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martes, 15 de septiembre de 2015

Imago

Rafael Cadenas

Cuando un rostro se vuelve amenazante, lo desdibujo pacientemente.

Empiezo por sus líneas, después me dedico a las sombras y dejo para el final sus sutiles celadas. Sólo trato de desarmar la figura.

Hay que impedir que mire desde su centro dinámico, quitarle ese halo de imán que desquicia, volverlo una mancha.

De noche practico esta cautela. Me acerco al rostro, recuerdo todos los incidentes, tomo un trapo húmedo, ordinario, maligno, con el que deshago suavemente el dibujo.

Cuando el cielo vuelve a ser blanco ya no queda nada.

No destruyo el rostro; lo suavizo y me pliego. Aprendo a convivir con él.

Es el recurso basto de quien exagera todas las líneas.

No es un trabajo fácil. Requiere un gran desasimiento. El apego, el apego es el enemigo. Con sus gomas alocadas da que hacer. Produce anexiones, pueriles violencias, enrarecimiento del aire.

Uso un procedimiento rudimentario, el que está a mi alcance, pues soy tosco.

Tuve que idear este método, extraño a mi ser, en una difícil época. Fue al término de una crisis.

Acababa de dejar la cáscara. La imaginación se había agotado. Sólo quedaban los objetos, los firmes objetos.

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De Falsas maniobras, 1966.

martes, 20 de enero de 2015

Animula vagula, blandula

Marguerite Yourcenar

Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. 

La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida.

Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica. Para estudiarla en toda su pureza, los filósofos hacen sufrir a la realidad casi las mismas transformaciones que el fuego o el mortero hacen sufrir a los cuerpos; en esos cristales o en esas cenizas nada parece subsistir de un ser o de un hecho tales como los conocimos. Los historiadores nos proponen sistemas demasiado completos del pasado, series de causas y efectos harto exactas y claras como para que hayan sido alguna vez verdaderas; reordenan esa dócil materia muerta, y sé que aun a Plutarco se le escapará siempre Alejandro.

Los narradores, los autores de fábulas milesias, hacen como los carniceros, exponen en su tabanco pedacitos de carne que las moscas aprecian. Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera. La observación directa de los hombres es un método aún más incompleto, que en la mayoría de los casos se reduce a las groseras comprobaciones que constituyen el pasto de la malevolencia humana. La jerarquía, la posición, todos nuestros azares, restringen el campo visual del conocedor de hombres.

En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal, es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo alto mi propia vida, que se convierte así en la vida de otro. Pero estos dos medios de conocimiento son difíciles; el uno exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo. Llevado por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera rutina, una idea de mi vida parcialmente modificada por la imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo otros, y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi destino de hombre.

El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la presencia de una persona, pero su forma está casi siempre configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se confunden como una imagen reflejada en el agua. 

No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aun en la mía propia; quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y modificándose por la acción lo que constituye la diferencia entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos, justificarlos ante mí mismo. 

De todas maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma. El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los hechos, apenas si es más distinta, y la sucesión de los acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños.

De pronto mi vida me parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil —por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. 

Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.


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Extracto de trechos del primer capítulo del Memorias de Adriano (1951).

martes, 6 de enero de 2015

Ventana sobre la utopía

Eduardo Galeano

―Ella está en el horizonte ―dice Fernando Birri―. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca, nunca la alcanzaré.

   ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar.

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Publicado en Ventanas, 2013.

martes, 8 de julio de 2014

Deseo

Por Andrés Rojas
La miré frente a mí y no tuve más remedio que dejarme llevar por sus encantos. Las paredes aullaban olvido y abandono. Las cortinas roídas y polvorientas aún coqueteaban con fuerza bajo el intenso rojo de su tela...


LEER EL TEXTO COMPLETO

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Publicado por Cultura Colectiva el 12-7-2013

http://culturacolectiva.com/deseo/

martes, 3 de junio de 2014

La nebulosa de Andrómeda (fragmento)

Ivan Antonovich Efremov

El cosmopuerto estaba dotado de un potente televisófono y de una gran pantalla hemisférica. Ren Boz entró en la estancia, redonda y silenciosa. El operario de guardia movió, con un chasquido, la palanquilla del conmutador y señaló a la pantalla lateral de la derecha, donde había aparecido Yuni Ant lleno de agitación. Éste examinó atentamente al físico y, comprendiendo la causa de la ausencia de Dar Veter, saludó a Ren Boz con una inclinación de cabeza.

