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lunes, 29 de septiembre de 2014

La oración del ateo

Miguel de Unamuno

Oye mi ruego Tú, Dios que no existes, 
y en tu nada recoge estas mis quejas, 
Tú que a los pobres hombres nunca dejas 
sin consuelo de engaño. No resistes 

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes. 
Cuando Tú de mi mente más te alejas, 
más recuerdo las plácidas consejas 
con que mi ama endulzóme noches tristes. 

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande 
que no eres sino Idea; es muy angosta 
la realidad por mucho que se expande 

para abarcarte. Sufro yo a tu costa, 
Dios no existente, pues si Tú existieras 
existiría yo también de veras.

.............................
De Rosario de sonetos líricos, 1911.

sábado, 22 de junio de 2013

¡Escuche, Señor Dios!

¡Escuche, Señor Dios!
(Fragmento final de La nube en pantalones)

Vladimir Mayakovski

¡Escuche, Señor Dios!
¿No se cansa
de mojar a diario en esta jalea nubosa
sus ojos bonachones?
¿Sabe qué?
montemos un tiovivo
en el árbol del aprendizaje del bien y del mal.
Omnipresente, tú estarás en cada estante
y en la mesa pondremos unos vinos
que hagan bailar el qui-ca-pou
al taciturno apóstol Pedro.
Devolveremos al paraíso a las Evitas:
una orden tuya
y esta misma noche te traeré
a las muchachas más bonitas.
¿Quieres?

¿No quieres?
¿Meneas la cabeza, greñudo?
¿Frunces la canosa ceja?

¿Crees
que ese sujeto
detrás de ti, alado,
entiende de amor?

Yo también soy ángel; lo fui,
parecía un corderito almibarado,
pero me cansé de regalarle a yeguas
vasijas de porcelana hechas con tristezas.

Todopoderoso: inventaste un par de manos,
le pusiste
una cabeza a cada quien,
¿por qué no se te ocurrió
que se pueda sin tormentos
besar, besar, besar?

Te creía inmenso dios omnipotente
y eres un diosito torpe, pequeñito.
Mira, me agacho
y de la bota
saco un cuchillo.
¡Alados rufianes!
¡Arrástrense en el paraíso!
¡Ericen sus plumas de temor asustado!
A ti, impregnado de incienso, te cortaré
de aquí a Alaska.

¡Déjenme!

¡No me contendrán!
Ya sea que mienta
o tenga razón,
más tranquilo no puedo estar.

Miren:
han decapitado más estrellas
y el cielo ensangrentado es una carnicería.
¡Oye tú!
¡Cielo!
¡Quítate el sombrero!
¡Paso yo!

Silencio.

El universo duerme,
recostando sobre la zarpa
con garrapatas de estrellas una oreja enorme.

(1915)

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De Poemas 1913-1916.

viernes, 6 de abril de 2012

Conversione


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Fragmento final de la película Uccellacci e uccellini, de Pier Paolo Pasolini (1966). 

jueves, 15 de marzo de 2012

Deus

Paulo Leminski

eu ontem tive a impressão
que deus quis falar comigo
não lhe dei ouvidos

quem sou eu para falar com deus?
ele que cuide dos seus assuntos
eu cuido dos meus

………………………………..
Tomado de Distraídos venceremos, 1987. El título es intervención mía.

Por qué es preferible una sociedad laica

Klaus Ziegler

Cada religión tiene su dios particular, con sus atributos propios y preferencias nepóticas.

Los budistas enseñan que Buda fue concebido en forma milagrosa para ser el salvador del mundo. Los hinduistas creen en la transmigración de las almas, y justifican las terribles injusticias contra las “castas inferiores” como castigo por la mala conducta en vidas pasadas. Para los cristianos, Jesús es hijo de Dios, mientras que para los musulmanes es una aberración que Dios tenga hijos.

En los libros sagrados, lo prohibido, lo sancionable, lo deseable y lo justo, cambia según los caprichos de la cultura y la época. Por ello, que se haya establecido una clara diferencia entre delito y pecado es, sin duda, uno de los alcances más grandes de la Ilustración y la corriente racionalista. La separación de la Iglesia y el Estado es una tendencia en el mundo desde la edad moderna, y hace parte de la mayoría de las constituciones nacionales. No obstante, está lejos de ser un universal: en la Unión Soviética el ateísmo fue durante décadas la doctrina estatal, mientras que en los países islámicos la legislación emana directamente del Corán, y las enseñanzas del profeta Mahoma son la fuente del derecho y la política.

