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lunes, 27 de junio de 2022

Acá entre nos: PERIODISTAS, NO MISES























Por @planetaencrisis

Este lunes 27 de junio de 2022 celebramos en Venezuela un nuevo Día Nacional del Periodista, el quincuagésimo séptimo desde la proclamación de esta efeméride, en 1965. Con motivo de esta fecha quiero hacer un comentario.

No es un secreto que, en Venezuela, la palabra “mis”, o mejor dicho miss (señorita en inglés) y lo que trae consigo nos ha legado patrones culturales que se arraigaron fuertemente en nuestra sociedad, y que son fácilmente identificables en medios como la televisión.

La larga lista de coronas de la belleza mundial –Miss Mundo, Miss Universo, etc.– que ostenta el país desde hace medio siglo nos convirtió en una “fábrica de reinas” y ha poblado nuestra televisión de mujeres cuyas carreras se iniciaron en las pasarelas de los concursos de esta naturaleza.

Los certámenes de belleza siguen teniendo gran audiencia en Venezuela –probablemente mucho más que en otros países– y nos han heredado un modelo de comportamiento femenino ante las cámaras sine qua non para todos los tipos de contenido: entretenimiento, farándula, moda y también para los noticieros y programas de entrevistas periodísticas, donde las mujeres nos hemos abierto paso de forma decisiva en las últimas décadas.

MODELOS DE MISS

Las presentadoras de farándula y variedades de la televisión venezolana suelen ser jóvenes y atractivas mujeres con ropas provocativas, pechos, brazos y piernas con mucha piel al descubierto, altos tacones y cabellos largos, que exhiben además un comportamiento extrovertido y una perpetua sonrisa de labios rojos.

Si algún varón o algunos varones comparten la pantalla con ellas, generalmente lo hacen en inferioridad numérica y sin poses de pasarela ni ropas de fiesta.

Algunas presentadoras de televisión ex mises han sido muy carismáticas y populares, tornándose leyendas de las pantallas y permaneciendo en el medio a pesar del paso del tiempo y de su edad.

Pero, en general, no ocurre lo mismo con las periodistas de televisión, cuya gran mayoría debe migrar hacia otros medios de menor exposición visual tras alcanzar la edad de los cabellos grises.

Mientras tanto, la mayoría de las periodistas jóvenes que conducen hoy en día espacios noticiosos en la televisión venezolana –con excepción de las anclas de los noticieros, que se visten, se peinan y se maquillan sobriamente–, aunque no se adornen con lentejuelas sí adoptan las poses y el aire discretamente sensual de las reinas de belleza.

Incluso en los noticieros de deportes podemos encontrar ese sutil “estilo miss” en las periodistas.

Son poses que se hacen evidentes al caminar ante la cámara y cuando la toma es de cuerpo entero, por ejemplo, al girar el cuerpo hacia uno u otro lado; al permanecer paradas con las piernas ligeramente entrecruzadas y un pie delante del otro; o al sentarse únicamente con las piernas cruzadas e inclinadas lateralmente, muchas veces exhibiendo los muslos bajo la corta falda.

No he visto este estilo en noticieros de otros países cercanos al nuestro, como Brasil y Colombia, donde la informalidad en el vestir y la naturalidad en el actuar de las periodistas son predominantes en la televisión. Tampoco en noticieros de otras latitudes más lejanas.

Ante el aumento de la presencia femenina en los programas informativos de la pantalla chica venezolana he podido notar también un aumento exponencial del estilo miss entre las periodistas.

TELEVISIÓN MACHISTA

Hay quienes normalizan estas cuestiones al sostener que la televisión es un reflejo de las sociedades y que, como tal, siempre ha sido un escenario cargado de estereotipos machistas, presentes en toda la programación alrededor del mundo y de forma especialmente abundante en telenovelas, programas de humor y entretenimiento.

La discusión inevitable y de fondo es, claro está, sobre si damos por sentada la anterior afirmación o si, más bien, logramos entender que nuestra conducta y la aceptación de los estereotipos de género de hecho ayuda a difundirlos, a asentarlos y a perpetuarlos en todos los espacios laborales.

El medio televisivo, que es el uno de los pocos ámbitos periodísticos donde la mujer profesional muestra su físico todo el tiempo y donde ello es parte de su trabajo, es especialmente proclive a colocar a la mujer en una posición sensible de sufrir discriminación.

Estudios sobre los estereotipos de género han identificado los patrones conductuales como causas por las cuales las mujeres enfrentan más dificultades y limitaciones que los hombres en los sectores laborales y productivos, teniendo, por ejemplo, menores posibilidades para obtener puestos directivos o cargos de responsabilidad y devengando menores salarios.

El tener que hacer uso de la belleza física y, aún más, tener que enfatizar la forma de presentarse “femeninamente”, asumiendo patrones estereotipados de conducta como una herramienta de trabajo, es una condición altamente discutible y polémica.

Quedarán excluidas del estrellato, por ejemplo, las mujeres que no cumplan con los requisitos antes mencionados.

NO TODO SE VALE

Alguien podría argumentar que la imagen de cualquier profesional en la pantalla chica requiere carisma y un grado de impecabilidad en la imagen, y que para alcanzar estos objetivos “todo se vale”, inclusive la aceptación de parámetros que podrían ser definidos como discriminatorios. 

Llevando este razonamiento a una lógica in extremis, otros podrían argumentar que las mujeres venezolanas somos hermosas, de belleza rara, mestiza y variopinta, y que por lo tanto podemos echar mano de esos recursos y destacarlos para obtener beneficios que son por demás “justos”. 


Pero pensemos: ¿no resulta disparatado, incómodo, segregacionista y hasta ofensivo para las mujeres periodistas tener que agregar el estilo miss al ejercicio de nuestra profesión en la pantalla de televisión o en cualquier otro ambiente de trabajo? ¿De dónde se desprende ese "deber ser"?

Los estereotipos de género son creencias generalizadas y socialmente compartidas que funcionan como ejemplo y prescripción de la conducta “esperada” o “correcta” de hombres, mujeres y de la sexo diversidad.

Las reivindicaciones de los grupos sexualmente identificados e históricamente discriminados han generado un inmenso movimiento social alrededor del planeta que ha logrado importantísimos cambios sociales en los últimos años, modificando constituciones y legislaciones de todo tipo.

Vivimos una era única, donde el feminismo ha dejado de ser bandera de pequeños grupos que eran descalificados y minimizados por el establecimiento a todos los niveles en todos los países de Occidente, para tornarse una ideología dominante incluso entre las mujeres más jóvenes.

Venezuela no puede continuar al margen de estas reivindicaciones, al menos en el periodismo no lo podemos permitir haciendo de poses, maneras a la cámara y jerigonza machista parte obligatoria del trabajo.

Usted, colega periodista, por su formación, su conocimiento y su trabajo diario, definitivamente es mucho más que su físico.

Solo me resta agregar a este comentario un amable llamado a las afortunadas colegas que ocupan los espacios televisivos para que estén atentas a cualquier reglamentación o prescripción de los atributos, comportamiento y exposición que deberían tener las mujeres periodistas y que se pregunten si ello es necesario, legítimo y justo, en el entendimiento de que mostrarnos hermosas o incluso sensuales es una opción, no una obligación.

“Si una palabra sola puede cambiar el curso de la historia, otra palabra, en la oscuridad, derrota la tormenta”, dijo hace 200 años Manuelita Sáenz, un nombre adecuado para recordar en este nuevo Día del Periodista, que conmemora la publicación del periódico Correo del Orinoco, creado por Simón Bolívar en 1818.

jueves, 16 de febrero de 2017

Acá entre nós: 12 tuits sobre la salida del aire de CNN en Venezuela

@planetaencrisis

Rechazo y lamento el retiro de CNN en español de la parrilla de canales de mi proveedora de TV.