—Estamos efectuando, fuera de programa, la escucha-búsqueda en la anterior dirección y con bandas de onda 62/77. Alce el embudo de la emisión dirigida y oriéntelo hacia el Observatorio. Voy a lanzar el rayo vector, a través del Mediterráneo, directamente sobre El Homra —Yuni Ant miró a un lado y añadió—: ¡Pronto!

Ren Boz, experto en manipulaciones de recepción, hizo en dos minutos lo que le pedían. En el fondo de la pantalla hemisférica surgió la imagen de una gigantesca Galaxia. Los dos hombres de ciencia reconocieron, sin ningún tipo de dudas, la Nebulosa de Andrómeda o M-31, conocida desde tiempos remotos.

En su espira exterior más próxima al espectador, casi en el centro del disco lentiforme —en perspectiva— de la inmensa Galaxia, encendióse una lucecilla. De allí partía un sistema estelar que parecía un minúsculo hilillo de lana y era sin duda una rama colosal de cien parsecs de longitud. 

La lucecilla empezó a aumentar de tamaño al mismo tiempo que el «hilillo», mientras la Galaxia desaparecía, desvaneciéndose fuera del campo visual. Un torrente de estrellas rojas y amarillas se expandió por la pantalla. La lucecilla se convirtió en un pequeño círculo luminoso que brillaba en el más lejano extremo de la corriente estelar. De ésta se separó una estrella anaranjada, de la clase espectral K, en torno a la cual empezaron a girar los puntos apenas perceptibles de sus planetas. El circulillo luminoso cubrió por completo uno de ellos. Y de pronto, todo aquello comenzó a girar en un torbellino rojo, de líneas sinuosas, del que saltaban chispas. Ren Boz cerró los ojos...

—Una ruptura —explicó Yuni Ant desde la pantalla lateral—. Le he mostrado las observaciones del mes pasado en grabación de máquinas mnemotécnicas. Voy a transmitirle ahora la recepción directa.

Las chispas y las líneas rojo oscuras continuaban girando en la pantalla.

—¡Extraño fenómeno! —exclamó el físico—. ¿Cómo se explica usted esa ruptura?

—Aguarde. Ahora se reanuda la transmisión. Pero ¿qué le parece extraño?

—El espectro rojo de la ruptura. En el de la Nebulosa de Andrómeda hay un desplazamiento violáceo, lo que indica que ella se aproxima hacia nosotros.

—La ruptura no tiene ninguna relación con la nebulosa. Es un fenómeno local.

—¿Cree usted casual el que su estación emisora esté situada al extremo mismo de la galaxia, en una zona todavía más alejada de su centro que la zona del Sol lo está del centro de nuestra Vía Láctea?

Yuni Ant envolvió a Ren Boz en una escéptica mirada. —Usted está dispuesto a discutir en cualquier momento, olvidando que la nebulosa de Andrómeda nos habla desde una distancia de cuatrocientos cincuenta mil parsecs.

—¡Es verdad! —repuso turbado Ren Boz—. Y mejor sería decir que desde una distancia de un millón y medio de años luz. El mensaje fue lanzado hace quince mil siglos.

—¡Y nosotros estamos viendo ahora lo que fue enviado mucho antes de la época glaciar y de la aparición del hombre en la Tierra! —agregó Yuni Ant, ya bastante más calmado.

Las líneas rojas aminoraron su girar, la pantalla se apagó y volvió a encenderse de pronto. A la pálida luz, se columbraba apenas una llanura en penumbra. Diseminadas por ella había unas construcciones extrañas con forma de hongo. Cerca del límite anterior de la parte visible brillaba con fríos fulgores un círculo azul gigantesco, en consonancia con la llanura, cuya superficie sin duda era metálica. Exactamente sobre el centro del círculo pendían, uno sobre otro, dos grandes discos biconvexos. No, no pendían, se elevaban lentamente a una altura cada vez mayor. La llanura desapareció y en la pantalla quedó solamente uno de los discos, más convexo por abajo que por arriba, con gruesas espirales en ambas caras.

—¡Son ellos!... ¡Ellos mismos!... —gritaron los dos científicos al unísono al comprobar la semejanza de aquella imagen con las fotografías y diseños del espirodisco hallado por la 37a. expedición en el planeta de la estrella de hierro.

