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lunes, 7 de noviembre de 2016

La ignorancia es más costosa que la ciencia

El acelerador de partículas LHC costó, desde su fabricación hasta cuando se descubrió el bosón de Higgs, trece mil millones dólares, aproximadamente el costo de un solo portaaviones. Foto: CERN.























Héctor Rago

La energía que mueve al mundo, los equipos médicos, la nanotecnología, la manipulación genética y la industria de las telecomunicaciones nacieron del intento por comprender las leyes fundamentales de la naturaleza. 

Afirmar que el mundo contemporáneo está moldeado por una sofisticada tecnología, es afirmar lo obvio. Afirmar que esta tecnología es un subproducto de la investigación básica es mucho menos evidente.

Los sistemas de producción de la energía que mueve al mundo, hidroeléctrica, solar, nuclear; y los equipos médicos que indagan el interior de nuestros cuerpos, la nanotecnología, la manipulación genética, la industria de las telecomunicaciones, internet, las computadoras, los hornos de microondas; todos dependen de la comprensión de leyes fundamentales de la naturaleza.

La tecnología es un producto colateral y deseable de la ciencia. Sin embargo, en general, la motivación de los científicos a la hora de indagar en las leyes naturales no es la eventual aplicación práctica o tecnológica. Es más bien la motivación de comprender el funcionamiento oculto de la realidad. La naturaleza nos propone enigmas y el ser humano es un reconocedor y un descifrador de enigmas.

James Clerk Maxwell buscaba develar la estructura de los campos electromagnéticos. Y sus ecuaciones sugerían que una corriente oscilante emite ondas de radio. Esa predicción teórica vislumbró el inicio de la radiodifusión.

La generación de jóvenes físicos que desentrañaron los enigmas del mundo cuántico no sospechaban que las leyes que descubrían harían posible las computadoras, los celulares, el laser entre muchos otros productos tecnológicos.

Paul Dirac buscaba averiguar el comportamiento de un electrón a altas velocidades, y la ecuación que lo describía permitió predecir la antimateria. Luego la tecnología fabricó los tomógrafos de emisión de positrones, las antipartículas de los electrones,  para saber de nuestros órganos.

Albert Einstein no pensó en ninguna aplicación práctica cuando concebía que el espaciotiempo  curvo explicaba la gravedad.  Pero el sistema GPS funciona gracias a una sofisticada predicción de su teoría, acerca del comportamiento del tiempo en campos gravitacionales.

Parodiando a la famosa expresión L ´art pour l´ art de comienzos de siglo XIX, la actitud general de los científicos es “la ciencia por la ciencia misma”, por la aventura intelectual de hackear los códigos de la naturaleza, y no por la eventual utilidad que pueda tener.

Es cierto que hay áreas de la ciencia mas cercanas a las aplicaciones que otras. Estudiar la superconductividad a temperatura ambiente promete más aplicaciones que la presunta teoría cuántica de la gravitación, pero los caminos de la ciencia son curiosos y nunca se sabe si de una teoría muy abstracta pueden derivarse aplicaciones prácticas.

¿Que la ciencia es costosa? Sí, los grandes experimentos para explorar el mundo subatómico o el universo, requieren de una tecnología de punta muy sofisticada que costosa. Además hay que pagar a científicos, ingenieros, computistas y técnicos, todos con altos niveles de formación. Por eso muchas veces son financiados con colaboraciones entre varios países y con participación de muchas universidades y centros de investigación. La ciencia actual es costosa, pero es valiosa. Veamos.

El telescopio espacial Hubble costó menos de tres mil millones de dólares, pero nos regaló una nueva imagen del universo y ha producido cerca de más de cinco mil artículos científicos. En cambio. cuatro años de la guerra de Irak costaron cientoveinte veces más que el Hubble y ha producido más de cien mil muertos.

La máquina más compleja jamás construida por la humanidad, el acelerador de partículas LHC costó desde su fabricación hasta cuando se descubrió el bosón de Higgs, trece mil millones dólares. Eso es lo que cuesta aproximadamente un solo portaaviones. El detector LIGO, que descubrió las ondas gravitacionales en septiembre de 2015, costó seiscientos millones de dólares en veinte años, mientras que un submarino nuclear cuesta veinte veces más.

¿La ciencia es costosa? Sabemos que la ignorancia es mucho más costosa. Conocer las intimidades de la materia que nos forma y saber la historia del universo es comprender mejor nuestra relación con él y no morir en el intento. Y la verdad, no resulta tan costoso.

