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martes, 14 de agosto de 2018

Acá entre nós: El odio, la mentira y la verdad

@planetaencrisis

Unos dicen que el video del diputado Juan Requesens, donde se le ve humillado, aparentemente drogado y cubierto de heces fecales, luego de presuntamente ser torturado, es mentira, que fue filmado antes de su detención en una casa particular y no en los baños del Sebin, que todo es un montaje.

Aseguran que todo lo planeó la CIA para generar descontento social y, principalmente, para apuntalar la versión de que existe una dictadura en Venezuela que no respeta los derechos humanos, lo que justificaría una intervención militar humanitaria.

Que este plan imperialista, junto con el atentado a Maduro, se ejecutó en combinación con Colombia y con empresarios internacionales que, a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, se han encargado de difundir la mentira.

Otros, por el contrario, han culpado al gobierno autoritario de ser el creador de la mentira, que sería en este caso no la tortura física y psicológica demostrada en el video, sino la de hacer crer a todo un país que cualquiera que se oponga al poder supremo del gobierno será perseguido y castigado del mismo modo.

Otros se rehúsan a creer que Requesens haya estado implicado de cualquier modo en el atentado frustrado contra el Presidente de la República y cuestionan la veracidad de su confesión, dicen que fue forzada por el uso de drogas. Ni siquiera creen que hubo tal atentado, le ponen comillas al sustantivo.

Y otros más apenas se sienten chocados por la crudeza del video, están muy indignados y repudian lo que consideran la violación salvaje de los derechos y de la dignidad de una persona.

Entretanto, todos, sin excepción, están aferrados a su opinión, no aceptan las demás versiones ni las “medias tintas” de quienes no hagan encendida defensa de sus puntos de vista.

Como suele pasar, ni siquiera la prensa se ha salvado de la ola de indignación que desató el video del diputado.

Anecdótico es que, más allá de los habituales trolls, robots y de los activistas pagados que abundan en las redes sociales, respetables agencias de noticias como AFP y Reuters fueron bombardeadas con cientos de reclamos e insultos de personas furiosas por leer en sus titulares que Requesens “confesó” haberse relacionado con un sujeto acusado de estar implicado en el atentado.

Incluso periodistas les reclamaron a las agencias su falta de posicionamiento ante estos hechos políticos.

Algunos internautas se extendieron en cuestionamientos morales, miles de veces reproducidos y republicados a través de los mecanismos de las redes sociales. Y otros tantos replicaron moralmente que quien prefiere promover uma intervención militar “humanitaria” en Venezuela no merece consideración, ni siquiera el derecho a existir.

Porque moral es el razonamiento que torna legítimo odiar y creerse con derecho a destruir aquello que consideramos nefasto, lo que va en sentido contrario a cualquier solución política. Como dijera en un artículo por estos días Fernando Mires, “discutir sobre la legitimidad de un hecho es un tema moral y no político”.

Claro que no existe una verdad a priori para noticias como ésta y a los periodistas nos cabe intentar retratar con exactitud los hechos e investigar sus diversas aristas, no omitir o emitir sentencias.

Y como tampoco existe información oficial suficiente, porque ella será sistematicamente sesgada, esa tarea se vuelve todavia más difícil.

Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera. Y más aun cuando todo el mundo sufre mucho, cuando todo el mundo tiene mucha rabia.

Tal vez, cuando el planeta en que vivimos esté envejecido, quemado y yermo, la verdad esquiva seguirá rebotando entre muros fake forjados por los humanos que todavía existan.

Pero en este mundo de hoy, inundado de fea política, ¿no es verdad que los gobiernos cuando están en decadencia, cuando las alianzas se fracturan y los liderazgos están desprestigiados, cuando todo se derrumba y deben mantenerse a todo costo, es cuando más autoritarios y abiertamente criminales se vuelven?

Esa pareciera una verdad que salta a la vista.

También salta a la vista que las condiciones están dadas para lo que tanto quisieron y esperaron quienes se negaron a buscar soluciones políticas: una solución explosiva.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Se acabó la gasolina

Edgard Romero Nava

Leí este mismo titular en el diario El País y pensé que tenía relación con la producción de gasolina en Venezuela, pero no, es un análisis más profundo, referido a los combustibles fósiles, carbón, el petróleo y el gas, que han dominado la producción de energía por los últimos 200 años y que progresivamente disminuyen su predominancia debido al avance tecnológico y por ser una fuente del calentamiento global.

50 años...

Hoy el horizonte de la importancia del petróleo es de 50 años o menos. Su uso, como alternativa al carbón, se disparó a partir de la Primera Guerra Mundial y, desde entonces, el carbón, disminuye su participación, al punto que el Reino Unido cerrará su última planta de carbón en 2025. Igual sucede con el uso del petróleo, que se ha estancado frente a un progresivo uso de nuevas energías renovables, como la solar y eólica, junto a una gran cuota de energía producida por centrales hidroeléctricas y biomasa, las cuales representan hoy el 18% de toda la energía consumida en el planeta, y se han decido medidas, para disminuir al máximo la utilización de gasolina mediante el uso de vehículos eléctricos, los cuales ya están en el mercado mundial a precios accesibles y con el notable avance de la fotovoltaica y las baterías, que las cambiarán en las estaciones de servicios, sustituyéndolas por otra recargadas. 

Otras decisiones 

Hay otras decisiones como la de Noruega, que siendo país productor de combustibles y de gas ha prohibido, a partir del 2025, vender  vehículos de gasolina o Diesel, es decir, dentro de 8 años; y de China, que construye una megaurbe que solo funcionará con energías renovables, lo que proyecta una caída del precio del petróleo a 15 dólares el barril para el 2040.

Ante este panorama, ¿qué plan tenemos para sustituir nuestros futuros ingresos?

Publicado por el El Universal el 4/10/2017.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Acá entre nos: Ceguera histórica

@planetaencrisis

Una de las cosas más tristes de la crisis política que estamos viviendo en Venezuela, aparte, obviamente, de las muertes y de los graves hechos de violencia que aumentan a medida que avanza el año 2017, es ver a personas que uno considera dignas de todo respeto justificar y defender las violaciones de la Constitución en que ha incurrido el Gobierno desde que empezó esta última escalada. 

Me pasa con algún vecino con el que converso en el ascensor, con buenos amigos en Facebook, con políticos con cuyas posiciones simpaticé en algún momento, con colegas y compañeros de trabajo, hasta con periodistas que no conozco pero cuyo trabajo me llenó de entusiasmo alguna vez. También me pasa con personas muy cercanas y de mi propia familia. 

Constato con tristeza la ceguera y la incapacidad que tienen para analizar objetivamente los graves hechos ocurridos en las últimas semanas, las declaraciones oficiales y sus consecuencias sobre la situación del país. 

Son personas que, habiendo apoyado el proyecto de Hugo Chávez y el liderazgo heredado por Nicolás Maduro, consideran que no apoyar las decisiones de la cúpula del Gobierno equivale a traicionar ese legado, a permitir que la oposición “se adueñe otra vez del país”, a que se detenga la construcción del socialismo y que se pierda lo alcanzado; y a que “El Imperio” y el capitalismo internacional vuelvan a decidir los destinos nacionales.

