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lunes, 27 de julio de 2015

Solos

Isabella Portilla

Los solitarios habitan la Tierra. Están aquí y allá. En grandes ciudades que presumen contorneados rascacielos o en pueblos olvidados de países pobres con niños malnutridos.

Están contemplando los árboles de Xiamen. Flotando en los barcos que atracan en Puerto Navarino. Esperando a ver al papa en la plaza de San Pedro. Dándoles de comer a los elefantes de Kruger. Perdidos entre la pobreza de nuestro Paimadó. Hospedados en el Caesars Palace de Las Vegas. Enterrados en Coober Pedy. O visitando por primera vez París.

Cualquier viajero puede verlos. Puede contemplar sus caras que se apoyan nostálgicas junto a la ventana cuando el avión está a punto de alzar el vuelo. Puede repararlos en los monumentos: dándole la espalda al coliseo romano, en la Opera House de Australia, en la Sagrada Familia catalana o en el Taj Mahal. Allí estarán parados solos, intentando múltiples selfies desenfocadas. O pidiéndole a un transeúnte una foto que no les gustará. Más tarde irán a alguno de los cuarenta y nueve mil McDonald’s que hay en el mundo, publicarán posts y tuits en sus redes sociales y se atragantarán retraídamente con una Big Mac.

Los solos se multiplican tras el paso de las horas. Proliferan en las iglesias cristianas, en busca de un dios benigno que les haga compañía. En los divanes de los psicoanalistas. En las cantinas, emulando la figura de un amante despechado. En las bibliotecas de las universidades extranjeras. O en las consabidas oficinas, donde sobrellevan su soledad con un horario penoso, que incluye un desabrido almuerzo laboral.

En las noches inhóspitas, bajo el tenue reflejo de las estrellas lejanas, se oyen sus gritos de placer. Son ellos, que, extasiados, se consuelan con videos eróticos o con el vibrador de pila recargable. Con sus manos. Con otro cuerpo solitario. O con la castidad que les demanda su religión: la misma que les promete como premio el cielo.

El mundo no los detiene. Al contrario, parece obstinado en alentarlos. La tecnología les sustituye el contacto carnal por epidemias cibernéticas repletas de nicknames. Los arquitectos les fabrican cada vez más y más espacios unipersonales. El éxito empresarial les estimula su condición. El consumo les ofrece damas de compañía: barbitúricos, alcohol, juegos de azar o sexo al por menor. Así, los solitarios siguen transitando sus caminos condenados a la mayor impiedad divina: pese a nacer solos y a morir solos, jamás podrán vivir en soledad.
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Publicado por El Espectador el 26-7-2015.
http://www.elespectador.com/noticias/cultura/solos-articulo-575220

domingo, 18 de enero de 2015

La medalla de Muhammad Alí

Alberto Salcedo Ramos 

Una cosa es ver hoy películas sobre la segregación racial en Estados Unidos, y otra cosa es haberla padecido en carne propia, Muhammad, como te sucedió a ti.

Ya a los cinco años, en tu natal Louisville, notaste la exclusión. Una tarde le preguntaste a tu padre por qué todas las personas que tenían propiedades y ocupaban cargos importantes eran blancas. Tu padre solo se encogió de hombros, así que tú le replanteaste la pregunta.

- Entonces, ¿qué hacen los negros, papá?

Tú mismo encontraste muy pronto la respuesta: los negros fregaban inodoros, limpiaban caballerizas. Y encima, eran víctimas de fanáticos empeñados en exterminarlos. No tenían acceso ni a las universidades ni a los parques de recreación, y para jugar béisbol profesional debían afiliarse a la humillante organización que les crearon los blancos: las Ligas Negras.

Fuiste un atleta superdotado: medalla de oro olímpica a los dieciocho años, campeón mundial a los veintidós. Pero lo mejor es que tú, a diferencia de los demás boxeadores, no decidiste subir al ring para matar el hambre sino para hacerte oír. Te reinventaste a partir de la locuacidad porque, sagaz como eres, descubriste que “la gente no soporta a los charlatanes pero siempre los escucha”.

Aún después de ganar la medalla olímpica seguiste siendo despreciado por los mandamases de Kentucky. Una noche te tocó llevar a tu novia a comer galletas y atún enlatado en la tienda, porque en ningún restaurante te abrieron las puertas.

Aunque los pergaminos deportivos no te sirvieran para acceder a los derechos más elementales, sí podían ayudarte, como tú mismo lo dijiste, “a ser negro de otra manera”. Te cambiaste el nombre de pila, Cassius Clay, porque lo sentiste como un rótulo de mercadería puesto por los esclavistas. Te negaste a prestar el servicio militar, dijiste que no irías a Vietnam a matar a nadie en nombre de un país -el tuyo- que escupía sobre ti y sobre tus hermanos. 

