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miércoles, 11 de abril de 2012

Los deberes del escritor

William Ospina

Las guerras actuales no se parecen a las guerras antiguas. El mundo de hoy no se parece al mundo de ayer.

Hace siglo y medio Walt Whitman podía declarar en un poema su asombro ante la infinita capacidad del mundo de recibir desechos y podredumbre y devolver en cambio vida, rosas fragantes, cebollas cristalinas, lavanda y anís. Podía celebrar que, a pesar de la actividad humana, a pesar de los infiernos de la historia, la naturaleza seguía siendo limpia por siempre y siempre, quizás alterada en la superficie pero intocada en sus fuentes profundas.

Algo tremendo ha cambiado. Hoy tenemos el temor de que las fuentes de la vida están siendo alteradas. Estamos manipulando las semillas, estamos degradando los océanos, estamos modificando el equilibrio del planeta; ya no podemos estar tan seguros como Whitman de que todo seguirá igual, de que la vida estará a salvo para siempre.

También las guerras, repito, han cambiado. Antes podían significar la muerte de guerreros de una y otra tribu, de una y otra religión, de una y otra raza, ahora pueden acarrear el daño irreparable del escenario de nuestra existencia, la desaparición de la especie entera. Una guerra salida de madre puede ser el fin de la aventura humana. Sobre todo si se trata de ese tipo de guerra que está suspendida como espada de pesadilla sobre la nuca de la humanidad hace 66 años: la conflagración nuclear.

Es sin duda esa conciencia la que ha movido esta semana a Günter Grass a escribir un poema sobre el peligro de un ataque israelí sólo por la sospecha de que Irán esté desarrollando un arma atómica. No lo mueve sólo ese riesgo sino el hecho de que Alemania, su país, haya entregado a Israel un submarino nuclear capaz de apoyar eficazmente ese ataque. Los alemanes llevan 66 años de silencio sobre la política judía, porque cargan a la vez con un estigma a los ojos del mundo y con una conciencia culpable.

Hablar por primera vez del tema supone para ellos una dificultad mucho mayor que para otros pueblos. Günter Grass no sólo ha utilizado el argumento de que está viejo, de que está escribiendo “con la última tinta”, y de que “mañana podría ser demasiado tarde”, también que no ha escrito una página de opinión o un ensayo sino, inesperadamente, un poema. Otros discutirán en su sabiduría si el poema es afortunado o no, si contó con el favor de las musas, pero es harto significativo que, en tiempos en que la poesía parece asordinada y en penumbra, un escritor, para expresar sus temores más profundos y su mayor incertidumbre, recurra al lenguaje de la poesía.

¿Puede la poesía hablar de la historia, de los conflictos políticos, de los hechos críticos de actualidad? Hay quienes piensan que su ámbito debe limitarse a los secretos de la intimidad o al tono de la celebración y la evocación; que la poesía es sólo sentimiento y armonía verbal, exploración de los misterios del lenguaje o cifra de los abismos de la conciencia.

Pero la poesía nunca se privó de hablar de la historia y de la política. Homero habló desde el comienzo de los guerreros y de las armas. Un libro o colección de libros orientales que se volvió con los siglos el alma misma de Occidente, la Biblia, está lleno de conflictos políticos, de guerras, de luchas por el poder, de la alianza del poder con la religión. La Divina Comedia es un fresco de las luchas de Blancos y de Negros, de güelfos y de gibelinos; Shakespeare es un mosaico de las guerras inglesas y los conflictos sociales; Víctor Hugo hizo un memorable libro de poemas para demoler el pedestal del imperio de Luis Napoleón.

Los comentaristas han sugerido que Günter Grass ha escrito su poema Lo que hay que decir para enmascarar un discurso político y hacerse perdonar la temeridad de censurar a Israel, siendo alemán. Yo me atrevo a pensar que lo que ha hecho es más grande y más complejo. Una columna de opinión o un ensayo sería algo más efectivo y polémico para plantear un tema de tanta actualidad y de tal importancia, y él no lo ignora. Por otra parte, si en verdad siente que está escribiendo con su “última tinta”, no le preocupará el juicio de sus contradictores o sus críticos.

Creo que Günter Grass quiere decirnos que no está hablando simplemente de política, de conflictos mediáticos, de escándalos de actualidad o de polémicas que apasionan a las facciones que hoy se disputan el mundo, sino de hechos gravísimos para el destino de la especie, de cosas que comprometen la supervivencia misma del lenguaje y del espíritu. Nos está diciendo que de esas cosas no se puede hablar de un modo pragmático o trivial.

Es el misterio mismo del mundo lo que está en juego. Y en esos momentos, cuando bien podría ser la última tinta de la especie lo que está en juego, tal vez sólo la poesía podría hacernos ver la magnitud del riesgo, la enormidad de lo que puede sacrificarse en una decisión apresurada. Quizás nos dice que el mundo podría perderse por una sospecha, en un lance de dados, y ante los ojos abiertos de una humanidad que siempre se conforma con medias verdades.

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Publicado por El Espectador el 8-4-2012.

lunes, 13 de junio de 2011

Notas sobre el oficio

Santiago Gamboa

¿Dónde está la obra literaria? El libro es un objeto formado por papel y tinta que en sí mismo no tiene nada de artístico. Por eso la literatura es un bien inmaterial: el soporte que la transmite es irrelevante, a diferencia de las artes plásticas, en donde la materia y la obra son una misma cosa.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en la obra.

El escritor está solo. Puede ver lo que otros han hecho y establecer comparaciones, nutrirse de influencias y crear una genealogía. Quien lee está en la esfera de lo literario e incluso puede que piense de un modo literario, pero aún no es escritor. Ocasionalmente puede ser crítico literario.

(Dice Jorge Volpi: “Un crítico literario no es un escritor frustrado. Un crítico literario es un crítico literario frustrado”).

Quien carece de talento es mucho más consciente de él que quien sí lo tiene, y esto es normal. Igual que la salud o el dinero: son más conscientes de ellos quienes no los tienen. El talento es antidemocrático, absolutista, despótico. Puede concentrarse todo en una sola persona y desdeñar a miles que lo anhelan. Es el único bien que se derrocha al no usarlo.

Cada escritor es el primer escritor y debe arreglárselas solo. Debe inventar el fuego y la rueda, descubrir la ley de la gravitación universal y la penicilina. Su fuego, su gravitación universal, su penicilina.

Pero escribir no es uno de los derechos humanos. Que alguien escriba no crea en los demás la obligación de leerlo. Por lo demás, la acción o el acto de “narrar” puede ser de lo más banal. Un hombre soñoliento, en bata y pantuflas, inclinado sobre un montón de papeles, haciendo correcciones aquí y allá mientras bosteza o le da sorbos a una taza de café. Algo muy banal, pero el resultado puede ser una obra de arte. Entonces todo se transforma e incluso el acto de escribirla se vuelve heroico, pero nunca al revés.

Se debe leer porque, al fin y al cabo, una vida es poca vida. Pero, ¿qué se busca al escribir? No conozco una respuesta mejor que la dada por Saúl Bellow al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1976. Él dijo: “Nosotros, los escritores, no representamos adecuadamente a la humanidad. El público inteligente espera oír del arte lo que no oye de la teología, la filosofía, la teoría social, y lo que no puede oír de la ciencia pura”. “Lo que se espera del arte es que encuentre e indique en el universo, en la materia y en los hechos de la vida, aquello que es fundamental, perdurable, esencial”.

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Publicado en El Espectador el 25-2-2011.