Un nuevo torbellino de líneas rojas, y la pantalla se apagó. Ren Boz esperaba, temeroso de apartar de allí, ni un segundo, la mirada... ¡La primera mirada humana que se posaba en la vida y el pensamiento de otra galaxia! Pero la pantalla no volvió a iluminarse. En un panel lateral del televisófono resonó la voz de Yuni Ant:

—La comunicación se ha cortado. No es posible seguir gastando energía terrestre en espera de la continuación. ¡Todo el planeta se conmoverá! Hay que pedir al Consejo de Economía que se duplique la frecuencia de las recepciones fuera de programa; pero esto, después del envío del Cisne, no será posible antes de un año. Ahora sabemos que la astronave de la estrella de hierro procede de allí. Sin el hallazgo de Erg Noor, no habríamos comprendido nada de lo visto.

—¿Y ese disco vino de allá? ¿Cuánto tiempo estaría volando? —preguntó Ren Boz, como si hablase consigo mismo.

—Después de la muerte de su tripulación, estuvo vagando cerca de dos millones de años por el espacio que separa a las dos galaxias —repuso severo Yuni Ant— hasta que encontró refugio en el planeta de la estrella T. Por lo visto, estas astronaves están construidas de manera que pueden tomar tierra automáticamente, aunque ningún ser viviente haya tocado sus mandos desde milenios antes. —Tal vez ellos vivan mucho tiempo...

—Pero no millones de años. Eso es contrario a las leyes de la termodinámica —replicó fríamente Yuni Ant—. Además, pese a sus colosales dimensiones, el espirodisco no podía llevar en sus entrañas todo un mundo de personas... de seres pensantes... No, por el momento, nuestras galaxias no pueden llegar la una a la otra ni intercambiar comunicaciones.

—Pero podrán —dijo con firmeza Ren Boz. Y luego de despedirse de Yuni Ant, volvió al campo del cosmopuerto.

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Novela publicada en 1973. Esta traducción la bajé de Internet y no estoy muy segura de que contenga el fragmento completo. Me disculpo por eso. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar clásicos de la literatura universal que se me ocurrió en 2010, cuando leí un hashtag de Twitter con el que la gente tuiteaba cuentos o minicuentos.

martes, 15 de octubre de 2013

Los animales y la moral

Friedrich Nietzche

Las prácticas que se exigen en una sociedad refinada —precaverse de todo lo ridículo, extravagante y pretencioso  reprimir tanto las virtudes como los deseos violentos; ser ecuánime; someterse a las reglas; empequeñecerse— en cuanto moral social, se dan hasta en esa escala más inferior del reino animal. 

Precisamente en esa escala más inferior descubrimos las ideas que se esconden tras la capa de todas esas amables reglamentaciones: se trata de escapar de los perseguidores y de resultar favorecido en la captura del botín. 

Por eso los animales aprenden a dominarse y a disfrazarse hasta el punto de que algunos llegan a adoptar el color de las cosas que les rodean (en virtud de las llamadas «funciones cromáticas»), a simular que están muertos, a adquirir la forma y el color de otros animales, o la apariencia de la arena, de las hojas, de los líquenes o de las esponjas (eso que los naturalistas ingleses llaman mimicry: mimetismo).

De igual forma, el individuo se esconde tras la universalidad del término genérico «hombre» o se confunde con la «sociedad», o se adapta plenamente a la forma de ser de los príncipes, las castas, a los partidos o a las opiniones de su época y de su país. Todas estas formas sutiles de aparentar felicidad, agradecimiento, poder o amor tienen su equivalencia en el reino animal. 

También comparte el hombre con el animal el sentido de la verdad, el cual, en última instancia, se reduce al sentido de la seguridad; procurar no dejarse engañar o confundir por uno mismo; escuchar con recelo las voces de nuestras pasiones; dominarse y desconfiar de uno mismo; todo eso es entendido de igual forma por el animal que por hombre: también en aquél el autodominio nace del sentido de la realidad, de la prudencia.

Del mismo modo, el animal observa los efectos que produce la imaginación de los demás animales, aprende a a dirigir su mirada sobre sí mismo, a considerarse objetivamente y, en cierta medida, a autoconocerse.

El animal aprecia los movimientos de sus enemigos y de los seres a los que puede considerar amigos, y llega a obtener un conocimiento minucioso de las particularidades de uno y de otro. Renuncia, de una vez por todas, a enfrentarse con los ejemplares de una determinada especie, y al acercarse a ciertas especies de animales, adivina sus intenciones pacíficas o bélicas.

