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viernes, 17 de julio de 2020

El instante perdido


"Éste es el instante que recogeríamos para nosotros, la ciudad dormida, el sol perdido, la luz intangible, un muchachito mirando las casas enrollado en una manta, con una alforja a sus pies y el mundo todo, el de cerca y el de lejos, suspenso y a la espera. No es posible, se ha movido ya, el instante vino y pasó, el tiempo nos lleva hasta una memoria, se inventa, fue así, no fue así, todo es lo que digamos que fue.” 

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Fragmento de El evangelio según Jesucristo, de José Saramago, 1998.

martes, 20 de enero de 2015

Animula vagula, blandula

Marguerite Yourcenar

Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. 

La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida.

Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica. Para estudiarla en toda su pureza, los filósofos hacen sufrir a la realidad casi las mismas transformaciones que el fuego o el mortero hacen sufrir a los cuerpos; en esos cristales o en esas cenizas nada parece subsistir de un ser o de un hecho tales como los conocimos. Los historiadores nos proponen sistemas demasiado completos del pasado, series de causas y efectos harto exactas y claras como para que hayan sido alguna vez verdaderas; reordenan esa dócil materia muerta, y sé que aun a Plutarco se le escapará siempre Alejandro.

Los narradores, los autores de fábulas milesias, hacen como los carniceros, exponen en su tabanco pedacitos de carne que las moscas aprecian. Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera. La observación directa de los hombres es un método aún más incompleto, que en la mayoría de los casos se reduce a las groseras comprobaciones que constituyen el pasto de la malevolencia humana. La jerarquía, la posición, todos nuestros azares, restringen el campo visual del conocedor de hombres.

En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal, es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo alto mi propia vida, que se convierte así en la vida de otro. Pero estos dos medios de conocimiento son difíciles; el uno exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo. Llevado por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera rutina, una idea de mi vida parcialmente modificada por la imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo otros, y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi destino de hombre.

El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la presencia de una persona, pero su forma está casi siempre configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se confunden como una imagen reflejada en el agua. 

No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aun en la mía propia; quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y modificándose por la acción lo que constituye la diferencia entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos, justificarlos ante mí mismo. 

De todas maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma. El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los hechos, apenas si es más distinta, y la sucesión de los acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños.

De pronto mi vida me parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil —por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. 

Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.


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Extracto de trechos del primer capítulo del Memorias de Adriano (1951).

martes, 3 de junio de 2014

La nebulosa de Andrómeda (fragmento)

Ivan Antonovich Efremov

El cosmopuerto estaba dotado de un potente televisófono y de una gran pantalla hemisférica. Ren Boz entró en la estancia, redonda y silenciosa. El operario de guardia movió, con un chasquido, la palanquilla del conmutador y señaló a la pantalla lateral de la derecha, donde había aparecido Yuni Ant lleno de agitación. Éste examinó atentamente al físico y, comprendiendo la causa de la ausencia de Dar Veter, saludó a Ren Boz con una inclinación de cabeza.

—Estamos efectuando, fuera de programa, la escucha-búsqueda en la anterior dirección y con bandas de onda 62/77. Alce el embudo de la emisión dirigida y oriéntelo hacia el Observatorio. Voy a lanzar el rayo vector, a través del Mediterráneo, directamente sobre El Homra —Yuni Ant miró a un lado y añadió—: ¡Pronto!

Ren Boz, experto en manipulaciones de recepción, hizo en dos minutos lo que le pedían. En el fondo de la pantalla hemisférica surgió la imagen de una gigantesca Galaxia. Los dos hombres de ciencia reconocieron, sin ningún tipo de dudas, la Nebulosa de Andrómeda o M-31, conocida desde tiempos remotos.

En su espira exterior más próxima al espectador, casi en el centro del disco lentiforme —en perspectiva— de la inmensa Galaxia, encendióse una lucecilla. De allí partía un sistema estelar que parecía un minúsculo hilillo de lana y era sin duda una rama colosal de cien parsecs de longitud. 

La lucecilla empezó a aumentar de tamaño al mismo tiempo que el «hilillo», mientras la Galaxia desaparecía, desvaneciéndose fuera del campo visual. Un torrente de estrellas rojas y amarillas se expandió por la pantalla. La lucecilla se convirtió en un pequeño círculo luminoso que brillaba en el más lejano extremo de la corriente estelar. De ésta se separó una estrella anaranjada, de la clase espectral K, en torno a la cual empezaron a girar los puntos apenas perceptibles de sus planetas. El circulillo luminoso cubrió por completo uno de ellos. Y de pronto, todo aquello comenzó a girar en un torbellino rojo, de líneas sinuosas, del que saltaban chispas. Ren Boz cerró los ojos...

—Una ruptura —explicó Yuni Ant desde la pantalla lateral—. Le he mostrado las observaciones del mes pasado en grabación de máquinas mnemotécnicas. Voy a transmitirle ahora la recepción directa.

Las chispas y las líneas rojo oscuras continuaban girando en la pantalla.

—¡Extraño fenómeno! —exclamó el físico—. ¿Cómo se explica usted esa ruptura?

—Aguarde. Ahora se reanuda la transmisión. Pero ¿qué le parece extraño?

—El espectro rojo de la ruptura. En el de la Nebulosa de Andrómeda hay un desplazamiento violáceo, lo que indica que ella se aproxima hacia nosotros.

—La ruptura no tiene ninguna relación con la nebulosa. Es un fenómeno local.

—¿Cree usted casual el que su estación emisora esté situada al extremo mismo de la galaxia, en una zona todavía más alejada de su centro que la zona del Sol lo está del centro de nuestra Vía Láctea?

Yuni Ant envolvió a Ren Boz en una escéptica mirada. —Usted está dispuesto a discutir en cualquier momento, olvidando que la nebulosa de Andrómeda nos habla desde una distancia de cuatrocientos cincuenta mil parsecs.

—¡Es verdad! —repuso turbado Ren Boz—. Y mejor sería decir que desde una distancia de un millón y medio de años luz. El mensaje fue lanzado hace quince mil siglos.

—¡Y nosotros estamos viendo ahora lo que fue enviado mucho antes de la época glaciar y de la aparición del hombre en la Tierra! —agregó Yuni Ant, ya bastante más calmado.

