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jueves, 31 de mayo de 2012

¿Por qué las políticas de austeridad son profundamente erróneas?

Vicenç Navarro

Una de las explicaciones que se han dado con mayor frecuencia a la crisis financiera actual que sufren los países GIPSI (Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia) es la que indica que los Gobiernos de tales países han gastado más de lo que deberían haber gastado, endeudándose demasiado. De ahí la respuesta a la crisis dada por la Troika -el Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI)- así como por el Consejo Europeo y el Gobierno alemán presidido por la canciller Angela Merkel, exigiendo a los Gobiernos que reduzcan su déficits y su deuda pública, medida fundamental para que los países recuperen su crecimiento económico. Esta explicación ha alcanzado niveles de dogma en los últimos años, dogma reproducido en la mayoría de los medios de mayor difusión donde la sabiduría convencional se transmite. Dentro del mundo económico [español], el mayor defensor de este dogma ha sido Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada), fundación financiada por los mayores bancos y mayores empresas del país.

El mayor problema que tiene tal explicación es que la evidencia científica no la sustenta. Si hubiera sido cierta, tendríamos que haber encontrado en todos estos países, cuando la crisis se inició, déficits y deudas públicas elevadas, lo cual no es cierto. En realidad, España, al inicio de la crisis, en 2007, tenía un superávit en sus cuentas del Estado (+2.23% del PIB) y una deuda pública del 36,2% del PIB, que estaba muy, muy por debajo del límite permitido por el Pacto de Estabilidad (60%), y muy por debajo del promedio de los países de la Eurozona. La deuda neta (es decir, eliminando la deuda que el Estado se debe a sí mismo) era sólo un 26,7%. No puede, por lo tanto, argumentarse que el Estado español se hubiera endeudado demasiado. Una situación semejante aparece en Irlanda, donde también había superávit (+0,1% del PIB) en las cuentas del Estado y una deuda pública del 24,8% del PIB, por debajo del nivel máximo permitido por el Pacto de Estabilidad (con una deuda neta del 11,1% del PIB). Portugal sí que tenía un déficit público (-3,2% del PIB), pero era muy cercano al nivel permitido por el Pacto de Estabilidad (-3%), y una deuda pública, 68,3% del PIB, muy cercana al nivel permitido (60%). A ninguno de estos tres países, España, Irlanda y Portugal, se les puede atribuir la crisis a su excesivo endeudamiento público.

Italia tenía un déficit público minúsculo (-1,5% del PIB) en 2007 y una deuda pública de 103,1% del PIB, mayor de la permitida por el Pacto de Estabilidad. Grecia, sin embargo, sí que tenía un déficit público elevado (-6,7% del PIB) y una deuda pública también elevada (105% del PIB). Ahora bien, estas cifras eran asumibles si se le hubiera permitido crecer económicamente. El crecimiento económico es una manera de reducir el déficit y la deuda pública, pues el crecimiento genera más recursos al Estado. Pero en lugar de permitir que siguiera unas políticas expansivas de gasto público, se le impusieron unas reducciones draconianas de tales gastos, de manera que crearon una caída de tal crecimiento, cayendo en una gran recesión. Como consecuencia, en Grecia el déficit público aumentó, alcanzando un 10,6% del PIB en 2011. Y lo mismo ocurrió con su deuda pública, que aumentó a un 160,8% del PIB (también en el 2011).

A la luz de estos datos es imposible sostener que la causa de la enorme recesión, que tales países han estado sufriendo, se deba a que los Estados se han endeudado demasiado. Sólo Grecia y en parte Italia (debido a su elevada deuda pública) podrían mostrarse como prueba de tal tesis. Ni a España, ni a Portugal ni a Irlanda, se les puede acusar de tal comportamiento público. No es cierto que el Estado fuera excesivamente prolijo y que el gasto se hubiera descontrolado, tal como afirman, errónea o maliciosamente, los autores neoliberales.

