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jueves, 16 de febrero de 2017

Acá entre nós: 12 tuits sobre la salida del aire de CNN en Venezuela

@planetaencrisis

Rechazo y lamento el retiro de CNN en español de la parrilla de canales de mi proveedora de TV.

Me parece una medida equivocada y considero que no hay nada que la justifique.

Es cierto que los medios de comunicación son brazos políticos de grandes intereses económicos y políticos. Y que son muy influyentes.

Es cierto que las grandes empresas trasnacionales de la información, como actores que son, se posicionan contra los intereses contrarios.

Es cierto que todos los medios tienen una "línea editorial" que es política, y que muchos de ellos tergiversan los hechos mediante el discurso.

Pero aun todas estas certezas no le dan el derecho a nadie a impedir que los medios de comunicación transmitan sus mensajes.

Estar informados es un derecho de las personas, más hoy en día. Yo diría que es una necesidad básica, como alimentación y salud.

No es prohibiendo la transmisión de un canal que se evitarán los ataques políticos de los medios. Ellos forman parte del juego político.

El Poder Ejecutivo debe velar por estándares legales de contenido, no arrogarse juicios morales e ideológicos que no respetan la diversidad.

Si hubo un tratamiento indebido de la información en un caso puntual, debe ser tratado por los canales legales correctos.

El amarillismo no es un motivo de silenciamiento. La falta de objetividad, aunque ofenda, no autoriza a acallar un medio.

Decidir sin debido proceso va contra la democracia y el contrato social. Es ilegal, es arbitrario. No puede justificarse.

domingo, 20 de marzo de 2016

Apuntes sobre la televisión (2)

Umberto Eco 

En el momento en que un individuo se coloca ante la pantalla, se produce una experiencia bastante nueva que Cohen-Séat llama "fortuitismo inicial". Se está ante una superficie blanca, y en el instante en que la luz se apaga, nos ponemos tensos a la espera de algo que no se sabe aún lo que será, y que de todas formas es deseado y valorado por nuestra tensión. Desde el momento en que se perfila la imagen y se desarrolla el discurso (la historia), Cohen-Séat muestra, con un diagrama bastante claro, que existen varias posibilidades de compromiso psicológico, que van desde la separación critica más total (la persona que se levanta y se marcha molesta), al juicio crítico que acompaña a la fruición, al abandono inadvertido a una evasión irresponsable, o a la participación, la fascinación, o (en casos patológicos) la verdadera y auténtica hipnosis. 

Parece ahora que, a diferencia de cuanto se creía, las posibilidades de vigilancia crítica son escasísimas, incluso en profesionales que asisten al cine en función de críticos (que alcanzan sólo cierto distanciamiento, por lo general, en la segunda visión del film). En realidad el espectador culturalmente dotado oscila entre una tenue vigilancia y la participación, mientras que las masas se decantan rápidamente desde un fortuitismo inicial a un estado de participación-fascinación. 

Todo lo dicho no es sólo fruto de inducciones moralistas o de una aproximativa psicológica: Cohen-Séat cree poder probarlo con experimentos electroencefalográficos, algunos de ellos realizados incluso sobre personas del oficio, interesadas en demostrar la posibilidad de una visión vigilante. Las experiencias realizadas llevan a creer que la imagen en movimiento induce al espectador a coactuar con la acción representada, a través del fenómeno de inducción posturomotriz. En otras palabras, si en la pantalla un personaje da un puñetazo, el electroencefalograma revela en el cerebro del espectador una oscilación equivalente a una "orden" que el órgano central, por una especie de mimesis instintiva, da al aparato muscular; orden que no se traduce en acción sólo porque en la mayoría de casos la orden es más débil de lo que sería preciso para pasar de la reacción nerviosa a la acción muscular verdadera. 

Cohen-Séat explica esta situación de participación total, psicofísica, recurriendo a procesos de comprensión semántica. La comunicación de una palabra pone en actividad, en mi conciencia, todo un campo semántico que corresponde al conjunto de las diversas acepciones del término (con las connotaciones afectivas que cada acepción comporta); el proceso de comprensión exacta se verifica porque, a la luz del contexto, mi cerebro, por así decirlo, inspecciona el campo semántico y localiza la acepción deseada excluyendo las demás (o manteniéndolas en el trasfondo). La imagen, en cambio, me coge precisamente de modo inverso: concreta y no general como el término lingüístico, me comunica todo el complejo de emociones y significados a ella conexos, me obliga a captar instantáneamente un todo indiviso de significados y de sentimientos, sin poder discernir ni aislar el que me sirve. 

Es la vieja diferencia entre "lógico" e "intuitivo", estamos de acuerdo, pero se especifica, en el ámbito de la presente explicación, en una oposición entre un saber lógico que produce efectos de comportamiento (a la orden "dame el libro" yo entresaco el significado exacto de la frase y mi saber determina el comportamiento consiguiente) y la visión de efectos de comportamiento en acto (la escena representada) que se hacen causas de un saber alógico, complejo, entretejido de reacciones fisiológicas (como ocurriría si por vía verbal me fuesen comunicados no términos referenciales, sino exclamaciones de efecto imperativo como "¡alto!", "¡basta!", "¡atención!").

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección Vigilancia y participación, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.

domingo, 21 de febrero de 2016

Apuntes sobre la televisión (1)

Umberto Eco

Cuanto se ha dicho nos permite concluir que la televisión puede ofrecer efectivas posibilidades de “cultura”, entendida como relación crítica con el ambiente. La televisión será elemento de cultura para el ciudadano de las áreas subdesarrolladas, haciéndole conocer la realidad nacional y la dimensión “mundo”, y será elemento de cultura para el hombre medio de una zona industrial, obrando como elemento de “provocación” sobre sus tendencias pasivas. Reconocer las posibilidades contenidas incluso en un buen programa de canciones o de desfile de modas, y comprender la necesidad de integrar estos aspectos en una función de denuncia y de invitación a la polémica, es el cometido del hombre de cultura ante el nuevo medio.

El primer aspecto puede ser realizado inteligentemente incluso dentro de la situación existente; el segundo requiere indudablemente una acción política consciente.


Al exigir a la televisión una acción de provocación de la opinión, se pueden tener en cuenta legítimamente sus límites de medio a disposición de toda la comunidad y de "hogar de las familias". Es curiosa la condición de este instrumento de comunicación que, entre todos los demás, dispone del público más vasto e indiferenciado, porque se dirige a todos, incluso a quienes no leen los periódicos, incluso a los niños que nada leen. La justificación del responsable en televisión que a menudo dice "pero la televisión debe poder ser vista hasta por los niños" suena a hipocresía, pero es absolutamente cierta.

Quien haya leído el código de autocensura de la televisión americana habrá podido descubrir un monumento de prudencia, una cautela minuciosa digna de un casuista de la contrarreforma: ateniéndose en rigor a este código, cualquier transmisión podría parecer ofensiva para alguna categoría de ciudadanos o para la infancia. Y sin embargo no se puede disentir de sus artículos, tomados uno a uno. Una vez más, nos hallamos ante un problema de equilibrio. Recordemos que hay una forma de respetar la inocencia de los niños que nos puede llevar a traicionarlos. Para respetar a los niños, las viejas generaciones evitaron revelarles la verdad sobre la procreación y crearon con ello inadaptados sexuales abiertos a todas las neurosis.

Estos son los límites y las posibilidades de la televisión. Avanzar previsiones es muy difícil. Puede ocurrir que un día la televisión llegue a ser más "culta" y precisamente por ello extraña a su público. Si, como sugiere Arnold Hauser, toda nueva forma de arte desarrolla, al principio, un lenguaje propio en sintonía con el propio público, y después, al perfeccionarse, se atasca en gramáticas formales que carecen ya de auditorio, vivimos entonces una época heroica y algún día la barbarie del Musichiere o de Campanile Sera nos parecerá el aspecto irrecuperable de una época feliz, de un momento auroral de las telecomunicaciones, en que todo tenía dimensiones épicas. En la novela de Robert Sheckley, Matar el tiempo, Thomas Blaine, llevado a vivir en el futuro, adquiere un par de "sensoriales", aparatos que aplicados a las sienes provocan visiones fantásticas en las que el vidente se halla directamente inmerso.

