Mostrando las entradas con la etiqueta #columna. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta #columna. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de junio de 2022

Acá entre nos: PERIODISTAS, NO MISES























Por @planetaencrisis

Este lunes 27 de junio de 2022 celebramos en Venezuela un nuevo Día Nacional del Periodista, el quincuagésimo séptimo desde la proclamación de esta efeméride, en 1965. Con motivo de esta fecha quiero hacer un comentario.

No es un secreto que, en Venezuela, la palabra “mis”, o mejor dicho miss (señorita en inglés) y lo que trae consigo nos ha legado patrones culturales que se arraigaron fuertemente en nuestra sociedad, y que son fácilmente identificables en medios como la televisión.

La larga lista de coronas de la belleza mundial –Miss Mundo, Miss Universo, etc.– que ostenta el país desde hace medio siglo nos convirtió en una “fábrica de reinas” y ha poblado nuestra televisión de mujeres cuyas carreras se iniciaron en las pasarelas de los concursos de esta naturaleza.

Los certámenes de belleza siguen teniendo gran audiencia en Venezuela –probablemente mucho más que en otros países– y nos han heredado un modelo de comportamiento femenino ante las cámaras sine qua non para todos los tipos de contenido: entretenimiento, farándula, moda y también para los noticieros y programas de entrevistas periodísticas, donde las mujeres nos hemos abierto paso de forma decisiva en las últimas décadas.

MODELOS DE MISS

Las presentadoras de farándula y variedades de la televisión venezolana suelen ser jóvenes y atractivas mujeres con ropas provocativas, pechos, brazos y piernas con mucha piel al descubierto, altos tacones y cabellos largos, que exhiben además un comportamiento extrovertido y una perpetua sonrisa de labios rojos.

Si algún varón o algunos varones comparten la pantalla con ellas, generalmente lo hacen en inferioridad numérica y sin poses de pasarela ni ropas de fiesta.

Algunas presentadoras de televisión ex mises han sido muy carismáticas y populares, tornándose leyendas de las pantallas y permaneciendo en el medio a pesar del paso del tiempo y de su edad.

Pero, en general, no ocurre lo mismo con las periodistas de televisión, cuya gran mayoría debe migrar hacia otros medios de menor exposición visual tras alcanzar la edad de los cabellos grises.

Mientras tanto, la mayoría de las periodistas jóvenes que conducen hoy en día espacios noticiosos en la televisión venezolana –con excepción de las anclas de los noticieros, que se visten, se peinan y se maquillan sobriamente–, aunque no se adornen con lentejuelas sí adoptan las poses y el aire discretamente sensual de las reinas de belleza.

Incluso en los noticieros de deportes podemos encontrar ese sutil “estilo miss” en las periodistas.

Son poses que se hacen evidentes al caminar ante la cámara y cuando la toma es de cuerpo entero, por ejemplo, al girar el cuerpo hacia uno u otro lado; al permanecer paradas con las piernas ligeramente entrecruzadas y un pie delante del otro; o al sentarse únicamente con las piernas cruzadas e inclinadas lateralmente, muchas veces exhibiendo los muslos bajo la corta falda.

No he visto este estilo en noticieros de otros países cercanos al nuestro, como Brasil y Colombia, donde la informalidad en el vestir y la naturalidad en el actuar de las periodistas son predominantes en la televisión. Tampoco en noticieros de otras latitudes más lejanas.

Ante el aumento de la presencia femenina en los programas informativos de la pantalla chica venezolana he podido notar también un aumento exponencial del estilo miss entre las periodistas.

TELEVISIÓN MACHISTA

Hay quienes normalizan estas cuestiones al sostener que la televisión es un reflejo de las sociedades y que, como tal, siempre ha sido un escenario cargado de estereotipos machistas, presentes en toda la programación alrededor del mundo y de forma especialmente abundante en telenovelas, programas de humor y entretenimiento.

La discusión inevitable y de fondo es, claro está, sobre si damos por sentada la anterior afirmación o si, más bien, logramos entender que nuestra conducta y la aceptación de los estereotipos de género de hecho ayuda a difundirlos, a asentarlos y a perpetuarlos en todos los espacios laborales.

