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domingo, 14 de junio de 2015

Mummies don't knock!



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Escena de The Mummy (1959), un aterrador monstruo encarnado por Chistropher Lee y una película deliciosa de ver.

viernes, 30 de mayo de 2014

El amante casado (fragmento)

Coventry Patmore

¿Por qué me lamento después de conquistarla?
Porque la gracia vestal de su espíritu
me incita incansable a perseguirla,
y ella, como un espectro, elude mis abrazos;
tan intensa es su femineidad que verla
es como besar la mano de una reina,
caricia que no conforma ninguna familiaridad;
sino que marca la justa altura
a la que puede aspirar la negligencia.

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Poema cuya fecha original de publicación me fue imposible encontrar. Aparece publicado en una antología de 1919.

martes, 9 de abril de 2013

La inspiración

(fragmento de Un mundo feliz)

Aldous Huxley

A aquella hora Bernard dormía profundamente y sonreía en el particular paraíso de sus sueños. Pero, inexorablemente, cada treinta segundos, la manecilla del reloj eléctrico colgado sobre su cama saltaba hacia delante, haciendo un chasquido casi imperceptible. Clic, clic, clic, clic...

Y llegó la mañana. Bernard estaba de nuevo entre las miserias del espacio y del tiempo. Cuando iba en taxi a su trabajo en el Centro de Condicionamiento estaba de un ánimo deplorable. La embriaguez del éxito se había disipado; volvía sobriamente a ser el mismo de antes y, en contraste con el hinchado globo de las últimas semanas, su antiguo yo parecía muchísimo más pesado que la atmósfera que lo rodeaba.

El Salvaje, inesperadamente, se mostró muy comprensivo con aquel Bernard desinflado.
-Te pareces más al Bernard que conocí en Malpaís —dijo, cuando Bernard, en tono quejumbroso, le contó su lastimoso fracaso—. ¿Recuerdas la primera vez que hablamos? Delante de la casucha. Ahora eres como eras entonces.
-Porque vuelvo a ser desdichado; por eso.
-Bueno, pues yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa, embustera, que tenías aquí.
-¡Vaya, me gusta eso! —dijo Bernard con amargura—. ¡Cuando tú tienes la culpa de todo! Al negarte a asistir a mi fiesta lograste que todos se volvieran contra mí.

Bernard sabía que todo cuanto decía era absurdo e injusto. Admitía para sus adentros la verdad de todo lo que el Salvaje le decía acerca del poco valor de unos amigos que, ante una leve provocación, podían volverse unos encarnizados enemigos. Pero, a pesar de saber todo esto y de reconocerlo, a pesar del hecho de que el apoyo y la simpatía de su amigo eran ahora su único consuelo, Bernard siguió alimentando perversamente, junto con su sincero pesar, un secreto agravio contra el Salvaje; y maquinaba un plan de pequeñas venganzas contra él. Pensar en algo contra el Archichantre comunal hubiese sido inútil; y no había posibilidad alguna de vengarse del Envasador Jefe o del Subdirector de Predestinación. Como víctima, el Salvaje poseía, para Bernard, una gran cualidad por encima de los demás: era accesible. Una de las principales funciones de un amigo radica en sufrir (en forma suave y simbólica) los castigos que queremos y no podemos infligir a nuestros enemigos.

El otro amigo-víctima de Bernard era Helmholtz. Cuando se sintió derrotado, Bernard acudió a él e imploró de nuevo su amistad, que en sus días de prosperidad había juzgado inútil conservar, y Helmholtz se la otorgó sin una queja, sin un comentario, como si se le hubiera olvidado que hubiese habido jamás algún disgusto entre ellos. Conmovido, Bernard se sintió humillado por tal magnanimidad, cualidad más extraordinaria aún, y por lo tanto, aún más humillante, porque no se debía a una dosis de soma, sino que era por completo producto de la buena índole de Helmholtz. Era el Helmholtz de la vida diaria el que olvidaba y perdonaba, no el Helmholtz de las vacaciones, cuando le dan a uno medio gramo de soma. Bernard se mostró debidamente agradecido (era un alivio enorme haber vuelto a encontrar a su amigo) y a la par debidamente resentido (sería un gran placer vengarse de Helmholtz por su generosidad).