Me parece una medida equivocada y considero que no hay nada que la justifique.

Es cierto que los medios de comunicación son brazos políticos de grandes intereses económicos y políticos. Y que son muy influyentes.

Es cierto que las grandes empresas trasnacionales de la información, como actores que son, se posicionan contra los intereses contrarios.

Es cierto que todos los medios tienen una "línea editorial" que es política, y que muchos de ellos tergiversan los hechos mediante el discurso.

Pero aun todas estas certezas no le dan el derecho a nadie a impedir que los medios de comunicación transmitan sus mensajes.

Estar informados es un derecho de las personas, más hoy en día. Yo diría que es una necesidad básica, como alimentación y salud.

No es prohibiendo la transmisión de un canal que se evitarán los ataques políticos de los medios. Ellos forman parte del juego político.

El Poder Ejecutivo debe velar por estándares legales de contenido, no arrogarse juicios morales e ideológicos que no respetan la diversidad.

Si hubo un tratamiento indebido de la información en un caso puntual, debe ser tratado por los canales legales correctos.

El amarillismo no es un motivo de silenciamiento. La falta de objetividad, aunque ofenda, no autoriza a acallar un medio.

Decidir sin debido proceso va contra la democracia y el contrato social. Es ilegal, es arbitrario. No puede justificarse.

viernes, 3 de junio de 2016

Acá entre nos: Otra ventana de oportunidad para los periodistas en Venezuela

@planetaencrisis

Los presuntos saqueos o protestas espontáneas en Venezuela son un tema delicado que no debe ser tratado por los medios a la ligera.

Nuevamente estamos en la situación en que todo lo que uno lea sobre el país tendrá una lectura depende del cristal con que se mire.

Esto quiere decir que la información transita sobre hechos cuyas causas son motivo de polémica y que es preciso investigar mucho todavía.

No existe un solo punto de vista interpretativo y obviar esto significa ser actor político y no cronista objetivo. Lo que decimos tiene peso.

Los periodistas deberán (¡!) ser cuidadosos, contextualizar muy bien sus noticias y no dejarse llevar por la emoción.

Es preciso hacerse, metodológicamente, las preguntas correctas respecto a quién o quiénes se benefician con los sucesos.

En mi opinión, la situación, nuevamente, es una ventana de oportunidad para los admirables y valientes periodistas venezolanos.

domingo, 27 de marzo de 2016

Acá entre nos: Globovisión o la quimera informativa

@planetaencrisis

El canal Globovisión es, en este exacto momento de la historia de nuestro país, un medio periodístico que sorprende, causa orgullo y que es merecedor del sitial de principal referente informativo de los venezolanos.

La mayor parte de su programación es cuidadosamente balanceada para dar espacio a las dos grandes tendencias políticas actuales de Venezuela (chavismo y oposición), mientras que sus periodistas, las cuñas institucionales y toda la imagen del canal televisivo se desviven por reforzar estos atributos de "espacio neutral" ante los ojos avizores del gobierno, de la oposición y de los venezolanos afines al uno o a la otra, lo cual resulta conmovedor para la periodista que suscribe este comentario.

La programación, en general, es perfecta en cuanto a balance editorial, comenzando por el fabuloso programa Vladimir a la 1 y por las emisiones del noticiero. Los programas de opinión mantienen un enfoque que impide que, aunque la selección de los invitados o los comentarios de los moderadores puedan denotar posiciones políticas, se incurra en virulento activismo o en la tendenciosa cobertura que es usual, por ejemplo, en los medios de otros países cuando se trata de informar respecto a Venezuela.

El camino que recorrió Globovisión para llegar adonde está hoy es de todos conocido (y digo todos en el sentido planetario de la palabra): pasó de ser una forma novedosa de traer las noticias al interior de los hogares (al estilo 24/7 que CNN inauguró a fines de los años 80 del siglo pasado) a ser un actor político cardinal en Venezuela y el objeto de una atención global que superó con creces la que le correspondía por concepto de audiencia.

No voy a entrar en detalles sobre el papel que este canal jugó hace 14 años ni sobre su posicionamiento en los hechos políticos venezolanos de entonces, a pesar de que la musiquita inquietante con que editorializaba sus coberturas aún me cause palpitaciones y el recuerdo de sus discursos periodísticos todavía me haga arquear las cejas.

Una cierta emoción me obliga a manifestar mi encantamiento con su línea actual y con el contenido de su programación y, al mismo tiempo, a confesar la triste certeza de que tales cualidades no han de durar demasiado tiempo.

Basta escuchar las críticas absurdas vertidas desde el Gobierno Nacional (he dicho que en nada se parece la actual línea editorial de Globovisión con aquella de hace unos pocos años) y algunas todavía más disparatadas en boca de los usuarios de a pie, sean de una u otra tendencia política (o incluso de ninguna), que lo acusan de autocensurarse.

Soy de las que piensan que la autocensura es praxis en el periodismo desde siempre, pues la línea editorial, los anunciantes y los intereses de quienes financian el medio han sido un filtro de los contenidos desde el comienzo de la prensa. Y el periodismo hace tiempo que dejó de querer parecer objetivo o imparcial.

En nuestra era, los grandes diarios como El País o The New York Times, Le Monde, al iguales que los principales, los medianos y los pequeños periódicos en cada país del mundo, sin hablar de las todopoderosas televisoras, tienen por norma editorializar tanto su contenido que la gente no acostumbra consumir un producto informativo sin el ingrediente opinativo de rigor: el que les dé la razón y refuerce la opinión ya formada. Escogemos los medios por su tendencia.

Por su valioso contenido, el momento comunicacional de Globovisión ahora se me antoja único, fugaz y frágil cual fenómeno natural, aunque no por eso menos notorio y hermoso.

Con tristeza opino que los días de la Globovisión quimérica están contados. Y no apenas por aquella metáfora platónica del Anillo de Giges, sino porque en nuestras sociedades de hoy es la línea política y editorial  lo que otorga valor y prestigio al medio y no la contingencia de la cual éste se ocupa.

Éste es el periodismo humano que más valoramos, donde “humano” no tiene un sentido humanístico moral (y quimérico), mas el sentido político que le damos respecto a su papel en nuestra convivencia como sociedad y del que hacemos una referencia necesaria.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Acá entre nos: El nudo ciego del periodismo o la tragedia del "ni ni"

@planetaencrisis

Este momento que vivimos, de fuerte polarización política al interior de nuestras sociedades en el mundo, ha cambiado el periodismo y su oficio en un tiempo increíblemente corto, al menos para muchos de nosotros los periodistas.

Un caso emblemático es el de mi país, Venezuela, donde la “batalla de las ideas” que vino a la par de un proceso político dio paso, primero, a un escenario donde la prensa tuvo preponderancia como actor de oposición e incluso apoyó un golpe militar en su momento, y en la actualidad, a una situación imposible de imaginar hace diez o doce años: de tener una prensa que era toda de oposición pasamos a no tener ninguna prensa de oposición.

En cuanto al discurso periodístico, no parece arriesgado decir que estamos ante un periodismo notoriamente distinto del que conocí cuando empecé a trabajar y durante los años que siguieron después, antes de lo que he llamado una (real) "politización" del periodismo a escala global.

En los años 90 los periodistas podían sentirse relativamente cómodos en una posición política y raramente serían execrados o etiquetados como indeseables por ello. En Latinoamérica vivíamos una primavera democrática y no se había producido esa ruptura entre las posiciones políticas radicales de los distintos actores sociales.

Mis compañeros y yo veíamos con respeto a cualquiera que decidiera acomodarse en esa mullida dignidad de pertenecer a un grupo o de exhibir una tendencia, mejor si era de izquierdas, en mi caso, pues le daba el don de ser crítico de las injusticias y conocedor de la naturaleza de los hechos gracias a esa cercanía de lo humano cotidiano que tiene el trabajo de periodista.