Por eso repiten, con esa convicción vehemente de los fanáticos religiosos, que la Asamblea Nacional “tiene los días contados”, que los presos políticos son “asesinos” y “traidores”, que los demás líderes “escuálidos van a terminar igual”, que la violencia viene únicamente de la oposición, que todo lo que dicen sus representantes son "mentiras", que el referéndum revocatorio no se hizo porque los partidos políticos no cumplieron y que todo el que cuestione la línea oficial está siendo pagado, es "vende patria" y "salta talanquera".

Como las conozco y las respeto, tengo la certeza de que estas personas creen ciegamente en las razones que esgrimen y de que son incapaces de confrontar consigo mismos sus argumentos, pues lo único que importa es justificar lo que hace el Gobierno, aunque tuerza las leyes, y mostrar que sí tiene respaldo para lograr vencer la guerra económica y política de cuarta generación.

Piensan que la base del liderazgo de Chávez fue justamente el golpe de Estado fallido de 1992, el hecho de que modificó la Constitución en 1999 (aunque entonces no lo hizo él, sino todo el país), el haber enfrentado a los grandes poderes internacionales y al más rancio stablishment global de modo contestatario y con un efecto mediático y de choque; por lo que romper las normas y confrontar agresivamente siempre será sinónimo de ese espíritu chavista y revolucionario. 

Desconfían de las noticias pues saben que la verdad oficial es hecha a la medida del poder y que las informaciones de los medios de comunicación siempre son tamizadas por intereses políticos o económicos.

No tienen dudas de que, al llegar la oposición al poder, muchas de las políticas sociales, el volumen del gasto público, la propiedad de las empresas estratégicas, entre otros muchos aspectos de la vida nacional, cambiarán de rumbo, desaparecerán o darán paso a decisiones impopulares que contrastarán grandemente con las políticas implementadas por la izquierda, como está pasando ahora en Brasil o en Argentina.

Temen que, si ocurre lo mismo en Venezuela, se habrá perdido el sueño de Chávez y que la oportunidad será irrecuperable.

Pero, a pesar de entender este punto de vista, no puedo dejar de rechazar la incapacidad que demuestran para cuestionar el discurso cínico, el doble rasero y la retórica mentirosa que tanto le atribuyeron a los numerosos adversarios, hoy en boca de los altos funcionarios del Gobierno. 

No puedo dejar de considerar patética la defensa incondicional de cualquier argucia, de cualquier argumento, para impedir que los venezolanos ejerzan sus derechos bajo el falso supuesto moral de que se está luchando en una guerra no convencional.

No porque exista una guerra no convencional o porque pensemos que el adversario utiliza estrategias fuera de la Ley tenemos derecho a hacer cualquier cosa para confrontarlo. No porque yo crea que el otro es inmoral tengo derecho yo, si es que tengo valores e ideología, a serlo también.

Fue lamentable ver a Hermann Escarrá, ilustre promotor de la Constitución de 1999 y a quien todo el país se acostumbró a considerar una voz incuestionable en la materia, decir en reciente entrevista con Vladimir Villegas que no hace falta consultarle al pueblo si quiere o no una nueva Constitución, que eso se hizo en 1999 porque entonces no había la normativa que ahora hay. 

Lo dice justamente él, que sabe muy bien que uno de los grandes logros políticos de Chávez y lo que lo llevó originalmente al poder fue lograr un consenso nacional y una amplia participación de todos los sectores para reformar la Carta Magna.

Fue oprobioso ver a la señora Tibisay Lucena anunciar que la Constituyente se hará en julio, apenas unas horas después de que Maduro hiciera la convocatoria y sin cuestionar en absoluto las bases comiciales, que representan un golpe para la democracia en nuestro país.

Fue indignante escuchar al defensor del pueblo decir que la Constituyente "servirá para traer la paz", cuando desde que se hizo el anuncio de ese disparate, de ese último y fatal autogol, los niveles de protesta violenta se incrementaron exponencialmente.

Resulta insoportable escuchar, todos los días, al Presidente de la República acusar a la oposición de hacer exactamente todo lo que él mismo hace, entre hablar golpeado y descalificaciones. 

Y causa profunda vergüenza ver esta crisis reflejada en la prensa internacional, porque no hay nada que uno pueda decir que justifique lo que está pasando, ni siquiera la guerra económica y política, que ya se perdió hace muchos meses.

Atrás quedó aquella Venezuela cuya democracia era ejemplo para todo el mundo, aquel CNE que tenía “la teconología más moderna” y aquella propuesta de un modelo de desarrollo nuevo, con justicia y equidad. 

Hoy tenemos un país en ruinas y una crisis económica sin precedentes, con un goteo diario de muertes, violaciones recurrentes de los derechos humanos y una honda fractura social que amenaza con profudizarse más y más, con los venezolanos odiándose los unos a los otros.

Me asusta la cara dura de miembros del Gobierno y de los demás poderes públicos “simpatizantes” al decir las cosas que dicen ante un micrófono, pese a ver a los miles de personas todos los días en las calles y las cifras rojas de la violencia crecer y crecer, mientras el discurso presidencial parece salido de una pieza de teatro del absurdo.

¿Cómo no ven que detener esta guerra entre venezolanos requiere recuperar la confianza en las personas y en las instituciones? ¿Cómo no han entendido aún que si existe algo vital, fundamental, que debe ser modificado en el legado de Chávez es el discurso divisionista, descalificatorio y excluyente?

¿No se dan cuenta de que el futuro del chavismo está atado a su capacidad de regenerarse, de reorganizarse y de generar nuevos liderazgos dentro del juego democrático? ¿No ven venir la debacle que se cierne sobre el propio proyecto político si no lo hacen?

Pero la ceguera de quienes justifican atrocidades para permanecer en el poder no los libera de responsabilidades. Tampoco exonera a quienes prefieren mirar hacia otro lado, minimizando la gravedad de los errores cometidos y repitiendo como robots un guion vacío de ideología. 

Tristemente, a todos ellos, incluso a los que queremos y respetamos, la Historia y el país les pasarán factura.

domingo, 27 de marzo de 2016

Acá entre nos: Globovisión o la quimera informativa

@planetaencrisis

El canal Globovisión es, en este exacto momento de la historia de nuestro país, un medio periodístico que sorprende, causa orgullo y que es merecedor del sitial de principal referente informativo de los venezolanos.

La mayor parte de su programación es cuidadosamente balanceada para dar espacio a las dos grandes tendencias políticas actuales de Venezuela (chavismo y oposición), mientras que sus periodistas, las cuñas institucionales y toda la imagen del canal televisivo se desviven por reforzar estos atributos de "espacio neutral" ante los ojos avizores del gobierno, de la oposición y de los venezolanos afines al uno o a la otra, lo cual resulta conmovedor para la periodista que suscribe este comentario.

La programación, en general, es perfecta en cuanto a balance editorial, comenzando por el fabuloso programa Vladimir a la 1 y por las emisiones del noticiero. Los programas de opinión mantienen un enfoque que impide que, aunque la selección de los invitados o los comentarios de los moderadores puedan denotar posiciones políticas, se incurra en virulento activismo o en la tendenciosa cobertura que es usual, por ejemplo, en los medios de otros países cuando se trata de informar respecto a Venezuela.

