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jueves, 2 de agosto de 2012

El Mercosur, superpotencia

El bloque abarca ahora casi 13 millones de km2, 
posee una población de 270 millones de personas 
y controla las mayores reservas minerales, naturales 
y de recursos hídricos y petrolíferos del planeta.
El Mercosur oficializó en Brasilia el ingreso de Venezuela como socio pleno, en un momento crucial para el bloque regional, que a sus 21 años de existencia vive su primera gran revolución.

La Cumbre Extraordinaria celebrada el 31 de julio con la presencia de los mandatarios de Argentina, Cristina Fernández; de Brasil, Dilma Rousseff, de Uruguay, José Mujica; y de Venezuela, Hugo Chávez, marca un punto de inflexión en la historia del bloque, a raíz de dos aspectos determinantes: es la primera cumbre que se celebra con la ausencia de un socio sancionado -Paraguay-, y es la primera vez que se incorpora a un país como socio pleno, Venezuela.

Ambos aspectos determinan que el Mercosur, que nació en marzo de 1991 con un carácter meramente económico, haya devenido en un bloque que trasciende esa configuración y comienza a consolidarse también como un foro político.

El Tratado de Asunción, cuna del Mercosur, buscaba una alianza aduanera con el fin de incrementar el comercio, por lo que era, en esencia, una alianza económica, reseñó DPA.

El Mercosur, que resolvió en la Cumbre presidencial de junio pasado en Mendoza suspender a Paraguay y aprovechar su ausencia para admitir a Venezuela -ya que el país guaraní era el único que se oponía-, lo hizo en el marco de un "consenso político" -en palabras del asesor especial internacional de Brasil, Marco Aurelio García-, el cual "supera largamente lo jurídico", según expresión del presidente uruguayo, José Mujica.

Lo político

Es que lo "político" es precisamente el aspecto que diferencia profundamente a los tres presidentes que hoy sellaron el ingreso de Venezuela de los cuatro que dieron origen al Mercosur.

Fernández de Kirchner, una peronista, así como Rousseff y Mujica, dos ex guerrilleros y ex presos políticos, poco tienen que ver con los neoliberales de extracción elitista que seguían las directrices del Fondo Monetario Internacional (FMI), promovían las privatizaciones y miraban a Estados Unidos como el socio ideal para acuerdos comerciales: el argentino Carlos Menem, el brasileño Fernando Collor de Mello, el paraguayo Andrés Rodriguez, y el uruguayo Luis Alberto Lacalle.

Además de "política", es una "revolución" paradójica. Si Venezuela pudo entrar al Mercosur es porque Paraguay no tuvo derecho a voto. El Congreso del país guaraní, donde nació el Mercosur, fue el único que trabó durante más de seis años la incorporación de Venezuela, que obtuvo el aval de los cuatro presidentes pero la ratificación de sólo tres Parlamentos.

Durante todo ese tiempo, el Congreso paraguayo justificó su negativa alegando que el gobierno de Chávez no ofrecía las garantías democráticas que rigen al Mercosur.

Y ese fue, precisamente, el mismo argumento que esgrimieron sus socios en su contra para suspenderlo del foro. Para Argentina, Brasil y Uruguay, el juicio político contra Lugo llevado adelante por ese mismo Parlamento no respetó los preceptos democráticos del bloque.

Pero el hecho de que el Mercosur haya mutado hacia un foro que excede lo económico no significa que este aspecto haya quedado de lado. Por el contrario, si la decisión de su ingreso fue política, las razones del mismo tienen mucho que ver con las ventajas económicas que ofrece la adhesión del país sudamericano que posee las mayores reservas de petróleo.

Poderoso

Con Venezuela como quinto socio, el Mercosur se convierte en una superpotencia sudamericana que abarca ahora un territorio de casi 13 millones de kilómetros cuadrados -con llegada a las regiones andina, amazónica y caribeña-, posee una población total de unos 270 millones de habitantes y su producto interno bruto (PIB) es de 3,3 trillones de dólares.

Además, controla las mayores reservas energéticas, minerales, naturales y de recursos hídricos del planeta y pasó a ser la región con mayores reservas mundiales de petróleo.

Como toda revolución, la del Mercosur no estuvo excenta de conflictos. Las decisiones en torno a Venezuela y Paraguay generaron roces internos en algunos países del bloque, como Uruguay, cuyo canciller Luis Amagro cuestionó la validez jurídica del ingreso de Venezuela.

También hubo duras reacciones en Paraguay, cuyo presidente actual, Federico Franco, dijo que el Mercosur incorporó a Venezuela para favorecer a Chávez en su intento por lograr una segunda reelección. Además, Franco llegó a interponer un recurso ante el Tribunal Permanente de Revisión del Mercosur (TPR) para impugnar la suspensión de la que fue objeto su país, pero el mismo fue rechazado.

El joven Mercosur emprende así una nueva era con la integración de un nuevo y energéticamente poderoso socio, consolida su vocación democrática tras no haber titubeado en separar al socio más conservador del ahora quinteto, y anuncia millonarios negocios intrabloque que le garantizan una independencia cada vez mayor de las grandes potencias, sumidas en la crisis.

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Reportaje publicado por El Universal (Caracas) el 1-08-2012. Video publicado por el Blog do Planalto el 31-7-2012.

lunes, 30 de julio de 2012

Argentina: El impacto importador

El impacto del factor internacional en la desaceleración
económica argentina es mayor que en los países
vecinos, sobre todo por Brasil.
Enrique Aschieri

La picada en punta del precio mundial de la soja motiva a algunos analistas a negar que la crisis global tenga efectos negativos para la Argentina. Por el contrario, sugieren algo así como que hemos encontrado el paraíso perdido. Es que a la fase alcista coyuntural del “yuyo” le suman un par de datos estructurales, entre ellos, por el lado de la demanda, un supuesto aumento de la clase media mundial, y el crecimiento del producto mundial que viene empujado por los países emergentes, donde vive poco más de tres cuartos de la humanidad. Mucho menos frecuentes son los análisis que hacen hincapié estructural en el lado de la oferta, particularmente el aumento del precio del petróleo por su impacto en el costo de los insumos agrícolas y el asunto de los biocombustibles. Ambas posturas, complementarias o sustitutas, como se quiera, esperan que, cuando cese el efecto de la bajísima tasa de interés norteamericana, los precios de las materias primas, aunque atenuados, continúen altos con respecto a sus estándares históricamente bajos.

Las dos posturas aceptan que se es pobre o próspero según lo que se venda en el mercado mundial sea barato o caro. En última instancia, suponen que son los precios mundiales los que determinan los ingresos nacionales. Pero con todo lo importante que es señalar esa refutable por inverosímil línea de causalidad, en el sentido que las cosas suceden exactamente al revés, lo que realmente llama la atención es el olímpico olvido de las importaciones. Un mundo en crisis es un mundo que vende a precios de liquidación. Las tensiones estructurales que sufre la Argentina en el flanco externo, por su condición de importador neto de insumos difundidos y bienes de capital, son agravadas por la coyuntura bajista y, si bien también coyunturalmente son aliviadas por el alto precio de las materias primas que vende, hablando en plata, mientras en 2011 las exportaciones crecieron 23,7 por ciento respecto de 2010, las importaciones se incrementaron el 30,8 por ciento. Además, el 35 por ciento de las exportaciones argentinas son industriales, alcanzadas entonces por la deflación mundial del rubro.

Los que ven en la crisis mundial una mera invocación gubernamental para esquivar los costos de la herida por mano propia, hecha a pura torpeza, en realidad están abogando por una devaluación a efectos de bajar los salarios, situación acentuada por el subsiguiente aumento del desempleo. Con eso se esperanzan en lograr un saldo comercial que aumente tanto por el precio de las exportaciones como por la baja de las importaciones generadas por el desempleo. Esto último no sería muy acentuado, dado que propugnan la apertura otra vez. Tal curso de los acontecimientos agrava en vez de atenuar el intercambio desigual, y la crisis lo aguarda. El viejo recurso del endeudamiento externo estará esperando su día.

En ese esquema, los buenos términos de intercambio serían buenos para nada, puesto que el eventual superávit comercial, en rigor cualquier superávit comercial, o se reabsorbe mediante el aumento de las importaciones –para lo cual tiene que haber demanda– o no se reabsorbe. En la medida que la meta gubernamental continúe empeñada en mejorar la distribución del ingreso, se ve obligada a sustituir importaciones y las tensiones y fricciones se agravarán en vez de sosegarse. De lo contrario, no muy lejos se encuentra una crisis de balanza de pagos que da espacio al reemplazo de la reacción. De manera que lo que vuelve interesante e imprescindible ahondar la industrialización es el aumento en cantidad y calidad del consumo popular para tornarlo factible y sostenido en el tiempo, y no alguna supuesta superioridad de los productos manufacturados sobre los bienes primarios, un puro espejismo.

