Mostrando las entradas con la etiqueta misterio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta misterio. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de octubre de 2012

El Aleph (fragmento)

Jorge Luis Borges

A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! -repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

-¿El Aleph? -repetí.

-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que esinajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

-Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás… Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

-Una copita del seudo coñac -ordenó- y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio… Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

-La almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

................................
Cuento publicado en el libro del mismo nombre en 1949.

martes, 14 de febrero de 2012

La ballena blanca

Extracto del texto de Herman Melville

El tiempo era agradable cuando llegó el turno de mi primera guardia de vigía en la cofa. Este trabajo puede resultar bastante interesante, aunque en ocasiones también puede ser muy monótono, pero es absolutamente necesario para poder observar el mar desde un punto muy alto, al que no pueden llegar los que permanecen en cubierta.

En la mayor parte de los balleneros americanos las cofas son ocupadas casi al mismo tiempo que el navío sale del puerto, incluso aunque se tenga que navegar quince mil millas antes de llegar a la verdadera zona de crucero. Y si al cabo de tres, cuatro, cinco años de viaje el navío se acerca a casa vacío, entonces las cofas siguen ocupadas hasta el final.

Se monta la guardia en las cofas de los tres palos desde el amanecer hasta la puesta del sol, relevándose los marineros por turnos de dos horas, como se hace con el timón.

Durante una campaña ballenera hacia el sur, en viaje de tres o cuatro años, las horas que se pasan de vigía en la cofa suman meses enteros, y hay que tener en cuenta que ese pequeño espacio carece de cualquier condición de habitabilidad o comodidad. El punto más corriente para posarse es la cima del mastelero de juanete, donde hay que sostenerse sobre dos delgados palos paralelos llamados crucetas. Allí, entre la agitación del mar, uno se encuentra tan cómodo como entre los cuernos de un toro.

Cuando hace frío tiene uno que llevar puesto un grueso capote, aunque ni siquiera eso puede calentar a semejante altura y bajo el azote de todos los vientos. Y no se puede colocar un estante ni una cómoda ni un armario alrededor del cuerpo de uno.

Pero hoy en día la pesca de ballena proporciona asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y distraídos, a quienes les enfada la molesta preocupación de la tierra. A cien pies sobre la cubierta, en silencio, cabalgando sobre los palos como si fueran zancos enormes, mientras se observa a los monstruos marinos merodear en torno al barco, se tiene tiempo para pensar. El buque cabecea indolentemente cuando el tiempo es sereno y una gran paz se apodera entonces del espíritu.

Con frecuencia los capitanes de los barcos que no han avistado cetáceos riñen a estos distraídos filósofos, reprochándoles que no tienen suficiente interés en el viaje, casi insinuándoles que están tan desesperadamente perdidos para toda ambición honorable que en el fondo de sus almas preferirían no ver ballenas.

***

Una mañana, al poco tiempo del episodio de la pipa, Ajab subió por el pasillo de la cámara después del desayuno, como es costumbre de la mayoría de los capitanes, que se pasean por la cubierta luego de comer como si andaran por un jardín.

Pronto se oyeron sus pisadas de marfil mientras caminaba de un lado a otro sobre el maderamen, cuyas planchas estaban tan acostumbradas a su paso que estaban todas dentadas como capas geológicas. A cada vuelta que el capitán daba en el palo mayor de la bitácora casi se podía ver como su pensamiento iba y volvía con él, dando pasos al ritmo del marfileño zanco.

-¿Te fijaste, Flask? ―susurró Stubb. El pollo que el capitán lleva dentro está picoteando el cascarón. Ya no tarda en salir.

Pasaban las horas y Ajab, ahora encerrado en su cámara, seguía paseándose con fanática resolución y el ceño fieramente fruncido. Se acercaba el fin del día cuando, de pronto, se detuvo junto a la borda, metió la pata de marfil en un agujero que allí había, se agarró a un obenque y le ordenó a Stubb que llamase a todo el mundo a la popa.

-¡Señor! ―respondió el primer oficial, un poco asombrado de una orden que rara vez se da a bordo, a no ser en circunstancias extraordinarias.
-¡Todo el mundo a popa! ―repitió Ajab―. ¡Ustedes, los de las cofas! ¡Abajo!