El camino que recorrió Globovisión para llegar adonde está hoy es de todos conocido (y digo todos en el sentido planetario de la palabra): pasó de ser una forma novedosa de traer las noticias al interior de los hogares (al estilo 24/7 que CNN inauguró a fines de los años 80 del siglo pasado) a ser un actor político cardinal en Venezuela y el objeto de una atención global que superó con creces la que le correspondía por concepto de audiencia.

No voy a entrar en detalles sobre el papel que este canal jugó hace 14 años ni sobre su posicionamiento en los hechos políticos venezolanos de entonces, a pesar de que la musiquita inquietante con que editorializaba sus coberturas aún me cause palpitaciones y el recuerdo de sus discursos periodísticos todavía me haga arquear las cejas.

Una cierta emoción me obliga a manifestar mi encantamiento con su línea actual y con el contenido de su programación y, al mismo tiempo, a confesar la triste certeza de que tales cualidades no han de durar demasiado tiempo.

Basta escuchar las críticas absurdas vertidas desde el Gobierno Nacional (he dicho que en nada se parece la actual línea editorial de Globovisión con aquella de hace unos pocos años) y algunas todavía más disparatadas en boca de los usuarios de a pie, sean de una u otra tendencia política (o incluso de ninguna), que lo acusan de autocensurarse.

Soy de las que piensan que la autocensura es praxis en el periodismo desde siempre, pues la línea editorial, los anunciantes y los intereses de quienes financian el medio han sido un filtro de los contenidos desde el comienzo de la prensa. Y el periodismo hace tiempo que dejó de querer parecer objetivo o imparcial.

En nuestra era, los grandes diarios como El País o The New York Times, Le Monde, al iguales que los principales, los medianos y los pequeños periódicos en cada país del mundo, sin hablar de las todopoderosas televisoras, tienen por norma editorializar tanto su contenido que la gente no acostumbra consumir un producto informativo sin el ingrediente opinativo de rigor: el que les dé la razón y refuerce la opinión ya formada. Escogemos los medios por su tendencia.

Por su valioso contenido, el momento comunicacional de Globovisión ahora se me antoja único, fugaz y frágil cual fenómeno natural, aunque no por eso menos notorio y hermoso.

Con tristeza opino que los días de la Globovisión quimérica están contados. Y no apenas por aquella metáfora platónica del Anillo de Giges, sino porque en nuestras sociedades de hoy es la línea política y editorial  lo que otorga valor y prestigio al medio y no la contingencia de la cual éste se ocupa.

Éste es el periodismo humano que más valoramos, donde “humano” no tiene un sentido humanístico moral (y quimérico), mas el sentido político que le damos respecto a su papel en nuestra convivencia como sociedad y del que hacemos una referencia necesaria.

lunes, 10 de agosto de 2015

Entre os mundos real e virtual

Frei Betto

Nosso mundo pós-moderno é fragmentado. Uma de suas expressões mais evidentes é o videoclipe. Enxurrada de flashes, vibrações acústicas, sons distorcidos. Rompe-se a linearidade, enquanto a simultaneidade embaralha passado, presente e futuro. Tudo é simuladamente aqui e agora.

O Iluminismo, ancorado na literatura, cede lugar à digitalização frenética. Mundo que carece de sentido. Forma que dispensa conteúdo. A performance do artista ultrapassa a arte que ele produz. Seu nome vale mais que seu desempenho. A valoração dá lugar à exaltação.

Einstein, que desnudou o mistério do Universo com suas equações, foi sucedido por Steve Jobs, que nos ofereceu maravilhas tecnológicas embaladas de refinamento estético, movidas a velocidade que desafia o cérebro humano.

Agora a alienação já não resulta de ideologias que distorcem a realidade para nos incutir a mentira como verdade. Basta que sejamos deslocados do real para o virtual. Somos seres que trafegam simultaneamente em dois mundos: o da realidade de nossas necessidades e o da virtualidade de nossos sonhos e desejos.

Trancados em nossos egos, avessos à sociabilidade, navegamos nas redes sociais que dispensam texto e contexto. Bastam vocábulos desconexos, abreviações, o balbuciar de sinais gráficos que nos conectam com a plateia global que, acomodada no teatro do mundo, desconectada do real, mantém os olhos fixos no palco vazio.

As grandes narrativas são deletadas por esse tempo desprovido de memória e utopia. O passado passou, o futuro é uma quimera... Só resta o presente que se sucede prisioneiro da circularidade infinita.

Ninguém ingressa em uma casa sem antes avisar ou ser convidado, marcar hora, identificar-se com o porteiro e justificar a espera e atenção.

No entanto, centenas de pessoas invadem, pelas redes sociais, o nosso espaço privado, ferem a nossa sensibilidade com ofensas e desaforos, desafiam os nossos valores, jogam-nos na vala comum das emoções cifradas. Tudo se assemelha a um jogo de pingue-pongue com rede, porém sem mesa.

Viciados em digitalização, aprisionados pela tecnologia que assegura retorno imediato ao capital, perdemos horas e horas da vida atirados ao ringue onomatopaico. Não navegamos, naufragamos. Deixamo-nos aprisionar pelas redes que nos favorecem a evasão de privacidade.

Ora, ninguém precisa mais se preocupar em invadir a nossa privacidade. Nós mesmos nos expomos em rede global, arrancamos máscaras e roupas, escancaramos nossa indigência cultural e nossa miséria espiritual.

Como artefato tecnológico, somos também apenas uma forma. Um objeto jogado aleatoriamente no turbulento mar da dessignificação.

Escravos da virtualidade, acorrentados nas redes, não somos mais capazes de desligar o celular e de nos desligar dele. É ele que nos permite olhar o mundo pela janelinha eletrônica dessa prisão em que nos trancamos, cuja chave jogamos nas águas que cercam a ilha na qual nos isolamos, desprovidos de alteridade e sentido.

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Publicado por O globo el 10-8-2015.

http://oglobo.globo.com/sociedade/religiao/entre-os-mundos-real-virtual-17134882

lunes, 27 de julio de 2015

Solos

Isabella Portilla

Los solitarios habitan la Tierra. Están aquí y allá. En grandes ciudades que presumen contorneados rascacielos o en pueblos olvidados de países pobres con niños malnutridos.

Están contemplando los árboles de Xiamen. Flotando en los barcos que atracan en Puerto Navarino. Esperando a ver al papa en la plaza de San Pedro. Dándoles de comer a los elefantes de Kruger. Perdidos entre la pobreza de nuestro Paimadó. Hospedados en el Caesars Palace de Las Vegas. Enterrados en Coober Pedy. O visitando por primera vez París.

Cualquier viajero puede verlos. Puede contemplar sus caras que se apoyan nostálgicas junto a la ventana cuando el avión está a punto de alzar el vuelo. Puede repararlos en los monumentos: dándole la espalda al coliseo romano, en la Opera House de Australia, en la Sagrada Familia catalana o en el Taj Mahal. Allí estarán parados solos, intentando múltiples selfies desenfocadas. O pidiéndole a un transeúnte una foto que no les gustará. Más tarde irán a alguno de los cuarenta y nueve mil McDonald’s que hay en el mundo, publicarán posts y tuits en sus redes sociales y se atragantarán retraídamente con una Big Mac.