Este es un mundo caracterizado por el desarrollo desigual y no por el desarrollo diferencial. El primero supone que el desarrollo de unos implica el subdesarrollo de los otros, y es antes que nada divergente. El segundo, que el ritmo diferente promete al final la convergencia. En el sentido de la bifurcación señalada, hace rato que el mundo se nos cayó encima. La coyuntura deflacionista de las importaciones agrava el cuadro sin que lo apoque la coyuntura inflacionista de las materias primas. La tentación del punto de vista conservador es aprovechar la bolada para intensificar la estructura del atraso. De ahí sus críticas al objetivo de edificar la base para la democracia industrial. Ningún país que a medidos del siglo XX estaba en la semiperiferia o periferia logró dejarla. No es menor el desafío que tiene por delante la Argentina.

*Profesor de Economía Internacional y de Economía Regional en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales de Buenos Aires.

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Publicado por Página/ 12 el 29-07-2012.

Brasil y los efectos de la crisis internacional

Eduardo Crespo

En coincidencia con el agravamiento de la crisis europea, las economías sudamericanas comenzaron a sufrir una desaceleración. Muchos analistas, incluidos los gobiernos de Argentina y Brasil, consideran que dicha crisis es el principal obstáculo que está frenando a nuestras economías. Sin dudas existe un paralelismo entre ambos fenómenos. Brasil, por caso, pasó de crecer un 7,5 por ciento en 2010 a los actuales guarismos que rondan el 0 por ciento. La industria crecía 10,5 por ciento en igual período y en los últimos doce meses cayó 1,8 por ciento. Pero antes de concluir que la crisis internacional es la causante de estos resultados, se deben analizar los presuntos canales de transmisión que unen a la primera con los segundos.

Las dos vías principales de causalidad son la comercial y la financiera. Si bien las exportaciones brasileñas se desaceleraron, están creciendo al 5 por ciento anual. El país tampoco sufrió sobresaltos financieros. El Banco Central cuenta con 360 mil millones de dólares de reservas, el saldo comercial no se deterioró y el endeudamiento en moneda extranjera es inexistente. Aunque la conexión entre la crisis internacional y la desaceleración brasileña pueda parecer obvia, un simple balance de la evidencia disponible apunta en otra dirección: la política económica del gobierno de Dilma Rousseff.

Desde los primeros meses de 2011, año en que tomó posesión la nueva administración, hasta agosto del mismo período, y respondiendo a una mayor inflación interanual ocasionada principalmente por una suba de los precios internacionales, el Banco Central brasileño comenzó a subir la tasa básica de interés. Esta política tiene el efecto conocido de reducir la inflación mediante la apreciación cambiaria al costo de desguarnecer la producción transable doméstica frente a la competencia extranjera, generando un esquema de precios que tiende a provocar desindustrialización. Quizás por este motivo, y ante los magros resultados, en el último cuatrimestre de 2011 el gobierno de Rousseff optó por cambiar la estrategia antiinflacionaria y decidió iniciar una paulatina pero persistente reducción de la tasa básica de interés, al tiempo que el real sufría una leve devaluación frente al dólar.

Aunque esta decisión en hipótesis debía tener efectos expansivos, el gobierno resolvió atenuarla mediante una medida contractiva, reemplazando la mayor laxitud monetaria y cambiaria con un severo –y hasta ahora no corregido– ajuste fiscal. Los gastos de consumo del gobierno, que habían crecido al 5,6 por ciento durante el período 2004-2010, crecieron sólo el 0,4 por ciento en 2011. La inversión pública pasó de crecer a una tasa del 7,5 por ciento en el mismo lapso a caer un 12 por ciento en 2011. El gobierno envió al Congreso un presupuesto federal congelado en 2012 y lo mismo se anticipa para 2013. Los salarios de amplias franjas de trabajadores estatales se encuentran fijos en términos nominales desde 2010, circunstancia que propagó una ola de huelgas en todo el país. Este conjunto de medidas contractivas se contagió al consumo privado, que ya estaba muy afectado por el alto grado de endeudamiento de los hogares, y también a la inversión privada que reaccionó muy rápidamente al freno general.

En el caso argentino, el vínculo entre las condiciones internacionales adversas y la desaceleración doméstica tiene mayores fundamentos si se incluye a Brasil como un elemento decisivo en la reversión de la tendencia. Dado que el desempeño industrial local depende en gran medida de Brasil, debido a la importancia del sector automotriz, la caída de las exportaciones a este país tiene impactos significativos. Otros mercados, como el chino, también presentan una tendencia negativa. Sin embargo, no parece existir una conexión clara, por ejemplo, entre la performance exportadora y la desaceleración de la construcción. La política fiscal, contrariando la más sencilla receta keynesiana, parece acompañar el ritmo declinante de la recaudación. Las principales provincias, incluida la ciudad de Buenos Aires, están realizando recortes de gastos, aumentando impuestos y tarifas, suspendiendo contratos temporarios, interrumpiendo obras de infraestructura. El gasto público nacional se estabilizó en términos nominales, y en plena desaceleración el superávit primario tiende a aumentar. Cualquiera sea el impacto de la crisis internacional, por ahora las políticas domésticas no ayudan a contrarrestar el viento de proa.

*Eduardo Crespo es economista, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

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Publicado por Página/12 el 29-07-2012.

¿Por qué la sabiduría convencional está equivocada?

Vicenç Navarro

El editorial de El País del pasado 21 de julio (Situación crítica) presenta la postura que caracteriza el pensamiento dominante en el establishment español sobre la situación financiera del país. Tal editorial indica que los mercados financieros no están respondiendo a las medidas de austeridad muy marcada puestas en marcha por el gobierno español presidido por Rajoy. Por el tono del editorial, su autor parece asumir que los mercados deberían haber tomado nota de tales medidas y recuperar su confianza en el Estado español, exigiendo unos intereses más bajos a su deuda pública, los cuales han alcanzado niveles que son inasumibles. Este supuesto que asume que el Estado español “tiene que hacer sus deberes” (lo cual implica en el lenguaje del establishment español recortar y recortar gasto público, entre otras medidas, para reducir el déficit público) a fin de recuperar “la famosa confianza de los mercados” está justificando toda una serie de medidas que están llevando al país al desastre. Ignora, además, un hecho clave: el tamaño de la deuda pública y del déficit no es la causa de que la prima de riesgo esté ya por las nubes en España.

¿Cuál es, pues, la causa? Y la respuesta la hemos estado señalando unos pocos sin que se nos hiciera caso desde hace ya tiempo. El hecho de que España tenga una prima de riesgo tan elevada se debe a dos factores. Uno, a que España no tiene un Banco Central. Si lo tuviera, éste haría lo que hace un Banco Central digno de su nombre: imprimiría moneda y con ella compraría deuda pública, forzando la bajada de los intereses de su deuda. Esto es lo que hace el Banco Central estadounidense (The Federal Reserve Board), el Banco de Inglaterra, el Banco del Japón y un largo etcétera. El editorialista de El País no ha captado todavía (como tampoco lo ha captado el establishment español) que los intereses de la deuda pública no los determinan los mercados financieros, sino predominantemente el Banco Central del país que genera la deuda. Al no tener un Banco Central, consecuencia de estar en la Eurozona, España no puede regular los intereses de su deuda pública. Y como consecuencia, éstos suben y suben porque es lo que le conviene a los mercados financieros, que se ceban y enriquecen a base de tales escaladas en el precio de la deuda.

El segundo hecho que explica la elevada prima de riesgo de la deuda pública española es que, además de no tener un Banco Central, el que así se llama en la Eurozona (el Banco Central Europeo (BCE)) no es un Banco Central, sino que es predominantemente un lobby de la banca alemana. El establishment español parece que no ha captado esto tampoco. Si fuera un Banco Central imprimiría dinero y compraría la deuda pública de los Estados de la Eurozona que pagan unos intereses exagerados por su deuda. Con ello, los intereses bajarían. Pero el BCE no hace esto. Dice que lo tiene prohibido (aunque lo hace muy de vez en cuando, en situaciones extremas). Lo que sí hace es imprimir dinero y se lo presta a la banca privada a unos intereses muy bajos (0,75%) y con este dinero la banca compra deuda pública a unos intereses elevadísimos (un 7% y un 6% en el caso español e italiano). ¡Un negocio redondo!

Ahora bien, el BCE se pasó de rosca. Y ahora, la banca privada (incluyendo la alemana) está llena de bonos públicos y privados de los países periféricos y le preocupa que ahora los Estados de estos países no puedan pagar. Alemania posee la friolera cantidad de 770.000 millones de euros de deuda pública y privada de los países intervenidos (Grecia, Portugal, Irlanda y España). De ellos, 274.000 millones en España. Los dos bancos alemanes más importantes, el Deutsche Bank y el Commerzbank, tienen cada uno 14.000 millones de euros. La banca alemana tiene gran cantidad de deuda pública y privada española (que le ha proporcionado excelentes intereses, y por lo tanto, beneficios), y ahora quiere asegurarse de que España no colapse y se quede sin cobrar la deuda. De ahí la “ayuda” financiera, que en realidad es ayuda a la banca alemana. Y de ahí que el BCE esté presionando para que estos Estados paguen lo que deben a los bancos alemanes, entre otros. La famosa ayuda financiera a la banca española (100.000 millones de euros) es primordialmente una ayuda a la banca alemana (entre otros bancos) tal como indicó recientemente con toda franqueza Peter Bofinger, consejero económico del gobierno Merkel en su entrevista a Der Spiegel (14.07.12), señalando que “esta ayuda no es a estos países, sino a nuestros propios bancos, que tienen gran cantidad de la deuda privada en aquellos países” (ver mi artículo La economía alemana no es un ejemplo en www.vnavarro.org).

