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jueves, 16 de febrero de 2017

Acá entre nós: 12 tuits sobre la salida del aire de CNN en Venezuela

@planetaencrisis

Rechazo y lamento el retiro de CNN en español de la parrilla de canales de mi proveedora de TV.

Me parece una medida equivocada y considero que no hay nada que la justifique.

Es cierto que los medios de comunicación son brazos políticos de grandes intereses económicos y políticos. Y que son muy influyentes.

Es cierto que las grandes empresas trasnacionales de la información, como actores que son, se posicionan contra los intereses contrarios.

Es cierto que todos los medios tienen una "línea editorial" que es política, y que muchos de ellos tergiversan los hechos mediante el discurso.

Pero aun todas estas certezas no le dan el derecho a nadie a impedir que los medios de comunicación transmitan sus mensajes.

Estar informados es un derecho de las personas, más hoy en día. Yo diría que es una necesidad básica, como alimentación y salud.

No es prohibiendo la transmisión de un canal que se evitarán los ataques políticos de los medios. Ellos forman parte del juego político.

El Poder Ejecutivo debe velar por estándares legales de contenido, no arrogarse juicios morales e ideológicos que no respetan la diversidad.

Si hubo un tratamiento indebido de la información en un caso puntual, debe ser tratado por los canales legales correctos.

El amarillismo no es un motivo de silenciamiento. La falta de objetividad, aunque ofenda, no autoriza a acallar un medio.

Decidir sin debido proceso va contra la democracia y el contrato social. Es ilegal, es arbitrario. No puede justificarse.

domingo, 27 de marzo de 2016

Acá entre nos: Globovisión o la quimera informativa

@planetaencrisis

El canal Globovisión es, en este exacto momento de la historia de nuestro país, un medio periodístico que sorprende, causa orgullo y que es merecedor del sitial de principal referente informativo de los venezolanos.

La mayor parte de su programación es cuidadosamente balanceada para dar espacio a las dos grandes tendencias políticas actuales de Venezuela (chavismo y oposición), mientras que sus periodistas, las cuñas institucionales y toda la imagen del canal televisivo se desviven por reforzar estos atributos de "espacio neutral" ante los ojos avizores del gobierno, de la oposición y de los venezolanos afines al uno o a la otra, lo cual resulta conmovedor para la periodista que suscribe este comentario.

La programación, en general, es perfecta en cuanto a balance editorial, comenzando por el fabuloso programa Vladimir a la 1 y por las emisiones del noticiero. Los programas de opinión mantienen un enfoque que impide que, aunque la selección de los invitados o los comentarios de los moderadores puedan denotar posiciones políticas, se incurra en virulento activismo o en la tendenciosa cobertura que es usual, por ejemplo, en los medios de otros países cuando se trata de informar respecto a Venezuela.

El camino que recorrió Globovisión para llegar adonde está hoy es de todos conocido (y digo todos en el sentido planetario de la palabra): pasó de ser una forma novedosa de traer las noticias al interior de los hogares (al estilo 24/7 que CNN inauguró a fines de los años 80 del siglo pasado) a ser un actor político cardinal en Venezuela y el objeto de una atención global que superó con creces la que le correspondía por concepto de audiencia.

No voy a entrar en detalles sobre el papel que este canal jugó hace 14 años ni sobre su posicionamiento en los hechos políticos venezolanos de entonces, a pesar de que la musiquita inquietante con que editorializaba sus coberturas aún me cause palpitaciones y el recuerdo de sus discursos periodísticos todavía me haga arquear las cejas.

Una cierta emoción me obliga a manifestar mi encantamiento con su línea actual y con el contenido de su programación y, al mismo tiempo, a confesar la triste certeza de que tales cualidades no han de durar demasiado tiempo.

Basta escuchar las críticas absurdas vertidas desde el Gobierno Nacional (he dicho que en nada se parece la actual línea editorial de Globovisión con aquella de hace unos pocos años) y algunas todavía más disparatadas en boca de los usuarios de a pie, sean de una u otra tendencia política (o incluso de ninguna), que lo acusan de autocensurarse.

Soy de las que piensan que la autocensura es praxis en el periodismo desde siempre, pues la línea editorial, los anunciantes y los intereses de quienes financian el medio han sido un filtro de los contenidos desde el comienzo de la prensa. Y el periodismo hace tiempo que dejó de querer parecer objetivo o imparcial.

En nuestra era, los grandes diarios como El País o The New York Times, Le Monde, al iguales que los principales, los medianos y los pequeños periódicos en cada país del mundo, sin hablar de las todopoderosas televisoras, tienen por norma editorializar tanto su contenido que la gente no acostumbra consumir un producto informativo sin el ingrediente opinativo de rigor: el que les dé la razón y refuerce la opinión ya formada. Escogemos los medios por su tendencia.