Las líneas rojas aminoraron su girar, la pantalla se apagó y volvió a encenderse de pronto. A la pálida luz, se columbraba apenas una llanura en penumbra. Diseminadas por ella había unas construcciones extrañas con forma de hongo. Cerca del límite anterior de la parte visible brillaba con fríos fulgores un círculo azul gigantesco, en consonancia con la llanura, cuya superficie sin duda era metálica. Exactamente sobre el centro del círculo pendían, uno sobre otro, dos grandes discos biconvexos. No, no pendían, se elevaban lentamente a una altura cada vez mayor. La llanura desapareció y en la pantalla quedó solamente uno de los discos, más convexo por abajo que por arriba, con gruesas espirales en ambas caras.

—¡Son ellos!... ¡Ellos mismos!... —gritaron los dos científicos al unísono al comprobar la semejanza de aquella imagen con las fotografías y diseños del espirodisco hallado por la 37a. expedición en el planeta de la estrella de hierro.

Un nuevo torbellino de líneas rojas, y la pantalla se apagó. Ren Boz esperaba, temeroso de apartar de allí, ni un segundo, la mirada... ¡La primera mirada humana que se posaba en la vida y el pensamiento de otra galaxia! Pero la pantalla no volvió a iluminarse. En un panel lateral del televisófono resonó la voz de Yuni Ant:

—La comunicación se ha cortado. No es posible seguir gastando energía terrestre en espera de la continuación. ¡Todo el planeta se conmoverá! Hay que pedir al Consejo de Economía que se duplique la frecuencia de las recepciones fuera de programa; pero esto, después del envío del Cisne, no será posible antes de un año. Ahora sabemos que la astronave de la estrella de hierro procede de allí. Sin el hallazgo de Erg Noor, no habríamos comprendido nada de lo visto.

—¿Y ese disco vino de allá? ¿Cuánto tiempo estaría volando? —preguntó Ren Boz, como si hablase consigo mismo.

—Después de la muerte de su tripulación, estuvo vagando cerca de dos millones de años por el espacio que separa a las dos galaxias —repuso severo Yuni Ant— hasta que encontró refugio en el planeta de la estrella T. Por lo visto, estas astronaves están construidas de manera que pueden tomar tierra automáticamente, aunque ningún ser viviente haya tocado sus mandos desde milenios antes. —Tal vez ellos vivan mucho tiempo...

—Pero no millones de años. Eso es contrario a las leyes de la termodinámica —replicó fríamente Yuni Ant—. Además, pese a sus colosales dimensiones, el espirodisco no podía llevar en sus entrañas todo un mundo de personas... de seres pensantes... No, por el momento, nuestras galaxias no pueden llegar la una a la otra ni intercambiar comunicaciones.

—Pero podrán —dijo con firmeza Ren Boz. Y luego de despedirse de Yuni Ant, volvió al campo del cosmopuerto.

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Novela publicada en 1973. Esta traducción la bajé de Internet y no estoy muy segura de que contenga el fragmento completo. Me disculpo por eso. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar clásicos de la literatura universal que se me ocurrió en 2010, cuando leí un hashtag de Twitter con el que la gente tuiteaba cuentos o minicuentos.

martes, 9 de julio de 2013

Los juegos del placer

Marguerite Yourcenar

Por primera vez, Egon se ha enamorado. Jeanne recuerda los tiempos en que él se vanagloriaba de no sentir, por sus ocasionales amantes de una hora, más que vaga benevolencia y, a veces, una leve compasión o un fondo de antipatía, neutralizado de momento por los juegos del placer. Amar le parecía un don de sí en el que no entraba la voluptuosidad o, más bien, solo desempeñaba un papel insignificante, el de satisfacer al que se ama o proporcionar a los dos amantes la prueba de que están completamente unidos. Él, según decía, a quien amaba era a Jeanne.

Le hubiera parecido inútil tratar de amar al compañero de una noche. Ella se lo censuraba, en ocasiones, cuando hablaban libremente de todas estas cosas, por establecer así una línea de demarcación entre el otro y él; ese rechazo le parecía responder a una especie de puritanismo, a la necesidad de aislar de su vida a tal ser o tal gesto a los que, no obstante, hubiera renunciado de buen grado. Ahora Egon era presa, como qualquier otro, del duro amor, y esa pasión iba dirigida a una persona que ella no comprendía ni amaba. «A veces me sorprende. Apruebo su afán de experimentar con los sentidos. Durante toda mi vida he estado buscando un bello objeto como éste, enteramente hecho de carne». ¿Franz, es de verdad eso que dice Egon? Jeanne se pregunta cómo unas preferencias en sí mismas triviales, casi indiferentes y a menudo disipadas tras los primeros deseos de la adolescencia, se convierten para ciertos seres en un modo de vivir y de pensar más importante que la vida misma, en una forma de liberación o, por el contrario, de esclavitud, o ambas cosas alternativamente. ¿Hay en ello esa necesidad de exceso, esa fiebre de ir hasta el final de uno mismo, semejante a la del hombre rico que se agota por querer serlo aún más, del artista que se mata por su obra, del místico que se destruye para poseer mejor a Dios? ¿Y ella? ¿No es ella también la víctima de una suerte de delirio lúcido? Egon la ha liberado y encadenado al mismo tiempo.

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Fragmento de la novela ¿Qué? La eternidad, 1988.

martes, 14 de mayo de 2013

6 de diciembre

Goethe

Su imagen me persigue: que duerma o que vele, ella sola llena toda mi alma. Cuando cierro los párpados, en el cerebro, donde se encuentra la potencia de la vista, distingo claramente sus ojos negros. Es imposible que te explique esto. Me duermo y los veo también: siempre están allí, siempre fascinadores como el abismo. Todo mi ser, todo, está absorto por ellos. ¿Qué es, pues, el hombre, ese semidiós tan ensalzado? ¿No le faltan las fuerzas cuando más las necesita? Y cuando bate sus alas en el cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?

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Fragmento o pequeña epístola de la maravillosa novela-compilación Las desventuras del joven Werther (1776), que tanto me impactó al leerla al final de mi adolescencia.

miércoles, 24 de abril de 2013

C’est tellement petit, chez moi!

Chapitre III, Le petit prince

Antoine de Saint-Exupéry

Il me fallut longtemps pour comprendre d’où il venait. Le petit prince, qui me posait beaucoup de questions, ne semblait jamais entendre les miennes. Ce sont des mots prononcés par hasard qui, peu à peu, m’ont tout révélé. Ainsi, quand il aperçu pour la première fois mon avion (je ne dessinerai pas mon avion, c’est un dessin beaucoup trop compliqué pour moi) il me demanda :

—Qu’est ce que c’est que cette chose-là?

—Ce n’est pas une chose. Ҫa vole. C’est un avion. C’est mon
avion.

Et j’étais fier de lui apprendre que je volais. Alors il s’écria:

—Comment! tu es tombédu ciel!