"Los sensoriales eran parte integrante del 2110, omnipresentes y populares como lo fue la televisión en tiempos de Blaine... Tenían también, naturalmente, sus detractores, que deploraban la pasividad progresiva a que se reducía el espectador... Leyendo un libro o mirando la televisión, decían los críticos, el espectador debía realizar un esfuerzo para participar. Los sensoriales, en cambio, se adueñaban de él, vivaces, brillantes, insidiosos, dejándolo bajo la impresión, antes reservada a los esquizofrénicos, de que los sueños son mejores que la propia vida... Una generación más, tronaban los críticos, y la gente no será ya capaz de leer, de pensar, de obrar."

Quizás la televisión nos esté llevando sólo a una nueva civilización de la visión, como la que vivieron los hombres del medioevo ante los pórticos de las catedrales. Quizás, como ya ha sido sugerido, cargaremos gradualmente los nuevos estímulos visuales de funciones simbólicas, y nos dirigiremos a la estabilización de un lenguaje ideográfico.

Pero el lenguaje de la imagen ha sido siempre el instrumento de sociedades paternalistas que negaban a sus dirigidos el privilegio de un cuerpo a cuerpo lúcido con el significado comunicado, libre de la presencia de un "icono" concreto, cómodo y persuasivo. Y tras toda dirección del lenguaje por imágenes, ha existido siempre una élite de estrategas de la cultura educados en el símbolo escrito y la noción abstracta. La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis.

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección La media de los gustos y la modelación de las exigencias, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Acá entre nos: El nudo ciego del periodismo o la tragedia del "ni ni"

@planetaencrisis

Este momento que vivimos, de fuerte polarización política al interior de nuestras sociedades en el mundo, ha cambiado el periodismo y su oficio en un tiempo increíblemente corto, al menos para muchos de nosotros los periodistas.

Un caso emblemático es el de mi país, Venezuela, donde la “batalla de las ideas” que vino a la par de un proceso político dio paso, primero, a un escenario donde la prensa tuvo preponderancia como actor de oposición e incluso apoyó un golpe militar en su momento, y en la actualidad, a una situación imposible de imaginar hace diez o doce años: de tener una prensa que era toda de oposición pasamos a no tener ninguna prensa de oposición.

En cuanto al discurso periodístico, no parece arriesgado decir que estamos ante un periodismo notoriamente distinto del que conocí cuando empecé a trabajar y durante los años que siguieron después, antes de lo que he llamado una (real) "politización" del periodismo a escala global.

En los años 90 los periodistas podían sentirse relativamente cómodos en una posición política y raramente serían execrados o etiquetados como indeseables por ello. En Latinoamérica vivíamos una primavera democrática y no se había producido esa ruptura entre las posiciones políticas radicales de los distintos actores sociales.

Mis compañeros y yo veíamos con respeto a cualquiera que decidiera acomodarse en esa mullida dignidad de pertenecer a un grupo o de exhibir una tendencia, mejor si era de izquierdas, en mi caso, pues le daba el don de ser crítico de las injusticias y conocedor de la naturaleza de los hechos gracias a esa cercanía de lo humano cotidiano que tiene el trabajo de periodista.

Las figuras sociales que nos servían como referentes eran, a su vez, académicos o intelectuales o artistas o famosos u otras personas respetadas, quienes jamás serían públicamente denigrados o ridiculizados por aquellos cuyo pensamiento tuviese distinta orientación política.

De hecho, el lenguaje que manejaban públicamente los políticos era, hasta cierto punto, mesurado.

En aquella época era impensable (ojo, hablo solamente desde el punto de vista del discurso periodístico) —aunque los medios de comunicación libraran su rol habitual en ese juego de necesidades e intereses que determina el flujo de la información— que un medio, al querer mostrar una imagen intencionalmente negativa, usara un discurso ideológico.

Parecía imposible imaginar entonces que los medios llegarían a tener un lenguaje abiertamente parcializado, donde mostrarían una izquierda y una derecha políticas en permanente conflicto, y que tal debate ideológico se elevaría al papel protagónico en la escena de todos los días.

Tomando partido

Esa realidad que quedó en el pasado es probablemente rechazada hoy por muchos de los periodistas que ejercen la profesión en Venezuela y es defendida por otros tantos, porque el compromiso ideológico se ha vuelto parte visible de su trabajo.

Por ejemplo, periodistas afines al actual gobierno venezolano podrían refutar recordando que aquella era una época de alienación, donde todos los actores sociales trabajaban mancomunadamente para mantener el estatus quo y la hegemonía del poder económico y del capitalismo como sistema de dominación en el mundo, y que entonces nadie se cuestionaba si el discurso que recibíamos de los medios estaba o no cargado de ideología, por lo que la imposición de una visión de sumisión a los intereses económicos de la oligarquía y hegemónicos del imperialismo extranjero pasaba desapercibida a los ojos de la mayoría.

Por su parte, periodistas de oposición dirían que el discurso de lucha de clases se ha impuesto por la profusión de medios oficialistas y por el silenciamiento de los demás;  que es propangandístico, mentiroso y violador de los derechos del libre flujo de la información y que busca legitimar a un gobierno al que ellos califican como autoritario, para usar el menor de los adjetivos.

¿Cómo es posible esta diatriba sin conciliación? ¿Qué hace de los periodistas unos militantes en su trabajo? Pues no se trata solamente de ser muy pragmático y de garantizarse el puesto, se trata de que el periodismo es un oficio que obliga a los periodistas a tomar partido.

Libertades y virtudes

El periodismo se maneja sobre supuestos ideológicos muy claros: Tengo algo que decir y debo poder decirlo a través de estos canales sociales a la mano. Es mi supremo privilegio como periodista y también mi mayor virtud, por cuanto de este modo también ejerzo mi derecho ciudadano a expresarme libremente y garantizo la libertad de los demás. Es algo así como la visión de un súper profesional con virtudes heroicas.

Pero entre las lecciones de ética que recibimos en las escuelas también nos explican ese eufemismo llamado “línea editorial”, sobre el cual tenemos que caminar cuidadosamente pues no somos dueños del canal de comunicación donde estamos trabajando.

De modo que, para trabajar en una empresa de medios de comunicación es prácticamente indispensable que el periodista, si no sea afín ideológicamente, al menos esté públicamente comprometido con su posición, lo cual, claro, se reflejará abiertamente en su trabajo.

Esto, entiéndase, más que una condición sine qua non para trabajar es un comportamiento lógico y dictado por el sentido común.

El comunicador se aferrará con pasión a los principios que le enseñaron en la Academia y hará de ellos una herramienta, lo cual le llevará a la constatación de que está, en la práctica, ideológicamente comprometido hasta la última coma con lo que expresa. O entonces se irá con sus preguntas y sus palabras a otra parte.

Convivir como “ni ni”

Hasta este punto del racionamiento todos estamos de acuerdo en lo esencial: en algún momento de la historia reciente hubo una ruptura del discurso periodístico y, en Venezuela, tal cambio es sintomático del cambio político y social que hemos experimentado y cuya evolución nos ha llevado adonde estamos ahora.

Como resultado de nuestro proceso particular, los medios oficialistas venezolanos se volvieron punteros de la lucha contra los enemigos mediáticos e ideológicos de aquí y de allende las fronteras, pero también espejos de la propaganda oficial, mientras que los medios privados  —otrora más o menos radicales— se replegaron en una sola y tímida etiqueta: “ni ni”, donde ya no hacen oposición y, en cambio, muchos se alinean favorablemente.

