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miércoles, 4 de abril de 2012

La inevitable desintegración de Libia

Armando Pérez

La paulatina desintegración de Libia tiende a convertirse en un proceso inevitable porque el gobierno central, representado por el Consejo Nacional de Transición (CNT), no puede contener las aspiraciones de autonomía en las provincias, faltan mecanismos para controlar a las agrupaciones armadas y tampoco hay fuerza pública para proteger a la población.

A comienzos de marzo, cerca de tres mil representantes de tribus, clanes y comandantes de milicias proclamaron en la ciudad de Bengasi, en el oriente de Libia, la autonomía de la región Cirenaica y su independencia de Trípoli, es decir, del CNT.

Reunidos en el autodenominado Congreso del Pueblo Cirenaico, los delegados se manifestaron a favor de una Libia federal y anunciaron la formación de un propio gobierno, parlamento y ministerios de Finanzas, Defensa y Petróleo.

El jeque Ahmed Zubair fue electo dirigente de la nueva región que, desde Bengasi, controlará al menos el 66% de los yacimientos de hidrocarburos libios.

Entre tanto, el jefe del CNT, Mustafá Abdel Jalil, desde Trípoli, se pronunció en contra de la autonomía proclamada por el Congreso y denunció que las nuevas autoridades de Bengasi forman parte de una “confabulación extranjera” para socavar la integridad territorial y política de Libia.

Según expertos rusos, los autonomistas de Bengasi ahora actúan con el apoyo de las mismas fuerzas que hace más de un año promovieron la rebelión contra el líder Muamar Gadafi, y que concluyó con una guerra civil que ganaron los rebeldes gracias al apoyo de la OTAN.

Al respecto, muchos recuerdan que la rebelión contra Gadafi nació en Bengasi junto con el CNT, el cual durante muchos meses controló la guerra contra Gadafi desde esa ciudad, y que solo tras la victoria se instaló en Trípoli.

Ahora, por lo visto, los gobiernos extranjeros que armaron a los rebeldes tienen otros planes para controlar los yacimientos de crudo, el objetivo en esencia de esa intervención que la prensa occidental presentó como cruzada para defender a la población civil del supuesto genocidio perpetrado por el ejército de Gadafi.

Al analizar la prudencia que tiene ahora la prensa internacional para informar sobre los últimos acontecimientos en Bengasi, analistas rusos opinan que son pocos en Occidente los que quieren reconocer que la campaña en Libia fue una guerra de rapiña orquestada por gobiernos influyentes, y que resulta muy incómodo ver las consecuencias que supuso la cruzada por la democracia en Libia.

Sobre todo cuando el ejemplo de los autonomistas de Cirenaica contagió a otras regiones, especialmente a Misrata, la tercera ciudad más importante de Libia.

Allí, las autoridades municipales recién elegidas restringieron la entrada a los habitantes libios de otras regiones como medida preventiva para “garantizar la seguridad pública” de la ciudad.

De hecho, según constató la prensa británica, las nuevas autoridades –en abierto desafío al CNT–, establecieron una zona de seguridad como paso inicial a la proclamación una autonomía más radical que la establecida en Bengasi.

Para los observadores locales, el CTN desde Trípoli no puede solucionar prácticamente ningún asunto y las autoridades de Misrata actúan por su cuenta para poner coto a la inseguridad rampante, que es el principal problema que actualmente afronta la población civil en cualquier lugar de Libia.

Como reconoce el propio CTN, el problema de seguridad pública seguirá siendo muy agudo mientras no se desarmen y se liquiden las milicias y agrupaciones armadas autónomas que operan en el país.

Entre los factores que impiden la solución de este problema, fuentes del CTN citadas por la prensa rusa indicaron que sencillamente no hay recursos para financiar el desmantelamiento de las milicias y la reinserción de los combatientes a la vida normal en la sociedad.

A juicio de esas fuentes, el asunto financiero es el principal escollo en las conversaciones que actualmente adelanta el CTN con los comandantes de la brigada Zintan, sobre la devolución del aeropuerto internacional de Trípoli, hasta este momento en manos de esos milicianos.

Integrada en su mayor parte por habitantes de la ciudad del mismo nombre, en el occidente de Libia, la brigada Zintan actualmente es una de las agrupaciones armadas autónomas más influyentes y poderosas de ese país.

Los combatientes de esta brigada desempeñaron un papel crucial en la derrota del ejercito gadafista y en la ocupación de Trípoli, y desde el año pasado controlan por su cuenta el aeropuerto internacional, es decir, el flujo de cargas y pasajeros que llegaban por esa terminal aérea al territorio libio.

El pago de compensaciones y los gastos que deberá asumir el CNT igualmente impide las negociaciones entre las autoridades y los jefes de la milicia Swehli, también de Misrata, otra agrupación poderosa que recientemente capturó a dos periodistas británicos acusándolos de supuesto espionaje.

Entre tanto, la falta de fuerzas del orden eficaces multiplica el riesgo de conflictos armados entre las etnias y tribus libias, como el reciente brote de violencia en el sureste de Libia.

Ante la falta de información oficial, diversas fuentes reportan de centenares de muertos y heridos las últimas dos semanas en la ciudad de Al Kufra, cerca de las fronteras de Libia con Chad y Sudán, por enfrentamientos entre dos tribus, Tibu y Zwai, rivales desde hace décadas.

Según el general Youssef al-Mangoush, jefe del ejército libio, sus tropas intervienen para poner fin a los combates, pero fuentes de las tribus rivales aseguran que el ejército no puede impedir los enfrentamientos que, cada vez, ocasionan muertos, heridos y refugiados.

Los representantes de cada tribu se acusan mutuamente de asesinatos, secuestros, saqueo de viviendas, robos de autos y de medidas de respuesta para contener a los atacantes.

El grupo étnico Tibu habita principalmente en el Chad, pero también pueblan zonas del sur de Libia, y la tribu Zwai asegura que los Tibu atacan a sus paisanos con ayuda de mercenarios procedentes de Chad.

Y mientras aumentan las noticias sobre muertes por la violencia y la falta de dinero para comprar la paz, es más hermético el silencio del CTN en Trípoli, así como en las capitales occidentales promotoras de la revolución libia y en la prensa internacional. Posiblemente porque debe ser incómodo responder por qué no hay dinero para desarmar a las milicias, fortalecer el ejército y promover el desarrollo de las regiones. ¿Dónde estará el dinero de Gadafi?

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Publicado por RIA Novosti el 14-3-2012.

jueves, 14 de julio de 2011

Qué es Al Qaeda y cómo opera en Libia

(Segunda parte de “Enemigos en Irak y Afganistán, aliados en Libia")

Webster G. Tarpley

Al Qaeda no es una organización estructurada sino, más bien, una agrupación de fanáticos, sicóticos, agentes dobles, provocadores, mercenarios, etc.

Como ya explicamos anteriormente, Al Qaeda fue creada a instancias de Estados Unidos y los británicos durante la guerra contra los soviéticos en Afganistán. Es bastante probable que la mayoría de sus líderes, como el famoso vicecomandante Ayman al Zawahiri o la actual estrella en ascenso Anwar Awlaki sean agentes dobles del MI6 y/o de la CIA.

La premisa fundamental sobre la cual se mueve Al Qaeda es que todos los gobiernos árabes o musulmanes actuales son ilegítimos y deben ser derrocados, ya que no representan al califato que el grupo dice ver en el Corán. Eso significa que la ideología de Al Qaeda constituye, para las agencias de inteligencia, una herramienta fácil y lista para usar cuando se trata de atacar y desestabilizar a los gobiernos árabes y musulmanes establecidos, en el marco de la constante necesidad colonial de someter y saquear a las naciones en vías de desarrollo. Esto es precisamente lo que está sucediendo actualmente en Libia.

Al Qaeda surgió del medio político-cultural de los Hermanos Musulmanes, o Ikuan, creado también por los servicios de inteligencia británicos en el Egipto de los años 1920. Estados Unidos y Gran Bretaña utilizaron entonces a los Hermanos Musulmanes egipcios como movimiento de oposición contra las brillantes políticas antiimperialistas del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, quien estaba logrando enormes victorias para su país con la nacionalización del canal de Suez y la construcción de la represa de Asuán, sin las cuales sería inconcebible el Egipto moderno. Los Hermanos Musulmanes actuaron contra Nasser como una especie de «quinta columna», compuesta de agentes extranjeros, exactamente del mismo modo en que el grupo Al Qaeda en el Magreb Islámico (la AQMI) proclama a toda voz su respaldo a la rebelión contra el coronel Muamar Gadafi.

En mi reciente libro “El terror fabricado: Made in USA” refiero detalladamente la naturaleza de Al Qaeda, por lo que no voy a repetir aquí ese análisis. Me limitaré a recordar que no tenemos que creer en el fantasioso mito que el gobierno de Estados Unidos ha construido en torno a este grupo para reconocer el ya demostrado hecho de que los militantes o los desequilibrados que se unen a sus filas son, en efecto,  sinceros en su odio y su ardiente deseo de «matar estadounidenses y europeos».

La política de la administración Bush utilizó la supuesta presencia de Al Qaeda como pretexto para desencadenar un ataque militar contra Afganistán e Irak. La administración Obama está modificando esa política al intervenir junto a una rebelión en la que Al Qaeda y sus aliados están fuertemente representados, porque atacan el régimen autoritario de Gadafi, que se ha mantenido en el poder desde hace décadas.

Ambas políticas conducen al fracaso y es necesario abandonarlas.