Los orígenes de la justicia, de la templanza, de la valentía —en una palabra, de todo lo que designamos como virtudes socráticas— están en los animales. Tales virtudes son una consecuencia de los instintos que llevan a buscar el sustento y a escapar de los enemigos.

Por lo tanto, si consideramos que todo lo que ha hecho el hombre superior ha sido elevar y refinar la calidad de sus alimentos y la idea de lo que considera contrario a su naturaleza, habremos de concluir que el fenómeno moral es algo que afecta a todo el reino animal.

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De Aurora, 1881.

domingo, 6 de octubre de 2013

En los escalones de la iglesia

Gibran Jalil Gibran

Ayer al atardecer, en los escalones de mármol de la Iglesia vi a una mujer sentada en medio de dos hombres. Una de las mejillas de la mujer se hallaba pálida, y la otra, ruborizada.

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De El loco, 1918.

martes, 24 de septiembre de 2013

El viaje

Eduardo Galeano

Oriol Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien.

Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.

Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje.

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De Ventanas (antología), Caracas, 2012.

martes, 30 de julio de 2013

Que no le pase la vida vida inútilmente

Marina Colasanti

Hace 30 años que permanecía en la ventana. En la ventana comía, en la ventana bebía, en la ventana vivía.

En la ventana, encajados los pechos en una moldura de brazos y carnes, dormitaba brevemente, rápido caer de la cabeza que luego volvía a levantarse.

Nada había para ver en aquella calle. Nada pasaba.

Pero ella quería estar segura de que, cuando al fin sucediera, sería la primera en verlo: un hecho vivo pescado con el arpón de su vigilia.

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De Contos de amor rasgado, 1986. Traducción libre. He blogueado varios cuentos de este libro, uno de mis favoritos en todo sentido. Espero que la autora no me bloquee... ¡o me demande!

martes, 9 de julio de 2013

Los juegos del placer

Marguerite Yourcenar

Por primera vez, Egon se ha enamorado. Jeanne recuerda los tiempos en que él se vanagloriaba de no sentir, por sus ocasionales amantes de una hora, más que vaga benevolencia y, a veces, una leve compasión o un fondo de antipatía, neutralizado de momento por los juegos del placer. Amar le parecía un don de sí en el que no entraba la voluptuosidad o, más bien, solo desempeñaba un papel insignificante, el de satisfacer al que se ama o proporcionar a los dos amantes la prueba de que están completamente unidos. Él, según decía, a quien amaba era a Jeanne.

Le hubiera parecido inútil tratar de amar al compañero de una noche. Ella se lo censuraba, en ocasiones, cuando hablaban libremente de todas estas cosas, por establecer así una línea de demarcación entre el otro y él; ese rechazo le parecía responder a una especie de puritanismo, a la necesidad de aislar de su vida a tal ser o tal gesto a los que, no obstante, hubiera renunciado de buen grado. Ahora Egon era presa, como qualquier otro, del duro amor, y esa pasión iba dirigida a una persona que ella no comprendía ni amaba. «A veces me sorprende. Apruebo su afán de experimentar con los sentidos. Durante toda mi vida he estado buscando un bello objeto como éste, enteramente hecho de carne». ¿Franz, es de verdad eso que dice Egon? Jeanne se pregunta cómo unas preferencias en sí mismas triviales, casi indiferentes y a menudo disipadas tras los primeros deseos de la adolescencia, se convierten para ciertos seres en un modo de vivir y de pensar más importante que la vida misma, en una forma de liberación o, por el contrario, de esclavitud, o ambas cosas alternativamente. ¿Hay en ello esa necesidad de exceso, esa fiebre de ir hasta el final de uno mismo, semejante a la del hombre rico que se agota por querer serlo aún más, del artista que se mata por su obra, del místico que se destruye para poseer mejor a Dios? ¿Y ella? ¿No es ella también la víctima de una suerte de delirio lúcido? Egon la ha liberado y encadenado al mismo tiempo.

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Fragmento de la novela ¿Qué? La eternidad, 1988.

martes, 11 de junio de 2013

El amor de su vida

Marina Colasanti

Amaba la muerte. Pero no era correspondido.
Tomó veneno. Se lanzó desde altos puentes. Aspiró gas. Ella siempre lo rechazaba, negándole el anhelado abrazo.
Cuando finalmente desistió de aquel amor y se entregó a la vida, la muerte, celosa, le hizo estallar el corazón.