Las figuras sociales que nos servían como referentes eran, a su vez, académicos o intelectuales o artistas o famosos u otras personas respetadas, quienes jamás serían públicamente denigrados o ridiculizados por aquellos cuyo pensamiento tuviese distinta orientación política.

De hecho, el lenguaje que manejaban públicamente los políticos era, hasta cierto punto, mesurado.

En aquella época era impensable (ojo, hablo solamente desde el punto de vista del discurso periodístico) —aunque los medios de comunicación libraran su rol habitual en ese juego de necesidades e intereses que determina el flujo de la información— que un medio, al querer mostrar una imagen intencionalmente negativa, usara un discurso ideológico.

Parecía imposible imaginar entonces que los medios llegarían a tener un lenguaje abiertamente parcializado, donde mostrarían una izquierda y una derecha políticas en permanente conflicto, y que tal debate ideológico se elevaría al papel protagónico en la escena de todos los días.

Tomando partido

Esa realidad que quedó en el pasado es probablemente rechazada hoy por muchos de los periodistas que ejercen la profesión en Venezuela y es defendida por otros tantos, porque el compromiso ideológico se ha vuelto parte visible de su trabajo.

Por ejemplo, periodistas afines al actual gobierno venezolano podrían refutar recordando que aquella era una época de alienación, donde todos los actores sociales trabajaban mancomunadamente para mantener el estatus quo y la hegemonía del poder económico y del capitalismo como sistema de dominación en el mundo, y que entonces nadie se cuestionaba si el discurso que recibíamos de los medios estaba o no cargado de ideología, por lo que la imposición de una visión de sumisión a los intereses económicos de la oligarquía y hegemónicos del imperialismo extranjero pasaba desapercibida a los ojos de la mayoría.

Por su parte, periodistas de oposición dirían que el discurso de lucha de clases se ha impuesto por la profusión de medios oficialistas y por el silenciamiento de los demás;  que es propangandístico, mentiroso y violador de los derechos del libre flujo de la información y que busca legitimar a un gobierno al que ellos califican como autoritario, para usar el menor de los adjetivos.

¿Cómo es posible esta diatriba sin conciliación? ¿Qué hace de los periodistas unos militantes en su trabajo? Pues no se trata solamente de ser muy pragmático y de garantizarse el puesto, se trata de que el periodismo es un oficio que obliga a los periodistas a tomar partido.

Libertades y virtudes

El periodismo se maneja sobre supuestos ideológicos muy claros: Tengo algo que decir y debo poder decirlo a través de estos canales sociales a la mano. Es mi supremo privilegio como periodista y también mi mayor virtud, por cuanto de este modo también ejerzo mi derecho ciudadano a expresarme libremente y garantizo la libertad de los demás. Es algo así como la visión de un súper profesional con virtudes heroicas.

Pero entre las lecciones de ética que recibimos en las escuelas también nos explican ese eufemismo llamado “línea editorial”, sobre el cual tenemos que caminar cuidadosamente pues no somos dueños del canal de comunicación donde estamos trabajando.

De modo que, para trabajar en una empresa de medios de comunicación es prácticamente indispensable que el periodista, si no sea afín ideológicamente, al menos esté públicamente comprometido con su posición, lo cual, claro, se reflejará abiertamente en su trabajo.

Esto, entiéndase, más que una condición sine qua non para trabajar es un comportamiento lógico y dictado por el sentido común.

El comunicador se aferrará con pasión a los principios que le enseñaron en la Academia y hará de ellos una herramienta, lo cual le llevará a la constatación de que está, en la práctica, ideológicamente comprometido hasta la última coma con lo que expresa. O entonces se irá con sus preguntas y sus palabras a otra parte.

Convivir como “ni ni”

Hasta este punto del racionamiento todos estamos de acuerdo en lo esencial: en algún momento de la historia reciente hubo una ruptura del discurso periodístico y, en Venezuela, tal cambio es sintomático del cambio político y social que hemos experimentado y cuya evolución nos ha llevado adonde estamos ahora.

Como resultado de nuestro proceso particular, los medios oficialistas venezolanos se volvieron punteros de la lucha contra los enemigos mediáticos e ideológicos de aquí y de allende las fronteras, pero también espejos de la propaganda oficial, mientras que los medios privados  —otrora más o menos radicales— se replegaron en una sola y tímida etiqueta: “ni ni”, donde ya no hacen oposición y, en cambio, muchos se alinean favorablemente.

Pero buscar objetividad desde las posiciones comprometidas es muy difícil. 

Muchos periodistas sienten que han llegado a una encrucijada donde tendrán que perder una parcela de dignidad para seguir adelante. 

Otros se sienten en la obligación moral de dar la batalla ideológica cueste lo que cueste, pues dar una visión crítica de la cuestión social implica el desmontaje del discurso dominante que impone valores y moldea mentalidades.

Para los periodistas de oposición, no denunciar al gobierno significa renunciar a sus ideales, callar ante los atropellos y crímenes, amordazar la verdad.

Para los periodistas favorables al gobierno, la "prensa golpista" venezolana, que en el nombre de una falsa libertad se erigió a sí misma en poder de facto y que presenta a los políticos golpistas como víctimas de represión, está pagando el precio. El gobierno la enfrenta como actor político desestabilizador y la combate como tal. 

Todos, no obstante, se arropan en el protagonismo del periodista y del medio y ven la noticia como arma ideológica.

En mi opinión personalísima, con la cual no quiero sino señalar los cambios ocurridos en los últimos años en materia del discurso periodístico, en Venezuela hemos llegado al punto ciego de la contradicción. 

Es algo así como el punto de la tragedia, ese punto en el que el pulso entre libertades y necesidades tiene un desenlace que no por anodino resulta menos dramático.

Si convenimos en que la política tiene el mismo fin u objeto que la ética, que es el devenir, la contingencia, la posibilidad de que algo suceda o no suceda en la existencia y en la convivencia humanas, debemos convenir también en que la política que niega la convivencia (e incluso la existencia ) con el contrario o que quiere su exterminio absoluto no es, ni mucho menos, ética.

Por extensión, el periodismo que niega al contrario político es un despropósito.

Y el periodismo que adoctrina, en teoría, es una aberración.

Nudo ciego. Allí estamos.

domingo, 1 de julio de 2012

Tele-vote

Marcelo J. García

You have not seen anything about media influence on politics in Latin America until you have seen Mexico. As the region’s second-largest economy goes to the polls to pick a new leader tomorrow, the presidential campaign exposed more than ever before the embedded interests of some of its politicos and the media establishment, most notably the Televisa empire.

The public debate in Mexico needed some help from foreign press friends. Britain’s The Guardian published a series of documents indicating that front-runner Enrique Peña Nieto of the PRI Institutional Revolutionary Party had purchased some favorable coverage from Televisa. The Guardian said it did not have evidence about the authenticity of the documents but that “names, dates and situations” mentioned in them “lined up with events.”

Televisa is not just another television station. It is the largest media business in the Spanish-speaking world and it controls around two-thirds of programming and audience in Mexico’s broadcast television. Its kingmaker powers have been traditionally considered almighty. Peña Nieto is a relatively young politician the English-language foreign press describes as a “telegenic matinee idol,” and whose party, which a Guardian columnist dubbed as “ideologically nebulous,” seeks to reclaim power after a 12-year impasse interrupting a seven-decade command.