Al Qaeda en el Consejo de los rebeldes libios

El resultado de la presente investigación es que la rama libia de Al Qaeda es una prolongación del Grupo Islámico Combatiente en Libia (GILC) que opera en Derna y Bengasi.

La base étnica del GICL es, aparentemente, la tribu Harabi, profundamente antigadafista y de la que procede la gran mayoría de los miembros del Consejo de los rebeldes, incluyendo a sus dos principales líderes: Abdul Fatah Yunis y Mustafa Abdul Jalil.

Como me decía hace algunos años el canciller de Guyana y entonces presidente de la Asamblea General de la ONU, Fred Willis –quien fue un verdadero combatiente contra el imperialismo y el neocolonialismo–, detrás las formaciones políticas en los países en vías de desarrollo (y no sólo en esos países) se esconden a menudo rivalidades étnicas o religiosas. Eso es lo que sucede en Libia.

La rebelión contra Gadafi es una mezcla envenenada de odio fanático contra el coronel, de islamismo, de tribalismo y de rivalidades locales. Desde este punto de vista, la decisión de Obama de tomar partido en una guerra tribal es una idiotez.

Cuando Hillary Clinton viajó a París para que el presidente francés, Nicolas Sarkozy, le presentara a los rebeldes libios, la secretaria de Estado se reunió con el líder de la oposición libia, Mahmud Jibril, un personaje que recibió una educación estadounidense y cuyo nombre ya era conocido por los lectores de Wikileaks como uno de los interlocutores preferidos de Estados Unidos.

Jibril puede ser considerado un personaje presentable en París, pero los verdaderos cabecillas de la insurrección libia son, en realidad, Jalil y Yunis, dos ex ministros de Gadafi. De estos dos personajes, el verdadero jefe parece ser Jalil, al menos por el momento.

Según los documentos citados en esta investigación, Mustafa Abdul Jalil o Abdul-Jalil (en árabe: مصطفى عبد الجليل, que también puede escribirse Abdul-Jelil, Abd-al-Jalil, Abdel-Jalil o Abdeljalil, y también a veces, erróneamente, Abud Al Jeleil), es un político libio nacido en 1952. Fue ministro de Justicia (y, de forma no oficial, secretario del Comité General del Pueblo) del coronel Muamar Gadafi.

Abdul Jalil ha sido identificado como el presidente del Consejo Nacional de Transición basado en Bengasi, aunque algunos rebeldes cuestionan su nominación a ese puesto debido a sus relaciones pasadas con el régimen de Gadafi.

Por su parte, Abdul Fatah Yunis (en árabe: عبد الفتاح يونس) es un alto oficial del ejército libio que estuvo estrechamente vinculado a Gadafi desde que éste tomó el poder, en 1968-1969. Tenía rango de general y ocupó el puesto de ministro del Interior antes de dimitir, el 22 de febrero de 2011.

Relaciones peligrosas

Lo que más debería inquietarnos es que, tanto Jalil como Yunis, son miembros de la tribu Haribi, mayoritaria en el noreste de Libia, que es precisamente la tribu que se relaciona con Al Qaeda.

Según la agencia Stratfor, «…la tribu Harabi es históricamente un poderoso conjunto de clanes del este libio que ha visto declinar su influencia bajo Gadafi. El líder libio confiscó, en efecto, tierras cultivables a los miembros de esa tribu para entregarlas a otros clanes más débiles, pero más leales… La mayoría de los líderes del este de Libia, hoy emergentes, provienen de la tribu Harabi, incluyendo a los jefes del gobierno provisional instalado en Bengasi, Abdel Mustafá Jalil y Abdel Fatah Yunis, que tuvieron un papel fundamental en la deserción de ciertos militares al principio de la insurrección».

Es un poco como una carrera por la presidencia estadounidense, en la que ambos candidatos provienen de la misma región, pero con la diferencia de que las feroces rivalidades tribales agravan considerablemente la disputa.

¿Por qué el secreto sobre el Consejo de los rebeldes?

Un análisis de la composición global del Consejo de los rebeldes no logra mejorar la imagen de su base regional, sectaria y estrecha, sino que la empeora. Según una descripción reciente de las investigaciones de Stratfor, el Consejo de Transición está «presidido por un ex ministro libio de Justicia, con buena reputación, Mustafá Abdul Jalil, y se compone de 31 miembros que derían representar a todo el país, pero cuyos nombres no pueden divulgarse por “razones de seguridad”». (…) «Los principales miembros del Consejo, al menos los que conocemos, pertenecen todos a la confederación de tribus Harabi del noreste de Libia. Esas tribus tienen fuertes conexiones con Bengasi que se remontan incluso a la época anterior a la revolución de 1969, que llevó a Gadafi al poder.»

Con todo lo que ya sabemos sobre la extraordinaria densidad de combatientes del GICL y de fanáticos de Al Qaeda en el noreste de Libia, nos preguntamos si la identidad de los miembros del Consejo se mantiene en secreto para protegerlos de Gadafi o si no es más bien para evitar que sus nombres sean reconocidos en Occidente como nombres de terroristas o de simpatizantes de Al Qaeda. Esta última hipótesis parece estar más cerca de la situación actual.

¿Cuántos miembros, veteranos o simpatizantes de Al Qaeda componen el Consejo de los sublevados?

Todo lo que se sabe a través de la bruma de la guerra es que se han divulgado oficialmente los nombres de menos de una docena de miembros del Consejo, o sea, ni siquiera la mitad de sus 31 miembros.

Los nombres divulgados hasta ahora son: Mustafa Abduljaleel; Ashur Hamed Burashed, representante de la ciudad de Derna; Othman Suleiman El-Megyrahi, por la región de Batnan; Al Butnan, por la zona fronteriza con Egipto y Tobruk; Ahmed Abduraba Al-Abaar, por la ciudad de Benghazi; Fathi Mohamed Baja, por Benghazi; Abdelhafed Abdelkader Ghoga, por Benghazi; Omar El-Hariri en Asuntos Militares, y el Dr. Mahmud Jibril, Ibrahim El-Werfali y el Dr. Ali Aziz Al-Eisawi en Relaciones Exteriores.

El Departamento de Estado debería interrogar a esas personas, empezando quizás por Ashur Hamed Burashed, el delegado de la ciudad de Derna, bastión de los terroristas y de los candidatos a la realización de atentados kamikazes.

Los medios de prensa estadounidenses y europeos, por su parte, tampoco han tratado de identificar los nombres que ahora conocemos para ilustrar a la opinión pública, sino que han hecho todo lo posible por no llamar la atención sobre esa oscura mayoría de miembros del Consejo de sublevados que sigue actuando en el mayor secreto.

Tenemos que exigir, por consiguiente, que se den a conocer los nombres de los miembros, veteranos o simpatizantes del GICL que forman parte de dicho Consejo.

Estamos siendo testigos de un intento de la tribu Harabi por tomar el poder sobre las otras 140 tribus libias. Los Harabi ya tienen prácticamente el poder hegemónico en la región cirenaica. En el núcleo de la confederación Harabi se encuentra el clan El Obeidat, dividido a su vez en 15 subclanes. Todas esas consideraciones pudieran no presentar más interés que el puramente académico, si no existiese esta evidente conexión entre las tribus Harabi, por un lado, y, por el otro, el GICL y Al Qaeda.

Movimiento Sanusi, ¿monárquico o democrático?

La tradición político-religiosa del noreste de Libia hace de esta región un terreno propicio para las sectas musulmanas más extremistas, y también la predispone a favor de la monarquía más que a las formas modernas de gobierno, de las que es partidario Gadafi. La tradición musulmana predominante es la de la orden Sanusi (o Senussi), una secta musulmana que se opone a Occidente.

En Libia, Sanusi está estrechamente vinculada a la monarquía desde la época del rey Idris –puesto en el poder por los británicos en 1951 y derrocado por Gadafi en 1969– quien era el jefe de la orden. En los años 1930, los Sanusi organizaron la rebelión contra los colonos italianos respaldados por el general Graziano y su ejército. Hoy en día, los rebeldes usan la bandera de la monarquía y pudieran promocionar el regreso al trono de uno de los dos pretendientes provenientes del linaje de Idris. En otras palabras, los sublevados libios están más cerca de la monarquía que de la democracia republicana.

Veamos cómo describe la agencia Stratfor a Idris y a los Sanusi: «El rey Idris pertenece a un linaje de dirigentes provenientes de la orden Sanusi, orden religiosa sufí fundada en 1842 en Al Bayda que practica una forma austera y conservadora de Islam. La Sanusia representaba, antes de la creación del moderno Estado de Libia, una fuerza política en la región cirenaica y conserva aún cierta influencia hoy en día. No por casualidad esa región es el centro del yihadismo libio, con grupos como el Grupo Islámico Combatiente en Libia (GICL). De hecho, el clan Gadafi ha calificado la actual revuelta de complot islámico elaborado…».

Bajo la monarquía, Libia era, según varios estimados, el país más pobre del mundo. Hoy en día, Libia ocupa la posición número 53 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU. Por delante de Rusia, Brasil, Ucrania y Venezuela, Libia es además el país más desarrollado de África. A pesar de su carácter autoritario, el reinado de Gadafi tiene unos cuantos méritos objetivos realmente difíciles de ignorar.

Racismo y “limpieza” étnica

El Black Agenda Report, de Glen Ford, ilustró con toda razón el carácter racista y reaccionario de la insurrección libia.