Una vez reunida toda la tripulación, que le miraba con ojos no muy tranquilos, porque su rostro tenía un aspecto similiar al del horizonte de barlovento cuando se acerca un huracán, Ajab lanzó una mirada por encima de la borda y luego clavó los ojos en los hombres. Acto seguido reanudó su caminar de arriba abajo, con la cabeza inclinada y el sombrero ladeado entre los murmullos de los marineros. Stubb le susurró a Flask que quizás los había convocado para hacerles escuchar la historia de alguna proeza. Pero, súbitamente, Ajab se detuvo y exclamó:

-¡Muchachos! ¿Qué hacen ustedes cuando avistan una ballena!
-¡Anunciarla! ―respondió al unísono un montón de voces.
-¡Bien! ―respondió Ajab con tono de aprobación―. Y después, ¿qué hacen, muchachos?
-Arriar las balleneras y ¡a la caza!
-Y, ¿cuál es el estribillo que repiten cuando reman?
-¡Ballena muerta o lancha a pique, señor!

A cada respuesta, el rostro del viejo parecía más y más complacido, en tanto que los marineros se miraban entre sí con curiosidad. Ajab dio una vuelta sobre su pata y, agarrándose a otro obenque, les dijo:

-Todos los vigías me han oído dar una orden acerca de una ballena blanca. Pues bien, ¡atención ahora! ¿Ven esta onza española de oro?
E hizo relucir al sol una moneda ancha y brillante.
-Es una pieza de dieciséis dólares, muchachos. ¿La ven? Señor Starbuck, páseme un mazo.

El primer oficial fue a recogerlo, mientras Ajab, silencioso, frotaba la moneda contra los faldones de su chaqueta como para sacarle más brillo todavía, mientras murmuraba entre dientes un sonido inarticulado.

Starbuck le entregó el martillo y Ajab se acercó al palo mayor con el martillo alzado en una mano y la moneda en la otra, y exclamó con voz altísima:
-¡Aquel de ustedes que descubra una ballena blanca, con la fente arrugada y la mandíbula torcida, con tres agujeros en la aleta de estribor de la cola, se lleva esta onza de oro, hijos míos!
-¡Viva! ―gritaron los marineros, tirando al aire sus sombreros mientras el capitán clavaba la moneda en el palo mayor.
-He dicho una ballena blanca ―continuó Ajab tirando el martillo-.
Agucen los ojos, hijos míos. Tan pronto, como vean un chorro blanco, una burbuja, ¡avísenme!

Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg habían estado contemplándolo con más interés que los demás. Al oír la descripción de la ballena dieron un salto, como si a cada uno de ellos se le despertara un recuerdo.

-Capitán ―dijo Tashtego―. Esa ballena blanca debe ser la que algunos llaman Moby Dick, ¿no es verdad?
-¿Moby Dick? ―gritó Ajab―, ¿conocen ustedes a la ballena blanca? ¿Eh, Tash?
-¿Mueve la cola de una manera especial antes de sumergirse, señor? ―preguntó Tashego, que era oriundo de Gay-Head.
-Y ¿no tiene también un surtidor raro? ―inquirió Daggoo a su vez―. ¿Muy espero para un cachalote? ¿Y enormemente rápido, capitán?
-Y tiene... ―gritó Queequeg―, varios arpones en la piel, todos retorcidos y tuertos como el… como el... ―y movía su extraña lengua, que apenas le bastaba para dar la sensación de lo que quería describir.

-¡Como un sacacorchos, sí! Sí, Queequeg, los arpones los tiene clavados y retorcidos. Sí, Daggoo, el surtidor es enorme como una gavilla de trigo y blanco como una pila de lana lavada de Nantucket. Sí, Tashtego, abanica con la cola como un foque al que el viento le ha roto la escota... ¡Sí, con mil demonios! ¡Ésa es Moby Dick, chicos! ¡Moby Dick!
-Capitán ―dijo Starbuck, quien hasta entonces se había limitado con los otros dos oficiales a contemplar a su superior con creciente sorpresa―.Capitán, he oído hablar de Moby Dick, pero... ¿acaso no fue Moby Dick la que le arrancó a usted la pierna, señor?
-¿Quién te dijo eso? Sí, Starbuck, sí, hijos míos, fue Moby Dick la que me desarboló. A Moby Dick le debo este muñón muerto sobre el que ahora me sostengo. ¡Sí, sí! ―añadió en un sollozo terrible, casi animal―. ¡Sí! ¡Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó, la que me dejó inválido, la que me hizo un marinero pata de palo para toda mi vida!