La primera vez que conversaron después de haberse reconciliado, Bernard le contó toda la historia de sus desdichas y aceptó sus consuelos. Pocos días después se enteró, con sorpresa y no sin cierto bochorno, de que él no era el único en hallarse en apuros. También Helmholtz había entrado en conflicto con la Autoridad.

-Fue por unos versos —le explicó Helmholtz—. Yo daba mi curso habitual de Ingeniería Emocional Superior a los alumnos de tercer año. Doce lecciones, la séptima de las cuales trata de versos. “Sobre el uso de los versos rimados en la Propaganda Moral y en la publicidad”, para ser exactos. Siempre ilustro mis clases con numerosos ejemplos técnicos. Esta vez se me ocurrió ofrecerles como ejemplo algo que yo acababa de escribir. Pura locura, desde luego, pero no pude resistir la tentación. —Se echó a reír—. Tenía curiosidad por ver cuáles serían sus reacciones. Además —agregó poniéndose serio—, quería hacer un poco de propaganda; quería hacerles sentir algo de lo que sentí yo al escribir aquellos versos. ¡Ford! —volvió a reír—. ¡El escándalo que se armó! El Director Jefe me llamó y me amenazó con echarme inmediatamente a la calle. ¡Ya estoy fichado!
-Pero, ¿qué decían tus versos? —preguntó Bernard.
-Hablaban de la soledad.

Bernard arqueó las cejas.
-Si quieres, te los recito.
Y Helmholtz empezó:

El comité de ayer
aún suena en mis oídos
cual eco apagado
de lejano zumbido;

flota la medianoche
en la ciudad vacía,
las máquinas paradas
y los rostros dormidos;

desiertos los lugares
donde se apiña la gente...
se juntan los silencios
dulces, tristes, alegres,
y hablan, pero con voces
que yo entender no puedo,
nostalgias de Susana
y de Egeria, sus senos,

ausencia de los brazos,
senos, labios, traseros
forma una presencia;
¿cuál…? Y me pregunto,
¿por qué una esencia absurda?

absurda de vacío, que no es,
de algo hecho de nada,
pero que satura la noche
más que ésta a quien poseo
tan lleno de tristeza.

-Bueno —prosiguió Helmholtz—, les puse estos versos como ejemplo y ellos me denunciaron al Director Jefe.
-No me sorprende —dijo Bernard—. Son precisamente lo opuesto a todas las enseñanzas que se dan durante el sueño. Recuerda que ellos han recibido al menos doscientas cincuenta mil advertencias contra la soledad.
-Lo sé. Pero quería ver el efecto que les causaba.
-Bueno, pues ya lo has visto.
Helmholtz se echó a reír.
-Creo —dijo tras una pausa— que ahora tengo un tema sobre el cual escribir. Me parece que empiezo a poder usar este poder que siento en mí, interno, latente. Siento que está viniendo a mí.

Bernard pensó que, a pesar de todas las contrariedades que enfrentaba, Helmholtz parecía ser muy feliz.

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Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos y fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato más corto o con un título ficticio. El texto arriba es parte del capítulo XII de la novela Un mundo feliz (1932). El título, por supuesto, es una indecorosa intervención.

sábado, 5 de enero de 2013

Cómo la tecnología cambiará nuestro mundo

Alastair Reynolds

Nuestro mundo cambia más rápido que nunca y, en años recientes, una serie de tecnologías revolucionarias han pasado de ser algo de ciencia ficción a una realidad en nuestras vidas.

Los robots serán algo muy común en las próximas 
décadas.
Estas nuevas tecnologías, combinadas con cambios demográficos y con la globalización, tendrán un profundo impacto en el futuro de las pequeñas y medianas empresas.