En occidente, la tenue línea que separa el estado laico del religioso se ve cada vez más amenazada ante la creciente influencia de poderosos grupos de cristianos fanáticos, especialmente en Estados Unidos. No olvidemos que hace un par de años uno de estos grupos demandó a la BBC por la transmisión de la opera profana Jerry Springer. Y en Colombia, en 2005, el director de la revista SoHo, Daniel Samper, tuvo que responder ante un fiscal por publicar en su revista fotos de “La pasión de Alejandra Azcárate”, consideradas por algunos creyentes indecorosas y blasfemas.

Una sociedad en que se pueda castigar lo que algunos juzguen sacrílego, profano u ofensivo, sería el mayor anhelo de esa caterva de republicanos intransigentes a los que pertenece el predicador Pat Robertson y la exgobernadora de Alaska, Sarah Palin; y muy del agrado —podría uno imaginar— de católicos recalcitrantes como el Procurador Alejandro Ordoñez o el candidato José Galat.

A quienes creen deseable un estado teocrático fundamentado en la Biblia, y teniendo en cuenta que las leyes de Dios son inmutables y eternas, sería preciso preguntarles cómo encajar en la actual legislación algunos de sus mandamientos, como aquel que hace lícito poseer esclavos, siempre que se adquieran en naciones vecinas (Levítico 25:44). O cómo juzgar a los adúlteros y homosexuales: ¿acaso habría que quemarlos vivos como se ordena en el Levítico 20:14? Y en cuanto a la fiesta brava y otras tradiciones bárbaras que tanto le preocupa preservar al Procurador, cabría preguntarle si ¿tal vez no sería preferible que algunos toros fueran incinerados en el altar del Señor, como se ordena en el Levítico 1:9?

¿Son estas enseñanzas morales, compasivas, justas o razonables? ¿Acaso no se ordena en la Biblia la destrucción de pueblos enteros y se instiga a la masacre de niños, ancianos, enfermos y desvalidos? ¿Cómo podemos aceptar como guía moral un libro que incita a la venganza y aconseja el salvaje “ojo por ojo, diente por diente, y miembro por miembro”? Y ni hablar de la tolerancia o el respeto a las creencias de los demás cuando todo el que disiente es lapidado, y donde se ordena al esposo a denunciar a la esposa incrédula para darle muerte.

Y en cuanto a la sabiduría allí encerrada (que por ser palabra de Dios no puede tener errores), el sueño de más de uno de estos fanáticos religiosos ha sido suplantar el currículo escolar que enseña la teoría científica de la evolución, por el relato bíblico del Génesis y la historia de la creación del hombre en el huerto del Edén, y por otras formas soterradas de religión disfrazada de ciencia, como el creacionismo o la teoría del diseño Inteligente. En el país que sueñan estos ignorantes, los museos de historia natural (donde es posible apreciar el impresionante registro fósil que revela la riqueza y antigüedad de la vida sobre la Tierra, una evidencia en flagrante contradicción con las enseñanzas bíblicas) serían reemplazados por los falaces museos creacionistas con sus recreaciones del Edén hechas de papel-cartón y sus ridículos dinosaurios de plástico subiendo en fila al Arca para escapar del diluvio.

Recordemos que en 2005, el Consejo de la Educación de Kansas votó a favor de la enseñanza de la creación divina, que afirma que el hombre es un diseño “inteligente” que no desciende de seres menos evolucionados. No obstante, la Corte Suprema se vio obligada a dictaminar –como lo ha tenido que hacer en muchas otras ocasiones–, que dichas enseñanzas son contrarias a la Constitución y representan una intromisión de las creencias religiosas en la educación pública.

Uno de los argumentos para desechar la idea de una sociedad laica sostiene que la religión es necesaria, porque sin la creencia en Dios la vida perdería su sentido, y no tendríamos un báculo donde apoyarnos en los momentos de angustia y dolor. Pero es un hecho que hay millones de agnósticos en el mundo que llevan una vida plena, productiva y feliz sin necesidad de albergar ninguna creencia; y que hay místicos y ateos, felices y desgraciados por igual. Se ha sostenido que sin la promesa de una vida después de la muerte, la existencia humana sería insufrible. Pero si esta convicción fuera sincera, la muerte de un ser querido y creyente sería motivo de regocijo para el cristiano, y no una pena.