Por su valioso contenido, el momento comunicacional de Globovisión ahora se me antoja único, fugaz y frágil cual fenómeno natural, aunque no por eso menos notorio y hermoso.

Con tristeza opino que los días de la Globovisión quimérica están contados. Y no apenas por aquella metáfora platónica del Anillo de Giges, sino porque en nuestras sociedades de hoy es la línea política y editorial  lo que otorga valor y prestigio al medio y no la contingencia de la cual éste se ocupa.

Éste es el periodismo humano que más valoramos, donde “humano” no tiene un sentido humanístico moral (y quimérico), mas el sentido político que le damos respecto a su papel en nuestra convivencia como sociedad y del que hacemos una referencia necesaria.

domingo, 20 de marzo de 2016

Apuntes sobre la televisión (2)

Umberto Eco 

En el momento en que un individuo se coloca ante la pantalla, se produce una experiencia bastante nueva que Cohen-Séat llama "fortuitismo inicial". Se está ante una superficie blanca, y en el instante en que la luz se apaga, nos ponemos tensos a la espera de algo que no se sabe aún lo que será, y que de todas formas es deseado y valorado por nuestra tensión. Desde el momento en que se perfila la imagen y se desarrolla el discurso (la historia), Cohen-Séat muestra, con un diagrama bastante claro, que existen varias posibilidades de compromiso psicológico, que van desde la separación critica más total (la persona que se levanta y se marcha molesta), al juicio crítico que acompaña a la fruición, al abandono inadvertido a una evasión irresponsable, o a la participación, la fascinación, o (en casos patológicos) la verdadera y auténtica hipnosis. 

Parece ahora que, a diferencia de cuanto se creía, las posibilidades de vigilancia crítica son escasísimas, incluso en profesionales que asisten al cine en función de críticos (que alcanzan sólo cierto distanciamiento, por lo general, en la segunda visión del film). En realidad el espectador culturalmente dotado oscila entre una tenue vigilancia y la participación, mientras que las masas se decantan rápidamente desde un fortuitismo inicial a un estado de participación-fascinación. 

Todo lo dicho no es sólo fruto de inducciones moralistas o de una aproximativa psicológica: Cohen-Séat cree poder probarlo con experimentos electroencefalográficos, algunos de ellos realizados incluso sobre personas del oficio, interesadas en demostrar la posibilidad de una visión vigilante. Las experiencias realizadas llevan a creer que la imagen en movimiento induce al espectador a coactuar con la acción representada, a través del fenómeno de inducción posturomotriz. En otras palabras, si en la pantalla un personaje da un puñetazo, el electroencefalograma revela en el cerebro del espectador una oscilación equivalente a una "orden" que el órgano central, por una especie de mimesis instintiva, da al aparato muscular; orden que no se traduce en acción sólo porque en la mayoría de casos la orden es más débil de lo que sería preciso para pasar de la reacción nerviosa a la acción muscular verdadera. 

Cohen-Séat explica esta situación de participación total, psicofísica, recurriendo a procesos de comprensión semántica. La comunicación de una palabra pone en actividad, en mi conciencia, todo un campo semántico que corresponde al conjunto de las diversas acepciones del término (con las connotaciones afectivas que cada acepción comporta); el proceso de comprensión exacta se verifica porque, a la luz del contexto, mi cerebro, por así decirlo, inspecciona el campo semántico y localiza la acepción deseada excluyendo las demás (o manteniéndolas en el trasfondo). La imagen, en cambio, me coge precisamente de modo inverso: concreta y no general como el término lingüístico, me comunica todo el complejo de emociones y significados a ella conexos, me obliga a captar instantáneamente un todo indiviso de significados y de sentimientos, sin poder discernir ni aislar el que me sirve. 

Es la vieja diferencia entre "lógico" e "intuitivo", estamos de acuerdo, pero se especifica, en el ámbito de la presente explicación, en una oposición entre un saber lógico que produce efectos de comportamiento (a la orden "dame el libro" yo entresaco el significado exacto de la frase y mi saber determina el comportamiento consiguiente) y la visión de efectos de comportamiento en acto (la escena representada) que se hacen causas de un saber alógico, complejo, entretejido de reacciones fisiológicas (como ocurriría si por vía verbal me fuesen comunicados no términos referenciales, sino exclamaciones de efecto imperativo como "¡alto!", "¡basta!", "¡atención!").

