El tiempo era agradable cuando llegó el turno de mi primera guardia de vigía en la cofa. Este trabajo puede resultar bastante interesante, aunque en ocasiones también puede ser muy monótono, pero es absolutamente necesario para poder observar el mar desde un punto muy alto, al que no pueden llegar los que permanecen en cubierta.
En la mayor parte de los balleneros americanos las cofas son ocupadas casi al mismo tiempo que el navío sale del puerto, incluso aunque se tenga que navegar quince mil millas antes de llegar a la verdadera zona de crucero. Y si al cabo de tres, cuatro, cinco años de viaje el navío se acerca a casa vacío, entonces las cofas siguen ocupadas hasta el final.
Se monta la guardia en las cofas de los tres palos desde el amanecer hasta la puesta del sol, relevándose los marineros por turnos de dos horas, como se hace con el timón.
Durante una campaña ballenera hacia el sur, en viaje de tres o cuatro años, las horas que se pasan de vigía en la cofa suman meses enteros, y hay que tener en cuenta que ese pequeño espacio carece de cualquier condición de habitabilidad o comodidad. El punto más corriente para posarse es la cima del mastelero de juanete, donde hay que sostenerse sobre dos delgados palos paralelos llamados crucetas. Allí, entre la agitación del mar, uno se encuentra tan cómodo como entre los cuernos de un toro.
Cuando hace frío tiene uno que llevar puesto un grueso capote, aunque ni siquiera eso puede calentar a semejante altura y bajo el azote de todos los vientos. Y no se puede colocar un estante ni una cómoda ni un armario alrededor del cuerpo de uno.
Pero hoy en día la pesca de ballena proporciona asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y distraídos, a quienes les enfada la molesta preocupación de la tierra. A cien pies sobre la cubierta, en silencio, cabalgando sobre los palos como si fueran zancos enormes, mientras se observa a los monstruos marinos merodear en torno al barco, se tiene tiempo para pensar. El buque cabecea indolentemente cuando el tiempo es sereno y una gran paz se apodera entonces del espíritu.
Con frecuencia los capitanes de los barcos que no han avistado cetáceos riñen a estos distraídos filósofos, reprochándoles que no tienen suficiente interés en el viaje, casi insinuándoles que están tan desesperadamente perdidos para toda ambición honorable que en el fondo de sus almas preferirían no ver ballenas.
***
Una mañana, al poco tiempo del episodio de la pipa, Ajab subió por el pasillo de la cámara después del desayuno, como es costumbre de la mayoría de los capitanes, que se pasean por la cubierta luego de comer como si andaran por un jardín.
Pronto se oyeron sus pisadas de marfil mientras caminaba de un lado a otro sobre el maderamen, cuyas planchas estaban tan acostumbradas a su paso que estaban todas dentadas como capas geológicas. A cada vuelta que el capitán daba en el palo mayor de la bitácora casi se podía ver como su pensamiento iba y volvía con él, dando pasos al ritmo del marfileño zanco.
-¿Te fijaste, Flask? ―susurró Stubb. El pollo que el capitán lleva dentro está picoteando el cascarón. Ya no tarda en salir.
Pasaban las horas y Ajab, ahora encerrado en su cámara, seguía paseándose con fanática resolución y el ceño fieramente fruncido. Se acercaba el fin del día cuando, de pronto, se detuvo junto a la borda, metió la pata de marfil en un agujero que allí había, se agarró a un obenque y le ordenó a Stubb que llamase a todo el mundo a la popa.
-¡Señor! ―respondió el primer oficial, un poco asombrado de una orden que rara vez se da a bordo, a no ser en circunstancias extraordinarias.
-¡Todo el mundo a popa! ―repitió Ajab―. ¡Ustedes, los de las cofas! ¡Abajo!
Una vez reunida toda la tripulación, que le miraba con ojos no muy tranquilos, porque su rostro tenía un aspecto similiar al del horizonte de barlovento cuando se acerca un huracán, Ajab lanzó una mirada por encima de la borda y luego clavó los ojos en los hombres. Acto seguido reanudó su caminar de arriba abajo, con la cabeza inclinada y el sombrero ladeado entre los murmullos de los marineros. Stubb le susurró a Flask que quizás los había convocado para hacerles escuchar la historia de alguna proeza. Pero, súbitamente, Ajab se detuvo y exclamó:
-¡Muchachos! ¿Qué hacen ustedes cuando avistan una ballena!
-¡Anunciarla! ―respondió al unísono un montón de voces.
-¡Bien! ―respondió Ajab con tono de aprobación―. Y después, ¿qué hacen, muchachos?