El medio televisivo, que es el uno de los pocos ámbitos periodísticos donde la mujer profesional muestra su físico todo el tiempo y donde ello es parte de su trabajo, es especialmente proclive a colocar a la mujer en una posición sensible de sufrir discriminación.

Estudios sobre los estereotipos de género han identificado los patrones conductuales como causas por las cuales las mujeres enfrentan más dificultades y limitaciones que los hombres en los sectores laborales y productivos, teniendo, por ejemplo, menores posibilidades para obtener puestos directivos o cargos de responsabilidad y devengando menores salarios.

El tener que hacer uso de la belleza física y, aún más, tener que enfatizar la forma de presentarse “femeninamente”, asumiendo patrones estereotipados de conducta como una herramienta de trabajo, es una condición altamente discutible y polémica.

Quedarán excluidas del estrellato, por ejemplo, las mujeres que no cumplan con los requisitos antes mencionados.

NO TODO SE VALE

Alguien podría argumentar que la imagen de cualquier profesional en la pantalla chica requiere carisma y un grado de impecabilidad en la imagen, y que para alcanzar estos objetivos “todo se vale”, inclusive la aceptación de parámetros que podrían ser definidos como discriminatorios. 

Llevando este razonamiento a una lógica in extremis, otros podrían argumentar que las mujeres venezolanas somos hermosas, de belleza rara, mestiza y variopinta, y que por lo tanto podemos echar mano de esos recursos y destacarlos para obtener beneficios que son por demás “justos”. 


Pero pensemos: ¿no resulta disparatado, incómodo, segregacionista y hasta ofensivo para las mujeres periodistas tener que agregar el estilo miss al ejercicio de nuestra profesión en la pantalla de televisión o en cualquier otro ambiente de trabajo? ¿De dónde se desprende ese "deber ser"?

Los estereotipos de género son creencias generalizadas y socialmente compartidas que funcionan como ejemplo y prescripción de la conducta “esperada” o “correcta” de hombres, mujeres y de la sexo diversidad.

Las reivindicaciones de los grupos sexualmente identificados e históricamente discriminados han generado un inmenso movimiento social alrededor del planeta que ha logrado importantísimos cambios sociales en los últimos años, modificando constituciones y legislaciones de todo tipo.

Vivimos una era única, donde el feminismo ha dejado de ser bandera de pequeños grupos que eran descalificados y minimizados por el establecimiento a todos los niveles en todos los países de Occidente, para tornarse una ideología dominante incluso entre las mujeres más jóvenes.

Venezuela no puede continuar al margen de estas reivindicaciones, al menos en el periodismo no lo podemos permitir haciendo de poses, maneras a la cámara y jerigonza machista parte obligatoria del trabajo.

Usted, colega periodista, por su formación, su conocimiento y su trabajo diario, definitivamente es mucho más que su físico.

Solo me resta agregar a este comentario un amable llamado a las afortunadas colegas que ocupan los espacios televisivos para que estén atentas a cualquier reglamentación o prescripción de los atributos, comportamiento y exposición que deberían tener las mujeres periodistas y que se pregunten si ello es necesario, legítimo y justo, en el entendimiento de que mostrarnos hermosas o incluso sensuales es una opción, no una obligación.

“Si una palabra sola puede cambiar el curso de la historia, otra palabra, en la oscuridad, derrota la tormenta”, dijo hace 200 años Manuelita Sáenz, un nombre adecuado para recordar en este nuevo Día del Periodista, que conmemora la publicación del periódico Correo del Orinoco, creado por Simón Bolívar en 1818.

martes, 14 de agosto de 2018

Acá entre nós: El odio, la mentira y la verdad

@planetaencrisis

Unos dicen que el video del diputado Juan Requesens, donde se le ve humillado, aparentemente drogado y cubierto de heces fecales, luego de presuntamente ser torturado, es mentira, que fue filmado antes de su detención en una casa particular y no en los baños del Sebin, que todo es un montaje.