Te despojaron de la corona, te alejaron del ring durante tres años y medio que habrían sido, quizá, los de mayor esplendor. Hubieras podido acomodarte al establecimiento y seguir ganando millones, pero tuviste las agallas suficientes para poner tus convicciones por encima de tu necesidad de supervivencia. Sin más armas que un par de puños y una boca grande que ningún poderoso pudo silenciar, marcaste un hito en la lucha de los derechos civiles.

Larry Holmes, excampeón mundial, dijo en cierta ocasión: “Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro… cuando era pobre”. Tú, en cambio, como lo sentenció el poeta LeRoy Jones, jamás utilizaste la notoriedad para convertirte en un blanco honorario.

Le diste a tu oficio de pobre una dimensión política extraordinaria. Por eso ahora, cuando celebras los setenta años, el mundo te nombra con respeto. Ayer un periodista deportivo recordaba que la medalla de oro que ganaste en los Juegos Olímpicos del 60 se extravió. No estoy de acuerdo con él, ¿sabes?: yo aún puedo verla brillar en tu cuello de campeón.

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Publicado por El colombiano el 28 de julio de 2012.

http://www.elcolombiano.com/historico/la_medalla_de_muhammad_ali-OUEC_199502

viernes, 20 de junio de 2014

Los vacíos tienden a llenarse

Héctor Torres

El tipo es la perfecta representación de la miseria. Sucio y desaliñado, se mueve entre la gente renqueando mientras relata su caso con voz aguda y cansada: por equivocación le metieron un tiro que le perforó el colón, estuvo hospitalizado, tiene que usar una bolsa de colostomía número equis que cuesta tanto y no tiene para comprarla. Remata señalando (sin pudor) que debe hacerlo antes de que se le comience a regar el excremento.

Otro entró a un vagón repleto una tarde a eso de las cuatro y media, informándole a los usuarios que él, junto a un grupo de estudiantes del Liceo equis, habían salido a la calle porque un compañero sufría de cáncer y debía pagar un costoso tratamiento médico, pero que como no estaba en condiciones de costearlo ellos habían decidido “regalárselo de sorpresa”. Señaló la astronómica cifra y dijo que se propusieron alcanzarla esa misma tarde. Cada tanto, ante la indiferencia de los pasajeros que seguían conversando, golpeaba el techo del vagón con una moneda como diciendo: “estoy hablando, no hagan que me impaciente”.

Y es común que salga uno y entre otro. Con una velada amenaza en el discurso. O que converjan en sus recorridos por el ahora largo vagón (los trenes nuevos facilitaron enormemente el “trabajo” de pedigüeños y buhoneros). Se pueden contabilizar por decenas cada día. No hay recorrido en Metro en el que uno no se tropiece con alguien contando una historia de dolor, una tragedia que incluye violencia, miseria, enfermedad y desesperación.

Como si los pasajeros están de vacaciones en  las islas Fiji.

En una ocasión, un ciego que siempre pide limosnas dentro del sistema recibió una llamada telefónica y la despachó diciendo que lo llamaran luego, porque “ahorita estoy trabajando”. Y es, bajo ese pretendido enfoque, de hecho, que aparecieron los buhoneros. Gente que está “trabajando”. Y el trabajo es sagrado.

¿Por qué si parecen haber saturado el asunto sigue habiendo quien pretende resolver sus problemas económicos en el Metro? Por dos razones principales: a) porque no hay autoridad que se lo impida, y b) porque siguen consiguiendo dinero. Es decir, a pesar de que está prohibido, la gente es profundamente discrecional en la aplicación de las normas. Y ante cada situación, decide si debe o no acatarlas. Por eso, para hacerse de un dinero en el Metro lo que hay que tener es un buen cuento. Y si alguien recuerda que dicha práctica está prohibida, no faltará quien lo acuse de insensible. “Debe ser que tú nunca has tenido necesidad”, le espetan.

En fin, que el rango de política de Estado que ha adquirido el resentimiento, y un mal comprendido sentido de la solidaridad, blindan el negocio. “Mañana puede ser uno de ustedes”, deslizan ellos, conscientes de que tienen el viento a favor.

Pero la justificación de pedir dinero por necesidad no es muy distinta de la justificación de quitarlo, bajo el mismo argumento. Como, en efecto, comenzó a pasar. La falta pequeña estimula a la grande. Comenzaron pidiendo, luego vendiendo… Y al ver que no se activaba ningún mecanismo que impidiese estas prácticas prohibidas, aparecieron los robos dentro del único servicio de transporte en el que los caraqueños se sentían seguros. Cada vez más  frecuentes.

De hecho, hubo un viernes que se denunciaron tres por las redes sociales. El hampa parece haber ganado otro bastión.