Alzó los dos brazos al aire:
-Sí, y la he de perseguir más allá del Cabo de Hornos y más allá del de Buena Esperanza, más allá del Maelstron de Noruega, y más allá de los fuegos del infierno antes de renunciar a atraparla. Y para eso es que se han embarcado ustedes, muchachos, para perseguir a la ballena blanca por ambos hemisferios si es preciso, y por todos los rincones del universo hasta que lance sangre negra por el surtidor y flote panza arriba. De modo que, hijos míos, ¿queda cerrado el trato? Me parece que son ustedes un montón de valientes, ¿o no?
-¡Sí, sí! ―gritaron los arponeros y los marineros acercándose al viejo―. ¡Ojos vigilantes para la ballena blanca! ¡Un arpón bien afilado para Moby Dick!

***

-Vengarse de una bestia irracional ―dijo Starbuck―, que le atacó simplemente porque así se lo mandaba su instinto, ¡eso es una locura! ¡Eso parece una blasfemia, capitán!
-Cállate muchacho. Escúchame: Todos los objetos visibles no son más que máscaras de cartón. ¡Si el hombre golpea, que golpee a través de la máscara! ¿Cómo puede llegar al exterior un prisionero sino atravesando la pared? Para mí la ballena blanca es esa pared, una muralla que me rodea. Algunas veces creo que detrás de ella no hay más nada. Pero me aprieta, me ahoga, veo en ella una potencia enorme, fortalecida por una malicia inescrutable. Esa cosa inescrutable es lo que odio más, ya sea la ballena blanca el agente o el origen, sobre ella descargaré todo mi odio. ¡Ah, no me hables de blasfemias! Yo le pegaría al mismo sol, si me ofendiera. ¿Quién está por encima de mí? La verdad no tiene límites. ¡Aparta tu vista! Más intolerable que la mirada de los enemigos es la mirada estúpida. Pero tranquilízate. Te sonrojas y palideces. Mi calor ha derretido hasta el brillo de tu cólera. No deseo que te molestes. No quise enfadarte ni ofenderte. Mira la tripulación. ¿No están todos de mi parte en este asunto de la ballena blanca? Mira a Stubb, ¡se está riendo! Mira a ese chileno, ¡resopla nada más que de pensar en eso! Porque, ¿de qué se trata? De llevar algo hasta el final, nada de proezas. No es más que darle un golpe a una aleta. Estoy seguro que el mejor arpón de Nantucket no se va a echar atrás. Ah, ya veo que está confundido, te levanta la ola. ¡Hable, habla pues! Ya lo ves: es tu silencio el que habla por ti.
-¡Que Dios me guarde y a todos nosotros también! ―murmuró Starbuck.

Ajab no pareció oír aquellas últimas palabras, ni tampoco la risa ahogada que se oía en la cubierta, ni la voz del viento en el aparejo.

-¡Traigan la jarra! ―gritó Ajab.

Y al recibir en sus manos la jarra de peltre llena hasta rebosar se volvió hacia los arponeros y les ordenó sacar sus armas. Los alineó luego ante sí, junto al cabrestante, con los arpones en la mano, mientras que sus tres oficiales lo rodeaban con sus lanzas y el resto de la tripulación los observaba, y se quedó plantado mirando con ojos penetrantes a cada uno de sus tripulantes.

-¡Bebe y pásalo! ―ordenó entregando la jarra al marinero más próximo―. Por ahora, solo la tripulación. ¡Que corra! Tragos breves, muchachos, porque es más fuerte que la pezuña de Satanás. Así. ¡Así va bien! Circula magníficamente. El licor se mueve en espiral dentro de ustedes y luego sale hacia afuera por los ojos aguzados como los de las serpientes. ¡Bien hecho! Casi está seco. Así se traga de un golpe y desaparece la vida que rebosa. ¡Cocinero, vuelve a llenar la jarra!

Y siguió:
-¡Escúchenme, mis valientes! Los he reunido aquí a todos, junto a este cabrestante: arponeros, oficiales y tripulación. Vamos a ver. Formen un círculo en torno nuestro para que yo pueda revivir una de las más antiguas costumbres de mis antepasados pescadores. ¡Ah, muchachos, ya verán cómo! A ver, chico, ¿ya estás de vuelta? Dámelo. Vamos, la jarra ya está llena otra vez a rebosar.

-Ustedes, los oficiales, crucen las lanzas delante de mí. ¡Muy bien! Déjenme tocar el pecho ―y al decir esto juntó las lanzas, dándoles una fuerte sacudida y mirando a Starbuck. Pasó luego la mirada a Flask y a Stubb, como si quisiera llenarlos de la misma emoción que lo animaba a él.