Aseguran que todo lo planeó la CIA para generar descontento social y, principalmente, para apuntalar la versión de que existe una dictadura en Venezuela que no respeta los derechos humanos, lo que justificaría una intervención militar humanitaria.

Que este plan imperialista, junto con el atentado a Maduro, se ejecutó en combinación con Colombia y con empresarios internacionales que, a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, se han encargado de difundir la mentira.

Otros, por el contrario, han culpado al gobierno autoritario de ser el creador de la mentira, que sería en este caso no la tortura física y psicológica demostrada en el video, sino la de hacer crer a todo un país que cualquiera que se oponga al poder supremo del gobierno será perseguido y castigado del mismo modo.

Otros se rehúsan a creer que Requesens haya estado implicado de cualquier modo en el atentado frustrado contra el Presidente de la República y cuestionan la veracidad de su confesión, dicen que fue forzada por el uso de drogas. Ni siquiera creen que hubo tal atentado, le ponen comillas al sustantivo.

Y otros más apenas se sienten chocados por la crudeza del video, están muy indignados y repudian lo que consideran la violación salvaje de los derechos y de la dignidad de una persona.

Entretanto, todos, sin excepción, están aferrados a su opinión, no aceptan las demás versiones ni las “medias tintas” de quienes no hagan encendida defensa de sus puntos de vista.

Como suele pasar, ni siquiera la prensa se ha salvado de la ola de indignación que desató el video del diputado.

Anecdótico es que, más allá de los habituales trolls, robots y de los activistas pagados que abundan en las redes sociales, respetables agencias de noticias como AFP y Reuters fueron bombardeadas con cientos de reclamos e insultos de personas furiosas por leer en sus titulares que Requesens “confesó” haberse relacionado con un sujeto acusado de estar implicado en el atentado.

Incluso periodistas les reclamaron a las agencias su falta de posicionamiento ante estos hechos políticos.

Algunos internautas se extendieron en cuestionamientos morales, miles de veces reproducidos y republicados a través de los mecanismos de las redes sociales. Y otros tantos replicaron moralmente que quien prefiere promover uma intervención militar “humanitaria” en Venezuela no merece consideración, ni siquiera el derecho a existir.

Porque moral es el razonamiento que torna legítimo odiar y creerse con derecho a destruir aquello que consideramos nefasto, lo que va en sentido contrario a cualquier solución política. Como dijera en un artículo por estos días Fernando Mires, “discutir sobre la legitimidad de un hecho es un tema moral y no político”.

Claro que no existe una verdad a priori para noticias como ésta y a los periodistas nos cabe intentar retratar con exactitud los hechos e investigar sus diversas aristas, no omitir o emitir sentencias.

Y como tampoco existe información oficial suficiente, porque ella será sistematicamente sesgada, esa tarea se vuelve todavia más difícil.

Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera. Y más aun cuando todo el mundo sufre mucho, cuando todo el mundo tiene mucha rabia.

Tal vez, cuando el planeta en que vivimos esté envejecido, quemado y yermo, la verdad esquiva seguirá rebotando entre muros fake forjados por los humanos que todavía existan.

Pero en este mundo de hoy, inundado de fea política, ¿no es verdad que los gobiernos cuando están en decadencia, cuando las alianzas se fracturan y los liderazgos están desprestigiados, cuando todo se derrumba y deben mantenerse a todo costo, es cuando más autoritarios y abiertamente criminales se vuelven?

Esa pareciera una verdad que salta a la vista.

También salta a la vista que las condiciones están dadas para lo que tanto quisieron y esperaron quienes se negaron a buscar soluciones políticas: una solución explosiva.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Acá entre nos: Ceguera histórica

@planetaencrisis

Una de las cosas más tristes de la crisis política que estamos viviendo en Venezuela, aparte, obviamente, de las muertes y de los graves hechos de violencia que aumentan a medida que avanza el año 2017, es ver a personas que uno considera dignas de todo respeto justificar y defender las violaciones de la Constitución en que ha incurrido el Gobierno desde que empezó esta última escalada. 

