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miércoles, 13 de febrero de 2013

Aire naval

Vicente Huidobro

Tres marineros bailan ante la perla muerta
El oriente se fue hacia el oriente
Para contradecir la ruta del sol
Para cambiar las leyes establecidas

El primero dice yo soy el corazón
El segundo dice yo soy la cabeza con su libro de sueños
El tercero dice yo soy la boca
Y de mí dependen vuestras palabras

Las palabras son mías dice el primero
Las tengo en mi árbol lleno de noticias
Yo creo que son mías dice el segundo

Son de mi sangre que sobrepasa sus visiones
Yo las muerdo y las mato dice el tercero
y dejo solo aquellas cuyo vivir me place

Qué vana discusión de sombras en las sombra
Todo depende de la estación y del paisaje semejante
Todo depende de la llama y el espanto de los dientes

Tres marineros bailan su muerte con la muerte
Con tal fervor y tantos dibujos doloridos
Que lloran los faroles
Con sus fechas cosidas al origen
Las palabras vivas bailan ante la muerte muerta
Los marineros cantan para que el mar se duerma

Soy hijo del tiempo dice el primero
Soy hijo de la noche dice el segundo
Soy hijo del viento dice el tercero
Los marineros bailan para que el mar no muera
Para que su oriente no se vaya de los ojos a sitios de mal augurio

A tierras lloradas por el aire de los perros

.................................
De Ver y palpar, 1941.

domingo, 9 de septiembre de 2012

XXIV

Pablo Neruda

Cuando regresé de mi sétimo viaje, antes de abrir la puerta de mi casa, se me ocurrió extraviarme en el laberinto rocoso de Trasmañán, entre el peñón de Tralca y las primeras casas del Quisco Sur. En busca de una anémona de color violentísimo que muchas veces, años antes, contemple adherida a los muros de granito que la rompiente lava con sus estallidos salados. De pronto me quedé inmovilizado frente a una antigua puerta de hierro. Creí que se trataba de un despojo del mar: no era así: empujando con fuerza cedieron los goznes y entré en una gruta de piedra amarilla que se alumbraba sola, tanta luz irradiaban grietas, estalactitas y promontorios. Sin duda alguien o algo habitó alguna vez esta morada, a juzgar por los restos de latas oxidadas que sonaron a mi paso. Llamé en voz alta por si alguien estuviera oculto entre las agujas amarillas. Extrañamente, fui respondido: era mi propia voz, pero al eco ronco se agregaba al final un lamento penetrante y agudo. Repetí la experiencia, preguntando en voz más alta aún: ¿Hay alguien detrás de estas piedras? El eco me respondió de nuevo con mi propia voz enronquecida y luego extendió la palabra piedras con un aullido delirante, como venido de otro planeta. Un largo escalofrío me recorrió clavándome a la arena de la gruta. Apenas pude zafar los pies, lentamente, como si caminara bajo el mar, regresé hacia la puerta de hierro de la entrada. Pensaba durante el esforzado retorno que si miraba hacia atrás me convertiría en arena, en piedra dorada, en sal de estalactita. Fue toda una victora aquella evasión silenciosa. Llegando al umbral volví la cabeza entrecerrando el ala oxidada del portón y de pronto oí de nuevo, desde el fondo de aquella oscuridad amarilla, el lamento agudo y redoblado, como si un violín enloquecido me despidiera llorando.

Nunca me atreví a contar a nadie este suceso y desde entonces evito aquel lugar salvaje de rocas marinas que castiga el océano implacable de Chile.

……………………
De Las piedras del cielo, 1970.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Relatos de náufragos

Cristina Peri Rossi

Está distante el mar, y sin embargo, nos rodea más y más.

***

Al quinto día por decir algo
empezó a llover
cámaras de agua de las que no se sale más
el miedo a navegar que había detenido a tantos
en puertos tan estrechos
en casas non firmes
y ella que navegaba entre dos aguas,
en una enorme metrópoli submarina.
Agua.
Tengo sed.

***

Todo se convierte en pedirle a Dios
corte las amarras
que nos ataran tanto.