En realidad, han sido las políticas impuestas por la Troika, así como por el Consejo Europeo y por el Gobierno Merkel, con la ayuda, hasta hace poco, del Gobierno Sarkozy, las que han causado la recesión existente en estos países y en la Eurozona. Sus políticas de austeridad, con recortes del gasto público, incluyendo del gasto público social, así como su énfasis en disminuir los salarios (lo que llaman devaluación doméstica), han creado un descenso de la demanda, y con ello un descenso muy marcado del crecimiento económico. Como ha mostrado Mark Weisbrot, co-director del Center for Economic and Policy Research, hay una relación directa entre la austeridad seguida en un país y el descenso del crecimiento económico. A mayor austeridad, menor crecimiento (y con ello mayor crecimiento del déficit y de la deuda pública). Grecia ha sido el país al cual le han impuesto mayores recortes y donde ha habido un mayor descenso de su PIB. Una situación semejante ha ocurrido en España, Portugal, Irlanda e Italia. Los países nórdicos han sido los que han tenido menos recortes y han crecido más rápidamente.

¿Por qué EEUU está creciendo y la Eurozona no?

Y ahí está gran parte del problema. Las políticas de austeridad han sido la mayor causa de la recesión, no sólo en estos países sino en toda la Eurozona. Es ilustrativo en este sentido comparar el estancamiento de tal zona monetaria con una recesión que está afectando muy negativamente al bienestar de la población en la mayoría de países, con la mayor recuperación que ha experimentado EEUU, resultado de seguir distintas políticas publicas. En EEUU, resultado del estallido de la burbuja inmobiliaria, la economía casi colapsó, perdiendo nada menos que 1,5 trillones (1.500 billones) de dólares. La Administración Obama aprobó un plan de estímulo económico aumentando el gasto público 300 billones (una cantidad muy insuficiente para cubrir el enorme agujero creado por aquel estallido, como bien han criticado muchos autores como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Mark Weisbrot, Dean Baker, y muchos otros) que se gastaron en crear empleo en los servicios sanitarios y sociales públicos y a crear infraestructuras físicas en el país.

El Gobierno federal, a través de su Banco Central (el Federal Reserve Board), también redujo los intereses bancarios de una manera muy acentuada, e inyectó 2,3 trillones de dólares en la economía. Inyectar quiere decir que el Banco imprimió dinero y con él compró deuda pública, ayudando así al Estado federal a que dependiera menos de los préstamos de la banca privada (como ocurre en la Eurozona). Hoy, los bonos públicos del Estado federal tienen los intereses más bajos de todos los bonos públicos de la OCDE (el club de países más ricos del mundo) mostrando la falacia de los autores neoliberales que cuestionan la viabilidad de tal deuda pública estadounidense.

El contraste con el comportamiento en la Eurozona es enorme. En primer lugar, las políticas de estímulo han brillado por su ausencia en la Eurozona. Sólo ahora el nuevo Presidente de Francia, el señor François Hollande, ha pedido que se desarrolle una política de estímulo. Pero incluso ahora, las cantidades citadas en sus propuestas, 30.000 millones de euros, son dramáticamente insuficientes para estimular las economías de la Eurozona en recesión, sobre todo teniendo en cuenta que se mantienen –en tales propuestas- las políticas de austeridad que han sido responsables de la recesión. Las políticas de crecimiento complementan en tales propuestas, no sustituyen, a las políticas de austeridad, lo cual es un profundo error.

La segunda gran diferencia es el comportamiento del Banco Central Europeo, que ha impreso mucho menos dinero que el FRB, y otra gran diferencia es que tal Banco ha prestado dinero a la banca privada de los países de la Eurozona a intereses muy bajos (1%), los cuales han comprado la deuda pública (los bonos públicos del Estado) con un interés repercutido mucho más elevado (6% en el caso de España), con lo cual la banca privada se ha beneficiado enormemente a costa de los Estados. Es más, esta banca ha especulado con la deuda pública, creando artificialmente la sensación de crisis a fin de que los Estados se vean forzados a pagar intereses muy elevados.