Pero buscar objetividad desde las posiciones comprometidas es muy difícil. 

Muchos periodistas sienten que han llegado a una encrucijada donde tendrán que perder una parcela de dignidad para seguir adelante. 

Otros se sienten en la obligación moral de dar la batalla ideológica cueste lo que cueste, pues dar una visión crítica de la cuestión social implica el desmontaje del discurso dominante que impone valores y moldea mentalidades.

Para los periodistas de oposición, no denunciar al gobierno significa renunciar a sus ideales, callar ante los atropellos y crímenes, amordazar la verdad.

Para los periodistas favorables al gobierno, la "prensa golpista" venezolana, que en el nombre de una falsa libertad se erigió a sí misma en poder de facto y que presenta a los políticos golpistas como víctimas de represión, está pagando el precio. El gobierno la enfrenta como actor político desestabilizador y la combate como tal. 

Todos, no obstante, se arropan en el protagonismo del periodista y del medio y ven la noticia como arma ideológica.

En mi opinión personalísima, con la cual no quiero sino señalar los cambios ocurridos en los últimos años en materia del discurso periodístico, en Venezuela hemos llegado al punto ciego de la contradicción. 

Es algo así como el punto de la tragedia, ese punto en el que el pulso entre libertades y necesidades tiene un desenlace que no por anodino resulta menos dramático.

Si convenimos en que la política tiene el mismo fin u objeto que la ética, que es el devenir, la contingencia, la posibilidad de que algo suceda o no suceda en la existencia y en la convivencia humanas, debemos convenir también en que la política que niega la convivencia (e incluso la existencia ) con el contrario o que quiere su exterminio absoluto no es, ni mucho menos, ética.

Por extensión, el periodismo que niega al contrario político es un despropósito.

Y el periodismo que adoctrina, en teoría, es una aberración.

Nudo ciego. Allí estamos.

domingo, 1 de julio de 2012

Tele-vote

Marcelo J. García

You have not seen anything about media influence on politics in Latin America until you have seen Mexico. As the region’s second-largest economy goes to the polls to pick a new leader tomorrow, the presidential campaign exposed more than ever before the embedded interests of some of its politicos and the media establishment, most notably the Televisa empire.

The public debate in Mexico needed some help from foreign press friends. Britain’s The Guardian published a series of documents indicating that front-runner Enrique Peña Nieto of the PRI Institutional Revolutionary Party had purchased some favorable coverage from Televisa. The Guardian said it did not have evidence about the authenticity of the documents but that “names, dates and situations” mentioned in them “lined up with events.”

Televisa is not just another television station. It is the largest media business in the Spanish-speaking world and it controls around two-thirds of programming and audience in Mexico’s broadcast television. Its kingmaker powers have been traditionally considered almighty. Peña Nieto is a relatively young politician the English-language foreign press describes as a “telegenic matinee idol,” and whose party, which a Guardian columnist dubbed as “ideologically nebulous,” seeks to reclaim power after a 12-year impasse interrupting a seven-decade command.

While the soap-opera-watching masses are likely to catapult Peña Nieto (and PRI back) to Los Pinos tomorrow, many Mexicans have voiced their anger at what they see as media manipulation in Mexican politics. Parallel to the feel-good coverage deal allegations between Televisa and Peña Nieto, a group of students organized a social-media grassroots movement targeting both PRI and Televisa. The camel’s back was broken by alleged biased coverage by Televisa of a demonstration of 131 students against Peña Nieto at a private university. The station adopted the PRI party line that the protesters were not students but political activists. The movement that followed was named #YoSoy132 (I am number 132) and replicated en masse in social media like Twitter, causing a headache or two in Peña Nieto’s winning camp. Its main demand was freedom of expression and media reform, and its main complaint was that Televisa was “imposing” Peña Nieto’s presidential bid on the Mexican public. A #YoSoy132 group staged a thank-you serenade outside The Guardian offices in London this week.
To have foreign media unearth alleged tricky media plays should be a disgrace for any country’s media system. Televisa reacted in predictable proud fashion, denying the allegations and demanding an apology from The Guardian on the grounds that the British newspaper was engaged in a “defamation campaign” against the network. Televisa has taken a reputational blow, no doubt. One Mexican voter wrote: “This Sunday, Televisa wants us all to set our clocks back 70 years.”
Televisa’s anger at The Guardian prompted a statement from the newspapers’ spokesperson saying that Televisa had been given the opportunity to tell their side of the story but had declined. In the spur of the spat with Televisa, The Guardian also resurfaced some chapters of the Mexican WikiLeaks folder. One US State Department diplomat, for instance, wrote in a cable that it was “widely accepted that the television monopoly Televisa backs the governor (Peña Nieto) and provides him with an extraordinary amount of airtime and other kinds of coverage.” The cable, signed off in September 2009, was titled: “A look at Mexico State, Potemkin village style.” The US Embassy in Mexico was also highly critical of a communications law passed after virtually no debate in 2006 to favour the status quo interests of the two main television stations, Televisa and TV Azteca. “With the campaign season in full swing, no one seems to want to upset Televisa or Azteca (which also stands to gain much from the bill) for fear of losing prime advertising slots at good prices,” reads the cable.

It remains to be seen whether this open discussion on the state of the media in Mexico could eventually lead to reform. Many of the answers will be in the polls tomorrow, but there is also a general trend toward the neutering of broadcasting monopolies that no leader — especially those hailing from the younger generations — should deny.

In the case of Argentina, for instance, the first shows of public unrest at media manipulation date back to the 2001-2002 crisis. Concrete change, policy-wise, only happened almost a decade later, when the government of President Cristina Fernández de Kirchner got Congress to pass new broadcast media legislation largest targeted at the Grupo Clarín conglomerate. The revamping of the mediascape under the terms of the new legislation has only taken baby steps. Peña Nieto’s PRI may not carry the fire of reform. But this campaign seems to have grown the roots for future changes.

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Publicado por Buenos Aires Herald el 30-6-2012.

jueves, 14 de junio de 2012

“Hay que acostumbrarse a la web que tenemos”

Mariano Blejman, París.

Se huele el poder. En el medio de la transición digital sin retorno, cuatrocientos editores de los medios más poderosos del mundo intentan comprender el cisma que ha provocado Internet en la circulación de información a nivel mundial. Durante tres días, en el Hôtel de Ville en París, se siente de una manera particular la mezcla de elefantiásicos diarios centenarios que reescriben sus métodos de producción y se apropian de una cultura que históricamente no les pertenece, la cultura digital, que aguarda en los pasillos del futuro y se prepara para trabajar de una manera inédita: el periodismo abierto, la influencia definitiva de la cultura del software libre en la cotidianidad de los medios transnacionales, y un “hashtag” que hace unos años habría sido impensable para el establishment editorial: #hackthenewsroom dicen en Twitter, hay que “hackear” las redacciones. Se huele algo de incertidumbre, también. Porque el periodismo avanza por las cuatro pantallas: la web, los teléfonos, las tabletas y los televisores y una impresión en papel que baja de manera acelerada en coincidencia con la digitalización de las sociedades.

El programa desarrollado por la Global Editors Network es una muestra clara de la importancia de los viejos y nuevos actores: Jim Roberts, de The New York Times; Peter Bale, de CNN Internacional, y Juan Luis Cebrian, director ejecutivo de El País, compartían sanguchitos y canapés con Alastair Dant, del equipo interactivo de The Guardian, los “pibes” de CartoDB, un increíble software para generar mapas interactivos, o escuchaban a Douglas Arellanes, de SourceFabric, un administrador de contenidos de licencia libre desarrollado por unos checos muy simpáticos. En la otra esquina del cuadrilátero, Dan

Green, director de acuerdos estratégicos de la Fundación Bill y Melinda Gates (sí, ¡el de Windows!), que junto a Warren Buffet crearon el fondo de inversión más grande del mundo, cerca de 50 mil millones de dólares, para realizar donaciones filantrópicas alrededor del mundo junto a Madhav Chinnappa, jefe de acuerdos estratégicos de Google, hacía de “guardián” a Krishna Bahrat, ni más ni menos que el fundador de Google News. Finalmente, corrían de abajo y peleaban por las tarjetas de los señores de corbata los nuevos emprendedores dispuestos a repensarlo todo: nuevos soportes, nuevos formatos, nuevos conceptos, nuevas plataformas para “enterarse” de cómo viene la mano.