Las tribus del sur de Libia, conocidas con el nombre de Fezzan, son de piel oscura. La base tribal que sirve de apoyo al régimen de Gadafi consiste en una alianza de las tribus del oeste, del centro y del sur (los Fezzan), que se oponen a los Harabi y a los El Obeidat. Estos últimos se identifican a su vez con la antigua clase dirigente de la época de la monarquía.

Es notorio que los Harabi y los El Obeidat abrigan fuertes sentimientos racistas en contra de los Fezzan. Eso se puede comprobar a través de la lectura de varios artículos divulgados en medios de la prensa occidental desde el comienzo de la insurrección, inspirados –claro está– por responsables de los Harabi, que afirman que las personas de raza negra presentes en Libia deben ser tratadas como mercenarios pagados por Gadafi y que, por supuesto, hay que exterminarlas.

Ciertos charlatanes, como Anne-Marie Slaughte, de la escuela Woodrow Wilson en la universidad de Princeton [ex directora de Planificación en el Departamento de Estado], siguen repitiendo ese discurso racista. Y, en efecto, una impresionante cantidad de negros africanos provenientes de Chad y de otros países que trabajaban en Libia han sido sistemáticamente linchados y masacrados por las fuerzas anti Gadafi.

La Casa Blanca de Obama, que proclama su voluntad de no permitir que se repitan en Libia las atrocidades de Ruanda, ha ignorado cuidadosamente esta espantosa historia de genocidio perpetrado por sus nuevos amigos de la región cirenaica.

Ante el oscurantismo de los Sanusi, Gadafi ha apostado por el equivalente musulmán del sacerdocio de todos los creyentes, explicando que no era necesario el califato para descubrir el verdadero sentido del Corán. Y completó lo anterior con una perspectiva panafricana.

Gerald A. Perreira, del Black Agenda Report, escribe lo siguiente sobre la divergencia teológica entre Gadafi y los neosanusi del norte de Libia o de otros clanes oscurantistas: «Al Qaeda está presente en el Sahara y en sus fronteras, y la Unión Internacional de Eruditos Musulmanes exige que Gadafi sea llevado a los tribunales… [Por su parte] Gadafi ha cuestionado el Islam de los Hermanos Musulmanes y de Al Qaeda desde un punto de vista coránico y teológico; es uno de los pocos líderes políticos capaces de hacerlo. Bengasi ha sido siempre el centro de la contrarrevolución en Libia, acogiendo a los movimientos islámicos reaccionarios, como los wahhabitas y los salafistas. Son esos individuos quienes formaron el Grupo Islámico Combatiente en Libia basado en Bengasi, que se unió a Al Qaeda y se convirtió al cabo de los años en responsable del asesinato de varios miembros del Comité de la Revolución libia.»

Sería interesante saber, por ejemplo, ¿cómo quedaría la condición de la mujer bajo el régimen neosanusi del Consejo de sublevados de Bengasi?

Al Qaeda: de demonio a aliado de EEUU

Para quienes intenten seguir los cambios en la manera como la CIA maneja las diferentes organizaciones títeres en el seno del terrorismo islámico será útil pasar revista a la transformación del GICL-AQMI, que pasó de ser un de enemigo mortal a un cercano aliado.

Ese fenómeno está estrechamente vinculado a una inversión de los frentes ideológicos del imperialismo estadounidense, lo que marcó el paso de la administración Bush-Cheney, neoconservadores, al actual régimen Obama-Brzezinski-International Crisis Group.

El enfoque de Bush consistía en utilizar la supuesta presencia de Al Qaeda para justificar un ataque militar directo.

El método Obama consiste, por el contrario, en utilizar a Al Qaeda como instrumento para derrocar los gobiernos independientes y después separar las poblaciones y fragmentar esos mismos países, o bien utilizarlos como peones kamikazes contra enemigos mucho más poderosos, como Rusia, China o Irán.

Este enfoque necesita una fraternización más o menos abierta con los grupos terroristas, que ya comenzó a aparecer en el famoso discurso que Obama pronunció en El Cairo, en 2009. Pero los vínculos entre la campaña de Obama y las organizaciones terroristas que la CIA desplegó contra Rusia eran ya de público conocimiento hace tres años.


Pero esa inversión de los términos no se improvisa en una noche, sino que necesita varios años de preparación. El 10 de julio de 2009, el Daily Telegraph de Londres reportaba que el Grupo Islámico Combatiente en Libia se separaba de Al Qaeda. Aquello ocurrió en momentos en que Estados Unidos había decidido implicarse menos en la guerra de Irak y prepararse para utilizar a los Hermanos Musulmanes y a otros sunitas de Al Qaeda para desestabilizar a los principales países árabes, con vistas a lanzarlos contra el régimen chiíta iraní.

Yihadistas libios en Afganistán

Una de las contradicciones letales de la actual política del Departamento de Estado y de la CIA es que está dirigida a instaurar una alianza cordial con los asesinos de Al Qaeda provenientes del noreste de Libia, supuestamente en aras de proteger a la población civil, mientras que Estados Unidos y la OTAN bombardean sin piedad a los civiles del noroeste de Pakistán en nombre de la guerra total contra Al Qaeda, y mientras que soldados estadounidenses y de la OTAN mueren a manos de los hombres de Al Qaeda en ese mismo teatro de operaciones afgano-pakistaní.

La fuerza de esta flagrante contradicción amenaza toda la estructura de la propaganda estadounidense de guerra. Hace mucho tiempo que Estados Unidos renunció a la moral para concentrarse en el uso de la fuerza militar.

En realidad, es muy probable que los terroristas provenientes del noreste de Libia estén matando soldados de Estados Unidos y de la OTAN en Afganistán, mientras que Estados Unidos y la OTAN protegen sus casas de los asaltos del gobierno del coronel Gadafi.

Según el relato de Thomas Joscelyn y Bill Roggio (The Long War Journal), del 9 de octubre de 2010, un alto dirigente de Al Qaeda en el noroeste de Pakistán resultó muerto en una operación militar estadounidense en esa fecha: «Un importante dirigente que fungió como embajador de Al Qaeda en Irán, buscado por EEUU, parece haber resultado muerto hace dos días en un ataque aéreo realizado desde un avión sin piloto Predator en la zona pakistaní controlada por tribus cercanas a los talibanes en el norte de Waziristán (…) Se trataba de Atiyah Abd al Rahman, ciudadano libio radicado en Irán y que había sido embajador de Osama Bin Laden ante los mulás. Informes de prensa no confirmados indican que Rahman murió en un ataque aéreo…».

El Departamento de Estado, en su página web, anunció la recompensa por la captura de Atiyah Abd al Rahman, precisando que el terrorista había sido «nombrado por Osama Bin Laden como emisario de Al Qaeda en Irán», que Atiyah «reclutaba y ayudaba en las negociaciones con los demás grupos islamistas para que operaran para Al Qaeda» y que también era «miembro del Grupo Islámico Combatiente en Libia y de Jamaat Ansar al Sunna». Dentro de la jerarquía de Al Qaeda, Rahman se hallaba a un nivel tan elevado que podía permitirse, en 2005, darle órdenes a Abu Mussab Al Zarkawi, el jefe de Al Qaeda en Irak .

Entre los muertos en Pakistán se encuentra también un individuo, aparentemente originario del noreste de Libia, conocido con el nombre de guerra de Jalid al Harabi, nombre pudiera indicar un origen vinculado al medio yihadista de las tribus Harabi en Cirenaica. Según una fuente, «Jalid al Harabi es conocido también con el nombre de Jalid Habi, el ex jefe militar de Al Qaeda muerto en un ataque de un Predator estadounidense en octubre de 2008» [Thomas Joscelyn y Bill Roggio, op. cit.].

El escenario revelado en el caso de David Shayler, en 1995, se repite hoy David Shayler, oficial del MI5, el servicio británico de contraespionaje, se enteró de que su colega del MI6, el espionaje británico, había pagado 100.000 libras esterlinas a un miembro de Al Qaeda que debía organizar un intento de asesinato contra Gadafi. El atentado tuvo lugar, y provocó la muerte de numerosas personas inocentes, pero no logró eliminar al dirigente libio. Lo que Shayler pudo comprender sobre el escenario previsto es que incluía la eliminación de Gadafi y la posterior caída de Libia en el caos y las guerras tribales, con la posibilidad de una toma del poder directa por parte de Al Qaeda.

La situación podía entonces servir de pretexto a los británicos, probablemente actuando –aunque no necesariamente– en coordinación con Estados Unidos o con otros países, para invadir Libia y apoderarse del control de los campos petrolíferos, y establecer seguramente un protectorado permanente sobre las regiones ricas en petróleo o que sirven de punto de paso a los oleoductos y sobre la región costera (ver Annie Machon, 2005). El objetivo sigue siendo el mismo en este momento.

Paralelamente al intento de asesinato contra Kadhafi, el MI6 y otros servicios secretos occidentales fomentaron una importante insurrección en el noreste de Libia, prácticamente en la misma zona donde surgió la actual sublevación. Pero las fuerzas de Gadafi aplastaron aquella revuelta antes de terminar el año 1996. Los acontecimientos de 2011 son simplemente la repetición, 15 años más tarde, de aquel ataque contra Libia, con la intervención extranjera como complemento.

La guerra contra el Estado-nación

El actual ataque contra Libia se produce en el contexto más global de un ataque contra la institución de un Estado-nación soberano cuya existencia se remonta al tratado de Westfalia de 1648. Estados Unidos y Gran Bretaña están extremadamente inquietos ante la cantidad de naciones que tratan de escapar a la hegemonía anglo-estadounidense a través de una cooperación a gran escala con Rusia en materia de seguridad, con China en el plano económico y con Irán en materia de consideraciones de orden geopolítico.