Los solos se multiplican tras el paso de las horas. Proliferan en las iglesias cristianas, en busca de un dios benigno que les haga compañía. En los divanes de los psicoanalistas. En las cantinas, emulando la figura de un amante despechado. En las bibliotecas de las universidades extranjeras. O en las consabidas oficinas, donde sobrellevan su soledad con un horario penoso, que incluye un desabrido almuerzo laboral.

En las noches inhóspitas, bajo el tenue reflejo de las estrellas lejanas, se oyen sus gritos de placer. Son ellos, que, extasiados, se consuelan con videos eróticos o con el vibrador de pila recargable. Con sus manos. Con otro cuerpo solitario. O con la castidad que les demanda su religión: la misma que les promete como premio el cielo.

El mundo no los detiene. Al contrario, parece obstinado en alentarlos. La tecnología les sustituye el contacto carnal por epidemias cibernéticas repletas de nicknames. Los arquitectos les fabrican cada vez más y más espacios unipersonales. El éxito empresarial les estimula su condición. El consumo les ofrece damas de compañía: barbitúricos, alcohol, juegos de azar o sexo al por menor. Así, los solitarios siguen transitando sus caminos condenados a la mayor impiedad divina: pese a nacer solos y a morir solos, jamás podrán vivir en soledad.
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Publicado por El Espectador el 26-7-2015.
http://www.elespectador.com/noticias/cultura/solos-articulo-575220

miércoles, 4 de marzo de 2015

Acá entre nos: El nudo ciego del periodismo o la tragedia del "ni ni"

@planetaencrisis

Este momento que vivimos, de fuerte polarización política al interior de nuestras sociedades en el mundo, ha cambiado el periodismo y su oficio en un tiempo increíblemente corto, al menos para muchos de nosotros los periodistas.

Un caso emblemático es el de mi país, Venezuela, donde la “batalla de las ideas” que vino a la par de un proceso político dio paso, primero, a un escenario donde la prensa tuvo preponderancia como actor de oposición e incluso apoyó un golpe militar en su momento, y en la actualidad, a una situación imposible de imaginar hace diez o doce años: de tener una prensa que era toda de oposición pasamos a no tener ninguna prensa de oposición.

En cuanto al discurso periodístico, no parece arriesgado decir que estamos ante un periodismo notoriamente distinto del que conocí cuando empecé a trabajar y durante los años que siguieron después, antes de lo que he llamado una (real) "politización" del periodismo a escala global.

En los años 90 los periodistas podían sentirse relativamente cómodos en una posición política y raramente serían execrados o etiquetados como indeseables por ello. En Latinoamérica vivíamos una primavera democrática y no se había producido esa ruptura entre las posiciones políticas radicales de los distintos actores sociales.

Mis compañeros y yo veíamos con respeto a cualquiera que decidiera acomodarse en esa mullida dignidad de pertenecer a un grupo o de exhibir una tendencia, mejor si era de izquierdas, en mi caso, pues le daba el don de ser crítico de las injusticias y conocedor de la naturaleza de los hechos gracias a esa cercanía de lo humano cotidiano que tiene el trabajo de periodista.

Las figuras sociales que nos servían como referentes eran, a su vez, académicos o intelectuales o artistas o famosos u otras personas respetadas, quienes jamás serían públicamente denigrados o ridiculizados por aquellos cuyo pensamiento tuviese distinta orientación política.

De hecho, el lenguaje que manejaban públicamente los políticos era, hasta cierto punto, mesurado.

En aquella época era impensable (ojo, hablo solamente desde el punto de vista del discurso periodístico) —aunque los medios de comunicación libraran su rol habitual en ese juego de necesidades e intereses que determina el flujo de la información— que un medio, al querer mostrar una imagen intencionalmente negativa, usara un discurso ideológico.

Parecía imposible imaginar entonces que los medios llegarían a tener un lenguaje abiertamente parcializado, donde mostrarían una izquierda y una derecha políticas en permanente conflicto, y que tal debate ideológico se elevaría al papel protagónico en la escena de todos los días.

Tomando partido

Esa realidad que quedó en el pasado es probablemente rechazada hoy por muchos de los periodistas que ejercen la profesión en Venezuela y es defendida por otros tantos, porque el compromiso ideológico se ha vuelto parte visible de su trabajo.

Por ejemplo, periodistas afines al actual gobierno venezolano podrían refutar recordando que aquella era una época de alienación, donde todos los actores sociales trabajaban mancomunadamente para mantener el estatus quo y la hegemonía del poder económico y del capitalismo como sistema de dominación en el mundo, y que entonces nadie se cuestionaba si el discurso que recibíamos de los medios estaba o no cargado de ideología, por lo que la imposición de una visión de sumisión a los intereses económicos de la oligarquía y hegemónicos del imperialismo extranjero pasaba desapercibida a los ojos de la mayoría.

Por su parte, periodistas de oposición dirían que el discurso de lucha de clases se ha impuesto por la profusión de medios oficialistas y por el silenciamiento de los demás;  que es propangandístico, mentiroso y violador de los derechos del libre flujo de la información y que busca legitimar a un gobierno al que ellos califican como autoritario, para usar el menor de los adjetivos.

¿Cómo es posible esta diatriba sin conciliación? ¿Qué hace de los periodistas unos militantes en su trabajo? Pues no se trata solamente de ser muy pragmático y de garantizarse el puesto, se trata de que el periodismo es un oficio que obliga a los periodistas a tomar partido.

Libertades y virtudes

El periodismo se maneja sobre supuestos ideológicos muy claros: Tengo algo que decir y debo poder decirlo a través de estos canales sociales a la mano. Es mi supremo privilegio como periodista y también mi mayor virtud, por cuanto de este modo también ejerzo mi derecho ciudadano a expresarme libremente y garantizo la libertad de los demás. Es algo así como la visión de un súper profesional con virtudes heroicas.

Pero entre las lecciones de ética que recibimos en las escuelas también nos explican ese eufemismo llamado “línea editorial”, sobre el cual tenemos que caminar cuidadosamente pues no somos dueños del canal de comunicación donde estamos trabajando.

De modo que, para trabajar en una empresa de medios de comunicación es prácticamente indispensable que el periodista, si no sea afín ideológicamente, al menos esté públicamente comprometido con su posición, lo cual, claro, se reflejará abiertamente en su trabajo.

Esto, entiéndase, más que una condición sine qua non para trabajar es un comportamiento lógico y dictado por el sentido común.

El comunicador se aferrará con pasión a los principios que le enseñaron en la Academia y hará de ellos una herramienta, lo cual le llevará a la constatación de que está, en la práctica, ideológicamente comprometido hasta la última coma con lo que expresa. O entonces se irá con sus preguntas y sus palabras a otra parte.

Convivir como “ni ni”

Hasta este punto del racionamiento todos estamos de acuerdo en lo esencial: en algún momento de la historia reciente hubo una ruptura del discurso periodístico y, en Venezuela, tal cambio es sintomático del cambio político y social que hemos experimentado y cuya evolución nos ha llevado adonde estamos ahora.

