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domingo, 24 de mayo de 2015

La vida sin pausa

Jonathan Crary 

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos que son inseparables de las configuraciones del sueño y la vigilia, la iluminación y la oscuridad, la justicia y el terror. Genera indefensión y vulnerabilidad. La fórmula 24/7 [24 horas al día, siete días a la semana] sirve para evocar una constelación de poderosos procesos de nuestro mundo contemporáneo caracterizados por la actividad, la acumulación, la producción, las compras, la comunicación, el juego, o cualquier otra cosa, incesantes. Ya sea en el trabajo o en el tiempo libre, existe una imposibilidad cada vez mayor de hacer una pausa, de estar desconectado. 24/7 significa la imposición generalizada a la vida humana de una duración sin interrupciones, de un tiempo homogéneo que ya no transcurre.Trasciende al tiempo del reloj y se define por un principio de funcionamiento y operación continuos.

24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro. Igualmente importante es que se trata de una condición de exposición y visibilidad permanentes, un mundo iluminado ininterrumpidamente en el cual nada de lo íntimo puede permanecer oculto o en el ámbito privado. Es sinónimo de la implacable traducción a valor monetario de cualquier intervalo de tiempo posible o de cualquier relación social concebible, de hacer todos los elementos de nuestras vidas convertibles a los valores del mercado. 

La mayoría de los motores básicos de la vida humana —el hambre, la sed, el deseo sexual, y, desde hace poco, la necesidad de amistad— han sido transformados artificialmente en formas mercantilizadas o financializadas. Sin embargo, la gran excepción es el sueño. El sueño, en cambio, representa esa parte de las necesidades humanas y de los intervalos de tiempo que no pueden ser colonizados o conectados a una enorme máquina de obtener rentabilidad. Lo extraordinario del sueño en esta era es que de él no se puede extraer absolutamente ningún valor monetario.

En su profunda inutilidad, su absoluta pasividad y su inmensa pérdida de tiempo de producción y consumo, el sueño entrará siempre en colisión con las exigencias de un universo 24/7. La gran parte de nuestras vidas que pasamos dormidos, liberados de tener que satisfacer mecánicamente la proliferación de falsas necesidades, es uno de los grandes desafíos humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo. El sueño es una interrupción intransigente del robo de nuestro tiempo por parte del capitalismo. 

Nuestro actual sistema económico mundial de mercados 24/7 y de producción y consumo incesantes es fundamentalmente incompatible con la pausa de inactividad del sueño humano. Para mí, es una fuente de optimismo que haya un intervalo en el tiempo humano que sea imposible de conquistar en la práctica por la lógica del mercado y de otras fuerzas de control. El sueño puede sufrir perjuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado. Ahora nuestra meta debería consistir en concentrarnos en otros espacios y actividades que necesiten ser defendidos de su traducción en valor financiero, ya sea en el lugar de trabajo, en el medio ambiente, en la educación, en la agricultura o en muchas otras áreas en crisis.

El sistema 24/7 ha suplantado la mayor parte de las notas distintivas rítmicas y periódicas de la vida humana que florecieron durante miles de años. Connota un esquema arbitrario y rígido de la semana, privado de la variopinta indeterminación de la experiencia vital. Como señalaba al principio, muchas instituciones del mundo desarrollado llevan décadas funcionando 24 horas al día siete días a la semana, sobre todo desde la implantación de las comunicaciones por satélite. Pero no ha sido hasta hace poco, en los últimos 10 o 15 años, cuando la elaboración de la propia identidad personal y social está siendo reorganizada para adaptarla al funcionamiento ininterrumpido de los mercados, las redes de información y otros sistemas.

El tiempo para el descanso es demasiado caro para ser posible en la actual economía global

Un entorno 24/7 tiene la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de conducta maquinal y una suspensión del acto de vivir que encubre el coste humano exigido para sostener su efectividad. Se debe distinguir de lo que Georg Lukács y otros definieron a principios del siglo XX como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o de calendario de los países, de las finanzas o de la industria, del cual estaban excluidas las esperanzas o los proyectos de los individuos o de la clase trabajadora. La novedad es el abandono generalizado de todo fingimiento de que el tiempo va unido a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a fantasías de “progreso” o desarrollo. Un mundo sin sombras, iluminado 24 horas al día siete días a la semana, es el sueño capitalista final de la poshistoria, en la que la alteridad que constituye el motor del cambio histórico ha sido suprimida.