¿Quién hubiera pensado que la maquinaria avanzada y electrónica, como por ejemplo los sistemas de navegación GPS, que hace tan solo una década parecían de ciencia ficción, formarían ahora parte de nuestra rutina?

Incluso las tabletas, que aparecieron proféticamente en la película 2001 Odisea en el Espacio, de Stanley Kubric en 1968, formaban antes parte del mundo de la ficción.

Siempre es difícil de predecir el impacto de los desarrollos tecnológicos, pero estamos ya siendo testigos de cómo nuestro lugar de trabajo cambiará en un futuro próximo.

Telepresencia robótica

Muchas de las tareas que realizamos normalmente en la oficina pueden hacerse en casa; podemos compartir y discutir documentos y tenemos acceso a videoconferencias.

Pero más allá de esto, lo más excitante es la potencialidad de la telepresencia robótica.

Estos sistemas relativamente simples; usando cámaras, micrófonos, altavoces y pantallas, ya están siendo utilizados.

Cirujanos usan la telepresencia robótica para trabajar en salas de operaciones a miles de kilómetros de distancia.

Algunos de los que han usado la telerobótica han descrito un fuerte sentimiento de sentirse "encarnados" en remotas ubicaciones, como si realmente estuvieran allí.

Siempre habrá ocasiones en las que quisiéramos ser otra persona, pero la telepresencia robótica podría tener consecuencias revolucionarias; una combinación de visión en 3D, percepciones táctiles y control telerobótico del cuerpo entero, podrían eliminar la necesidad de viajar físicamente.

Comercios virtuales

La tradicional evolución de las calles comerciales en las ciudades ha sido testigo del colapso de los pequeños comercios en todo el mundo.
En países como Reino Unido, el 37% de las pequeñas y medianas empresas, creen que en 50 años los centros comerciales convencionales desaparecerán y la telepresencia avanzada podría proporcionar muchos de los beneficios que nos da entrar en una tienda tal y como lo hacemos ahora.

De hecho, la robótica y la realidad aumentada podrían dar paso a la creación de calles comerciales híbridas, es decir, donde elementos físicos y digitales estén presentes de forma simultánea.
Una empresa pequeña o mediana operando sin una ubicación fija podría limitarse a alquilar una propiedad vacía en la calle y luego llenarla con productos y servicios virtuales.

Imaginen a cientos de clientes en una tienda vacía a la vez, todos experimentando distintos entornos de realidad aumentada.
La tentación podría ser asumir que las calles comerciales que conocemos serán sustituidas por presencias completamente electrónicas, pero debemos tener en cuenta que a la gente generalmente le gusta interactuar con los demás.

Una calle comercial híbrida sería, por lo tanto, una posibilidad.

Comercio global

Con la eliminación de las restricciones de comercio que suponen los distintos tipos de moneda y las fronteras entre los estados, y el advenimiento de una fuerza de trabajo multilingüe y multicultural telepresente con gran variedad de zonas horarias, parecerá prohibitivo e innecesario para muchas empresas el estar vinculadas a un determinado país o tener algo parecido a una sede.

Sin embargo, esto podría entrañar riesgos para el mundo de los negocios, en particular en un mundo donde la propiedad intelectual emerge como una fuente de ventaja competitiva.

Los mundos virtuales continuarán desarrollándose a lo largo del tiempo, siendo cada vez más realistas y, sobre todo, más fáciles de navegar. Inevitablemente, las economías operando en espacios virtuales serán más complejas, con sus propias instituciones y leyes.
La tecnología erosionará una por una todas las barreras que impedían a las pequeñas empresas comerciar a nivel internacional.

Traductores de voz a tiempo real están empezando a aparecer en el mercado gracias a aplicaciones para celulares, y las impresoras 3D de escala industrial, posiblemente incorporando elementos de la nanotecnología, sustituirán a las tradicionales fábricas, permitiéndonos imprimir aparatos como autos o lavadoras de ropa.

El ejército estadounidense ya está entregando este tipo de impresoras a laboratorios en Afganistán.