Una última observación. Creerse que el euro está en peligro porque la prima de riesgo española está en las nubes (como asume también el editorial de El País) es desconocer el sistema de gobierno de la Eurozona. El euro le está yendo pero que muy bien al Estado alemán y a la banca alemana. Como he detallado en otro artículo (ver artículo citado) a los mayores bancos alemanes les está yendo muy bien, y los bonos públicos del Estado alemán son los más seguros que hay en el mundo (junto con los estadounidenses). ¿Dónde está, pues, el problema del euro?

El problema para el euro y para la banca alemana sería si España se saliera del euro, que es lo último que el establishment alemán y europeo desearían, pero que España debería considerar seriamente como alternativa. El BCE no cambiará a no ser que perciba el peligro que supone para la banca alemana que España salga del euro. Y tal percepción no ocurrirá mientras el gobierno español siga dócilmente lo que le digan el BCE y la Comisión Europea, pues los intereses de éstos no son los intereses de la población española, sino los intereses financieros alemanes que dominan aquellas instituciones. Pedirle al BCE que ayude al Estado español porque éste “está haciendo sus deberes” (tal como termina el editorial de El País) es no entender quién y cómo la Eurozona está gobernada.

*Vicenç Navarro, ex profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona, actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore).

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Publicado por Público el 24-7-2012.

miércoles, 25 de julio de 2012

"Sucesivos rescates no sirven de nada"


Según el economista Costas Lapavitsas 
“Grecia dejará el euro en los próximos 
seis meses o un año”.
Javier Lewkowicz

El PBI podría caer entre un 7 y un 9 por ciento este año, y en 2013, un 10 por ciento. La deuda pública, que representa el 160 por ciento del Producto, a pesar de un violento ajuste fiscal, llegará al 170 por ciento el año que viene. Grecia, entonces, entraría en default en un período que va de los próximos seis a doce meses, y posteriormente abandonará la Zona Euro, luego de haber pasado, en sólo cinco años, de ser un país de ingresos medios a uno en vías de desarrollo. Su salida hará que la moneda regional corra peligro de desaparecer. Ese panorama trazó el prestigioso economista griego Costas Lapavitsas, profesor de la Universidad de Londres y asesor de Syriza, partido griego de izquierda, en el seminario “Crisis internacional: su despliegue en Europa y potenciales impactos en América latina”, organizado el 19 de julio por el Cefid-Ar.

Después de su exposición sobre la Unión Europea, se entendió mejor la frase con la que inició su presentación: “Al revés de como era antes, hoy los analistas de Europa, especialmente de los países del Sur, vienen a América latina a aprender”.

Lapavitsas cobró protagonismo en la economía heterodoxa desde el estallido de la crisis internacional, cuya actual segunda fase tiene el epicentro en la Unión Europea. Este economista publicó numerosos trabajos sobre la falacia que supone adjudicar la crisis europea a una excesiva expansión fiscal. En cambio propone enfocarse sobre los desequilibrios comerciales que genera la unión monetaria, que aprovecha Alemania y –en menor medida– Francia, y sufren Grecia, España, Irlanda, Portugal e Italia. En paralelo, hay una gigantesca expansión financiera que permite sostener los déficit a través del crecimiento de la deuda pública y privada.

El economista heleno sostiene que una característica central del euro es que cumple con la forma de dinero de aceptación global, sostén del valor de enormes volúmenes de activos, medio de cambio de pagos internacionales y principal competidor del dólar en esa lógica. Pero, además, la moneda europea tiene las funciones de dinero doméstico, que es unidad de cuenta en contratos locales y medio de pago en transacciones internas. “Tal como está concebida la UE, esos dos roles son incompatibles, de ahí viene la inestabilidad. Y los cambios necesarios para compatibilizarlos son imposibles de realizar, dadas las actuales condiciones”, explicó.

Inflación, desbalances en cuenta corriente y en los flujos de capitales en los países que conforman el euro, complican las funciones del dinero mundial. Para combatir esos fenómenos sólo está a nivel regional el Banco Central Europeo, que tiene una política monetaria única para todos los países. “El fracaso fue total. Hubo inflación sostenida de la periferia europea en relación con Alemania, que obtuvo un persistente superávit en cuenta corriente contra estos países. Para financiar ese desequilibrio en cuenta corriente, los bancos alemanes aumentaron sus préstamos hasta antes de la crisis y después lo hicieron las bancas centrales, generando desbalances de flujos de capitales”, indicó Lapavitsas.

La UE, en la búsqueda por mantener el carácter de dinero mundial del euro, aplicó una política homogénea para realidades diferentes según cada país, contradicción que hace tambalear el armado regional. “La política del bloque es ahora estabilizar las condiciones internacionales del euro, con mayor austeridad, privatización y liberalización. El rol de moneda doméstica quedó subordinado, y generó el colapso de la demanda, más deuda y altos costos sociales”, indicó. “Para que coexistan las funciones de dinero mundial y doméstico se necesitaría un Plan Marshall para la periferia, que mejore allí la competitividad, y que Alemania suba salarios y tenga mayor demanda interna. Además, un repudio total a la deuda en muchos países, reestructuración de las finanzas y una mejor distribución del ingreso. Antes que suceda eso, es más probable que la unión monetaria se rompa, y Grecia creo que dará el primer paso en ese sentido”, vaticinó.

Lapavitsas, asesor del Syriza, partido opositor griego de izquierda, sostiene que el país helénico “va a defoltear y dejará el euro en los próximos seis meses o un año”. “El gasto público continúa cayendo, al igual que la inversión, ante la falta de liquidez, y el consumo, ahogado por el creciente peso de las deudas en un escenario de deflación. Las exportaciones no crecen más, hay una enorme ola de quiebras y los bancos pierden depósitos”, describió. A la vez analizó que, desde el inicio de la crisis, el PBI griego cayó un 30 por ciento; y desde comienzos de 2011, los salarios reales descendieron en algunos casos hasta un 23 por ciento. “La respuesta neoliberal son sucesivos rescates que no sirven de nada, son como el megacanje del fin de la convertibilidad”, comparó Lapavitsas.

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Publicado por Página/12 el 20-7-2012.

jueves, 31 de mayo de 2012

¿Por qué las políticas de austeridad son profundamente erróneas?

Vicenç Navarro

Una de las explicaciones que se han dado con mayor frecuencia a la crisis financiera actual que sufren los países GIPSI (Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia) es la que indica que los Gobiernos de tales países han gastado más de lo que deberían haber gastado, endeudándose demasiado. De ahí la respuesta a la crisis dada por la Troika -el Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI)- así como por el Consejo Europeo y el Gobierno alemán presidido por la canciller Angela Merkel, exigiendo a los Gobiernos que reduzcan su déficits y su deuda pública, medida fundamental para que los países recuperen su crecimiento económico. Esta explicación ha alcanzado niveles de dogma en los últimos años, dogma reproducido en la mayoría de los medios de mayor difusión donde la sabiduría convencional se transmite. Dentro del mundo económico [español], el mayor defensor de este dogma ha sido Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada), fundación financiada por los mayores bancos y mayores empresas del país.

El mayor problema que tiene tal explicación es que la evidencia científica no la sustenta. Si hubiera sido cierta, tendríamos que haber encontrado en todos estos países, cuando la crisis se inició, déficits y deudas públicas elevadas, lo cual no es cierto. En realidad, España, al inicio de la crisis, en 2007, tenía un superávit en sus cuentas del Estado (+2.23% del PIB) y una deuda pública del 36,2% del PIB, que estaba muy, muy por debajo del límite permitido por el Pacto de Estabilidad (60%), y muy por debajo del promedio de los países de la Eurozona. La deuda neta (es decir, eliminando la deuda que el Estado se debe a sí mismo) era sólo un 26,7%. No puede, por lo tanto, argumentarse que el Estado español se hubiera endeudado demasiado. Una situación semejante aparece en Irlanda, donde también había superávit (+0,1% del PIB) en las cuentas del Estado y una deuda pública del 24,8% del PIB, por debajo del nivel máximo permitido por el Pacto de Estabilidad (con una deuda neta del 11,1% del PIB). Portugal sí que tenía un déficit público (-3,2% del PIB), pero era muy cercano al nivel permitido por el Pacto de Estabilidad (-3%), y una deuda pública, 68,3% del PIB, muy cercana al nivel permitido (60%). A ninguno de estos tres países, España, Irlanda y Portugal, se les puede atribuir la crisis a su excesivo endeudamiento público.