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De Contos de amor rasgados, 1986. Traducción libre.

martes, 14 de mayo de 2013

6 de diciembre

Goethe

Su imagen me persigue: que duerma o que vele, ella sola llena toda mi alma. Cuando cierro los párpados, en el cerebro, donde se encuentra la potencia de la vista, distingo claramente sus ojos negros. Es imposible que te explique esto. Me duermo y los veo también: siempre están allí, siempre fascinadores como el abismo. Todo mi ser, todo, está absorto por ellos. ¿Qué es, pues, el hombre, ese semidiós tan ensalzado? ¿No le faltan las fuerzas cuando más las necesita? Y cuando bate sus alas en el cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?

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Fragmento o pequeña epístola de la maravillosa novela-compilación Las desventuras del joven Werther (1776), que tanto me impactó al leerla al final de mi adolescencia.

miércoles, 24 de abril de 2013

C’est tellement petit, chez moi!

Chapitre III, Le petit prince

Antoine de Saint-Exupéry

Il me fallut longtemps pour comprendre d’où il venait. Le petit prince, qui me posait beaucoup de questions, ne semblait jamais entendre les miennes. Ce sont des mots prononcés par hasard qui, peu à peu, m’ont tout révélé. Ainsi, quand il aperçu pour la première fois mon avion (je ne dessinerai pas mon avion, c’est un dessin beaucoup trop compliqué pour moi) il me demanda :

—Qu’est ce que c’est que cette chose-là?

—Ce n’est pas une chose. Ҫa vole. C’est un avion. C’est mon
avion.

Et j’étais fier de lui apprendre que je volais. Alors il s’écria:

—Comment! tu es tombédu ciel!

—Oui, fis-je modestement.

—Ah! ça c’est drôle...

Et le petit prince eut un très joli éclat de rire qui m’irrita beaucoup. Je désire que l’on prenne mes malheurs au sérieux. Puis il ajouta:

—Alors, toi aussi tu viens du ciel! De quelle planète es-tu?
J’entrevis aussitôt une lueur, dans le mystère de sa présence, et j’interrogeai brusquement:

—Tu viens donc d’une autre planète?

Mais il ne me répondit pas. Il hochait la tête doucement tout en regardant mon avion:

—C’est vrai que, là- dessus, tu ne peux pas venir de bien loin...

Et il s’enfonça dans une rêverie qui dura longtemps. Puis, sortant mon mouton de sa poche, il se plongea dans la contemplation de son trésor.

Vous imaginez combien j’avais pu être intrigué par cette demi-confidence sur «les autres planètes». Je m’efforçai donc d’en savoir plus long:

—D’où viens-tu mon petit bonhomme? Où est-ce «chez toi»? Où veux-tu emporter mon mouton?

Il me répondit après un silence méditatif:

—Ce qui est bien, avec la caisse que tu m’as donnée, c’est que, la nuit, ça lui servira de maison.

—Bien sûr. Et si tu es gentil, je te donnerai aussi une corde pour l’attacher pendant le jour. Et un piquet.

La proposition parut choquer le petit prince:

—L’attacher? Quelle drôle d’idée!
—Mais si tu ne l’attaches pas, il ira n’importe où, et il se perdra...

Et mon ami eut un nouvel éclat de rire:

—Mais où veux-tu qu’il aille!

—N’importe où. Droit devant lui...

Alors le petit prince remarqua gravement:

—Ca ne fait rien, c’est tellement petit, chez moi!

Et, avec un peu de mélancolie, peut-être, il ajouta:

—Droit devant soi on ne peut pas aller bien loin...

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La novela corta El principito fue publicada en EEUU en 1943 y en Francia en 1946. #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos y fragmentos o extractos de obras. 

martes, 9 de abril de 2013

La inspiración

(fragmento de Un mundo feliz)

Aldous Huxley

A aquella hora Bernard dormía profundamente y sonreía en el particular paraíso de sus sueños. Pero, inexorablemente, cada treinta segundos, la manecilla del reloj eléctrico colgado sobre su cama saltaba hacia delante, haciendo un chasquido casi imperceptible. Clic, clic, clic, clic...

Y llegó la mañana. Bernard estaba de nuevo entre las miserias del espacio y del tiempo. Cuando iba en taxi a su trabajo en el Centro de Condicionamiento estaba de un ánimo deplorable. La embriaguez del éxito se había disipado; volvía sobriamente a ser el mismo de antes y, en contraste con el hinchado globo de las últimas semanas, su antiguo yo parecía muchísimo más pesado que la atmósfera que lo rodeaba.