Y en el medio de la vorágine, mientras el consultor inglés Jim Chisholm defendía la prensa escrita como modelo de negocio, aseguraba que Twitter y Facebook eran los grandes “chupadores de marcas”, decía que los medios impresos también descienden en venta porque sus editores han abandonado el papel a su suerte y mandaba a los contadores a “juntarlos en un mismo cuarto y matarlos a todos”, la poderosa platea se preparaba para presenciar el primer premio de periodismo de datos (datajournalism, en la jerga, ver recuadro) en cuya presidencia reside el prestigioso Paul Steiger, actualmente al mando del genial sitio ProPublica, antes gerente editorial de The Wall Street Journal. El periodismo de datos es un tema caliente de todas las grandes y no tan grandes redacciones vanguardistas: visualizaciones, cruces de datos, análisis de fuentes, mapas y líneas de tiempo que cuentan historias de maneras impensadas, que acaban de explotar con la salida del primer manual Data Journalism Handbook, auspiciado por la Open Knowledge Foundation y coordinado por Liliana Bounegru, del European Journalism Centre.

Una carrera por generar nuevos estándares, por producir nuevas plataformas, provocó la sensación de que se trata del momento cero del “nuevo” nuevo periodismo, que se está reinventando a una velocidad todavía no percibida por la mayoría de los editores, sobre todo en América latina. Y aquí, una vez más, otra intersección entre dos mundos que antes no se tocaban: si algo ha sido centrado, cerrado y vertical es la producción periodística que choca contra la filosofía del software libre, estimulado por organizaciones sin fines de lucro como la Fundación Mozilla, creadores del navegador Firefox. Mozilla tiene una larga tradición en la generación de estándares abiertos y ha influido fuertemente en medios tradicionales para generar herramientas de software libre, metodología que choca contra los compartimentos estancos. De allí su interés en que los grandes medios se abran hacia metodologías abiertas.

Sólo basta con mirar los números de aquellos que se dedican a producirlos en serio para saber hacia dónde va la industria: en 2015, la cantidad de usuarios de redes sociales rondará los 1700 millones de personas (contra los 1300 millones actuales) y pasará del 65 al 70 por ciento de los usuarios totales de Internet. Los datos pertenecen a una investigación dirigida por Martha Stone, gerente general de la consultora Worlds Newsmedia Network.

Pero la tendencia en tamaño del mercado móvil es mucho más auspicioso: Idate espera que pase de tres mil millones de dólares en 2012 a casi siete mil millones en 2015, mientras que en Asia pasará de 7 mil a 17 mil millones de dólares. Razón más que evidente para estudiar los comportamientos de la generación de “los inclinados”, jóvenes con el cuello encogido hacia abajo, mirando siempre hacia los dispositivos móviles: según un estudio de comScore de agosto de 2011 en Estados Unidos, los lectores usan los teléfonos móviles, las tabletas y las computadoras personales para leer las noticias de manera combinada: un pico parecido entre los tres formatos en horas de la mañana, un descenso del celular y la tableta en horario laboral (donde la gente lee las noticias en computadoras o notebooks) y un aumento ostensible al cierre del día para las tabletas. “Hay que acostumbrarse a la web que tenemos y no esperar la web que queremos”, les dijo Eric Hazan, de McKinsey & Company, a cuatrocientos poderosos editores de medios planetarios, más acostumbrados a crear la realidad que a contarla.

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Publicado por Página 12 el 10-06-2012.

lunes, 11 de junio de 2012

El poder de los medios: diferencias entre Brasil e Inglaterra

Venício Lima, Londres.

La Inglaterra del siglo XVII constituye la referencia moderna obligatoria para el entendimento de la libertad de expresión republicana, centrada en la vita activa y en el autogobierno. El país de John Milton y Tom Paine ha sido uno de los escenarios fundamentales del debate entre republicanos y liberales en torno a la idea de libertad, además de que fue allá donde se constituyeron importantes modelos de prestación del servicio público de radiodifusión (BBC), de regulación (OfCom) y de autorregulación (PCC) de las actividades de los medios.

Por todo ello, las revelaciones hechas públicas originalmente por el tradicional The Guardian, a comienzos de 2011, sobre prácticas periodísticas criminales llevadas a cabo rutineramente por el tabloide News of the World, del grupo News Corporation, desencadenaron reacciones inmediatas por parte del gobierno británico, de instituciones privadas y de ciudadanos.

Una investigación ya fue concluida en la Comisión de Cultura, Medios y Deportes de la Cámara de los Comunes y su informe fue divulgado el pasado 30 de abril; al menos otras tres todavía están en curso en el ámbito de la Policía (Weeting, Eldeven y Tutela); mientras que varias acciones civiles impuestas por ciudadanos que se consideran víctimas de invasión de privacidad también están siendo tramitadas. Y la investigación más importante de todas, ordenada por el primer ministro con el objetivo de esclarecer “el papel de los medios y de la policía en el escándalo de escuchas telefónicas ilegales” (caso Levison), en julio de 2011, sigue interrogando, entre otros, a periodistas y empresarios.

Una de las consecuencias más concretas de estas denuncias ha sido hasta ahora el anuncio, en febrero pasado, de que la agencia autorreguladora (PCC) sería cerrada para dar lugar a otra institución, con poderes de interferencia más eficaces.

¿Y en Brasil?

En las últimas semanas los brasileños se han enterado de presuntas actividades criminales llevadas a cabo por grupos empresariales privados, políticos en el ejercicio de su mandato y sectores de la Policía y del Poder Judicial, así como de la aparente complicidad de importantes órganos de la prensa tradicional. Si esto se confirma, estaríamos ante un gravísimo deterioro profesional y ético del papel de la gran prensa, colocada al servicio de intereses políticos, privados y criminales.

Escuchas telefónicas apuntan hacia una relación que va mucho más allá de aquella que se admite entre el periodista y su fuente. Hay indicios de que no solo hubo influencia sobre la pauta periodística por parte de la fuente criminal, sino lo que es peor, de una complicidad de estas fuentes con objetivos empresariales y políticos.

Allá y acá

Al contrario de lo que ocurre en Inglaterra, donde la denuncia sobre el News of the World se tornó pública por la acción de un vehículo del gran mass media (The Guardian), en Brasil la primera reacción –con excepción de una red de televisión (Record) y de una revista semanal (Carta Capital) de menor circulación– fue ignorar los nexos de los medios con el llamado escándalo Carlinhos Cachoeira¹.

En un segundo momento, asistimos a la solidaridad explícita y amenazadora de los principales grupos privados de medios de comunicación brasileños con las empresas bajo sospecha.

Una comisión investigadora fue instalada en el Congreso Nacional, pero hasta ahora no ha habido indicios claros de una disposición a investigar los vínculos de esos grupos mediáticos con las acciones criminales.

En Brasil no hay ningún órgano de regulación o de autorregulación de los  medios. Por lo tanto, acciones específicas en esas áreas no existen ni existirán.

Por su parte, el gobierno brasileño ha revelado su total inapetencia por asumir el papel de protagonista en relación con la regulación democrática del sector de los medios de comunicación. Ni siquiera los principios y normas de la Constituição de 1988 relativos al tema han sido reglamentados y, por lo tanto, en su mayoría no se cumplen. Hace décadas que se está anunciando un proyecto de marco regulatorio para el sector de las comunicaciones que, hasta ahora, no se ha materializado.