-Arriar las balleneras y ¡a la caza!
-Y, ¿cuál es el estribillo que repiten cuando reman?
-¡Ballena muerta o lancha a pique, señor!
A cada respuesta, el rostro del viejo parecía más y más complacido, en tanto que los marineros se miraban entre sí con curiosidad. Ajab dio una vuelta sobre su pata y, agarrándose a otro obenque, les dijo:
-Todos los vigías me han oído dar una orden acerca de una ballena blanca. Pues bien, ¡atención ahora! ¿Ven esta onza española de oro?
E hizo relucir al sol una moneda ancha y brillante.
-Es una pieza de dieciséis dólares, muchachos. ¿La ven? Señor Starbuck, páseme un mazo.
El primer oficial fue a recogerlo, mientras Ajab, silencioso, frotaba la moneda contra los faldones de su chaqueta como para sacarle más brillo todavía, mientras murmuraba entre dientes un sonido inarticulado.
Starbuck le entregó el martillo y Ajab se acercó al palo mayor con el martillo alzado en una mano y la moneda en la otra, y exclamó con voz altísima:
-¡Aquel de ustedes que descubra una ballena blanca, con la fente arrugada y la mandíbula torcida, con tres agujeros en la aleta de estribor de la cola, se lleva esta onza de oro, hijos míos!
-¡Viva! ―gritaron los marineros, tirando al aire sus sombreros mientras el capitán clavaba la moneda en el palo mayor.
-He dicho una ballena blanca ―continuó Ajab tirando el martillo-.
Agucen los ojos, hijos míos. Tan pronto, como vean un chorro blanco, una burbuja, ¡avísenme!
Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg habían estado contemplándolo con más interés que los demás. Al oír la descripción de la ballena dieron un salto, como si a cada uno de ellos se le despertara un recuerdo.
-Capitán ―dijo Tashtego―. Esa ballena blanca debe ser la que algunos llaman Moby Dick, ¿no es verdad?
-¿Moby Dick? ―gritó Ajab―, ¿conocen ustedes a la ballena blanca? ¿Eh, Tash?
-¿Mueve la cola de una manera especial antes de sumergirse, señor? ―preguntó Tashego, que era oriundo de Gay-Head.
-Y ¿no tiene también un surtidor raro? ―inquirió Daggoo a su vez―. ¿Muy espero para un cachalote? ¿Y enormemente rápido, capitán?
-Y tiene... ―gritó Queequeg―, varios arpones en la piel, todos retorcidos y tuertos como el… como el... ―y movía su extraña lengua, que apenas le bastaba para dar la sensación de lo que quería describir.
-¡Como un sacacorchos, sí! Sí, Queequeg, los arpones los tiene clavados y retorcidos. Sí, Daggoo, el surtidor es enorme como una gavilla de trigo y blanco como una pila de lana lavada de Nantucket. Sí, Tashtego, abanica con la cola como un foque al que el viento le ha roto la escota... ¡Sí, con mil demonios! ¡Ésa es Moby Dick, chicos! ¡Moby Dick!
-Capitán ―dijo Starbuck, quien hasta entonces se había limitado con los otros dos oficiales a contemplar a su superior con creciente sorpresa―.Capitán, he oído hablar de Moby Dick, pero... ¿acaso no fue Moby Dick la que le arrancó a usted la pierna, señor?
-¿Quién te dijo eso? Sí, Starbuck, sí, hijos míos, fue Moby Dick la que me desarboló. A Moby Dick le debo este muñón muerto sobre el que ahora me sostengo. ¡Sí, sí! ―añadió en un sollozo terrible, casi animal―. ¡Sí! ¡Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó, la que me dejó inválido, la que me hizo un marinero pata de palo para toda mi vida!
Alzó los dos brazos al aire:
-Sí, y la he de perseguir más allá del Cabo de Hornos y más allá del de Buena Esperanza, más allá del Maelstron de Noruega, y más allá de los fuegos del infierno antes de renunciar a atraparla. Y para eso es que se han embarcado ustedes, muchachos, para perseguir a la ballena blanca por ambos hemisferios si es preciso, y por todos los rincones del universo hasta que lance sangre negra por el surtidor y flote panza arriba. De modo que, hijos míos, ¿queda cerrado el trato? Me parece que son ustedes un montón de valientes, ¿o no?
-¡Sí, sí! ―gritaron los arponeros y los marineros acercándose al viejo―. ¡Ojos vigilantes para la ballena blanca! ¡Un arpón bien afilado para Moby Dick!