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección Vigilancia y participación, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.

domingo, 21 de febrero de 2016

Apuntes sobre la televisión (1)

Umberto Eco

Cuanto se ha dicho nos permite concluir que la televisión puede ofrecer efectivas posibilidades de “cultura”, entendida como relación crítica con el ambiente. La televisión será elemento de cultura para el ciudadano de las áreas subdesarrolladas, haciéndole conocer la realidad nacional y la dimensión “mundo”, y será elemento de cultura para el hombre medio de una zona industrial, obrando como elemento de “provocación” sobre sus tendencias pasivas. Reconocer las posibilidades contenidas incluso en un buen programa de canciones o de desfile de modas, y comprender la necesidad de integrar estos aspectos en una función de denuncia y de invitación a la polémica, es el cometido del hombre de cultura ante el nuevo medio.

El primer aspecto puede ser realizado inteligentemente incluso dentro de la situación existente; el segundo requiere indudablemente una acción política consciente.


Al exigir a la televisión una acción de provocación de la opinión, se pueden tener en cuenta legítimamente sus límites de medio a disposición de toda la comunidad y de "hogar de las familias". Es curiosa la condición de este instrumento de comunicación que, entre todos los demás, dispone del público más vasto e indiferenciado, porque se dirige a todos, incluso a quienes no leen los periódicos, incluso a los niños que nada leen. La justificación del responsable en televisión que a menudo dice "pero la televisión debe poder ser vista hasta por los niños" suena a hipocresía, pero es absolutamente cierta.

Quien haya leído el código de autocensura de la televisión americana habrá podido descubrir un monumento de prudencia, una cautela minuciosa digna de un casuista de la contrarreforma: ateniéndose en rigor a este código, cualquier transmisión podría parecer ofensiva para alguna categoría de ciudadanos o para la infancia. Y sin embargo no se puede disentir de sus artículos, tomados uno a uno. Una vez más, nos hallamos ante un problema de equilibrio. Recordemos que hay una forma de respetar la inocencia de los niños que nos puede llevar a traicionarlos. Para respetar a los niños, las viejas generaciones evitaron revelarles la verdad sobre la procreación y crearon con ello inadaptados sexuales abiertos a todas las neurosis.

Estos son los límites y las posibilidades de la televisión. Avanzar previsiones es muy difícil. Puede ocurrir que un día la televisión llegue a ser más "culta" y precisamente por ello extraña a su público. Si, como sugiere Arnold Hauser, toda nueva forma de arte desarrolla, al principio, un lenguaje propio en sintonía con el propio público, y después, al perfeccionarse, se atasca en gramáticas formales que carecen ya de auditorio, vivimos entonces una época heroica y algún día la barbarie del Musichiere o de Campanile Sera nos parecerá el aspecto irrecuperable de una época feliz, de un momento auroral de las telecomunicaciones, en que todo tenía dimensiones épicas. En la novela de Robert Sheckley, Matar el tiempo, Thomas Blaine, llevado a vivir en el futuro, adquiere un par de "sensoriales", aparatos que aplicados a las sienes provocan visiones fantásticas en las que el vidente se halla directamente inmerso.

"Los sensoriales eran parte integrante del 2110, omnipresentes y populares como lo fue la televisión en tiempos de Blaine... Tenían también, naturalmente, sus detractores, que deploraban la pasividad progresiva a que se reducía el espectador... Leyendo un libro o mirando la televisión, decían los críticos, el espectador debía realizar un esfuerzo para participar. Los sensoriales, en cambio, se adueñaban de él, vivaces, brillantes, insidiosos, dejándolo bajo la impresión, antes reservada a los esquizofrénicos, de que los sueños son mejores que la propia vida... Una generación más, tronaban los críticos, y la gente no será ya capaz de leer, de pensar, de obrar."

Quizás la televisión nos esté llevando sólo a una nueva civilización de la visión, como la que vivieron los hombres del medioevo ante los pórticos de las catedrales. Quizás, como ya ha sido sugerido, cargaremos gradualmente los nuevos estímulos visuales de funciones simbólicas, y nos dirigiremos a la estabilización de un lenguaje ideográfico.

Pero el lenguaje de la imagen ha sido siempre el instrumento de sociedades paternalistas que negaban a sus dirigidos el privilegio de un cuerpo a cuerpo lúcido con el significado comunicado, libre de la presencia de un "icono" concreto, cómodo y persuasivo. Y tras toda dirección del lenguaje por imágenes, ha existido siempre una élite de estrategas de la cultura educados en el símbolo escrito y la noción abstracta. La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis.

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección La media de los gustos y la modelación de las exigencias, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.