Al contrario de lo que ocurre en Inglaterra, en Brasil no hay compromiso histórico com la libertad de expresión. Nuestro liberalismo nunca fue democrático y prevalece una censura blanda incluso del propio debate público sobre las cuestiones relacionadas con la regulación del sector de los medios. La bandera de la libertad de expresión se la apropiaron indebidamente los mismos grupos que apoyaron el golpe de 1964, responsable por la censura oficial que hizo víctimas, inclusive, a quienes los apoyaron durante más de dos décadas.

Aparentemente, sin embargo, tenemos algo en común con Inglaterra: graves desvíos en el comportamiento de periodistas y de sus patrones. Pero aún no tenemos en Brasil ni los instrumentos institucionales ni la voluntad ni la fuerza políticas necesarias para enfrentar el poder desmesurado de la gran prensa.

*Venício Lima es profesor de Ciencia Política y Comunicación de la UnB (jubilado) y autor, entre otros, de Regulación de las Comunicaciones – Historia, poder y derechos, Editora Paulus, 2011.

¹ Empresario brasileño vinculado al crimen organizado, encarcelado en febrero de 2012 por un caso de escuchas ilegales que implicó a políticos y a periodistas. (Nota del traductor, esta servidora).

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Publicado por Correio do Brasil el 16/5/2012. Traducción libre.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Acá entre nos: Léeme, que yo digo la verdad

@planetaencrisis

Cuando yo estudiaba Comunicación Social tuve la fortuna de cursar una asignatura llamada Historia del periodismo, dictada por una profesora cuyo nombre no recuerdo pero a quien nunca olvidaré, porque fue la primera vez en mi vida que me reprobaron una materia en la nota final.

La profesora, una señora muy respetada en la facultad, me “raspó” merecidamente, porque yo pasé el semestre más pendiente de flertear con algunos guapos colegas que de la materia en cuestión, en la cual se exaltaban las virtudes del quehacer periodístico de ese modo tan romántico e idealista en que el tema sigue siendo tratando hoy en las escuelas de Comunicación Social de todo el mundo.

En la referida materia, el periodista era presentado como una suerte de súper héroe capaz de arriesgar su vida para entregarnos la noticia y así proteger nuestro sagrado derecho a la información –derecho que, dicho sea de paso, hoy en día es infinitamente más defendido que el derecho de una persona a ingerir el mínimo de calorías necesario para evitar su extinción, según palabras de otro profesor que no me dio clases, pero a quien le tengo enorme respeto.

Recuerdo a mi profesora de Historia del periodismo contando, con lágrimas en los ojos ,cómo los sucesos de 1968 –al parecer ella vivió en París en su adolescencia– le sirvieron de inspiración para estudiar la carrera, porque, según nos explicó, los movimientos de protesta que corrieron como pólvora por el planeta en esa época representaban la quintaesencia de esa necesidad humana de estar informado y de protestar contra cualquier atisbo de censura.

Realmente “prohibido prohibir” es un lema que podría ser, hoy (por 15 minutos), el hashtag más popular de Twitter, si no fuera ya un lugar común desgastado.

Lo cierto es que el recuerdo de la materia y de las lágrimas de mi profesora me vino a la mente ayer, cuando observé un mapa publicado por CNN México en su página de Internet (http://mexico.cnn.com/infografias/2011/12/23/los-indignados-alrededor-del-mundo), y que fue muy “retuiteado” en la mencionada red social.

El mapa, que pretende ser una radiografía de los movimientos de protesta en el mundo, sorprendentemente no señala directamente el sonado Occupy Wall Street, sino que sitúa el ícono indicativo de la presencia de protestas en el sur de Estados Unidos, lejos de las ciudades de este país donde el movimiento contra las políticas que privilegian a los grandes capitales en detrimento de la mayoría de la población ha tenido mayor acogida: Washington, Nueva York y Los Angeles.

Igualmente, llama la atención la presencia en el mapa de los países de Centro y Suramérica (donde, si acaso ha habido protestas, éstas han sido insignificantes con relación a las de Estados Unidos y las de Europa) con igual categoría que España y otros países europeos, donde las protestas han sido de decenas de miles de personas en las calles.

El caso de este mapa, que es anecdótico, me llamó la atención pues, mientras la revista estadounidense Time le ha dado el premio de “personaje del año 2011” a “El manifestante”, recientemente también he leído noticias como la de David Seaman, periodista de la revista de finanzas Business Insider a quien Twitter le suspendió su cuenta por hablar demasiadas veces del Occupy Wall Street y del NDAA (National Defense Authorization Act), bajo los hashtag #NDAA y #OWS.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre el Occupy Wall Street? ¿Ha sido minimizado y "vetado" por la media, como denuncian algunos? Un reciente sondeo de opinión divulgado por los medios estadounidenses arrojó que la mayoría de la población (más del 50 por ciento) cree que estos “indignados” son personas potencialmente agresivas, que están dispuestas a acciones violentas por resentimiento o por haber perdido bienes materiales durante la crisis.

Ahora bien, ¿cómo hace el simple lector para tener una idea más o menos objetiva de temas como éste, que son profundamente ideológicos?

Personalmente creo que nunca voy a dejar de estremecerme al constatar, todos los días y cada vez que leo las noticias en los diarios y medios de comunicación del mundo, que siempre se manipulan de algún modo las informaciones para presentar los temas del modo que más le convenga al editor del medio, sea de la tendencia que sea. No hay noticias inocentes. No hay noticias realmente objetivas.

Desde luego, es perfectamente legítimo el hecho de que los medios de comunicación asuman una posición ante el hecho político. Al fin y al cabo esa ha sido su función primigenia. Muchos diarios nacieron para darle voz a las ideas liberales y progresistas en los albores de nuestras repúblicas, y muchos medios históricamente lograron la hazaña de poner al descubierto colosales casos de corrupción, conspiraciones o injusticias.

Además, en mi opinión, es totalmente cierto que un poder político sin crítica que lo confronte se vuelve totalitario y aplastante. Y es nuestro derecho que exijamos una información veraz, más en un momento en que la información vuela como el viento a través de las redes sociales y que todo puede ser replicado sin que importe su origen.

Pero no dejo de sorprenderme con el hecho de que, en un mundo tan politizado, sigamos creyendo que los medios son “contrapoderes” y “la máxima expresión de la democracia”, como dice otro famoso profesor que me dio clases una vez.

Habrá quien quiera mi cabeza por decir esto, pero después de años y años de trabajar en medios de comunicación estoy realmente convencida de que no hay democracia al interior de ellos: uno escribe lo que el editor pide y del modo en que lo pide, con el lenguaje que él quiere y con el enfoque que él desea. Y si no lo quiere uno no lo escribe.

Además, cualquier estudiante de Comunicación Social sabe que la escogencia de señales visuales, la forma cómo éstas son presentadas y el lenguaje usado son decisivos a la hora de dar el mensaje periodístico, el cual será “leído” de la forma que más le convenga al emisor. Es decir, el receptor no tiene muchas opciones al recibir el mensaje, porque éste viene siempre preñado de intenciones.

Y cualquier periodista tiene muy claro que no es un súper héroe, sino un empleado que debe seguir los lineamientos de su empleador. Y esto no tiene nada que ver con la persecución que pueda sufrir el periodista que investiga al narco o que realiza la encomiable labor de denunciar un crimen.

En otras palabras: no se puede comparar la tarea de un corresponsal de guerra, o la de un periodista que vive en un país donde hay una guerra contra el narcotráfico, como México, o del que vive en un país donde hay un conflicto armado, como Colombia, con las cosas que enfrenta un periodista de un país donde hay una suerte de "guerra" entre los poderes económicos y los poderes políticos, como ocurre en Venezuela, Ecuador, Argentina o Brasil. Son contextos muy diferentes e igualarlos es una simplificación burda y patética.