Italia tenía un déficit público minúsculo (-1,5% del PIB) en 2007 y una deuda pública de 103,1% del PIB, mayor de la permitida por el Pacto de Estabilidad. Grecia, sin embargo, sí que tenía un déficit público elevado (-6,7% del PIB) y una deuda pública también elevada (105% del PIB). Ahora bien, estas cifras eran asumibles si se le hubiera permitido crecer económicamente. El crecimiento económico es una manera de reducir el déficit y la deuda pública, pues el crecimiento genera más recursos al Estado. Pero en lugar de permitir que siguiera unas políticas expansivas de gasto público, se le impusieron unas reducciones draconianas de tales gastos, de manera que crearon una caída de tal crecimiento, cayendo en una gran recesión. Como consecuencia, en Grecia el déficit público aumentó, alcanzando un 10,6% del PIB en 2011. Y lo mismo ocurrió con su deuda pública, que aumentó a un 160,8% del PIB (también en el 2011).

A la luz de estos datos es imposible sostener que la causa de la enorme recesión, que tales países han estado sufriendo, se deba a que los Estados se han endeudado demasiado. Sólo Grecia y en parte Italia (debido a su elevada deuda pública) podrían mostrarse como prueba de tal tesis. Ni a España, ni a Portugal ni a Irlanda, se les puede acusar de tal comportamiento público. No es cierto que el Estado fuera excesivamente prolijo y que el gasto se hubiera descontrolado, tal como afirman, errónea o maliciosamente, los autores neoliberales.

En realidad, han sido las políticas impuestas por la Troika, así como por el Consejo Europeo y por el Gobierno Merkel, con la ayuda, hasta hace poco, del Gobierno Sarkozy, las que han causado la recesión existente en estos países y en la Eurozona. Sus políticas de austeridad, con recortes del gasto público, incluyendo del gasto público social, así como su énfasis en disminuir los salarios (lo que llaman devaluación doméstica), han creado un descenso de la demanda, y con ello un descenso muy marcado del crecimiento económico. Como ha mostrado Mark Weisbrot, co-director del Center for Economic and Policy Research, hay una relación directa entre la austeridad seguida en un país y el descenso del crecimiento económico. A mayor austeridad, menor crecimiento (y con ello mayor crecimiento del déficit y de la deuda pública). Grecia ha sido el país al cual le han impuesto mayores recortes y donde ha habido un mayor descenso de su PIB. Una situación semejante ha ocurrido en España, Portugal, Irlanda e Italia. Los países nórdicos han sido los que han tenido menos recortes y han crecido más rápidamente.

¿Por qué EEUU está creciendo y la Eurozona no?

Y ahí está gran parte del problema. Las políticas de austeridad han sido la mayor causa de la recesión, no sólo en estos países sino en toda la Eurozona. Es ilustrativo en este sentido comparar el estancamiento de tal zona monetaria con una recesión que está afectando muy negativamente al bienestar de la población en la mayoría de países, con la mayor recuperación que ha experimentado EEUU, resultado de seguir distintas políticas publicas. En EEUU, resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria, la economía casi colapsó, perdiendo nada menos que 1,5 trillones (1.500 billones) de dólares. La Administración Obama aprobó un plan de estímulo económico aumentando el gasto público 300 billones (una cantidad muy insuficiente para cubrir el enorme agujero creado por aquel estallido, como bien han criticado muchos autores como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Mark Weisbrot, Dean Baker, y muchos otros) que se gastaron en crear empleo en los servicios sanitarios y sociales públicos y a crear infraestructuras físicas en el país.

El Gobierno federal, a través de su Banco Central (el Federal Reserve Board), también redujo los intereses bancarios de una manera muy acentuada, e inyectó 2,3 trillones de dólares en la economía. Inyectar quiere decir que el Banco imprimió dinero y con él compró deuda pública, ayudando así al Estado federal a que dependiera menos de los préstamos de la banca privada (como ocurre en la Eurozona). Hoy, los bonos públicos del Estado federal tienen los intereses más bajos de todos los bonos públicos de la OCDE (el club de países más ricos del mundo) mostrando la falacia de los autores neoliberales que cuestionan la viabilidad de tal deuda pública estadounidense.

El contraste con el comportamiento en la Eurozona es enorme. En primer lugar, las políticas de estímulo han brillado por su ausencia en la Eurozona. Sólo ahora el nuevo Presidente de Francia, el señor François Hollande, ha pedido que se desarrolle una política de estímulo. Pero incluso ahora, las cantidades citadas en sus propuestas, 30.000 millones de euros, son dramáticamente insuficientes para estimular las economías de la Eurozona en recesión, sobre todo teniendo en cuenta que se mantienen –en tales propuestas- las políticas de austeridad que han sido responsables de la recesión. Las políticas de crecimiento complementan en tales propuestas, no sustituyen, a las políticas de austeridad, lo cual es un profundo error.

La segunda gran diferencia es el comportamiento del Banco Central Europeo, que ha impreso mucho menos dinero que el FRB, y otra gran diferencia es que tal Banco ha prestado dinero a la banca privada de los países de la Eurozona a intereses muy bajos (1%), los cuales han comprado la deuda pública (los bonos públicos del Estado) con un interés repercutido mucho más elevado (6% en el caso de España), con lo cual la banca privada se ha beneficiado enormemente a costa de los Estados. Es más, esta banca ha especulado con la deuda pública, creando artificialmente la sensación de crisis a fin de que los Estados se vean forzados a pagar intereses muy elevados.

Los resultados de este comportamiento diferencial en las políticas fiscales y monetarias son claros. EEUU salió de la crisis ya en 2009, dos años después de que se iniciara, con un crecimiento anual del 2,4% del PIB. En los países de la Eurozona, el crecimiento no ha alcanzado ni el 1,5% y con una previsión negativa para el próximo año (-0.3%).


* Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore). Dirige también el Observatorio Social de España.
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Publicado por Público el 30-5-2012.

martes, 15 de mayo de 2012

El debate en la Eurozona

Paul Krugman

Así que la eurocrisis vuelve a ser un riesgo. Y, en esta ocasión, se centra en España, lo que en cierta forma es bueno, porque ahora se exhibe plenamente la locura esencial del diagnóstico ortodoxo de la crisis de inspiración alemana.
Porque esto verdaderamente no tiene nada que ver con irresponsabilidad fiscal (sólo como recordatorio: en vísperas de la crisis España parecía un dechado fiscal). Lo que le pasó a España fue que estalló una burbuja inmobiliaria -alimentada, en grado importante, por los préstamos de los bancos alemanes-, arrastrando con ella a la economía. Ahora, el país tiene una tasa de desempleo del 23,6 por ciento (entre los jóvenes asciende al 50,5 por ciento).
La política de respuesta supuestamente debe ser aún más austeridad, con el Banco Central Europeo, desde luego, obsesionado con la inflación. Y las autoridades afirmando que el increíblemente ridículo incremento de la tasa del año pasado de hecho fue algo digno de enorgullecerse. Estoy empezando a pensar que nos estamos encaminando a un resquebrajamiento de todo el sistema.

La Mala Parábola de Ken Rogoff

Ken Rogoff, profesor de Economía de Harvard, publicó un artículo de opinión en el Financial Times el 23 de abril, comparando los pesares de Europa con los de una familia con una cuenta de cheques compartida en la que algunos de sus integrantes empiezan a abusar de su privilegio. “La verdadera lección del gran experimento del euro es que, dado el débil estado del gobierno global, el área óptima de moneda única probablemente sigue siendo un país, al menos cuando dos o más países grandes participan”, escribió.

Es una historia bonita, pero casi completamente equivocada. Sí, el “casi” se debe a Grecia. Pero Ken básicamente está aceptando el marco preferido por Alemania, de que todo tiene que ver con la irresponsabilidad fiscal, cosa completamente falsa para todos los demás (sobre todo en España, foco de la crisis).

Por enésima ocasión, los países clave 
de la debacle no registraban grandes déficits antes de ser golpeados. Tomados como grupo, la proporción deuda/producto interno bruto de los “G.I.P.S.I.” (Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia, por sus siglas en inglés) estaba cayendo, no aumentando. Lo que ocasionó la crisis fue el enorme influjo de capital privado. No piense en políticos descontrolados; imagínese “Landesbanken” alemanes prestando dinero a las cajas españolas, alimentando una burbuja de bienes raíces.

Entonces, ¿cuál fue el gran problema con el euro? No tanto que haya promovido estos flujos; probablemente lo hizo, pero los “G.I.P.S.I.” no son las primeras economías que los mercados de bonos han preferido temporalmente sin mucho sentido común. No, el problema principal fue la ausencia de una forma de ajuste cuando se acabó la música. Es realmente frustrante que, una completamente demostrable falsa narrativa sobre la crisis, siga dominando el discurso, y esperaba algo mejor de Ken.

El auge de la economía “orwelliana”

Estos últimos años han sido tiempos magros en muchos sentidos, pero han sido de auge para falacias económicas agonizantemente torpes que provocan ganas de darse con la cabeza contra la pared.