Si cada individuo es capaz de imprimir objetos en un futuro próximo, es posible que esto cause un gran efecto en la industria a nivel global.

Por otro lado, la investigación y desarrollo a nivel militar es parte responsable del avance de los autos no pilotados. Tres estados de Estados Unidos han legalizado los autos sin conductor, cuyo uso tiene enormes implicaciones a la hora de proporcionar servicios y productos.

Inteligencia artificial

Estos avances son apenas parte de una tendencia más amplia donde robots autónomos jugarán un rol cada vez más importante en nuestras vidas; robots limpiadores ya patrullan los rascacielos de Tokyo durante la noche.

Aunque los humanos siempre serán mejores para ciertas tareas, no hay duda de que los robots serán algo muy común en nuestras vidas durante las próximas décadas (incluso si no son tan impresionantes como el superrobot japonés pilotable Kuratas).
Nadie puede decir, no obstante, que la verdadera inteligencia artificial, que dotará a las máquinas de conciencia y de sentido de la identidad, está en el horizonte.

Al final nos daremos cuenta de que esto no supondrá una diferencia importante, al menos no para nosotros. Las máquinas, por supuesto, tendrán distinta opinión.

Predecir el impacto de las futuras tecnologías nunca ha sido más fácil, pero si empezamos a pensar en el futuro y empezamos a entender los riesgos y retos que nos esperan, evitaremos estrellarnos contra ellos cuando sean una realidad.

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Publicado por BBC Mundo el 5-1-2013.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Gates of Delirium

Letra y composición: Jon Anderson
Interpretación: Yes


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Del disco Relayer, 1974, rock progresivo, una maravilla psicodélica...

martes, 30 de octubre de 2012

La máscara de la Muerte Roja

Edgar Allan Poe

Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte.

Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que apartaban al enfermo de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad.

Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dajaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja.

Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.

Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero solo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.

También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.

Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.

Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante… mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como solo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.

Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la última campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco.

En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aun en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear.

En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta, y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión, en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.

¿Quién se ha atrevido? —preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban — ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema?  ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer!

Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.

Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero.

Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.

Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron.

Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.

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Cuento publicado en 1842. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato corto o un título ficticio.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Ain't no sunshine

Letra y música: Bill Withers
Interpretación: Sting y David Sanborn

Ain't no sunshine when she's gone,
it's not warm when she's away,
ain't no sunshine when she's gone
and she always gone too long anytime she goes away.

Wonder this time where she's gone,
Wonder if she's gone to stay.
ain't no sunshine when she's gone
and this house just ain't no home.
anytime she goes away.

And I know, I know, I know, I know.
I know, I know, I know, I know,
I know, I know, I know, I know,
I know, I know, I know, I know,
I know, I know, I know, I know,
I know, I know, I know, I know,
I know, I know.

Hey I'll leave the young thing alone
but ain't no sunshine when she's gone,
ain't no sunshine when she's gone,
only darkness everyday.

Ain't no sunshine when she's gone
and this house just ain't no home,
anytime she goes away,
anytime she goes away,
anytime she goes away,
anytime she goes away.


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Canción incluida en el disco Inside de David Sanborn, 1999.

sábado, 26 de noviembre de 2011

C'est ma chanson (This is my song)

Letra y música: Charles Chaplin / Pierre Delanoë
Interpretación: Petula Clark

L'hiver, le vent, la pluie
chantent leur mélodie,
la brume ou le soleil
a mes yeux, c'est pareil.

Ne cherchez pas pourquoi
tout est si beau pour moi,
pourquoi ce gris pays
prend des airs d'Italie.

Et moi, je m'imagine
heureuse dans la nuit
que mille mandolines
jouent pour ma rêverie.

Oui, toute la terre
a composé cette chanson pour toi,
l'oiseau et la rivière
l'avait chantée bien avant moi.

Ce sont des mots de tous les jours,
pourtant ce sont des mots d'amour.
L'amour, c'est ma chanson,
quatre saisons la chanteront pour toi.

