidad, y gritó:
-¡Váyanse, váyanse todos, déjenme solo!”

***

En ese momento empezó aquel grito que duró tres días consecutivos, un grito tan horrible que dos habitaciones más allá ya producía espanto. Apenas le contestó a su mujer comprendió que era hombre perdido, que no había vuelta atrás, que había llegado el fin último y que la duda no había sido resuelta, pues la seguía viendo planteada frente a él.

“¡Oh, oh, oh!”, vociferaba en diferentes tonos. Empezaba a gritar: “No quiero” y así seguía, alargando la última “o”.

Durante estos tres días, a lo largo de los cuales no existió para él el tiempo, se estuvo revolviendo en aquel saco negro en que lo metía una fuerza invisible e insuperable. Se debatía como se debate el condenado en manos del verdugo, sabiendo que no había salvación; y a cada minuto se daba cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos para oponerse, se acercaba más a aquello que lo horrizaba. Le atormentaba la idea de asomarse a aquel agujero negro, y todavía más el hecho de que no pudiera entrar en él. Se oponía a ese acto la aceptación de que su vida sí había sido buena. Esta justificación de su vida, que lo aferraba sin dejarlo ir más adelante, era lo que más le atormentaba.

De pronto, una fuerza lo empujó contra el pecho y el costado, impidiéndole respirar; sintó que caía en el agujero y allí, en el fondo, se iluminaba algo. Tuvo la misma sensación que uno tiene cuando va en un vagón de ferrocarril y piensa que avanza cuando en verdad retrocede y, de pronto, se da cuenta de cuál es la verdadera dirección.

“Sí, todo era equivocado ―se dijo― pero no importa. Se puede, se puede hacer ‘lo otro’. ¿Qué es lo otro?”, se preguntó, y entonces se quedó sosegado.

Esto ocurría al final del tercer día, una hora antes de su muerte. En este mismo instante su hijo se acercó sigilosamente a su cama. Él, moribundo, seguía gritando y moviendo desesperadamente los brazos. Su mano tropezó con la cabeza del muchacho. Éste la cogió, se la llevó a los labios y rompió a llorar.

Coincidiendo con ello, Iván Ilich cayó en el agujero, vio la luz y se le reveló en ese momento que su vida había sido una equivocación completa, pero que aún había tiempo para rectificar. Se preguntó qué era “eso” y se calmó, prestando atención. Entonces sintió que alguien besaba su mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Sintió lástima de él. Su esposa se le acercó. La miró. Ella lo miraba con la boca entreabierta y con lágrimas que no se preocupaba de enjuagar, con agua en la nariz y en las mejillas, con una expresión desesperada. Esta visión le produjo pena.

“Sí, los estoy atormentando ―pensó―. Me dan lástima, pero estarán mejor cuando yo me muera”. Quiso decírselos así, mas no tuvo fuerzas para articular las palabras. Señaló con la mirada a su hijo y le pidió a su esposa:

-Llévatelo… Me da pena… Y tú… ―quiso añadir “perdóname”, pero le salió algo confuso y, sin fuerzas para aclararlo, hizo un ademán de renuncia, sabiendo que sería comprendido.

En ese momento se le hizo claro que lo que lo abandonaba y no acababa de salir brotaba de golpe de dos sitios, de diez, de todas partes. Sentía lástima de ellos; tenía que hacer algo para evitar su aflicción. Para evitar los sufrimientos de ellos y de él mismo. “¡Qué bien y qué sencillo!” ―pensó―. ¿Y el dolor? ―se preguntó―. A ver, dolor, ¿dónde estás?”. Prestó atención. “Sí, ahí está. No importa, que siga. ¿Y la muerte? ¿Dónde está? ¿Qué muerte?”. No sentía miedo alguno porque no había muerte.

En vez de la muerte era la luz.
-¡Ahora lo comprendo! ―dijo de pronto en voz alta―. ¡Qué alegría!

Todo esto sucedió para él en un instante, y la significación de ese instante ya no llegó a cambiar. Para los presentes la agonía se prolongó todavía durante otras dos horas. Algo borboteaba en su pecho; su cuerpo, extenuado, se estremecía. Luego el borboteo y los ronquidos se fueron espaciando más y más.