***

De cómo llegamos a la isla de los pájaros
de los muchos pájaros que hay en ella
por lo cual
decidimos bautizarla con el nombre
de isla de los pájaros

El 21 brumario
—mes de las brumas—
nos dimos a la vela con viento O.
Suaves brisas marinas sin embargo nos tiraban hacia el Norte,
y por ser hombres de fáciles seducciones
dejamos que las brumas nos llevaran hacia allí.
Fue entonces que, en medio de los hielos,
divisamos una isla abrumada de pájaros
que nos recibieron con espeluznado batir de alas y de réplicas.

El camino de los hielos rompimos a pedazos,
los hombres de las barcas se pusieron a cazar pájaros,
las brumas se disolvían en celeste,
los pájaros volaban bajo,
había, eso sí, un frío endemoniado,
a flor de agua fueron cazados
sin contar los que nos comimos frescos.

***

Con el barómetro bajo
y la tierra desaparecida,
a las cuatro y treinta de la madrugada,
con fuerte viento Sur y gran borrasca,
después de arriar la vela mayor y aproarla,
consultamos a la Buena Santa.

La Buena Santa nos respondió: La racha es violenta.
Es el viento del mar que nos atormenta.

***

Ya no aguantamos más el olor a muerto.

***

Si tuve vergüenza de correr
pereza de saltar
no es menos cierto
que todo el mundo tuvo prisa por correr
y premura por saltar
aun aquellos más ancianos
aun aquellos rodeados de hijos
aun aquellos que saltando ponían distancia irreparable de pareja.
«Sálvese quien pueda»
gritó el capitán, desde cubierta,
con tiempo malo y tenaz lluvia,
en el frenesí rodaron los amantes,
se deshicieron tiernos, flamantes matrimonios,
cada uno para sí y por sí,
nada más que uno, número impar.
«De todos los números, el uno es el imponente, solitario.
Cifra del horror y del miedo
—me dijo el capitán—
evítelo, como a la peste,
o bien ámelo más que a su madre,
de por sí y para sí,
sin transar jamás, sin pactos ni vacilaciones,
tiránicamente uno»,
creo que los dos entendimos bien
a bordo del naufragio.

…….
Poemas escogidos de Descripción de un naufragio, 1975. El título es ficticio.

martes, 19 de julio de 2011

Manuscrito hallado en una botella

Edgar Allan Poe

Sobre mi país y mi familia tengo poco que decir. Un trato injusto y el paso de los años me han alejado de uno y enemistado con la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación poco común y una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicos los conocimientos diligentemente adquiridos en tempranos estudios. Pero por sobre todas las cosas, me proporcionaba gran placer el estudio de los moralistas alemanes; no por una desatinada admiración a su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos hábitos mentales me permitían detectar sus falsedades.

A menudo se me ha reprochado la aridez de mi talento; la falta de imaginación se me ha imputado como un crimen; y el escepticismo de mis opiniones se me ha hecho notorio en todo momento. En realidad, temo que una fuerte inclinación por la filosofía física haya teñido mi mente con un error muy común en esta época: hablo de la costumbre de referir sucesos, aun los menos susceptibles de dicha referencia, a los principios de esa disciplina. En definitiva, no creo que haya nadie menos propenso que yo a alejarse de los severos límites de la verdad, dejándose llevar por el fuego fauto de la superstición. Me ha parecido conveniente sentar esta premisa, para que la historia increíble que debo narrar no sea considerada el desvarío de una imaginación desbocada, sino la experiencia auténtica de una mente para quien los ensueños de la fantasía han sido letra muerta y nulidad.

Después de muchos años de viajar por el extranjero, en el año 18… me embarqué en el puerto de Batavia, en la próspera y populosa isla de Java, en un crucero por el archipiélago de las islas Sonda. Iba en calidad de pasajero, sólo inducido por una especie de nerviosa inquietud que me acosaba como un espíritu malévolo.

Nuestro hermoso navío, de unas cuatrocientas toneladas, había sido construido en Bombay en madera de teca de Malabar con remaches de cobre. Transportaba una carga de algodón en rama y aceite, de las islas Laquevidas. También llevábamos a bordo fibra de corteza de coco, azúcar morena de las Islas Orientales, manteca clarificada de leche de búfalo, granos de cacao y algunos cajones de opio. La carga había sido mal estibada y el barco escoraba.