La respuesta del tándem CIA-MI6 ha consistido en una orgía de acciones desestabilizadoras, de golpes de Estado, revoluciones de colores y revoluciones palaciegas, revelada por la operación de difusión limitada de documentos organizada por la CIA y conocida bajo el nombre de Wikileaks, que apunta a algunos nombres de la «lista de blancos» de la CIA, como Ben Ali y Gadafi.

A la estrategia de Obama le convendría más una iniciativa espontánea y autónoma y la ilusión de que la primavera árabe fue realmente un asunto de jóvenes idealistas visionarios que se reunieron en una plaza para pedir democracia, y que se respeten las leyes y los derechos humanos. Pero eso nunca sucedió. Las decisiones actuales fueron tomadas por una camarilla brutal de generales y de altos responsables -comprados o chantajeados por la CIA- que actúan entre bambalinas para derrocar a personajes como Ben Ali o Mubarak.

Independientemente de lo que haya hecho Gadafi, es indudable que obligó a la CIA y a la OTAN a despojarse de las bonitas máscaras del idealismo juvenil y de los derechos humanos y a revelar el espantoso rostro que se esconde tras ellas, el de los aviones teledirigidos Predator, los bombardeos aterradores, la carnicería generalizada y la arrogancia colonialista. Gadafi logró también hacer caer la máscara del «Yes we can» de Obama, revelando así un rostro guerrerista que sigue aplicando las políticas de «Vivo o muerto» que empleaba Bush, sólo que a través de medios diferentes.

La epopeya Farsalia del poeta Lucano

Los imperialistas modernos presurosos por invadir Libia deberían remitirse a La Farsalia, la epopeya del poeta Lucano sobre la guerra en el desierto libio durante la lucha entre Julio Cesar y Pompeyo Magno, hacia el final de la República romana. Un pasaje fundamental de ese clásico es el discurso de Catón de Útica, partidario de Pompeyo, que exhortó a sus hombres a emprender una misión suicida en Libia con las siguientes palabras: «Serpientes, sed, calor y arena. Únicamente Libia puede ofrecer esa multitud de desgracias, capaz de poner en fuga a cualquier hombre». Catón persiste y encuentra «una pequeña tumba donde encerrar su bendito nombre. Libia había puesto fin a los días de Catón…».

No cometamos la misma locura.

Las pistas que ofrece el estudio de West Point citado antes hacen un llamado a los investigadores

Como ya señalamos anteriormente, el informe de West Point se basa en cerca de 700 fichas de miembros de Al-Qaeda encontradas en Irak por las fuerzas de la coalición. Los autores de dicho estudio se comprometieron a poner a disposición del público la base documental que utilizaron en su investigación, tanto en lengua árabe –utilizada en los expedientes de Al Qaeda– como su traducción al inglés.

Partiendo del principio de que esos documentos se mantengan accesibles, pudieran permitir a investigadores y periodistas, sobre todo a los que conocen la lengua árabe (lo que no es el caso del autor de este trabajo), investigar sobre los combatientes libios que viajaron a Irak y determinar si algunos de ellos son parientes, vecinos o incluso socios políticos de los miembros conocidos del Consejo de sublevados de Bengasi o de las fuerzas contrarias a Gadafi.

Ese trabajo permitiría ayudar a los públicos de Europa y Estados Unidos y a los de otros países del mundo a entender mejor la naturaleza de la aventura militar que se está desarrollando en Libia, a través de un mejor conocimiento de quiénes son realmente los rebeldes libios, en vez de remitirnos a la imagen idealista y elogiosa que nos ofrecen los medios de prensa de Occidente.

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Publicado por Red Voltaire.net el 29-5-2011. Por lo extenso del texto lo partí en dos partes, además de que suprimí fragmentos y las 32 referencias bibliográficas abajo, entre otras intervenciones estilísticas.

lunes, 30 de mayo de 2011

Enemigos en Irak y Afganistán, aliados en Libia

Webster G. Tarpley

La actual operación militar contra Libia se basa en la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU y su objetivo es proteger a los civiles. Las declaraciones del presidente (Barack) Obama, del primer ministro David Cameron, del presidente (Nicolas) Sarkozy y de otros dirigentes han subrayado el carácter humanitario de esta intervención, cuyo objetivo oficial es impedir que las fuerzas favorables a la democracia y los partidarios de los derechos humanos sean masacrados por el régimen de Gadafi.

Al mismo tiempo, numerosos comentaristas han expresado, sin embargo, cierta ansiedad ante el misterio que rodea al gobierno antigadafista de transición, surgido a principios de marzo en la ciudad de Bengasi, situada en el distrito cirenaico, en el noreste de Libia. Francia y Portugal ya reconocieron a ese gobierno como único representante legítimo del pueblo libio. El Consejo de los sublevados cuenta, al parecer, con un poco más de 30 delegados, cuya identidad se mantiene, en la mayoría de los casos, bajo un manto de misterio.

Los nombres de más de una docena de miembros de ese Consejo se mantienen incluso en secreto, supuestamente para proteger a esas personas de la posible venganza de Gadafi. Pero el secreto que rodea la identidad de esas personas pudiera deberse a otras razones. A pesar de numerosas incógnitas, la ONU y buena parte de las principales naciones miembro de la OTAN, como Estados Unidos, se apresuraron a ayudar a las fuerzas rebeldes a través de incursiones aéreas, lo que ha resultado en la pérdida de uno o dos aviones de la coalición, con la perspectiva de pérdidas aún más importantes en caso de invasión terrestre.

Es hora ya de que estadounidenses y europeos sepan un poco más sobre los rebeldes que supuestamente representan una alternativa democrática y humanitaria al régimen de Gadafi.

¿Quiénes son los rebeldes libios?

Resulta evidente que los rebeldes no son civiles, sino que constituyen una fuerza armada. Pero ¿qué tipo de fuerza armada?

Dado lo difícil que resulta estudiar a los jefes rebeldes desde el exterior -y ya que resulta imposible determinar el perfil sociológico estas personas en pleno transcurso de la guerra-, es posible que el método típicamente utilizado para la historia de las sociedades pueda ser de alguna utilidad. ¿Existe alguna manera de conocer exactamente la opinión pública que prevalece en las ciudades del noreste de Libia, como Bengasi, Tobruk o Derna, las cuales constituyen los núcleos de la revuelta?

Un estudio de West Point de diciembre de 2007 analizó el perfil de los combatientes extranjeros de la guerrilla y comprobó que yihadistas o muyahidines, de los cuales algunos eran posibles kamikazes, cruzaron la frontera siria hacia Irak durante el periodo 2006-2007, movimiento que se desarrolló bajo la supervisión de la organización terrorista internacional conocida como Al Qaeda.

Dicho estudio se basa en cerca de 600 fichas de muyahidines confiscadas en el otoño de 2007 por las fuerzas estadounidenses. Los resultados de ese estudio permitieron descubrir ciertos rasgos predominantes en la mentalidad y estructura de las creencias de las poblaciones del noreste de Libia, y permitieron determinar algunos aspectos importantes sobre la naturaleza política de la revuelta contra Gadafi en esa región.

Derna: capital mundial de los yihadistas

El mayor descubrimiento del estudio de West Point es que el corredor que va de Bengasi a Tobruk, pasando por la ciudad de Derna, constituye una de las mayores concentraciones de terroristas yihadistas del mundo y que puede ser considerado como la primera fuente de candidatos a kamikazes de todos los países. Con una proporción de un terrorista enviado a Irak a "matar estadounidenses" por cada 1.000 ó 1.500 habitantes, Derna parece ser el paraíso de los kamikazes, muy por delante de Riad, capital de Arabia Saudita.

Según los autores del informe de West Point, Joseph Felter y Brian Fishman, Arabia Saudita ocupa el primer lugar en cantidad absoluta de yihadistas enviados a Irak a luchar contra Estados Unidos y contra los miembros de la coalición durante el periodo en cuestión. Libia, cuya población es de menos de la cuarta parte de la de Arabia Saudita, ocupa el segundo lugar.

Arabia Saudita envió el 41% de los combatientes. Según Felter y Fishman, "Libia era el siguiente en la lista de países de origen, con un 18,8% (112) de combatientes provenientes de ese país, de los que precisaron su nacionalidad". Otros países muchos más poblados quedaban muy por debajo de esa cifra: "Siria, Yemen y Argelia eran los siguientes con 8,2% (49), 8,2% (48) y 7,2% (43) respectivamente. Los marroquíes representaban el 6,1% (36) de los efectivos y los jordanos el 1,9% (11)".

Combatientes por millón de habitantes

Fuente: Joseph Felter y Brian Fishman

Como los expedientes sobre Al Qaeda especifican el lugar de residencia de los combatientes extranjeros, tenemos la prueba de que el deseo de ir a Irak a "matar estadounidenses" no era el mismo en toda Libia, sino que se concentra precisamente en las zonas que rodean Bengasi y que conforman hoy en día el epicentro de la sublevación contra el coronel Gadafi, revuelta que Estados Unidos, el Reino Unido y Francia respaldan con tanto entusiasmo.

El informe de West Point sitúa en 52 el número de combatientes que llegaron a Irak provenientes de Derna, una ciudad de sólo 80.000 habitantes en el este de Libia (la segunda fue Riad, capital saudita y ciudad que cuenta más de 4 millones de habitantes). Bengasi, la capital del gobierno provisional libio, escogida por los rebeldes antigadafistas, envió a 21 combatientes, cifra igualmente desproporcionada en relación con su población". En cambio, Trípoli, el bastión de Gadafi, ni siquiera aparece en las estadísticas.