-¡Se acabó! ―dijo alguien sobre él.
Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte ―se dijo―. La muerte no existe”.

Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto.

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Párrafos finales de la novela publicada en 1886. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras, algunas veces intervenidos mediante la incorporación de un formato corto o de un título ficticio.

miércoles, 4 de abril de 2012

La inevitable desintegración de Libia

Armando Pérez

La paulatina desintegración de Libia tiende a convertirse en un proceso inevitable porque el gobierno central, representado por el Consejo Nacional de Transición (CNT), no puede contener las aspiraciones de autonomía en las provincias, faltan mecanismos para controlar a las agrupaciones armadas y tampoco hay fuerza pública para proteger a la población.

A comienzos de marzo, cerca de tres mil representantes de tribus, clanes y comandantes de milicias proclamaron en la ciudad de Bengasi, en el oriente de Libia, la autonomía de la región Cirenaica y su independencia de Trípoli, es decir, del CNT.

Reunidos en el autodenominado Congreso del Pueblo Cirenaico, los delegados se manifestaron a favor de una Libia federal y anunciaron la formación de un propio gobierno, parlamento y ministerios de Finanzas, Defensa y Petróleo.

El jeque Ahmed Zubair fue electo dirigente de la nueva región que, desde Bengasi, controlará al menos el 66% de los yacimientos de hidrocarburos libios.

Entre tanto, el jefe del CNT, Mustafá Abdel Jalil, desde Trípoli, se pronunció en contra de la autonomía proclamada por el Congreso y denunció que las nuevas autoridades de Bengasi forman parte de una “confabulación extranjera” para socavar la integridad territorial y política de Libia.

Según expertos rusos, los autonomistas de Bengasi ahora actúan con el apoyo de las mismas fuerzas que hace más de un año promovieron la rebelión contra el líder Muamar Gadafi, y que concluyó con una guerra civil que ganaron los rebeldes gracias al apoyo de la OTAN.

Al respecto, muchos recuerdan que la rebelión contra Gadafi nació en Bengasi junto con el CNT, el cual durante muchos meses controló la guerra contra Gadafi desde esa ciudad, y que solo tras la victoria se instaló en Trípoli.

Ahora, por lo visto, los gobiernos extranjeros que armaron a los rebeldes tienen otros planes para controlar los yacimientos de crudo, el objetivo en esencia de esa intervención que la prensa occidental presentó como cruzada para defender a la población civil del supuesto genocidio perpetrado por el ejército de Gadafi.

Al analizar la prudencia que tiene ahora la prensa internacional para informar sobre los últimos acontecimientos en Bengasi, analistas rusos opinan que son pocos en Occidente los que quieren reconocer que la campaña en Libia fue una guerra de rapiña orquestada por gobiernos influyentes, y que resulta muy incómodo ver las consecuencias que supuso la cruzada por la democracia en Libia.

Sobre todo cuando el ejemplo de los autonomistas de Cirenaica contagió a otras regiones, especialmente a Misrata, la tercera ciudad más importante de Libia.

Allí, las autoridades municipales recién elegidas restringieron la entrada a los habitantes libios de otras regiones como medida preventiva para “garantizar la seguridad pública” de la ciudad.

De hecho, según constató la prensa británica, las nuevas autoridades –en abierto desafío al CNT–, establecieron una zona de seguridad como paso inicial a la proclamación una autonomía más radical que la establecida en Bengasi.

Para los observadores locales, el CTN desde Trípoli no puede solucionar prácticamente ningún asunto y las autoridades de Misrata actúan por su cuenta para poner coto a la inseguridad rampante, que es el principal problema que actualmente afronta la población civil en cualquier lugar de Libia.

Como reconoce el propio CTN, el problema de seguridad pública seguirá siendo muy agudo mientras no se desarmen y se liquiden las milicias y agrupaciones armadas autónomas que operan en el país.

Entre los factores que impiden la solución de este problema, fuentes del CTN citadas por la prensa rusa indicaron que sencillamente no hay recursos para financiar el desmantelamiento de las milicias y la reinserción de los combatientes a la vida normal en la sociedad.

