Escuche el poema
Pablo Neruda
Y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible.
De Odas elementales, 1975.
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miércoles, 25 de diciembre de 2019
domingo, 25 de diciembre de 2016
martes, 12 de julio de 2016
viernes, 18 de julio de 2014
Algunos poemas de Alfonsina Storni
EL ENGAÑO
Soy tuya, Dios lo sabe por qué, ya que comprendo
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero que esto un día cualquiera se concluya,
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú sabes menos que yo, y algo orgulloso
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
Yo te miro callada con mi dulce sonrisa,
y cuando te entusiasmas, pienso: no te des prisa.
No eres tú el que me engaña; quien me engaña es mi sueño.
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero que esto un día cualquiera se concluya,
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú sabes menos que yo, y algo orgulloso
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
Yo te miro callada con mi dulce sonrisa,
y cuando te entusiasmas, pienso: no te des prisa.
No eres tú el que me engaña; quien me engaña es mi sueño.
De Ocre, 1925.
…….
HOMBRE PEQUEÑITO
Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar.
Yo soy tu canario, hombre pequeñito,
Déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
Hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes
Ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
Ábreme la jaula, que quiero escapar;
Hombre pequeñito, te amé media hora,
No me pidas más.
De Irremediablemente, 1919.
………
PESO ANCESTRAL
Tú me dijiste: no lloró mi padre;
Tú me dijiste: no lloró mi abuelo;
no han llorado los hombres de mi raza,
eran de acero.
Así diciendo te brotó una lágrima
y me cayó en la boca; mas veneno
yo no he bebido nunca en otro vaso así pequeño.
débil mujer, pobre mujer que entiende,
dolor de siglos conocí al beberlo.
Oh, el alma mía soportar no puede
todo su peso.
De Irremediablemente, 1919.
lunes, 2 de abril de 2012
El salvaje
Walt Whitman
¿Quién es este salvaje, amistoso y parlanchín?
¿Espera la civilización o la ha dejado atrás y la ha dominado?
¿Es un hombre del sudoeste y ha sido criado a la intemperie? ¿Es un canadiense?
¿Viene de las tierras de Mississippi, de Oregon, de Iowa, de California? ¿De la montaña, de las praderas, de los bosques, o un marino del mar?
Dondequiera que vaya, los hombres y las mujeres lo desean y lo aceptan,
Quieren que los quiera, que los toque, que les hable, que se quede con ellos.
Obra sin ley, como los copos de nieve, sus palabras son simples como la hierba, el pelo despeinado, risas e ingenuidad,
Lento el andar, comunes las facciones, emanando sencillez y modestia,
Brotan de un modo nuevo desde las puntas de los dedos,
Flotan en el aire con el olor de su cuerpo o de su aliento, salen de la mirada de sus ojos.
………………
Fragmento del poema 39 de Canto de mí mismo (Hojas de Hierba), 1955. El título, para variar, es una intervención bien intencionada.
domingo, 29 de enero de 2012
U (fragmento)
Pablo de Rokha
Soy el hombre casado, yo soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil años, mil años que no duermo cuidando los chiquillos y las
estrellas desveladas;
estrellas desveladas;
por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo.
Dromedario, polvoroso dromedario,
gran animal andariego y amarillo de verdades crepusculares,
voy trotando con mi montura de amores tristes…
Alta y ancha rebota la vida tremenda
sobre mi enorme lomo de toro;
el pájaro con tongo de lo cuotidiano se sonríe de mis guitarras tentaculares y absortas;
acostumbrado a criar hijos y cantos en la montaña,
degüello los sarcasmos del ave terrible con mis cuchillos inexistentes,
y continúo mis grandes estatuas de llanto;
los pueblos futuros aplauden la vieja chaqueta de verdugo de mis tonadas.
Comparo mi corazón al preceptor de la escuela del barrio,
y piropeo en las tumbas usadas
la canción obscura de aquel que tiene deberes y obligaciones con lo infinito.
Además van a orillas mías los difuntos precipitados de ahora y sus andróginos en aceite;
los domino con la mirada muerta de mi corbata,
y mi actitud continúa encendiendo las lámparas despavoridas.
Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida,
y, desde la otra vida, gotean las aguas,
yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos,
los vinos maduros cantan en mis bodegas espirituales;
sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida,
ríen los niños y las brasas alabando la alegría del fuego,
y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos de felicidad,
contentos de la buena pobreza,
y tranquilos,
seguros de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna humildes y emancipados,
…entonces, cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida…
«Bueno es que el hombre aguante, le digo»,
así le digo al esqueleto cuando se me anda quedando atrás, refunfuñando,
y le pego un puntapié en las costillas.