—Oui, fis-je modestement.

—Ah! ça c’est drôle...

Et le petit prince eut un très joli éclat de rire qui m’irrita beaucoup. Je désire que l’on prenne mes malheurs au sérieux. Puis il ajouta:

—Alors, toi aussi tu viens du ciel! De quelle planète es-tu?
J’entrevis aussitôt une lueur, dans le mystère de sa présence, et j’interrogeai brusquement:

—Tu viens donc d’une autre planète?

Mais il ne me répondit pas. Il hochait la tête doucement tout en regardant mon avion:

—C’est vrai que, là- dessus, tu ne peux pas venir de bien loin...

Et il s’enfonça dans une rêverie qui dura longtemps. Puis, sortant mon mouton de sa poche, il se plongea dans la contemplation de son trésor.

Vous imaginez combien j’avais pu être intrigué par cette demi-confidence sur «les autres planètes». Je m’efforçai donc d’en savoir plus long:

—D’où viens-tu mon petit bonhomme? Où est-ce «chez toi»? Où veux-tu emporter mon mouton?

Il me répondit après un silence méditatif:

—Ce qui est bien, avec la caisse que tu m’as donnée, c’est que, la nuit, ça lui servira de maison.

—Bien sûr. Et si tu es gentil, je te donnerai aussi une corde pour l’attacher pendant le jour. Et un piquet.

La proposition parut choquer le petit prince:

—L’attacher? Quelle drôle d’idée!
—Mais si tu ne l’attaches pas, il ira n’importe où, et il se perdra...

Et mon ami eut un nouvel éclat de rire:

—Mais où veux-tu qu’il aille!

—N’importe où. Droit devant lui...

Alors le petit prince remarqua gravement:

—Ca ne fait rien, c’est tellement petit, chez moi!

Et, avec un peu de mélancolie, peut-être, il ajouta:

—Droit devant soi on ne peut pas aller bien loin...

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La novela corta El principito fue publicada en EEUU en 1943 y en Francia en 1946. #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos y fragmentos o extractos de obras. 

martes, 9 de abril de 2013

La inspiración

(fragmento de Un mundo feliz)

Aldous Huxley

A aquella hora Bernard dormía profundamente y sonreía en el particular paraíso de sus sueños. Pero, inexorablemente, cada treinta segundos, la manecilla del reloj eléctrico colgado sobre su cama saltaba hacia delante, haciendo un chasquido casi imperceptible. Clic, clic, clic, clic...

Y llegó la mañana. Bernard estaba de nuevo entre las miserias del espacio y del tiempo. Cuando iba en taxi a su trabajo en el Centro de Condicionamiento estaba de un ánimo deplorable. La embriaguez del éxito se había disipado; volvía sobriamente a ser el mismo de antes y, en contraste con el hinchado globo de las últimas semanas, su antiguo yo parecía muchísimo más pesado que la atmósfera que lo rodeaba.

El Salvaje, inesperadamente, se mostró muy comprensivo con aquel Bernard desinflado.
-Te pareces más al Bernard que conocí en Malpaís —dijo, cuando Bernard, en tono quejumbroso, le contó su lastimoso fracaso—. ¿Recuerdas la primera vez que hablamos? Delante de la casucha. Ahora eres como eras entonces.
-Porque vuelvo a ser desdichado; por eso.
-Bueno, pues yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa, embustera, que tenías aquí.
-¡Vaya, me gusta eso! —dijo Bernard con amargura—. ¡Cuando tú tienes la culpa de todo! Al negarte a asistir a mi fiesta lograste que todos se volvieran contra mí.

Bernard sabía que todo cuanto decía era absurdo e injusto. Admitía para sus adentros la verdad de todo lo que el Salvaje le decía acerca del poco valor de unos amigos que, ante una leve provocación, podían volverse unos encarnizados enemigos. Pero, a pesar de saber todo esto y de reconocerlo, a pesar del hecho de que el apoyo y la simpatía de su amigo eran ahora su único consuelo, Bernard siguió alimentando perversamente, junto con su sincero pesar, un secreto agravio contra el Salvaje; y maquinaba un plan de pequeñas venganzas contra él. Pensar en algo contra el Archichantre comunal hubiese sido inútil; y no había posibilidad alguna de vengarse del Envasador Jefe o del Subdirector de Predestinación. Como víctima, el Salvaje poseía, para Bernard, una gran cualidad por encima de los demás: era accesible. Una de las principales funciones de un amigo radica en sufrir (en forma suave y simbólica) los castigos que queremos y no podemos infligir a nuestros enemigos.

El otro amigo-víctima de Bernard era Helmholtz. Cuando se sintió derrotado, Bernard acudió a él e imploró de nuevo su amistad, que en sus días de prosperidad había juzgado inútil conservar, y Helmholtz se la otorgó sin una queja, sin un comentario, como si se le hubiera olvidado que hubiese habido jamás algún disgusto entre ellos. Conmovido, Bernard se sintió humillado por tal magnanimidad, cualidad más extraordinaria aún, y por lo tanto, aún más humillante, porque no se debía a una dosis de soma, sino que era por completo producto de la buena índole de Helmholtz. Era el Helmholtz de la vida diaria el que olvidaba y perdonaba, no el Helmholtz de las vacaciones, cuando le dan a uno medio gramo de soma. Bernard se mostró debidamente agradecido (era un alivio enorme haber vuelto a encontrar a su amigo) y a la par debidamente resentido (sería un gran placer vengarse de Helmholtz por su generosidad).

La primera vez que conversaron después de haberse reconciliado, Bernard le contó toda la historia de sus desdichas y aceptó sus consuelos. Pocos días después se enteró, con sorpresa y no sin cierto bochorno, de que él no era el único en hallarse en apuros. También Helmholtz había entrado en conflicto con la Autoridad.

-Fue por unos versos —le explicó Helmholtz—. Yo daba mi curso habitual de Ingeniería Emocional Superior a los alumnos de tercer año. Doce lecciones, la séptima de las cuales trata de versos. “Sobre el uso de los versos rimados en la Propaganda Moral y en la publicidad”, para ser exactos. Siempre ilustro mis clases con numerosos ejemplos técnicos. Esta vez se me ocurrió ofrecerles como ejemplo algo que yo acababa de escribir. Pura locura, desde luego, pero no pude resistir la tentación. —Se echó a reír—. Tenía curiosidad por ver cuáles serían sus reacciones. Además —agregó poniéndose serio—, quería hacer un poco de propaganda; quería hacerles sentir algo de lo que sentí yo al escribir aquellos versos. ¡Ford! —volvió a reír—. ¡El escándalo que se armó! El Director Jefe me llamó y me amenazó con echarme inmediatamente a la calle. ¡Ya estoy fichado!
-Pero, ¿qué decían tus versos? —preguntó Bernard.
-Hablaban de la soledad.