While the soap-opera-watching masses are likely to catapult Peña Nieto (and PRI back) to Los Pinos tomorrow, many Mexicans have voiced their anger at what they see as media manipulation in Mexican politics. Parallel to the feel-good coverage deal allegations between Televisa and Peña Nieto, a group of students organized a social-media grassroots movement targeting both PRI and Televisa. The camel’s back was broken by alleged biased coverage by Televisa of a demonstration of 131 students against Peña Nieto at a private university. The station adopted the PRI party line that the protesters were not students but political activists. The movement that followed was named #YoSoy132 (I am number 132) and replicated en masse in social media like Twitter, causing a headache or two in Peña Nieto’s winning camp. Its main demand was freedom of expression and media reform, and its main complaint was that Televisa was “imposing” Peña Nieto’s presidential bid on the Mexican public. A #YoSoy132 group staged a thank-you serenade outside The Guardian offices in London this week.
To have foreign media unearth alleged tricky media plays should be a disgrace for any country’s media system. Televisa reacted in predictable proud fashion, denying the allegations and demanding an apology from The Guardian on the grounds that the British newspaper was engaged in a “defamation campaign” against the network. Televisa has taken a reputational blow, no doubt. One Mexican voter wrote: “This Sunday, Televisa wants us all to set our clocks back 70 years.”
Televisa’s anger at The Guardian prompted a statement from the newspapers’ spokesperson saying that Televisa had been given the opportunity to tell their side of the story but had declined. In the spur of the spat with Televisa, The Guardian also resurfaced some chapters of the Mexican WikiLeaks folder. One US State Department diplomat, for instance, wrote in a cable that it was “widely accepted that the television monopoly Televisa backs the governor (Peña Nieto) and provides him with an extraordinary amount of airtime and other kinds of coverage.” The cable, signed off in September 2009, was titled: “A look at Mexico State, Potemkin village style.” The US Embassy in Mexico was also highly critical of a communications law passed after virtually no debate in 2006 to favour the status quo interests of the two main television stations, Televisa and TV Azteca. “With the campaign season in full swing, no one seems to want to upset Televisa or Azteca (which also stands to gain much from the bill) for fear of losing prime advertising slots at good prices,” reads the cable.

It remains to be seen whether this open discussion on the state of the media in Mexico could eventually lead to reform. Many of the answers will be in the polls tomorrow, but there is also a general trend toward the neutering of broadcasting monopolies that no leader — especially those hailing from the younger generations — should deny.

In the case of Argentina, for instance, the first shows of public unrest at media manipulation date back to the 2001-2002 crisis. Concrete change, policy-wise, only happened almost a decade later, when the government of President Cristina Fernández de Kirchner got Congress to pass new broadcast media legislation largest targeted at the Grupo Clarín conglomerate. The revamping of the mediascape under the terms of the new legislation has only taken baby steps. Peña Nieto’s PRI may not carry the fire of reform. But this campaign seems to have grown the roots for future changes.

……………
Publicado por Buenos Aires Herald el 30-6-2012.

sábado, 16 de junio de 2012

Apocalipse zumbi: profecia autorrealizável?

Antônio Luiz M.C. Costa

Três crimes muito estranhos impressionaram o mundo na última semana de maio. No primeiro deles, dia 26, sábado, um negro nu, Rudy Eugene, de 31 anos, foi flagrado comendo o rosto de um mendigo branco, Ronald Poppo, de 65 anos em uma passarela de pedestres onde drogados e sem-teto se abrigam sobre a MacArthur Causeway, uma avenida movimentada de Miami.

O ataque, filmado por uma câmera de segurança no prédio vizinho do jornal The Miami Herald, durou 18 minutos. Eugene espancou Poppo até deixá-lo inconsciente, o despiu, arrancou-lhe um olho e começou a devorá-lo. Eugene, um lavador de carros com condenações por pequenos crimes, tinha abandonado seu carro na avenida a cinco quilômetros dali e caminhado por duas horas, jogando fora a carteira de motorista, a roupa e os sapatos pelo caminho. Viera da casa da namorada em Fort Lauderdale (a cerca de50 quilômetros dali) para assistir a um show de hip-hop em Miami Beach.

Alertado por um ciclista, um policial interveio e ordenou-lhe que se afastasse. “O homem que atacava se levantou com pedaços de carne na boca. Ele rosnava”, contou o policial. O agressor o ignorou e continuou a arrancar pedaços de carne da vítima com a boca O policial atirou, mas ele continuou mastigando. O policial atirou mais quatro vezes até matá-lo. Além do olho arrancado, a vítima teve três quartos do rosto devorados e está internadaem estado grave. Apolícia acredita que o agressor estava sob o efeito de alguma das drogas sintéticas conhecidas genericamente como “salt baths” (sais de banho), mas até agora nenhum exame toxicológico foi publicado.

Em 31 de maio, Alexander Kinyua, imigrante queniano de 21 anos que vivia nos EUA desde criança, estudante de engenharia elétrica na Universidade de Morgan, Maryland, confessou à polícia que comeu o coração e parte do cérebro de seu colega de quarto Kujoe Bonsafo Agyei-Kodie, imigrante ganês em situação irregular, de 37 anos e aluno de outra faculdade, desaparecido desde o dia 25. O irmão de Kinyua encontrara as mãos e parte da cabeça da vítima no porão de casa e avisara a polícia, que foi imediatamente à procura do jovem, brevemente detido uma semana antes por agredir um colega com um taco de beisebol e deixá-lo cego, sem motivo aparente.

No dia do assassinato, Kinyua postara frases estranhas no Facebook: “Ouçam-me, estudantes de faculdades negras, vocês são fortes o bastante para suportar sacrifícios humanos rituais em massa em todo o país e funcionarem como seres humanos? Tem sido trágico demais com o duplo tiroteio na Virginia Tech [caso de 2007, quando um estudante, imigrante sul-coreano, matou a tiros 32 outras pessoas e a si mesmo nessa faculdade] e outros assassinatos universitários. Agora, uma reviravolta: limpeza étnica é a política, estratégia e tática que afetará vocês, direta ou indiretamente, nos próximos meses. Esta é a base brutal, um método maligno e terrificante destes cultos mortais”.

Um terceiro caso, mais complicado, mas que envolve elementos semelhantes, foi o do canadense branco Luka Magnotta, de 29 anos, que postou na internet um filme dele mesmo matando, decapitando, esquartejando e violando o corpo de Jun Lin, estudante chinês homossexual de 33 anos, no que provavelmente seria um encontro sexual de ocasião. Foi em Montreal, no dia 24 ou 25 de maio. Comeu alguns pedaços da vítima e enviou outros às sedes de partidos canadenses. Fugiu para a Europa no dia 26, mas foi reconhecido e preso em Berlim, em 4 de junho, ao consultar longamente em um cibercafé as notícias sobre ele mesmo. Magnotta, que vivia de bicos, fez pequenos papéis heterossexuais e homossexuais em filmes pornôs (obscuros, apesar de ele se apresentar como “astro” do gênero), foi modelo e prostituto e uma vez foi preso ao se travestir como mulher (coisa fácil, dada sua aparência andrógina) para fazer compras com um cartão de crédito roubado e dizia ser apenas “gay por dinheiro”. Parece responder também por vídeos de tortura e morte de gatinhos divulgados na internet e por mensagens e um manifesto com seu nome em um foro neonazista, que expressavam ódio ao multiculturalismo em geral e a chineses e judeus em particular. Uma jornalista transexual que foi sua amante o descreve como obcecado por fama e inclinado a golpear a si mesmo: sugere um homem incapaz de suportar a si mesmo como homossexual e “fracassado”.

Os três casos envolvem provavelmente psicoses, associadas ou não ao uso de drogas, mas isso não esgota a questão. Há sentimentos de humilhação e frustração associados à condição de negro, de imigrante, de desempregado, de homossexual e uma reação na forma de violência grotesca e mesmo exibicionista, mesmo que seja contra pessoas em situação semelhante ou pior.

Além disso, ao menos nos dois primeiros casos é aparente a imitação, consciente ou inconsciente, do modelo ficcional do “zumbi”, cada vez mais popular no cinema, em games de computador e na literatura de terror.

