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lunes, 9 de abril de 2012

Una receta para fabricar seudociencia

Klaus Ziegler

Desde el 2000 funciona en internet un sistema capaz de generar los más divertidos textos posmodernos, y no sería extraño que algunos de ellos puedan estar ya engrosando las páginas de algún libro de etnometodología, o de alguna revista dedicada a la “deconstrucción de metanarrativas dominantes en los estudios de género”.

Sin embargo, y a pesar de que la receta es bastante simple, no parece existir ningún algoritmo equivalente para fabricar artículos o libros seudocientíficos, digamos al estilo de Deepak Chopra o de algunos de sus más sobresalientes aprendices, como el curandero colombiano Santiago Rojas.

Para comenzar, el discurso debe simular rigor y profundidad, lo que se alcanza sin mayores dificultades intercalando aquí y allá un poco de vocabulario científico. Y si es un texto sobre medicinas alternativas, hay que estar seguro de que incluya vocablos como radiación, frecuencia, armónicos, espectro, cuántico, iónico, electromagnético, cromático… Conviene elaborar el grueso del material con seudociencia estándar: chakras, bioplasmas, pranas, mónadas, auras, cuerpos etéricos, astrales, karmas, energías vibracionales…,  preferiblemente en miscelánea con algo de alquimia, astrología y filosofía griega, procurando en lo posible por darle al discurso un tinte enigmático o místico.

La ilusión de coherencia lógica se consigue sin problema abusando de las analogías. El hilo de la argumentación debe recaer especialmente en las analogías semánticas, y hay que evitar ser preciso o riguroso cuando se hace uso de conceptos científicos, lo que podría dejar al descubierto el fraude y malograr la tarea. Si se habla de evidencia experimental es importante advertir que una multitud de estudios confirman la teoría, lo que se refuerza citando algunas anécdotas personales que deberán denominarse “experiencias clínicas confirmatorias”.

La “Medicina Poliédrica” es una famosa terapia del antes yerbatero y médico de la Casa de Nariño, Santiago Rojas, ahora convertido en terapeuta biogeómetra, la cual promete curar enfermedades que van desde simple estrés, hasta sida, lupus y cáncer, siguiendo un protocolo bastante sencillo: basta colocar arreglos apropiados de cubos, icosaedros, tetraedros y dodecaedros de plástico de distintos colores sobre determinados órganos y chakras del cuerpo. Estos poliedros, según la teoría, tienen el efecto de “reordenar” la energía de los órganos afectados, y por ende de “armonizar” toda la energía del organismo con lo que se logra la sanación.

Escribe así un experto en hipnosis y medicina poliédrica: “El cuerpo humano posee un campo electromagnético que lo rodea [cuerpo bioplásmico]: auras, chakras: centros de energía […] cuando la enfermedad aparece se altera ese campo, la vibración diferente va a anunciar que el daño físico va a aparecer, o que ya existe una lesión […]”. Y no podría faltar la referencia obligada a la proverbial cámara Kirlian: “Desde que el ruso Kirlian inventó una cámara fotográfica especial para fotografiar ese cuerpo [el aura]…”, y el artículo continúa con una explicación detallada de los poderes terapéuticos de cada uno de los poliedros.

El texto se ajusta perfectamente a la receta: abunda en términos seudocientíficos como “bioplasmas”, “campos vibracionales”, “energías”, “auras”…, sin que falten alusiones a fenómenos físicos bien establecidos como los campos electromagnéticos o el halo de luz que se produce alrededor de un objeto cuando se fotografía en una cámara Kirlian. El problema es que este halo luminoso, presunta evidencia de la existencia del aura, no es más que una interpretación errónea de un fenómeno electrostático que se explica en física elemental, y que ocurre cuando el aire alrededor de un objeto se ioniza en presencia de un campo eléctrico intenso. Este fenómeno nada tiene que ver con energías bioplásmicas, puesto que también se produce alrededor de una piedra, o de cualquier mineral u objeto inanimado.

Y el problema más grave es suponer que al hablar de “desbalances” de energías se esté dando una explicación de la etiología de las enfermedades, cuando en realidad la explicación no es más que un rencauche en jerga científica de la antigua teoría hipocrática de los cuatro humores, una burda analogía semántica que no dice nada.  Sería como explicar el movimiento planetario alrededor del Sol como el resultado del perfecto “balance” de la energía de los astros; y la colisión con un asteroide, como un fenómeno debido a la “desarmonización” de esta energía cósmica.