Frecuentemente voy a comprar avellanas o aceitunas al cementerio,
voy con todos los mocosos, bien alegre,
como un fabricante de enfermedades que se hiciese vendedor de rosas;
a veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina,
o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos.
…………………….
Del poemario Cosmogonía, 1927. Lamento que el formato de Blogger no me deje poner los corchetes en los versos que sobresalen de la alineación.
martes, 27 de diciembre de 2011
El hombre
Clarice Lispector
Entre un instante y otro, entre el pasado y el futuro, la vaguedad blanca del intervalo. Vacío como la distancia de un minuto a otro en la circunferencia del reloj. El fondo de los acontecimentos irguiéndose callado y muerto, un pedazo de la eternidad.
Apenas un momento detenido, tal vez separando un trecho de la vida del siguiente. Ni un segundo, no pudo calcular el tiempo que, sin embargo, era largo como una línea recta infinita. Profundo, llegado de lejos, un pájaro negro, un punto creciendo en el horizonte, aproximándose a la conciencia como una pelota lanzada desde el final hacia el comienzo. Y explotando ante los ojos perplejos en la esencia del silencio.
Dejando tras de sí el intervalo perfecto como único sonido vibrando en el aire. Renacer después, guardar la memoria extraña del intervalo, sin saber cómo incorporarlo a la vida. Cargar para siempre el pequeño punto vacío —deslumbrado y virgen—, demasiado fugaz para dejarse desvendar.
Joana lo sintió mientras atravesaba el pequeño jardín de Lidia, ignorando adónde iría, con la certeza apenas de que dejaba atrás todo lo vivido. Cuando cerró la portezuela se alejó de Lidia, de Octavio, y, nuevamente sola en sí misma, caminó.
Un comienzo de tempestad se había calmado y el aire fresco circulaba dulcemente. Subió otra vez la montaña y su corazón latía aún sin ritmo. Buscaba la paz de aquellos caminos a esa hora, entre la tarde y la noche, una cigarra invisible susurrando el mismo canto. Los viejos muros húmedos en ruinas, invadidos de hiedra y enredaderas sensibles al viento. Se detuvo y, ya sin pasos, escuchó el silencio moverse. Solo su cuerpo perturbaba aquella serenidad. La imaginaba sin su presencia y adivinaba la frescura que deberían tener aquellas cosas muertas, mezcladas unas con otras, frágilmente vivas como en el comienzo de la Creación.
Las altas casas cerradas, recogidas como torres. Se llegaba a uno de los caserones por una larga calle sombría y quieta, el fin del mundo. Junto a él apenas se observaba un declive, el nacimiento de otra calle, y se podía entender que no era el final. La casona baja y ancha, los vidrios quebrados, las celosías de madera cerradas, cubiertas de polvo. Conocía bien aquel jardín donde se mezclaban blandos mogotes de hierba, rosas rojas, viejas latas oxidadas. Bajo los jazmines en flor encontraría los periódicos desteñidos, pedazos de madera húmeda de antiguos injertos. Entre los árboles pesados y envejecidos, los gorriones y las palomas pellizcaban el suelo desde siempre. Un pajarillo detenía su vuelo, paseaba por los alrededores hasta desaparecer tras los arbustos. La casona orgullosa y dulce en sus escombros. Morir allí. A aquella casa solo se podía llegar al final de todo. Morir en aquella tierra húmeda, tan buena para recibir un cuerpo muerto. Pero no era la muerte lo que ella quería, tenía miedo también.
Un hilo de agua corría sin cesar por la pared oscura. Joana se detuvo un instante y lo miró, vacía, impasible. En uno de sus paseos ella se había sentado junto al portoncito oxidado, el rostro apretado contra los barrotes helados, intentando sumergirse en el olor húmedo y oscuro del terreno. Aquella quietud cerrada, el perfume. Pero eso había sido hace mucho tiempo. Ahora ella se había separado del pasado.
Siguió caminando. Ya no sentía el calor de la fiebre que la conversación con Lidia le había causado. Estaba pálida y el excesivo cansancio la hacía casi leve, los rasgos más finos, purificados. De nuevo esperaba un final, el final que jamás llegaba para completar sus momentos. Que bajara sobre ella algo inevitable, quería ceder, someterse. A veces sus pasos equivocaban la dirección, le pesaban, sus piernas apenas se movían. Pero ella se empujaba a sí misma, se guardaba para caer más lejos. Miraba el suelo, las rubias hierbas que renacían humildemente después de ser aplastadas.