También se afirma que la religión hace buenos a los hombres, pero la historia muestra que nunca las prohibiciones religiosas han impedido las violaciones, ni el adulterio, ni la pederastia, ni siquiera por parte de aquellas personas que por su compromiso social deberían dar buen ejemplo. La historia de las grandes religiones, en particular la del cristianismo, es una narración interminable de guerras, torturas y crueldades inenarrables, como lo ha documentado el historiador y crítico alemán Karlheinz Deschner, en su monumental obra La Historia criminal del cristianismo.

Es un hecho constatable que la religión no ha contribuido en absoluto a crear un mundo mejor. Por el contrario, ha sido “la fuente de todas las locuras y perturbaciones imaginables; la madre del fanatismo y de la discordia civil”, como escribió alguna vez Voltaire. Y como decía un reconocido escritor y agnóstico colombiano, “con Dios o sin Él, el hombre seguirá siendo hombre, y este mundo seguirá siendo el infierno, ¡porque el demonio es el hombre mismo!”

…………
Publicado por El espectador el 30-3-2010

martes, 30 de agosto de 2011

El organista y el fuego

Hermann Hesse

Por aquellos días la “casualidad”, como suele decirse, me hizo encontrar un extraño refugio. Pero tales casualidades no existen. Cuando alguien que verdaderamente necesita algo lo encuentra no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. Su propio deseo y su propia voluntad lo conducen a ello.

En mis andanzas por la ciudad había oído dos o tres veces, al pasar frente a una capilla de las afueras, el sonido de un órgano, pero nunca me había detenido a escucharlo. Un día, al volver a pasar por allí reconocí la música de Bach. Me acerqué a la puerta, que encontré cerrada, y como la calleja estaba casi desierta me senté en un poste de piedra junto a la entrada, me subí el cuello del abrigo y me puse a escuchar. El órgano, aunque no era muy potente, era bueno y el organista tocaba de maravilla, con una expresión personal de voluntad y tenacidad que sonaba como una oración. Tuve la sensación de que quien tocaba sabía que la música guardaba un tesoro particular, y que se esforzaba, afanaba y preocupaba por encontrarlo como si se tratara de su propia vida. Técnicamente no entiendo gran cosa de música, pero desde muy niño he comprendido, por instinto, esta  expresión del alma y he sentido en mí la afición musical como la cosa más natural e innata.

El músico tocó después una obra moderna, quizá de Reger. La capilla estaba casi oscura, sólo un suave resplandor se filtraba a través de una de las ventanas. Esperé a que la música terminara y paseé luego delante de la entrada hasta que vi salir al organista. Era un hombre aún joven pero mayor que yo, de figura robusta y corta estatura. Echó a andar de prisa, con pasos firmes y enérgicos y desapareció.

Después de eso acudí a la capilla otros atardeceres, sentándome jundo a la entrada o paseando de arriba abajo frente a la fachada. Una vez encontré la puerta abierta y permanecí media hora sentado en un banco frío mientras el organista tocaba arriba, a la pálida luz de un mechero de gas. En su música no le oía solamente a él mismo; me parecía que todas las cosas eran afines entre sí, enlazadas por una misteriosa conexión. Todo lo que tocaba era creyente, era ferviente y piadoso, pero no piadoso como los beatos y los curas, sino como los peregrinos y los mendigos de la Edad Media; piadoso con una entrega absoluta a un sentimiento del mundo superior a todas las confesiones. Los maestros anteriores a Bach y los antiguos compositores italianos eran interpretados por él con exquisito cuidado. Y todos decían lo mismo, todos expresaban lo que el organista llevaba en su alma: nostalgia, honda comprensión del mundo y violenta separación de él, ardiente preocupación por los movimientos de la propia alma oscura, fervorosa entrega y profunda curiosidad por lo maravilloso.

Un día seguí disimuladamente al organista, a su salida de la capilla, y le vi entrar en una pequeña taberna, muy lejos ya, en las afueras de la ciudad. No pude contenerme y entré tras él. Le vi por primera vez claramente. Estaba sentado en un rincón ante una jarra de vino y llevaba en la cabeza un sombrero de fieltro negro y anchas alas. Su rostro era tal como yo lo había imaginado. Era feo y un poco salvaje, inquieto e intenso, terco y voluntarioso; alrededor de la boca, sin embargo, tenía un gesto blando e infantil.