A juicio de esas fuentes, el asunto financiero es el principal escollo en las conversaciones que actualmente adelanta el CTN con los comandantes de la brigada Zintan, sobre la devolución del aeropuerto internacional de Trípoli, hasta este momento en manos de esos milicianos.

Integrada en su mayor parte por habitantes de la ciudad del mismo nombre, en el occidente de Libia, la brigada Zintan actualmente es una de las agrupaciones armadas autónomas más influyentes y poderosas de ese país.

Los combatientes de esta brigada desempeñaron un papel crucial en la derrota del ejercito gadafista y en la ocupación de Trípoli, y desde el año pasado controlan por su cuenta el aeropuerto internacional, es decir, el flujo de cargas y pasajeros que llegaban por esa terminal aérea al territorio libio.

El pago de compensaciones y los gastos que deberá asumir el CNT igualmente impide las negociaciones entre las autoridades y los jefes de la milicia Swehli, también de Misrata, otra agrupación poderosa que recientemente capturó a dos periodistas británicos acusándolos de supuesto espionaje.

Entre tanto, la falta de fuerzas del orden eficaces multiplica el riesgo de conflictos armados entre las etnias y tribus libias, como el reciente brote de violencia en el sureste de Libia.

Ante la falta de información oficial, diversas fuentes reportan de centenares de muertos y heridos las últimas dos semanas en la ciudad de Al Kufra, cerca de las fronteras de Libia con Chad y Sudán, por enfrentamientos entre dos tribus, Tibu y Zwai, rivales desde hace décadas.

Según el general Youssef al-Mangoush, jefe del ejército libio, sus tropas intervienen para poner fin a los combates, pero fuentes de las tribus rivales aseguran que el ejército no puede impedir los enfrentamientos que, cada vez, ocasionan muertos, heridos y refugiados.

Los representantes de cada tribu se acusan mutuamente de asesinatos, secuestros, saqueo de viviendas, robos de autos y de medidas de respuesta para contener a los atacantes.

El grupo étnico Tibu habita principalmente en el Chad, pero también pueblan zonas del sur de Libia, y la tribu Zwai asegura que los Tibu atacan a sus paisanos con ayuda de mercenarios procedentes de Chad.

Y mientras aumentan las noticias sobre muertes por la violencia y la falta de dinero para comprar la paz, es más hermético el silencio del CTN en Trípoli, así como en las capitales occidentales promotoras de la revolución libia y en la prensa internacional. Posiblemente porque debe ser incómodo responder por qué no hay dinero para desarmar a las milicias, fortalecer el ejército y promover el desarrollo de las regiones. ¿Dónde estará el dinero de Gadafi?

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Publicado por RIA Novosti el 14-3-2012.

jueves, 24 de noviembre de 2011

El tratado Start entre las potencias nucleares

RIA NovostiTratado START. InfografíaTratado START. Infografía
15:05 05/04/2010 El nuevo tratado de reducción de armas ofensivas estratégicas (START) prevé un recorte sustancial de los arsenales nucleares.>>

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Republicado por RIA Novosti en español el 24-11-2011.

martes, 15 de noviembre de 2011

Apuntes del subsuelo (fragmento)

Fedor Dostoievski

Díganme, por favor, ¿quién fue el primero en decir que el hombre comete vilezas por no conocer sus verdaderos intereses, que si se le ilustra, si se le abren los ojos a sus verdaderos y normales intereses, el hombre dejará inmediatamente de cometer infamias, se hará en el acto bondadoso y noble, ya que al ser ilustrado verá que en el bien radica precisamente su propio beneficio? Y es bien sabido que ningún hombre puede actuar en contra de sus propios intereses. Así, pues, haría el bien por necesidad. ¡Qué ingenio! ¡Qué ser tan puro e inocente!

