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domingo, 20 de marzo de 2016

Apuntes sobre la televisión (2)

Umberto Eco 

En el momento en que un individuo se coloca ante la pantalla, se produce una experiencia bastante nueva que Cohen-Séat llama "fortuitismo inicial". Se está ante una superficie blanca, y en el instante en que la luz se apaga, nos ponemos tensos a la espera de algo que no se sabe aún lo que será, y que de todas formas es deseado y valorado por nuestra tensión. Desde el momento en que se perfila la imagen y se desarrolla el discurso (la historia), Cohen-Séat muestra, con un diagrama bastante claro, que existen varias posibilidades de compromiso psicológico, que van desde la separación critica más total (la persona que se levanta y se marcha molesta), al juicio crítico que acompaña a la fruición, al abandono inadvertido a una evasión irresponsable, o a la participación, la fascinación, o (en casos patológicos) la verdadera y auténtica hipnosis. 

Parece ahora que, a diferencia de cuanto se creía, las posibilidades de vigilancia crítica son escasísimas, incluso en profesionales que asisten al cine en función de críticos (que alcanzan sólo cierto distanciamiento, por lo general, en la segunda visión del film). En realidad el espectador culturalmente dotado oscila entre una tenue vigilancia y la participación, mientras que las masas se decantan rápidamente desde un fortuitismo inicial a un estado de participación-fascinación. 

Todo lo dicho no es sólo fruto de inducciones moralistas o de una aproximativa psicológica: Cohen-Séat cree poder probarlo con experimentos electroencefalográficos, algunos de ellos realizados incluso sobre personas del oficio, interesadas en demostrar la posibilidad de una visión vigilante. Las experiencias realizadas llevan a creer que la imagen en movimiento induce al espectador a coactuar con la acción representada, a través del fenómeno de inducción posturomotriz. En otras palabras, si en la pantalla un personaje da un puñetazo, el electroencefalograma revela en el cerebro del espectador una oscilación equivalente a una "orden" que el órgano central, por una especie de mimesis instintiva, da al aparato muscular; orden que no se traduce en acción sólo porque en la mayoría de casos la orden es más débil de lo que sería preciso para pasar de la reacción nerviosa a la acción muscular verdadera. 

Cohen-Séat explica esta situación de participación total, psicofísica, recurriendo a procesos de comprensión semántica. La comunicación de una palabra pone en actividad, en mi conciencia, todo un campo semántico que corresponde al conjunto de las diversas acepciones del término (con las connotaciones afectivas que cada acepción comporta); el proceso de comprensión exacta se verifica porque, a la luz del contexto, mi cerebro, por así decirlo, inspecciona el campo semántico y localiza la acepción deseada excluyendo las demás (o manteniéndolas en el trasfondo). La imagen, en cambio, me coge precisamente de modo inverso: concreta y no general como el término lingüístico, me comunica todo el complejo de emociones y significados a ella conexos, me obliga a captar instantáneamente un todo indiviso de significados y de sentimientos, sin poder discernir ni aislar el que me sirve. 

Es la vieja diferencia entre "lógico" e "intuitivo", estamos de acuerdo, pero se especifica, en el ámbito de la presente explicación, en una oposición entre un saber lógico que produce efectos de comportamiento (a la orden "dame el libro" yo entresaco el significado exacto de la frase y mi saber determina el comportamiento consiguiente) y la visión de efectos de comportamiento en acto (la escena representada) que se hacen causas de un saber alógico, complejo, entretejido de reacciones fisiológicas (como ocurriría si por vía verbal me fuesen comunicados no términos referenciales, sino exclamaciones de efecto imperativo como "¡alto!", "¡basta!", "¡atención!").