La virilidad y la fuerza se hallaban concentradas en los ojos y la frente; mientras que la parte inferior del rostro era tierna y como inacabada, imprecisa y débil. La barbilla, adolescente e indecisa, contradecía la frente y la mirada. Lo que me complacía más eran los ojos castaños, llenos de orgullo y hostilidad.

Sin decir nada fui a sentarme en una banqueta frente a él. No había más nadie en la taberna. Al advertir mi presencia me miró irritado, como si quisiera echarme, pero yo le sostuve la mirada hasta hacerlo exclamar con rudo acento:
-¿Por qué me mira usted de ese modo? ¿Quiere algo de mí?
-No, yo no quiero nada de usted –respondí–. Y sin embargo, ya me ha dado usted mucho.
Arrugó la frente:
-¡Ah! ¿Es usted aficionado a la música? A mí la melomanía me parece una estupidez.
Sin dejarme intimidar, repliqué:
-Le he escuchado muchas veces en la capilla esa de las afueras. Desde luego, no quiero molestarle. Pensaba que encontraría en usted algo, algo especial, no sé bien qué. Pero no me haga caso, por lo demás no tiene usted que ocuparse de mí, puedo seguir oyéndole en la capilla.
-Siempre cierro con la puerta con llave.
-Pues el otro día se olvidó usted de hacerlo y yo estuve adentro oyéndole tocar. Otras veces suelo quedarme afuera, sentado en un poyo junto a la puerta.
-¿Ah sí? La próxima vez puede usted entrar, hace más calor dentro. No tiene más que llamar a la puerta. Pero con fuerza y nunca mientras yo esté tocando. Y ahora, ¿qué es lo que me quería decir? Es usted muy joven, probablemente un colegial o un estudiante. ¿Es usted músico?
-No. Me gusta oír música, pero sólo música como la que usted toca; absoluta, incondicionada, en la que se siente que el hombre golpea las puertas del cielo y del infierno. Creo que me gusta tanto la música por su falta de moralidad. Todo lo demás es moral y yo busco algo que no lo sea. La moral no ha traído nunca nada que no sea doloroso. No sé explicarme bien... ¿Sabe usted que tiene que haber un dios que es dios y demonio al mismo tiempo? He oído decir que ya hubo uno así.

El músico echó hacia atrás su sombrero de ala ancha y sacudió los oscuros cabellos que le caían sobre la amplia frente. Luego me miró con atención por encima de la mesa e inclinó su rostro hacia mí.
Despacio y en voz baja preguntó:
-¿Cómo se llama ese dios del que usted habla?
-Por desgracia no sé casi nada de él; en realidad, sólo su nombre. Se llama Abraxas.
El músico miró en torno suyo con desconfianza, como si alguien pudiera oírnos. Luego se acercó más a mí y murmuró:
-Ya me lo imaginaba. ¿Quién es usted?
-Soy alumno del liceo.
-¿Cómo ha sabido usted de Abraxas?
-Por casualidad.
Dio entonces un puñetazo sobre la mesa con tal fuerza que el vino saltó de su vaso.
-¡Por casualidad! ¡No diga usted estupideces, muchacho! Sepa que cuando se llega a tener conocimiento de Abraxas no es nunca por casualidad. Yo le contaré algo más sobre él.

Calló y echó hacia atrás la silla. Al ver que yo le miraba, expectante por sus revelaciones, hizo una mueca.
-No, aquí no. Otro día... Tome usted ahora.
Metió la mano en el bolsillo de su abrigo, que todavía llevaba puesto, y me extendió unas castañas asadas.
Yo no dije nada, las tomé y empecé a comerlas muy satisfecho.
-Vamor a ver –murmuró al cabo de un rato–. ¿Cómo ha sabido usted de... él?
No vacilé en contárselo.
-Fue en una época en que me sentía solo y desorientado –dije–; y me acordé de un viejo amigo mío que sabe muchas cosas. Yo había pintado un pájaro saliendo de una esfera terrestre y se lo envié. Algún tiempo después, cuando casi había perdido las esperanzas de obtener respuesta, cayó en mis manos un papel en el que decía: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. El que quiera nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas”.