La última moda -ilustrada por un artículo de opinión publicado recientemente en The Wall Street Journal- es que la política monetaria expansiva generalmente es un regalo para los bancos y plutócratas. En efecto, esa perorata, titulada “Cómo es que la FED favorece al 1 por ciento”, escrita por Mark Spitznagel, fundador de un fondo de inversiones, de hecho afirma que todo el tema del 1 versus el 99 por ciento realmente debería enfocarse en controlar o incluso abolir la Reserva Federal. “La implacable expansión del crédito por la FED crea disparidades artificiales basadas en privilegios políticos y poder económico”, escribió Spitznagel.

¿Qué tiene de malo la idea de que echar a andar la máquina de hacer dinero es un regalo para los plutócratas? Permítame explicarlo. En primer lugar, la política actual es absolutamente contraria a lo que se está afirmando. El relajamiento cuantitativo no está siendo impuesto al pueblo por financieros y rentistas; se está aplicando, hasta donde llega, por los alaridos de protesta de la industria financiera. O sea, ¿dónde están las editoriales del The Wall Street Journal exigiendo que la FED eleve su meta inflacionaria?

Más allá de eso, hablemos de economía. La ingenua (o deliberadamente engañosa) versión de la política de la FED es la afirmación de que su presidente, Ben Bernanke, está “regalando dinero” a los bancos. Lo que realmente hace, por supuesto, es comprar cosas, normalmente deuda gubernamental de corto plazo, pero actualmente, a veces, también adquiere otras cosas. No es un regalo.

Para afirmar que efectivamente es un regalo, tiene que sostener que los precios que la FED está pagando son artificialmente altos, o lo que es igual a decir que las tasas de interés están siendo forzadas a la baja artificialmente. Y, de hecho, todo el tiempo se ven afirmaciones en ese sentido. Pero si lo piensa un minuto, la afirmación es verdaderamente extraña. Quiero decir, ¿cuál es la tasa de interés no artificial, o “natural”, si así lo prefiere?
Resulta que, de hecho, hay una definición estándar para la tasa de interés natural, acuñada por el economista sueco Knut Wicksell, y básicamente se define con base a la CPP (Comiendo se Prueba el Pastel). En términos generales, la tasa de interés natural es la tasa que llevaría a una inflación estable más o menos a pleno empleo. Y tenemos una inflación baja y desempleo alto, lo que sugiere fuertemente que la tasa natural de interés está por debajo de su nivel actual, y que el problema clave es el límite inferior cero que nos impide alcanzarla. Bajo estas circunstancias, la política expansiva de la FED no es cierto tipo de regalo para los bancos; no es más que un esfuerzo por dar a la economía lo que necesita.

Además, los esfuerzos de la FED para lograrlo probablemente tenderán a afectar a los banqueros, en promedio, en lugar de ayudarlos. El negocio de los bancos consiste principalmente en endeudarse a corto plazo y prestar a largo plazo; cualquier cosa que reduzca el diferencial entre las tasas de corto y largo plazo, probablemente, será malo para sus ganancias.

Y las cosas que la FED intenta hacer, de hecho, en gran parte apuntan a aplanar ese diferencial, ya sea persuadiendo a los inversores de que mantendrá en cero las tasas de corto plazo durante más tiempo o saliendo a comprar activos de largo plazo. Son acciones que se esperaría que provocaran encono entre los banqueros, no alegría. Y, de hecho, eso es lo que ha pasado.

Finalmente, ¿cómo es que la política monetaria expansiva supuestamente afecta al 99 por ciento? Pensemos en toda la gente que vive de ingresos fijos, según nos dicen. Pero, ¿quiénes son estas personas? Conozco el panorama: jubilados que viven de los intereses de sus cuentas bancarias y de su cheque fijo de pensión, e indudablemente algunas personas caen en esta descripción. Pero no son muchas. En estos días, el jubilado típico estadounidense depende enormemente de la Seguridad Social, indexada contra la inflación. Tal vez, reciba algunos intereses por sus depósitos bancarios, pero no muchos: ordinariamente, los estadounidenses tienen menos activos financieros que los que la elite puede imaginarse. Y en lo que respecta a las pensiones: sí, algunas personas tienen planes de pensiones con beneficios definidos que no están indexados a la inflación. Pero es una minoría menguante. Y el efecto, digamos, de una tasa de inflación uno o dos puntos mayor no va a ser enorme ni siquiera para esta minoría.

No, las víctimas reales de las políticas monetarias expansivas son las mismas personas que según la mitología actual están promoviendo estas políticas. Y eso, supongo, explica por qué estamos escuchando lo contrario. Es un mundo de George Orwell, y simplemente vivimos en él.

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Publicado por Revista Debate el 11-05-2012.

martes, 8 de mayo de 2012

Una receta de austeridad arrasa Europa

Marcelo Justo, Londres

La austeridad está en crisis. Las elecciones en Francia y Grecia, la caída del gobierno holandés y el rumano, la recesión del Reino Unido, España y Bélgica son señales de un modelo económico contra las cuerdas. Hasta el ultraortodoxo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, señaló que el ajuste necesita un plan para el crecimiento. En un intento de parar una bola de nieve política antes de que sea incontrolable, la canciller alemana, Angela Merkel, principal impulsora paneuropea del ajuste, acaba de anunciar que se está preparando una “agenda de crecimiento” para la cumbre de jefes de Estado y de gobierno europeos que se celebra este junio.

La agenda puede ser más un ejercicio de relaciones públicas que un cambio significativo del rumbo adoptado desde que estalló la crisis griega en 2010. En la última semana de la campaña presidencial francesa, Angela Merkel se ha convertido en la mejor aliada del candidato socialista François Hollande. La canciller alemana rechazó enérgicamente la propuesta de Hollande de renegociar el pacto fiscal firmado a fines del año pasado por 25 de los 27 miembros de la Unión Europea (UE). En un país con fuerte orgullo nacional, la declaración de Merkel fue como maná celestial para el candidato socialista. “Alemania no decide el destino de Europa”, dijo Hollande a la televisión francesa.

Con este resquebrajamiento del eje franco-alemán, pilar de la Eurozona, gobiernos conservadores pero con la soga al cuello –como Mariano Rajoy en España o el tecnócrata Mario Monti en Italia– empiezan a inclinarse más hacia Hollande que hacia la intransigencia de Merkel. Con un desempleo record de 24,4 por ciento (más de 5 millones y medio de personas) y una nueva crisis bancaria en ciernes, el respaldo electoral que obtuvo Rajoy en las elecciones de noviembre está evaporándose a velocidad supersónica (ver aparte). El continuo mensaje austero de la UE, que no esperó a que terminaran las celebraciones de su victoria, es contraproducente. Además de poner en duda la voluntad política de llevar adelante el ajuste, evapora la posibilidad de hablar de crecimiento.

En el último trimestre del año pasado, la Eurozona entró técnicamente en recesión y la proyección es que 2012 será un año de crecimiento económico negativo. El chaleco de fuerza del euro no ayuda, pero estar fuera de la Eurozona tampoco es una garantía. El caso británico es un ejemplo. La economía empezaba a emerger de la crisis de 2008 gracias al programa de estímulo económico laborista que la coalición revirtió al tomar el poder en mayo de 2010. El pulmotor keynesiano sostuvo la frágil recuperación hasta principios del año pasado, pero a partir de entonces los despidos, el aumento de impuestos y los congelamientos salariales empezaron a erosionar toda posibilidad de crecimiento. El miércoles, los datos oficiales confirmaron que técnicamente el Reino Unido había entrado en recesión. El déficit fiscal bajó del 11 por ciento en 2010 a un 8,3 por ciento el año pasado, pero en marzo se empezó a perfilar la tendencia contraria: con la caída de la recaudación fiscal, el gobierno está empezando a pedir prestado más de lo que había planeado.

Mientras tanto, Europa empieza a hacer agua políticamente por todas partes. En Rumania, el gobierno cayó el viernes pasado cuando la oposición capitalizó una ola de protestas populares contra el ajuste. En la República Checa, el gobierno de centroderecha de Petr Necas está en la cuerda floja por el mismo motivo. En Grecia hay cada vez más indicadores de que las elecciones de este próximo fin de semana dejarán un Parlamento fragmentado con creciente presencia de un partido de ultraderecha que propone minar las fronteras para evitar una invasión e importante presencia de agrupaciones de izquierda: el rechazo a la austeridad será muy amplio. La elección griega debía allanar el camino para los fondos de la Unión Europea: si el Parlamento griego no lo aprueba, sería como desconectar el respirador artificial que mantiene a Grecia en el euro.

En todos los países se ve esta tendencia política a favorecer a políticos ajenos al establishment a derecha e izquierda. La importante cosecha de votos de Marine Le Pen (17,9%) y del ex trotskista Jean-Luic Mélenchon (11%) en la primera ronda electoral francesa es un ejemplo. En las elecciones municipales de Italia de este 6 y 7 de mayo, una reciente encuesta da al cómico Giuseppe “Beppe” Grillo un 7,5 por ciento. En el Reino Unido, la última encuesta muestra la peor pérdida de apoyo del primer ministro David Cameron en ocho años y un importante aumento del apoyo al antieuropeísmo del Partido del Reino Unido. En Austria, el partido de extrema derecha Libertad se encuentra en la cresta de la ola de popularidad gracias a su política antiinmigratoria. Otro partido de derecha que se autodenomina Libertad provocó la caída del gobierno en Holanda. Con las nubes económicas que dominan el horizonte, se puede decir que apenas ha comenzado el baile.