24/7 es un tiempo de indiferencia, frente a la cual quedan al desnudo la fragilidad y la precariedad de la vida humana, y en el que el sueño no es necesario ni inevitable. Con respecto al trabajo, hace verosímil, incluso normal, la idea de trabajar sin pausa, sin límite. 24/7 está alineado con lo inanimado, lo inerte o lo exento de envejecer. Como una exhortación publicitaria, proclama la disponibilidad absoluta, y por lo tanto, las necesidades ininterrumpidas y la incitación a ellas, pero también su insatisfacción perpetua. La ausencia de restricciones al consumo no es simplemente temporal. Hace tiempo que dejamos atrás la época en la que se acumulaban principalmente cosas. En la actualidad nuestros cuerpos y nuestras identidades asimilan una sobrecarga en continua expansión de servicios, imágenes, procedimientos o substancias químicas hasta un límite maligno o, a menudo, fatal. La supervivencia a largo plazo del individuo es cada vez más prescindible a tenor del abandono del Estado de bienestar, así como de cualquier forma de capitalismo mitigada o controlada. Se rechaza la necesidad de cualquier intermedio de pausa o quietud. El tiempo para el descanso, la salud o el bienestar es sencillamente demasiado caro para ser posible dentro de la actual economía global.

De forma similar, el sistema 24/7 es inseparable de la catástrofe medioambiental por su declaración de gasto permanente, de derroche infinito con la consiguiente alteración terminal de los ciclos de día y noche y de las estaciones de los cuales depende la integridad ecológica. Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación. Tomemos el ejemplo de la incalculablemente valiosa selva del Yasuní, en Ecuador, hogar de poblaciones indígenas, pero también con un subsuelo rico en petróleo. Cuando el Gobierno planteó que no se llevarían a cabo perforaciones si se lograba reunir un fondo mundial de tan solo 3.000 millones de dólares (2.644 millones de euros) para compensar el sacrificio de los ingresos del petróleo, las instituciones más ricas del planeta apenas fueron capaces de prometer unos pocos millones.

La lección es que si en algún sitio hay recursos de cualquier clase de los que apropiarse o que explotar, tarde o temprano serán apropiados o explotados. Actualmente, en todo el planeta está teniendo lugar una frenética orgía ininterrumpida de saqueo y acumulación, ya sea la fracturación hidráulica, la minería del carbón, la perforación submarina, la agroindustria, el refinado tóxico de minerales o la contaminación de los océanos y los ríos. La lógica de esta expropiación de recursos exige que prosiga sin cesar, de la mañana a la noche, 24 horas al día siete días a la semana, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y de los entornos. Tendemos a pensar que hemos entrado en una nueva era de mundos desmaterializados y virtuales de redes digitales, robótica y nanotecnología, pero la fuerza motriz que hay detrás del capitalismo del siglo XXI sigue siendo el expolio de las materias primas de la Tierra. E, inevitablemente, los inmensos proyectos de extracción de recursos que saquean el suelo y el agua son posibles con la intervención de la violencia militar y las formas represivas de poder político. Como ya sabemos, aunque prefiramos no pensar en ello, los dispositivos digitales que nos requieren 24 horas al día siete días a la semana y que definen quiénes somos, no podrían existir sin la expropiación destructiva y letal de la riqueza mineral del Sur global.

Pero también insisto en que las temporalidades sin pausa son corrosivas para el tejido de la vida social y la sociedad civil. Al fomentar una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, las tecnologías 24/7 perpetúan la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar. El sistema 24/7 también mina la paciencia y la deferencia individuales que son cruciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia de escuchar a los otros y de esperar a que llegue el turno para hablar. El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación. Para los partidos y los grupos de izquierdas, el concepto de “política por Internet” es un oxímoron desastroso. Puede que las plataformas de las redes sociales tengan el potencial algorítmico de movilizar a gran cantidad de personas en torno a un solo tema o a un acontecimiento único, pero son intrínsecamente incapaces de alimentar una comprensión vivida de la interdependencia humana o de las prácticas fortalecedoras de apoyo mutuo basadas en la comunidad.

Como nos dicen muchos famosos teóricos de la política, cualquier clase de resistencia eficaz supone inventar al mismo tiempo nuevas maneras de vivir. Y aquí viene la parte difícil: antes de que cualquier nueva forma de vida social pueda surgir siquiera de forma provisional, tiene que haber un replanteamiento radical de cuáles son nuestras necesidades, un redescubrimiento de cuáles son nuestros deseos. Esto significa dejar por completo de comprar lo que se nos dice que necesitamos, y repudiar del todo el papel de consumidores. Significa rechazar activamente la letalidad de la cultura del dinero y todas las imágenes y fantasías tóxicas de riqueza material que nos rodean. Para aquellos de nosotros que tengamos hijos, significa abandonar las expectativas imposibles y desesperadas de éxito profesional y económico que les imponemos, y proporcionarles en cambio visiones de un futuro habitable compartido colectivamente. Pero estas son tan solo las primeras de las tareas preliminares, una preparación rudimentaria para las luchas políticas reales que están teniendo lugar actualmente y para aquellas que no tardarán en extenderse por doquier, en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial.