El Salvaje, inesperadamente, se mostró muy comprensivo con aquel Bernard desinflado.
-Te pareces más al Bernard que conocí en Malpaís —dijo, cuando Bernard, en tono quejumbroso, le contó su lastimoso fracaso—. ¿Recuerdas la primera vez que hablamos? Delante de la casucha. Ahora eres como eras entonces.
-Porque vuelvo a ser desdichado; por eso.
-Bueno, pues yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa, embustera, que tenías aquí.
-¡Vaya, me gusta eso! —dijo Bernard con amargura—. ¡Cuando tú tienes la culpa de todo! Al negarte a asistir a mi fiesta lograste que todos se volvieran contra mí.

Bernard sabía que todo cuanto decía era absurdo e injusto. Admitía para sus adentros la verdad de todo lo que el Salvaje le decía acerca del poco valor de unos amigos que, ante una leve provocación, podían volverse unos encarnizados enemigos. Pero, a pesar de saber todo esto y de reconocerlo, a pesar del hecho de que el apoyo y la simpatía de su amigo eran ahora su único consuelo, Bernard siguió alimentando perversamente, junto con su sincero pesar, un secreto agravio contra el Salvaje; y maquinaba un plan de pequeñas venganzas contra él. Pensar en algo contra el Archichantre comunal hubiese sido inútil; y no había posibilidad alguna de vengarse del Envasador Jefe o del Subdirector de Predestinación. Como víctima, el Salvaje poseía, para Bernard, una gran cualidad por encima de los demás: era accesible. Una de las principales funciones de un amigo radica en sufrir (en forma suave y simbólica) los castigos que queremos y no podemos infligir a nuestros enemigos.

El otro amigo-víctima de Bernard era Helmholtz. Cuando se sintió derrotado, Bernard acudió a él e imploró de nuevo su amistad, que en sus días de prosperidad había juzgado inútil conservar, y Helmholtz se la otorgó sin una queja, sin un comentario, como si se le hubiera olvidado que hubiese habido jamás algún disgusto entre ellos. Conmovido, Bernard se sintió humillado por tal magnanimidad, cualidad más extraordinaria aún, y por lo tanto, aún más humillante, porque no se debía a una dosis de soma, sino que era por completo producto de la buena índole de Helmholtz. Era el Helmholtz de la vida diaria el que olvidaba y perdonaba, no el Helmholtz de las vacaciones, cuando le dan a uno medio gramo de soma. Bernard se mostró debidamente agradecido (era un alivio enorme haber vuelto a encontrar a su amigo) y a la par debidamente resentido (sería un gran placer vengarse de Helmholtz por su generosidad).

La primera vez que conversaron después de haberse reconciliado, Bernard le contó toda la historia de sus desdichas y aceptó sus consuelos. Pocos días después se enteró, con sorpresa y no sin cierto bochorno, de que él no era el único en hallarse en apuros. También Helmholtz había entrado en conflicto con la Autoridad.

-Fue por unos versos —le explicó Helmholtz—. Yo daba mi curso habitual de Ingeniería Emocional Superior a los alumnos de tercer año. Doce lecciones, la séptima de las cuales trata de versos. “Sobre el uso de los versos rimados en la Propaganda Moral y en la publicidad”, para ser exactos. Siempre ilustro mis clases con numerosos ejemplos técnicos. Esta vez se me ocurrió ofrecerles como ejemplo algo que yo acababa de escribir. Pura locura, desde luego, pero no pude resistir la tentación. —Se echó a reír—. Tenía curiosidad por ver cuáles serían sus reacciones. Además —agregó poniéndose serio—, quería hacer un poco de propaganda; quería hacerles sentir algo de lo que sentí yo al escribir aquellos versos. ¡Ford! —volvió a reír—. ¡El escándalo que se armó! El Director Jefe me llamó y me amenazó con echarme inmediatamente a la calle. ¡Ya estoy fichado!
-Pero, ¿qué decían tus versos? —preguntó Bernard.
-Hablaban de la soledad.

Bernard arqueó las cejas.
-Si quieres, te los recito.
Y Helmholtz empezó:

El comité de ayer
aún suena en mis oídos
cual eco apagado
de lejano zumbido;

flota la medianoche
en la ciudad vacía,
las máquinas paradas
y los rostros dormidos;

desiertos los lugares
donde se apiña la gente...
se juntan los silencios
dulces, tristes, alegres,
y hablan, pero con voces
que yo entender no puedo,
nostalgias de Susana
y de Egeria, sus senos,

ausencia de los brazos,
senos, labios, traseros
forma una presencia;
¿cuál…? Y me pregunto,
¿por qué una esencia absurda?

absurda de vacío, que no es,
de algo hecho de nada,
pero que satura la noche
más que ésta a quien poseo
tan lleno de tristeza.