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Publicado por Página/ 12 el 30-4-2012.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Un contagio de malas ideas

Joseph E. Stiglitz

La gran recesión de 2008 se ha transformado en la Recesión del Atlántico Norte: son principalmente Europa y los Estados Unidos, no los mercados emergentes más importantes, los que se han visto afectados por el lento crecimiento y alto desempleo.

Y son Europa y los Estados Unidos los que marchan, juntos o separados, hacia el desenlace de una gran debacle. La explosión de una burbuja condujo a un estímulo keynesiano masivo que evitó una recesión mucho más profunda, pero también impulsó déficits presupuestarios importantes. La respuesta –recortes masivos del gasto– garantiza que niveles de desempleo inaceptablemente altos (un vasto desperdicio de recursos y un exceso de oferta de sufrimiento) continúen durante años.

La Unión Europea finalmente se ha comprometido a ayudar a sus miembros en dificultades financieras. No tenía opción: la agitación financiera amenazaba con difundirse desde países pequeños como Grecia e Irlanda a otros grandes como Italia y España, y la propia supervivencia del euro enfrentaba peligros crecientes. Los líderes europeos reconocieron que las deudas de los países en problemas serían inmanejables a menos que sus economías pudiesen crecer, y que el crecimiento no se lograría sin ayuda.

Pero si bien los líderes europeos prometieron que la ayuda estaba en camino, reforzaron su creencia de que los países sin crisis deben recortar sus gastos. La austeridad resultante retrasará el crecimiento europeo y con ello el de sus economías con mayores problemas: después de todo, nada ayudaría más a Grecia que el crecimiento robusto de sus socios comerciales. Y el bajo crecimiento dañará la recaudación tributaria, socavando la meta proclamada de consolidación fiscal.

Las discusiones previas a la crisis ilustraron lo poco que se había hecho para reparar los fundamentos económicos. La oposición vehemente del Banco Central Europeo a algo esencial para todas las economías capitalistas –la reestructuración de la deuda de las entidades en quiebra o insolventes– evidencia la continua fragilidad del sistema bancario occidental.

El BCE argumentó que los contribuyentes deberían hacerse cargo del costo total de la deuda soberana griega en problemas, por miedo a que cualquier participación del sector privado (PSP) pudiese disparar un “evento crediticio” que forzara importantes erogaciones sobre los swaps de incumplimiento crediticio (CDS) y posiblemente fomentara mayores problemas financieros. Pero, si ese es un miedo real del BCE –si no se trata sólo de actuar en favor de los prestamistas privados–, tendría que haber exigido a los bancos que mantuvieran más capital.

Además, el BCE tendría que haber prohibido a los bancos operar en el riesgoso mercado de los CDS, donde son rehenes de las decisiones de las agencias de calificación sobre lo que constituye un “evento crediticio”. En efecto, un logro positivo de los líderes europeos en la reciente cumbre de Bruselas fue comenzar el proceso de limitar tanto al BCE como al poder de las agencias de calificación estadounidenses.

 De hecho, el aspecto más curioso de la posición del BCE fue su amenaza de no aceptar los bonos del gobierno reestructurados como garantía si las agencias de calificación decidían que la reestructuración debía clasificarse como un evento crediticio. La idea de la reestructuración era liquidar deuda y lograr que el resto fuese más manejable. Si los bonos eran aceptables como garantía antes de la reestructuración, ciertamente serían más seguros después de ella y, por lo tanto, igualmente aceptables.

 Este episodio sirve como recordatorio de que los bancos centrales son instituciones políticas con una agenda política, y que los bancos centrales independientes tienden a ser capturados (al menos “cognitivamente”) por los bancos a los que supuestamente deben regular.

Y la situación no está mucho mejor del otro lado del Atlántico. Allí, la extrema derecha amenazó con paralizar al gobierno de los EE.UU., confirmando lo que sugiere la teoría de juegos: cuando personas racionales se enfrentan a quienes están irracionalmente decididos a la destrucción si no logran su objetivo, son estos últimos quienes prevalecen.

Como resultado, el presidente Barack Obama consintió una estrategia desequilibrada de reducción de la deuda, sin aumentos de impuestos –ni siquiera para los millonarios a quienes les ha ido tan bien durante las últimas dos décadas– y sin siquiera eliminar las dádivas impositivas a las empresas petroleras, que socavan la eficiencia económica y contribuyen a la degradación ambiental.

Los optimistas argumentan que el impacto macroeconómico de corto plazo del acuerdo para aumentar el tope del endeudamiento estadounidense y evitar la cesación de pagos de la deuda soberana será limitado: recortes en el gasto de aproximadamente $25 millardos para el año próximo. Pero el recorte en los impuestos salariales (que contribuía con más de $100 millardos al bolsillo del ciudadano común estadounidense) no fue renovado, y seguramente las empresas, anticipando las consecuencias contractivas, serán aún más renuentes a otorgar créditos.

La cesación del estímulo es en sí misma contractiva. Y, en la medida que los precios de los inmuebles continúan cayendo, que el crecimiento del PIB vacila y el desempleo se empecina en mantenerse elevado (uno de cada seis estadounidenses que desean un trabajo a tiempo completo aún no puede obtenerlo), lo que hace falta es más estímulo y no austeridad –incluso para equilibrar el presupuesto—. El impulsor más importante del crecimiento del déficit es la baja recaudación fiscal debida a un pobre desempeño económico; el mejor remedio sería que los EE.UU. vuelvan al trabajo. El reciente acuerdo de la deuda es una jugada en la dirección equivocada.

Ha habido mucha preocupación sobre el contagio financiero entre Europa y los Estados Unidos. Después de todo, los errores de gestión financiera estadounidense desempeñaron un papel importante en el desencadenamiento de los problemas europeos, y la agitación financiera europea no será buena para los EE. UU. –especialmente considerando la fragilidad del sistema bancario estadounidense y su continuo papel respecto de los poco transparentes CDS—.

Pero el problema real surge de otro tipo de contagio: las malas ideas cruzan fácilmente las fronteras, y las nociones económicas equivocadas a ambos lados del Atlántico se han estado reforzando entre sí. Esto será también válido para el estancamiento que esas políticas conllevarán.

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Publicado por El Espectador el 14-08-2011.

lunes, 23 de abril de 2012

China, bajo la lupa

Sebastián Premici

El mundo sigue atravesando una crisis económica. La baja en las calificaciones de la deuda norteamericana y de algunos países de Europa agudizó la situación, al menos desde el punto de vista financiero. Mientras tanto, desde América Latina, y en particular la Argentina, las miradas están puestas sobre China.

Semanas atrás, Pekín dio a conocer nuevos datos sobre su tasa de crecimiento y confirmó que durante el último trimestre de 2011 su economía creció un 8,9 por ciento frente al 9,1 por ciento del tercero. La tendencia es preocupante para nuestro país, porque la gran mayoría de las exportaciones agropecuarias (un 85 por ciento), grandes generadoras del flujo de divisas, están destinadas a satisfacer la demanda de esa economía. Ésta es una noticia que no puede pasar inadvertida en un momento de convulsión. Sin embargo, el otro dato que no escapa a la mirada de los analistas es que la relación entre la potencia asiática y la Argentina y el resto de la región se volvió estratégica. Para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), China está en camino de superar a la Unión Europea como destino de las exportaciones de la región en 2014.
Desde hace doce años, el gigante asiático explica su economía a partir de sus planes quinquenales -planificación que sólo existió en el país durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón. Para el próximo lustro, reestructurará su esquema de importaciones, con el objetivo de potenciar el consumo interno y equilibrar su balanza comercial. Es decir, se está preparando para adquirir -en el caso de alimentos, materias primas y tecnología con valor agregado- por el simple hecho de que cada vez más familias rurales están pasando a tener consumos urbanos. Por año, 25 millones de chinos dejan la pobreza. En los últimos veinticinco años, 250 millones de personas mejoraron su calidad de vida y, por ende, su situación económica. De ahí que, en los próximos años, el gobierno de Hu Jintao busque potenciar su mercado interno.

A contramano

Durante la crisis de 2009, hubo un freno económico a escala global. Sin embargo, mientras que las exportaciones de la región hacia Estados Unidos y la Unión Europea se redujeron un 26 por ciento y un 28 por ciento, respectivamente, las destinadas a Asia cayeron sólo 5 puntos y las dirigidas a China aumentaron un 5 por ciento. Pese a la crisis, su economía creció a una tasa del 9,2 por ciento. Es decir, este país tiene un papel cada vez más fundamental para América Latina. Pero en una posible nueva fase de freno económico, también hay que mirar el grado de dependencia que existe con el gigante asiático. Dado que su tasa de crecimiento en los últimos meses resultó ser menor a la estimada,  es de esperar que se produzca también una menor expansión de los países latinoamericanos.