Publicado por El Espectador el 7-11-2016.

lunes, 21 de mayo de 2012

Robotizando la guerra

Juan Gelman

El presidente Obama confirmó que EE.UU. ataca la zona tribal del noroeste de Pakistán con aviones no tripulados (ANT) (www.bbc.co.uk, 31112). No es una novedad desde que esa forma de intervención militar comenzó en el 2004, pero es la primera admisión oficial de su existencia. De hecho, los bombardeos con ANT se cuadruplicaron con creces bajo el gobierno estadounidense actual en relación con la era W. Bush. El Pentágono está desarrollando un nuevo tipo de guerra para evitar futuras invasiones.

Los ANT son relativamente baratos, en especial si su costo se compara con el del caza F35, el más avanzado hasta ahora que produce la Lockheed Martin: unos 300 millones de dólares cada unidad. Pueden volar largas distancias y cruzar cualquier frontera sin peligro para la tripulación, porque no la tiene, permanecer en el aire mucho tiempo y los manejan electrónicamente militares cómodamente sentados en bases que a veces están muy lejos del objetivo, por ejemplo en Nevada, EE.UU. Son capaces de despegar y aterrizar en la cubierta de los portaaviones y se trabaja en un modelo que pueda aterrizar sin control humano. No es casual que conserven un lugar destacado en los presupuestos de guerra estadounidenses pese a los recortes anunciados.

El Pentágono ha destinado bases para los ANT en buena parte del mundo: se estima que son 60, por ahora, y se conoce que algunas funcionan en Djibuti, los Emiratos Arabes Unidos, Afganistán, las islas Seychelles. El capturado en Irán prueba que también se utilizan en misiones de espionaje. Son ideales para violar espacios aéreos ajenos y, además de los paquistaníes, los vienen sufriendo los yemenitas.

Obama se apresuró a señalar que la mayoría de las víctimas causadas por los ANT en Pakistán figuraban en “una lista de terroristas” y que las bajas civiles “no son grandes”. Como, salvo excepciones, no se conocen sus identidades, puede que sí y puede que no. John Brennan, asesor principal del mandatario en materia de contraterrorismo, llegó a afirmar el año pasado que el número de muertes de civiles era igual a cero (www.latyimes.com, 29611). Hay informaciones que lo contradicen rotundamente.

La oficina de periodismo de investigación de la City University de Londres advirtió el año pasado que al menos 175 niños figuraban entre las más de dos mil víctimas de los ANT hasta ese momento (www.thebureauinvestigates.com, 10811). La institución –que durante cuatro meses llevó a cabo un trabajo de campo en Waziristán, la zona lindante con Afganistán que sobre todo padece las incursiones programadas a miles de kilómetros de distancia– subraya en sus estudios más recientes que los ataques se dirigen también a quienes procuran rescatar a los heridos, a reuniones tribales, funerales y bodas (4212). Amnesty cuestionó la legalidad de estas incursiones que violan la soberanía nacional de Pakistán. La Casa Blanca las justifica con su habitual desparpajo: “... de acuerdo con el derecho internacional, tenemos la autoridad para actuar contra Al Qaida y sus fuerzas asociadas”, dijo Brennan (www.nytimes.com, 17911). “Las fuerzas asociadas” son las mismas que entrenó y financió la CIA para expulsar a los soviéticos de Afganistán.

Hace más de tres años que Noor Behrman, nativo de Waziristán, documenta fotográficamente el impacto de los misilazos de los ANT. “A veces él llega al lugar pocos minutos después de la explosión, deja la cámara a un lado y se ocupa primero de revisar los escombros en busca de sobrevivientes. Un trabajo peligroso y desagradable. Los ANT suelen atacar de nuevo minutos después, de manera que escarbar para ver si hay heridos es arriesgado”, registra The Guardian (17711). Las conclusiones de Behram son terminantes: “Por cada 10 o 15 personas muertas, tal vez abaten a un militante. No cuento cuántos talibán han caído. Cuento cuántos niños, mujeres, gente inocente, han caído”.
Washington ensaya otro artefacto de la guerra a distancia que confiere a los bombardeos aéreos de la Primera Guerra Mundial la calidad de experiencia infantil. Este nuevo robot es el “Vehículo 2 de tecnología hipersónica”, un proyectil capaz de alcanzar un objetivo en cualquier punto del planeta en menos de una hora: estará dotado de una velocidad ocho veces superior a la del sonido y podrá volar 21.000 km en 60 minutos (www.wired.com, 171112). Para qué desperdiciar marines en la ocupación de países ajenos.

Concurren a ese fin los operativos clandestinos de las fuerzas especiales, 60.000 efectivos distribuidos en 120 naciones, es decir, casi dos tercios de los países de la Tierra (www.tomdispatch.com, 5212), que también se dedican a vulnerar soberanías nacionales convirtiéndolas en un papel usado, inútil, sin lugar.

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Publicado por Página/12 el 9-2-2012.

sábado, 19 de noviembre de 2011

viernes, 4 de noviembre de 2011