Bernard arqueó las cejas.
-Si quieres, te los recito.
Y Helmholtz empezó:

El comité de ayer
aún suena en mis oídos
cual eco apagado
de lejano zumbido;

flota la medianoche
en la ciudad vacía,
las máquinas paradas
y los rostros dormidos;

desiertos los lugares
donde se apiña la gente...
se juntan los silencios
dulces, tristes, alegres,
y hablan, pero con voces
que yo entender no puedo,
nostalgias de Susana
y de Egeria, sus senos,

ausencia de los brazos,
senos, labios, traseros
forma una presencia;
¿cuál…? Y me pregunto,
¿por qué una esencia absurda?

absurda de vacío, que no es,
de algo hecho de nada,
pero que satura la noche
más que ésta a quien poseo
tan lleno de tristeza.

-Bueno —prosiguió Helmholtz—, les puse estos versos como ejemplo y ellos me denunciaron al Director Jefe.
-No me sorprende —dijo Bernard—. Son precisamente lo opuesto a todas las enseñanzas que se dan durante el sueño. Recuerda que ellos han recibido al menos doscientas cincuenta mil advertencias contra la soledad.
-Lo sé. Pero quería ver el efecto que les causaba.
-Bueno, pues ya lo has visto.
Helmholtz se echó a reír.
-Creo —dijo tras una pausa— que ahora tengo un tema sobre el cual escribir. Me parece que empiezo a poder usar este poder que siento en mí, interno, latente. Siento que está viniendo a mí.

Bernard pensó que, a pesar de todas las contrariedades que enfrentaba, Helmholtz parecía ser muy feliz.

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Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos y fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato más corto o con un título ficticio. El texto arriba es parte del capítulo XII de la novela Un mundo feliz (1932). El título, por supuesto, es una indecorosa intervención.

martes, 10 de abril de 2012

La muerte de Iván Ilich (fragmento)

León Tolstoi

A la hora de costumbre llegó el doctor. Iván Ilich contestó a sus preguntas con monosílabos ― “sí”, “no”― sin apartar de él una mirada rencorosa. Al final, dijo:

-Sabe que no hay remedio; déjeme, pues.
-Podemos aliviar el dolor ―replicó el médico.
-Ni siquiera eso, déjeme.

El doctor salió al salón y explicó a Paskovia Fiódorovna que lo veía muy mal y que solo había un recurso, el opio, para aliviar los dolores, que debían ser espantosos.

Sus sufrimientos morales consistían en que, aquella noche, al mirar la cara somnolienta, bondadosa y de pómulos salientes de Guerásim, se le había ocurrido de pronto: “En realidad, toda mi vida, mi vida consciente, ha sido un engaño”.

Se le ocurrió que lo que antes le parecía completamente imposible, que su vida se hubiera desenvuelto por cauces equivocados, podía ser verdad. Se le ocurrió que las veleidades, apenas perceptibles, de luchar contra lo que los personajes encumbrados consideraban bueno, que al instante se esforzaban en expulsar de sí, podían ser lo auténtico y verdadero, y que todo lo demás podía no serlo. Su profesión, su cargo, la manera como había organizado su vida, la familia, aquellos intereses de la sociedad, todo esto podía ser algo distinto y secundario. Trató de defenderlo ante sí mismo. Y de pronto advirtió la vaguedad de lo que defendía. No había nada qué defender.

“Si esto es así ―se dijo― y me voy de la vida con la conciencia de que destruí cuanto se me había dado, entonces, ¿qué?”. Se acostó boca arriba y se puso a repasar de un modo nuevo toda su vida. Cuando por la mañana vio al lacayo, luego a su esposa, luego a su hija y luego al doctor, cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, venían a confirmar la verdad que por la noche había descubierto. En ellos se veía a sí mismo, veía lo que había constituido su vida, veía que todo eso era una equivocación, un enorme y horrible engaño que no dejaba contemplar ni la vida ni la muerte. La conciencia de que esto era así incrementaba, multiblicaba por diez sus sufrimientos físicos. Gemía, se agitaba y trataba de quitarse la ropa. Le parecía que la ropa lo sofocaba y lo aplastaba. Y esto le hacía sentir odio hacia ellos.
Le dieron una fuerte dosis de opio y quedó amodorrado, pero a la hora de la comida enpezó de nuevo. Mandó a salir a todos; no cesaba de dar vueltas.

Acudió a su mujer y le dijo:
-Jean, querido, hazlo por mí ―“¿Por mí?”, pensó él―. No te causará ningún daño, y a menudo alivia. No significa nada. Y la salud, a menudo…

Él abrió mucho sus ojos.
-¿Qué? ¿Comulgar? ¿Para qué? ¡No hace falta! Aunque, por lo demás…
Ella rompió a llorar
-¿Sí, mi amigo? Le avisaré a nuestro sacerdote; es tan agradable…

Cuando llegó el sacerdote y se hubo confesado, pareció enternecerse. Sintió como un alivio en sus dudas y, a consecuencia de ello, un alivio de sus sufrimientos, y esto le produjo una esperanza momentánea. De nuevo empezó a pensar en el intestino ciego y en la posibilidad de arreglarlo. Tomó la comunión con lágrimas en los ojos. Cuando después de esto lo llevaron a la cama, por un minuto se sintió a liviado y otra vez apareció la esperanza. Empezó a pensar en la operación que le proponían. “Quiero vivir, quiero vivir”, se decía. Su esposa llegó para felicitarlo; le dijo las palabras de rigor y añadió:

-¿Verdad que te encuentras mejor?
Él, sin mirarla, articuló.
-Sí.

La ropa de ella, su complexión, la expresión de su cara, el sonido de su voz, todo decía lo mismo: “No es nada de eso. Todo cuanto fue y es tu vida es una mentira, es un engaño que te impide entender la existencia y la muerte”. Y nada más al pensar en esto se levantó en él el odio, y con el odio vinieron los dolorosos sufrimientos físicos, y con los sufrimientos, la conciencia del fin inevitable y próximo. Se produjo algo nuevo: algo se retorcía dentro de él haciendo difícil su respiración. La expresión de su cara cuando dijo “sí” era espantosa.

Después de pronunciar este “sí” mirando a su esposa a la cara, se volvió con rapidez extraordinaria para su notoria debilidad, y gritó:
-¡Váyanse, váyanse todos, déjenme solo!”