Pero, ¿cuándo se ha visto, en primer lugar, durante todos estos milenios, que el individuo obrase tan solo por su propio beneficio? ¿Qué hacer con los millones de hechos que demuestran cómo los hombres, a sabiendas, es decir, comprendiendo plenamente cuál es su verdadero beneficio, lo dejan de lado y siguen un camino nuevo, al azar, a todo riesgo, y que sin estar obligados por nada ni por nadie, renuncian al camino señalado y se abren otro con obstinada tozudez, un camino difícil, absurdo, que buscan casi a tientas? Es indudable que esa obstinada tozudez, esa arbitrariedad, les resulta más grata que toda clase de beneficios.

¡El beneficio! ¿Qué es el beneficio? ¿Se comprometen, acaso, a definir con plena exactitud en qué consiste el beneficio del hombre? ¿No puede darse el caso, quizá, de que en algunas ocasiones el beneficio del hombre no sólo puede, sino que debe consistir precisamente en desear lo peor y no lo beneficioso? Y si esto es así, si este caso puede darse, toda la regla se va al demonio. ¿Qué opinan? ¿Puede darse un caso semejante? Se ríen; ríanse, señores, pero respondan: ¿se han calculado con toda exactitud los beneficios de los humanos? ¿No hay algunos, acaso, que no solo no caben, sino que no pueden caber en ninguna clasificación?

A lo que yo sé, señores, han establecido ustedes la lista de beneficios humanos con base en un promedio de las cifras estadísticas y de las fórmulas económico-científicas. Los beneficios, a juicio de ustedes, son: prosperidad, riqueza, libertad, tranquilidad, etc., etc. De forma tal que si un individuo se alzase, por ejemplo, voluntaria y abiertamente contra toda esta lista, sería considerado por ustedes, y también por mí, naturalmente, como un ignorante o un loco, ¿no es cierto? Pero lo asombroso es una cosa: ¿por qué todos estos estadistas, sabios y amantes del género humano, al enumerar los beneficios humanos, se olvidan siempre de uno de ellos? Ni siquiera lo toman en cuenta de la forma cómo debe tomarse, y de eso depende todo el cálculo.

Yo, por ejemplo, tengo un amigo… Al prepararse para llevar a cabo alguna cosa, este señor les expone con elocuencia y lucidez cómo debe proceder según las leyes de la razón y de la verdad. Más aún: con apasionada emoción les hablará de los verdaderos y normales intereses humanos, reprochará con ironía a los estúpidos miopes que no comprenden dónde radica su propio interés y el verdadero sentido de la virtud. Pero, justamente un cuarto de hora más tarde, sin ningún motivo exterior ni repentino que lo fuerce, sino obedeciendo a un impulso interior, superior a todos sus intereses, da un paso completamente distinto, es decir, hace todo lo contrario a lo que había dicho, contrario a las leyes de la razón y a sus propios intereses, en una palabra, contrario a todo… Les prevengo que mi amigo es un personaje genérico y por ello resulta difícil culparlo solo a él.

De eso se trata, señores; ¿no habrá en el mundo algo que sea, en efecto, más preciado para cada hombre que sus mejores beneficios? O (para no infringir la lógica) ¿no existirá un beneficio más beneficioso, más importante y provechoso que todos los demás beneficios y por el cual este hombre esté dispuesto, en caso de necesidad, a ir en contra de todas las leyes, es decir, contra la razón, el honor, la tranquilidad, el bienestar?

Permítanme que les explique. No se trata de un juego de palabras, sino de que este beneficio es notable precisamente por destruir a cada instante todas nuestras clasificaciones, todos los sistemas compuestos por los amantes del género humano. En otras palabras, es muy molesto. Pero antes de que les nombre este beneficio, quiero comprometerme personalmente, y por ello declaro con insolencia que todos esos magníficos sistemas, todas esas teorías que explican a la humanidad sus verdaderos y normales intereses con el fin de que ésta se haga inmediatamente bondadosa y noble en su imperioso afán de alcanzarlos, son, por ahora, a mi juicio, ¡simples sofismas!