Não se trata, entenda-se bem, do nzumbi da tradição quimbunda, um fantasma ou espírito imortal que vagueia a noite, sentido no qual foi apelidado o herói Zumbi de Palmares. Também não é o zumbi das crenças haitianas, cadáver reanimado por magia para servir de escravo a um feiticeiro vudu. A lenda foi popularizada pelo romance The Magic Island (A Ilha Mágica, de 1929) de William Seabrook e pelo filme White Zombie (Zumbi Branco, de 1932, com Bela Lugosi) de Victor Halperin.

O modelo do “zumbi” de que estamos falando aqui surgiu com Night of the Living Dead (A Noite dos Mortos-Vivos, de 1968) de George Romero. O filme não usava a expressão “zumbi”, que lhe foi associada pelo público a partir de alguma semelhança na aparência com os “escravos mortos-vivos”, mas nenhuma no conceito: nesse filme, uma epidemia causada por “contaminação radioativa” trazida de Vênus por uma sonda interplanetária transforma pessoas normais em cadáveres animados canibais e assassinos, que tentam devorar amigos e parentes. A predileção por cérebros foi introduzida pela sequência trash de 1985, Return of the Living Dead (A Volta dos Mortos Vivos).

Romero citava como inspiração os quadrinhos do gibi de terror Tales from the Crypt, publicados de 1950 a 1955, mas as figuras que nele apareciam eram zumbis tradicionais mesclados com os ghouls ou carniçais do folclore árabe (gênios malignos canibais que assumem a forma de sua última vítima) para se tornarem semidecompostos cadáveres ambulantes que ameaçavam moças e aventureiros ingênuos, nunca uma epidemia. O precursor mais próximo é o filme de 1936 Things to Come (Daqui a Cem Anos), dirigido por William Cameron Menzies e com roteiro do escritor de ficção científica H. G. Wells. Nesse filme, os mortos-vivos são produto de uma guerra biológica imaginada 30 anos no futuro (ou seja, em 1966). A tentativa de curá-los é inútil e a única maneira de combater a epidemia é atirar nos contaminados.

Também se pode citar I Am Legend (no Brasil, Última Esperança sobre a Terra ou, nas edições recentes, Eu Sou a Lenda), romance de Richard Matheson de 1954, adaptado para o cinema três vezes, no qual a epidemia toma o mundo e o protagonista é o último sobrevivente. Mas nesse caso, os contaminados são “vampiros” (com medo de alho) racionais e inteligentes que reconstroem a sociedade e condenam o herói à morte como uma ameaça à nova ordem.

Em muitos filmes e textos desse subgênero, a epidemia torna-se mundial e o tema é a luta desesperada dos remanescentes da humanidade para sobreviver e não serem contaminados: é o “apocalipse zumbi”, que nada mais a ver com os zumbis africanos e haitianos. É um mito moderno, inventado pela ficção científica do século XX nas vésperas da II Guerra Mundial e que tomou sua forma atual durante a Guerra do Vietnã.

Os críticos geralmente interpretam o filme de Romero e suas sequências e imitações como uma alegoria da decadência da sociedade e seus valores, que descreve sobreviventes sitiados a desconfiarem um dos outros e brigarem constantemente entre si sobre como se defenderem, enquanto “zumbis” destroem casas bonitas, shoppings e outros símbolos de prosperidade.

A obsessão com esses “zumbis” se tornou ainda maior em fins dos anos 1990, com a popularização de jogos de computador como Resident Evil, Silent Hill, Dead Rising e similares e a retomada do tema na ficção literária de horror, notadamente The Zombie Survival Guide (O Guia de Sobrevivência a Zumbis, de 2003) de Max Brooks e Cell (Celular, de 2006) de Stephen King. E explodiu em 2009 – logo após a crise financeira de Wall Street – com a epidemia dos chamados mashups, obras clássicas deformadas pelo acréscimo de zumbis à trama, moda inaugurada pelo infame Pride and Prejudice and Zombies (Orgulho e Preconceito e Zumbis) de Seth Grahame-Smith e seguida por atentados similares a obras como A Guerra dos Mundos, Huckleberry Finn, O Mágico de Oz, Drácula e Alice no País das Maravilhas.

Ainda mais estranho, em 2011 o CDC (Centers for Disease Control and Prevention – Centro de Controle e Prevenção de Doenças), do governo federal dos EUA, publicou um blog chamado Preparedness 101: Zombie Apocalypse (http://blogs.cdc.gov/publichealthmatters/2011/05/preparedness-101-zombie-apocalypse/), que dá orientações fictícias à população sobre como se defender de um “apocalipse zumbi”, preparando kits de emergência e rotas de fuga. E em maio de 2012, poucos dias antes dos crimes acima mencionados, o governo da província canadense da Colúmbia Britânica divulgou um “manual de sobrevivência para o apocalipse zumbi”, acompanhado de vídeos ilustrativos (http://www.emergencyinfobc.gov.bc.ca/zombie-preparedness-week-are-you-ready.html). Um dos trechos avisa: “cuidado, tudo pode começar com um surto de gripe particularmente agressivo, então é bom ficar atento às notícias da TV”.

Os governos dos EUA e da província canadense apresentaram essas estranhas instruções uma forma de chamar a atenção da população e interessá-la em prevenção de desastres em geral, visto que as precauções sugeridas supostamente seriam úteis ao se lidar com desastres naturais como furacões, epidemias, terremotos e enchentes. Apesar da insistência dos internautas, não deram orientações sobre armas para combater os zumbis.

Agora parecem, porém, reconhecer que foram um pouco longe demais. Em 31 de maio, depois dos casos de canibalismo e ante a multiplicação de manifestações de internautas preocupados com a possibilidade de que o apocalipse estivesse se tornando realidade, o governo dos EUA teve de negar formalmente que isso fosse possível: “o CDC não conhece nenhum vírus ou condição capaz de reanimar os mortos (ou causar sintomas semelhantes a zumbis)”, escreveu o porta-voz da agência David Daigle em um e-mail para o site de blogs e notícias The Huffington Post.

Mas por que essa ameaça tão improvável fascina e motiva pessoas hoje? Nos anos 1950, provavelmente uma ideia como essa seria denunciada como uma brincadeira de mau gosto e de um ridículo atroz. Mesmo se o preparo para um apocalipse nuclear – hipótese hoje menos preocupante, mas que com certeza ainda é mais plausível do que uma epidemia de zumbis – era levado muito a sério, com treinamento nas escolas e empresas.

O que é isso, se não um sintoma de ansiedade para com o que parece ser a crescente fragilidade da ordem e da civilização ocidental, ameaçada por guerras, degradação ambiental, desemprego e concentração de renda? Não são esses zumbis expressão do medo da revolta das massas marginalizadas, minorias, estrangeiros e imigrantes ou simplesmente fracassados na busca ilusória da felicidade pelo consumo e da ascensão social?

Enfim, desse “precariado” visto como miserável, anárquico e irracional em contraste com fantasmas mais antigos e articulados, como o da revolta do proletariado, simbolizado pela “criatura” que se volta contra o “criador” (o monstro anônimo de Frankenstein, a robô Maria de Metropolis, os replicantes de Blade Runner…) e o da infiltração e doutrinação comunistas, representadas por incontáveis histórias de invasores alienígenas que tomam a forma de humanos ou assumem o controle de suas mentes, como em Invasion of the Body Snatchers (Vampiros de Almas, 1956).

Quando até governos e instituições oficiais cedem à tentação de misturar realidade e fantasia dessa maneira, será de se admirar que pobres psicopatas façam o mesmo, com a diferença de se colocarem no papel de “zumbis” que é implicitamente o seu? Ao mesmo tempo, uma sitiada classe média tradicional cultiva uma cultura de medo e se fascina por armas e sobrevivencialismo como se fosse possível enfrentar pela força bruta as muitas ameaças a seu modo de vida que não quer compreender, como o terrorismo e as crises financeiras.