***

En ese momento empezó aquel grito que duró tres días consecutivos, un grito tan horrible que dos habitaciones más allá ya producía espanto. Apenas le contestó a su mujer comprendió que era hombre perdido, que no había vuelta atrás, que había llegado el fin último y que la duda no había sido resuelta, pues la seguía viendo planteada frente a él.

“¡Oh, oh, oh!”, vociferaba en diferentes tonos. Empezaba a gritar: “No quiero” y así seguía, alargando la última “o”.

Durante estos tres días, a lo largo de los cuales no existió para él el tiempo, se estuvo revolviendo en aquel saco negro en que lo metía una fuerza invisible e insuperable. Se debatía como se debate el condenado en manos del verdugo, sabiendo que no había salvación; y a cada minuto se daba cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos para oponerse, se acercaba más a aquello que lo horrizaba. Le atormentaba la idea de asomarse a aquel agujero negro, y todavía más el hecho de que no pudiera entrar en él. Se oponía a ese acto la aceptación de que su vida sí había sido buena. Esta justificación de su vida, que lo aferraba sin dejarlo ir más adelante, era lo que más le atormentaba.

De pronto, una fuerza lo empujó contra el pecho y el costado, impidiéndole respirar; sintó que caía en el agujero y allí, en el fondo, se iluminaba algo. Tuvo la misma sensación que uno tiene cuando va en un vagón de ferrocarril y piensa que avanza cuando en verdad retrocede y, de pronto, se da cuenta de cuál es la verdadera dirección.

“Sí, todo era equivocado ―se dijo― pero no importa. Se puede, se puede hacer ‘lo otro’. ¿Qué es lo otro?”, se preguntó, y entonces se quedó sosegado.

Esto ocurría al final del tercer día, una hora antes de su muerte. En este mismo instante su hijo se acercó sigilosamente a su cama. Él, moribundo, seguía gritando y moviendo desesperadamente los brazos. Su mano tropezó con la cabeza del muchacho. Éste la cogió, se la llevó a los labios y rompió a llorar.

Coincidiendo con ello, Iván Ilich cayó en el agujero, vio la luz y se le reveló en ese momento que su vida había sido una equivocación completa, pero que aún había tiempo para rectificar. Se preguntó qué era “eso” y se calmó, prestando atención. Entonces sintió que alguien besaba su mano. Abrió los ojos y miró a su hijo. Sintió lástima de él. Su esposa se le acercó. La miró. Ella lo miraba con la boca entreabierta y con lágrimas que no se preocupaba de enjuagar, con agua en la nariz y en las mejillas, con una expresión desesperada. Esta visión le produjo pena.

“Sí, los estoy atormentando ―pensó―. Me dan lástima, pero estarán mejor cuando yo me muera”. Quiso decírselos así, mas no tuvo fuerzas para articular las palabras. Señaló con la mirada a su hijo y le pidió a su esposa:

-Llévatelo… Me da pena… Y tú… ―quiso añadir “perdóname”, pero le salió algo confuso y, sin fuerzas para aclararlo, hizo un ademán de renuncia, sabiendo que sería comprendido.

En ese momento se le hizo claro que lo que lo abandonaba y no acababa de salir brotaba de golpe de dos sitios, de diez, de todas partes. Sentía lástima de ellos; tenía que hacer algo para evitar su aflicción. Para evitar los sufrimientos de ellos y de él mismo. “¡Qué bien y qué sencillo!” ―pensó―. ¿Y el dolor? ―se preguntó―. A ver, dolor, ¿dónde estás?”. Prestó atención. “Sí, ahí está. No importa, que siga. ¿Y la muerte? ¿Dónde está? ¿Qué muerte?”. No sentía miedo alguno porque no había muerte.

En vez de la muerte era la luz.
-¡Ahora lo comprendo! ―dijo de pronto en voz alta―. ¡Qué alegría!

Todo esto sucedió para él en un instante, y la significación de ese instante ya no llegó a cambiar. Para los presentes la agonía se prolongó todavía durante otras dos horas. Algo borboteaba en su pecho; su cuerpo, extenuado, se estremecía. Luego el borboteo y los ronquidos se fueron espaciando más y más.

-¡Se acabó! ―dijo alguien sobre él.
Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte ―se dijo―. La muerte no existe”.

Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto.

………………………………
Párrafos finales de la novela publicada en 1886. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras, algunas veces intervenidos mediante la incorporación de un formato corto o de un título ficticio.

martes, 14 de febrero de 2012

La ballena blanca

Extracto del texto de Herman Melville

El tiempo era agradable cuando llegó el turno de mi primera guardia de vigía en la cofa. Este trabajo puede resultar bastante interesante, aunque en ocasiones también puede ser muy monótono, pero es absolutamente necesario para poder observar el mar desde un punto muy alto, al que no pueden llegar los que permanecen en cubierta.

En la mayor parte de los balleneros americanos las cofas son ocupadas casi al mismo tiempo que el navío sale del puerto, incluso aunque se tenga que navegar quince mil millas antes de llegar a la verdadera zona de crucero. Y si al cabo de tres, cuatro, cinco años de viaje el navío se acerca a casa vacío, entonces las cofas siguen ocupadas hasta el final.

Se monta la guardia en las cofas de los tres palos desde el amanecer hasta la puesta del sol, relevándose los marineros por turnos de dos horas, como se hace con el timón.

Durante una campaña ballenera hacia el sur, en viaje de tres o cuatro años, las horas que se pasan de vigía en la cofa suman meses enteros, y hay que tener en cuenta que ese pequeño espacio carece de cualquier condición de habitabilidad o comodidad. El punto más corriente para posarse es la cima del mastelero de juanete, donde hay que sostenerse sobre dos delgados palos paralelos llamados crucetas. Allí, entre la agitación del mar, uno se encuentra tan cómodo como entre los cuernos de un toro.

Cuando hace frío tiene uno que llevar puesto un grueso capote, aunque ni siquiera eso puede calentar a semejante altura y bajo el azote de todos los vientos. Y no se puede colocar un estante ni una cómoda ni un armario alrededor del cuerpo de uno.

Pero hoy en día la pesca de ballena proporciona asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y distraídos, a quienes les enfada la molesta preocupación de la tierra. A cien pies sobre la cubierta, en silencio, cabalgando sobre los palos como si fueran zancos enormes, mientras se observa a los monstruos marinos merodear en torno al barco, se tiene tiempo para pensar. El buque cabecea indolentemente cuando el tiempo es sereno y una gran paz se apodera entonces del espíritu.