Me pasa con algún vecino con el que converso en el ascensor, con buenos amigos en Facebook, con políticos con cuyas posiciones simpaticé en algún momento, con colegas y compañeros de trabajo, hasta con periodistas que no conozco pero cuyo trabajo me llenó de entusiasmo alguna vez. También me pasa con personas muy cercanas y de mi propia familia. 

Constato con tristeza la ceguera y la incapacidad que tienen para analizar objetivamente los graves hechos ocurridos en las últimas semanas, las declaraciones oficiales y sus consecuencias sobre la situación del país. 

Son personas que, habiendo apoyado el proyecto de Hugo Chávez y el liderazgo heredado por Nicolás Maduro, consideran que no apoyar las decisiones de la cúpula del Gobierno equivale a traicionar ese legado, a permitir que la oposición “se adueñe otra vez del país”, a que se detenga la construcción del socialismo y que se pierda lo alcanzado; y a que “El Imperio” y el capitalismo internacional vuelvan a decidir los destinos nacionales.

Por eso repiten, con esa convicción vehemente de los fanáticos religiosos, que la Asamblea Nacional “tiene los días contados”, que los presos políticos son “asesinos” y “traidores”, que los demás líderes “escuálidos van a terminar igual”, que la violencia viene únicamente de la oposición, que todo lo que dicen sus representantes son "mentiras", que el referéndum revocatorio no se hizo porque los partidos políticos no cumplieron y que todo el que cuestione la línea oficial está siendo pagado, es "vende patria" y "salta talanquera".

Como las conozco y las respeto, tengo la certeza de que estas personas creen ciegamente en las razones que esgrimen y de que son incapaces de confrontar consigo mismos sus argumentos, pues lo único que importa es justificar lo que hace el Gobierno, aunque tuerza las leyes, y mostrar que sí tiene respaldo para lograr vencer la guerra económica y política de cuarta generación.

Piensan que la base del liderazgo de Chávez fue justamente el golpe de Estado fallido de 1992, el hecho de que modificó la Constitución en 1999 (aunque entonces no lo hizo él, sino todo el país), el haber enfrentado a los grandes poderes internacionales y al más rancio stablishment global de modo contestatario y con un efecto mediático y de choque; por lo que romper las normas y confrontar agresivamente siempre será sinónimo de ese espíritu chavista y revolucionario. 

Desconfían de las noticias pues saben que la verdad oficial es hecha a la medida del poder y que las informaciones de los medios de comunicación siempre son tamizadas por intereses políticos o económicos.

No tienen dudas de que, al llegar la oposición al poder, muchas de las políticas sociales, el volumen del gasto público, la propiedad de las empresas estratégicas, entre otros muchos aspectos de la vida nacional, cambiarán de rumbo, desaparecerán o darán paso a decisiones impopulares que contrastarán grandemente con las políticas implementadas por la izquierda, como está pasando ahora en Brasil o en Argentina.

Temen que, si ocurre lo mismo en Venezuela, se habrá perdido el sueño de Chávez y que la oportunidad será irrecuperable.

Pero, a pesar de entender este punto de vista, no puedo dejar de rechazar la incapacidad que demuestran para cuestionar el discurso cínico, el doble rasero y la retórica mentirosa que tanto le atribuyeron a los numerosos adversarios, hoy en boca de los altos funcionarios del Gobierno. 

No puedo dejar de considerar patética la defensa incondicional de cualquier argucia, de cualquier argumento, para impedir que los venezolanos ejerzan sus derechos bajo el falso supuesto moral de que se está luchando en una guerra no convencional.

No porque exista una guerra no convencional o porque pensemos que el adversario utiliza estrategias fuera de la Ley tenemos derecho a hacer cualquier cosa para confrontarlo. No porque yo crea que el otro es inmoral tengo derecho yo, si es que tengo valores e ideología, a serlo también.