Obedecieron en silencio, quedando los tres plantados con los hierros de los arpones, de unos tres pies de largo, sosteniéndolos de punta ante él.

-Y ahora, ustedes, los coperos, avancen. Agarren los hierros y sosténganlos mientras les lleno las copas ―y procedió a hacerlo con el ardiente líquido de la jarra.
-Así, tres para tres. ¡Entreguen los cálices asesinos! ¡Esto ya está hecho! ¡El sol no espera más que a santificarlo para hundirse en el horizonte! Beban. Beban y juren: ¡Que muera la ballena blanca! ¡Muera Moby Dick! ¡Que Dios nos cace a nosotros si nosotros no cazamos a Moby Dick?

Los vasos se alzaron y, entre gritos y maldiciones contra la ballena blanca, los líquidos fueron bebidos simultáneamente.

***

Yo, Ismael, formaba parte de aquella tripulación; mis gritos se habían alzado junto a los de los demás, mis juramentos se habían fundido con los suyos y, debido al terror de mi alma, grité más alto y juré más fuerte. Me llenaba un sentimiento salvaje y místico de conmiseración. Parecía mío el odio implacable de Ajab. Escuché con avidez la historia de aquel monstruo contra el que habíamos jurado venganza o muerte.

Durante mucho tiempo, aunque solo a intervalos, la solitaria y arisca ballena blanca había recorrido los mares sin civilizar por los que solían navegar los cazadores de cachalotes. Pero no todos conocían su existencia. Solamente unos pocos balleneros la habían visto y un número todavía menor le había dado batalla realmente. Ello se debía al modo desordenado en que se repartían por la circunferencia acuática los barcos balleneros, muchos de los cuales proseguían temerariamente su faena por yermas latitudes, de tal manera que nunca o rara vez encontraban un barco que les diese noticia alguna.

Es cierto que hubo diversos buques que dieron cuenta de haberse topado en tal o cual meridiano con un cachalote de tamaño y astucia fuera de lo corriente, que luego de dejar mal parados a sus atacantes se les había escapado arteramente, y para algunos resultaba lógico que aquélla debía ser Moby Dick.

Pero la ferocidad no era extraña en los cachalotes, por lo que no resultaba fácil decir si había sido o no la famosa ballena con la que se habían topado. Y en cuanto a los que, teniendo ya noticias sobre ella, la encontraron por casualidad, casi todos se habían lanzado al principio a darle caza tan arriesgada y temerariamente como a cualquier otra ballena de su género. Estos ataques trajeron desastres entre ellos, como brazos rotos, tobillos torcidos y miembros amputados, e incluso en ocasiones accidentes mortales. Por ello, todas las noticias resultaban confusas y casi siempre contradictorias.

A pesar de ello, los rumores de todo tipo no dejaron de aumentar y hacer más horrorosa la verdadera historia de estos encuentros. Los rumores fabulosos crecen naturalmente, como hongos en el árbol herido, pero en la vida marítima, así como el mar sobrepasa a la tierra, así las pesquerías de ballenas sobrepasan a cualquier otra clase pesca. Y el ballenero, solo en aguas tan remotas que aunque navegase mil millas jamás avistaría una chimenea, está más presto a alimentar su fantasía.

También había cosas prácticas que influían en el caso. No ha desaparecido de la mente de los balleneros el primitivo prestigio de que el cachalote es pavorosamente distinto de los demás ballenáceos y mucho más temible, incluso, que la feroz ballena franca o de Groenlandia, aunque son muchos los cazadores de ballenas que nunca se han enfrentado a los cachalotes, que viajan sumergidos y no pueden ser vistos a menos que se les vea salir y lanzar un chorro de agua.

Incluso la ciencia ha cimentado el miedo. Naturalistas como Olassen y Polvenson declaran que el cachalote no solo es el terror de los mares, sino que es tan increíblemente feroz que está siempre sediento de carne humana. Y en su Historia Natural, el barón Curvier afirma que, ante la vista del cachalote, todos las criaturas, incluidos los tiburones, “son heridas por el más vivo de los terrores”. Otros estudiosos dan cuenta de la capacidad del cetáceo de recorrer enormes distancias, viajando de norte a sur y por mares inexplorados.

Así, sobrecogidos por los rumores, muchos veteranos pescadores recordaban que a veces resultaba difícil convencer a los balleneros con larga práctica en la caza de la ballena franca a que se aventurasen a la cacería del cachalote.