Con frecuencia los capitanes de los barcos que no han avistado cetáceos riñen a estos distraídos filósofos, reprochándoles que no tienen suficiente interés en el viaje, casi insinuándoles que están tan desesperadamente perdidos para toda ambición honorable que en el fondo de sus almas preferirían no ver ballenas.

***

Una mañana, al poco tiempo del episodio de la pipa, Ajab subió por el pasillo de la cámara después del desayuno, como es costumbre de la mayoría de los capitanes, que se pasean por la cubierta luego de comer como si andaran por un jardín.

Pronto se oyeron sus pisadas de marfil mientras caminaba de un lado a otro sobre el maderamen, cuyas planchas estaban tan acostumbradas a su paso que estaban todas dentadas como capas geológicas. A cada vuelta que el capitán daba en el palo mayor de la bitácora casi se podía ver como su pensamiento iba y volvía con él, dando pasos al ritmo del marfileño zanco.

-¿Te fijaste, Flask? ―susurró Stubb. El pollo que el capitán lleva dentro está picoteando el cascarón. Ya no tarda en salir.

Pasaban las horas y Ajab, ahora encerrado en su cámara, seguía paseándose con fanática resolución y el ceño fieramente fruncido. Se acercaba el fin del día cuando, de pronto, se detuvo junto a la borda, metió la pata de marfil en un agujero que allí había, se agarró a un obenque y le ordenó a Stubb que llamase a todo el mundo a la popa.

-¡Señor! ―respondió el primer oficial, un poco asombrado de una orden que rara vez se da a bordo, a no ser en circunstancias extraordinarias.
-¡Todo el mundo a popa! ―repitió Ajab―. ¡Ustedes, los de las cofas! ¡Abajo!

Una vez reunida toda la tripulación, que le miraba con ojos no muy tranquilos, porque su rostro tenía un aspecto similiar al del horizonte de barlovento cuando se acerca un huracán, Ajab lanzó una mirada por encima de la borda y luego clavó los ojos en los hombres. Acto seguido reanudó su caminar de arriba abajo, con la cabeza inclinada y el sombrero ladeado entre los murmullos de los marineros. Stubb le susurró a Flask que quizás los había convocado para hacerles escuchar la historia de alguna proeza. Pero, súbitamente, Ajab se detuvo y exclamó:

-¡Muchachos! ¿Qué hacen ustedes cuando avistan una ballena!
-¡Anunciarla! ―respondió al unísono un montón de voces.
-¡Bien! ―respondió Ajab con tono de aprobación―. Y después, ¿qué hacen, muchachos?
-Arriar las balleneras y ¡a la caza!
-Y, ¿cuál es el estribillo que repiten cuando reman?
-¡Ballena muerta o lancha a pique, señor!

A cada respuesta, el rostro del viejo parecía más y más complacido, en tanto que los marineros se miraban entre sí con curiosidad. Ajab dio una vuelta sobre su pata y, agarrándose a otro obenque, les dijo:

-Todos los vigías me han oído dar una orden acerca de una ballena blanca. Pues bien, ¡atención ahora! ¿Ven esta onza española de oro?
E hizo relucir al sol una moneda ancha y brillante.
-Es una pieza de dieciséis dólares, muchachos. ¿La ven? Señor Starbuck, páseme un mazo.

El primer oficial fue a recogerlo, mientras Ajab, silencioso, frotaba la moneda contra los faldones de su chaqueta como para sacarle más brillo todavía, mientras murmuraba entre dientes un sonido inarticulado.

Starbuck le entregó el martillo y Ajab se acercó al palo mayor con el martillo alzado en una mano y la moneda en la otra, y exclamó con voz altísima:
-¡Aquel de ustedes que descubra una ballena blanca, con la fente arrugada y la mandíbula torcida, con tres agujeros en la aleta de estribor de la cola, se lleva esta onza de oro, hijos míos!
-¡Viva! ―gritaron los marineros, tirando al aire sus sombreros mientras el capitán clavaba la moneda en el palo mayor.
-He dicho una ballena blanca ―continuó Ajab tirando el martillo-.
Agucen los ojos, hijos míos. Tan pronto, como vean un chorro blanco, una burbuja, ¡avísenme!

Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg habían estado contemplándolo con más interés que los demás. Al oír la descripción de la ballena dieron un salto, como si a cada uno de ellos se le despertara un recuerdo.

-Capitán ―dijo Tashtego―. Esa ballena blanca debe ser la que algunos llaman Moby Dick, ¿no es verdad?
-¿Moby Dick? ―gritó Ajab―, ¿conocen ustedes a la ballena blanca? ¿Eh, Tash?
-¿Mueve la cola de una manera especial antes de sumergirse, señor? ―preguntó Tashego, que era oriundo de Gay-Head.
-Y ¿no tiene también un surtidor raro? ―inquirió Daggoo a su vez―. ¿Muy espero para un cachalote? ¿Y enormemente rápido, capitán?
-Y tiene... ―gritó Queequeg―, varios arpones en la piel, todos retorcidos y tuertos como el… como el... ―y movía su extraña lengua, que apenas le bastaba para dar la sensación de lo que quería describir.

-¡Como un sacacorchos, sí! Sí, Queequeg, los arpones los tiene clavados y retorcidos. Sí, Daggoo, el surtidor es enorme como una gavilla de trigo y blanco como una pila de lana lavada de Nantucket. Sí, Tashtego, abanica con la cola como un foque al que el viento le ha roto la escota... ¡Sí, con mil demonios! ¡Ésa es Moby Dick, chicos! ¡Moby Dick!
-Capitán ―dijo Starbuck, quien hasta entonces se había limitado con los otros dos oficiales a contemplar a su superior con creciente sorpresa―.Capitán, he oído hablar de Moby Dick, pero... ¿acaso no fue Moby Dick la que le arrancó a usted la pierna, señor?
-¿Quién te dijo eso? Sí, Starbuck, sí, hijos míos, fue Moby Dick la que me desarboló. A Moby Dick le debo este muñón muerto sobre el que ahora me sostengo. ¡Sí, sí! ―añadió en un sollozo terrible, casi animal―. ¡Sí! ¡Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó, la que me dejó inválido, la que me hizo un marinero pata de palo para toda mi vida!

Alzó los dos brazos al aire:
-Sí, y la he de perseguir más allá del Cabo de Hornos y más allá del de Buena Esperanza, más allá del Maelstron de Noruega, y más allá de los fuegos del infierno antes de renunciar a atraparla. Y para eso es que se han embarcado ustedes, muchachos, para perseguir a la ballena blanca por ambos hemisferios si es preciso, y por todos los rincones del universo hasta que lance sangre negra por el surtidor y flote panza arriba. De modo que, hijos míos, ¿queda cerrado el trato? Me parece que son ustedes un montón de valientes, ¿o no?
-¡Sí, sí! ―gritaron los arponeros y los marineros acercándose al viejo―. ¡Ojos vigilantes para la ballena blanca! ¡Un arpón bien afilado para Moby Dick!