Zarpamos apenas impulsados por una leve brisa y durante muchos días permanecimos cerca de la costa oriental de Java, sin otro incidente que quebrara la monotonía de nuestro curso que el ocasional encuentro con los pequeños barquitos de dos mástiles del archipiélago al que nos dirigíamos.

Una tarde, apoyado sobre el pasamano de la borda de popa, vi hacia el noroeste una nube muy singular y aislada. Era notable, no sólo por su color, sino por ser la primera que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé con atención hasta la puesta del sol, cuando de repente se extendió hacia este y oeste, ciñendo el horizonte con una angosta franja de vapor y adquiriendo la forma de una larga línea de playa. Pronto atrajo mi atención la coloración de un tono rojo oscuro de la luna, y la extraña apariencia del mar. Éste sufría una rápida transformación y el agua parecía más transparente que de costumbre. Pese a que alcanzaba a ver claramente el fondo, al echar la sonda comprobé que el barco navegaba a quince brazas de profundidad. Entonces el aire se puso intolerablemente caluroso y cargado de exhalaciones en espiral, similares a las que surgen del hierro al rojo vivo.

A medida que fue cayendo la noche, desapareció todo vestigio de brisa y resultaba imposible concebir una calma mayor. Sobre la toldilla ardía la llama de una vela sin el más imperceptible movimiento, y un largo cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que se advirtiera la menor vibración. Sin embargo, el capitán dijo que no percibía indicación alguna de peligro, pero como navegábamos a la deriva en dirección a la costa, ordenó arriar las velas y echar el ancla. No apostó vigías y la tripulación, compuesta en su mayoría por malayos, se tendió deliberadamente sobre cubierta. Yo bajé… sobrecogido por un mal presentimiento.

En verdad, todas las apariencias me advertían la inminencia de un tifón. Transmití mis temores al capitán, pero él no prestó atención a mis palabras y se alejó sin dignarse a responderme. Sin embargo, mi inquietud me impedía dormir y alrededor de medianoche subí a cubierta. Al apoyar el pie sobre el último peldaño de la escalera de cámara me sobresaltó un ruido fuerte e intenso, semejante al producido por el giro veloz de la rueda de un molino y, antes de que pudiera averiguar su significado, percibí una vibración en el centro del barco. Instantes después se desplomó sobre nosotros un furioso mar de espuma que, pasando por sobre el puente, barrió la cubierta de proa a popa.

La extrema violencia de la ráfaga fue, en gran medida, la salvación del barco. Aunque totalmente cubierto por el agua, como sus mástiles habían volado por la borda, después de un minuto se enderezó pesadamente, salió a la superficie, y luego de vacilar algunos instantes bajo la presión de la tempestad, se enderezó por fin.

Me resultaría imposible explicar qué milagro me salvó de la destrucción.
Aturdido por el choque del agua, al volver en mí me encontré estrujado entre el mástil de popa y el timón. Me puse de pie con gran dificultad y, al mirar, mareado, a mi alrededor, mi primera impresión fue que nos encontrábamos entre arrecifes, tan tremendo e inimaginable era el remolino de olas enormes y llenas de espuma en que estábamos sumidos.

Instantes después oí la voz de un anciano sueco que había embarcado poco antes de que el barco zarpara. Lo llamé con todas mis fuerzas y al rato se me acercó tambaleante. No tardamos en descubrir que éramos los únicos sobrevivientes. Con excepción de nosotros, las olas acababan de barrer con todo lo que se hallaba en cubierta; el capitán y los oficiales debían haber muerto mientras dormían, porque los camarotes estaban totalmente anegados. Sin ayuda era poco lo que podíamos hacer por la seguridad del barco y nos paralizó la convicción de que no tardaríamos en zozobrar.