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección Vigilancia y participación, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.

domingo, 21 de febrero de 2016

Apuntes sobre la televisión (1)

Umberto Eco

Cuanto se ha dicho nos permite concluir que la televisión puede ofrecer efectivas posibilidades de “cultura”, entendida como relación crítica con el ambiente. La televisión será elemento de cultura para el ciudadano de las áreas subdesarrolladas, haciéndole conocer la realidad nacional y la dimensión “mundo”, y será elemento de cultura para el hombre medio de una zona industrial, obrando como elemento de “provocación” sobre sus tendencias pasivas. Reconocer las posibilidades contenidas incluso en un buen programa de canciones o de desfile de modas, y comprender la necesidad de integrar estos aspectos en una función de denuncia y de invitación a la polémica, es el cometido del hombre de cultura ante el nuevo medio.

El primer aspecto puede ser realizado inteligentemente incluso dentro de la situación existente; el segundo requiere indudablemente una acción política consciente.


Al exigir a la televisión una acción de provocación de la opinión, se pueden tener en cuenta legítimamente sus límites de medio a disposición de toda la comunidad y de "hogar de las familias". Es curiosa la condición de este instrumento de comunicación que, entre todos los demás, dispone del público más vasto e indiferenciado, porque se dirige a todos, incluso a quienes no leen los periódicos, incluso a los niños que nada leen. La justificación del responsable en televisión que a menudo dice "pero la televisión debe poder ser vista hasta por los niños" suena a hipocresía, pero es absolutamente cierta.

Quien haya leído el código de autocensura de la televisión americana habrá podido descubrir un monumento de prudencia, una cautela minuciosa digna de un casuista de la contrarreforma: ateniéndose en rigor a este código, cualquier transmisión podría parecer ofensiva para alguna categoría de ciudadanos o para la infancia. Y sin embargo no se puede disentir de sus artículos, tomados uno a uno. Una vez más, nos hallamos ante un problema de equilibrio. Recordemos que hay una forma de respetar la inocencia de los niños que nos puede llevar a traicionarlos. Para respetar a los niños, las viejas generaciones evitaron revelarles la verdad sobre la procreación y crearon con ello inadaptados sexuales abiertos a todas las neurosis.

Estos son los límites y las posibilidades de la televisión. Avanzar previsiones es muy difícil. Puede ocurrir que un día la televisión llegue a ser más "culta" y precisamente por ello extraña a su público. Si, como sugiere Arnold Hauser, toda nueva forma de arte desarrolla, al principio, un lenguaje propio en sintonía con el propio público, y después, al perfeccionarse, se atasca en gramáticas formales que carecen ya de auditorio, vivimos entonces una época heroica y algún día la barbarie del Musichiere o de Campanile Sera nos parecerá el aspecto irrecuperable de una época feliz, de un momento auroral de las telecomunicaciones, en que todo tenía dimensiones épicas. En la novela de Robert Sheckley, Matar el tiempo, Thomas Blaine, llevado a vivir en el futuro, adquiere un par de "sensoriales", aparatos que aplicados a las sienes provocan visiones fantásticas en las que el vidente se halla directamente inmerso.

"Los sensoriales eran parte integrante del 2110, omnipresentes y populares como lo fue la televisión en tiempos de Blaine... Tenían también, naturalmente, sus detractores, que deploraban la pasividad progresiva a que se reducía el espectador... Leyendo un libro o mirando la televisión, decían los críticos, el espectador debía realizar un esfuerzo para participar. Los sensoriales, en cambio, se adueñaban de él, vivaces, brillantes, insidiosos, dejándolo bajo la impresión, antes reservada a los esquizofrénicos, de que los sueños son mejores que la propia vida... Una generación más, tronaban los críticos, y la gente no será ya capaz de leer, de pensar, de obrar."

Quizás la televisión nos esté llevando sólo a una nueva civilización de la visión, como la que vivieron los hombres del medioevo ante los pórticos de las catedrales. Quizás, como ya ha sido sugerido, cargaremos gradualmente los nuevos estímulos visuales de funciones simbólicas, y nos dirigiremos a la estabilización de un lenguaje ideográfico.