-Bueno —prosiguió Helmholtz—, les puse estos versos como ejemplo y ellos me denunciaron al Director Jefe.
-No me sorprende —dijo Bernard—. Son precisamente lo opuesto a todas las enseñanzas que se dan durante el sueño. Recuerda que ellos han recibido al menos doscientas cincuenta mil advertencias contra la soledad.
-Lo sé. Pero quería ver el efecto que les causaba.
-Bueno, pues ya lo has visto.
Helmholtz se echó a reír.
-Creo —dijo tras una pausa— que ahora tengo un tema sobre el cual escribir. Me parece que empiezo a poder usar este poder que siento en mí, interno, latente. Siento que está viniendo a mí.

Bernard pensó que, a pesar de todas las contrariedades que enfrentaba, Helmholtz parecía ser muy feliz.

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Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos y fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato más corto o con un título ficticio. El texto arriba es parte del capítulo XII de la novela Un mundo feliz (1932). El título, por supuesto, es una indecorosa intervención.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Mariana Pineda

Federico García Lorca

Estampa Segunda (fragmento)


PEDRO (apasionado).
¡Quién pudiera pagarte lo que has hecho por mí!
Toda mi sangre es nueva porque tú me la has dado
exponiendo tu débil corazón al peligro.
¡Ay, qué miedo tan grande tuve por él, Mariana!

MARIANA (cerca y abandonada).
¿De qué sirve mi sangre, Pedro, si tú murieras?
Un pájaro sin aire ¿puede volar? ¡Entonces!...
Yo no podré decirte cómo te quiero nunca;
a tu lado me olvido de todas las palabras.

PEDRO (con voz suave).
¡Cuánto peligro corres sin el menor desmayo!
¡Qué sola estás, cercada de maliciosa gente!

MARIANA (echando la cabeza en el hombro y como soñando).
¡Así! Deja tu aliento sobre mi frente. Limpia
esta angustia que tengo y este sabor amargo;
esta angustia de andar sin saber dónde voy,
y este sabor de amor que me quema la boca.

(Pausa. Se separa rápidamente del caballero y
le coge los codos).

¡Pedro! ¿No te persiguen? ¿Te vieron entrar?

PEDRO
¡Nadie!

(Se sienta).
Vives en una calle silenciosa, y la noche
se presenta endiablada.

MARIANA
Yo tengo mucho miedo.

PEDRO (cogiéndole una mano).
¡Ven aquí!

MARIANA (se sienta).
Mucho miedo de que esto se adivine,
de que pueda matarte la canalla realista.

PEDRO (con pasión).
Marianita, ¡no temas! ¡Mujer mía! ¡Vida mía!
En el mayor sigilo conspiramos. ¡No temas!
La bandera que bordas temblará por las calles
entre los corazones y los gritos del pueblo.
Por ti la Libertad suspirada por todos
pisará tierra dura con anchos pies de plata.
Pero si así no fuese; si Pedrosa...

MARIANA (aterrada).
¡No sigas!

PEDRO
... sorprende nuestro grupo y hemos de morir...

MARIANA
¡Calla!

PEDRO
Mariana, ¿qué es el hombre sin libertad? ¿Sin esa
luz armoniosa y fija que se siente por dentro?
¿Cómo podría quererte no siendo libre, dime?
¿Cómo darte este firme corazón si no es mío?
No temas; ya he burlado a Pedrosa en el campo
y así pienso seguir hasta vencer contigo.
(Se los besa.)

MARIANA
¡Y algo que yo no sé decir, pero que existe!
¡Qué bien estoy contigo! Pero aunque alegre noto
un gran desasosiego que me turba y me enoja;
me parece que hay hombres detrás de las cortinas,
que mis palabras suenan claramente en la calle.

PEDRO (amargo).
¡Eso sí! ¡Qué mortal inquietud, qué amargura!
¡Qué constante pregunta al minuto lejano!
¡Qué otoño interminable sufrí por esa sierra!
¡Tú no lo sabes!

MARIANA
Dime: ¿corriste gran peligro?