Não se trata de afirmar, é claro, que a ficção determina comportamentos. Mas pode confirmar e alimentar obsessões dentro de um clima político que se nutre do medo e pode mais ainda impressionar mentes fragilizadas e dar uma forma mais definida a uma explosão de loucura. Sabe-se como certas manifestações de perturbações mentais são associadas a determinadas épocas e civilizações a ponto de serem consideradas “síndromes culturais’: o amok dos malaios (loucura que toma a forma de um ataque aleatório a facadas a pessoas na rua), o koro do sudeste asiático (ideia obsessiva de que o pênis está encolhendo e vai desaparecer), a “possessão” ou “obsessão” por espíritos ou demônios, comum entre brasileiros e outros latinos, os serial killers e spree killers característicos de certos países desenvolvidos do Ocidente.

Não seriam os casos patológicos citados no início deste texto um caso extremo em que esta civilização manifesta de forma demasiado literal os terrores que expressa em sua ficção? E não seria aconselhável, para combater sua multiplicação, ampliar o debate consciente sobre os problemas sociais e evitar alimentar a confusão do real com o imaginário?

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Publicado por Carta Capital el 5-6-2012.

jueves, 14 de junio de 2012

“Hay que acostumbrarse a la web que tenemos”

Mariano Blejman, París.

Se huele el poder. En el medio de la transición digital sin retorno, cuatrocientos editores de los medios más poderosos del mundo intentan comprender el cisma que ha provocado Internet en la circulación de información a nivel mundial. Durante tres días, en el Hôtel de Ville en París, se siente de una manera particular la mezcla de elefantiásicos diarios centenarios que reescriben sus métodos de producción y se apropian de una cultura que históricamente no les pertenece, la cultura digital, que aguarda en los pasillos del futuro y se prepara para trabajar de una manera inédita: el periodismo abierto, la influencia definitiva de la cultura del software libre en la cotidianidad de los medios transnacionales, y un “hashtag” que hace unos años habría sido impensable para el establishment editorial: #hackthenewsroom dicen en Twitter, hay que “hackear” las redacciones. Se huele algo de incertidumbre, también. Porque el periodismo avanza por las cuatro pantallas: la web, los teléfonos, las tabletas y los televisores y una impresión en papel que baja de manera acelerada en coincidencia con la digitalización de las sociedades.

El programa desarrollado por la Global Editors Network es una muestra clara de la importancia de los viejos y nuevos actores: Jim Roberts, de The New York Times; Peter Bale, de CNN Internacional, y Juan Luis Cebrian, director ejecutivo de El País, compartían sanguchitos y canapés con Alastair Dant, del equipo interactivo de The Guardian, los “pibes” de CartoDB, un increíble software para generar mapas interactivos, o escuchaban a Douglas Arellanes, de SourceFabric, un administrador de contenidos de licencia libre desarrollado por unos checos muy simpáticos. En la otra esquina del cuadrilátero, Dan

Green, director de acuerdos estratégicos de la Fundación Bill y Melinda Gates (sí, ¡el de Windows!), que junto a Warren Buffet crearon el fondo de inversión más grande del mundo, cerca de 50 mil millones de dólares, para realizar donaciones filantrópicas alrededor del mundo junto a Madhav Chinnappa, jefe de acuerdos estratégicos de Google, hacía de “guardián” a Krishna Bahrat, ni más ni menos que el fundador de Google News. Finalmente, corrían de abajo y peleaban por las tarjetas de los señores de corbata los nuevos emprendedores dispuestos a repensarlo todo: nuevos soportes, nuevos formatos, nuevos conceptos, nuevas plataformas para “enterarse” de cómo viene la mano.

Y en el medio de la vorágine, mientras el consultor inglés Jim Chisholm defendía la prensa escrita como modelo de negocio, aseguraba que Twitter y Facebook eran los grandes “chupadores de marcas”, decía que los medios impresos también descienden en venta porque sus editores han abandonado el papel a su suerte y mandaba a los contadores a “juntarlos en un mismo cuarto y matarlos a todos”, la poderosa platea se preparaba para presenciar el primer premio de periodismo de datos (datajournalism, en la jerga, ver recuadro) en cuya presidencia reside el prestigioso Paul Steiger, actualmente al mando del genial sitio ProPublica, antes gerente editorial de The Wall Street Journal. El periodismo de datos es un tema caliente de todas las grandes y no tan grandes redacciones vanguardistas: visualizaciones, cruces de datos, análisis de fuentes, mapas y líneas de tiempo que cuentan historias de maneras impensadas, que acaban de explotar con la salida del primer manual Data Journalism Handbook, auspiciado por la Open Knowledge Foundation y coordinado por Liliana Bounegru, del European Journalism Centre.

Una carrera por generar nuevos estándares, por producir nuevas plataformas, provocó la sensación de que se trata del momento cero del “nuevo” nuevo periodismo, que se está reinventando a una velocidad todavía no percibida por la mayoría de los editores, sobre todo en América latina. Y aquí, una vez más, otra intersección entre dos mundos que antes no se tocaban: si algo ha sido centrado, cerrado y vertical es la producción periodística que choca contra la filosofía del software libre, estimulado por organizaciones sin fines de lucro como la Fundación Mozilla, creadores del navegador Firefox. Mozilla tiene una larga tradición en la generación de estándares abiertos y ha influido fuertemente en medios tradicionales para generar herramientas de software libre, metodología que choca contra los compartimentos estancos. De allí su interés en que los grandes medios se abran hacia metodologías abiertas.

Sólo basta con mirar los números de aquellos que se dedican a producirlos en serio para saber hacia dónde va la industria: en 2015, la cantidad de usuarios de redes sociales rondará los 1700 millones de personas (contra los 1300 millones actuales) y pasará del 65 al 70 por ciento de los usuarios totales de Internet. Los datos pertenecen a una investigación dirigida por Martha Stone, gerente general de la consultora Worlds Newsmedia Network.

Pero la tendencia en tamaño del mercado móvil es mucho más auspicioso: Idate espera que pase de tres mil millones de dólares en 2012 a casi siete mil millones en 2015, mientras que en Asia pasará de 7 mil a 17 mil millones de dólares. Razón más que evidente para estudiar los comportamientos de la generación de “los inclinados”, jóvenes con el cuello encogido hacia abajo, mirando siempre hacia los dispositivos móviles: según un estudio de comScore de agosto de 2011 en Estados Unidos, los lectores usan los teléfonos móviles, las tabletas y las computadoras personales para leer las noticias de manera combinada: un pico parecido entre los tres formatos en horas de la mañana, un descenso del celular y la tableta en horario laboral (donde la gente lee las noticias en computadoras o notebooks) y un aumento ostensible al cierre del día para las tabletas. “Hay que acostumbrarse a la web que tenemos y no esperar la web que queremos”, les dijo Eric Hazan, de McKinsey & Company, a cuatrocientos poderosos editores de medios planetarios, más acostumbrados a crear la realidad que a contarla.

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Publicado por Página 12 el 10-06-2012.

lunes, 11 de junio de 2012

El poder de los medios: diferencias entre Brasil e Inglaterra

Venício Lima, Londres.

La Inglaterra del siglo XVII constituye la referencia moderna obligatoria para el entendimento de la libertad de expresión republicana, centrada en la vita activa y en el autogobierno. El país de John Milton y Tom Paine ha sido uno de los escenarios fundamentales del debate entre republicanos y liberales en torno a la idea de libertad, además de que fue allá donde se constituyeron importantes modelos de prestación del servicio público de radiodifusión (BBC), de regulación (OfCom) y de autorregulación (PCC) de las actividades de los medios.

Por todo ello, las revelaciones hechas públicas originalmente por el tradicional The Guardian, a comienzos de 2011, sobre prácticas periodísticas criminales llevadas a cabo rutineramente por el tabloide News of the World, del grupo News Corporation, desencadenaron reacciones inmediatas por parte del gobierno británico, de instituciones privadas y de ciudadanos.