Por cierto que el primer embate del huracán destrozó el cable del ancla, porque de no ser así nos habríamos hundido instantáneamente. Navegábamos a una velocidad tremenda y las olas rompían sobre nosotros. El maderamen de popa estaba hecho añicos y todo el barco había sufrido gravísimas averías; pero comprobamos con júbilo que las bombas no estaban atascadas y que el lastre no parecía haberse descentrado.

La primera ráfaga había amainado, y la violencia del viento ya no entrañaba gran peligro; pero la posibilidad de que cesara por completo nos aterrorizaba, convencidos de que, en medio del oleaje siguiente, sin duda, moriríamos. Pero no parecía probable que el justificado temor se convirtiera en una pronta realidad.

Durante cinco días y noches completos –en los cuales nuestro único alimento consistió en una pequeña cantidad de melaza que trabajosamente logramos procurarnos en el castillo de proa– la carcasa del barco avanzó a una velocidad imposible de calcular, impulsada por sucesivas ráfagas que, sin igualar la violencia del primitivo tifón, eran más aterrorizantes que cualquier otra tempestad vivida por mí en el pasado.

Con pequeñas variantes, durante los primeros cuatro días nuestro curso fue sudeste, y debimos haber costeado Nueva Holanda. Al quinto día el frío era intenso, pese a que el viento había girado un punto hacia el norte. El sol nacía con una enfermiza coloración amarillenta y trepaba apenas unos grados sobre el horizonte, sin irradiar una decidida luminosidad. No había nubes a la vista, y sin embargo el viento arreciaba y soplaba con furia despareja e irregular. Alrededor de mediodía -aproximadamente, porque sólo podíamos adivinar la hora- volvió a llamarnos la atención la apariencia del sol. No irradiaba lo que con propiedad podríamos llamar luz, sino un resplandor opaco y lúgubre, sin reflejos, como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Justo antes de hundirse en el mar turgente su fuego central se apagó de modo abrupto, como por obra de un poder inexplicable. Quedó sólo reducido a un aro plateado y pálido que se sumergía de prisa en el mar insondable.

Esperamos en vano la llegada del sexto día -ese día que para mí no ha llegado y que para el sueco no llegó nunca. A partir de aquel momento quedamos sumidos en una profunda oscuridad, a tal punto que no hubiéramos podido ver un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continuó envolviéndonos, ni siquiera atenuada por la fosforescencia brillante del mar a la que nos habíamos acostumbrado en los trópicos. También observamos que, aunque la tempestad continuaba rugiendo con interminable violencia, ya no conservaba su apariencia habitual de olas ni de espuma con las que antes nos envolvía. A nuestro alrededor todo era espanto, profunda oscuridad y un negro y sofocante desierto de ébano.

Un terror supersticioso fue creciendo en el espíritu del viejo sueco y mi propia alma estaba envuelta en un silencioso asombro. Abandonamos todo intento de atender el barco, por considerarlo inútil, y nos aseguramos lo mejor posible a la base del palo de mesana, clavando con amargura la mirada en el océano inmenso. No habría manera de calcular el tiempo ni de prever nuestra posición. Sin embargo teníamos plena conciencia de haber avanzado más hacia el sur que cualquier otro navegante anterior y nos asombró no encontrar los habituales impedimentos de hielo.

Mientras tanto, cada instante amenazaba con ser el último de nuestras vidas… olas enormes, como montañas se precipitaban para abatirnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo hubiera imaginado y fue un milagro que no zozobráramos instantáneamente. Mi acompañante hablaba de la liviandad de nuestro cargamento y me recordaba las excelentes cualidades de nuestro barco; pero yo no podía menos que sentir la absoluta inutilidad de la esperanza misma, y me preparaba melancólicamente para una muerte que, en mi opinión, no podía demorar ya más de una hora, porque con cada nudo que el barco recorría el mar negro y tenebroso adquiría más violencia. Por momentos jadeábamos para respirar, elevados a una altura superior a la del albatros… y otras veces nos mareaba la velocidad de nuestro descenso a un infierno acuoso donde el aire se estancaba y ningún sonido turbaba el sopor del "kraken".

Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero resonó horriblemente en la noche. "¡Mire, mire!" exclamó, chillando junto a mi oído, "¡Dios Todopoderoso! ¡Mire, mire!". Mientras hablaba percibí el resplandor de una luz mortecina y rojiza que recorría los costados del inmenso abismo en que nos encontrábamos, arrojando cierto brillo sobre nuestra cubierta. Al levantar la mirada, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. A una altura tremenda, directamente encima de nosotros y al borde mismo del precipicio líquido, flotaba un gigantesco navío, de quizás cuatro mil toneladas.

Pese a estar en la cresta de una ola que lo sobrepasaba más de cien veces en altura, su tamaño excedía el de cualquier barco de línea o de la compañía de Islas Orientales. Su enorme casco era de un negro profundo y sucio y no lo adornaban los acostumbrados mascarones de los navíos. Una sola hilera de cañones de bronce asomaba por las troneras abiertas, y sus relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de combate que se balanceaban de un lado al otro en las jarcias.

Pero lo que más asombro y estupefacción nos provocó fue que en medio de ese mar sobrenatural y de ese huracán ingobernable, navegara con todas las velas desplegadas. Al verlo por primera vez sólo distinguimos su proa y poco a poco fue alzándose sobre el sombrío y horrible torbellino.

Durante un momento de intenso terror se detuvo sobre el vertiginoso pináculo, como si contemplara su propia sublimidad, después se estremeció, vaciló y… se precipitó sobre nosotros. En ese instante no sé qué repentino dominio de mí mismo surgió de mi espíritu. A los tropezones, retrocedí todo lo que pude hacia popa y allí esperé sin temor la catástrofe. Nuestro propio barco había abandonado por fin la lucha y se hundía de proa en el mar. En consecuencia, recibió el impacto de la masa descendente en la parte ya sumergida de su estructura y el resultado inevitable fue que me vi lanzado con violencia irresistible contra los obenques del barco desconocido.

En el momento en que caí, la nave viró y se escoró, y supuse que la consiguiente confusión había impedido que la tripulación reparara en mi presencia. Me dirigí sin dificultad y sin ser visto hasta la escotilla principal, que se encontraba parcialmente abierta, y pronto encontré la oportunidad de ocultarme en la bodega. No podría explicar por qué lo hice. Tal vez el principal motivo haya sido la indefinible sensación de temor que, desde el primer instante, me provocaron los tripulantes de ese navío. No estaba dispuesto a confiarme a personas que a primera vista me producían una vaga extrañeza, duda y aprensión. Por lo tanto consideré conveniente encontrar un escondite en la bodega. Lo logré moviendo una pequeña porción de la armazón y así me aseguré un refugio conveniente entre las enormes cuadernas del buque.

Apenas había completado mi trabajo cuando el sonido de pasos en la bodega me obligó a hacer uso de él. Junto a mí escondite pasó un hombre que avanzaba con pasos débiles y andar inseguro. No alcancé a verle el rostro, pero tuve oportunidad de observar su apariencia general. Todo en él denotaba poca firmeza y una avanzada edad. Bajo el peso de los años le temblaban las rodillas, y su cuerpo parecía agobiado por una gran carga. Murmuraba en voz baja como hablando consigo mismo, pronunciaba palabras entrecortadas en un idioma que yo no comprendía y empezó a tantear una pila de instrumentos de aspecto singular y de viejas cartas de navegación que había en un rincón. Su actitud era una extraña mezcla de la terquedad de la segunda infancia y la solemne dignidad de un Dios. Por fin subió nuevamente a cubierta y no lo volví a ver.

***
Un sentimiento que no puedo definir se ha posesionado de mi alma; es una sensación que no admite análisis, frente a la cual las experiencias de épocas pasadas resultan inadecuadas y cuya clave, me temo, no me será ofrecida por el futuro. Para una mente como la mía, esta última consideración es una tortura. Sé que nunca, nunca, me daré por satisfecho con respecto a la naturaleza de mis conceptos. Y sin embargo no debe asombrarme que esos conceptos sean indefinidos, puesto que tienen su origen en fuentes totalmente nuevas. Un nuevo sentido… una nueva entidad se  incorpora a mi alma.