Ante la experiencia real y viva de los hombres, no sorprende que algunos balleneros hayan ido más lejos en su superstición en lo que respecta a Moby Dick. Una de las leyendas que se atribuían a la mente crédula de los marinos era que la ballena blanca era ubicua, es decir, se encontraba en varios puntos distintos a la vez.

No solamente era su corpulencia lo que le distinguía de los demás cachalotes, sino también una frente arrugada y una blancura de nieve, además de la alta y piramidal joroba blanca. Y también sus traidoras retiradas cuando se la perseguía, pues más de una vez se la había visto, cuando nadaba huyendo de sus perseguidores, volverse súbitamente y caer sobre ellos para destrozar sus lanchas.

Por otra parte, los arpones que llevaba clavados eran motivo de especulación. Es cosa perfectamente conocida, tanto entre los balleneros ingleses como entre los norteamericanos, que se habían capturado al norte del Pacífico ballenas que llevaban clavadas puntas de arpones lanzados en Groenlandia.

Y tampoco escapaba a los marinos la certeza de que el intervalo entre encontrarlos y el momento en que recibieron la herida no podía exceder de muchos días.

Familiarizado con semejantes prodigios no explicados, no es de extrañar pues, que, sabiendo que Moby Dick había escapado viva después de repetidos ataques, fueran más allá en sus supersticiones, suponiendo que Moby Dick no solamente era ubicua, sino inmortal, y que seguiría nadando viva aunque se le clavaran en los flancos bosques enteros de arpones, y que si alguna vez se le llegaba a ver lanzar sangre por su surtidor, eso no sería más que una alucinación, pues no tardaría en verse otro surtidor, blanco e inmaculado, brotando a muchas leguas de distancia.

Su caza había dado ya lugar a numerosas muertes. Calcúlese, pues, la furiosa ira que se apoderaba de sus cazadores cuando salían nadando de entre los destrozados restos de sus lanchas y los miembros arrancados de sus compañeros muertos.

Con tres lanchas desfondadas y los hombres debatiéndose entre las olas, había habido un capitán que, cogiendo el cuchillo de cortar el cable de su proa deshecha, se había lanzado sobre la ballena tratando de arrancarle la vida con un arma de sólo seis pulgadas. Aquel capitán había sido Ajab, y fue entonces cuando, con su mandíbula en forma de guadaña, le había segado la pierna Moby Dick.

No era, pues, de extrañar que desde aquel instante, un salvaje deseo de venganza contra la ballena blanca se hubiera metido en el espíritu del capitán, tanto más cuanto que no solamente le achacaba la pérdida de su pierna, sino también el desánimo, la enfermedad anímica que desde entonces lo aquejaba.

A esa causa se podía atribuir su innegable locura durante la travesía, así como la sombría melancolía que lo dominara hasta el mismo momento de hacerse a la mar en el Pequod.

Teníamos entonces a aquel anciano canoso e impío persiguiendo con sus maldiciones a una ballena como la que tragó a Jonás por todo el inmenso océano, y al frente de una tripulación constituida por mestizos renegados, parias y salvajes, en la que solamente la virtud de Starbuck, la indiferencia y despreocupación de Stubb y la total mediocridad de Flask ponían una nota de sensatez. Dicha tripulación parecía reclutada y reunida por alguna fatalidad infernal para ayudarle en su monomaníaca venganza.

Ya he dicho lo que la ballena significaba para Ajab, pero, ¿y para mí? Aparte de las características peligrosas del animal estaba su blancura, que era lo que más me aterraba, ya que si bien en muchos objetos la blancura contribuye a aumentar su belleza, como en los mármoles, a mí me producía una extraña sensación de desasosiego.

¿Qué hay tan inquietante en un hombre albino como para que, a veces, hasta su misma familia lo rechace? Pues precisamente esa blancura. El albino es como los demás y, sin embargo, su simple aspecto, su blancura, le hace molesto a los ojos de la gente. ¿Por qué? Y también, ¿por qué a los fantasmas se les atribuye una blancura que contribuye a aterrorizar a los que en ellos piensan? ¿Tal vez por su parecido a alguien envuelto en un sudario?