***

-Vengarse de una bestia irracional ―dijo Starbuck―, que le atacó simplemente porque así se lo mandaba su instinto, ¡eso es una locura! ¡Eso parece una blasfemia, capitán!
-Cállate muchacho. Escúchame: Todos los objetos visibles no son más que máscaras de cartón. ¡Si el hombre golpea, que golpee a través de la máscara! ¿Cómo puede llegar al exterior un prisionero sino atravesando la pared? Para mí la ballena blanca es esa pared, una muralla que me rodea. Algunas veces creo que detrás de ella no hay más nada. Pero me aprieta, me ahoga, veo en ella una potencia enorme, fortalecida por una malicia inescrutable. Esa cosa inescrutable es lo que odio más, ya sea la ballena blanca el agente o el origen, sobre ella descargaré todo mi odio. ¡Ah, no me hables de blasfemias! Yo le pegaría al mismo sol, si me ofendiera. ¿Quién está por encima de mí? La verdad no tiene límites. ¡Aparta tu vista! Más intolerable que la mirada de los enemigos es la mirada estúpida. Pero tranquilízate. Te sonrojas y palideces. Mi calor ha derretido hasta el brillo de tu cólera. No deseo que te molestes. No quise enfadarte ni ofenderte. Mira la tripulación. ¿No están todos de mi parte en este asunto de la ballena blanca? Mira a Stubb, ¡se está riendo! Mira a ese chileno, ¡resopla nada más que de pensar en eso! Porque, ¿de qué se trata? De llevar algo hasta el final, nada de proezas. No es más que darle un golpe a una aleta. Estoy seguro que el mejor arpón de Nantucket no se va a echar atrás. Ah, ya veo que está confundido, te levanta la ola. ¡Hable, habla pues! Ya lo ves: es tu silencio el que habla por ti.
-¡Que Dios me guarde y a todos nosotros también! ―murmuró Starbuck.

Ajab no pareció oír aquellas últimas palabras, ni tampoco la risa ahogada que se oía en la cubierta, ni la voz del viento en el aparejo.

-¡Traigan la jarra! ―gritó Ajab.

Y al recibir en sus manos la jarra de peltre llena hasta rebosar se volvió hacia los arponeros y les ordenó sacar sus armas. Los alineó luego ante sí, junto al cabrestante, con los arpones en la mano, mientras que sus tres oficiales lo rodeaban con sus lanzas y el resto de la tripulación los observaba, y se quedó plantado mirando con ojos penetrantes a cada uno de sus tripulantes.

-¡Bebe y pásalo! ―ordenó entregando la jarra al marinero más próximo―. Por ahora, solo la tripulación. ¡Que corra! Tragos breves, muchachos, porque es más fuerte que la pezuña de Satanás. Así. ¡Así va bien! Circula magníficamente. El licor se mueve en espiral dentro de ustedes y luego sale hacia afuera por los ojos aguzados como los de las serpientes. ¡Bien hecho! Casi está seco. Así se traga de un golpe y desaparece la vida que rebosa. ¡Cocinero, vuelve a llenar la jarra!

Y siguió:
-¡Escúchenme, mis valientes! Los he reunido aquí a todos, junto a este cabrestante: arponeros, oficiales y tripulación. Vamos a ver. Formen un círculo en torno nuestro para que yo pueda revivir una de las más antiguas costumbres de mis antepasados pescadores. ¡Ah, muchachos, ya verán cómo! A ver, chico, ¿ya estás de vuelta? Dámelo. Vamos, la jarra ya está llena otra vez a rebosar.

-Ustedes, los oficiales, crucen las lanzas delante de mí. ¡Muy bien! Déjenme tocar el pecho ―y al decir esto juntó las lanzas, dándoles una fuerte sacudida y mirando a Starbuck. Pasó luego la mirada a Flask y a Stubb, como si quisiera llenarlos de la misma emoción que lo animaba a él.

Obedecieron en silencio, quedando los tres plantados con los hierros de los arpones, de unos tres pies de largo, sosteniéndolos de punta ante él.

-Y ahora, ustedes, los coperos, avancen. Agarren los hierros y sosténganlos mientras les lleno las copas ―y procedió a hacerlo con el ardiente líquido de la jarra.
-Así, tres para tres. ¡Entreguen los cálices asesinos! ¡Esto ya está hecho! ¡El sol no espera más que a santificarlo para hundirse en el horizonte! Beban. Beban y juren: ¡Que muera la ballena blanca! ¡Muera Moby Dick! ¡Que Dios nos cace a nosotros si nosotros no cazamos a Moby Dick?

Los vasos se alzaron y, entre gritos y maldiciones contra la ballena blanca, los líquidos fueron bebidos simultáneamente.

***

Yo, Ismael, formaba parte de aquella tripulación; mis gritos se habían alzado junto a los de los demás, mis juramentos se habían fundido con los suyos y, debido al terror de mi alma, grité más alto y juré más fuerte. Me llenaba un sentimiento salvaje y místico de conmiseración. Parecía mío el odio implacable de Ajab. Escuché con avidez la historia de aquel monstruo contra el que habíamos jurado venganza o muerte.

Durante mucho tiempo, aunque solo a intervalos, la solitaria y arisca ballena blanca había recorrido los mares sin civilizar por los que solían navegar los cazadores de cachalotes. Pero no todos conocían su existencia. Solamente unos pocos balleneros la habían visto y un número todavía menor le había dado batalla realmente. Ello se debía al modo desordenado en que se repartían por la circunferencia acuática los barcos balleneros, muchos de los cuales proseguían temerariamente su faena por yermas latitudes, de tal manera que nunca o rara vez encontraban un barco que les diese noticia alguna.

Es cierto que hubo diversos buques que dieron cuenta de haberse topado en tal o cual meridiano con un cachalote de tamaño y astucia fuera de lo corriente, que luego de dejar mal parados a sus atacantes se les había escapado arteramente, y para algunos resultaba lógico que aquélla debía ser Moby Dick.