***
Hace ya mucho tiempo que recorrí la cubierta de este barco terrible y creo que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Qué hombres incomprensibles! Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin percibir mi presencia. Ocultarme sería una locura, porque esta gente no quiere ver. Hace pocos minutos pasé directamente frente a los ojos del segundo oficial; no hace mucho que me aventuré a entrar a la cabina privada del capitán, donde tomé los elementos con que ahora escribo y he escrito lo anterior. De vez en cuando continuaré escribiendo este diario. Es posible que no pueda encontrar la oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero trataré de lograrlo. A último momento, introduciré el mensaje en una botella y la arrojaré al mar.

***
Ha ocurrido un incidente que me proporciona nuevos motivos de meditación. ¿Ocurren estas cosas por fuerza de un azar sin gobierno? Me había aventurado a cubierta donde estaba tendido, sin llamar la atención, entre una pila de flechaduras y viejas velas, en el fondo de una balandra. Mientras meditaba en lo singular de mi destino, inadvertidamente tomé un pincel mojado en brea y pinté los bordes de una vela arrastradera cuidadosamente doblada sobre un barril, a mi lado. La vela ha sido izada y las marcas irreflexivas que hice con el pincel se despliegan formando la palabra “descubrimiento”.

Últimamente he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío. Aunque bien armado, no creo que sea un barco de guerra. Sus jarcias, construcción y equipo en general, contradicen una suposición semejante. Alcanzo a percibir con facilidad lo que el navío no es, pero me temo no poder afirmar lo que es. Ignoro por qué, pero al observar su extraño modelo y la forma singular de sus mástiles, su enorme tamaño y su excesivo velamen, su proa severamente sencilla y su popa anticuada, de repente cruza por mi mente una sensación de cosas familiares y con esas sombras imprecisas del recuerdo siempre se mezcla la memoria de viejas crónicas extranjeras y de épocas remotas.

He estado estudiando el maderamen de la nave. Ha sido construida con un material que me resulta desconocido. Las características peculiares de la madera me dan la impresión de que no es apropiada para el propósito al que se la aplicara. Me refiero a su extrema porosidad, independientemente de los daños ocasionados por los gusanos, que son una consecuencia de navegar por estos mares, y de la podredumbre provocada por los años. Tal vez la mía parezca una observación excesivamente insólita, pero esta madera posee todas las características del roble español, en el caso de que el roble español fuera dilatado por medios artificiales.

Al leer la frase anterior, viene a mi memoria el dicho que un viejo lobo de mar holandés repetía siempre que alguien ponía en duda su veracidad. "Tan seguro es, como que hay un mar donde el barco mismo crece en tamaño como el cuerpo viviente del marino."

Hace una hora tuve la osadía de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atención y, aunque estaba parado en medio de todos ellos, parecían absolutamente ignorantes de mi presencia. Lo mismo que el primero que vi en la bodega, todos daban señales de tener una edad avanzada. Les temblaban las rodillas achacosas; la decrepitud les inclinaba los hombros; el viento estremecía sus pieles arrugadas; sus voces eran bajas, trémulas y quebradas; en sus ojos brillaba el lagrimeo de la vejez y la tempestad agitaba terriblemente sus cabellos grises. Alrededor de ellos, por toda la cubierta, yacían desparramados instrumentos matemáticos de la más pintoresca y anticuada construcción.

Hace un tiempo mencioné que había sido izada un ala del trinquete. Desde entonces, desbocado por el viento, el barco ha continuado su aterradora carrera hacia el sur, con todas las velas desplegadas desde la punta de los mástiles hasta los botalones inferiores, hundiendo a cada instante sus penoles en el más espantoso infierno de agua que pueda concebir la mente de un hombre.

Acabo de abandonar la cubierta, donde me resulta imposible mantenerme en pie, pese a que la tripulación parece experimentar pocos inconvenientes. Se me antoja un milagro de milagros que nuestra enorme masa no sea definitivamente devorada por el mar. Sin duda estamos condenados a flotar indefinidamente al borde de la eternidad sin precipitamos por fin en el abismo. Remontamos olas mil veces más gigantescas que las que he visto en mi vida, por las que nos deslizamos con la facilidad de una gaviota; y las aguas colosales alzan su cabeza por sobre nosotros como demonios de las profundidades, pero como demonios limitados a la simple amenaza y a quienes les está prohibido destruir. Todo me lleva a atribuir esta continua huida del desastre a la única causa natural que puede producir ese efecto. Debo suponer que el barco navega dentro de la influencia de una corriente poderosa, o de un impetuoso mar de fondo.