El músico no contestó nada. Sigió pelando sus castañas y comiéndolas con el vino.
-¿Tomamos otra jarra? –me preguntó luego.
-No, gracias. No me gusta beber.
Se echó a reír, un poco decepcionado.
-¡Como usted quiera! A mí me pasa todo lo contrario y voy a quedarme aquí todavía un rato. Usted puede marcharse ya, si quiere.

La vez siguiente que fui a encontrarlo en la capilla después de ensayar no estuvo muy comunicativo. Por una calle antigua y solitaria me condujo hasta un viejo caserón, de aspecto imponente.

Subimos a una habitación grande, un poco oscura y desarreglada, donde nada, excepto un piano, recordaba la música, mientras que un gran estante de libros y un amplio escritorio le daban un aire erudito.
-¡Cuántos libros tiene usted! –exclamé admirado.
-Una parte pertence a la biblioteca de mi padre, con quien vivo… Sí, todavía vivo con mis padres, pero no puedo presentárselos porque mis amistades gozan en esta casa de poca estimación. Debe saber usted que soy un hijo descarriado. Mi padre es un hombre extraordinariamente honorable, uno de los sacerdotes y predicadores mas destacados de nuestra ciudad. Y yo, para que se entere de una vez, soy su hijo, que tenía talento y prometía mucho pero que se ha apartado del buen camino y está un poco loco. He estudiado Teología, pero abandoné esa facultad poco antes de la licenciatura. Aunque, en cierto modo, sigo dentro de mi carrera en lo que se refiere a mis estudios particulares. Aún siguen pareciéndome muy importantes e interesantes los dioses que la gente se ha inventado en cada época. Por ahora soy músico y parece que me van a dar pronto un puesto de organista. Entonces volveré otra vez a pertenecer a la Iglesia...

Al débil resplandor de una pequeña lámpara colocada sobre la mesa pude ver títulos griegos, latinos y hebreos en las estanterías. Mientras tanto, mi nuevo amigo se había tumbado en el suelo, junto a la pared, y yo no podía ver lo que hacía allí en la oscuridad.

-Venga acá –dijo al cabo de un rato–, vamos a filosofar un poco; es decir, vamos a callarnos la boca y a quedarnos echados boca abajo para pensar.

Encendió una cerilla y prendió fuego al papel y la leña que había en la chimenea, delante de la cual estaba echado. Las llamas se elevaron mientras él azuzaba y alimentaba el fuego con exquisito cuidado. Yo me eché a su lado, sobre la alfombra descolorida, y, como él, clavé mis ojos en el fuego.

Durante más de una hora los dos permanecimos en silencio, echados boca abajo frente al fuego crepitante, y lo vimos llamear y arder, retorcerse y achicarse, palpitar y chisporrotear, hasta deshacerse en un silencioso montón de brasas.
-La adoración del fuego no ha sido la cosa más estúpida que se ha inventado –murmuró mi acompañante.

Aparte de esto, ninguno de los dos dijo una palabra. Yo tenía los ojos fijos en el fuego y, sumido en un hondo ensueño silencioso, veía figuras en el humo y formas en la ceniza. De pronto me sobresalté: mi compañero había arrojado al fuego un trozo de resina, del que brotó una breve y esbelta llama en la que creí ver el vi el pájaro de mi dibujo, con su amarilla cabeza de gavilán. En las brasas agonizantes refulgían hilos dorados formando caprichosas redes, aparecían letras e imágenes, recuerdos de rostros, de animales, plantas, gusanos y serpientes. Cuando desperté de mi ensimismamiento y volví la vista, mi compañero contemplaba aún la ceniza con la barbilla apoyada sobre los puños, con fanática fijeza.
-Tengo que irme –dije muy bajito.
-Pues váyase. Hasta la vista.

No se levantó, y como la lámpara se había apagado tuve que buscar a tientas el camino de salida de aquel viejo caserón embrujado, a través del cuarto oscuro y de pasillos y escaleras, en la oscuridad. Al llegar a la calle me detuve y  me volví a mirar la fachada.

Ninguna de las ventanas estaba ni remotamente iluminada. Una pequeña placa de bronce relucía en el portal a la luz de un farol de gas. "Pistorius, Párroco", leí en ella.

Sólo al regresar a mi casa y encontrarme en mi cuarto después de cenar, me di cuenta de que no había averiguado nada sobre Abraxas ni tampoco sobre el propio Pistorius, y que, en realidad, apenas habíamos intercambiado diez palabras. A pesar de todo me sentía muy satisfecho por la visita. Para la próxima vez mi nuevo amigo me había prometido hacerme oír una pieza exquisita de música antigua de órgano: un pasacalle de Buxtehude.