Una investigación ya fue concluida en la Comisión de Cultura, Medios y Deportes de la Cámara de los Comunes y su informe fue divulgado el pasado 30 de abril; al menos otras tres todavía están en curso en el ámbito de la Policía (Weeting, Eldeven y Tutela); mientras que varias acciones civiles impuestas por ciudadanos que se consideran víctimas de invasión de privacidad también están siendo tramitadas. Y la investigación más importante de todas, ordenada por el primer ministro con el objetivo de esclarecer “el papel de los medios y de la policía en el escándalo de escuchas telefónicas ilegales” (caso Levison), en julio de 2011, sigue interrogando, entre otros, a periodistas y empresarios.

Una de las consecuencias más concretas de estas denuncias ha sido hasta ahora el anuncio, en febrero pasado, de que la agencia autorreguladora (PCC) sería cerrada para dar lugar a otra institución, con poderes de interferencia más eficaces.

¿Y en Brasil?

En las últimas semanas los brasileños se han enterado de presuntas actividades criminales llevadas a cabo por grupos empresariales privados, políticos en el ejercicio de su mandato y sectores de la Policía y del Poder Judicial, así como de la aparente complicidad de importantes órganos de la prensa tradicional. Si esto se confirma, estaríamos ante un gravísimo deterioro profesional y ético del papel de la gran prensa, colocada al servicio de intereses políticos, privados y criminales.

Escuchas telefónicas apuntan hacia una relación que va mucho más allá de aquella que se admite entre el periodista y su fuente. Hay indicios de que no solo hubo influencia sobre la pauta periodística por parte de la fuente criminal, sino lo que es peor, de una complicidad de estas fuentes con objetivos empresariales y políticos.

Allá y acá

Al contrario de lo que ocurre en Inglaterra, donde la denuncia sobre el News of the World se tornó pública por la acción de un vehículo del gran mass media (The Guardian), en Brasil la primera reacción –con excepción de una red de televisión (Record) y de una revista semanal (Carta Capital) de menor circulación– fue ignorar los nexos de los medios con el llamado escándalo Carlinhos Cachoeira¹.

En un segundo momento, asistimos a la solidaridad explícita y amenazadora de los principales grupos privados de medios de comunicación brasileños con las empresas bajo sospecha.

Una comisión investigadora fue instalada en el Congreso Nacional, pero hasta ahora no ha habido indicios claros de una disposición a investigar los vínculos de esos grupos mediáticos con las acciones criminales.

En Brasil no hay ningún órgano de regulación o de autorregulación de los  medios. Por lo tanto, acciones específicas en esas áreas no existen ni existirán.

Por su parte, el gobierno brasileño ha revelado su total inapetencia por asumir el papel de protagonista en relación con la regulación democrática del sector de los medios de comunicación. Ni siquiera los principios y normas de la Constituição de 1988 relativos al tema han sido reglamentados y, por lo tanto, en su mayoría no se cumplen. Hace décadas que se está anunciando un proyecto de marco regulatorio para el sector de las comunicaciones que, hasta ahora, no se ha materializado.

Al contrario de lo que ocurre en Inglaterra, en Brasil no hay compromiso histórico com la libertad de expresión. Nuestro liberalismo nunca fue democrático y prevalece una censura blanda incluso del propio debate público sobre las cuestiones relacionadas con la regulación del sector de los medios. La bandera de la libertad de expresión se la apropiaron indebidamente los mismos grupos que apoyaron el golpe de 1964, responsable por la censura oficial que hizo víctimas, inclusive, a quienes los apoyaron durante más de dos décadas.

Aparentemente, sin embargo, tenemos algo en común con Inglaterra: graves desvíos en el comportamiento de periodistas y de sus patrones. Pero aún no tenemos en Brasil ni los instrumentos institucionales ni la voluntad ni la fuerza políticas necesarias para enfrentar el poder desmesurado de la gran prensa.

*Venício Lima es profesor de Ciencia Política y Comunicación de la UnB (jubilado) y autor, entre otros, de Regulación de las Comunicaciones – Historia, poder y derechos, Editora Paulus, 2011.

¹ Empresario brasileño vinculado al crimen organizado, encarcelado en febrero de 2012 por un caso de escuchas ilegales que implicó a políticos y a periodistas. (Nota del traductor, esta servidora).

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Publicado por Correio do Brasil el 16/5/2012. Traducción libre.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Acá entre nos: Léeme, que yo digo la verdad

@planetaencrisis

Cuando yo estudiaba Comunicación Social tuve la fortuna de cursar una asignatura llamada Historia del periodismo, dictada por una profesora cuyo nombre no recuerdo pero a quien nunca olvidaré, porque fue la primera vez en mi vida que me reprobaron una materia en la nota final.

La profesora, una señora muy respetada en la facultad, me “raspó” merecidamente, porque yo pasé el semestre más pendiente de flertear con algunos guapos colegas que de la materia en cuestión, en la cual se exaltaban las virtudes del quehacer periodístico de ese modo tan romántico e idealista en que el tema sigue siendo tratando hoy en las escuelas de Comunicación Social de todo el mundo.

En la referida materia, el periodista era presentado como una suerte de súper héroe capaz de arriesgar su vida para entregarnos la noticia y así proteger nuestro sagrado derecho a la información –derecho que, dicho sea de paso, hoy en día es infinitamente más defendido que el derecho de una persona a ingerir el mínimo de calorías necesario para evitar su extinción, según palabras de otro profesor que no me dio clases, pero a quien le tengo enorme respeto.

Recuerdo a mi profesora de Historia del periodismo contando, con lágrimas en los ojos ,cómo los sucesos de 1968 –al parecer ella vivió en París en su adolescencia– le sirvieron de inspiración para estudiar la carrera, porque, según nos explicó, los movimientos de protesta que corrieron como pólvora por el planeta en esa época representaban la quintaesencia de esa necesidad humana de estar informado y de protestar contra cualquier atisbo de censura.

Realmente “prohibido prohibir” es un lema que podría ser, hoy (por 15 minutos), el hashtag más popular de Twitter, si no fuera ya un lugar común desgastado.

Lo cierto es que el recuerdo de la materia y de las lágrimas de mi profesora me vino a la mente ayer, cuando observé un mapa publicado por CNN México en su página de Internet (http://mexico.cnn.com/infografias/2011/12/23/los-indignados-alrededor-del-mundo), y que fue muy “retuiteado” en la mencionada red social.

El mapa, que pretende ser una radiografía de los movimientos de protesta en el mundo, sorprendentemente no señala directamente el sonado Occupy Wall Street, sino que sitúa el ícono indicativo de la presencia de protestas en el sur de Estados Unidos, lejos de las ciudades de este país donde el movimiento contra las políticas que privilegian a los grandes capitales en detrimento de la mayoría de la población ha tenido mayor acogida: Washington, Nueva York y Los Angeles.

Igualmente, llama la atención la presencia en el mapa de los países de Centro y Suramérica (donde, si acaso ha habido protestas, éstas han sido insignificantes con relación a las de Estados Unidos y las de Europa) con igual categoría que España y otros países europeos, donde las protestas han sido de decenas de miles de personas en las calles.

El caso de este mapa, que es anecdótico, me llamó la atención pues, mientras la revista estadounidense Time le ha dado el premio de “personaje del año 2011” a “El manifestante”, recientemente también he leído noticias como la de David Seaman, periodista de la revista de finanzas Business Insider a quien Twitter le suspendió su cuenta por hablar demasiadas veces del Occupy Wall Street y del NDAA (National Defense Authorization Act), bajo los hashtag #NDAA y #OWS.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre el Occupy Wall Street? ¿Ha sido minimizado y "vetado" por la media, como denuncian algunos? Un reciente sondeo de opinión divulgado por los medios estadounidenses arrojó que la mayoría de la población (más del 50 por ciento) cree que estos “indignados” son personas potencialmente agresivas, que están dispuestas a acciones violentas por resentimiento o por haber perdido bienes materiales durante la crisis.