He visto al capitán cara a cara, en su propia cabina, pero, tal como esperaba, no me prestó la menor atención. Aunque para un observador casual no haya en su apariencia nada que puede diferenciarlo, en más o en menos, de un hombre común, al asombro con que lo contemplé se mezcló un sentimiento de incontenible reverencia y de respeto. Tiene aproximadamente mi estatura, es decir cinco pies y ocho pulgadas. Su cuerpo es sólido y bien proporcionado, ni robusto ni particularmente notable en ningún sentido. Pero es la singularidad de la expresión que reina en su rostro… es la intensa, la maravillosa, la emocionada evidencia de una vejez tan absoluta, tan extrema, lo que excita en mi espíritu una sensación… un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco arrugada, parece soportar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son una historia del pasado, y sus ojos, aún más grises, son sibilas del futuro.

El piso de la cabina estaba cubierto de extraños pliegos de papel unidos entre sí por broches de hierro y de arruinados instrumentos científicos y obsoletas cartas de navegación en desuso. Con la cabeza apoyada en las manos, el capitán contemplaba con mirada inquieta un papel que supuse sería una concesión y que, en todo caso, llevaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí, igual que el primer tripulante a quien vi en la bodega, sílabas obstinadas de un idioma extranjero, y aunque se encontraba muy cerca de mí, su voz parecía llegar a mis oídos desde una milla de distancia.

El barco y todo su contenido están impregnados por el espíritu de la vejez. Los tripulantes se deslizan de aquí a allá como fantasmas de siglos ya enterrados; sus miradas reflejan inquietud y ansiedad, y cuando el extraño resplandor de las linternas de combate ilumina sus dedos, siento lo que no he sentido nunca, pese a haber comerciado la vida entera en antigüedades y a haber absorbido las sombras de columnas caídas en Baalbek, en Tadmor y en Persépolis, hasta que mi propia alma se convirtió en una ruina.

Al mirar alrededor me avergüenzan mis anteriores aprensiones.
Si temblé ante la ráfaga que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cómo no horrorizarme ante un asalto de viento y mar, que para definirlos las palabras remolino y tifón resultan triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navío reina la negrura de la noche eterna y un caos de agua sin espuma; pero aproximadamente a una legua a cada lado de nosotros alcanzan a verse, oscuramente y a intervalos, imponentes murallas de hielo que se alzan hacia el cielo desolado y que parecen las paredes del universo.

Como imaginaba, el barco sin duda está en una corriente; si así se puede llamar a una marea que, aullando y chillando entre las blancas paredes de hielo, se precipita hacia el sur con la velocidad con que cae una catarata.

Presumo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin embargo, la curiosidad por penetrar en los misterios de estas regiones horribles predomina sobre mi desesperación y me reconciliará con la más odiosa apariencia de la muerte. Es evidente que nos precipitamos hacia algún conocimiento apasionante, un secreto imposible de compartir cuyo descubrimiento lleva en sí la destrucción.  Tal vez esta corriente nos conduzca hacia el mismo Polo Sur. Debo confesar que una suposición en apariencia tan extravagante tiene todas las probabilidades a su favor.

La tripulación recorre la cubierta con pasos inquietos y trémulos; pero en sus semblantes la ansiedad de la esperanza supera a la apatía de la desesperación. Mientras tanto, seguimos navegando con viento de popa y, como llevamos todas las velas desplegadas, por momentos el barco se eleva por sobre el mar.

¡Oh, horror de horrores! De repente el hielo se abre a derecha e izquierda y giramos vertiginosamente en inmensos círculos concéntricos, rodeando una y otra vez los bordes de un gigantesco anfiteatro, el ápice de cuyas paredes se pierde en la oscuridad y la distancia. ¡Pero me queda poco tiempo para meditar en mi destino! Los círculos se estrechan con rapidez… nos precipitamos furiosamente en la vorágine… y entre el rugir, el aullar y el atronar del océano y de la tempestad el barco trepida.¡Oh, Dios… se hunde…!