(bis)


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Canción escrita por Chaplin en la década de 1960 para la película A Countess from Hong Kong y grabada por Petula en 1967, primero en inglés y, posteriormente, en francés.

jueves, 21 de abril de 2011

Legado de luz desde la oscuridad de la muerte

Robert Fisk

Existen en la vida hechos tan terribles, tan indecibles, tan espantosos, que el lenguaje común no sirve para describirlos. Hace unos días Isis Nassar, artista británica-libanesa de 54 años, quien pintaba retratos y paisajes tan llenos de color que casi resplandecían en la oscuridad, seguía su hábito de viajar por el mundo, dando clases de arte a los pobres y pintando las tierras en las que habitan. Estaba en Belice. De Corea a Costa de Marfil, Eritrea, Nigeria, ¡Palestina! Libia, Indonesia, Papúa, había pintado miles de obras a cual más elaborada. La conocí hace años, cuando el museo Barbican exhibió un paisaje suyo, dolorosamente devastador, de la masacre de palestinos en Sabra y Chatila en 1982, cometida por milicianos libaneses aliados de Israel. Era de formato amplio, como debía ser, pero cuando la Orquesta Sinfónica de Israel fue a tocar en el Barbican, insistió en que se retirara el cuadro.

El lado interesante de esto fue que la demanda de la orquesta era un reconocimiento de la culpa de su país en ese crimen de guerra. Soldados israelíes presenciaron la masacre perpetrada por sus aliados y nada hicieron. Pero, sobra decirlo, el Barbican cedió con cobardía y quitó el lienzo. En ese tiempo reporté el caso en The Independent.

Como quiera que sea, hace unos días Isis estaba en la pequeña casa donde se alojaba en Belice cuando alguien irrumpió, la desnudó, la maniató y le rebanó la garganta. La amiga con quien ella se hospedaba encontró el cadáver. Un agresor sexual estadounidense fue arrestado para ser deportado, mientras un beliceño fue interrogado por la policía local, la cual –al trabajar en una ciudad que, según he averiguado, es una de las capitales mundiales del crimen– debe ser bastante deplorable en su trabajo.

El padre de Isis, Edward, de 85 años, de quien escribí en enero pasado y cuyo hijo murió hace varios años, viajó a Belice con una joven pariente, Nada Nassar, para llevar el cuerpo de su hija al Líbano vía Estados Unidos, proceso que implicó los desconsiderados retrasos burocráticos que se acostumbran en Belice y una igualmente desconsiderada negativa a permitir que Edward cruzara por Florida porque, aunque es inglés, no tiene visa estadounidense. Isis fue sepultada la semana pasada en el hermoso mausoleo familiar, arriba de Beirut.

Noté que los periódicos beliceños recurrieron al lugar común: Isis fue brutalmente asesinada. Pero en este caso me pareció singularmente insatisfactorio. Sí, todos los asesinatos son brutales, pero el de Isis fue tan inicuo que la frase no sirve. Sencillamente me quedé sin palabras. Y luego, la semana pasada estaba leyendo una historia aterradora de la invasión y ocupación nazi de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial y me di cuenta de que el cruel final de Isis fue enfrentado por decenas de miles –de hecho millones– de rusos. Los nazis eran así. Esa era la forma en que trataban a las mujeres. Los rusos cobraron terrible venganza en 1945, es cierto, pero ésa es otra historia. Y ahí es cuando caí en cuenta de lo que ocurrió con Isis: fue víctima de una atrocidad tan terrible como los crímenes de guerra cometidos por los nazis.

Así pues, cuando el padre de Isis me invitó a verlo, hace una semana –a charlar y luego a comer–, me asaltó la vieja pregunta: ¿qué se dice? Estoy cansado de las frases cojas como “lo siento”, “qué terrible”, que decimos a los familiares de víctimas inocentes. En su pequeño museo de antigüedades, dedicado en parte a la obra de Isis, me dijo con gran elocuencia –y con más fragilidad que nunca–: Tengo 85 años; yo debería estar muerto, Isis debería estar viva.