De dónde vienen los combatientes libios

Fuente: Joseph Felter y Brian Fishman

¿Cómo se explica la extraordinaria concentración de combatientes antiestadounidenses en Bengasi y en Derna?

La respuesta parece vinculada a las escuelas "extremistas" en materia de teología y de política que florecen en esa región. Como señala el informe de West Point: "Derna y Bengasi están asociadas desde hace mucho al militantismo islámico en Libia".

Esas zonas están en conflicto ideológico y tribal con el poder central del coronel Gadafi, además de que se oponen a él en el plano político. Saber si ese conflicto ideológico amerita que mueran soldados estadounidenses o europeos es una pregunta que exige urgente respuesta.

Felter y Fishman subrayan que "una amplia mayoría de los combatientes libios, entre los que precisaron su ciudad de origen en las fichas de Sinjar, vive en el noreste del país, específicamente en la ciudad costera de Derna, con un 62,5% (52) y la de Bengazi con un 23,9% (21). Ambas ciudades están vinculadas desde hace mucho al militantismo islámico en Libia, especialmente a través de un levantamiento orquestado por organizaciones islamistas a mediados de los años 1990. El gobierno libio acusó a "infiltrados" provenientes de Sudán y Egipto de fomentar aquella revuelta, al igual que un grupo –el Grupo Islámico Combatiente en Libia (GICL, jama-ah al-libiyah al-muqatilah)– conocido por contar en sus filas con veteranos afganos. Las insurrecciones libias fueron extremadamente violentas".

Este de Libia, semillero de kamikazes

Otro aspecto muy notable de la contribución libia a la guerra contra las fuerzas estadounidenses en Irak es la marcada propensión de los libios del noreste a escoger el atentado suicida con bomba como principal método de combate. Como reporta el estudio de West Point, "entre los 112 combatientes libios fichados, el 54,4% precisó la naturaleza de su misión. De ellos, el 85,2% (51) escribió 'atentado suicida con bomba' para describir el objetivo de su llegada a Irak". Lo cual significa que los libios del noreste son mucho más propensos a los atentados suicidas que todos los combatientes provenientes de otros países.
"Los combatientes libios eran mucho más frecuentes en la lista de candidatos a kamikazes que los de cualquier otra nacionalidad (85% en el caso de los libios, 56% en el caso de los demás)".

En 2007, la organización antigadafi conocida como Grupo Islámico Combatiente en Libia (GICL) se fusiona con Al Qaeda.

La base institucional dedicada al reclutamiento de los combatientes de la guerrilla en el noreste de Libia está ligada a esta organización, que en 2007 se declaró oficialmente a sí misma como una extensión de Al Qaeda y modificó su nombre para convertirse "Al Qaeda en el Maghreb Islámico" (AQMI).

La consecuencia de esa  fusión en 2007 fue un crecimiento de la cantidad de combatientes provenientes de Libia que llegaban a Irak. Según Felter y Fishman, "el aparente flujo de reclutas hacia Irak pudiera estar vinculado a una colaboración cada vez más estrecha entre el GICL y Al Qaeda, que desembocó el 3 de noviembre de 2007 en la fusión oficial" entre ambas agrupaciones. Otras fuentes confirmaron esa fusión, incluida una declaración de 2008 atribuida a Ayman al Zawahiri.

El emir terrorista

Abu Layt al-Libi, el sui generis emir del GICL y quien se convertiría posteriormente en uno de los líderes de Al Qaeda, en el momento de la fusión de 2007 subrayó la importancia de la contribución de Bengasi y de Derna en el yihadismo islámico, al declarar: "Es por la gracia de Alá que levantamos la bandera de la yihad contra ese régimen herético, bajo la dirección del Grupo Islámico Combatiente en Libia, que ha sacrificado la élite de sus hijos y de sus oficiales para combatir a ese régimen, y cuya sangre se ha derramado en las montañas de Derna, en las calles de Bengasi, en los barrios periféricos de Trípoli, en el desierto de Saba y en las arenas de las playas".

Ammar Ashur al-Rufayi, conocido como "Abu Lait el libio (al-Libi)" (1967-2008), participó en su adolescencia en la lucha contra los soviéticos en Afganistán, bajo las órdenes de Osama Bin Laden y de la CIA. En los años 1990 se convirtió en comandante del GICL y en asistente de Ayman al Zahwari. Participó en el complot de Al Qaeda que trató infructuosamente de asesinar a Gadafi en 1994. David Shayler, agente del contraespionaje británico, reveló posteriormente que aquella operación fue orquestada por orden de los servicios secretos de Su Majestad. 

Se le atribuye a Abu Lait el libio la organización del comando suicida que atacó la base aérea estadounidense de Bagram, en Afganistán, el 27 de febrero de 2007, en plena visita del vicepresidente (Dick) Cheney. Entonces se ofreció una recompensa de 5 millones de dólares por su cabeza. Fue muerto posteriormente por un avión sin piloto de la CIA.

Las opciones, según West Point

El estudio de West Point entregado en 2007 concluyó con la formulación de varias opciones políticas para el gobierno de Estados Unidos. Un posible enfoque, sugerido por los autores, sería que EEUU cooperara con los actuales gobiernos árabes para contrarrestar a los terroristas. Como indican Felter y Fishman, "los gobiernos libios y sirios comparten esta misma preocupación americana sobre una ideología yihadista salafista violenta y sobre actos violentos perpetrados por sus miembros. Esos gobiernos, al igual que otros en el Medio Oriente, temen a la violencia en su propio suelo y preferirían que los elementos radicales se vayan a Irak en vez de causar problemas en casa".

Los esfuerzos de Estados Unidos y de la coalición por contener el flujo de combatientes hacia Irak serían mucho más eficaces si tomaran en cuenta el conjunto de la cadena logística que permite el desplazamiento de esos individuos –comenzando por su país de origen– en vez de ocuparse simplemente de los puntos de entrada sirios. Estados Unidos debería ser capaz de aumentar la cooperación de los gobiernos para frenar el flujo de combatientes hacia Irak, ayudándolos a resolver sus propios problemas locales de violencia yihadista".

Teniendo en cuenta lo sucedido posteriormente, podemos afirmar que no fue esa la opción escogida, ni al final de la era Bush ni durante la primera mitad del mandato de Obama.

El estudio de West Point ofrece también otra opción, más siniestra. Felter y Fishman dan a entender que es posible utilizar las antiguas facciones del GICL contra el gobierno de Gadafi, esencialmente mediante la creación de una alianza de facto entre Estados Unidos con un segmento de la organización terrorista. El informe señala que: "La fusión entre el Grupo Islámico Combatiente en Libia y Al Qaeda y su aparente decisión de proporcionar prioritariamente un apoyo logístico al Estado islámico de Irak es, probablemente, motivo de controversia en el seno de la organización. No sería sorprendente que ciertas facciones del GICL sigan priorizando la lucha contra el régimen libio por encima del combate en Irak. Es posible, sin duda, exacerbar las divisiones en el seno mismo del GICL y entre los líderes del GICL y los de Al Qaeda provenientes de la base tradicional saudita y egipcia". 

Lo anterior corresponde a la política estadounidense que estamos viendo hoy en día, que consiste en una alianza con los fanáticos oscurantistas y reaccionarios de Al Qaeda en Libia contra el coronel Gadafi, que es un reformador nasserista.

La experiencia de Afganistán

Cuando se ve la dramática experiencia de los esfuerzos de Estados Unidos por movilizar a las poblaciones de Afganistán contra la ocupación soviética de la década de 1980, debería resultar evidente que la política de la Casa Blanca de Ronald Reagan (que consisitió en armar a los muyahidines afganos con cohetes Stinger y otras armas modernas) resultó trágica para los propios Estados Unidos. Como Robert Gates parece admitir en sus Memorias, Al Qaeda fue creada en aquellos años a instancias de Estados Unidos como una especie de legión árabe destinada a combatir la presencia soviética, con los desastrosos resultados a largo plazo que ya conocemos.

Hoy en día está claro que Estados Unidos está entregando armas modernas a los rebeldes libios a través de Arabia Saudita y de la frontera conn Egipto, con el activo respaldo del ejército egipcio y de la nueva junta militar proestadounidense instaurada en ese país.

Todo lo anterior constituye una violación directa de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, que exhorta a un embargo total de las entregas de armas a Libia. Se supone que las armas entregadas van a utilizarse contra el coronel Gadafi en las próximas semanas. Sin embargo, dada la naturaleza violentamente antiestadounidense de la población del noreste de Libia que está recibiendo ese armamento, no es posible garantizar con absoluta certeza que todas esas armas no acaben por volverse un día contra quienes las proporcionaron.

Pero lo que plantea un problema más importante aún es la conducta de un futuro gobierno libio controlado por el actual Consejo rebelde, con su amplia mayoría de islamistas del noreste, o de un gobierno que aliente un posible futuro Estado independiente cirenaico. Suponiendo que un régimen de ese tipo tenga acceso a los ingresos del petróleo, es evidente que ello plantearía cierto número de problemas de seguridad internacional.

El periodista Daya Gamage escribe al respecto: "Si la rebelión logra derribar el régimen de Gadafi, tendrá entonces acceso directo a las decenas de miles de millones de dólares que el dictador supuestamente escondió en diferentes países durante sus 40 años de reinado". Después de haber visto la mentalidad prevaleciente en el noreste de Libia, no es difícil imaginar en qué serían utilizados dichos ingresos.