¡Sí, sofismas! Porque sostener la teoría de la renovación de todo el género humano mediante el sistema de su propio beneficio equivale, a mi juicio, a decir, por ejemplo… siguiendo a Buckle, que la civilización dulcifica al hombre, que gracias a ellas se hace éste menos sanguinario y menos dado a la guerra. De acuerdo con la lógica de sus razonamientos resulta así. Pero el hombre está tan apegado al sistema de la deducción abstracta que es capaz de alterar intencionadamente la verdad, de no ver ni oír a fin de justificar su lógica. Y tomo precisamente este ejemplo por ser elocuente en sumo grado. Miren en torno suyo: la sangre corre a mares y, además, con tanto empuje como si fuera champaña.

¿Quieren decirme qué cosa suaviza en nosotros la civilización? Lo único que hace es desarrollar en el hombre una variedad de sensaciones, pero… decididamente nada más. Debido a la civilización, el hombre, si no se ha hecho más sanguinario, se ha hecho, por lo menos, peor que antes y más cruel. Antes consideraba justos los derramamientos de sangre y exterminaba con conciencia tranquila a quien debía. Ahora, aunque consideramos el derramamiento de sangre como una infamia, la cometemos, y todavía con más frecuencia que antes. ¿Qué es peor? Decidan ustedes.

Dicen que Cleopatra era aficionada a clavar sus alfileres de oro en el pecho de sus esclavas, cuyos gritos y contorsiones le causaban placer. Me dirán que esto ocurría en tiempos relativamente bárbaros, que los nuestros siguen siéndolo (hablando también relativamente), ya que ahora se clavan, asimismo, alfileres, y que el hombre, aunque ha aprendido a ver algunas veces con mayor claridad que en los tiempos bárbaros, está todavía muy lejos de haber aprendido a portarse tal como le dictan la razón y las ciencias. Sin embargo, están ustedes completamente convencidos de que aprenderá sin falta alguna cuando elimine definitivamente ciertos viejos y nefastos hábitos, cuando el sentido común y las ciencias reeduquen por completo y orienten la naturaleza humana.

Ustedes aseguran que el hombre entonces dejará de equivocarse voluntariamente y no querrá, por decirlo así, divorciar su voluntad de sus intereses normales. Más aún: entonces, dicen ustedes, la propia ciencia enseñará al hombre que, en realidad, carece de voluntad propia, de caprichos, y que jamás los ha tenido; que él es, ni más ni menos, la tecla de un piano o el tornillito de un órgano. De modo que todo cuanto hace no responde ni mucho menos a su deseo, sino que se hace por sí mismo, según las leyes de la naturaleza. Por consiguiente, basta con descubrir esas leyes para que el hombre no sea ya responsable de sus actos, y la vida le resulte sumamente fácil.

Entonces –todo esto lo dicen ustedes– se establecerán nuevas relaciones económicas, ya preparadas y calculadas con exactitud matemática, de modo que en un instante desaparecerán todos los problemas, por la simplísima razón de que habrá para ellos toda clase de soluciones. Entonces se construirá un palacio de cristal. Desde luego, no se puede garantizar (ahora soy yo el que habla) que la vida no sea entonces terriblemente aburrida. Porque, en efecto, ¿qué puede hacerse si todo está previsto en las tablas? En cambio, reinará la más extremada sensatez. ¡Claro, a qué no puede empujar el aburrimiento! Los alfileres de oro también se clavan por aburrimiento, mas todo eso carece de importancia.

El ser humano es tonto, fenomenalmente tonto. E ingrato; en este sentido no tiene igual en el mundo. Yo, por ejemplo, no me sorprendería en lo más mínimo si en medio de la futura sensatez general apareciese de pronto, sin causa ni motivo, algún caballero de fisionomía ruin, retrógada y burlona, que nos dijera a todos: Bueno señores, ¿no les parece que debemos sacudirnos de golpe tanta sensatez, dándole una patada y reduciéndola a polvo, con el único fin de enviar al diablo todos esos logaritmos y poder vivir, según nos dé nuestra estúpida gana? Eso de por sí solo no tendría importancia, lo malo es que sin duda encontraría adeptos. ¡Así es el hombre!