Le ofrecí disculpas por no asistir al pésame oficial, porque en Líbano eso por lo regular significa muchas familias que se odian entre sí. Se echó a reír. Robert, prefiero llevarte a comer. Le dije mi idea de que la palabra atrocidad de la Segunda Guerra Mundial era la que encajaba en este acto terrible. Lo pensó un rato y estuvo de acuerdo.

En tales ocasiones, por lo regular dejo que el deudo hable –para averiguar de qué quiere hablar– y sí, Edward quería hablar de lo brillante que era su hija. Había decidido abrir un segundo museo dedicado al trabajo de Isis. Incluso trajo gran número de bocetos de la casa de ella, ahora abandonada, muchos de ellos, pensé, de mujeres papuanas y nigerianas. Quiero dedicar mi vida a su obra, dijo, y que alguien escriba su biografía, poniendo muchas de sus pinturas de color en el libro. Es la única forma en que puedo dar sentido a mi existencia. Le dije que me parecía un magnífico proyecto.

Fuimos a la bonita casa de Edward, frente al Mediterráneo. Fumamos sus estupendos puros Cohiba y tuvimos una magnífica comida con montones de kibbe libanés, sambousek jibneh y tahina vegetal adornada con cebollas. La silla vacía de Isis estaba frente a mí. Y todo el tiempo estuvimos rodeados de docenas de cuadros de Isis.

Recuerdo haber leído hace poco que el artista alemán Hans Hofmann escribió una vez: En la naturaleza, la luz crea el color. Y en la pintura, el color crea la luz. Y Edward estuvo de acuerdo conmigo en que esa descripción parecía aplicarse casi con singularidad al trabajo de Isis. Había frente a mí una pintura de la costa irlandesa. Y detrás de Edward, una montaña espectacular hecha de todos los colores del arcoiris. Pude oler la pintura al óleo.

Así pues, regresé a Beirut y Edward se retiró a su siesta vespertina. Fue una atrocidad. Pero no hay más que decir.

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Publicado en The Independent y en La Jornada el 17-4-2011.

lunes, 11 de abril de 2011

Que las imágenes de la guerra hablen por sí mismas

Robert Fisk

Detesto que me llamen reportero de guerra. En primer lugar, porque la palabra tiene el triste sabor del adicto. En segundo, porque no se puede informar de una guerra sin conocer la política subyacente en ella. ¿Podrían Ed Murrow o Richard Dimbleby haber cubierto la Segunda Guerra Mundial sin entender la política de contemporización de Chamberlain o el anexionismo de Hitler? ¿Podría James Cameron –cuya cobertura de Corea fue espectacular– haber registrado en vivo el lanzamiento de prueba de una bomba atómica sin tener conocimiento de la guerra fría?

Siempre digo que los reporteros deben ser neutrales e imparciales… del lado de los que sufren. Si uno cubriera el tráfico de esclavos en el siglo XVIII no le daría espacio igual al capitán del barco esclavista. En la liberación de un campo de exterminio no le daría tiempo igual a las SS. Cuando la yihad islámica palestina voló una pizzería llena de niños israelíes en Jerusalén, en 2001, no le di espacio igual al vocero de la yihad. En la masacre de Sabra y Chatila en Beirut, en 1982, no le di espacio igual al ejército israelí que contempló la matanza y cuyos aliados libaneses cometieron esa atrocidad.

Pero la televisión tiene prioridades diferentes. Al Jazeera en inglés –a diferencia de la versión árabe– logra hacerlo casi como debe ser. Sí, de cuando en cuando aparezco allí y sus reporteros son buenos amigos míos. Pero ese canal sí dice quiénes son los malos, se expresa sin cortapisas y pone en vergüenza a la BBC, por lo general pusilánime. Lo que más me impacta, sin embargo, es la calidad de su información. No las palabras, sino las imágenes.