Ahora bien, ¿cómo hace el simple lector para tener una idea más o menos objetiva de temas como éste, que son profundamente ideológicos?

Personalmente creo que nunca voy a dejar de estremecerme al constatar, todos los días y cada vez que leo las noticias en los diarios y medios de comunicación del mundo, que siempre se manipulan de algún modo las informaciones para presentar los temas del modo que más le convenga al editor del medio, sea de la tendencia que sea. No hay noticias inocentes. No hay noticias realmente objetivas.

Desde luego, es perfectamente legítimo el hecho de que los medios de comunicación asuman una posición ante el hecho político. Al fin y al cabo esa ha sido su función primigenia. Muchos diarios nacieron para darle voz a las ideas liberales y progresistas en los albores de nuestras repúblicas, y muchos medios históricamente lograron la hazaña de poner al descubierto colosales casos de corrupción, conspiraciones o injusticias.

Además, en mi opinión, es totalmente cierto que un poder político sin crítica que lo confronte se vuelve totalitario y aplastante. Y es nuestro derecho que exijamos una información veraz, más en un momento en que la información vuela como el viento a través de las redes sociales y que todo puede ser replicado sin que importe su origen.

Pero no dejo de sorprenderme con el hecho de que, en un mundo tan politizado, sigamos creyendo que los medios son “contrapoderes” y “la máxima expresión de la democracia”, como dice otro famoso profesor que me dio clases una vez.

Habrá quien quiera mi cabeza por decir esto, pero después de años y años de trabajar en medios de comunicación estoy realmente convencida de que no hay democracia al interior de ellos: uno escribe lo que el editor pide y del modo en que lo pide, con el lenguaje que él quiere y con el enfoque que él desea. Y si no lo quiere uno no lo escribe.

Además, cualquier estudiante de Comunicación Social sabe que la escogencia de señales visuales, la forma cómo éstas son presentadas y el lenguaje usado son decisivos a la hora de dar el mensaje periodístico, el cual será “leído” de la forma que más le convenga al emisor. Es decir, el receptor no tiene muchas opciones al recibir el mensaje, porque éste viene siempre preñado de intenciones.

Y cualquier periodista tiene muy claro que no es un súper héroe, sino un empleado que debe seguir los lineamientos de su empleador. Y esto no tiene nada que ver con la persecución que pueda sufrir el periodista que investiga al narco o que realiza la encomiable labor de denunciar un crimen.

En otras palabras: no se puede comparar la tarea de un corresponsal de guerra, o la de un periodista que vive en un país donde hay una guerra contra el narcotráfico, como México, o del que vive en un país donde hay un conflicto armado, como Colombia, con las cosas que enfrenta un periodista de un país donde hay una suerte de "guerra" entre los poderes económicos y los poderes políticos, como ocurre en Venezuela, Ecuador, Argentina o Brasil. Son contextos muy diferentes e igualarlos es una simplificación burda y patética.

Y el medio de comunicación no es un contrapoder a priori. Es, más bien, la voz del poder en sí mismo, sea económico, sea político. Mientras refleja los hechos, mientras divulga las "verdades", hace las veces de aparato de propaganda ideológica de los poderes dominantes. Esto sí que es una gran verdad.

Una vez que aceptamos sin prejuicios (sé que esto es realmente difícil) la parcialidad de los medios es que podemos dilucidar cuándo, en qué ocasiones, esos medios sí pueden llegar a fungir como contrapoder de otro poder. Y esto no es un juego de palabras. Sólo podemos hacer una lectura objetiva cuando tomamos conciencia de la falta de objetividad en las informaciones.

En Venezuela, por ejemplo, éste es un ejercicio bastante dificultoso, porque la prensa está casi completamente plegada a sus posiciones. Mientras que la prensa oficialista hace propaganda permanente de las iniciativas del gobierno, no las cuestiona y no da voz a ninguna posición contraria, gran parte de la prensa privada minimiza cualquier iniciativa oficial, tampoco da voz al contrario, hace propaganda a favor de la oposición y no tiene otra misión más importante que la de atacar al gobierno, todo ello envuelto en nubes de animosidad.

Esta visión sesgada y polarizada se traslada a la prensa del exterior cuando se refiere a las cuestiones políticas en Venezuela. Como muestra, un botón: Hace unos días se realizó en Caracas una cumbre de presidentes para crear la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), un incipiente ensayo para construir un organismo regional donde los países se alinearían con nuevas potencias emergentes, como Brasil, en momentos en que el gran líder regional, Estados Unidos, amenaza con seguir arrastrando a sus vecinos a las honduras de su crisis.

La mayor parte de los medios venezolanos y regionales prácticamente no dio cobertura al evento. Lo ignoraron olímpicamente. Algunos medios de otros países de la región se esforzaron por presentar la idea de que la OEA en nada se vería afectada por la creación de la Celac, como si ésta fuera la única lectura que se pudiera hacer.

Extracontinentalmente, para poner un ejemplo pequeñito de la forma cómo se presentó mediáticamente en el exterior de Venezuela el hecho político, durante el primer día de la cumbre de dos días y la mitad del segundo, un importante diario de España mantuvo en su página de Internet una única noticia sobre el tema: Chávez fracasa en el intento de que Latinoamérica prescinda de la OEA
(http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/02/actualidad/1322851591_167301.html). Sólo en la tarde del segundo día, horas antes del cierre de la cumbre, fueron colgadas notas con mayor contexto y profundidad en la página del diario.

Ahora bien, si uno se pone a pensar en la relevancia del hecho surgen, como mínimo, algunas preguntas: ¿Es que los 31 presidentes y dignatarios que vinieron a Caracas lo hicieron solo para darle el gusto a Chávez, bailar al ritmo de su batuta e intentar lograr “que Latinoamérica prescinda de la OEA”?

¿Es que a nadie le interesa saber qué distintas lecturas hay en el fondo del hecho político?

Y, por otra parte, ¿es que, en verdad, eventualmente y si el proyecto se llegara a consolidar, la creación de la Celac no afectaría en nada, nada a la OEA? ¿Qué cosas están en juego, más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, más allá de la propaganda política? ¿Qué es realmente importante entender?

Para evitar caer en la lamentable diatriba repetitiva en la que solemos caer los venezolanos, pondré otros ejemplos un tanto más extremos: muchos de mis queridos amigos judíos están sinceramente convencidos de que existe una conspiración mediática global contra el pueblo de Israel y de que las noticias críticas sobre la segregación de los palestinos no son sino señales –alguna vez profetizadas– de ese ensañamiento. Prácticamente ninguno defiende a sus vecinos árabes y hablar sobre la situación de los palestinos les desagrada bastante, porque sienten que la historia reflejada por la gran prensa internacional, simplemente, no es verdad.

Y en Cuba hay quienes defienden que el injusto y criminal bloqueo contra la isla y la defensa del socialismo justifican la censura, la falta de libertades y otras cuestiones que allí ocurren.

Simplificando mucho la cuestión me atrevo a decir que, en mi opinión, los medios de Israel han hecho un magnífico trabajo con la opinión pública (¿qué rayos significa este concepto?) interna israelí. No es necesario vivir en Israel para darse cuenta de esto, basta leer los diarios online durante un par de días. Y probablemente lo mismo haya pasado en Cuba, en Estados Unidos, en todas partes. Los medios forman nuestra opinión, insisto yo, para usar una enorme simplificación.

El interrogante que surge entonces es si podemos ponernos a buscar una verdad esquiva y dónde la vamos a encontrar, porque parecemos entender el mundo solo a través de las noticias. ¿Y no está el mundo hecho de ellas, o esto es otra simplificación?