Según la Cepal, algunos países de la región dependen mucho de China como socio comercial, sobre todo respecto de las exportaciones. “Chile muestra la tasa más elevada de relacionamiento (13 por ciento), seguido por Perú (11 por ciento), Argentina (9 por ciento), Costa Rica (7 por ciento) y Brasil (7 por ciento). Con respecto a las importaciones, Paraguay es el caso extremo (un 27 por ciento), seguido por Chile y Argentina (11 por ciento) y Brasil, México y Colombia (10 por ciento)”, indicó el organismo internacional. 
Una cifra sirve para ilustrar el nivel del intercambio: durante 2010, ingresaron al país casi 5.000 millones de dólares por exportaciones agroindustriales a China. Es decir, el 85 por ciento del total del complejo agroexportador. De ese total, el 94 por ciento se compuso por porotos de soja (67 por ciento) y aceite de soja (27 por ciento). Teniendo en cuenta las necesidades del país asiático, ávido de productos de mayor calidad, la Argentina podría diversificar su estructura de exportaciones agropecuarias. Por un lado, para no depender tanto de la soja y de los vaivenes de los precios de los commodities. Por el otro, para ofrecer mayor valor agregado, algo que redundaría en mejores ingresos para los productores locales. 
Sin embargo, hay que destacar que las relaciones bilaterales exceden los temas agropecuarios. Cuando el ex presidente Néstor Kirchner anunció junto a su par de China que habría inversiones por 20.000 millones de dólares, pocos tomaron ese dato como algo probable. (Incluso, se lo comparó con el fallido anuncio de Carlos Menem sobre los viajes a la “estratósfera”). No obstante, transcurridos varios años, la realidad demostró que la relación bilateral fue mucho más allá que aquel remoto anuncio. Según datos de la secretaría de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería, el stock de Inversión Extranjera Directa (IED) de China en la Argentina creció a una tasa promedio anual de 60 por ciento entre 2004 y 2009. “El año pasado fue el punto clave donde se ‘gatillaron’ las inversiones en el mercado local. Actualmente, generamos 5.800 puestos de empleo genuino y creemos que, en los próximos cinco años, podremos crear otros 4.000. A través del trabajo conjunto, nuestras relaciones subieron un escalón”, sintetizó el viceministro de Comercio chino, Wang Chao, durante un seminario de inversiones, realizado en su país el pasado 20 de julio.

De ida y vuelta

El año pasado, el comercio bilateral creció un 65 por ciento y las inversiones chinas sumaron casi 13.000 millones de dólares, en rubros diversos como la minería, el petróleo y las telecomunicaciones, entre otros. Además, sólo en el área de transporte, los desembolsos llegan a 15.000 millones de dólares, según la información difundida por el Ministerio de Comercio chino.

Durante el período 2000-2009, China representó el 46 por ciento del consumo global de petróleo, el 72 por ciento del acero y del 170 por ciento del cobre. Sobre este último commodity, ya están avanzadas las negociaciones en la Argentina para la instalación de una planta refinadora de cobre, una inversión que podría demandar 500 millones de dólares. Para la consultora Dragonomics, dedicada a difundir información estadística de China desde 1997, hacia fines del año pasado el país asiático había ejecutado una IED cercana a los 90.000 millones de dólares en todo el mundo.  

Más allá de estos indicadores, un dato que preocupa al Gobierno local es el déficit que arroja la balanza comercial con este socio. Durante 2010, fueron 1.800 millones de dólares, un 60 por ciento superior al registrado en 2009. Esto inquieta porque la Argentina necesita mantener una balanza comercial global positiva, uno de los principales resortes del actual modelo económico. Si Estados Unidos dejara de comprarle a China, producto de una recesión global, muchas de esas ventas podrían canalizarse hacia la Argentina y Brasil. Y, de esta manera, se profundizaría el déficit. De ahí también las intenciones de diversificar las exportaciones agrícolas (en carnes, maíz y lácteos).
Pero por fuera de cualquier dato de la coyuntura, tanto los funcionarios chinos como los locales coinciden en definir el vínculo bilateral como “estratégico”.

Las proyecciones hacia 2020 indican, según la Cepal, que China aumentaría de forma notoria su posición relativa como destino de las exportaciones regionales. “Si se mantiene el actual ritmo de crecimiento de la demanda de nuestros productos en Estados Unidos, la Unión Europea y el resto del mundo, y la demanda de China se incrementa sólo a la mitad del ritmo registrado en esta década, este país superaría a la Unión Europea en 2014 y pasaría a ser el segundo mayor mercado para las exportaciones. En el caso de las importaciones, se prevé un comportamiento similar y que China supere a la Unión Europea en 2015”, concluyó el organismo internacional. Muchas de estas variables dependerán de los acontecimientos económicos próximos. En este sentido, sortear una nueva fase de la crisis internacional será el primer desafío.

Datos clave

-Habitantes: 1.300 millones.
-PBI per capita: en 2010 fue de 4.400 dólares y para 2011 se estimó en 5.200 dólares.
-Ascenso social: 25 millones de personas dejan la pobreza por año.
-Inversión extranjera directa en el mundo: 130.000 millones de dólares en 2010.
-Inversión extranjera directa en la Argentina: 13.000 millones dólares en 2010 (distribuidas en minería, telecomunicaciones y transporte).
-Exportaciones agropecuarias hacia China: 4.965 millones de dólares en 2010 (un 55 por ciento más que un año atrás. El 90 por ciento son porotos y aceite de soja).
-Balanza comercial total: la Argentina tuvo un déficit de 1854 millones de dólares.

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Publicado por Revista Debate y por rebelion.org el 23-4-2012.

jueves, 5 de abril de 2012

Desarrollismo y dependencia

José Luís Fiori

El la década de 60 del siglo pasado, la crisis económica y política de América Latina causó, en todo el continente, una oleada de pesimismo con relación al desarrollo capitalista de las naciones atrasadas. La propia CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) hizo una auto crítica y puso en duda la eficacia de su estrategia de “sustitución de importaciones”, proponiendo una nueva agenda de “reformas estructurales” indispensables para retomar el crecimiento económico continental. Fue en este clima de estancamiento y pesimismo que nacieron las “teorías de la dependencia”, cuyas raíces se remontan al debate del marxismo clásico y de la teoría del imperialismo, sobre la viabilidad del capitalismo en los países coloniales o dependientes.

Marx no le prestó casi ninguna atención al problema específico del desarrollo de los países atrasados porque suponía que la simple internacionalización del “sistema de producción burgués” promovería, en el largo plazo, el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas, en un mundo dominado por las potencias coloniales europeas. Más tarde, a comienzos del siglo XX, la teoría marxista del imperialismo mantuvo la misma convicción de Marx, que solo sería cuestionada radicalmente después del lanzamiento de libro del economista Paul Baran (EEUU), La economía política del desarrollo, en 1957.

Tras su publicación, la obra de Baran se transformó en una referencia obligada del debate latinoamericano de los años 60. Para Paul Baran, el capitalismo era hetereogéneo, desigual y jerárquico, mientras que el subdesarrollo era causado por el propio desarrollo contradictorio del capitalismo. Además, según Baran, el capitalismo monopolista e imperialista había bloqueado definitivamente el camino del crecimiento en los países atrasados.

Las ideias de Baran le vinieron como anillo al dedo al pesimismo latinoamericano de los años 60, y sus tesis se transformaron en  referencia teórica fundamental de las dos principales vertientes marxistas de la escuela de la dependencia: la teoría do “desarrollo del subdesarrollo”, del economista norteamericano A. G. Frank, quien ejerció una influencia particularmente fuerte en Brasil y en Chile; y la teoría del “desarrollo dependiente asociado”, formulada por Fernando  Henrique Cardoso, con el soporte intelectual de un grupo importante de profesores marxistas de la Universidad de São Paulo.

La tesis central de Gunder Frank viene directamente de Paul Baran: de acuerdo con Frank, el imperialismo sería una suerte de bloqueo insuperable, aun con la intervención del Estado, y el desarrollo de la mayoría de los países atrasados solo se podría dar a través de una ruptura revolucionaria y socialista. Esta tesis de Frank fue matizada por sus discípulos, pero mantuvo la marca académica internacional de la teoría de la dependencia. Por su parte, la tesis central de F.H Cardoso nació siendo menos radical: según Cardoso, el desarrollo capitalista de las naciones atrasadas sería posible aun cuando no siguiera las previsiones clásicas, pero sería casi siempre un desarrollo dependiente y asociado a los países imperialistas.

El avance de la teoría del desarrollo asociado fue interrumpido por su propio éxito político, al transformarse en el fundamento ideológico de la experiencia neoliberal en Brasil, bajo el liderazgo del propio F.H.Cardoso. Con relación a G.Frank y sus discípulos, él mismo “emigró”, en los años 80, para otros temas y discusiones históricas, y su teoría del subdesarrollo se quedó parada en el tiempo, como si se tratara apenas de una lista de características especificas, estáticas e intransponibles, de la periferia capitalista. O, quien sabe, una especie de teoría de los “pequeños países”.