Como resultado de nuestro proceso particular, los medios oficialistas venezolanos se volvieron punteros de la lucha contra los enemigos mediáticos e ideológicos de aquí y de allende las fronteras, pero también espejos de la propaganda oficial, mientras que los medios privados  —otrora más o menos radicales— se replegaron en una sola y tímida etiqueta: “ni ni”, donde ya no hacen oposición y, en cambio, muchos se alinean favorablemente.

Pero buscar objetividad desde las posiciones comprometidas es muy difícil. 

Muchos periodistas sienten que han llegado a una encrucijada donde tendrán que perder una parcela de dignidad para seguir adelante. 

Otros se sienten en la obligación moral de dar la batalla ideológica cueste lo que cueste, pues dar una visión crítica de la cuestión social implica el desmontaje del discurso dominante que impone valores y moldea mentalidades.

Para los periodistas de oposición, no denunciar al gobierno significa renunciar a sus ideales, callar ante los atropellos y crímenes, amordazar la verdad.

Para los periodistas favorables al gobierno, la "prensa golpista" venezolana, que en el nombre de una falsa libertad se erigió a sí misma en poder de facto y que presenta a los políticos golpistas como víctimas de represión, está pagando el precio. El gobierno la enfrenta como actor político desestabilizador y la combate como tal. 

Todos, no obstante, se arropan en el protagonismo del periodista y del medio y ven la noticia como arma ideológica.

En mi opinión personalísima, con la cual no quiero sino señalar los cambios ocurridos en los últimos años en materia del discurso periodístico, en Venezuela hemos llegado al punto ciego de la contradicción. 

Es algo así como el punto de la tragedia, ese punto en el que el pulso entre libertades y necesidades tiene un desenlace que no por anodino resulta menos dramático.

Si convenimos en que la política tiene el mismo fin u objeto que la ética, que es el devenir, la contingencia, la posibilidad de que algo suceda o no suceda en la existencia y en la convivencia humanas, debemos convenir también en que la política que niega la convivencia (e incluso la existencia ) con el contrario o que quiere su exterminio absoluto no es, ni mucho menos, ética.

Por extensión, el periodismo que niega al contrario político es un despropósito.

Y el periodismo que adoctrina, en teoría, es una aberración.

Nudo ciego. Allí estamos.

domingo, 18 de enero de 2015

La medalla de Muhammad Alí

Alberto Salcedo Ramos 

Una cosa es ver hoy películas sobre la segregación racial en Estados Unidos, y otra cosa es haberla padecido en carne propia, Muhammad, como te sucedió a ti.

Ya a los cinco años, en tu natal Louisville, notaste la exclusión. Una tarde le preguntaste a tu padre por qué todas las personas que tenían propiedades y ocupaban cargos importantes eran blancas. Tu padre solo se encogió de hombros, así que tú le replanteaste la pregunta.

- Entonces, ¿qué hacen los negros, papá?

Tú mismo encontraste muy pronto la respuesta: los negros fregaban inodoros, limpiaban caballerizas. Y encima, eran víctimas de fanáticos empeñados en exterminarlos. No tenían acceso ni a las universidades ni a los parques de recreación, y para jugar béisbol profesional debían afiliarse a la humillante organización que les crearon los blancos: las Ligas Negras.

Fuiste un atleta superdotado: medalla de oro olímpica a los dieciocho años, campeón mundial a los veintidós. Pero lo mejor es que tú, a diferencia de los demás boxeadores, no decidiste subir al ring para matar el hambre sino para hacerte oír. Te reinventaste a partir de la locuacidad porque, sagaz como eres, descubriste que “la gente no soporta a los charlatanes pero siempre los escucha”.

Aún después de ganar la medalla olímpica seguiste siendo despreciado por los mandamases de Kentucky. Una noche te tocó llevar a tu novia a comer galletas y atún enlatado en la tienda, porque en ningún restaurante te abrieron las puertas.

Aunque los pergaminos deportivos no te sirvieran para acceder a los derechos más elementales, sí podían ayudarte, como tú mismo lo dijiste, “a ser negro de otra manera”. Te cambiaste el nombre de pila, Cassius Clay, porque lo sentiste como un rótulo de mercadería puesto por los esclavistas. Te negaste a prestar el servicio militar, dijiste que no irías a Vietnam a matar a nadie en nombre de un país -el tuyo- que escupía sobre ti y sobre tus hermanos. 

Te despojaron de la corona, te alejaron del ring durante tres años y medio que habrían sido, quizá, los de mayor esplendor. Hubieras podido acomodarte al establecimiento y seguir ganando millones, pero tuviste las agallas suficientes para poner tus convicciones por encima de tu necesidad de supervivencia. Sin más armas que un par de puños y una boca grande que ningún poderoso pudo silenciar, marcaste un hito en la lucha de los derechos civiles.

Larry Holmes, excampeón mundial, dijo en cierta ocasión: “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro… cuando era pobre”. Tú, en cambio, como lo sentenció el poeta LeRoy Jones, jamás utilizaste la notoriedad para convertirte en un blanco honorario.

Le diste a tu oficio de pobre una dimensión política extraordinaria. Por eso ahora, cuando celebras los setenta años, el mundo te nombra con respeto. Ayer un periodista deportivo recordaba que la medalla de oro que ganaste en los Juegos Olímpicos del 60 se extravió. No estoy de acuerdo con él, ¿sabes?: yo aún puedo verla brillar en tu cuello de campeón.

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Publicado por El colombiano el 28 de julio de 2012.

http://www.elcolombiano.com/historico/la_medalla_de_muhammad_ali-OUEC_199502

miércoles, 17 de abril de 2013

Pareidolia lingüística

Klaus Ziegler

Fotografías de Cidonia, región de la superficie de Marte, revelaron una formación rocosa que recuerda el rostro de un antiguo faraón mirando hacia los cielos. Más de un ufólogo vio en las imágenes la confirmación de sus sospechas: la NASA ocultaba información sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, y la “Cara Marciana” era la prueba.

Tras años de discusiones, el alegato conspiranoico finalmente se desmoronó: en 2001, la nave “Mars Global Surveyor” volvió a fotografiar la misma zona, esta vez a una distancia de escasos 400 kilómetros. Visto de cerca, el inconfundible rostro humanoide resultó ser una meseta rocosa salpicada de picos y depresiones en medio del yermo y polvoriento paisaje marciano.

Pareidolia, vocablo que se deriva de la palabra griega “eidolon”, que quiere decir “figura”, y del prefijo “para”, que significa "junto”, es el término que utilizan los sicólogos para designar esas ilusiones de la percepción en las que rostros humanos o formas animales parecen dibujarse en las nubes, en los nudos de la madera, en las humedades de un muro o en las salientes y grietas de una roca. 

El fenómeno aparece como respuesta automática de nuestro aparato cognitivo cuando la información sensorial es ambigua o insuficiente. Nuestro cerebro, a la caza permanente de relaciones, trata de completar la información ausente asimilándola a patrones familiares. De ahí que los nudos en el tronco de un árbol se transfiguren de súbito en el perfil de un hombre narigudo o en la figura de una bruja; y los faros y la parilla de un vehículo, en una cara humana. Quizás ello también explique por qué la Santísima Virgen escoge hacer sus apariciones en objetos tan impíos como las humedades de un muro derruido, los chamuscados de una tortilla o la corteza de un buñuelo. 