Sería deseable ver un generador de textos esotéricos que, ajustándose a una fórmula similar a la descrita, llegara a ser competitivo en el lucrativo negocio de los charlatanes de la Nueva Era. Una receta equivalente ya fue ensayada con todo éxito en el campo de las humanidades por el físico de la Universidad de Nueva York, Alan Sokal, en una broma legendaria que logró filtrar un texto lleno de absurdos y tonterías --al mejor estilo posmoderno-- en una de las publicaciones más prestigiosas sobre el tema.

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Publicado por El Espectador el 21-10-2010.

viernes, 9 de marzo de 2012

“Leer será tener una copia ilegal en el cerebro”

Mariano Blejman

La historia de Library.nu y de su “flamante” cierre del sitio que tenía millones de libros en línea ocurrido el 15 de febrero pasado bien podría ser para una novela, que algún día alguien subirá a algún sitio que no será Library.nu. Seguramente habrá algún sitio que lo reemplace. Esta vez, la coalición de editoriales ganó la contienda en el marco de la oleada de cierres de sitios de intercambio de archivos que ya bajó Megaupload y apretó a The Pirate Bay, entre otros. Sin embargo, ante la ausencia de un reemplazo considerable en relación con la oferta que había logrado Library.nu, instituciones y organizaciones que bregan por los derechos de los usuarios, profesores e intelectuales se preguntan si el daño sobre el acceso a la cultura no es mayor que el daño al “derecho de autor”. Es decir, Library.nu era un problema y también una gran solución.

Diecisiete compañías editoras se unieron desde Estados Unidos, Inglaterra y Alemania para bajar al sitio que tenía una oferta inabarcable de literatura universal, la cual rondaba los 400 mil ejemplares y algunos dicen que podría llegar al millón. Entre las editoriales, están Harper Collins, Oxford University Press y Macmillan. Algo parecido a lo que ocurrió con los sitios que indexaban archivos en Megaupload pasó con Library.nu, donde se acumulaban enlaces de descarga de libros que en verdad estaban guardados en iFile.it, un servicio de backup de archivos. Como se informó, la Corte alemana recibió diecisiete demandas en las cuales se mencionaban diez libros por cada editor. Las penas esperadas podrían rondar los 250 mil euros y como máximo seis meses de prisión. Aunque por lo general las editoriales se manejan con el famoso takedown notice (algo así como “te avisamos que tenés que bajar el sitio o te vamos a ir a buscar”), esta vez decidieron juntarse ante la imposibilidad de llegar directamente al sitio que ordenaba los índices de libros. Los encargados de la tarea de encontrarlos fueron los alemanes de Lausen Retchsanwalte, especializados en perseguir violaciones a la propiedad intelectual, una ardua tarea en tiempos de Internet.

La conexión entre los dos sitios llegó luego de que encontraran una coincidencia entre Library.nu, aparentemente hosteado en Ucrania con dirección legal en la isla Niue del Pacífico, pero la dirección de registro de ambos sitios estaba en Irlanda. Entonces, los abogados trabajaron con la Irish National Federation Against Copyright Theft para encontrar las conexiones, hasta que lograron observar que el botón de “Donaciones” de Library.nu, que confirmaba la recepción por correo electrónico aunque el recibo de PayPal llegaba con el nombre de los verdaderos dueños de la cuenta: Fidel Núñez e Irina Ivanova, los mismos dueños y directores de Library.nu eran los de iFile.it.

Más allá de la torpeza de los creadores, lo que se pregunta Christopher Kelty, profesor de la Universidad de California y autor del libro Two Bits: the cultural significance of the Free Software, el sitio tenía principalmente libros escolares, monografías, análisis biográficos, manuales técnicos, investigaciones en ingeniería, matemática, biología y ciencia, textos con copyright pero fuera de mercado, mal y bien escaneados, en inglés, francés, español o ruso. Como cuenta Kelty en su artículo “The Disapearing virtual library” publicado en Al Jazeera, esos “bárbaros que pusieron la industria editorial de rodillas no eran otros que estudiantes de cada rincón del planeta” deseosos de aprender. Eso es lo que miles de jóvenes y adultos con avidez de aprendizaje hicieron con Library.nu, en apenas unos pocos años “crearon un mundo de lectura y apostaron a compartir contenidos”. Los editores piensan –dice Kelty– que se trató de una gran victoria en la “guerra contra la piratería”, que va a mejorar las ganancias de la industria y les ofrecerá mayor control, y los “piratas” piensan que simplemente el contenido se irá hacia otro sitio.