Los resultados de este comportamiento diferencial en las políticas fiscales y monetarias son claros. EEUU salió de la crisis ya en 2009, dos años después de que se iniciara, con un crecimiento anual del 2,4% del PIB. En los países de la Eurozona, el crecimiento no ha alcanzado ni el 1,5% y con una previsión negativa para el próximo año (-0.3%).


* Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore). Dirige también el Observatorio Social de España.
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Publicado por Público el 30-5-2012.

martes, 8 de mayo de 2012

Una receta de austeridad arrasa Europa

Marcelo Justo, Londres

La austeridad está en crisis. Las elecciones en Francia y Grecia, la caída del gobierno holandés y el rumano, la recesión del Reino Unido, España y Bélgica son señales de un modelo económico contra las cuerdas. Hasta el ultraortodoxo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, señaló que el ajuste necesita un plan para el crecimiento. En un intento de parar una bola de nieve política antes de que sea incontrolable, la canciller alemana, Angela Merkel, principal impulsora paneuropea del ajuste, acaba de anunciar que se está preparando una “agenda de crecimiento” para la cumbre de jefes de Estado y de gobierno europeos que se celebra este junio.

La agenda puede ser más un ejercicio de relaciones públicas que un cambio significativo del rumbo adoptado desde que estalló la crisis griega en 2010. En la última semana de la campaña presidencial francesa, Angela Merkel se ha convertido en la mejor aliada del candidato socialista François Hollande. La canciller alemana rechazó enérgicamente la propuesta de Hollande de renegociar el pacto fiscal firmado a fines del año pasado por 25 de los 27 miembros de la Unión Europea (UE). En un país con fuerte orgullo nacional, la declaración de Merkel fue como maná celestial para el candidato socialista. “Alemania no decide el destino de Europa”, dijo Hollande a la televisión francesa.

Con este resquebrajamiento del eje franco-alemán, pilar de la Eurozona, gobiernos conservadores pero con la soga al cuello –como Mariano Rajoy en España o el tecnócrata Mario Monti en Italia– empiezan a inclinarse más hacia Hollande que hacia la intransigencia de Merkel. Con un desempleo record de 24,4 por ciento (más de 5 millones y medio de personas) y una nueva crisis bancaria en ciernes, el respaldo electoral que obtuvo Rajoy en las elecciones de noviembre está evaporándose a velocidad supersónica (ver aparte). El continuo mensaje austero de la UE, que no esperó a que terminaran las celebraciones de su victoria, es contraproducente. Además de poner en duda la voluntad política de llevar adelante el ajuste, evapora la posibilidad de hablar de crecimiento.

En el último trimestre del año pasado, la Eurozona entró técnicamente en recesión y la proyección es que 2012 será un año de crecimiento económico negativo. El chaleco de fuerza del euro no ayuda, pero estar fuera de la Eurozona tampoco es una garantía. El caso británico es un ejemplo. La economía empezaba a emerger de la crisis de 2008 gracias al programa de estímulo económico laborista que la coalición revirtió al tomar el poder en mayo de 2010. El pulmotor keynesiano sostuvo la frágil recuperación hasta principios del año pasado, pero a partir de entonces los despidos, el aumento de impuestos y los congelamientos salariales empezaron a erosionar toda posibilidad de crecimiento. El miércoles, los datos oficiales confirmaron que técnicamente el Reino Unido había entrado en recesión. El déficit fiscal bajó del 11 por ciento en 2010 a un 8,3 por ciento el año pasado, pero en marzo se empezó a perfilar la tendencia contraria: con la caída de la recaudación fiscal, el gobierno está empezando a pedir prestado más de lo que había planeado.

