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sábado, 30 de junio de 2012

La nueva doctrina de la OTAN

Kjeld Jakobsen

Estados Unidos y la Unión Europea fueron los principales promotores, en la segunda quincena de mayo pasado, de dos iniciativas dirigidas a retomar la hegemonía de la gobernanza mundial. Una hegemonía golpeada tanto por la crisis económica que empezó en 2007 (y que se ha agravado ahora en el continente europeo), cuanto por los altos costos de las guerras imperialistas que lanzaron las potencias durante la última década.

Primero fue la cumbre del G-8 en Camp David, EEUU, el 19 de mayo, donde se aprobó una contradictoria resolución para enfrentar la crisis por medio de medidas de austeridad combinadas con crecimiento económico. En seguida se realizó la XXV Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) durante dos días, en Chicago.

La agenda oficial de esta última cita fue la discusión del eventual cierre de  las operaciones en Afganistán, aunque en la práctica el encuentro se dedicó a profundizar el entendimiento de la nueva doctrina de la organización, con miras a que la misma sustituya el papel declarado de Estados Unidos como gendarme mundial.

La OTAN fue creada en 1949 como una coalición militar de los países capitalistas del hemisferio norte para hacerle frente al poderío de la Unión Soviética y del bloque socialista. Como lo definió su primer secretario general, Lord Ismay, su objetivo era “mantener a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes abajo” en el espacio geopolítico septentrional del Océano Atlántico. Con el final de los regímenes socialistas de la Europa del Este y, consecuentemente, de la alianza militar entre esos países (Pacto de Varsovia) en 1991, así como de la propia Guerra Fría, en teoría la OTAN había perdido su razón de ser. Pero no ocurrió así.

Primero se concretó la ampliación del número de miembros, con la adhesión de algunos ex integrantes del Pacto de Varsovia, como la República Checa y Hungría, y de algunos países balcánicos, con lo cual la Alianza alcanzó un total de 28 asociados. Se buscó entonces colocar el poderío militar de la OTAN al servicio de los intereses, principalmente, de EEUU y de la Unión Europea, obviando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando en el seno de este organismo pudieran sufrir la oposición de Rusia y de China, tal como ocurrió en el caso de la intervención en Kosovo y del bombardeo de Serbia, en 1999.

A los europeos les interesaba en aquel momento neutralizar a los nacionalistas serbios y ampliar su influencia política y económica en dirección a los Balcanes y al este de Europa. El precio del involucramiento de Estados Unidos en ese proyeto fue el abandono del intento de crear una organización de seguridad europea y su sustitución por la OTAN a partir de 2002.

En 2001, la OTAN fue la base de la coalición que invadió Afganistán en respuesta al 11 de septiembre, pero para atacar a Irak, dos años después, fue formado otro foro liderado por EEUU y el Reino Unido, debido a la oposición de Francia y Alemania a esa iniciativa bélica articulada por los norteamericanos.

En la XXIV cumbre, realizada en Lisboa en 2010, fue aprobada la nueva doctrina de las “alianzas globales”, que contempla la posibilidad de intervenciones militares de la OTAN no solo para proteger a los países membros, sino para actuar en cualquier región del mundo contra el terrorismo y en defensa de la democracia y de los derechos humanos.

La ideia de crear una “Liga de las Democracias”, en la cual los países “democráticos” puedan manejar sus intereses relacionados con la seguridad sin sufrir restricciones por parte de países “no democráticos” o, inclusive, el veto de China o de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU, nació de John McCain, candidato presidencial republicano derrotado por Barack Obama en 2008.

Sin embargo, Obama adoptó la propuesta de McCain con la intención de “dirigir el vehículo desde el asiento trasero”, como sucedió durante la intervención de la OTAN en Libia en 2010, para derrocar a Muamar Gadafi, y como se pretende ahora al atribuirle a la OTAN la tarea de instalar el Escudo Antimisiles en el este de Europa, estrategia anteriormente planificada por George W. Bush.

Los miembros de la OTAN responden actualmente por 70% de los gastos mundiales en armamentos y defensa, de los cuales 43% es responsabilidad de EEUU. En la Cumbre de Chicago, además de los 28 miembros de la organización, comparecieron 32 países invitados, lo que es una muestra clara de la intención atlantista de ampliar su  representación. Lo que todavía no esta resuelto es el presupuesto y las cotas de contribución de los asociados.

Así como el debate del G-8 sobre la crisis busca neutralizar al G-20 financiero, la nueva doctrina de la OTAN pretende sustituir el papel de la ONU en los temas relacionados con la seguridad. Son reacciones a la ascención de nuevos actores internacionales, como los BRICS, y al fortalecimiento del multilateralismo. Reacciones que, al contrario de lo que suelen pregonar los estrategas norteamericanos y europeos, vuelven el mundo más inseguro.

* Kjeld Jakobsen es consultor en Cooperación y Relaciones Internacionales.

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Publicado por Teoria e debate el 5-6-2012. Traducción libre.

viernes, 13 de abril de 2012

Brasil en el Consejo de Defensa Sudamericano

OBSTÁCULOS A LA COOPERACIÓN Y EL LIDERAZGO (Introducción)

Emilse Calderón

En la actualidad, los rasgos inherentes a América del Sur en lo que a las cuestiones de seguridad respecta distancian a la subregión del resto de Latinoamérica y del sistema continental en general.