El espanto encapuchado que aparece en los mares del sur ha sido denominado Borrasca Blanca. Y, ¿cómo explicar que el mar Blanco produce en la mente una impresión tan espectral, en tanto que el mar Amarillo nos mece con una sensación de seguridad? Por todas estas cosas, la ballena blanca venía a ser un símbolo de algo muy desagradable para mí. 
…………
Versión condensada de los capítulos XXXV, XXXVI y XLI de la novela Moby Dick, 1851.

martes, 27 de diciembre de 2011

El hombre

Clarice Lispector

Entre un instante y otro, entre el pasado y el futuro, la vaguedad blanca del intervalo. Vacío como la distancia de un minuto a otro en la circunferencia del reloj. El fondo de los acontecimentos irguiéndose callado y muerto, un pedazo de la eternidad.

Apenas un momento detenido, tal vez separando un trecho de la vida del siguiente. Ni un segundo, no pudo calcular el tiempo que, sin embargo, era largo como una línea recta infinita. Profundo, llegado de lejos, un pájaro negro, un punto creciendo en el horizonte, aproximándose a la conciencia como una pelota lanzada desde el final hacia el comienzo. Y explotando ante los ojos perplejos en la esencia del silencio.

Dejando tras de sí el intervalo perfecto como único sonido vibrando en el aire. Renacer después, guardar la memoria extraña del intervalo, sin saber cómo incorporarlo a la vida. Cargar para siempre el pequeño punto vacío —deslumbrado y virgen—, demasiado fugaz para dejarse desvendar.

Joana lo sintió mientras atravesaba el pequeño jardín de Lidia, ignorando adónde iría, con la certeza apenas de que dejaba atrás todo lo vivido. Cuando cerró la portezuela se alejó de Lidia, de Octavio, y, nuevamente sola en sí misma, caminó.

Un comienzo de tempestad se había calmado y el aire fresco circulaba dulcemente. Subió otra vez la montaña y su corazón latía aún sin ritmo. Buscaba la paz de aquellos caminos a esa hora, entre la tarde y la noche, una cigarra invisible susurrando el mismo canto. Los viejos muros húmedos en ruinas, invadidos de hiedra y enredaderas sensibles al viento. Se detuvo y, ya sin pasos, escuchó el silencio moverse. Solo su cuerpo perturbaba aquella serenidad. La imaginaba sin su presencia y adivinaba la frescura que deberían tener aquellas cosas muertas, mezcladas unas con otras, frágilmente vivas como en el comienzo de la Creación.

Las altas casas cerradas, recogidas como torres. Se llegaba a uno de los caserones por una larga calle sombría y quieta, el fin del mundo. Junto a él apenas se observaba un declive, el nacimiento de otra calle, y se podía entender que no era el final. La casona baja y ancha, los vidrios quebrados, las celosías de madera cerradas, cubiertas de polvo. Conocía bien aquel jardín donde se mezclaban blandos mogotes de hierba, rosas rojas, viejas latas oxidadas. Bajo los jazmines en flor encontraría los periódicos desteñidos, pedazos de madera húmeda de antiguos injertos. Entre los árboles pesados y envejecidos, los gorriones y las palomas pellizcaban el suelo desde siempre. Un pajarillo detenía su vuelo, paseaba por los alrededores hasta desaparecer tras los arbustos. La casona orgullosa y dulce en sus escombros. Morir allí. A aquella casa solo se podía llegar al final de todo. Morir en aquella tierra húmeda, tan buena para recibir un cuerpo muerto. Pero no era la muerte lo que ella quería, tenía miedo también.

Un hilo de agua corría sin cesar por la pared oscura. Joana se detuvo un instante y lo miró, vacía, impasible. En uno de sus paseos ella se había sentado junto al portoncito oxidado, el rostro apretado contra los barrotes helados, intentando sumergirse en el olor húmedo y oscuro del terreno. Aquella quietud cerrada, el perfume. Pero eso había sido hace mucho tiempo. Ahora ella se había separado del pasado.

Siguió caminando. Ya no sentía el calor de la fiebre que la conversación con Lidia le había causado. Estaba pálida y el excesivo cansancio la hacía casi leve, los rasgos más finos, purificados. De nuevo esperaba un final, el final que jamás llegaba para completar sus momentos. Que bajara sobre ella algo inevitable, quería ceder, someterse. A veces sus pasos equivocaban la dirección, le pesaban, sus piernas apenas se movían. Pero ella se empujaba a sí misma, se guardaba para caer más lejos. Miraba el suelo, las rubias hierbas que renacían humildemente después de ser aplastadas.