Y el medio de comunicación no es un contrapoder a priori. Es, más bien, la voz del poder en sí mismo, sea económico, sea político. Mientras refleja los hechos, mientras divulga las "verdades", hace las veces de aparato de propaganda ideológica de los poderes dominantes. Esto sí que es una gran verdad.

Una vez que aceptamos sin prejuicios (sé que esto es realmente difícil) la parcialidad de los medios es que podemos dilucidar cuándo, en qué ocasiones, esos medios sí pueden llegar a fungir como contrapoder de otro poder. Y esto no es un juego de palabras. Sólo podemos hacer una lectura objetiva cuando tomamos conciencia de la falta de objetividad en las informaciones.

En Venezuela, por ejemplo, éste es un ejercicio bastante dificultoso, porque la prensa está casi completamente plegada a sus posiciones. Mientras que la prensa oficialista hace propaganda permanente de las iniciativas del gobierno, no las cuestiona y no da voz a ninguna posición contraria, gran parte de la prensa privada minimiza cualquier iniciativa oficial, tampoco da voz al contrario, hace propaganda a favor de la oposición y no tiene otra misión más importante que la de atacar al gobierno, todo ello envuelto en nubes de animosidad.

Esta visión sesgada y polarizada se traslada a la prensa del exterior cuando se refiere a las cuestiones políticas en Venezuela. Como muestra, un botón: Hace unos días se realizó en Caracas una cumbre de presidentes para crear la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), un incipiente ensayo para construir un organismo regional donde los países se alinearían con nuevas potencias emergentes, como Brasil, en momentos en que el gran líder regional, Estados Unidos, amenaza con seguir arrastrando a sus vecinos a las honduras de su crisis.

La mayor parte de los medios venezolanos y regionales prácticamente no dio cobertura al evento. Lo ignoraron olímpicamente. Algunos medios de otros países de la región se esforzaron por presentar la idea de que la OEA en nada se vería afectada por la creación de la Celac, como si ésta fuera la única lectura que se pudiera hacer.

Extracontinentalmente, para poner un ejemplo pequeñito de la forma cómo se presentó mediáticamente en el exterior de Venezuela el hecho político, durante el primer día de la cumbre de dos días y la mitad del segundo, un importante diario de España mantuvo en su página de Internet una única noticia sobre el tema: Chávez fracasa en el intento de que Latinoamérica prescinda de la OEA
(http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/02/actualidad/1322851591_167301.html). Sólo en la tarde del segundo día, horas antes del cierre de la cumbre, fueron colgadas notas con mayor contexto y profundidad en la página del diario.

Ahora bien, si uno se pone a pensar en la relevancia del hecho surgen, como mínimo, algunas preguntas: ¿Es que los 31 presidentes y dignatarios que vinieron a Caracas lo hicieron solo para darle el gusto a Chávez, bailar al ritmo de su batuta e intentar lograr “que Latinoamérica prescinda de la OEA”?

¿Es que a nadie le interesa saber qué distintas lecturas hay en el fondo del hecho político?

Y, por otra parte, ¿es que, en verdad, eventualmente y si el proyecto se llegara a consolidar, la creación de la Celac no afectaría en nada, nada a la OEA? ¿Qué cosas están en juego, más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, más allá de la propaganda política? ¿Qué es realmente importante entender?

Para evitar caer en la lamentable diatriba repetitiva en la que solemos caer los venezolanos, pondré otros ejemplos un tanto más extremos: muchos de mis queridos amigos judíos están sinceramente convencidos de que existe una conspiración mediática global contra el pueblo de Israel y de que las noticias críticas sobre la segregación de los palestinos no son sino señales –alguna vez profetizadas– de ese ensañamiento. Prácticamente ninguno defiende a sus vecinos árabes y hablar sobre la situación de los palestinos les desagrada bastante, porque sienten que la historia reflejada por la gran prensa internacional, simplemente, no es verdad.

Y en Cuba hay quienes defienden que el injusto y criminal bloqueo contra la isla y la defensa del socialismo justifican la censura, la falta de libertades y otras cuestiones que allí ocurren.

Simplificando mucho la cuestión me atrevo a decir que, en mi opinión, los medios de Israel han hecho un magnífico trabajo con la opinión pública (¿qué rayos significa este concepto?) interna israelí. No es necesario vivir en Israel para darse cuenta de esto, basta leer los diarios online durante un par de días. Y probablemente lo mismo haya pasado en Cuba, en Estados Unidos, en todas partes. Los medios forman nuestra opinión, insisto yo, para usar una enorme simplificación.

El interrogante que surge entonces es si podemos ponernos a buscar una verdad esquiva y dónde la vamos a encontrar, porque parecemos entender el mundo solo a través de las noticias. ¿Y no está el mundo hecho de ellas, o esto es otra simplificación?

miércoles, 23 de febrero de 2011

Abdel Twitter, el egipcio rebelde

Juan Claudio Lechín

Dicen que en la rebelión de Egipto (y Túnez), las redes sociales se han vuelto actores políticos. Inés Bel-Aiba, de AFP, asegura que un ejecutivo de Google, detenido cuando el gobierno clausuró los proveedores de Internet, se ha convertido en símbolo de la sublevación. Esta mirada cunde entre los analistas internacionales.

No hubo, sin embargo, bombardeo mediático sobre las razones de la sublevación. Bastó con saber que Mubarak lleva varias décadas en el poder para dar por sobreentendidas todas las causas. No importó saber quién organizó las protestas, si hay líderes, presos políticos, intervención extranjera (la mano negra), si la “Hermandad Musulmana” está deshojando margaritas esperando la oportunidad para tomar se poder o qué site iluminado que redimirá a Egipto trae en su Ipod el ejecutivo de Google.

El poco avance en materia del espíritu humano (seguimos siendo injustos, asesinos, rateros, opresores, etcétera) se lo debemos a la soberbia. Una de sus facetas, nos hace creer, reiteradamente, que uno, su generación, su grupo o su país, vuelve a descubrir la pólvora. Cada generación cree que el artilugio de su época explica las causas.

Hoy el Twitter aparece como el origen de los cambios, antes fue la radio y, en la revolución francesa, la imprenta. No es trivial, pues esta forma de narcisismo/soberbia adquiere tanto cartel que no le deja espacio a lo relevante, al alma humana y sus esquinas, al pensamiento, la belleza, las causas, la libertad, el diseño de utopías. Y son precisamente los jóvenes, los verdaderamente importantes en cualquier tiempo, quienes honran al artefacto tecnológico depositándole a este tótem sus propios atributos rebeldes y revolucionarios, su necesidad de porvenir.

Las innovadoras redes sociales son apenas medios de transporte que cargan en sus espaldas tecnológicas el mensaje emitido por los seres humanos. Los robots no controlan a la humanidad.

El barón Roschild asistió a la derrota de Napoleón en Waterloo. Envió una paloma mensajera, a su secretario en Londres, indicándole comprar bonos del tesoro británico e hizo fortuna. El acierto bursátil no fue de la paloma, ni tampoco Zuckerberg sublevó al pueblo egipcio.

Esta moda tecnológica tiene mucho de colonialismo intelectual, pues para la opinión global, los individuos de los países periféricos somos cosa secundaria. En cambio, las tecnologías de la patria central explican todo. Es el mismo efecto milagroso que tenían las ideologías europeas cuando Europa era la luz.

La ponderación inmerecida (enlace con la soberbia) de las redes sociales como actores y no vehículos, hará que quedemos estupefactos cuando en el futuro unos ayatolás, y no el gerente de Google, tomen el poder en el Cairo y arrasen; como sucedió en Irán en 1978. Por sentirnos sintonizados en el cóctel-party de la tecnología nos desinteresamos de nuestras complejas realidades. La superficialidad reina en el pensamiento mediático actual.