Mientras tanto, Europa empieza a hacer agua políticamente por todas partes. En Rumania, el gobierno cayó el viernes pasado cuando la oposición capitalizó una ola de protestas populares contra el ajuste. En la República Checa, el gobierno de centroderecha de Petr Necas está en la cuerda floja por el mismo motivo. En Grecia hay cada vez más indicadores de que las elecciones de este próximo fin de semana dejarán un Parlamento fragmentado con creciente presencia de un partido de ultraderecha que propone minar las fronteras para evitar una invasión e importante presencia de agrupaciones de izquierda: el rechazo a la austeridad será muy amplio. La elección griega debía allanar el camino para los fondos de la Unión Europea: si el Parlamento griego no lo aprueba, sería como desconectar el respirador artificial que mantiene a Grecia en el euro.

En todos los países se ve esta tendencia política a favorecer a políticos ajenos al establishment a derecha e izquierda. La importante cosecha de votos de Marine Le Pen (17,9%) y del ex trotskista Jean-Luic Mélenchon (11%) en la primera ronda electoral francesa es un ejemplo. En las elecciones municipales de Italia de este 6 y 7 de mayo, una reciente encuesta da al cómico Giuseppe “Beppe” Grillo un 7,5 por ciento. En el Reino Unido, la última encuesta muestra la peor pérdida de apoyo del primer ministro David Cameron en ocho años y un importante aumento del apoyo al antieuropeísmo del Partido del Reino Unido. En Austria, el partido de extrema derecha Libertad se encuentra en la cresta de la ola de popularidad gracias a su política antiinmigratoria. Otro partido de derecha que se autodenomina Libertad provocó la caída del gobierno en Holanda. Con las nubes económicas que dominan el horizonte, se puede decir que apenas ha comenzado el baile.

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Publicado por Página/ 12 el 30-4-2012.

lunes, 13 de febrero de 2012

La divina comedia

Ricardo Aronskind

Europa está en declive económico, y vuelven a empujarla en esa dirección todos los días. La arrojan sus autoridades principales con las políticas de “austeridad” que reclaman despidos y recortes del gasto público. La arrojan –concientemente– las calificadoras de riesgo, en una dinámica de boicot sistemático a cualquier recuperación objetiva o subjetiva. La arroja la principal potencia regional, Alemania, con una notoria cortedad de miras, y la arroja la pasividad de la población europea, que mayoritariamente no advirtió todavía hacia dónde la están llevando las orientaciones neoliberales de sus gobernantes. En Grecia es donde la manta está quedando socialmente demasiado corta.

¿Cuál es el plan? ¿A qué se parece lo que viene ocurriendo en Europa? ¿A un proceso de toma de decisiones democrático y razonado o a un campeonato de mezquindades donde los actores van usando su fuerza relativa para empujar la realidad en la dirección de los resultados deseados?

Desde que comenzó la crisis internacional, la Eurozona ha ido acumulando tropiezos, en medio de anuncios de salvatajes financieros cada vez mayores –que no se concretan–, y del lanzamiento de paquetes económicos contractivos, que sí se concretan. Se menciona al pasar, y como signo de “corrección económica”, la necesidad de crecer junto con la de ajustar. Pero sólo se toman medidas de ajuste, y se dice que contribuirán –vía expectativas de los agentes económicos– al crecimiento.

Desde mediados de 2011 se viene observando una fuerte contracción del crédito interno europeo. La iliquidez en los bancos es grande, la desconfianza sobre la viabilidad de las entidades se acrecentó, y ya la deuda soberana de varios países no es la única espada de Damocles: la quiebra de grandes entidades bancarias es una posibilidad real.

Hace aproximadamente dos meses se estimaba que los bancos privados más importantes de Europa necesitaban una inyección de 115 mil millones de euros para estar en condiciones de hacer frente a una situación de “estrés” financiero (por ejemplo, el pánico a partir de un default griego y su contagio a otros países). El cálculo, revisado hace un mes, llevó la cifra a 350 mil millones. Finalmente, el 21 de diciembre pasado, el Banco Central Europeo (BCE) habilitó una línea de crédito amplia para los bancos privados, a 3 años y con bajísima tasa de interés, y las entidades le pidieron 490 mil millones. Hasta hace poco se cuidaban de pedir estos créditos para no generar sospechas de que su situación era frágil.