Existe así mismo una forma auditiva de la pareidolia: ¿quién no escucho de niño “la voz” repetitiva del serrucho mientras se aserraba un listón de madera?

¿Quién no ha creído reconocer palabras de su lengua nativa en la letra de una canción en idioma extranjero? Es común oír el repicar del teléfono mientras nos duchamos, especialmente si estamos a la espera de una llamada. Y con frecuencia oímos que alguien nos llama en medio del ruido indiferenciado de una multitud.

Además de la pareidolia visual y auditiva, existe, en mi opinión, otra manifestación mucho más sutil, y menos comprendida, de esa misma ilusión cognitiva: la pareidolia verbal, la capacidad de inferir información de cualquier discurso por confuso o incoherente que este sea. Somos animales visuales, y lingüísticos, de ahí que podamos ver lógica y orden donde solo hay palabrería. Y no hablo de la pareidolia deliciosa de la cual se vale la poesía para crear efectos estéticos. Me refiere a aquella que se manifiesta en ese discurso zafio, pedante y vacuo tan común en ciertos círculos académicos.

Ejemplos paradigmáticos de pareidolia verbal abundan en la literatura posmoderna. En su libro “Imposturas intelectuales”, Sokal y Bricmont demuestran cómo hasta los más grotescos sinsentidos han llegado a convertirse en textos venerados en la academia. Escritos como los de Julia Kristeva, en particular aquellos donde utiliza el teorema de Gödel y elementos de la teoría de conjuntos con la pretensión de construir un lenguaje “formal” poético, deberían servir de material de estudio, para todo estudiante de sicología interesado en averiguar los mecanismos de la pareidolia lingüística. Y hay materia prima de sobra en cualquier blog de crítica de arte, donde el fenómeno suele darse en forma silvestre (el campeón insuperable del artificio tal vez sea el recién fallecido José Luis Brea).

Sokal y Bricmont no fueron los primeros en desnudar el artificio. Décadas antes, Karl Popper había denunciado esas mismas imposturas en su magnífico ensayo “Contra las grandes palabras”. En mis archivos sobre el tema conservo un correo electrónico en el que un lector me reprocha por la elementalidad y simpleza con las que analizo el fenómeno del declinar de la violencia en los últimos siglos (columna del 16/11/2011). A continuación reproduzco el texto, a mi juicio, auténtica pareidolia verbal:

Estimado señor Ziegler:

La exclusión de alternativas de agencia e identificación deriva en la irremediable confusión de las temporalidades históricas. Habla usted de violencia «antes» y violencia «ahora», referenciando el presupuesto de dinámicas procesuales en conformidad con la lógica «procede de» y «antecede a». Su pregunta por el pasado se formula desde el presente, anulándose como alternativa epistémica.

Su análisis cierra las puertas al tratamiento específico de la intersubjetividad y transgrede la posibilidad de interpretaciones susceptibles de articularse en relaciones transversales de significación. Si nos atenemos a la correspondencia víctima-victimario, en tanto alteridad como diferencia, la renuncia del “otro” a su dimensión humana prohibiría hablar de castigo. Se olvida de igual modo que la lectura sociológica debe comportar intentos por desentrañar estructuras de significación, acción de carácter hermenéutico, mas no estadístico.

Por último, su columna incurre en el sofisma de la «lectura especular», en la frívola pretensión de elaborar mapas homólogos de la realidad. Empero, no es posible subyugar la historicidad de la violencia al ejercicio de la yuxtaposición progresiva de hechos desprovistos de contextualización. Olvida usted que «el hombre es realidad sustantiva, que en tanto suya se constituye como propia frente a lo real». 

Que el lector juzgue por sí mismo.

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Publicado por El Espectador el 28-3-2013.
http://www.elespectador.com/opinion/columna-412904-pareidolia-lingueistica

jueves, 7 de febrero de 2013

Buenas y malas ondas

Pablo Capanna

Convencidos de que estaba científicamente demostrado que escuchar música de Mozart hacía a los niños más inteligentes, los gobernadores de varios estados norteamericanos (Georgia, Dakota del Sur, Texas, Tenne-ssee y Florida) dispusieron que Salud Pública le obsequiara un casete mozartiano a todas las madres primerizas, para que acostumbraran a sus niños a escucharlo. Por su parte, la Academia Nacional de Artes y Ciencias donó millones de grabaciones a hospitales, maternidades y sanatorios. Se esperaba que ese aporte contribuyera a formar una generación más brillante y sana que todas las anteriores.

Es muy difícil negar que la música de Mozart, Bach, Telemann o Vivaldi puede hacerles bien a muchos, y es casi seguro que no le hará daño a nadie. Es muy probable que ayude a reducir la ansiedad, y a lo sumo les dará sueño a quienes tengan otros gustos. Pero es difícil imaginar que alguien pueda ponerse violento al oírla, a menos que sea un psicópata como el protagonista de La naranja mecánica, que se excitaba con Beethoven, o aquel coronel de Apocalypse Now, que se enardecía con Wagner.

De hecho, lo único que a esta altura parece estar razonablemente probado es que las composiciones de Mozart tienen efectos positivos sobre pacientes epilépticos o con Alzheimer, aunque ésa no sea la única música que lo consigue. En cambio, sería útil investigar qué hace la música tecno de muchos decibeles combinada con alcohol y drogas, o los efectos de la cumbia combinada con el celular sobre los conductores de autos, pero eso es un tema de salud pública.

El efecto Mozart

La moda del Mozart terapéutico nació en 1993 con una experiencia acerca de la cual informó la prestigiosa revista Nature. La investigación la habían llevado a cabo dos científicos estadounidenses, el neurobiólogo Gordon Shaw y la psicóloga cognitiva Frances Rauscher.

Shaw venía de realizar estudios sobre las áreas del hemisferio derecho cerebral, donde se localizan la sensibilidad musical y el razonamiento espacial. Entre otras cosas, había observado que la secuencia con que se disparan las neuronas tenía una estructura similar a las composiciones del Barroco europeo y la música clásica de la India. Shaw pensó que la música podía tener algún efecto sobre las habilidades cognitivas espaciales.

Rauscher y Shaw llevaron a cabo su experiencia con 36 estudiantes divididos en tres grupos. Al primero le hicieron escuchar durante diez minutos la Sonata dos para pianos en re mayor K.448 de Mozart, que es una pieza con mucho brío, mientras que al segundo le pasaron una cinta con sonidos para la relajación y al tercero lo mantuvieron en silencio.

Al finalizar la prueba se sometió a los tres grupos a un test de razonamiento espacial, que consistía en imaginar cómo quedaría un papel tras someterlo a varios pliegues y cortes. Como resultado, se registró un aumento del cociente intelectual en el grupo que había estado escuchando el concierto. El efecto, sin embargo, apenas duró unos minutos y no volvió a presentarse en las pruebas siguientes.