En una época no muy lejana era común tropezarse, durante un viaje en Metro, con bandas de músicos callejeros dentro de los vagones. Usualmente dúos de guitarristas, pero llegaron a verse formaciones increíbles como un grupo de joropo con todo y arpa. Bajo el argumento de que dificultaban la circulación, prohibieron esa práctica y se aseguraron de extinguirla.

Hubo el que se alegró de la medida. Pero los vacíos tienden a llenarse de nuevo con otra cosa. Y llegó la buhonería. Y luego el hampa. Al ver la laxitud de las autoridades se concluye que lo que molestaba era la música (con su potencial capacidad de llegarle al usuario con discursos de descontento social), no el ejercicio de actividades prohibidas. Ahora los usuarios cambiaron el sonido de canciones alegres por deprimentes historias de miseria, el tosco estribillo de los vendedores ambulantes y eventuales gritos de “nadie se mueva. Esto es un atraco”.

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Publicado por Prodavinci el 17-6-2014.

http://prodavinci.com/blogs/los-vacios-tienden-a-llenarse-por-hector-torres/

jueves, 13 de junio de 2013

Balada de un pesimista

Alberto Salcedo Ramos

Fue durante mis primeros viajes de Arenal para Barranquilla, cuando descubrí que soy un pesimista incurable.

Tenía entonces 14 años, dos más que mi hermana Chari, mi compañera en aquellos autobuses. Yo insistía en que el recorrido duraba tres horas y ella decía que dos. Aún hoy considero que mi posición era indiscutible: entre la estación de transporte y las últimas casas de Arenal, había media hora de camino que mi hermana no le sumaba al viaje. Tampoco tenía en cuenta la media hora de distancia que existe entre la estación de transportes de Barranquilla y la casa de la tía Blanca, que era nuestro destino final. A ella sólo parecían interesarle dos fases del trayecto: el momento en que salíamos del pueblo y el momento en que entrábamos en la ciudad.

Quizás las cuentas de Chari se debieran al deseo de liberarse por una hora de la tortura de aquellos autobuses lentos y atiborrados de cerdos y gallinas. Por mi parte, debo decir que mal no me fue con mis cálculos: de ellos derivé la resistencia necesaria para soportar todo el viaje y no sólo las primeras dos horas.

Desde entonces, soy miembro de la logia de los pesimistas, aquellos que, viendo la botella por la mitad, no dicen, como los optimistas, que está casi llena, sino que está casi vacía.

En estos tiempos en que la gente deja caer la baba ante los ganadores y quiere fusilar a los perdedores, los pesimistas somos mal mirados. Sin duda porque creemos, con Andy Warhol, que ningún esplendor durará más de 15 minutos.

No tendríamos que esperar que nos trataran bien. Eso no sería consecuente con nuestro pesimismo. Sin embargo, no sobran unas cuantas aclaraciones.

En primer lugar, como nada esperamos, nada nos decepciona. ¿Dónde está lo malo? Los pesimistas repetimos, en coro con Quevedo, que la vida no es más que una presente sucesión de difuntos. Nacemos y ya nos estamos muriendo. ¿Acaso al pensar así colocamos una pistola en la sien de algún risueño optimista? ¿Acaso no nos conmueven hasta las lágrimas esas entusiastas personas que escriben manuales para contarnos cómo han sido felices, a pesar de sobrellevar un cáncer en el colon? No está mal recordar nuestros límites de vez en cuando. Bien decía el poeta Héctor Rojas Herazo que cuando un hombre sabe que será comida de los gusanos, procura ser buen padre, buen hijo, buen hermano, buen amigo.

Cuando uno sabe que siempre es posible que ocurra lo peor; cuando alguien te enseña que ni siquiera las buenas acciones están libres de castigo, es difícil que las calamidades te tomen con la guardia abajo. Cualquiera que sea tu oficio, no está de más que escuches al escritor John Ruskin cuando dice que “siempre hay otra persona que lo puede hacer un poco peor y venderlo un poco más barato”.

Pesimista verdadero era aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo ahora, que decía que ya ni siquiera se permitía odiar a su enemigo, porque sabía muy bien que en cualquier momento lo iba a ver paseando en limosina frente a su casa.

A ratos, el amor y el sexo, entre algunas contadas alegrías, nos hacen pensar que la vida, aunque tiene la desgracia de no ser eterna, puede resultar bella. Pero parece, caramba, que me estoy traicionando. Antes de que termine convertido en un insoportable optimista, leeré otra vez ese viejo grafito español, que me encanta: “La luz al final del túnel es sólo un tren. Y éste, de todas maneras, no es tuyo”.

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Publicado por El Malpensante el 12-6-2013.

http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=1955