Pero el punto, para Kelty, está en comprender que la demanda global por el aprendizaje y la escolarización no está siendo tenida en cuenta por la industria editorial y “no puede ser tenida en cuenta con estos modelos de negocios y con estos precios”. La gran clase media global deseosa de aprender y compartir conocimiento, repartida por todos los rincones del planeta, “clama por conocimiento” y, esta vez, el argumento en contra de Library.nu todavía es más difícil de defender: no se trata de entretenimiento sonoro o audiovisual, de jóvenes haciendo travesuras y copiando discos para que los bajen sus amigos, sino de un colosal acceso al conocimiento.

Lo que dice Kelty irónicamente es que el centro de la discusión deberá merodear entre la idea de criminalizar el acceso a los libros “ilegales” contrapuesto al asunto de “compartir conocimiento”. La furia por la interrupción al acceso al conocimiento se apoderó de las redes sociales, los blogs, los posts y miles de universidades de todo el mundo que habían encontrado en Library.nu un espacio para terminar con la escasez de acceso al saber, en un mundo en el que la industria editorial sigue pensando que el saber ocupa lugar y hay que pagar por él. O como dice magistralmente Kelty en un tramo de su artículo, “dentro de poco, leer será tener una copia ilegal de un libro en el cerebro”.

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Publicado por Página/12 el 9-03-2012.

jueves, 19 de enero de 2012

Piratas y tiburones

Hernan Casciari

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

–¿Me das eso? –dice el abuelito.

–Sí, abuelo, tomá.

–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

–¿Pero por qué, abuelo?

–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

–Bueno, abuelo, otro día hablamos... Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.

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Publicado por Página 12 el 2-01-2012.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Lectoescritura virtual

Jorge Majfud

Creo que si miramos la historia podemos hacer un esquema básico sobre los cambios referidos a la lectoescritura.

I) Era oral (Paleolítico y Mesolítico). Una etapa donde el soporte principal era la comunicación oral y los hábitos intelectuales. Aparte del desarrollo de las habilidades practicas, reinaban la mitología, el presente perpetuo y la percepción del tiempo circular.

II) Era de la escritura. Aquí podríamos dividirlo en: (a) una etapa donde surge la escritura (Mesolítico tardío) en sus diversos soportes y alcanza su madurez, primero con los textos religiosos de Oriente Medio (la aparición del pasado concreto y percepción del tiempo lineal y fatal), y más tarde con los filósofos de la Grecia clásica; (b) la popularización a partir del siglo XV de la lectura en libros y diarios hasta fines del siglo XX.

III) Era digital. La popularización de la escritura en detrimento de la lectura. La cultura de la urgencia, la inmediatez y la fragmentación.

Esta última etapa (III), que en cierto aspecto significa el renacimiento de la palabra escrita (II), es, en el fondo, el renacimiento de la primera etapa (I), desde el momento en que la escritura se confunde con los hábitos de la oralidad y el presente resurge sobre el prestigio del pasado como fuente de conocimiento y valoración.

Básicamente, la escritura no ha cambiado con el pasaje de una máquina de escribir Underwood a un ordenador. Se ha vuelto más simple. Es más fácil corregir, ya no es necesario reescribir páginas enteras por causa de un simple error. Ya no estamos tentados a dejar un error de estilo impune por simple pereza o cansancio. Es más fácil abusar de lo que Eduardo Galeano llama “la inflación de las palabras”.

En mi experiencia personal, debo reconocer que escribir para medios impresos es más difícil y más didáctico que hacerlo para un medio digital que no impone límites de palabras. Desde hace más de diez años mi lucha no es con la hoja en blanco sino con el recorte.

Debido a las limitaciones de espacio, sea porque el soporte en papel impone un límite o porque los diarios impresos son los únicos que se cuidan de no abusar del lector, normalmente debo consumir una o dos horas de mi tiempo libre para llevar a mil palabras lo que en media hora me llevó el primer borrador de dos o tres mil palabras. Este ejercicio molesto enseña, si no a escribir, al menos a respetar la literatura de ensayo periodístico o de ensayo breve, de ensayo no académico.

Tal vez los nuevos medios digitales debieran conservar el simple hábito, ya que la necesidad de imponer límites en la cantidad, así como algunos peer review (publicaciones arbitradas), ponen límites en la calidad.

En el mundo digital, los tsunamis de palabras opacan la brillante tarea de aquellos trabajadores del verbo y las ideas que tratan de tomarse algo en serio. Así he visto surgir y hundirse en el cansancio y el desestímulo excelentes proyectos. Unos pocos resisten, reman como pueden, muchas veces con el único aliento de sus creadores. Lo que persiste es la contradictoria marea de las palabras sin límites o de la hiperfragmentación. A la larga, las dos cabezas del mismo monstruo inflacionario y banal.