Cada nuevo ataque de “desconfianza” de los “mercados” es acompañado (o precedido) por alguna desmejora en la calificación de riesgo que suministra el oligopolio calificador norteamericano (Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s). El resultado concreto es que se incrementan los intereses que se les cobran a los supuestos países riesgosos para prestarles... lo que los vuelve más riesgosos, porque su situación fiscal, productiva y social empeora debido a los mayores pagos. Sigue siendo asombrosa la sumisión universal a las empresas calificadoras de riesgo, que se expresa en una enorme cantidad de contratos y de créditos vinculados con las “evaluaciones” que realizan. Ese lugar que se les concede las vuelve extraordinariamente influyentes, ya que deposita en las manos de unos pocos analistas financieros, con una limitadísima visión económica y política, el destino de grandes conglomerados humanos.

En la reciente supercumbre del 9 de diciembre [de 2011] de los 27 miembros de la UE pareció que se alumbraba una “solución”: un control y supervisión mucho más estrechos de la Unión sobre las finanzas públicas y los sistemas financieros de todos los países miembros, junto con reglas extremadamente estrictas en materia de gasto y equilibrio fiscal. La cumbre les ofreció a los mercados más garantías fiscales futuras para enfrentar los apremios financieros presentes. ¿Era eso lo que estaban esperando los mercados?
Alemania se resiste a constituirse en el gran garante del paquete –en rápida expansión– de los desbalances financieros que hay en la Eurozona, al menos hasta que no controle las políticas internas del resto de los socios. La canciller [Angela] Merkel ha rechazado sistemáticamente la emisión de eurobonos –títulos públicos respaldados colectivamente por la UE– que permitirían canjear la deuda devaluada de los países más problemáticos por nuevos papeles que recibirían la “confianza” de los capitales especulativos. Seguramente ese mecanismo haría olvidar transitoriamente que la gigantesca deuda pública que han acumulado casi todos los Estados europeos deberá ser refinanciada en su totalidad, para posibilitar el despegue de la demanda en sus asfixiadas economías.

Se escucha en estos días otro argumento típico de los mercados: “Hay que consolidar la situación de los bancos para que puedan prestarle al sector productivo”. Otra vez, el larguísimo camino –que siempre “debe pasar” por las arcas financieras– hacia una supuesta reactivación. El ejemplo norteamericano ofrece una prueba empírica con relación a la validez del argumento. La Reserva Federal ha arrojado en los tres últimos años dos paquetes de expansión monetaria de 600 mil millones de dólares cada uno, y ahora “los mercados” le están reclamando uno adicional. Los resultados de las gigantescas emisiones monetarias son concluyentes: fueron canalizadas hacia los negocios La divina comedia

Ricardo Aronskind

Europa está en declive económico, y vuelven a empujarla en esa dirección todos los días. La arrojan sus autoridades principales con las políticas de “austeridad” que reclaman despidos y recortes del gasto público. La arrojan –concientemente– las calificadoras de riesgo, en una dinámica de boicot sistemático a cualquier recuperación objetiva o subjetiva. La arroja la principal potencia regional, Alemania, con una notoria cortedad de miras, y la arroja la pasividad de la población europea, que mayoritariamente no advirtió todavía hacia dónde la están llevando las orientaciones neoliberales de sus gobernantes. En Grecia es donde la manta está quedando socialmente demasiado corta.

¿Cuál es el plan? ¿A qué se parece lo que viene ocurriendo en Europa? ¿A un proceso de toma de decisiones democrático y razonado o a un campeonato de mezquindades donde los actores van usando su fuerza relativa para empujar la realidad en la dirección de los resultados deseados?

Desde que comenzó la crisis internacional, la Eurozona ha ido acumulando tropiezos, en medio de anuncios de salvatajes financieros cada vez mayores –que no se concretan–, y del lanzamiento de paquetes económicos contractivos, que sí se concretan. Se menciona al pasar, y como signo de “corrección económica”, la necesidad de crecer junto con la de ajustar. Pero sólo se toman medidas de ajuste, y se dice que contribuirán –vía expectativas de los agentes económicos– al crecimiento.