* Jonathan Crary es profesor de Historia de Arte Moderno en la Universidad de Columbia de Nueva York. 24/7, su último libro está editado por Ariel.
Traducción de News Clips.
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Publicado por El país (España) el 24-5-2015

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/20/actualidad/1432123650_805121.html

lunes, 2 de abril de 2012

Choque de Globalizaciones

Marcelo García y Roberto Samar

Cuando cayeron las Torres Gemelas, una década atrás, muchos pensaron que se confirmaba la visión de Samuel Huntington y las civilizaciones habían (uf, finalmente) empezado a chocar. La metáfora, sin embargo, se mostró más potente que la literalidad. Que un movimiento horizontal (el avión) derrumbara a una construcción vertical (la torre) fue, en última instancia, más importante que el hecho de que el atentado fuese perpetrado por una civilización contra otra.

No hace falta haber leído las obras completas de Karl Marx para notar el lenguaje materialista histórico del primer párrafo. El edificio se derrumbó, pero la metáfora quedó. Y la nueva metáfora del edificio derrumbado abrió, en realidad, la era del Choque de las Globalizaciones.

La década que siguió al derrumbe de las Torres fue la década de Internet y de las redes sociales: nuevas formas de comunicación que, al convertirse en dominantes, modifican las formas de entender y actuar en el mundo y, con ello, las prácticas sociales. Y a pesar de las tentaciones de sobredeterminación metafórica, la materialidad estructural (la base) sigue siendo fundamental en la confrontación global de nuestro tiempo.

La problemática actual, en términos de Toni Negri, incluye a “multitudes” en busca de destinos. El otrora “pueblo” parecía, al menos a la distancia, más fácil de aprehender: un cuerpo social con aires de homogeneidad que reconoce (cuando tiene suerte) una conducción y vive (cuando se lo gana y lo defiende) en un espacio territorial determinado. Esta nueva multitud, en cambio, trabaja en red, de forma horizontal y no reconoce ninguna centralidad. Aviones en busca de torres, aquí y allá.

La nueva lógica horizontal tiene tantas manifestaciones como la vida misma. En cada ámbito se lucha contra la jerarquía y se disputa soberanía. Lo que antes era una rareza –por ejemplo Linux, el software libre cuyo código fuente puede ser utilizado, modificado y redistribuido libremente por cualquiera– es hoy la norma, o cuanto menos la tendencia. Desde WikiLeaks y Anonymous hasta el uso político de herramientas de “mercado” como Twitter en lugares donde la circulación de la palabra es revolucionaria. Todo se convierte en construcción colectiva. Lo discursivo, redes sociales mediante, no es la excepción.

El derrotero de lo horizontal, como todo camino revolucionario que se digne de tal, no está libre de contradicciones y momentos de tensión. Negri afirma que su afamada multitud se compone “de innumerables diferencias internas que nunca podrán reducirse a una unidad, ni a una identidad única”. La multitud no se “somete al dominio de uno”. Lo cual no quiere decir, agregamos aquí, que el “uno” no intente dominar a la multitud. En el choque de globalizaciones, los aliados de hoy pueden ser los adversarios de mañana. Una multitud que, en palabras de Negri, “emerja para expresarse autónomamente y gobernarse a sí misma” tiene que estar atenta a las tendencias que dominan su propia dinámica. La Revolución Francesa, nunca está de más recordar, terminó en el 18 Brumario.

No es difícil ver si se mira hacia el horizonte cuáles son los actores con potenciales ambiciones napoleónicas y las dos corrientes que coexisten en el “frente popular” del nuevo espacio público global. El debate, con origen en los Estados Unidos y alcance mundial, sobre la Stop Online Piracy Act (SOPA), encontró a los piratas redentores del presente aliados con grandes empresas de tecnología cuyo culto a la apertura horizontal es una gran estrategia de marketing. La configuración de alianzas durante ese proceso fue más bien contradictoria y la bandera “Stop Piracy, Not Freedom” enarbolada por los asesores de public relations de las vacas sagradas de la Era Digital (con Google, Facebook y Twitter a la cabeza) contraponía dos términos que parte de la “masa del pueblo” en la multitud (los partidos piratas, por ejemplo) posiblemente conciba como sinónimos.