Para los escritores de vocación, básicamente la escritura no ha cambiado en la era digital. Sospecho que, en su gran mayoría, todavía escriben sus primeras ideas con un bolígrafo.

Los cambios más dramáticos están en la lectura. Incluso los cambios más importantes en los hábitos y en las habilidades de escritura proceden de los cambios en los hábitos y en las habilidades de lectura.

En el mundo digital, la lectura de “largo aliento” es rara o, por lo menos, mucho más rara de lo que era en la cultura del libro impreso. A veces es una lectura menos obediente y, otras veces, es una lectura esclava de falsas urgencias de negación a través de la respuesta propia que, estimulada o protegida por el anonimato, la brevedad y la fragmentación, solo sirve como recurso catártico de lo peor que se encuentra depositado en el alma humana.

Una reciente investigación de la Universidad Normal de Pekín sugiere que los hablantes de distintos idiomas usan partes diferentes del cerebro. De manera semejante podemos entender que distintos hábitos de lectura y de escritura utilizan distintas partes del cerebro. Voy a repetirme: existe un peligro latente en ciertas particularidades de la cultura digital, como lo es la supersticiosa sustitución de la cultura de la lectura de largo aliento por la cultura de la hiperfragmentación.

La crítica contra la “cultura del libro tradicional”, como si se tratase de una critica al uso de la maquina a vapor, no sólo es infundada, sino que es sospechosamente autocomplaciente. Si la máquina a vapor pudiese recorrer mil kilómetros sin reabastecerse y sin contaminar, y si los modernos trenes fuesen incapaces de la mitad, hoy seguiríamos usando máquinas a vapor.

El punto es que, hoy en día, los lectores amateurs de largo aliento son una rareza. A menos de que sean lectores de Harry Potter. Lo cual no ayuda mucho, porque con “largo aliento” no me refiero a plantarse en un sillón a leer por dos horas lo mismo (algo totalmente legítimo), sino a tomar el desafío de enfrentarse a una complejidad intelectual que nos exige no sólo atención, no solo conocimiento, sino, sobre todo, entrenamiento intelectual.

¿Qué podemos esperar de un atleta olímpico que se la pasa todo el día jugando al ajedrez o leyendo a Howard Zinn? Como atleta sería un fracaso evidente.

El cerebro también es (como) un músculo que si no se usa se atrofia. Con la ventaja de que con un cerebro entrenado se puede competir en las grandes ligas, aun siendo un anciano y con la desventaja de que, cuando está atrofiado, por el desuso o por el mal uso, el fracaso no es tan evidente. Sobre todo para el implicado. Razón por la cual cualquiera se considera apto y facultado por el mero recurso de la negación, la obviedad y el insulto, que nunca exigen método ni condición, pero que siempre dan la confortable ilusión de ser más sabios y más inteligentes que Darwin y Jesucristo juntos.

Los ancianos con una saludable práctica intelectual sufren menos decadencia que aquellos que no la han tenido. ¿Qué podemos esperar cuando las estadísticas nos dicen que los estudiantes de hoy dedican la mitad del tiempo a estudiar que aquellos de los años sesenta? Están demasiado ocupados (absorbidos, chupados) en escribir banalidades en Facebook. El divorcio que existe en la elite de intelectuales de las universidades norteamericanas, islas de premios Nobel, y el resto de la población se está expandiendo al resto del mundo gracias a una cultura y a unos instrumentos que prometían lo contrario.

La tuiterización de las habilidades intelectuales, la feisbuquización de las emociones, puede ser un día un proceso irreversible.

Además, bien puede provocar un efecto inverso a la deseada democratización de la información: la dependencia de la obtención de información por estos medios.

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Publicado en Rebelión.org el 27-10-2010. Versión editada.

sábado, 9 de octubre de 2010

Cucharas y libros

Hermann Bellinghausen

Un sueño recurrente de los invasores bárbaros ha sido, desde hace siglos, quemar libros, destruirlos, desaparecerlos. Apenas hace unos días, un cretino pastor de Nowhere, Florida, estuvo así de provocar un conflicto internacional incontrolable por su anuncio de que, en su próxima barbiquiu, quemaría el Corán si se construía una mezquita en el sur de Manhattan. Hazaña a tono con el inminente biblicidio, se supone que benigno: la profecía de que la forma libro devendrá obsoleta y morirá. Gutemberg, punto y aparte.