Desde mediados de 2011 se viene observando una fuerte contracción del crédito interno europeo. La iliquidez en los bancos es grande, la desconfianza sobre la viabilidad de las entidades se acrecentó, y ya la deuda soberana de varios países no es la única espada de Damocles: la quiebra de grandes entidades bancarias es una posibilidad real.

Hace aproximadamente dos meses se estimaba que los bancos privados más importantes de Europa necesitaban una inyección de 115 mil millones de euros para estar en condiciones de hacer frente a una situación de “estrés” financiero (por ejemplo, el pánico a partir de un default griego y su contagio a otros países). El cálculo, revisado hace un mes, llevó la cifra a 350 mil millones. Finalmente, el 21 de diciembre pasado, el Banco Central Europeo (BCE) habilitó una línea de crédito amplia para los bancos privados, a 3 años y con bajísima tasa de interés, y las entidades le pidieron 490 mil millones. Hasta hace poco se cuidaban de pedir estos créditos para no generar sospechas de que su situación era frágil.

Cada nuevo ataque de “desconfianza” de los “mercados” es acompañado (o precedido) por alguna desmejora en la calificación de riesgo que suministra el oligopolio calificador norteamericano (Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s). El resultado concreto es que se incrementan los intereses que se les cobran a los supuestos países riesgosos para prestarles... lo que los vuelve más riesgosos, porque su situación fiscal, productiva y social empeora debido a los mayores pagos. Sigue siendo asombrosa la sumisión universal a las empresas calificadoras de riesgo, que se expresa en una enorme cantidad de contratos y de créditos vinculados con las “evaluaciones” que realizan. Ese lugar que se les concede las vuelve extraordinariamente influyentes, ya que deposita en las manos de unos pocos analistas financieros, con una limitadísima visión económica y política, el destino de grandes conglomerados humanos.

En la reciente supercumbre del 9 de diciembre [de 2011] de los 27 miembros de la UE pareció que se alumbraba una “solución”: un control y supervisión mucho más estrechos de la Unión sobre las finanzas públicas y los sistemas financieros de todos los países miembros, junto con reglas extremadamente estrictas en materia de gasto y equilibrio fiscal. La cumbre les ofreció a los mercados más garantías fiscales futuras para enfrentar los apremios financieros presentes. ¿Era eso lo que estaban esperando los mercados?
Alemania se resiste a constituirse en el gran garante del paquete –en rápida expansión– de los desbalances financieros que hay en la Eurozona, al menos hasta que no controle las políticas internas del resto de los socios. La canciller [Angela] Merkel ha rechazado sistemáticamente la emisión de eurobonos –títulos públicos respaldados colectivamente por la UE– que permitirían canjear la deuda devaluada de los países más problemáticos por nuevos papeles que recibirían la “confianza” de los capitales especulativos. Seguramente ese mecanismo haría olvidar transitoriamente que la gigantesca deuda pública que han acumulado casi todos los Estados europeos deberá ser refinanciada en su totalidad, para posibilitar el despegue de la demanda en sus asfixiadas economías.

Se escucha en estos días otro argumento típico de los mercados: “Hay que consolidar la situación de los bancos para que puedan prestarle al sector productivo”. Otra vez, el larguísimo camino –que siempre “debe pasar” por las arcas financieras– hacia una supuesta reactivación. El ejemplo norteamericano ofrece una prueba empírica con relación a la validez del argumento. La Reserva Federal ha arrojado en los tres últimos años dos paquetes de expansión monetaria de 600 mil millones de dólares cada uno, y ahora “los mercados” le están reclamando uno adicional. Los resultados de las gigantescas emisiones monetarias son concluyentes: fueron canalizadas hacia los negocios financieros, lo que posibilitó que los mercados vivieran nuevas euforias y repartieran ganancias como si el mundo estuviera en auge. El crecimiento de la producción y el empleo brillaron por su ausencia.