En 1995, Rauscher y Shaw repitieron la experiencia con 79 estudiantes. Esta vez también les hicieron escuchar Mozart, aunque reemplazaron el disco de relajación por música de Philip Glass. Esta vez lograron corroborar los resultados anteriores, pero eso no pudo lograrse en otros laboratorios. Pruebas similares realizadas con ratas tampoco arrojaron resultados significativos. Para colmo, las que se hicieron con simios dieron un resultado opuesto, ya que los monos que habían escuchado a Mozart terminaron siendo los más torpes.

Otros investigadores que quisieron repetir la experiencia, usando una metodología distinta para medir la inteligencia (la escala Raven en lugar de Stanford-Binet) no registraron ningún incremento.

Desde entonces quedó abierto un debate que no acabó de cerrarse. El “efecto Mozart” no pudo ser reproducido, a pesar de que su popularización indujo a muchos a intentarlo, pero tampoco pudo ser refutado definitivamente.

Rauscher, que además de psicóloga es concertista de cello, se apresuró a sacar como conclusión que estudiar música podía ser más eficaz que tomar cursos de computación para ejercitar la inteligencia. En realidad, de lo que se trataba no era de componer o ejecutar música, algo que sin duda está relacionado con la inteligencia, sino apenas de escucharla.

Con todo, Rauscher nunca dejó de lamentar públicamente el abuso que hizo de sus trabajos Don Campbell, un crítico musical que registró la marca “efecto Mozart”. Campbell montó en torno de ella toda una seudociencia, muy explotada por la industria discográfica y por algunos colegios que trataban de atraer clientes con promesas de excelencia. Sin contar con ningún otro fundamento, Campbell sentenció que la música de Mozart ayudaba al crecimiento y aceleraba el desarrollo físico, intelectual y emocional. Por eso recomendaba que las madres se acostumbraran a escucharla durante el embarazo.

Entre las preguntas obvias que se le ocurren a cualquier lego, sin ser experto en música ni en neurología, las hay como éstas: si la música de Mozart es tan sana, ¿por qué su autor anduvo tantas veces enfermo? ¿Habrá quien piense que mirar fútbol por TV ayuda a desarrollar las habilidades de Messi? ¿O más bien reforzará las de Homero Simpson?

Algunas investigaciones de esta línea indican que la música de Mozart sólo es única por su genialidad. En cuanto a estructura, la música new age de Yanni y las composiciones de Philip Glass se le parecen mucho, pero no producen los mismos efectos.

Un estudio emprendido por un organismo alemán de salud pública llegó a la conclusión de que el efecto Mozart, si existe, está lejos de haber sido corroborado; que escuchar buena música no hace más inteligente a nadie (y ni siquiera es una prueba de inteligencia, por más que lo crean los melómanos) y que siempre es mejor aprender a tocar un instrumento que limitarse a escucharlo.

El “efecto” tampoco fue muy bien tratado en Viena, donde Mozart es parte del panteón nacional. Una experiencia realizada con miles de sujetos también llegó a conclusiones negativas. El informe, irónicamente titulado “Réquiem de Mozart”, consideró que escuchar cualquier música con el mínimo de armonía y hasta leer un cuento pueden influir en el rendimiento intelectual, en cuanto ayudan a concentrarse. Después de todo, Einstein tocaba el violín. Con un criterio similar, varios países han incluido el ajedrez en el curriculum escolar, como una suerte de educación lógica y estratégica.

Lo que está claro es que, aunque no levante el cociente intelectual, la música no hace daño. Siempre que no nos obliguen a escucharla y en cuanto se mantenga dentro de los volúmenes aceptables para el oído normal. Pero no siempre es así.

Música satánica

En una era que le ha puesto fondo musical a todos los aspectos de la vida, abundan las creencias vinculadas con la música. Hay quienes están convencidos de que ciertos discos de rock pesado contienen mensajes satánicos subliminales que aparecerían tras un prolijo trabajo de desciframiento, pero es algo que tampoco ha sido comprobado.

En cambio, conocemos un uso satánico de la música popular (y quizá también de la culta, según los gustos del verdugo) que algunas mentes perversas han convertido en arma de guerra y hasta instrumento de tortura.

Lamentablemente, cualquier cosa está expuesta a corromperse, conforme a la ley de la degradación entrópica. Si las instituciones, la filosofía y la religión se pervierten, ¿por qué eso no iba a ocurrir con la ciencia y el arte? Claro que no siempre es fácil señalar a los culpables y hacerlos responsables cuando ignoran para qué va a ser usado su trabajo y creen ingenuamente que están haciendo ciencia.

Si se me ocurre recordar esto es porque en los mismos años en que mucha gente soñaba con hacer más inteligentes a sus hijos gracias a la música clásica, otros estaban diseñando instrumentos que permitirían usar la música para dañar, matar o enloquecer. De este modo se pervertían dos pájaros de un tiro (el arte y la ciencia), siempre en nombre de la cultura occidental y los valores democráticos.

Históricamente, no era la primera vez que el sonido y la música habían sido usados para intimidar al enemigo y enardecer a las tropas. Basta recordar el haka de los maoríes, los tambores de guerra, las marchas militares o el bombo militante.

Los avances logrados por las tecnologías de grabación, procesamiento y reproducción del sonido han permitido darle una vuelta más siniestra al asunto. Fue cuando el sonido de instrumentos y voces pudo ser amplificado, distorsionado y usado para forzar al enemigo a rendirse o confesar.

Según leemos en un notable informe de la musicóloga Suzanne G. Cusick que circula por Internet, el primer paso de esta ofensiva fue dado en 1989, en la invasión yanqui a Panamá. Durante varios días y noches, la Embajada del Vaticano, donde se había refugiado No-riega, fue sometida a un intenso bombardeo acústico con música heavy metal. Cualquiera diría que era una violación de los derechos de un Estado neutral pero Bush creía, como Stalin, que el Vaticano no tiene divisiones blindadas. A punto de volverse loco, el embajador persuadió al dictador para que se entregara.

Desde entonces data el uso de las armas sónicas, desarrolladas por empresas contratistas del Ministerio de Defensa norteamericano que están al servicio de la Fuerza de Tareas Conjunta para las Armas No Letales, creada en 1997. Una de las primeras fue el arma de infrasonido producida en 1998, que provoca dolor de oídos, sangrado de nariz, rotura de tímpanos, lesiones pulmonares y puede llegar a matar.

La música fue usada para provocar dolor y destruir la personalidad de los prisioneros en Irak y en Guantánamo. Formaba parte del curriculum de la tristemente célebre Escuela de las Américas de Panamá, donde se formaron muchos torturadores del Cono Sur, incluyendo los argentinos.

Los objetivos de esta “violencia sin contacto” son provocar miedo, privar del descanso, demoler el ego y destruir la subjetividad. Lo más dramático es que los estudios que fundamentan esta práctica fueron financiados por la CIA y se realizaron con personal académico de las universidades de Cornell y Yale. Insospechables investigadores se ocuparon de estudiar el dolor autoinducido, los efectos de la humillación y la capacidad para causar dolor en otros. Todo con voluntarios orgullosos de pagarse su matrícula colaborando con la ciencia, sin preguntar demasiado. Algo parecido había ocurrido con los químicos que en tiempos de la guerra de Vietnam se rebelaron al descubrir que estaban desarrollando tecnología letal. Pero esta vez nadie reaccionó.