A pesar de todo, la escuela de la dependencia sembró cuatro ideas fundamentales que afectaron los fundamentos teóricos del  “desarrollismo de izquierda” de los años 50:
i) El capital, la acumulación del capital y el desarrollo capitalista no tienen una lógica necesaria que apunte, en todas partes y de forma obligatoria, hacia el pleno desarrollo de la industria y de la centralización del capital;
ii) la burguesia industrial no tiene un “interés estratégico” homogéneo que contenga, en sí mismo, un proyecto de desarrollo pleno de las fuezas productivas “propiamente capitalistas”;
iii) no basta con concientizar y civilizar a la burguesía industrial y financiar la centralización de su capital para que ésta se transforme en un verdadero estímulo desarrollista.
iv) por fin, la simple expansión cuantitativa del Estado no garantiza un desarrollo capitalista industrial autónomo y auto sustentado.

Lo que llama la atención es que, hasta hoy, el desarrollismo de izquierda no haya conseguido recuperarse del golpe recibido ni haya logrado construir una nueva base teórica capaz de darle un sentido de largo plazo a sus interminables e inconclusivas discusiones macroeconómicas y a su permanente entusiasmo por la esencia keynesiana.

*José Luís Fiori es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Federal de Rio de Janeiro.

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Publicado por Correio do Brasil el 31-3-2012. Traducción libre.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Otro horizonte: El papel de los bancos centrales

"La independencia de los bancos centrales es una mera ilusión ".
Entrevista a Marc Lavoie

Tomás Lukin

“Gracias a una teoría económica fallida un problema pequeño terminó convirtiéndose en un desastre”, se lamentó el economista canadiense Marc Lavoie. El investigador enrolado en la tradición postkeynesiana es un crítico de la visión dominante de la economía y especialista en temas monetarios. “Los bancos centrales no deben ser independientes, deben coordinar sus políticas con los gobiernos y perseguir objetivos múltiples”, afirmó Lavoie. Invitado a la Argentina para participar del Congreso de Economistas Heterodoxos organizado por la Universidad de Quilmes, Lavoie dialogó con Cash. El profesor de la Universidad de Ottawa cuestionó la existencia de bancos centrales con mandatos limitados al control de la inflación y destacó la necesidad de que esos organismos se conviertan nuevamente en agentes del desarrollo. El economista cuestionó las teorías económicas ortodoxas y desechó la existencia de una vinculación entre la emisión de dinero y los aumentos de precios.

¿La continuidad de la crisis en la Zona Euro es una decisión política o una consecuencia teórica?

–Está todo relacionado. Comenzó con las decisiones políticas cuando se construyó la Eurozona, pero esas decisiones políticas se basaron en un conjunto de teorías económicas que imponen la primacía del mercado y no conciben la posibilidad de una crisis o conflictos. Esas visiones sostienen que los mercados financieros se autorregulan, son eficientes y pueden prever los problemas. Construyeron un Banco Central Europeo (BCE) asumiendo que nunca iba a existir una crisis, que los países de la región no podían tener problemas financieros. Así, cuando estalló la crisis carecían de las herramientas para enfrentarla y resolverla. La creación del BCE y el euro fue principalmente un hecho geopolítico para establecer a Europa como un rival de Estados Unidos. Dudo que los políticos que construyeron la Zona Euro creyeran que existirían beneficios generalizados desde un punto de vista económico. Soy muy pesimista sobre la situación europea.

¿Por qué se diseña una banca central que carece de instrumentos para hacer frente a una situación de crisis?

–Se trata de una cuestión ideológica. La idea era evitar que las bancas centrales no pudieran financiar el gasto del gobierno para que esa emisión no generase inflación. Pero esa idea fracasó. Aunque en el pasado era relativamente fácil para los gobiernos de Europa obtener adelantos del Banco Central, el BCE no puede comprar bonos de los países directamente, no puede financiar a los países y ni siquiera tiene permitido adquirir títulos públicos en el mercado. Las dos primeras limitaciones se dejaron escritas en la carta orgánica. La imposibilidad de comprar bonos en el mercado fue una convención que no figura en el estatuto del BCE. Siempre creí que los políticos y banqueros centrales europeos se iban a dar cuenta de que esas reglas no tenían ningún sentido. Me equivoqué. Aunque cambiaron las reglas y en mayo de 2010 el BCE comenzó a comprar títulos de Grecia, Irlanda, España, Portugal e Italia evitando así la profundización de la crisis y también aceptó activos sin la máxima calificación, todo lo que hicieron, lo hicieron demasiado tarde.

Esta semana se aprobó una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Una de las modificaciones más cuestionadas por los especialistas locales fue el incremento en la capacidad de financiamiento del organismo al Tesoro porque lo consideran inflacionario.

–Quienes sostienen que el Banco Central genera inflación creen en la teoría ortodoxa, que ya fue refutada hace un tiempo considerable. Pero todavía existen muchos economistas alrededor del mundo que todavía creen que la emisión genera inflación. El Gobierno debe coordinar sus políticas con la Banca Central y el financiamiento al Tesoro no impacta sobre la inflación. Las bancas centrales no manejan la cantidad de dinero en circulación; la cantidad de dinero está determinada por la demanda de crédito, y las bancas centrales cuentan con la tasa de interés. No existe la inflación por exceso de emisión monetaria.

¿Un financiamiento “excesivo” no podría acelerar la inflación?

–En Canadá no hay límite a la capacidad del Banco Central para financiar al Tesoro, incluso cada vez que el gobierno emite un bono el Banco de Canadá adquiere generalmente el 15 o 20 por ciento de las emisiones. Eso no genera ningún problema inflacionario. Además, ese mecanismo permite establecer un precio de referencia para los brokers que adquieren los títulos públicos en las emisiones primarias y si no lo respetan pierden su derecho de participar en ese segmento del mercado. Eso permite que no pueda suceder nunca lo que acontece en Europa, donde los bonos no paran de depreciarse. Canadá posee una ventaja que los países en desarrollo no tienen que es la de poder vender en el mercado financiero global bonos denominados en su moneda local. Para la mayoría de los países eso es muy difícil. La situación es diferente pero hay herramientas que se pueden utilizar para mejorar esa situación y emitir en las monedas locales en los sistemas financieros locales.

Canadá puede financiar al gobierno sin límites pero sigue un sistema de metas de inflación para controlar los aumentos de precios.

–Cuando se instalaron las metas de inflación en 1991 tuvieron un efecto negativo sobre el crecimiento y la recesión fue mucho peor que en otros países. Así controlaron la inflación. Después, durante la década del noventa, el “éxito” de las metas de inflación fue suerte: los precios de los commodities y el petróleo bajaron y la mayoría de los países gozaron de baja inflación. Cuando comenzaron a subir los precios internacionales, la tasa de inflación en Canadá también empezó a subir. Ahí nos preguntamos si el Banco Central podría controlar la inflación como decía que estaba haciendo, pero estalló la crisis y los precios volvieron a caer.

¿Cuál debe ser el objetivo de un Banco Central?

–Debe perseguir objetivos múltiples. Uno de ellos, la inflación, pero también el nivel de empleo y la estabilidad financiera. La crisis global demostró que la independencia de los bancos centrales es una mera ilusión. Para alcanzar esos objetivos es necesario coordinar su accionar con los gobiernos. No se trata de algo novedoso. Los bancos centrales eran un agente del desarrollo hasta los años ‘70. Pero esas funciones fueron abandonadas, dejadas de lado a medida que la derecha fue ganando espacios en la política y los economistas que en su mayoría son conservadores se movieron felices en el mismo sentido y abandonaron las ideas keynesianas originales. Los economistas siguieron la corriente de los políticos.

La utilización de las reservas internacionales para pagar deuda externa desató un importante debate en Argentina en 2010. Hoy todavía persiste una fuerte oposición a su uso. ¿Cuál es su visión?

–El rendimiento de las reservas internacionales de Argentina es mucho menor que la tasa de interés que debe pagar el Gobierno por emitir deuda. En su caso es una jugada eficiente usar las reservas para pagar deuda externa. Durante la convertibilidad Argentina estaba obligada legalmente a mantener una relación entre las reservas y los billetes circulando en la economía. Hoy no tiene ningún sentido preservar esa relación. Es una regla estúpida.

La crisis puso en evidencia las limitaciones de la teoría económica dominante y generó espacios para recuperar visiones alternativas, ¿cómo continuará ese proceso?

–En un punto de la crisis podríamos haber considerado que la emergencia de políticas de corte keynesiano para impulsar los niveles de actividad y sostener el empleo se convertirían en la regla y no en la excepción. Pero un año y medio después de la aplicación de esas políticas y paquetes de estímulo vemos un giro de 180 grados. El FMI que parecía cambiar sus recomendaciones de política económica volvió a ser el mismo de antes. Los organismos internacionales y ministros de Economía y Finanzas de Europa recuperaron sus viejos guiones para volver a hablar de la consolidación fiscal y ajustes.

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Publicado por Página/12 el 25-3-2012.