Pero la ferocidad no era extraña en los cachalotes, por lo que no resultaba fácil decir si había sido o no la famosa ballena con la que se habían topado. Y en cuanto a los que, teniendo ya noticias sobre ella, la encontraron por casualidad, casi todos se habían lanzado al principio a darle caza tan arriesgada y temerariamente como a cualquier otra ballena de su género. Estos ataques trajeron desastres entre ellos, como brazos rotos, tobillos torcidos y miembros amputados, e incluso en ocasiones accidentes mortales. Por ello, todas las noticias resultaban confusas y casi siempre contradictorias.

A pesar de ello, los rumores de todo tipo no dejaron de aumentar y hacer más horrorosa la verdadera historia de estos encuentros. Los rumores fabulosos crecen naturalmente, como hongos en el árbol herido, pero en la vida marítima, así como el mar sobrepasa a la tierra, así las pesquerías de ballenas sobrepasan a cualquier otra clase pesca. Y el ballenero, solo en aguas tan remotas que aunque navegase mil millas jamás avistaría una chimenea, está más presto a alimentar su fantasía.

También había cosas prácticas que influían en el caso. No ha desaparecido de la mente de los balleneros el primitivo prestigio de que el cachalote es pavorosamente distinto de los demás ballenáceos y mucho más temible, incluso, que la feroz ballena franca o de Groenlandia, aunque son muchos los cazadores de ballenas que nunca se han enfrentado a los cachalotes, que viajan sumergidos y no pueden ser vistos a menos que se les vea salir y lanzar un chorro de agua.

Incluso la ciencia ha cimentado el miedo. Naturalistas como Olassen y Polvenson declaran que el cachalote no solo es el terror de los mares, sino que es tan increíblemente feroz que está siempre sediento de carne humana. Y en su Historia Natural, el barón Curvier afirma que, ante la vista del cachalote, todos las criaturas, incluidos los tiburones, “son heridas por el más vivo de los terrores”. Otros estudiosos dan cuenta de la capacidad del cetáceo de recorrer enormes distancias, viajando de norte a sur y por mares inexplorados.

Así, sobrecogidos por los rumores, muchos veteranos pescadores recordaban que a veces resultaba difícil convencer a los balleneros con larga práctica en la caza de la ballena franca a que se aventurasen a la cacería del cachalote.

Ante la experiencia real y viva de los hombres, no sorprende que algunos balleneros hayan ido más lejos en su superstición en lo que respecta a Moby Dick. Una de las leyendas que se atribuían a la mente crédula de los marinos era que la ballena blanca era ubicua, es decir, se encontraba en varios puntos distintos a la vez.

No solamente era su corpulencia lo que le distinguía de los demás cachalotes, sino también una frente arrugada y una blancura de nieve, además de la alta y piramidal joroba blanca. Y también sus traidoras retiradas cuando se la perseguía, pues más de una vez se la había visto, cuando nadaba huyendo de sus perseguidores, volverse súbitamente y caer sobre ellos para destrozar sus lanchas.

Por otra parte, los arpones que llevaba clavados eran motivo de especulación. Es cosa perfectamente conocida, tanto entre los balleneros ingleses como entre los norteamericanos, que se habían capturado al norte del Pacífico ballenas que llevaban clavadas puntas de arpones lanzados en Groenlandia.

Y tampoco escapaba a los marinos la certeza de que el intervalo entre encontrarlos y el momento en que recibieron la herida no podía exceder de muchos días.

Familiarizado con semejantes prodigios no explicados, no es de extrañar pues, que, sabiendo que Moby Dick había escapado viva después de repetidos ataques, fueran más allá en sus supersticiones, suponiendo que Moby Dick no solamente era ubicua, sino inmortal, y que seguiría nadando viva aunque se le clavaran en los flancos bosques enteros de arpones, y que si alguna vez se le llegaba a ver lanzar sangre por su surtidor, eso no sería más que una alucinación, pues no tardaría en verse otro surtidor, blanco e inmaculado, brotando a muchas leguas de distancia.

Su caza había dado ya lugar a numerosas muertes. Calcúlese, pues, la furiosa ira que se apoderaba de sus cazadores cuando salían nadando de entre los destrozados restos de sus lanchas y los miembros arrancados de sus compañeros muertos.

Con tres lanchas desfondadas y los hombres debatiéndose entre las olas, había habido un capitán que, cogiendo el cuchillo de cortar el cable de su proa deshecha, se había lanzado sobre la ballena tratando de arrancarle la vida con un arma de sólo seis pulgadas. Aquel capitán había sido Ajab, y fue entonces cuando, con su mandíbula en forma de guadaña, le había segado la pierna Moby Dick.

No era, pues, de extrañar que desde aquel instante, un salvaje deseo de venganza contra la ballena blanca se hubiera metido en el espíritu del capitán, tanto más cuanto que no solamente le achacaba la pérdida de su pierna, sino también el desánimo, la enfermedad anímica que desde entonces lo aquejaba.

A esa causa se podía atribuir su innegable locura durante la travesía, así como la sombría melancolía que lo dominara hasta el mismo momento de hacerse a la mar en el Pequod.

Teníamos entonces a aquel anciano canoso e impío persiguiendo con sus maldiciones a una ballena como la que tragó a Jonás por todo el inmenso océano, y al frente de una tripulación constituida por mestizos renegados, parias y salvajes, en la que solamente la virtud de Starbuck, la indiferencia y despreocupación de Stubb y la total mediocridad de Flask ponían una nota de sensatez. Dicha tripulación parecía reclutada y reunida por alguna fatalidad infernal para ayudarle en su monomaníaca venganza.

Ya he dicho lo que la ballena significaba para Ajab, pero, ¿y para mí? Aparte de las características peligrosas del animal estaba su blancura, que era lo que más me aterraba, ya que si bien en muchos objetos la blancura contribuye a aumentar su belleza, como en los mármoles, a mí me producía una extraña sensación de desasosiego.

¿Qué hay tan inquietante en un hombre albino como para que, a veces, hasta su misma familia lo rechace? Pues precisamente esa blancura. El albino es como los demás y, sin embargo, su simple aspecto, su blancura, le hace molesto a los ojos de la gente. ¿Por qué? Y también, ¿por qué a los fantasmas se les atribuye una blancura que contribuye a aterrorizar a los que en ellos piensan? ¿Tal vez por su parecido a alguien envuelto en un sudario?

El espanto encapuchado que aparece en los mares del sur ha sido denominado Borrasca Blanca. Y, ¿cómo explicar que el mar Blanco produce en la mente una impresión tan espectral, en tanto que el mar Amarillo nos mece con una sensación de seguridad? Por todas estas cosas, la ballena blanca venía a ser un símbolo de algo muy desagradable para mí. 
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Versión condensada de los capítulos XXXV, XXXVI y XLI de la novela Moby Dick, 1851.