Fue lamentable ver a Hermann Escarrá, ilustre promotor de la Constitución de 1999 y a quien todo el país se acostumbró a considerar una voz incuestionable en la materia, decir en reciente entrevista con Vladimir Villegas que no hace falta consultarle al pueblo si quiere o no una nueva Constitución, que eso se hizo en 1999 porque entonces no había la normativa que ahora hay. 

Lo dice justamente él, que sabe muy bien que uno de los grandes logros políticos de Chávez y lo que lo llevó originalmente al poder fue lograr un consenso nacional y una amplia participación de todos los sectores para reformar la Carta Magna.

Fue oprobioso ver a la señora Tibisay Lucena anunciar que la Constituyente se hará en julio, apenas unas horas después de que Maduro hiciera la convocatoria y sin cuestionar en absoluto las bases comiciales, que representan un golpe para la democracia en nuestro país.

Fue indignante escuchar al defensor del pueblo decir que la Constituyente "servirá para traer la paz", cuando desde que se hizo el anuncio de ese disparate, de ese último y fatal autogol, los niveles de protesta violenta se incrementaron exponencialmente.

Resulta insoportable escuchar, todos los días, al Presidente de la República acusar a la oposición de hacer exactamente todo lo que él mismo hace, entre hablar golpeado y descalificaciones. 

Y causa profunda vergüenza ver esta crisis reflejada en la prensa internacional, porque no hay nada que uno pueda decir que justifique lo que está pasando, ni siquiera la guerra económica y política, que ya se perdió hace muchos meses.

Atrás quedó aquella Venezuela cuya democracia era ejemplo para todo el mundo, aquel CNE que tenía “la teconología más moderna” y aquella propuesta de un modelo de desarrollo nuevo, con justicia y equidad. 

Hoy tenemos un país en ruinas y una crisis económica sin precedentes, con un goteo diario de muertes, violaciones recurrentes de los derechos humanos y una honda fractura social que amenaza con profudizarse más y más, con los venezolanos odiándose los unos a los otros.

Me asusta la cara dura de miembros del Gobierno y de los demás poderes públicos “simpatizantes” al decir las cosas que dicen ante un micrófono, pese a ver a los miles de personas todos los días en las calles y las cifras rojas de la violencia crecer y crecer, mientras el discurso presidencial parece salido de una pieza de teatro del absurdo.

¿Cómo no ven que detener esta guerra entre venezolanos requiere recuperar la confianza en las personas y en las instituciones? ¿Cómo no han entendido aún que si existe algo vital, fundamental, que debe ser modificado en el legado de Chávez es el discurso divisionista, descalificatorio y excluyente?

¿No se dan cuenta de que el futuro del chavismo está atado a su capacidad de regenerarse, de reorganizarse y de generar nuevos liderazgos dentro del juego democrático? ¿No ven venir la debacle que se cierne sobre el propio proyecto político si no lo hacen?

Pero la ceguera de quienes justifican atrocidades para permanecer en el poder no los libera de responsabilidades. Tampoco exonera a quienes prefieren mirar hacia otro lado, minimizando la gravedad de los errores cometidos y repitiendo como robots un guion vacío de ideología. 

Tristemente, a todos ellos, incluso a los que queremos y respetamos, la Historia y el país les pasarán factura.

jueves, 16 de febrero de 2017

Acá entre nós: 12 tuits sobre la salida del aire de CNN en Venezuela

@planetaencrisis

Rechazo y lamento el retiro de CNN en español de la parrilla de canales de mi proveedora de TV.

Me parece una medida equivocada y considero que no hay nada que la justifique.

Es cierto que los medios de comunicación son brazos políticos de grandes intereses económicos y políticos. Y que son muy influyentes.

Es cierto que las grandes empresas trasnacionales de la información, como actores que son, se posicionan contra los intereses contrarios.

Es cierto que todos los medios tienen una "línea editorial" que es política, y que muchos de ellos tergiversan los hechos mediante el discurso.

Pero aun todas estas certezas no le dan el derecho a nadie a impedir que los medios de comunicación transmitan sus mensajes.

Estar informados es un derecho de las personas, más hoy en día. Yo diría que es una necesidad básica, como alimentación y salud.