Hay, por suerte, bastantes sensatos que saben que no ocurrirá. O, en todo caso, que vale la pena luchar para evitarlo. Según Umberto Eco, el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado no se puede hacer nada mejor. No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. Con el explícito título ‘Nadie acabará con los libros’, editorial Lumen (2010) tradujo del francés una conversación de Eco con el escritor y buñuelesco guionista de cine Jean Claude Carrière sobre ese objeto frágil, de apariencia deleznable, que tiene la extraña inclinación de permanecer cerca del cerebro y el corazón humanos.

La reflexión de los autores recorre las distintas caras de ese opaco objeto que en ocasiones alcanza la transparencia de un cristal pulido. Algo similar sugiere, muy inspiradamente, la película de animación ‘El secreto de Kells’ (Tom Moore, 2009), fantasía visual sobre el tesoro nacional de Irlanda, que resulta ser un libro, Iona, o de Kells. El volumen, de belleza indescriptible, consiste en ilustraciones barrocas y sicodélicas de inspiración cristiana, pero con una inusual libertad de imaginación y colorido. El filme narra cómo Iona fue creado por monjes audaces a través de un cristal algo mágico, y luego su heroico salvamento de las hordas vikingas que todo lo quemaban sin dejar libro sobre libro.

Si México fuera un país más consciente de sí tendría por tesoros nacionales los Códices mal llamados Borgia o la poesía de Juan de Asbaje. Ambos se salvaron de milagro. Los primeros de la fiebre incendiaria de los misioneros, que derruyeron los amoxalli y levantaron grandes piras con las escrituras paganas, causando un daño definitivo a la integridad de nuestra memoria nacional. La obra de Sor Juana burló machismo, Inquisición, inundaciones y grilla apostólica romana. Al México producto de una violación sexual habría que añadirle los autos de fe.

En Farenheit 451 (1954) de Ray Bradbury, memorable ficción sobre el impulso brutal por destruir libros, una sociedad futura, higiénica y obediente, decide erradicar los libros, semillas de la duda, la melancolía y el pesimismo. La película homónima de François Truffaut (1966) fue de esas que envejecen demasiado pronto, pero ahora es intemporal, de gran simbolismo y muy divertida. La idea es conmovedora: los defensores del libro forman comunidades en resistencia donde cada quien memoriza uno; allí se entrecruzan en sus caminatas Madame Bovary y Ana Karenina. Truffaut y Bradbury no anticiparon la posibilidad inalámbrica: teléfonos móviles, localizadores, Internet, pero aciertan en las omnipresentes pantallas de televisión controlada, en la que todos son familia. El bombero Montag hace piras con libros, es su trabajo legal. Se enamora de una Adelita de los libros (Julie Christie), cambia de bando y decide salvar a MacLuhan, Sartre, Aristóteles, Hamlet y Cahiers du Cinema.

Volviendo a Eco, el futuro no es una profesión. La característica de los profetas, los verdaderos y los falsos, es que se equivocan siempre. En su intercambio con Carrière, el semiólogo y novelista expresa preocupación por la completa desaparición del presente. La esperanza de vida de nuestros abuelos era más corta, pero ellos se colocaban en un presente inmutable. Antes, la humanidad se jubilaba epistemológicamente a los 18 ó 20 años de edad. Ahora, devorados por un devenir fragmentado, se nos condena a ser eternos estudiantes.

¿Quién garantiza que las nuevas formas de memoria y almacenamiento son fiables? Un apagón y bum. Rápidamente son borradas por el éter de la siguiente tecnología que ya no lee la anterior. ¿Qué sería de la civilización en manos del olvido instantáneo de Twitter?

Aliado del recuerdo, la lengua, el pensamiento y la imaginación, el libro es en sí una experiencia. Objeto sólido y tangible, aguantador, portátil, no siempre popular (más bien impopular la mayor parte de los milenios, incluyendo la relativa bonanza de cinco siglos de imprenta). El alegato de Eco y Carrière es sobrio, borgeano, pedante, pueril, erudito y naif. Abarca la lectura, la escritura, la bibliofilia, la verdad, la mentira, la memoria, el perverso placer de las páginas, de habitarnos allí. Eco insiste: Existen técnicas que no cambian, el libro por ejemplo. Podríamos añadir la bicicleta, las gafas, por no hablar de la escritura alfabética. Una vez alcanzada la perfección, es imposible superarla.

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Publicado por La Jornada el 4-10-2010.