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miércoles, 17 de abril de 2013

Pareidolia lingüística

Klaus Ziegler

Fotografías de Cidonia, región de la superficie de Marte, revelaron una formación rocosa que recuerda el rostro de un antiguo faraón mirando hacia los cielos. Más de un ufólogo vio en las imágenes la confirmación de sus sospechas: la NASA ocultaba información sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, y la “Cara Marciana” era la prueba.

Tras años de discusiones, el alegato conspiranoico finalmente se desmoronó: en 2001, la nave “Mars Global Surveyor” volvió a fotografiar la misma zona, esta vez a una distancia de escasos 400 kilómetros. Visto de cerca, el inconfundible rostro humanoide resultó ser una meseta rocosa salpicada de picos y depresiones en medio del yermo y polvoriento paisaje marciano.

Pareidolia, vocablo que se deriva de la palabra griega “eidolon”, que quiere decir “figura”, y del prefijo “para”, que significa "junto”, es el término que utilizan los sicólogos para designar esas ilusiones de la percepción en las que rostros humanos o formas animales parecen dibujarse en las nubes, en los nudos de la madera, en las humedades de un muro o en las salientes y grietas de una roca. 

El fenómeno aparece como respuesta automática de nuestro aparato cognitivo cuando la información sensorial es ambigua o insuficiente. Nuestro cerebro, a la caza permanente de relaciones, trata de completar la información ausente asimilándola a patrones familiares. De ahí que los nudos en el tronco de un árbol se transfiguren de súbito en el perfil de un hombre narigudo o en la figura de una bruja; y los faros y la parilla de un vehículo, en una cara humana. Quizás ello también explique por qué la Santísima Virgen escoge hacer sus apariciones en objetos tan impíos como las humedades de un muro derruido, los chamuscados de una tortilla o la corteza de un buñuelo. 

Existe así mismo una forma auditiva de la pareidolia: ¿quién no escucho de niño “la voz” repetitiva del serrucho mientras se aserraba un listón de madera?

¿Quién no ha creído reconocer palabras de su lengua nativa en la letra de una canción en idioma extranjero? Es común oír el repicar del teléfono mientras nos duchamos, especialmente si estamos a la espera de una llamada. Y con frecuencia oímos que alguien nos llama en medio del ruido indiferenciado de una multitud.

Además de la pareidolia visual y auditiva, existe, en mi opinión, otra manifestación mucho más sutil, y menos comprendida, de esa misma ilusión cognitiva: la pareidolia verbal, la capacidad de inferir información de cualquier discurso por confuso o incoherente que este sea. Somos animales visuales, y lingüísticos, de ahí que podamos ver lógica y orden donde solo hay palabrería. Y no hablo de la pareidolia deliciosa de la cual se vale la poesía para crear efectos estéticos. Me refiere a aquella que se manifiesta en ese discurso zafio, pedante y vacuo tan común en ciertos círculos académicos.

Ejemplos paradigmáticos de pareidolia verbal abundan en la literatura posmoderna. En su libro “Imposturas intelectuales”, Sokal y Bricmont demuestran cómo hasta los más grotescos sinsentidos han llegado a convertirse en textos venerados en la academia. Escritos como los de Julia Kristeva, en particular aquellos donde utiliza el teorema de Gödel y elementos de la teoría de conjuntos con la pretensión de construir un lenguaje “formal” poético, deberían servir de material de estudio, para todo estudiante de sicología interesado en averiguar los mecanismos de la pareidolia lingüística. Y hay materia prima de sobra en cualquier blog de crítica de arte, donde el fenómeno suele darse en forma silvestre (el campeón insuperable del artificio tal vez sea el recién fallecido José Luis Brea).

Sokal y Bricmont no fueron los primeros en desnudar el artificio. Décadas antes, Karl Popper había denunciado esas mismas imposturas en su magnífico ensayo “Contra las grandes palabras”. En mis archivos sobre el tema conservo un correo electrónico en el que un lector me reprocha por la elementalidad y simpleza con las que analizo el fenómeno del declinar de la violencia en los últimos siglos (columna del 16/11/2011). A continuación reproduzco el texto, a mi juicio, auténtica pareidolia verbal:

Estimado señor Ziegler:

La exclusión de alternativas de agencia e identificación deriva en la irremediable confusión de las temporalidades históricas. Habla usted de violencia «antes» y violencia «ahora», referenciando el presupuesto de dinámicas procesuales en conformidad con la lógica «procede de» y «antecede a». Su pregunta por el pasado se formula desde el presente, anulándose como alternativa epistémica.

Su análisis cierra las puertas al tratamiento específico de la intersubjetividad y transgrede la posibilidad de interpretaciones susceptibles de articularse en relaciones transversales de significación. Si nos atenemos a la correspondencia víctima-victimario, en tanto alteridad como diferencia, la renuncia del “otro” a su dimensión humana prohibiría hablar de castigo. Se olvida de igual modo que la lectura sociológica debe comportar intentos por desentrañar estructuras de significación, acción de carácter hermenéutico, mas no estadístico.

Por último, su columna incurre en el sofisma de la «lectura especular», en la frívola pretensión de elaborar mapas homólogos de la realidad. Empero, no es posible subyugar la historicidad de la violencia al ejercicio de la yuxtaposición progresiva de hechos desprovistos de contextualización. Olvida usted que «el hombre es realidad sustantiva, que en tanto suya se constituye como propia frente a lo real». 

Que el lector juzgue por sí mismo.

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Publicado por El Espectador el 28-3-2013.
http://www.elespectador.com/opinion/columna-412904-pareidolia-lingueistica

lunes, 18 de abril de 2011

2020

Rafael Arráiz Lucca

Nos leeremos
sabré del color que rodea tus pupilas
siempre negras
serán inéditas tus manos
el aguafuerte de piernas será otro
un lunar que nunca estuvo y nunca vi
se rebelará narciso en el agua
estrenarás la fuerza de mis huesos
que tenías por blandos
y mi boca será otra
seca
más segura.

Llegará por cielo tu equipaje
mi maleta vendrá en olas
tú serás un verso recio
que apelará por la pasión
(te veo un juramento nuevo
y champaña fría para siempre)
yo seré atinado
un poco grueso
(el tiempo es ancho y merecerá mi estorbo)
dirás todo lo que sabes de Leonardo
y te veré en silencio sin asombro
luego mostraré entusiasmo por Assis
y dirás que mis gatos son inútiles.

Tomarás tu avión
yo algún barco
y sabremos entonces
que nada ha pasado.

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Del poemario Balizaje, 1983.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Viñeta: Lo que luce
















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Al año nuevo ya se le arrugó la gala de tanto esperar por su debut.

martes, 23 de noviembre de 2010

Las ruinas circulares

Jorge Luis Borges

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres.

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno.

Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino.

El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

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Publicado en Ficciones, 1944.