………………
Cuento publicado originalmente por el diario Baltimore Saturday Visiter, el 18 de octubre de 1833. 

martes, 26 de abril de 2011

Piedra de mar (fragmento)

Francisco Massiani

Yo no sé si tú lo has sentido alguna vez, José, pero cuando me eché en la arena, cuando me puse boca abajo con el sol en la espalda, sentí que el calor me dilataba y me transformaba en una gota de aceite. Algo así como tú fueras un pedazo de cera al fuego, y el fuego te derritiera hasta transformarte en un líquido hirviendo que se expande poco a poco hasta ganar la playa toda. Sientes que no tienes recuerdos ni ideas. Sólo imágenes borrosas, imágenes que se vuelven gritos de niño, o el latigazo de repente de una ola sobre la roca. Y esos latigazos revientan la memoria. Te asesinan. Y tú resucitas entre las olas, convertido tan sólo en el hilito delgado que abandona el mar en la orilla. Es una sensación maravillosa. Los brazos y las piernas te crecen y se vuelven pájaro, piedra, sol, risa de mujer que está cerca. Y sobre ti, sobre la playa, pasan los paraguas, los pies, la gente. El cielo mismo parece una máscara de acero azul al rojo.

Pero bueno, ustedes deben haberlo sentido alguna vez y es inútil que yo se los recuerde. Y si en todo caso no lo han sentido, entonces estoy perdiendo el tiempo, porque es algo que hay que vivirlo, así como el sabor de una pera, de una uva que hay que morderpara masticar y conocer su jugo. El jugo del sol. El jugo del mar. El jugo del sol, sobre todo, porque a veces parece una naranja exprimida sobre el horizonte, y en la tarde provoca morder el sol, beberse el mar. Levantar la liga que separa el mar del cielo y dejarla temblando en una vibración grave que despierte millones de peces y los arroje al cielo. O comerse las estrellas que a las nueve parecen de fresa. O pasarle la lengua al cielo negro-azul, que debe tener un sabor a limón dulce buenísimo. O cantar a todo garganta Cielito lindo hasta quedarse mudo. Y hablo del cielo y el mar y del placer de ver el mar, porque Carolina se me acercó a la silla y me dijo con una risita muy desagradable:
– ¿Y tú no te bañas?
Y yo le dije:
–No. No me baño. Estoy bien así.
–Oye, vale, hay que ver lo que es venir a la playa para quedarse como un tonto... con toda esa ropa.
Yo no podía decirle:
–Es que tengo las uñas larguísimas.
¿No? Así que tuve que tragármelo.

………………………………….
La novela Piedra de mar fue publicada en 1968.

martes, 16 de noviembre de 2010

O mar em movimento

Paulo Leminski


aqui

nesta pedra

alguém sentou
olhando o mar

o mar
não parou
para ser olhado

foi mar
pra tudo quanto é lado

.................
Del poemario Caprichos e relaxos, 1983. Al igual que en el fragmento de Elizabeth Schön más abajo, el título es una intervención abusiva de mi parte.

Viñeta: Mar picado

El mar

Elizabeth Schön

El mar se escurre entre mis dedos. Lo siento caliente, acogedor. En el fondo arenoso, las algas forman una entramada que se me engarza en los pies, y yo veo los musgos que se extienden en las raíces de los árboles y trepan hacia las copas, hacia los gajos y las semillas... Miro el mar, el mar está azul, de un azul espeso que me parece tuviese la consistencia de una lana muy fuerte y muy estable. Miro su resplandor, la espuma que se estira sobre la playa y cubre todas las piedras. Recuerdo esas sabanas donde la arena resplandece y sólo crecen las sombras de las aves que vuelan, y me digo y me repito que entre el abuelo y el mar hay una semejanza muy grande: siempre están conmigo.

........................
Fragmento de la novela El abuelo, la cesta y el mar, 1969.