Sin darme cuenta, había recibido del organista Pistorius la primera lección mientras estaba echado junto a él ante la chimenea de su sombrío cuarto de ermitaño. La contemplación del fuego me había hecho bien; había consolidado y ratificado en mí inclinaciones que siempre había sentido, pero que nunca había tenido el cuidado de cultivar. Poco a poco fui apreciándolas, al menos parcialmente, pero con mayor claridad.

Ya de niño me gustaba contemplar las formas extrañas de la naturaleza, aunque no como un observador que investiga, sino entregándome a su particular magia, a su lenguaje profundo y complicado. Las largas raíces fosilizadas de los árboles, las vetas jaspeadas de la piedra, las gotas de aceite flotando sobre el agua, las grietas en el cristal: todas estas cosas habían ejercido antaño una gran fascinación sobre mí, así como el agua y el fuego, el humo, las nubes, el polvo y, especialmente, las luminosas manchas de colores que veía al cerrar los ojos. 

En los días siguientes a mi visita a Pistorius empecé a recordar estas cosas, pues me di cuenta de que la sensación de alegría y de una cierta intensificación de la conciencia de mí mismo que sentía desde aquella vez se debían, simplemente, a la larga contemplación del fuego, sedante y enriquecedora.
………………..
Fragmento de la novela Demian, 1919. El título es un exabrupto mío.

jueves, 30 de junio de 2011

Solo de piano

Nicanor Parra

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimiento perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos más que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios)
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que lo producen;
Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y se llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas:

Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encuentre su cuerpo.

……………………………………………
De Poemas y antipoemas, 1954.

miércoles, 20 de abril de 2011

Miércoles en morado

Foto: Edsaú Olivares. El Universal 20-4-2011.

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De niña me impresionaba mucho ver la cantidad de gente que venía a Caracas en Semana Santa para caminar de rodillas por la calle, todos vestidos de morado y con una vela en la mano. La procesión del Nazareno de San Pablo es una de esas tradiciones católicas que  infunden respeto porque se niegan a desaparecer. Recuerdo a mi abuelita paterna, que era muy devota. Cuando yo estaba bien pequeña la veía irse a la calle vestida de morado, con sus sahumerios y sus velas. Ella me decía que siempre llevaba una vela de más y me ofrecía pedir algo que yo quisiera...

De ñapa dejo un fragmento de un poema sobre esta tradición:

EL LIMONERO DEL SEÑOR (fragmento)

Andrés Eloy Blanco

Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de Dolor,
el Nazareno de San Pablo
pasaba siempre en procesión.
Y llegó el año de la peste,
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta Los Hijos de Dios.
La Terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.
Así pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo se agolpó.
Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.
En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
—¡Oh, Señor, Dios de los Ejércitos.
La peste aléjanos, Señor...!
En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; Monseñor
el Arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.
De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
—¡Milagro...! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor...!
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.



Publicado en el libro Poda, una selección de poemas de 1923 a 1928.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Altazor (fragmento)

Vicente Huidobro

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que iban a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos de navíos lejanos.
Una tarde cogí mi paracaídas y dije: “Entre una estrella y dos golondrinas”. He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arco iris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: “Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?”. Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: “Adiós”, con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos, aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá, lejos de todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al creador sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo:
-“Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
-Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pagadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
-Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno: los días tienen un oriente legítimo o reconstituido, pero indiscutible.
-Después tracé la geografía de la Tierra y las líneas de la mano.
-Después bebí un poco de coñac (a causa de la hidrografía).
-Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas, y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
-Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador”.
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando el reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
-“Los verdaderos poemas son incendios”. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
-“Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
-Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
-Un poema es una cosa que será.
-Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
-Huye del sublime externo si no quieres morir aplastado por el viento.
-Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco”.

..................................
Inicio del prefacio de Altazor, 1931. Releer este poema de un libro amarillo y roto (subrayado en bolígrafo por mi madre en alguna de sus propias madrugadas febriles) ha sido un regalo existencial para mí.

lunes, 9 de agosto de 2010

¿Cree usted en Dios, sí o no?


Jorge Majfud

Me preguntan si creo en Dios y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no.

Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde.