El género de música más usado para intimidar y torturar es el rock pesado, especialmente de Metallica y AC/DC, lo cual parecería obvio considerando su carga de violencia. Pero el menú de Guantánamo comprende temas del pop más inocuo, como Christina Aguilera, Britney Spears y Eminem. En Etiopía, a un detenido lo obligaron a escuchar rap durante 20 horas y otro fue torturado con las canciones infantiles de Barney el Dinosaurio.

Un oficial de las tropas de ocupación de Irak explicó que el comando no tenía preferencias en cuanto a géneros musicales. Para elaborar el menú musical habían dado “vía libre a los soldados, porque tenemos gente muy joven tomando decisiones”. Eso era lo que entendía por “juventud maravillosa”...

Lo dramático es que los temas que los soldados elegían para hacer sufrir a sus víctimas eran los mismos que ellos escuchaban, supuestamente para sentirse bien. Toda una definición del sadomasoquismo, ahora elevado a la dignidad de estrategia.

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Publicado por Página/12 el 2-2-2013.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2807-2013-02-07.html

sábado, 5 de enero de 2013

Cómo la tecnología cambiará nuestro mundo

Alastair Reynolds

Nuestro mundo cambia más rápido que nunca y, en años recientes, una serie de tecnologías revolucionarias han pasado de ser algo de ciencia ficción a una realidad en nuestras vidas.

Los robots serán algo muy común en las próximas 
décadas.
Estas nuevas tecnologías, combinadas con cambios demográficos y con la globalización, tendrán un profundo impacto en el futuro de las pequeñas y medianas empresas.

¿Quién hubiera pensado que la maquinaria avanzada y electrónica, como por ejemplo los sistemas de navegación GPS, que hace tan solo una década parecían de ciencia ficción, formarían ahora parte de nuestra rutina?

Incluso las tabletas, que aparecieron proféticamente en la película 2001 Odisea en el Espacio, de Stanley Kubric en 1968, formaban antes parte del mundo de la ficción.

Siempre es difícil de predecir el impacto de los desarrollos tecnológicos, pero estamos ya siendo testigos de cómo nuestro lugar de trabajo cambiará en un futuro próximo.

Telepresencia robótica

Muchas de las tareas que realizamos normalmente en la oficina pueden hacerse en casa; podemos compartir y discutir documentos y tenemos acceso a videoconferencias.

Pero más allá de esto, lo más excitante es la potencialidad de la telepresencia robótica.

Estos sistemas relativamente simples; usando cámaras, micrófonos, altavoces y pantallas, ya están siendo utilizados.

Cirujanos usan la telepresencia robótica para trabajar en salas de operaciones a miles de kilómetros de distancia.

Algunos de los que han usado la telerobótica han descrito un fuerte sentimiento de sentirse "encarnados" en remotas ubicaciones, como si realmente estuvieran allí.

Siempre habrá ocasiones en las que quisiéramos ser otra persona, pero la telepresencia robótica podría tener consecuencias revolucionarias; una combinación de visión en 3D, percepciones táctiles y control telerobótico del cuerpo entero, podrían eliminar la necesidad de viajar físicamente.

Comercios virtuales

La tradicional evolución de las calles comerciales en las ciudades ha sido testigo del colapso de los pequeños comercios en todo el mundo.
En países como Reino Unido, el 37% de las pequeñas y medianas empresas, creen que en 50 años los centros comerciales convencionales desaparecerán y la telepresencia avanzada podría proporcionar muchos de los beneficios que nos da entrar en una tienda tal y como lo hacemos ahora.

De hecho, la robótica y la realidad aumentada podrían dar paso a la creación de calles comerciales híbridas, es decir, donde elementos físicos y digitales estén presentes de forma simultánea.
Una empresa pequeña o mediana operando sin una ubicación fija podría limitarse a alquilar una propiedad vacía en la calle y luego llenarla con productos y servicios virtuales.

Imaginen a cientos de clientes en una tienda vacía a la vez, todos experimentando distintos entornos de realidad aumentada.
La tentación podría ser asumir que las calles comerciales que conocemos serán sustituidas por presencias completamente electrónicas, pero debemos tener en cuenta que a la gente generalmente le gusta interactuar con los demás.

Una calle comercial híbrida sería, por lo tanto, una posibilidad.

Comercio global

Con la eliminación de las restricciones de comercio que suponen los distintos tipos de moneda y las fronteras entre los estados, y el advenimiento de una fuerza de trabajo multilingüe y multicultural telepresente con gran variedad de zonas horarias, parecerá prohibitivo e innecesario para muchas empresas el estar vinculadas a un determinado país o tener algo parecido a una sede.

Sin embargo, esto podría entrañar riesgos para el mundo de los negocios, en particular en un mundo donde la propiedad intelectual emerge como una fuente de ventaja competitiva.

Los mundos virtuales continuarán desarrollándose a lo largo del tiempo, siendo cada vez más realistas y, sobre todo, más fáciles de navegar. Inevitablemente, las economías operando en espacios virtuales serán más complejas, con sus propias instituciones y leyes.
La tecnología erosionará una por una todas las barreras que impedían a las pequeñas empresas comerciar a nivel internacional.

Traductores de voz a tiempo real están empezando a aparecer en el mercado gracias a aplicaciones para celulares, y las impresoras 3D de escala industrial, posiblemente incorporando elementos de la nanotecnología, sustituirán a las tradicionales fábricas, permitiéndonos imprimir aparatos como autos o lavadoras de ropa.

El ejército estadounidense ya está entregando este tipo de impresoras a laboratorios en Afganistán.

Si cada individuo es capaz de imprimir objetos en un futuro próximo, es posible que esto cause un gran efecto en la industria a nivel global.

Por otro lado, la investigación y desarrollo a nivel militar es parte responsable del avance de los autos no pilotados. Tres estados de Estados Unidos han legalizado los autos sin conductor, cuyo uso tiene enormes implicaciones a la hora de proporcionar servicios y productos.

Inteligencia artificial

Estos avances son apenas parte de una tendencia más amplia donde robots autónomos jugarán un rol cada vez más importante en nuestras vidas; robots limpiadores ya patrullan los rascacielos de Tokyo durante la noche.

Aunque los humanos siempre serán mejores para ciertas tareas, no hay duda de que los robots serán algo muy común en nuestras vidas durante las próximas décadas (incluso si no son tan impresionantes como el superrobot japonés pilotable Kuratas).
Nadie puede decir, no obstante, que la verdadera inteligencia artificial, que dotará a las máquinas de conciencia y de sentido de la identidad, está en el horizonte.

Al final nos daremos cuenta de que esto no supondrá una diferencia importante, al menos no para nosotros. Las máquinas, por supuesto, tendrán distinta opinión.

Predecir el impacto de las futuras tecnologías nunca ha sido más fácil, pero si empezamos a pensar en el futuro y empezamos a entender los riesgos y retos que nos esperan, evitaremos estrellarnos contra ellos cuando sean una realidad.

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Publicado por BBC Mundo el 5-1-2013.