No es prohibiendo la transmisión de un canal que se evitarán los ataques políticos de los medios. Ellos forman parte del juego político.

El Poder Ejecutivo debe velar por estándares legales de contenido, no arrogarse juicios morales e ideológicos que no respetan la diversidad.

Si hubo un tratamiento indebido de la información en un caso puntual, debe ser tratado por los canales legales correctos.

El amarillismo no es un motivo de silenciamiento. La falta de objetividad, aunque ofenda, no autoriza a acallar un medio.

Decidir sin debido proceso va contra la democracia y el contrato social. Es ilegal, es arbitrario. No puede justificarse.

viernes, 3 de junio de 2016

Acá entre nos: Otra ventana de oportunidad para los periodistas en Venezuela

@planetaencrisis

Los presuntos saqueos o protestas espontáneas en Venezuela son un tema delicado que no debe ser tratado por los medios a la ligera.

Nuevamente estamos en la situación en que todo lo que uno lea sobre el país tendrá una lectura depende del cristal con que se mire.

Esto quiere decir que la información transita sobre hechos cuyas causas son motivo de polémica y que es preciso investigar mucho todavía.

No existe un solo punto de vista interpretativo y obviar esto significa ser actor político y no cronista objetivo. Lo que decimos tiene peso.

Los periodistas deberán (¡!) ser cuidadosos, contextualizar muy bien sus noticias y no dejarse llevar por la emoción.

Es preciso hacerse, metodológicamente, las preguntas correctas respecto a quién o quiénes se benefician con los sucesos.

En mi opinión, la situación, nuevamente, es una ventana de oportunidad para los admirables y valientes periodistas venezolanos.

domingo, 27 de marzo de 2016

Acá entre nos: Globovisión o la quimera informativa

@planetaencrisis

El canal Globovisión es, en este exacto momento de la historia de nuestro país, un medio periodístico que sorprende, causa orgullo y que es merecedor del sitial de principal referente informativo de los venezolanos.

La mayor parte de su programación es cuidadosamente balanceada para dar espacio a las dos grandes tendencias políticas actuales de Venezuela (chavismo y oposición), mientras que sus periodistas, las cuñas institucionales y toda la imagen del canal televisivo se desviven por reforzar estos atributos de "espacio neutral" ante los ojos avizores del gobierno, de la oposición y de los venezolanos afines al uno o a la otra, lo cual resulta conmovedor para la periodista que suscribe este comentario.

La programación, en general, es perfecta en cuanto a balance editorial, comenzando por el fabuloso programa Vladimir a la 1 y por las emisiones del noticiero. Los programas de opinión mantienen un enfoque que impide que, aunque la selección de los invitados o los comentarios de los moderadores puedan denotar posiciones políticas, se incurra en virulento activismo o en la tendenciosa cobertura que es usual, por ejemplo, en los medios de otros países cuando se trata de informar respecto a Venezuela.

El camino que recorrió Globovisión para llegar adonde está hoy es de todos conocido (y digo todos en el sentido planetario de la palabra): pasó de ser una forma novedosa de traer las noticias al interior de los hogares (al estilo 24/7 que CNN inauguró a fines de los años 80 del siglo pasado) a ser un actor político cardinal en Venezuela y el objeto de una atención global que superó con creces la que le correspondía por concepto de audiencia.

No voy a entrar en detalles sobre el papel que este canal jugó hace 14 años ni sobre su posicionamiento en los hechos políticos venezolanos de entonces, a pesar de que la musiquita inquietante con que editorializaba sus coberturas aún me cause palpitaciones y el recuerdo de sus discursos periodísticos todavía me haga arquear las cejas.

Una cierta emoción me obliga a manifestar mi encantamiento con su línea actual y con el contenido de su programación y, al mismo tiempo, a confesar la triste certeza de que tales cualidades no han de durar demasiado tiempo.