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Publicado en Red Voltaire.net el 29-5-2011. Por su extensión, edité el texto y suprimí pequeños fragmentos y referencias bibliográficas, además de que lo separé en mitades para publicarlo en dos entregas.

viernes, 15 de abril de 2011

Libia y la nueva doctrina estratégica de EEUU

Thierry Meyssan

A menudo se dice que los generales no anticipan el cambio que viene y preparan la próxima guerra como si ésta tuviera que ser similar a la anterior. Eso se aplica también a los comentaristas políticos: interpretan los nuevos eventos no por lo que son, sino como si se estuvieran repitiendo los hechos que los precedieron.

Cuando los movimientos populares derrocaron a Zine el Abidine Ben Alí en Túnez y en Egipto a Hosni Mubarak, muchos pensaban que estaban presenciando una "revolución de jazmín" y una "revolución de la flor de loto", igual a las revoluciones de colores que la CIA y la NED han llevado a cabo a lo largo del tiempo desde la desaparición de la URSS.

Algunos hechos parecían darles la razón, como la extraña presencia de agitadores serbios en El Cairo o la difusión de propaganda contra los regímenes. Pero la realidad era muy diferente. Esas fueron auténticas rebeliones populares y Washington intentó, sin éxito, desvirtuarlas para su provecho. En definitiva, tunecinos y egipcios no aspiraban a la American Way of Life, sino más bien a deshacerse de dictadores títeres manipulados por Estados Unidos.

Cuando se produjeron disturbios en Libia, esos mismos comentaristas intentaron recuperar la zaga de la realidad argumentando que, esta vez, se trataba de un levantamiento popular contra Gadafi. A continuación, acompañaban sus editoriales con cándidas mentiras, presentando al coronel como un eterno enemigo de la democracia occidental, olvidando que el mismo dictador colaboraba activamente con Estados Unidos desde hacía ocho años.

Pero, si miramos más de cerca, lo que está ocurriendo en Libia constituye un avivamiento del antagonismo histórico entre la región de Cirenaica, por un lado, y Tripolitania y Fezzan del otro. Sólo en segundo lugar el conflicto ha tomado una inclinación política, el de una insurrección de personas identificándose con los monárquicos, a quienes pronto se les unieron todo tipo de pequeños grupos de la oposición (naseristas, jomeinistas comunistas, islamistas, etc.). En ningún momento la insurrección se ha extendido por todo el país.

Razonamiento equivocado

A pesar de esto, en Libia, cualquier voz que asegure que el conflicto ha sido fabricado e instrumentado desde afuera, etiquetándolo de “colonial”, recibe protestas. La opinión de la mayoría es que la intervención militar extranjera va a permitir al pueblo libio liberarse del tirano y que los “errores” de la coalición no pueden ser peores que los crímenes del genocida.

Sin embargo, ya la historia ha demostrado la falsedad de este razonamiento. Por ejemplo, muchos iraquíes opuestos a Sadam Husein y que acogieron como salvadoras a las tropas occidentales, ahora, ocho años y un millón de muertes más tarde, reconocen que la vida era mejor en el país en tiempos del déspota.

La opinión generalizada sobre el razonamiento falso en Libia se basa en una serie de convicciones erróneas:

- Contrariamente a lo que afirma la propaganda occidental (y a aquello a lo que parece dar crédito la proximidad cronológica y geográfica con Túnez y Egipto), todo el pueblo libio no se levantó contra el régimen de Gadafi. El coronel todavía tiene legitimidad popular en Tripolitania y Fezzan, regiones en las que distribuyó armas y dinero entre la población para resistir el avance de los insurgentes de Cirenaica y los ataques de las potencias extranjeras.

- Contrariamente a lo que afirma la propaganda occidental (a través de los medios) y a lo que parecen reafirmar las propias declaraciones del furioso "Hermano Líder", Gadafi nunca ha bombardeado directamente su propia población civil. Ha hecho uso de la fuerza militar contra el golpe de Estado sin tener en cuenta las consecuencias para la población civil, lo que es similar a lo que hacen los extranjeros con los bombardeos. Esta distinción no tiene importancia para las víctimas, pero en derecho internacional separa los crímenes de guerra de los crímenes contra la humanidad.

- Por último, contrariamente a lo que afirma la propaganda y el romanticismo revolucionario de opereta de Bernard Henry Lévy, la revuelta de Cirenaica no tiene nada de espontánea. Fue preparada por la DGSE, el MI6 y la CIA. Para formar el Consejo Nacional de Transición, los franceses se basaron en la información y los contactos de Masud El Mesmar, antiguo compañero y confidente de Gadafi, quien desertó en noviembre de 2010 y recibió asilo en París.

Para restaurar la monarquía, los británicos revivieron las relaciones del príncipe Muhamad al Sanusi, pretendiente al trono del Reino Unido de Libia (en la actualidad en el exilio en Londres) y han distribuido por todas partes la bandera roji-negri-verde con la media luna y la estrella.

Por su parte, los estadounidenses han tomado el control económico y militar, repatriando desde Washington a muchos libios en el exilio para ocupar los ministerios claves y la sede del Consejo Nacional de Transición.

Mientras tanto, el debate sobre la “conveniencia” de la intervención internacional es el árbol que oculta el bosque.

Si damos un paso atrás nos damos cuenta de que la estrategia de las grandes potencias occidentales ha cambiado. A pesar de que siguen usando y abusando la retórica de la “prevención del genocidio” y del “deber de la intervención humanitaria” de los hermanos mayores, o incluso del “apoyo fraterno” a los pueblos que luchan por su libertad, sus acciones hablan de modo diferente.

La "Doctrina Obama"

En su discurso en la National Defense University, el presidente Obama definió varios aspectos de su doctrina estratégica, destacando lo que la distingue de las de sus predecesores, Bill Clinton y George W. Bush.

Primero dijo: "En sólo un mes, EEUU ha conseguido, junto a sus socios internacionales, movilizar una amplia coalición para obtener un mandato internacional de protección a civiles, detener el avance de un ejército, evitar una masacre y establecer, con sus aliados y socios, una zona de exclusión aérea. Para poner en perspectiva la velocidad de nuestra reacción militar y diplomática deben recordar que en la década de 1990, cuando las personas eran intimidadas en Bosnia, se tardó más de un año para que la comunidad internacional interviniera con medios aéreos para proteger a los civiles. Esta vez sólo nos llevó 31 días”.

Esta rapidez contrasta con el período de Bill Clinton. Ello se explica de dos maneras: Por un lado, Estados Unidos en 2011 tiene un plan, mientras que en los años 90 dudaba entre si se dedicaba a disfrutar de la desaparición de la URSS para enriquecerse comercialmente o construía un imperio sin rival. Por otro lado, la política de la "reinicialización" (reset) de la administración Obama, apuntando a sustituir la negociación de la confrontación, ha dado en parte sus frutos con Rusia. Aunque esta nación sea uno de los grandes perdedores económicos de la guerra de Libia, Moscú ya ha aceptado el principio, incluso si los nacionalistas Vladimir Putin o Vladimir Chamov tienen ardores de estómago.

Luego, en el mismo discurso del 28 de marzo de 2011, Obama continuó: "Nuestra alianza más efectiva, la OTAN tomó el mando de la ejecución del embargo de armas y la zona de exclusión aérea. Anoche, la OTAN decidió asumir la responsabilidad adicional para la protección de los civiles libios. (...) Estados Unidos jugará (...) un papel de apoyo, especialmente en términos de inteligencia, de apoyo logístico, de la asistencia en la búsqueda y rescate, y de las interferencias en las comunicaciones del régimen. Debido a esta transición hacia una coalición más amplia, fundada sobre la OTAN, los riesgos y los costos de tales operaciones –para nuestras tropas y nuestros contribuyentes– se reducirán considerablemente”.

No obstante, después de haber puesto por delante de Francia y fingir estar arrastrando los pies, Washington admitió haber "coordinado" todas las operaciones militares desde el principio. Obama hizo esto para anunciar inmediatamente la transferencia de esta responsabilidad a la OTAN.

En términos de comunicación interna, es evidente que el Nobel de la Paz Barack Obama no quiere dar la imagen de un presidente que dirige a su país a una tercera guerra en el mundo musulmán después de Afganistán e Irak. Sin embargo, esta cuestión de relaciones públicas no debe hacer olvidar lo fundamental: Washington ya no quiere ser el policía del mundo, pero tiene la intención de ejercer un leadership sobre las grandes potencias, intervenir en nombre de un “interés colectivo” y "mutualizar" los costos. En este contexto, la OTAN se convertirá en la estructura de coordinación militar por excelencia, en la que Rusia –o incluso más tarde China– deberán participar.

Por último, Obama acabó su discurso en la National Defense University: "Habrá ocasiones en que nuestra seguridad no será amenazada directamente, pero en las cuales nuestros intereses y nuestros valores sí lo serán. A veces la historia nos pone cara a cara con desafíos que amenazan nuestra humanidad y nuestra seguridad común: intervenir en el caso de los desastres naturales, por ejemplo, o prevenir un genocidio y preservar la paz; asegurar la seguridad regional y mantener el flujo del comercio. Estos tal vez no sean problemas americanos, pero también son importantes para nosotros. Estos son problemas que merecen resolverse. Y en estas circunstancias, sabemos que los Estados Unidos, en tanto que nación más poderosa del mundo, a menudo serán llamados a prestar asistencia".