Levantó los ojos y lo vio. Aquel mismo hombre que la seguía frecuentemente, sin jamás acercársele. Ya lo había visto muchas veces en aquellas mismas calles, durante el paseo vespertino. No se sorprendió. Alguna cosa habría de venir de algún modo, ella lo sabía. Afilado como un cuchillo. Sí, recién la noche anterior, acostada al lado de Octavio, ignorante de lo que sucedería al día siguiente, ella se había acordado de ese hombre. Afilado como un cuchillo...

Sintiendo un ligero vértigo al tentar divisarlo de lejos, vio al hombre multiplicado en innumerables bultos que llenaban, trémulos y deformes, el camino. Cuando se le quitó lo nublado de la visión, la frente húmeda de sudor, lo vio en contraste como un punto único y pobre caminando hacia ella, perdido en la larga calle desierta. Ciertamente él apenas la seguía, como las otras veces. Pero ella estaba cansada y se detuvo.

Cada vez más la figura del hombre se aproximaba y crecía, cada vez más Joana sentía hundirse en lo irremediable. Aún podía retroceder, todavía pudiera darse la vuelta e irse de allí, evitándolo. Y no sería como huír, ella adivinaba la humildad de aquel hombre. Nada la retenía allí, inmóvil, claramente esperando a que se aproximara. Nada la retenía, ni el miedo.

Pero aunque fuera la propia muerte la que se le acercaba, aun la vileza, la esperanza o, de nuevo, el dolor, se detuvo simplemente. Estaban cortadas las venas que la conectaban a las cosas vividas, reunidas ahora en un solo bloque lejano, exigiendo una continuación lógica, pero viejas, muertas. Solo ella misma había sobrevivido, aún respiraba. Y delante de ella un nuevo campo todavía sin color, la madrugada emergiendo. Atravesar las brumas para mirarlo. No podría retroceder, no sabía por qué retroceder. Si todavía dudaba delante del extraño cada vez más cercano era porque le temía a la vida, que otra vez se le aproximaba, implacable. Intentaba agarrarse al intervalo, existir en él, suspendida en aquel mundo frío y abstracto, sin mezclarse con la sangre.

……..
Fragmento del capítulo El hombre de la novela Cerca del corazón salvaje, 1944. Traducción libre.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Viñeta: El hotel misterioso

















......................................
Enclavado en la cima del cerro El Ávila (hoy Warairarepano), el hotel Humboldt, construido en 1956, durante la dictadura de Pérez Jiménez, es uno de los símbolos de la capital venezolana. Desde hace medio siglo no alberga las fastuosas fiestas que el anecdotario popular le atribuye y permanece como un coloso fantasmal a la espera de su prometida y nunca acabada remodelación. Yo, que me crié adorando la montaña y trepé por sus faldas desde temprana edad, siempre tuve el secreto anhelo de pasar una noche en este hotel misterioso, envuelto en brumas y desde donde se puede ver Caracas de punta a punta, por un lado, y el Caribe azul, por el otro.

martes, 31 de mayo de 2011

La sirena

Ray Bradbury

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.
-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? –preguntó McDunn.
-Sí –dije–. Afortunadamente es usted un buen conversador.
-Bueno, mañana irás a tierra –agregó McDunn sonriendo– a bailar con las muchachas y a tomar ginebra.
-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
-En los misterios del mar.
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones, sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas y unos pocos barcos.
-Los misterios del mar –dijo McDunn pensativamente–. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios–luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?
Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.
-Oh, hay tantas cosas en el mar. –McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa–. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
-Sí, es un mundo viejo.
-Ven. Te reservé algo especial.
Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.
-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? –McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza–. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año –dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla–, algo viene a visitar el faro.
-¿Los cardúmenes de peces?
-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.
Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.
-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".
La sirena llamó.
-Imaginé esta historia –dijo McDunn en voz baja– para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
-Pero... –interrumpí.
-Chist... –ordenó McDunn–. ¡Allí!
-Señaló los abismos.
-Algo se acercaba al faro, nadando.
Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.
No sé qué dije entonces, pero algo dije.
-Calma, muchacho, calma –murmuró McDunn.
-¡Es imposible! –exclamé.
-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.
El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.
Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
-¡Parece un dinosaurio!
-Sí, uno de la tribu.
-¡Pero murieron todos!
-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
-¿Qué haremos?
-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
-¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.
-¿Entiendes ahora –susurró McDunn– por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.
La sirena llamó.
-El año pasado –dijo McDunn–, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.
El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.
–Así es la vida –dijo McDunn–. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.
El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.
–Veamos qué ocurre –dijo McDunn.
Apagó la sirena.
El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.
El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.
-¡McDunn! –grité–. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.
McDunn me tomó por el brazo.
-¡Abajo! –gritó.
La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
-¡Rápido!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.
Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
-Escucha –dijo McDunn en voz baja–. Escucha.
Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
-Se vino abajo, eso es todo –dijo McDunn gravemente–. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.
No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.
Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
-Por si acaso –dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.
-Se fue –dijo McDunn–. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.
Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