Y todo esto se debe a la más fútil de las causas, hasta el punto de que, al parecer, ni merece la pena mencionarla: se debe precisamente a que el hombre, siempre y en todas partes, quienquiera que fuese, ha querido actuar como le diera la gana y no de acuerdo con su razón o su beneficio. Nuestro propio deseo, libre y arbitrario, nuestro propio capricho, por salvaje que sea, nuestra fantasía propia, exasperada a veces hasta la locura: éste es el bien omitido, el beneficio más beneficioso, que no admite clasificación alguna y debido al cual se van constantemente al diablo todos los sistemas y todas las teorías.

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Extracto del capítulo VII de esta novela corta de 1864, también traducida como Memorias del subsuelo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La nube en pantalones (fragmento)

Vladimir Mayakovski

Yo,
el crisóstomo
cuya palabra
regenera el espíritu,
festiviza el cuerpo,
les digo:
la menor partícula de lo viviente
es superior a lo que hice o haré.

¡Escuchen!
Predica
convulsionado y gimiente
el Zaratustra hablador de hoy.

Nosotros,
con cara de sábana arrugada,
con labios colgantes como lámparas,
nosotros,
prisioneros
de la ciudad-leprosería,
donde el oro y la inmundicia llegaron a lepra,
somos más pulcros que el añil veneciano,
bañado de sol y mar.

Me importa un bledo
que Homero y Ovidio
no tienen a hombres como nosotros
ennegrecidos de hollín.
Me consta,
el sol se eclipsaría si viera
los filones de oro de nuestras almas.

Mejor que plegarias son venas y músculos.
No mendiguemos del tiempo el perdón.
Nosotros,
cada uno, sujeta la mano,
las correas de transmisión de los mundos.

Aquello subió a los gólgotas, a los públicos
de Petrogrado, Moscú, Odesa, Kiev,
y no hubo uno
que no gritara:
“¡Crucifíquenlo,
crucifíquenlo!”.

Mas para mí, la gente,
aun los que me ofendieron,
son los más queridos y entrañables.

¿Han visto
cómo el perro lame la mano agresora?

Yo, ridiculizado por la estirpe de hoy,
como un chiste dilatado,
obsceno, veo cómo remonta las cimas del tiempo
alguien que nadie ve.

Donde el ojo humano se detiene, tímido,
al frente de hordas famélicas,
coronado de espinas de revoluciones
llegará el año dieciséis.

Yo soy aquí su precursor,
estoy con los que padecen,
crucificado en cada lágrima vertida.

Ya es imposible perdonar nada.
Calciné el alma donde crecía la ternura.
Eso es más difícil que tomar
miles y miles de Bastillas.

Y cuando
con la insurrección
anuncien su llegada
y salgan ustedes a recibir al salvador,
yo
me arrancaré el alma,
la aplastaré
para ensancharla
y, sangrante, se las daré por bandera.


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De Poemas 1913-1916.

miércoles, 13 de abril de 2011

En el mausoleo de la Plaza Roja Stalin duerme sin remordimientos (fragmento)

Gabriel García Márquez

Yo hablé de Stalin con mucha gente. Me parece que se expresan con mucha libertad, procurando que se salve el mito de un análisis complejo. Pero todos nuestros interlocutores de Moscú, sin excepción, nos dijeron: “Ahora las cosas han cambiado”. A un profesor de música de Leningrado que encontramos al azar le preguntamos cuál era la diferencia entre el presente y el pasado. Él no vaciló un segundo: “La diferencia es que ahora creemos”. Ese es el cargo más interesante que escuché contra Stalin.

Los libros de Frank Kafka no se encuentran en la Unión Soviética. Se dice que es el apóstol de una metafísica perniciosa. Es posible sin embargo que hubiera sido el mejor biógrafo de Stalin. Los dos kilómetros de seres humanos que hacen cola van a ver por la primera vez el cadáver de un hombre que reglamentó personalmente hasta la moral privada de la nación y que pocos vieron jamás en vida. Ninguna de las personas con quienes hablamos en Moscú recuerda haberlo visto. Sus dos apariciones anuales en los balcones del Kremlin tenían por testigos los altos jerarcas soviéticos, los diplomáticos y algunas unidades de élite de las fuerzas armadas. El pueblo no tenía acceso a la Plaza Roja durante la manifestación. Stalin sólo abandonaba el Kremlin para pasar vaciones en Crimea. Un ingeniero que participó en la construcción de las represas del Dnieper nos aseguró que en cierto momento –en la cúspide de la gloria staliniana– se puso en duda su existencia.