De este modo Barack Obama rompe con el encendido discurso de George W. Bush, quien pretendía extender por el mundo entero el American Way of Life a punta de bayoneta. Pero aunque EEUU asegura que desplegará recursos militares para causas humanitarias u operaciones de mantenimiento de la paz, sólo concibe la guerra para la "seguridad regional y mantener el flujo del comercio."

Este punto merece una explicación detallada.

Cambio estratégico

Por convención o por conveniencia, los historiadores llaman a cada doctrina estratégica por el nombre del presidente que la lleva a cabo. En realidad, la doctrina estratégica se desarrolla ahora en el Pentágono y no en la Casa Blanca. El cambio fundamental no se ha producido con la entrada de Barack Obama al Despacho Oval (enero de 2009), sino con la de Robert Gates al Pentágono (diciembre de 2006). Los dos últimos años de la presidencia de Bush no salen, pues, de la "Doctrina Bush", sino que son el preludio de la "Doctrina Obama". Y es justamente porque acaba de ganar que Robert Gates plantea retirarse con orgullo del trabajo acabado.

Para hacerme entender, yo distinguiría entre una "doctrina Rumsfeld" y una "doctrina Gates". En la primera, el objetivo es cambiar los regímenes políticos, uno por uno en todo el mundo, hasta que todos ellos sean compatibles con el de Estados Unidos. A éstos se les llama "democracias de mercado", aunque puedan definirse como sistemas oligárquicos en el que pseudo-ciudadanos están supuestamente protegidos de las acciones arbitrarias del Estado y pueden elegir a sus líderes, pero no pueden elegir sus políticas. Este objetivo fue el que llevó a la organización de las revoluciones de colores, como la ocupación de Afganistán e Irak.

Sin embargo, dice Barack Obama en el mismo discurso: "Gracias a los extraordinarios sacrificios de nuestras tropas y la determinación de nuestros diplomáticos, tenemos muchas esperanzas en el futuro de Irak. Pero el cambio de régimen tomó ocho años, costó miles de vidas estadounidenses e iraquíes y cerca de un billón de dólares. No podemos permitir que eso vuelva a suceder en Libia".

En resumen, este objetivo de una Pax Americana, que a la vez protegería y dominaría todos los pueblos de la Tierra, es económicamente inviable. Del mismo modo, además, que el ideal de convertir la humanidad entera a la American Way of Life.

Otra visión imperial, más realista, se ha impuesto poco a poco en el Pentágono. Fue popularizada por Thomas PM Barnett en su libro “The Pentagon’s New Map. War and Peace in the Twenty-First Century”.

El mundo del futuro estaría dividido en dos. Por un lado, el centro estable en torno a Estados Unidos, para los países desarrollados o, al menos, para los democráticos. El otro, una periferia abandonada a sí misma, sumida en el subdesarrollo y la violencia. El rol del Pentágono sería el de garantizar el acceso del mundo civilizado a la riqueza natural de los suburbios y protegerla.

Esta visión presupone que Estados Unidos está compitiendo cada vez más con otros países desarrollados, pero se convierte en su líder de seguridad. Parece posible con Rusia, desde que el presidente Dmitry Medvédev abrió el camino para la cooperación con la OTAN durante el desfile para conmemorar el final de la Segunda Guerra Mundial, en la cumbre de Lisboa. Pero puede ser más complicado con China, cuya nueva dirección parece más nacionalista que la anterior.

La extensión inevitable

La división del mundo en dos zonas, una estable y otra caótica, donde la segunda es la reserva de las riquezas naturales de la primera, obviamente, plantea una cuestión de límites. En la obra de Barnett (2004), los Balcanes, Asia Central, la mayor parte de África, los Andes y América Central son lanzados a las tinieblas. Tres estados miembros del G-20 (de los cuales uno es también miembro de la OTAN), están condenados al caos: Turquía, Arabia Saudita e Indonesia. Este mapa no es estático y las repescas siguen siendo posibles. Así, Arabia Saudita está ganando sus galones aplastando con sangre la revuelta de Bahrein.

Puesto que ya no es una cuestión de ocupar los países, sino de mantener en el tiempo las áreas de explotación y llevar a cabo redadas, en caso necesario, el Pentágono tiene la necesidad de extender a toda la periferia el proceso de fragmentación o "remodelación" que se inició en el "gran Medio Oriente" (Greater Middle-East).

El objetivo de la guerra ya no es la explotación directa de un territorio, sino la desintegración de toda posibilidad de resistencia. El Pentágono se está centrando en el control de las rutas marítimas y las operaciones aéreas para subcontratar en mayor medida las operaciones de tierra a sus aliados. Este fenómeno es el que acaba de comenzar en África con la partición de Sudán y las guerras en Libia y Costa de Marfil.

Si en términos de discurso democrático el derrocamiento del régimen de Muamar Gadafi sería una meta gratificante, no lo es desde el punto de vista del Pentágono, para quien no es ni necesario ni deseable. En la "doctrina Gates" más vale mantener un Gadafi histérico y humillado en un reducto tripolitano que una gran Libia unificada, capaz de mantener la resistencia contra la ocupación.

Por supuesto, el resultado de esta nueva visión estratégica no será sin dolor. Habrá flujos de migrantes, que hoy son cada vez más, huyendo del infierno de la periferia para entrar en el paraíso del centro. Y habrá esos incorregibles humanistas que insisten en pensar que el paraíso de unos no debe construirse sobre el infierno de otros.

Es este proyecto de guerra sostenida el que está en juego en Libia, y es con relación a él que cada uno tiene que tener una posición clara.

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Publicado originalmente a comienzos de abril en egaliteetreconciliation.fr, luego en voltairenet.org y en rebelion.org el 15-4-2011. Me tomé la libertad de editar bastante esta traducción, con intervenciones estilísticas importantes. También omití las citas y las referencias bibliográficas.

lunes, 11 de abril de 2011

Que las imágenes de la guerra hablen por sí mismas

Robert Fisk

Detesto que me llamen reportero de guerra. En primer lugar, porque la palabra tiene el triste sabor del adicto. En segundo, porque no se puede informar de una guerra sin conocer la política subyacente en ella. ¿Podrían Ed Murrow o Richard Dimbleby haber cubierto la Segunda Guerra Mundial sin entender la política de contemporización de Chamberlain o el anexionismo de Hitler? ¿Podría James Cameron –cuya cobertura de Corea fue espectacular– haber registrado en vivo el lanzamiento de prueba de una bomba atómica sin tener conocimiento de la guerra fría?

Siempre digo que los reporteros deben ser neutrales e imparciales… del lado de los que sufren. Si uno cubriera el tráfico de esclavos en el siglo XVIII no le daría espacio igual al capitán del barco esclavista. En la liberación de un campo de exterminio no le daría tiempo igual a las SS. Cuando la yihad islámica palestina voló una pizzería llena de niños israelíes en Jerusalén, en 2001, no le di espacio igual al vocero de la yihad. En la masacre de Sabra y Chatila en Beirut, en 1982, no le di espacio igual al ejército israelí que contempló la matanza y cuyos aliados libaneses cometieron esa atrocidad.

Pero la televisión tiene prioridades diferentes. Al Jazeera en inglés –a diferencia de la versión árabe– logra hacerlo casi como debe ser. Sí, de cuando en cuando aparezco allí y sus reporteros son buenos amigos míos. Pero ese canal sí dice quiénes son los malos, se expresa sin cortapisas y pone en vergüenza a la BBC, por lo general pusilánime. Lo que más me impacta, sin embargo, es la calidad de su información. No las palabras, sino las imágenes.

En Túnez y Bahrein, a menudo compartí un auto con James Bays de Al Jazeera (sí, es amigo mío, y sí, ¡claro que viajaba a sus costillas!). Me fascinaba la forma en que se apartaba de la cámara diciendo: “los voy a dejar ver la escena un momento”, y entonces desaparecía y nos dejaba observar a las decenas de miles de refugiados egipcios en la frontera tunecina, o las decenas de miles de manifestantes chiítas con sus banderas bahreiníes en la glorieta de la Perla (cuyo monumento fue destruido por el rey como en una quema ritual de libros). Las imágenes hablaban en vez de las palabras. El reportero se sentaba en la fila de atrás (en contraste, observen a los chicos y chicas de la BBC, todo el tiempo haciendo tontos ademanes) y la imagen contaba la historia.

Bays cubre ahora el avance rebelde y la constante retirada de Libia occidental –más retirada, sospecho, que la de los generales Wavell y Klopper en el desierto libio en la década de 1940–, pero una vez más se quita de la imagen y nos deja presenciar el caos de pánico en el camino más allá de Ajdabiya. Los dejaré ver con sus propios ojos, dice. Y vaya que sí. No estoy seguro de que ésa sea la forma en que deba cubrirse una guerra. ¿Se puede informar sobre la caída de Berlín en 1945 sin el general Zhukov? ¿O sobre junio de 1940 sin Churchill? Pero por lo menos nos permite sacar nuestras propias conclusiones.

Cuando Dimbleby informó sobre la tormenta de fuego de Hamburgo –aquella frase, todo lo que puedo ver es una gran cuenca de fuego frente a mí, todavía me persigue–, necesitábamos sus palabras. Como necesitábamos el comentario de Ed Murrow de que iba a mover sólo un poco el cable de su cámara para dejar que los londinenses que estaban fuera de la iglesia de Saint Martin in the Fields, en la plaza Trafalgar, fueran a cubrirse durante los bombardeos alemanes. Pero hay algo indeleblemente conmovedor en el informe directo de una cámara sin reportero. Eurovision hace eso a menudo –lo llama sin palabras– y yo me pregunto si no es presagio de un nuevo periodismo.