Se puede divisar en Sudamérica una subregión que se caracteriza tanto por la intensidad de los vínculos entre sus miembros –cuyo patrón tradicional de amistad-enemistad hasta el inicio de la redemocratización en los ochenta tiende predominantemente hacia el conflicto–, como por una creciente coincidencia en la relevancia de las temáticas de agenda. Esta conjunción deviene en una dinámica de seguridad particular, entendida como la instauración de cierta lógica y modo de vinculación entre los Estados que conforman un todo indivisible en cuestiones de seguridad, circunscripto a cierta subregión.

Desde una perspectiva analítica-descriptiva, esa dinámica de seguridad puede ser analizada de manera integral, como lo proponen B. Buzan y O. Waever en su teoría de los Complejos Regionales de Seguridad. A partir de la creación del Consejo de Defensa Sudamericano, dicha dinámica de seguridad se manifiesta, por ejemplo, en el tratamiento de las diferencias entre Ecuador y Colombia en 2008 y de las consiguientes tensiones generadas con Venezuela, como en el manejo de la crisis interna de Bolivia a raíz de la problemática de las autonomías.

Ahora bien, la persistencia y consolidación de esta dinámica de seguridad particular en América del Sur aumenta la distancia entre estos países y la región, repercutiendo sobre la arquitectura institucional continental existente.

Si se examina el esquema de seguridad interamericano desde una perspectiva histórica y se lo contrasta con la dinámica que la temática de la seguridad adquiere una vez finalizado el período de Guerra Fría, el desfase entre lo ya institucionalizado y la realidad coetánea se hace evidente. Más aun si se atiende a los cambios acaecidos luego de los atentados terroristas del 11 de setiembre, que tendieron a fortalecer la construcción de una agenda de seguridad con eje en las amenazas no tradicionales. Es así, pues, que la arquitectura continental de seguridad no ha sido receptiva de las demandas de sus Estados miembros en general. Las mismas, por consiguiente, no han logrado traducirse en una jerarquización unívoca a nivel continental de temas de agenda, entre otros motivos, debido a las crecientes disparidades que se presentan entre las distintas subregiones.

Por lo dicho, reflexionar sobre la posibilidad de que la subregión comience a transitar por el sendero de un proceso de seguridad no parece una opción carente de pertinencia. La instauración del Consejo de Defensa Sudamericano puede ser interpretada como un primer paso en este sentido, modesto políticamente, pero relevante a nivel simbólico. Más aun cuando es Brasil quien se presenta como creador y promotor de la propuesta. Al respecto, no se puede dejar de tener en consideración que este país, además de contar con las capacidades materiales necesarias, aspira y dirige su política exterior a alcanzar un mejor posicionamiento en el orden internacional global. Por tanto, la construcción de un liderazgo regional por parte de Brasil en torno al avance de un proceso de seguridad, organizado en el marco institucional del Consejo de Defensa, es una opción cuando menos razonable.

En este marco podemos afirmar que, partiendo desde una perspectiva tradicional que comprende el liderazgo a partir de la concentración de recursos y capacidades por parte de un Estado, Brasil estaría en condiciones de ejercer el rol de líder e impulsar el proceso de seguridad.

Por otra parte, el análisis de las probabilidades que posee la región de transitar por un proceso de seguridad y, por ende, la reflexión en cuanto al peso relativo de la creación del Consejo de Defensa en tanto que avance cooperativo institucionalizado, necesita considerar los obstáculos existentes. Los mismos se derivan de las características de la dinámica de seguridad de América del Sur como subregión, características que se anteponen también a cualquier intención brasileña de ejercer el liderazgo.

Respecto a esto último, hay que tener en cuenta que entre los gobiernos y sociedades sudamericanas es ampliamente aceptada la noción del liderazgo como producto de una situación hegemónica basada no solo en el poder, como ocurre en la concepción tradicional, sino también en la capacidad del líder de generar consensos, lo cual supone su habilidad de representar los intereses del conjunto. Esta situación conlleva concesiones o costos por parte del líder, y éste es un punto que, incluso en el interior de Brasil, continúa despertando dudas sobre si existe la voluntad o no de asumirlos. Está claro que si los gobiernos sudamericanos perciben que el liderazgo de Brasil se perfila más cercano a una concepción tradicional, su reacción será de mayor cautela en el momento de aceptarlo, por lo que se limitaría o, al menos, se desaceleraría el proceso de seguridad.

Por lo tanto, en el presente, nos hallamos frente a un Consejo de Defensa que funciona como una instancia preliminar para la administración consensuada tanto de los disensos más descollantes que puedan surgir entre los actores estatales de la región como de las situaciones que atenten contra la estabilidad y la seguridad.

Además, y desde una visión no tradicional del liderazgo, la falta de consenso entre los Estados de la subregión respecto al otorgamiento del rol de líder a Brasil, sumado a las dudas por parte de éste sobre la asunción de los costos, decanta en el papel de gestor y hacedor del dialogo que dicho país desempeña.

Emilse Calderón es profesora de Relaciones Internacionales en la UAM, donde también cursa el doctorado en esta área.

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Publicado por la Revista de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid, Nº 18, octubre de 2011. En la transcripción se omitieron las citas bibliográficas y se realizaron modificaciones visuales, como el espacio entre párrafos, a fin de adaptar el texto al formato de este blog.