No se movía ni una hoja de árbol sin la voluntad de ese poder invisible. En su calidad de secretario general del partido comunista, jefe del consejo de gobierno y comandante supremo de las fuerzas armadas, concentró en sus manos una cantidad de poder difícil de imaginar. No volvió a convocar el congreso del partido. En virtud de la centralización que él mismo impuso al sistema administrativo concentró en su cerebro hasta los resortes más sutiles de la nación. Durante 15 años no pasó un día sin que los periódicos mencionaran su nombre.

No tenía edad. Cuando murió había pasado de los 60 años, tenía la cabeza completamente blanca y empezaban a revelarse los síntomas del agotamiento físico. Pero en la imaginación del pueblo Stalin tenía la edad de sus retratos. Ellos impusieron una presencia intemporal hasta en las remotas aldeas de la tundra. Su nombre estaba en todas partes: en las avenidas de Moscú y en la humilde oficina de telégrafos de Cheliuskin, una aldea situada más allá del círculo polar. Su imagen estaba en los edificios públicos, en las habitaciones privadas, en los rublos, en los sellos de correo y aun en las envolturas de las cosas de comer. Su estatua de Stalingrado tiene 70 metros de altura y medio metro de diámetro cada botón de su guerrera.

Lo mejor que puede decirse a su favor está esencialmente ligado a lo peor que puede decirse en contra suya: no hay nada en la Unión Soviética que no haya sido hecho por Stalin. Desde su muerte no se ha hecho otra cosa que desembrollar su sistema. Él controló personalmente las construcciones, la política, la administración, la moral privada, el arte, la lingüística, sin moverse de su oficina. Para asegurar el control absoluto de la producción centralizó la dirección de la industria en Moscú con un sistema de ministerios que, a su vez, estaban centralizados en un gabinete del Kremlin. Si una fábrica de Siberia necesitaba un repuesto producido por otra fábrica situada en la misma calle, tenía que hacer el pedido a Moscú a través de un complicado engranaje burocrático. La fábrica que producía los repuestos tenía que repetir los trámites para efectuar los despachos. Algunos pedidos no llegaron jamás. La tarde en que me explicaron en Moscú en qué consistía el sistema de Stalin yo no encontré un detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka.

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De viaje por los países socialistas: 90 días en la Cortina de Hierro (1978) es un compendio de crónicas deliciosas sobre el viaje que hiciera GGM en 1957. Fueron publicadas originalmente en las revistas Cromo (Colombia) y Momento (Venezuela).

viernes, 4 de febrero de 2011

El amor

Vladimir Mayakovski

Un día, quién sabe,
ella, a quien también le gustaban los animales,
se aparezca en una alameda del zoológico,
sonriente
tal como ahora está en su retrato sobre la mesa.
Ella es tan bella que, por cierto, habrán de resucitarla.
Vuestro Trigésimo siglo irá más allá del examen de mil nadas
que laceraban el corazón.
Entonces, de todo amor no terminado,
seremos pagados en innumerables noches de estrellas.
¡Resucítame,
aunque que sea porque te esperaba
como un poeta,
repeliendo el absurdo cotidiano!
¡Resucítame,
aunque que sea sólo por eso!
¡Resucítame!
Quiero vivir hasta el final que me toca.
Para que el amor no sea más esclavo de matrimonios,
concupiscencia,
salarios.
Para que, maldiciendo los lechos,
saltando de las almohadas,
el amor se vaya por todo el universo.
Para que el día,
en que el sufrimiento se degrade, 
no os lo sea llorado, mendigado,
y que al primer ruego:
- ¡Camaradas!
atento se voltee el mundo entero.
Para vivir
libre de las habitaciones de las casa.
Para que de ahora en adelante
la familia sea
el padre,
por lo menos el universo;
y la madre,
por lo menos la Tierra.

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Publicado originalmente en su segundo poemario (1917-1930), este poema precioso es parte de una selección traducida al portugués por Augusto de Campos en la década de los 80.