Los cambiantes artilugios tecnológicos (hoy unos, mañana otros), son la quijada del burro que puede servir para asesinar al hermano o para hacer música tondero. Lo eterno es el alma humana que nos seguirá perturbando hasta la eternidad, y es ahí donde hay que insistir, siempre, todo el tiempo y sin cesar.

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Publicado en El Comercio (Lima) el 12-2-2011.

martes, 21 de diciembre de 2010

Acá entre nos: Libertad de expresión

Morena Blue

Escenas de violencia como las ocurridas este lunes en la ciudad de Caracas, en protesta por la aprobación de varias leyes en la Asamblea Nacional –en especial contra la llamada Ley Resorte- invitan a una reflexión sobre el trillado tema de la libertad de expresión, aunque sea con unas pocas líneas que aborden el asunto de modo tan superficial como las noticias. Veamos.

Un dilema común para quienes se mueven a la izquierda del arcoíris político y han logrado llegar al poder (no sólo en Venezuela, sino en otros países del continente y el mundo) es la forma cómo van a enfrentarse a los defensores de lo que Alfredo Jalife-Rahme llama “neoweberismo hungtingtoniano” (para las políticas económicas, pero que bien vale para las ideas), y que se encuentran blindados tras los poderosos medios de comunicación.

Me refiero a los ciudadanos ricos con poder sobre el contenido de los titulares del día siguiente y con mentalidades muy, pero muy conservadoras, los mismos que prefieren poner las cosas en alto contraste y que no tienen pudor en usar la manipulación, la autocensura y las tácticas de propaganda para lograr sus fines, sintetizando todo esto en la eufemística expresión “línea editorial”.

Para combatirlos, la tendencia de los gobiernos más nacionalistas (léase los más populistas) es apelar también a la retórica moral y la confrontación ideológica, pero echando mano de recursos leguleyos que ataquen al adversario en sus frentes económicos y blindándose tras prohibiciones autoritarias que no aceptan discusiones.

Esta lucha de titanes (que no es nueva, todos lo sabemos) se libra sin que los simples mortales dilucidemos muchos de los verdaderos intereses por detrás, sino que la vemos maquillada de valores morales que la elevan a los altares, además de que ambos grupos de poder nos convencen de que las suyas son las reivindicaciones de las mayorías.

Usar los valores como elemento para movilizar internamente a las poblaciones es lo que en política se conoce como un “juego”, en este caso un juego en varios niveles, usando la terminología de un famoso politólogo estadounidense, y la historia está llena de infinitos ejemplos.

Pero este juego no abre la posibilidad de un debate real y efectivo (negociación) entre los adversarios si estos no ceden en algunos aspectos cruciales.

El debate sobre la regulación ética de los medios de comunicación es espinoso, pero muy actual e incluso necesario en todo el mundo, porque el protagonismo político de los medios, incluidas las empresas trasnacionales de medios, es un fenómeno global que va en aumento.

Eso nos deja a los ciudadanos cada vez más indefensos a la hora de buscar información, pues ésta viene siempre filtrada, seleccionada o sesgada por los intereses particulares. Sin hablar del hecho de que teorizamos sobre una objetividad periodística inexistente.

Infelizmente, respecto a la posibilidad de que ocurra un debate serio sobre el tema en Venezuela, soy escéptica.

Sería preciso involucrar a toda la sociedad en una discusión larga y tendida, mediante un amplio y exhaustivo plan "educativo" que buscara definir primero, por ejemplo, qué carajo es la libertad de expresión, entre otras nociones de carácter ético sobre las cuales no resultaría nada fácil ponerse de acuerdo.

Nos haríamos preguntas como "¿qué rayos es la democracia?". ¡Vaya un concepto esquivo! Usado como trapo por quienes buscan vender una idea de mundo feliz basado en el libre mercado, donde los empresarios son nuestros héroes y los medios de comunicación sus adalides de comiquita, mientras nos olvidamos de los mil millones de personas muriéndose de hambre en todo el planeta.

Recordemos que el concepto brilla por su ausencia en los procesos de toma de decisiones de numerosísimas instancias políticas alrededor del mundo.

En Venezuela hemos defendido la democracia de las urnas, una verdad que se impone como la única, a pesar del hecho puntual de que el país está partido en dos mitades sin que hayamos logrado vencer males endémicos que arrastramos en toda nuestra historia republicana, como la pobreza, la corrupción y la ineficiencia administrativa.

No me interesa defender en este artículo un modelo de gestión económica. Mi comentario es sobre los conceptos de naturaleza ética que están implícitos en la discusión sobre las leyes de medios.

El debate sobre la ética no es fácil ni sus objetos de discusión tienen una sola lectura. Pero lo cierto es que nos encontramos ante un momento histórico particular, donde el papel de los medios está en destaque cada vez con mayor fuerza.

Haber aprobado la Ley Resorte en un paquetazo hecho por diputados acuartelados ha sido un error político que tendrá consecuencias. También se perdió la oportunidad de implementar una estrategia más honesta y más integradora para toda la sociedad para abordar este tema tan complicado.

Nos preguntamos hasta dónde debe llegar la Ley, hasta dónde la libertad de acción o de expresión (que no es lo mismo que la libertad de opinión). Pero no podemos justificar lo que no se puede, aunque los bordes sean difusos.

En su afán por huir de las maniobras maquiavélicas del adversario, en detrimento de su proyecto político, de los ideales de justicia social y de buscar “la mayor suma de felicidad posible”, el actual gobierno de Venezuela se tropieza con sus contradicciones ideológicas y con el fruto amargo que ha sembrado.

¿Qué es exactamente lo que no podemos decir? ¿Quién va a decidir sobre lo que es inapropiado y lo que no lo es? ¿Quién será el censor que hará los juicios morales sobre los delitos mencionados de la Ley Resorte? ¿No nos garantiza la libertad plena de pensamiento y de expresión nuestra Constitución de 1999?

Lo más trágico es que, en medio del reavivamiento de una polémica que debía ser fundamental, sigamos inmersos en la debacle social, en la fractura. Y que nadie diga que no es una debacle el que, a estas alturas, veamos escenas de violencia política en las calles de Caracas.

Que nadie diga que no es una debacle que, después de todo lo que vivimos, todavía se hable de magnicidio, golpe y todo lo demás, y que haya actores políticos incitando a “tomar las calles” a través de los medios de comunicación.

¿De quién es la culpa de la radicalización? De los espectadores, usuarios, electores, ciudadanos comunes, definitivamente no es.

Me inclino por pensar que somos los peones en un tablero en el que los poderes fácticos juegan irresponsablemente con nuestras pasiones, como lo hicieron hace poco con la disputa con Colombia, como lo hicieron durante el paro en 2003 y como lo hicieron durante las deplorables “guarimbas” (protestas violentas) que secuestraron nuestras ciudades durante años.

¿Esto es lo que nos espera en el año preelectoral que pronto comienza? ¿Volveremos a ver, las 24 horas por la televisión, a una Venezuela dividida por el odio más feroz, cooptada y azuzada por los medios (privados y públicos) para ir a la calle a matarse, en nombre de la libertad?

Si es así, preparémonos para una lucha a muerte.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Acá entre nós: Pobres lectores

@planetaencrisis

“Patética” e “indignante” son dos buenos adjetivos para describir la cobertura que, durante este lunes, hicieron los medios venezolanos (privados y públicos) de la posible discusión, a ocurrir eventualmente en cualquier momento, de la Ley de Telecomunicaciones y de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión en la Asamblea Nacional de Venezuela.

En los portales de Internet perdí más de una hora en una búsqueda inútil, intentando obtener información objetiva sobre la reforma que supuestamente se hará a estos instrumentos jurídicos, según informan los medios privados.

Las noticias señalan que, en el Congreso, los diputados chavistas están trabajando a marcha forzada para aprobar las leyes pendientes, antes de que se concrete, en enero, el cambio de fichas dibujado por las recientes elecciones.