Pero el lenguaje de la imagen ha sido siempre el instrumento de sociedades paternalistas que negaban a sus dirigidos el privilegio de un cuerpo a cuerpo lúcido con el significado comunicado, libre de la presencia de un "icono" concreto, cómodo y persuasivo. Y tras toda dirección del lenguaje por imágenes, ha existido siempre una élite de estrategas de la cultura educados en el símbolo escrito y la noción abstracta. La civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis.

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Fragmento del capítulo Apuntes sobre la televisión, sección La media de los gustos y la modelación de las exigencias, de la obra Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas, 1965.

lunes, 12 de enero de 2015

La fontana di Trevi (La dolce vita)




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El deseo de Marcello Mastroianni por Anita Ekberg en la película de Federico Fellini (1960).

viernes, 24 de agosto de 2012

Nostalghia



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Nostalgia, de Andrei Tarkovsky (1983). Película completa.

viernes, 6 de abril de 2012

Conversione


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Fragmento final de la película Uccellacci e uccellini, de Pier Paolo Pasolini (1966). 

lunes, 20 de febrero de 2012

Squeak The Mouse









































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Secuencia del episodio Squeak The Mouse (Vol 1) in: Bloody Feast, de Massimo Mattioli, 1984.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Hackers vengadores y espías

Umberto Eco

El caso WikiLeaks tiene un doble valor. Por un lado, no es más que un escándalo aparente, un escándalo que sólo parece tal por la hipocresía que gobierna las relaciones entre los Estados, los ciudadanos y la prensa. Por otro lado, anuncia cambios profundos a nivel internacional y prefigura un futuro dominado por la regresión.

Pero vayamos por orden. El primer aspecto de WikiLeaks es la confirmación del hecho de que cada dossier abierto por un servicio secreto (de cualquier país) está compuesto exclusivamente de recortes de prensa. Las “extraordinarias” revelaciones americanas sobre los hábitos sexuales de Berlusconi no hacen más que informar de lo que desde hace meses se puede leer en cualquier periódico (salvo aquellos cuyo propietario es Berlusconi), y el perfil siniestramente caricaturesco de Gadafi era, desde hace tiempo, un tema corriente entre los artistas de cabaret.

La regla según la cual los dossiers secretos no deben contener más que noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios secretos, y no únicamente los de este siglo. Si va usted a una librería consagrada a publicaciones esotéricas, verá que cada obra repite (sobre el Grial, el misterio de Rennes-le-Château, los Templarios o los Rosacruces) exactamente lo mismo que dicen las obras anteriores. No se trata únicamente de que el autor de textos ocultos sea reacio a embarcarse en nuevas investigaciones (o que no sepa dónde buscar información sobre lo inexistente), sino de que quienes se consagran al ocultismo sólo creen aquello que ya saben, aquello que les confirma lo que ya les habían dicho.

Mucho ruido y pocas nueces

Es el mismo mecanismo que explica el éxito de Dan Brown. Y lo mismo pasa con los dossiers secretos. El informador es perezoso, y también es perezoso (o estrecho de miras) el jefe de los servicios secretos (si no lo fuera, podría ser, pongamos, redactor de Libération) que sólo da por cierto lo que reconoce como tal. Las informaciones top secret sobre Berlusconi que la embajada americana enviaba de Roma al Departamento de Estado eran las mismas que Newsweek había publicado la semana anterior.

Pero entonces, ¿por qué han hecho tanto ruido las revelaciones sobre estos dossiers? Por un lado, sólo dicen lo que cualquier persona cultivada ya sabe, esto es, que las embajadas, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial y desde que los jefes de Estado pueden llamarse por teléfono o tomar un avión para almorzar juntos, han perdido su función diplomática y que, a excepción de algunas funciones representativas menores, se han convertido en centros de espionaje. Cualquier aficionado a las películas policiales lo sabe perfectamente, y sólo por hipocresía se hace ver que no se sabe.