Lo que quedará por definir en esta dicotomía globalizadora es el rol de los Estados, muchos de los cuales apenas atinan a intentar mantener (torpemente) la impronta westfaliana de monopolizar la fuerza y la información. Ante un espacio público digital-global sin fronteras, sin embargo, los Estados sobrevivirán si se convierten en proveedores de espacios de libertad para sus ciudadanos más que de control. Para el control, ya habrá fuerzas más fuertes y globales. Ante la duda, consultar a Julian Assange, cuyo avión informativo también hizo caer un par de Torres.

* Miembros del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (www.sidbaires.org.ar).

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Publicado por Página/12 el 2-4-2012.

jueves, 21 de abril de 2011

El surgimiento de otra gobernanza mundial

Jean-Pierre Raffarin

Occidente le presta muy poca atención a los movimientos que ocurren en el mundo cuando no es él mismo el protagonista. Los franceses, por su parte, son muy egocéntricos. La reunión de los BRICS, el fin de semana pasado en China, donde se juntaron los jefes de Estado de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, ha incidido seriamente en el proceso de globalización: lo que era global –y así, unificador– se está tornando complejo y, por lo tanto, plural.

Los miembros del “Boao forum for Asia”, entre los cuales estaba un puñado muy pequeño de occidentales, fueron invitados a participar de las conclusiones de ese encuentro estratégico, entre la indiferencia general de los países desarrollados. Fue un error de Occidente. El G-5 tiene la intención de desempeñar su papel en la gobernanza mundial, por medio de su diplomacia y de su economía, combinadas.

Con altos niveles de crecimiento y esfuerzos de control presupuestario, especialmente en Brasil, y con reservas considerables vinculadas al ahorro popular en China, ese “bloque” tiene perfecta conciencia de los “servicios” que le presta a la economía mundial. Algunos elementos son particularmente marcantes:

- Esos cinco países son dirigidos por cinco líderes mundiales, todos conocidos y reconocidos en la escena internacional. La denominación del encuentra era clara: “BRICS – Encuentro de Líderes”. Cada uno en su continente, esos cinco líderes ejercen una influencia mundial. Juntos, ellos representam cerca de la mitad del planeta. En el contexto de uma gobernanza mundial que valoriza a los líderes, como Barack Obama, Nicolas Sarkozy, Angela Merkel..., que la practicam permanentemente, los países emergentes no se quedan atrás. El liderazgo, ahora, es accesible a todos.

- Los BRICS parecen tener un programa común:

Solidaridad: Juntos, quieren lograr una reforma del sistema mundial, financiero y monetario: “we can not let foreign capital come and go as it pleases” (“no podemos dejar que el capital externo vaya y venga como le dé la gana”). Esta solidaridad se muestra recíproca: Vemos, por ejemplo, a China interceder por el ingreso de Russia en la OMC. Ellos están buscando proyectos en común, mezclados, para los cuales la inmigración creadora sería fomentada y legalizada.

Inflación: La inquietud china se junta aquí a las preocupaciones brasileñas en relación con un ritmo de inflación que, en Brasil, apuntaba en enero a una proyección anual de 6%. Los BRICS quieren coordinar mejor una lucha común en torno a esa cuestión. Europa no está exenta de esta inquietud. Para nosotros, el nivel de la deuda aumenta la gravedad de ese tema.

Crecimiento: Los cinco países hacen de la búsqueda de un “nuevo crecimiento” una prioridad compartida; un crecimiento menos hambriento por carbono y menos generador de desigualdad que el tradicional crecimiento ocidental. El XII plan chino propone un crecimiento verde (economía de energía, energías renovables, ciudades verdes...) y social (habitación, protección social, salud, combate a las desigualdades regionales...), todos temas consensuales entre los cinco países.

Como el liderazgo, la virtud del desarrollo duradero no es algo reservado a unos pocos.

La paz es el último mensaje, mas no el menor. La cumbre de los BRICS fue precedida por un llamado del presidente Hu Jintao para que haya un cese del fuego en Libia. Los emergentes quieren ser pacíficos y se presentan como tales. El mensaje gana fuerza por el contraste con el mundo occidental, involucrado militarmente en un gran número de teatros.

Esa estrategia de los BRICS no debería traerle grandes problemas a la diplomacia francesa, que está creíblemente comprometida con la reforma de la gobernanza mundial. Nosotros mantenemos excelentes relaciones com cada uno de estos países.

Como China, Francia se posiciona en el interior de numerosos círculos, en la intersección de los cuales nuestro país busca las posiciones favorables a sus convicciones y a sus intereses. Eso nos impone, sin embargo, una visión más compleja que simplificadora de la globalización y un énfasis de nuestra acción exterior que privilegie la diplomacia económica.

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Publicado en Le Monde y luego en Carta Maior el 21-4-2011. Traducción libre de la versión en portugués.