La modificación de la Constitución de España en tiempo récord, con el apoyo de los dos grandes partidos políticos de ese país, para ponerla en sintonía con los requerimientos de “los mercados” (prioridad del pago de la deuda externa sobre cualquier otro gasto del Estado, por ejemplo), es una de las reiteradas muestras de la subordinación de la política al capital financiero.

En el caso español, el periplo no terminó allí: el flamante presidente conservador, Mariano Rajoy, nombró como ministro de Economía a un hombre que ha cumplido importantes funciones en el quebrado conglomerado financiero Lehman Brothers. En Grecia ha sido designado como primer ministro Lucas Papademos, quien fuera presidente del Banco Central griego en la época de “estrecha” colaboración con la firma Goldman Sachs para maquillar las cuentas griegas. El primer ministro y titular de Economía de Italia, Mario Monti, también asesoró a Goldman Sachs y comparte la filosofía ajustadora.

También el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, quien se niega a comprar en forma masiva títulos de deuda soberana de los países europeos, pero no a emitir abundantemente para sostener a los bancos, fue vicepresidente para Europa de Goldman Sachs.

Superado el “enojoso” capítulo de pretender someter a consulta popular lo que se va a hacer con la vida y el bienestar de los griegos, el neoliberalismo retomó la ofensiva estratégica contra el Estado de bienestar. Papademos, Monti y Rajoy se están encargando de reducir empleados públicos, prolongar la edad jubilatoria, promover reducciones múltiples de gasto público y nuevas privatizaciones. Especialmente duras son las tareas que le han asignado a Rajoy: reducir las prestaciones del desempleo, ya que, al tener que cubrir al 21 por ciento de la población en esa situación, representan un “gasto” demasiado alto, según la visión de la Comisión Europea. Le están pidiendo que se profundice la flexibilización laboral para que parte de los desocupados obtenga algún trabajo precario, que permita al Estado desembarazarse del seguro de desempleo que debe abonarles. Todo para que las cuentas públicas estén en mejores condiciones de afrontar los sucesivos pagos de deuda.

La única rebelión en la supercumbre europea ha sido la británica. A riesgo de dañar la vinculación con la Unión Europea, los conservadores ingleses optaron por rechazar que organismos supranacionales tengan injerencia y supervisión sobre su sistema financiero y bursátil, que es la columna fundamental de la vida económica del país.

La disputa preelectoral en los Estados Unidos se mantiene en la misma línea. Los candidatos republicanos compiten por quién será el que mejor preserve a los ricos de pagar impuestos, y quién recortará más los servicios de salud y otras prestaciones sociales.

El enorme poder político e intelectual logrado por el capital financiero le ha otorgado la posibilidad de controlar las principales decisiones políticas en el mundo desarrollado, a pesar de haber provocado la crisis global. Y, sin embargo, no muestra capacidad alguna para resolver lo que su propia dinámica de acumulación ha provocado. Los climas de “incertidumbre” y “desconfianza” devienen, en última instancia, de la implementación de sus propias políticas.

De todas formas, la situación global es extremadamente fluida. Lo muestra la inesperada decisión suiza de poner un tope a la revaluación de su moneda, con un inédito gesto intervencionista. En Francia se está observando un fuerte resurgimiento del proteccionismo, expresado en el discurso de todos los candidatos a la presidencia. La irrupción de los “indignados” en numerosos países es parte de un proceso de repolitización global frente a la agresión neoliberal, que recién está comenzando.

Ante la fragilidad generada por el mundo financiero, hoy todos los escenarios económico-institucionales son verosímiles. Cualquier “noticia” significativa, desde un conflicto armado hasta la quiebra de un banco o la desestabilización de algún gobierno dedicado al ajuste, puede inducir a una retracción financiera adicional y a una profundización de la crisis global. ¿Será necesario que el mundo atraviese mayores penurias para que cambie en serio la agenda internacional?

El autor colabora con el Programa Interdisciplinario para el Seguimiento de la Crisis del Orden Económico Mundial (Pisco) de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
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Publicado por Página 12 el 06-02-2012.