Levantó los ojos y lo vio. Aquel mismo hombre que la seguía frecuentemente, sin jamás acercársele. Ya lo había visto muchas veces en aquellas mismas calles, durante el paseo vespertino. No se sorprendió. Alguna cosa habría de venir de algún modo, ella lo sabía. Afilado como un cuchillo. Sí, recién la noche anterior, acostada al lado de Octavio, ignorante de lo que sucedería al día siguiente, ella se había acordado de ese hombre. Afilado como un cuchillo...
Sintiendo un ligero vértigo al tentar divisarlo de lejos, vio al hombre multiplicado en innumerables bultos que llenaban, trémulos y deformes, el camino. Cuando se le quitó lo nublado de la visión, la frente húmeda de sudor, lo vio en contraste como un punto único y pobre caminando hacia ella, perdido en la larga calle desierta. Ciertamente él apenas la seguía, como las otras veces. Pero ella estaba cansada y se detuvo.
Cada vez más la figura del hombre se aproximaba y crecía, cada vez más Joana sentía hundirse en lo irremediable. Aún podía retroceder, todavía pudiera darse la vuelta e irse de allí, evitándolo. Y no sería como huír, ella adivinaba la humildad de aquel hombre. Nada la retenía allí, inmóvil, claramente esperando a que se aproximara. Nada la retenía, ni el miedo.
Pero aunque fuera la propia muerte la que se le acercaba, aun la vileza, la esperanza o, de nuevo, el dolor, se detuvo simplemente. Estaban cortadas las venas que la conectaban a las cosas vividas, reunidas ahora en un solo bloque lejano, exigiendo una continuación lógica, pero viejas, muertas. Solo ella misma había sobrevivido, aún respiraba. Y delante de ella un nuevo campo todavía sin color, la madrugada emergiendo. Atravesar las brumas para mirarlo. No podría retroceder, no sabía por qué retroceder. Si todavía dudaba delante del extraño cada vez más cercano era porque le temía a la vida, que otra vez se le aproximaba, implacable. Intentaba agarrarse al intervalo, existir en él, suspendida en aquel mundo frío y abstracto, sin mezclarse con la sangre.
……..
Fragmento del capítulo El hombre de la novela Cerca del corazón salvaje, 1944. Traducción libre.
domingo, 20 de febrero de 2011
Considerando
Escuche el poema
César Vallejo
Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es frío, tose y, sin embargo,
se complace con su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…
Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado
que el diagrama del tiempo
es constante dianorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron
desde lejanos tiempos,
su forma famélica de masa…
Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona…
Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…
Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…
Comprendiendo
que él sabe que le quiero
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…
Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito…
le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…
……………………
De Poemas humanos, 1939.
domingo, 10 de octubre de 2010
El hombre invisible (fragmento)
Pablo Neruda
...y mi hermano
el poeta
estaba enamorado
o sufría,
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe en sí mismo
se enreda y se desenreda,
se declara maldito,
lleva con dificultad
la cruz de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible...
....................................
Del libro Odas elementales, 1954.
lunes, 9 de agosto de 2010
¿Cree usted en Dios, sí o no?
Jorge Majfud
Me preguntan si creo en Dios y me advierten que necesitan sólo una frase. Dos a lo sumo. Es fácil, sí o no.
Lo siento, pero ¿por qué insiste usted en someterme a la tiranía de semejante pregunta? Si de verdad les interesa mi respuesta, tendrán que escucharme. Si no, buenas tardes. Nada se pierde.
La pregunta, como tantas otras, es tramposa. Me exige un claro sí o un claro no. Tendría una de esas respuestas bien claras si el dios por el que se me pregunta estuviese tan claro y definido. ¿Le gusta a usted Santiago? Perdone, ¿cuál Santiago? ¿Santiago de Compostela o Santiago de Chile? ¿Santiago del Estero o Santiago Matamoros?
Bueno, mire usted, mi mayor deseo es que Dios exista. Es lo único que le pido. Pero no cualquier dios. Parece que casi todos están de acuerdo en que Dios es uno solo, pero si es verdad habrá que reconocer que es un dios de múltiples personalidades, de múltiples religiones y de mutuos odios.
La verdad es que no puedo creer en un dios que calienta los corazones para la guerra y que infunde tanto temor que nadie es capaz de mover una coma. Por lo cual morir y matar por esa mentira es una práctica común; cuestionarlo una rara herejía. No puedo creer y menos puedo apoyar un dios que ordena masacrar pueblos, que está hecho a la medida y conveniencia de unas naciones sobre otras, de unas clases sociales sobre otras, de unos géneros sobre otros, de unas razas sobre otras. Un dios que para su diversión ha creado a unos hombres condenados desde el nacimiento y a otros elegidos hasta la muerte y que, al mismo tiempo, se ufana de su universalidad y de su amor infinito.