La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro sí o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el dios por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido. ¿Le gusta a usted Santiago? Perdone, ¿cuál Santiago? ¿Santiago de Compostela o Santiago de Chile? ¿Santiago del Estero o Santiago Matamoros?

Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios. Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios.

La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía. No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras. Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y a otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito.

¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales. ¿Cómo creer en un dios de corbata los domingos, que grita y se hincha las venas condenando a quienes no creen en semejantes aparato de guerra y dominación? ¿Cómo creer en un dios que en lugar de liberar somete, castiga y condena? ¿Cómo creer en un dios mezquino que necesita la política menor de algunos fieles para ganar votos?

¿Cómo creer en un dios mediocre que debe usar la burocracia en la Tierra para administrar sus asuntos en el cielo? ¿Cómo creer en un dios que se deja manipular como un niño asustado en la noche y sirve cada día los intereses más repudiables sobre la Tierra? ¿Cómo creer en un dios que dibuja misteriosas imágenes en las paredes húmedas para anunciar a la humanidad que estamos viviendo un tiempo de odios y de guerras? ¿Cómo creer en un dios que se comunica a través de charlatanes de esquina que prometen el cielo y amenazan con el infierno al que pasa, como si fuesen corredores de bienes raíces?

¿De qué dios estamos hablando cuando hablamos de Dios Único y Todopoderoso? ¿Es el mismo Dios que manda fanáticos a inmolarse en un mercado el mismo Dios que manda sus aviones a descargar el infierno sobre niños e inocentes en su nombre? Tal vez sí. Entonces, yo no creo en ese dios. Mejor dicho, no quiero creer que semejante criminal sea una fuerza sobrenatural. Porque bastante tenemos con nuestra propia maldad humana. Sólo que la maldad humana no sería tan hipócrita si se dedicara a oprimir y a matar en su propio nombre y no en nombre de un dios creador y bondadoso.

Es un dios que permite que sus manipuladores, que no tienen paz en sus corazones, hablen de la paz infinita de Dios mientras van condenando a quienes no tienen fe en esa trágica locura que le atribuyen cada día a Dios. Hombres y mujeres sin paz que se dicen elegidos por Dios y van proclamándolo por ahí porque no les resulta suficiente que Dios los haya elegido por su dudosas virtudes. Esos terroristas del alma que van amenazando con el infierno, con voces suaves o a los gritos a quienes se atreven a dudar de tanta locura.

Un dios creador del Universo que debe acomodarse entre las estrechas paredes de casas consagradas y edificios sin maleficios levantados por el hombre, no para que Dios tenga un lugar en el mundo sino para tenerlo a Dios en un lugar. En un lugar propio, es decir, privatizado, controlado, circunscripto a unas ideas, a unos párrafos y al servicio de una secta de autoelegidos.

Luego la acusación clásica para todo aquel que dude de los reales atributos de Dios, establecidos por la tradición, es la de soberbia. Los furiosos predicadores, en cambio, no se detienen un instante a reflexionar sobre su infinita soberbia de pertenecer y hasta de guiar y administrar el selecto club de los elegidos del Creador.

Lo único que le pido a Dios es que exista. Pero cada vez que veo estas hordas celestiales me acuerdo de la historia, cierta o ficticia, del cacique Hatuey, condenado a la hoguera por el gobernador de Cuba Diago Velásquez. Según el padre Bartolomé de las Casas, un sacerdote lo asistió en sus últimas horas tratando de ganarlo para el cielo si se convertía al cristianismo. El cacique le preguntó si se encontraría allí con los hombres blancos. “Sí —respondió el cura—, porque ellos creen en Dios”. Lo que fue razón suficiente para que el rebelde desistiera de aceptar la nueva verdad.

Entonces, si Dios es ese ser que camina detrás de sus seguidores en trance, la verdad, no puedo creer en él. ¿Para qué habría el Creador de conferir razón crítica a sus creaturas y luego exigirles obediencia ciega, temblores alucinados, odios incontrolables? ¿Por qué habría Dios de preferir los creyentes a los pensantes? ¿Por qué la iluminación habría de ser la pérdida de la conciencia? ¿No será que la inocencia y la obediencia se llevan bien?

¿Y todo esto quiere decir que Dios no existe? No. ¿Quién soy yo para dar semejante respuesta? Sólo me preguntaba si el creador del Universo realmente cabe en la cáscara de una nuez, en la cabeza de un misil.

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Publicado por Rebelión.org el 7-6-2009