PEDRO
Estuve casi en manos de la justicia; pero
me salvó el pasaporte y un caballo que enviaste
con un extraño joven, que no me dijo nada.

MARIANA (inquieta y sin querer recordar).
Y dime.
(Pausa.)

PEDRO
¿Por qué tiemblas?

MARIANA (nerviosa).
Sigue. ¿Después?

PEDRO
Después
vagué por la Alpujarra.
Supe que en Gibraltar
había fiebre amarilla;
la entrada era imposible
y esperé bien oculto
la ocasión. ¡Ya ha llegado!
Venceré con tu ayuda, ¡Mariana de mi vida!
¡Libertad, aunque con sangre llame a todas
las puertas!

MARIANA (radiante).
Mi victoria consiste en tenerte a mi vera!
En mirarte a los ojos mientras tú no me miras.
Cuando estás a mi lado olvido lo que siento
y quiero a todo el mundo:
hasta al rey y a Pedrosa.
Al bueno como al malo. ¡Pedro, cuando se quiere
se está fuera del tiempo,
y ya no hay día ni noche, ¡sino tú y yo!

PEDRO (abrazándola).
Como dos blancos ríos de rubor y silencio,
así enlazan tus brazos mi silencio combatido.

MARIANA (cogiéndole la cabeza).
Ahora puedo perderte, puedo perder tu vida.
Como la enamorada de un marinero loco
que navegara siempre sobre una barca vieja,
acecho un mar oscuro, sin fondo ni oleaje,
en espera de gentes que te traigan ahogado.

PEDRO
No es hora de pensar en quimeras, que es hora
de abrir el pecho a bellas realidades cercanas
de una España cubierta de espigas y rebaños,
donde la gente coma su pan con alegría,
en medio de estas anchas eternidades nuestras
y esta aguda pasión de horizonte y silencio.
España entierra y pisa su corazón antiguo,
su herido corazón de península andante,
y hay que salvarla pronto con manos y con dientes.

MARIANA (pasional).
Y yo soy la primera que lo pide con ansia.
Quiero tener abiertos mis balcones al sol
para que llene el suelo de flores amarillas
y quererte, segura de tu amor sin que nadie
me aceche como en este exclusivo momento

(En un arranque.)
¡Pero estoy dispuesta! (Se levanta.)

PEDRO (entusiasmado se levanta.

¡Así me gusta verte, 
hermosa Marianita! Ya no tardarán mucho
los amigos, y alienta
ese rostro bravío y esos ojos ardientes
(Amoroso.)
sobre tu cuello blanco, que tiene luz de luna

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Mariana Pineda (1927) fue la primera obra dramática escrita por García Lorca. #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal.

martes, 30 de octubre de 2012

La máscara de la Muerte Roja

Edgar Allan Poe

Hacía tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban abundante sangre, hasta acabar en la muerte.

Las manchas escarlatas en el cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste que apartaban al enfermo de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad.

Pero el príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dajaba llevar por la desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos, había belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad. Fuera estaba la Muerte Roja.

Fue hacia el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de rara vistosidad.

Aquel baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e izquierda, en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del segundo eran de color púrpura, y purpúreos eran allí los cristales. El tercero era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el techo y las paredes, y caían en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo tinte y textura. Pero solo en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había, frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia. Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.

También era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora, de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de tiempo que vuela), de nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo desconcierto y nerviosismo de antes.

Pero a pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para estar seguro.

Con ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante… mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como solo los locos imaginan. Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente, ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.

Pero las otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones, todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la última campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco.

En una congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto permisivo del príncipe. Hay fibras aun en el corazón de los más osados que no pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que no se puede bromear.

En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado, si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la vestimenta, y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por el horror escarlata.
Cuando la mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión, en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia; pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.

¿Quién se ha atrevido? —preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban — ¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema?  ¡Cogedle y quitadle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al amanecer!

Cuando pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la música.

Era en el salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún, con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le pusiera la mano encima; así que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado por la muerte el príncipe Próspero.

Después, llevados por el valor enloquecido de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma tangible.

Y reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos, ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano. Y las llamas de los trípodes se extinguieron.

Y de todo se adueñó la Tiniebla, la Corrupción y la Muerte Roja.

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Cuento publicado en 1842. Para los que no la conocen, #martesdecuentos es una iniciativa para divulgar los clásicos de la literatura universal a través del blogueo de cuentos, fragmentos o extractos de obras. Algunos han sido intervenidos con un formato corto o un título ficticio.