En Túnez y Bahrein, a menudo compartí un auto con James Bays de Al Jazeera (sí, es amigo mío, y sí, ¡claro que viajaba a sus costillas!). Me fascinaba la forma en que se apartaba de la cámara diciendo: “los voy a dejar ver la escena un momento”, y entonces desaparecía y nos dejaba observar a las decenas de miles de refugiados egipcios en la frontera tunecina, o las decenas de miles de manifestantes chiítas con sus banderas bahreiníes en la glorieta de la Perla (cuyo monumento fue destruido por el rey como en una quema ritual de libros). Las imágenes hablaban en vez de las palabras. El reportero se sentaba en la fila de atrás (en contraste, observen a los chicos y chicas de la BBC, todo el tiempo haciendo tontos ademanes) y la imagen contaba la historia.

Bays cubre ahora el avance rebelde y la constante retirada de Libia occidental –más retirada, sospecho, que la de los generales Wavell y Klopper en el desierto libio en la década de 1940–, pero una vez más se quita de la imagen y nos deja presenciar el caos de pánico en el camino más allá de Ajdabiya. Los dejaré ver con sus propios ojos, dice. Y vaya que sí. No estoy seguro de que ésa sea la forma en que deba cubrirse una guerra. ¿Se puede informar sobre la caída de Berlín en 1945 sin el general Zhukov? ¿O sobre junio de 1940 sin Churchill? Pero por lo menos nos permite sacar nuestras propias conclusiones.

Cuando Dimbleby informó sobre la tormenta de fuego de Hamburgo –aquella frase, todo lo que puedo ver es una gran cuenca de fuego frente a mí, todavía me persigue–, necesitábamos sus palabras. Como necesitábamos el comentario de Ed Murrow de que iba a mover sólo un poco el cable de su cámara para dejar que los londinenses que estaban fuera de la iglesia de Saint Martin in the Fields, en la plaza Trafalgar, fueran a cubrirse durante los bombardeos alemanes. Pero hay algo indeleblemente conmovedor en el informe directo de una cámara sin reportero. Eurovision hace eso a menudo –lo llama sin palabras– y yo me pregunto si no es presagio de un nuevo periodismo.

John Simpson trató de hacerlo en la BBC antes de la caída de Kabul en 2001, pero usó un método diferente: permitió que los televidentes observaran al segundo equipo de camarógrafos, el cual se volvía parte de la información mientras él avanzaba de una escena a otra, y poco a poco nos acostumbramos a la idea de que era un grupo de cuatro, hasta el punto de que se volvieron participantes naturales en la noticia, tan obvios como el propio reportero.

Soy totalmente partidario de eso. La idea de que todavía tengamos reporteros que siguen asintiendo significativamente con la cabeza mucho tiempo después que el entrevistado se ha ido, como si aún lo escuchara, me parece ridícula. Y volvamos un poco atrás, por favor: que alguien les diga a los reporteros de televisión que dejen de estar manoteando como si fueran un extra en una obra de Shakespeare, tratando de explicarse enfrente del aburrido público.

Bays aún usa un poco las manos –noté que yo lo hice en Al Jazeera el otro día–, pero casi siempre es para invitar al público a observar algo que él ha visto. Una vez escribí que no se puede describir una masacre en un medio impreso sin usar el lenguaje de un parte médico, y me temo que la televisión (incluso Al Jazeera) no ha logrado aún comunicarnos todo el horror de las atrocidades. La aseveración de que no se deben mostrar muertos –cuando nosotros los hemos visto en todo su horror– siempre me ha parecido una simulación. Si los gobiernos van a la guerra (¿cuántos vieron imágenes de los muertos en Libia luego de los ataques de la OTAN esta semana?; respuesta: cero), entonces se nos debe permitir ver el verdadero rostro de la guerra.

Por el momento, sin embargo, vean Al Jazeera, observen a mi buen amigo James Bays y rueguen por que ya no tenga que retroceder. Y también por que después de este artículo todavía me deje viajar en el auto con sus camarógrafos.

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Publicado en originalmente por The Independent y por la La Jornada el 4-4-2011.