Sin embargo, el hecho de repetirlo públicamente viola el deber de la hipocresía y pone en mal lugar a la diplomacia americana. En segundo lugar, la idea de que un hacker cualquiera pueda captar los secretos más secretos del país más poderoso del mundo supone un golpe nada menor para el prestigio del Departamento de Estado. En este sentido, el escándalo no pone tanto en crisis a las víctimas como a los “verdugos”.

El Gran Hermano es parte del pasado

Pero pasemos a la naturaleza profunda de lo que ha ocurrido. Antes, en tiempos de Orwell, cualquier poder podía ser visto como un Gran Hermano que controlaba cada gesto de sus súbditos. La profecía orwelliana se vio totalmente confirmada desde el momento en que el ciudadano pasó a ser la víctima total del ojo del poder, que ahora podía controlar gracias al teléfono cada uno de sus movimientos, cada una de sus transacciones, los hoteles que visitaba, la autopista que había tomado y así sucesivamente.

Pero ahora que se ha demostrado que ni siquiera las criptas de los secretos del poder pueden escapar al control de un hacker, la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker —elegido como vengador del ciudadano— puede conocer todos los secretos del poder.

¿Cómo puede sostenerse un poder que ya no es capaz de conservar sus propios secretos? Es verdad que Georg Simmel ya decía que un auténtico secreto es un secreto vacío (el secreto vacío nunca podrá ser desvelado); es verdad, también, que todo saber sobre la personalidad de Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío de todo secreto, pues es de dominio público; pero revelar, como ha hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos es robarle todo su poder.

Volver al espionaje a la antigua

WikiLeaks no ha perjudicado en absoluto a Sarkozy o a Merkel, y sí en cambio a Clinton y a Obama. ¿Cuáles serán las consecuencias de esta herida infligida a una potencia tan importante? Es evidente que en el futuro, los Estados no podrán poner online ninguna información reservada, pues eso sería como publicarla en un cartel pegado en la calle. Pero también es evidente que con las tecnologías actuales, es vano esperar que se puedan mantener conversaciones confidenciales por teléfono. Nada más fácil que descubrir si y cuándo un jefe de Estado se ha desplazado en avión y ha contactado con alguno de sus colegas.

¿Cómo podrán mantenerse contactos privados y reservados en el futuro? Sé bien que por el momento mi previsión no parece más que ciencia-ficción y resulta por lo tanto novelesca, pero no me queda otra opción que imaginar a los agentes del gobierno desplazándose en diligencia por itinerarios incontrolables, llevando únicamente mensajes aprendidos de memoria o, a lo sumo, escondiendo en el talón del zapato las raras informaciones escritas. Las informaciones se guardarán en copia única en cajones cerrados con llave: en el fondo, la tentativa de espionaje de Watergate tuvo menos éxito que WikiLeaks.

¿Quién informa a quién?

Ya había tenido ocasión de escribir antes que la tecnología avanza como un cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de que el telégrafo sin hilos revolucionara las comunicaciones, Internet ha restablecido un telégrafo con hilos (telefónicos). Los vídeos (analógicos) habían permitido a los estudiosos del cine investigar una película paso a paso, haciendo avanzar y retroceder la película y descubriendo todos los secretos del montaje, mientras que ahora los CDs (digitales) sólo permiten saltar de capítulo en capítulo, es decir, por grandes secciones.

Con los trenes de alta velocidad se puede ir de Roma a Milán en tres horas, mientras que en avión, incluidos los desplazamientos que requiere, son tres horas y media. No tiene pues nada de sorprendente que la política y las técnicas de comunicación vuelvan a los carruajes.

Una última observación. Antes, la prensa se esforzaba por descubrir lo que se tramaba en el secreto de las embajadas. Hoy, son las embajadas las que piden informaciones confidenciales a la prensa.

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Publicado en Libération el 1-12-2010. Más allá de su valor para la sociedad y las libertades -he aquí una buena discusión- confieso que ya me aburren las revelaciones de Wikileaks.