¿Cómo creer en un dios tan egoísta, tan mezquino? Un dios criminal que condena la avaricia y la acumulación del dinero y premia a sus avaros elegidos con más riquezas materiales. ¿Cómo creer en un dios de corbata los domingos, que grita y se hincha las venas condenando a quienes no creen en semejantes aparato de guerra y dominación? ¿Cómo creer en un dios que en lugar de liberar somete, castiga y condena? ¿Cómo creer en un dios mezquino que necesita la política menor de algunos fieles para ganar votos?
¿Cómo creer en un dios mediocre que debe usar la burocracia en la Tierra para administrar sus asuntos en el cielo? ¿Cómo creer en un dios que se deja manipular como un niño asustado en la noche y sirve cada día los intereses más repudiables sobre la Tierra? ¿Cómo creer en un dios que dibuja misteriosas imágenes en las paredes húmedas para anunciar a la humanidad que estamos viviendo un tiempo de odios y de guerras? ¿Cómo creer en un dios que se comunica a través de charlatanes de esquina que prometen el cielo y amenazan con el infierno al que pasa, como si fuesen corredores de bienes raíces?
¿De qué dios estamos hablando cuando hablamos de Dios Único y Todopoderoso? ¿Es el mismo Dios que manda fanáticos a inmolarse en un mercado el mismo Dios que manda sus aviones a descargar el infierno sobre niños e inocentes en su nombre? Tal vez sí. Entonces, yo no creo en ese dios. Mejor dicho, no quiero creer que semejante criminal sea una fuerza sobrenatural. Porque bastante tenemos con nuestra propia maldad humana. Sólo que la maldad humana no sería tan hipócrita si se dedicara a oprimir y a matar en su propio nombre y no en nombre de un dios creador y bondadoso.
Es un dios que permite que sus manipuladores, que no tienen paz en sus corazones, hablen de la paz infinita de Dios mientras van condenando a quienes no tienen fe en esa trágica locura que le atribuyen cada día a Dios. Hombres y mujeres sin paz que se dicen elegidos por Dios y van proclamándolo por ahí porque no les resulta suficiente que Dios los haya elegido por su dudosas virtudes. Esos terroristas del alma que van amenazando con el infierno, con voces suaves o a los gritos a quienes se atreven a dudar de tanta locura.
Un dios creador del Universo que debe acomodarse entre las estrechas paredes de casas consagradas y edificios sin maleficios levantados por el hombre, no para que Dios tenga un lugar en el mundo sino para tenerlo a Dios en un lugar. En un lugar propio, es decir, privatizado, controlado, circunscripto a unas ideas, a unos párrafos y al servicio de una secta de autoelegidos.
Luego la acusación clásica para todo aquel que dude de los reales atributos de Dios, establecidos por la tradición, es la de soberbia. Los furiosos predicadores, en cambio, no se detienen un instante a reflexionar sobre su infinita soberbia de pertenecer y hasta de guiar y administrar el selecto club de los elegidos del Creador.
Lo único que le pido a Dios es que exista. Pero cada vez que veo estas hordas celestiales me acuerdo de la historia, cierta o ficticia, del cacique Hatuey, condenado a la hoguera por el gobernador de Cuba Diago Velásquez. Según el padre Bartolomé de las Casas, un sacerdote lo asistió en sus últimas horas tratando de ganarlo para el cielo si se convertía al cristianismo. El cacique le preguntó si se encontraría allí con los hombres blancos. “Sí —respondió el cura—, porque ellos creen en Dios”. Lo que fue razón suficiente para que el rebelde desistiera de aceptar la nueva verdad.
Entonces, si Dios es ese ser que camina detrás de sus seguidores en trance, la verdad, no puedo creer en él. ¿Para qué habría el Creador de conferir razón crítica a sus creaturas y luego exigirles obediencia ciega, temblores alucinados, odios incontrolables? ¿Por qué habría Dios de preferir los creyentes a los pensantes? ¿Por qué la iluminación habría de ser la pérdida de la conciencia? ¿No será que la inocencia y la obediencia se llevan bien?
¿Y todo esto quiere decir que Dios no existe? No. ¿Quién soy yo para dar semejante respuesta? Sólo me preguntaba si el creador del Universo realmente cabe en la cáscara de una nuez, en la cabeza de un misil.
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Publicado por Rebelión.org el 7-6-2009
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