John Simpson trató de hacerlo en la BBC antes de la caída de Kabul en 2001, pero usó un método diferente: permitió que los televidentes observaran al segundo equipo de camarógrafos, el cual se volvía parte de la información mientras él avanzaba de una escena a otra, y poco a poco nos acostumbramos a la idea de que era un grupo de cuatro, hasta el punto de que se volvieron participantes naturales en la noticia, tan obvios como el propio reportero.

Soy totalmente partidario de eso. La idea de que todavía tengamos reporteros que siguen asintiendo significativamente con la cabeza mucho tiempo después que el entrevistado se ha ido, como si aún lo escuchara, me parece ridícula. Y volvamos un poco atrás, por favor: que alguien les diga a los reporteros de televisión que dejen de estar manoteando como si fueran un extra en una obra de Shakespeare, tratando de explicarse enfrente del aburrido público.

Bays aún usa un poco las manos –noté que yo lo hice en Al Jazeera el otro día–, pero casi siempre es para invitar al público a observar algo que él ha visto. Una vez escribí que no se puede describir una masacre en un medio impreso sin usar el lenguaje de un parte médico, y me temo que la televisión (incluso Al Jazeera) no ha logrado aún comunicarnos todo el horror de las atrocidades. La aseveración de que no se deben mostrar muertos –cuando nosotros los hemos visto en todo su horror– siempre me ha parecido una simulación. Si los gobiernos van a la guerra (¿cuántos vieron imágenes de los muertos en Libia luego de los ataques de la OTAN esta semana?; respuesta: cero), entonces se nos debe permitir ver el verdadero rostro de la guerra.

Por el momento, sin embargo, vean Al Jazeera, observen a mi buen amigo James Bays y rueguen por que ya no tenga que retroceder. Y también por que después de este artículo todavía me deje viajar en el auto con sus camarógrafos.

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Publicado en originalmente por The Independent y por la La Jornada el 4-4-2011.

sábado, 19 de marzo de 2011

La Libia unida puede dejar de existir

Elena Supónina

Las razones que llevaron al estallido de la guerra civil en Libia amenazan ahora la integridad de este país.

Muamar Gadafi desestimó la demanda de la oposición, el Consejo Nacional, de abandonar Libia en 72 horas. Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de la ONU, por iniciativa de EEUU y Gran Bretaña, se están celebrando consultas para la creación de una zona de exclusión aérea en el país norteafricano. En estos debates participan también los diplomáticos rusos.

Todo esto significa que, aunque el coronel resulte vencedor en esta lucha (su arresto y/o muerte tampoco se excluyen), el país jamás volverá a estar bajo su control. Se lo impedirán las tribus sublevadas, los militares que se pasaron al bando de la oposición, los islamistas que siempre le odiaban y, por supuesto, Estados Unidos.

El molesto coronel

La situación en Libia no es la misma que en Túnez y en Egipto, donde las protestas se debían principalmente al descontento social de la población. En Libia son otros los factores principales. Probablemente, el primero y principal es que Estados Unidos ha retomado la vieja idea de apartar a Gadafi del poder. Lo intentaron ya en los años 1980 pero, tras una serie de fracasos, renunciaron a sus planes. “Desde el punto de vista de los intereses estadounidenses, es preferible tener en Libia cualquier tipo de gobierno menos uno encabezado por Gadafi”, esta fue la conclusión a la que llegaron hace treinta años los servicios de inteligencia de EE.UU.

El periodista Bob Woodward, que tiene acceso a la comunidad de inteligencia estadounidense, describía aquella estrategia respecto al líder libio como una “combinación de acciones prácticas y de desinformación”. Comprendía, entre otras cosas, la propagación de rumores sobre la consolidación de las fuerzas opositorias en Libia y la traición en el entorno del coronel, junto con un programa de intimidación a Gadafi con mensajes sobre una eventual acción militar estadounidense.

A la hora de elaborar esta estrategia EEUU apostaba por el receloso carácter del exaltado coronel y su “debilidad psicológica”. Y es de apoyarse en esto, ya que resulta difícil conservar la confianza en las personas habiendo sobrevivido a una decena de atentados, algunos de ellos organizados, además, por amigos muy cercanos.

Muamar Gadafi ya tropezó con esta circunstancia justo después de la revolución antimonárquica de 1969. También en 1975, su íntimo colaborador, compañero del colegio y de armas, Omar Moheishi, urdió un complot contra él. Tras ser descubierto, Moheishi consiguió escapar, primero a Túnez y, más tarde, a Egipto.

Hoy, parece que EEUU ha decidido no inventar nada nuevo, simplemente ha desempolvado sus antiguos planes respecto a Libia en cuanto la situación empezó a caldearse por contagio de los países vecinos. Por ejemplo, la discusión sobre una posible intervención de la OTAN lleva ya dos semanas servida y se parece mucho a esa famosa estrategia de “combinación de acciones prácticas y desinformación” que tiene por objeto desestabilizar emocionalmente al coronel Gadafi y a su entorno.

¿Un país o tres provincias?

No está nada claro si los sucesores de Gadafi serán capaces de mantener las actuales fronteras que el país obtuvo junto con la independencia conseguida en 1951 gracias al rey Idris. Anteriormente, las tres provincias libias: Tripolitania, Cirenaica y Fezzan, llevaban una existencia prácticamente independiente. Fue el Rey Idris quién, en un primer paso las unió dentro de un reino con un gobierno federal para, posteriormente, hacer la transición a un Estado unitario. La unificación del país pasó por consentir la ubicación de las bases militares occidentales en su territorio y el traspaso de la explotación de los hidrocarburos a las compañías estadounidenses y británicas. En resumidas cuentas, Libia perdió una gran parte de la tan ansiada independencia.

Sólo Muamar Gadafi llevó a Libia a una autonomía real, con un sistema todavía más centralizado, gracias al nuevo régimen del “Poder del Pueblo” o Yamahiriya. Sin embargo, el “Pueblo” no obtuvo la deseada libertad e independencia.

Ahora, dados el descontento con el gobierno de Gadafi y la guerra civil, en el país ganan peso las tendencias centrífugas. No es sólo cuestión de una manifiesta división geográfica y la desigualdad económica de las tres provincias, de las cuales la más pobre es Fezzan, que no tiene salida al mar, y la más rica es la oriental Cirenaica, con grandes reservas petroleras. Hay que tener en cuenta, además, la compleja estructura social en Libia, donde la mayor parte de los siete millones de habitantes se rigen según las normas tradicionales del derecho tribal. El etnógrafo libio Faraj Abdulaziz Najam apunta que “en Libia viven más de 140 tribus, las familias de las cuales, al menos treinta de ellas, tienen bastante influencia en la región”. Según el experto, unas diez tribus son transfronterizas, es decir, su hábitat se extiende al territorio de otros países como Egipto, Túnez, Marruecos e incluso Chad. Hay algunas tribus nómadas que llegaron desde Arabia Saudí.

El gobierno de Muamar Gadafi siempre dependía mucho de esta estructura social. Y, para su mala suerte, se apoyaba en las tribus más cercanas y familiares como los “gadafi” o los “migrahi”. En cambio, los “warfalla”, aunque no privados del todo de la benevolencia de las autoridades, igualmente consideraban menoscabados sus intereses y se veían frecuentemente apartados de la distribución de los altos cargos administrativos y militares.

Puede que sea esta la razón por la cual varios de los jeques de esta tribu fueron los primeros en apoyar a las fuerzas opositoras. Con frecuencia se dan casos de enemistad secular entre tribus, y es una gran incógnita lo que ocurrirá en un futuro próximo: el retorno a la autonomía de la Cirenaica y la Tripolitania o el mantenimiento de una Libia unida.

La unión a través del Ejército o del Islam

Es muy poco probable que el Ejército libio sea capaz de proteger la unidad del país. Ya está dividido por la guerra civil. Parte de los militares están con la oposición, aunque muchos siguen defendiendo al coronel Gadafi. Y no se trata únicamente de los mercenarios que, por cierto, ya estaban al servicio del Ejército libio y no fueron contratados ex profeso por el conflicto. No obstante, aunque Muamar Gadafi se preocupó por equipar debidamente sus fuerzas armadas, el nivel de instrucción y fidelidad de los oficiales deja mucho que desear.

“El líder veía en el Ejército una amenaza para su gobierno, probada por los frecuentes intentos de golpes de Estado, tramados por oficiales y hasta por ministros de Defensa”, recuerda el orientalista ruso Anatoli Yegorin. Según el experto, “las protestas de los altos cargos del Ejército contra del régimen suscitaron la inquietud de Gadafi que ya a finales de los años 80 minimizó el papel de los militares”.

¿Qué unirá entonces a Libia? En teoría, es posible volver al guión de mediados del siglo XX, cuando las grandes potencias mundiales acordaron no permitir la desintegración de este país. Pero en este caso tendrán que intervenir en los asuntos internos de Libia y de esta manera decepcionar a la oposición local que, en lugar de un caudillo autoritario, recibirá un gobierno marioneta impuesto desde el exterior.

Hay otra opción que insinúa el arriba mencionado etnógrafo libio Faraj Abdulaziz Najam. El experto opina que todas las tribus y provincias de Libia “están unidas fuertemente por el Islam, religión que profesa hoy casi la totalidad de los libios”. De ahí se deduce que la clave para conservar la integridad de Libia es un poderoso partido islamista o una unión de varios partidos de este corte. Otra cuestión es si esta solución les gustará a los países de Occidente.

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Publicado en RIA Novosti en español el 17-03-2011.