Pero mi decepción es mayúscula: Al menos el día de hoy, no he podido encontrar ni una sola línea, ni un análisis serio, objetivo, nada. Ni siquiera una infografía que me aclare realmente cuáles son los puntos a ser modificados y hasta dónde llegan estos cambios.

En la prensa privada los titulares son, literalmente, opiniones expresadas por distintos voceros oposicionistas. No hay ni una sola entrevista a un vocero oficial que lo confronte sobre temas de fondo. No hay análisis científicos presentados objetivamente (he aquí un ejemplo: http://www.ntn24.com/node/104271).

Por increíble que parezca, en la prensa del Estado tampoco vi ni una línea sobre la reforma de estas leyes. Era como si el tema no existiera y las notas estaban centradas en la Ley Habilitante.

La página de CONATEL (Comisión Nacional de Telecomunicaciones) contiene vínculos a documentos con las leyes vigentes, pero no vi informaciones sobre los puntos sensibles de ser objeto de reforma (http://www.analitica.com/bitblio/conatel/default.asp).

No puedo negar que sentí una terrible angustia porque, durante toda la tarde, el canal de noticias Globoviasión (que decía ser la víctima principal de esta reforma) difundió este tema como única noticia, con la conocida “música de crisis” como telón de fondo e imágenes de archivo que se repetían una y otra vez.

Personalmente tengo muy malos recuerdos de coberturas anteriores con similares características.

Los titulares leídos por el ancla eran las opiniones airadas de los miembros de la oposición y de directivos de organismos del gremio periodístico a escala regional, como la SIP.

Durante horas, diputados de oposición, alcaldes, analistas, desfilaron en los micrófonos e hicieron llamados a la movilización y a la protesta en las calles, contra “el modelo cubano que se está queriendo imponer” y la “violación a las libertades democráticas”.

Insólitamente, y a pesar de las enormes implicaciones de tales llamados, los diarios, de forma bastante igual al referido canal de TV (y que también se autocalifican como “independientes”), no contextualizaban las declaraciones. Es decir, nada explicaba claramente a los usuarios cuál “verdad” era esa que les estaban cercenando.

Tampoco mostraban las opiniones o réplicas de los actores principales y objeto de las críticas, es decir, de los diputados chavistas.

Por su parte, ningún periodista de medios oficiales cubría el hecho segundo a segundo, como nos han acostumbrado los medios estatales ante otras coyunturas. Tampoco hubo, como en otras oportunidades, trabajos más profundos sobre estos temas espinosos.

En reportes esporádicos, periodistas del referido canal de TV oposicionista relataban la situación en los alrededores de una Asamblea Nacional protegida por un cerco militar, donde los diputados oficialistas aceleraban, acuartelados, la aprobación de estas leyes polémicas.

Según los reportes “de lejos” de los medios privados, ocurría algo así como un golpe de Estado por parte de los congresistas.

Todo el mundo sabe que aprobar a toda prisa leyes, antes de que llegue la nueva legislatura, es práctica común de todos los sectores políticos en todos los países del mundo. Pero hagámonos preguntas.

Primero, sobre las leyes de comunicación, ¿no es posible decir que la población, a estas alturas, todavía las desconoce? ¿Para qué sirven, realmente?

¿Cómo podemos definir la “verdad” que los usuarios de los medios de comunicación no conocemos y que los medios privados dicen defender? 

Segundo, ¿sirve a los fines de quien elaboró las reformas el hecho de que se aprueben de este modo?

¿Qué es lo que se perdería, en términos políticos, si se hubiera fomentado desde hace tiempo un amplio debate? ¿Cómo debatir si no es respondiendo al oponente?

Si se aprueban las reformas de estos instrumentos a toda prisa puede que se evite un periodo de pugnas que, ya de arranque, pondría en jaque el funcionamiento de un Congreso compartido.

No obstante, una vez más, el Gobierno habrá desperdiciado la oportunidad de llevar a cabo un debate político que incluya a otros sectores, combatiendo así la imagen de autoritarismo y represión en que lo encasillan sus opositores y dando pasos hacia una mayor convivencia.

La Ley de Telecomunicaciones y la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, por la naturaleza ética de muchos de sus aspectos, ameritan un amplio (y educativo) debate social que las desmitifique y que aleje de ellas el carácter exclusivamente mercantilista que han tenido instrumentos de este tipo implementados en otros países.

Pobres de nosotros, lectores de la prensa (venezolana y de todo el mundo exterior, que sólo verá una copia), pues una vez más asistimos a la pugna entre poderes económicos y políticos sin obtener las informaciones necesarias para formarnos una opinión libre de sesgos.

martes, 23 de noviembre de 2010

Acá entre nós: ¿Hacia dónde evoluciona CNN?

@planetaencrisis

Estoy impactada por el remake de CNN en Español después de su traslado a Miami. No lo podía creer, anoche, cuando vi el principal producto de esta cadena de noticias transformado en una versión “refrita” (aunque más elegante, si es que cabe tal adjetivo) del noticiero de Univisión.

A decir verdad, percibí una fuerte “miamización” de los productos de la ahora CNN Evolution, tanto en forma como en contenido, y la inaudita intención de fusionar en un “new style arroz con mango” los mensajes destinados al público mexicano (norteamericano), al suramericano y al centroamericano-caribeño.

No sólo el formato de Panorama Mundial se parece ahora al del noticiero estelar de Univisión: la primera entrevistada de Cala, una revista que escapa a la dimensión treinta minutista de toda la producción de CNN, fue Gloria Estefan.

La bipolaridad norte-sur dentro de América Latina ha sido una constante en el modelo comunicacional que las trasnacionales de la información han aplicado a nuestra región en la historia reciente —primero las agencias de noticias y ahora las cadenas de TV— mediante el seccionamiento de sus programas y la búsqueda de estrategias diferentes para cada zona geográfica.

Igualmente, la elección de anclas y presentadores carismáticos representativos de algunas regiones en particular han sido intentos por ocupar plazas regionales del mercado, ante la complejidad cultural del espacio hemisférico.

No ha sido una estrategia de las trasnacionales de la información el convertirnos en un gran mercado latinoamericano, unificado mediante políticas comunicacionales orientadas en ese sentido.

Sin entrar en el debate de la transformación de los medios ni abordar los temas comerciales o detalles particulares que pudieran haber ocurrido tras bastidores, el que haya cambios de fondo y de forma en los productos de CNN en Español me hace preguntarme qué es lo que planean los empresarios de la información para nosotros, que somos su área de influencia y su laboratorio mediático.

La interrogante es respecto a la política editorial, visto que esta empresa trasnacional es un actor con creciente protagonismo en los procesos nacionales y regionales latinoamericanos.

Tal vez el escenario forjado por la tecnología y a las transformaciones paradigmáticas que sufren los medios de comunicación en todo el mundo esté impulsando los "cambios" editoriales de CNN, que por primera vez parece querer ponernos a todos en un mismo saco: el de Miami.

Pero estamos obligados a preguntarnos en qué nos favorece tal cambio a los espectadores, cautivos de las tendencias y de las posiciones políticas contenidas en los mensajes, aquello que cándidamente llamamos "línea editorial".

Muerte lenta

Al margen de los comentarios anteriores, una sorpresa de CNN Evolution fue la movida de piso a la veterana Patricia Janiot, imagen institucional y principal ancla.

Confieso que sentí pena ajena de ver a la dama —leona del periodismo estilo gringo y cuya actuación muchas veces provocó en mí aquel molesto arqueo de cejas— con pantalla picada y “media” estelaridad. La cámara de lejos fue otro detalle cruel.

Me dio la impresión de que estaba empezando una especie de reality show con la muerte lenta de esta señora en representación de la nueva estrategia, lo cual, si fuera cierto al menos en una ínfima parte, sería de muy mal gusto y hablaría peor de la ética de esta empresa. Pero en fin... eso no es noticia.