…………………………
Primer cuento de Las doradas manzanas del sol, 1953.

domingo, 8 de mayo de 2011

Kaba Gaida (gaita búlgara)



.............................................
Esta gaita, parecida a otras que se tocan en Europa, tiene un sonido misterioso y ancestral que evoca distintos orígenes. Algo de celta, talvez, algo de romano, tártaro, eslavo... algo de cíngaro, algo de moro... 

martes, 19 de abril de 2011

Pedro Páramo (fragmento)

Juan Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo” –me recomendó–. “Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte”. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: “Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja”.
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? –oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre –contesté.
-¡Ah! –dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.
-Bonita fiesta le va a armar –volví a oír la voz del que iba allí a mi lado–. Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí. Luego añadió:
-Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.
-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
-No lo conozco –le dije–. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
-¡Ah!, vaya.
-Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el “¡ah!” del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
-¿A dónde va usted? –le pregunté.
-Voy para abajo, señor.
-¿Conoce un lugar llamado Comala?
-Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía y disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
-Yo también soy hijo de Pedro Páramo– me dijo.
Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
-Hace calor aquí –dije.
-Sí, y esto no es nada –me contestó el otro–. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.
-¿Conoce usted a Pedro Páramo? –le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
-¿Quién es? –volví a preguntar.
-Un rencor vivo –me contestó él.
Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante de nosotros, encarrerados por la bajada.
Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de yerbas; hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón.
Es el mismo que traigo aquí, pensando que podría dar buen resultado para que mi padre me reconociera. –Mire usted–me dice el arriero, deteniéndose–: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puercos? Pues detrasito de ella está la Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja de aquel cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media Luna de punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con la mirada. Y es de él todo ese terrenal. El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar. Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?
-No me acuerdo.
-¡Váyase mucho al carajo!
-¿Qué dice usted?
-Que ya estamos llegando, señor.
-Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?
-Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.
-No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado.
Parece que no lo habitara nadie.
-No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
-¿Y Pedro Páramo?
-Pedro Páramo murió hace muchos años.

.........................................
Pedro Páramo se publicó en 1955.

martes, 29 de marzo de 2011

Los pozos

Caio Fernando Abreu

Primero te caes en un pozo. ¿Pero no es malo caerse en un pozo así, de repente? Al principio sí. Pero rápidamente empiezas a disfrutar de las piedras del pozo. Del lodo del pozo. De la humedad del pozo. Del agua del pozo. De la tierra del pozo. Del olor del pozo. Del pozo del pozo. ¿Pero no es malo eso de ir entrando en pozos sin fin? ¿Uno no se muere? Uno se muere un poco en cada pozo. ¿Y no duele? Morir no duele. Morir es entrar en otra cosa. Y después: en el fondo del pozo del pozo del pozo del pozo, descubres qué.

…………………………………
Primer relato de O ovo apunhalado, 1975. Traducción libre.

martes, 8 de marzo de 2011

El espejo y la máscara

Jorge Luis Borges

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:
–Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?
–Sí, Rey –dijo el poeta–. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.
El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:
–Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.
–Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro –dijo el poeta, que era también un cortesano.
Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.
Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.
–Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción y a cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda –omen absit– podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.
Hubo un silencio y prosiguió.
–Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.
–Doy gracias y comprendo –dijo el poeta.
Las estrellas del cielo retomaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.
El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:
–De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.
Agregó con una sonrisa:
–Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.
El poeta se atrevió a murmurar:
–Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad.
El Rey prosiguió:
–Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.
–Doy gracias y he entendido –dijo el poeta.
El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.
–¿No has ejecutado la oda? –preguntó el Rey.
–Sí –dijo tristemente el poeta–. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
–¿Puedes repetirla?
–No me atrevo.
–Yo te doy el valor que te hace falta –declaró el Rey.
El poeta dijo el poema. Era una sola línea.
Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
–En los años de mi juventud –dijo el Rey– navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
–En el alba –dijo el poeta– me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
–El que ahora compartimos los dos –el Rey musitó–. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.
Le puso en la diestra una daga.
Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.
………….
De El libro de arena, 1975.