Basta escuchar las críticas absurdas vertidas desde el Gobierno Nacional (he dicho que en nada se parece la actual línea editorial de Globovisión con aquella de hace unos pocos años) y algunas todavía más disparatadas en boca de los usuarios de a pie, sean de una u otra tendencia política (o incluso de ninguna), que lo acusan de autocensurarse.

Soy de las que piensan que la autocensura es praxis en el periodismo desde siempre, pues la línea editorial, los anunciantes y los intereses de quienes financian el medio han sido un filtro de los contenidos desde el comienzo de la prensa. Y el periodismo hace tiempo que dejó de querer parecer objetivo o imparcial.

En nuestra era, los grandes diarios como El País o The New York Times, Le Monde, al iguales que los principales, los medianos y los pequeños periódicos en cada país del mundo, sin hablar de las todopoderosas televisoras, tienen por norma editorializar tanto su contenido que la gente no acostumbra consumir un producto informativo sin el ingrediente opinativo de rigor: el que les dé la razón y refuerce la opinión ya formada. Escogemos los medios por su tendencia.

Por su valioso contenido, el momento comunicacional de Globovisión ahora se me antoja único, fugaz y frágil cual fenómeno natural, aunque no por eso menos notorio y hermoso.

Con tristeza opino que los días de la Globovisión quimérica están contados. Y no apenas por aquella metáfora platónica del Anillo de Giges, sino porque en nuestras sociedades de hoy es la línea política y editorial  lo que otorga valor y prestigio al medio y no la contingencia de la cual éste se ocupa.

Éste es el periodismo humano que más valoramos, donde “humano” no tiene un sentido humanístico moral (y quimérico), mas el sentido político que le damos respecto a su papel en nuestra convivencia como sociedad y del que hacemos una referencia necesaria.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Acá entre nos: El nudo ciego del periodismo o la tragedia del "ni ni"

@planetaencrisis

Este momento que vivimos, de fuerte polarización política al interior de nuestras sociedades en el mundo, ha cambiado el periodismo y su oficio en un tiempo increíblemente corto, al menos para muchos de nosotros los periodistas.

Un caso emblemático es el de mi país, Venezuela, donde la “batalla de las ideas” que vino a la par de un proceso político dio paso, primero, a un escenario donde la prensa tuvo preponderancia como actor de oposición e incluso apoyó un golpe militar en su momento, y en la actualidad, a una situación imposible de imaginar hace diez o doce años: de tener una prensa que era toda de oposición pasamos a no tener ninguna prensa de oposición.

En cuanto al discurso periodístico, no parece arriesgado decir que estamos ante un periodismo notoriamente distinto del que conocí cuando empecé a trabajar y durante los años que siguieron después, antes de lo que he llamado una (real) "politización" del periodismo a escala global.

En los años 90 los periodistas podían sentirse relativamente cómodos en una posición política y raramente serían execrados o etiquetados como indeseables por ello. En Latinoamérica vivíamos una primavera democrática y no se había producido esa ruptura entre las posiciones políticas radicales de los distintos actores sociales.

Mis compañeros y yo veíamos con respeto a cualquiera que decidiera acomodarse en esa mullida dignidad de pertenecer a un grupo o de exhibir una tendencia, mejor si era de izquierdas, en mi caso, pues le daba el don de ser crítico de las injusticias y conocedor de la naturaleza de los hechos gracias a esa cercanía de lo humano cotidiano que tiene el trabajo de periodista.

Las figuras sociales que nos servían como referentes eran, a su vez, académicos o intelectuales o artistas o famosos u otras personas respetadas, quienes jamás serían públicamente denigrados o ridiculizados por aquellos cuyo pensamiento tuviese distinta orientación política.

De hecho, el lenguaje que manejaban públicamente los políticos era, hasta cierto punto, mesurado.

En aquella época era impensable (ojo, hablo solamente desde el punto de vista del discurso periodístico) —aunque los medios de comunicación libraran su rol habitual en ese juego de necesidades e intereses que determina el flujo de la información— que un medio, al querer mostrar una imagen intencionalmente negativa, usara un discurso ideológico.

Parecía imposible imaginar entonces que los medios llegarían a tener un lenguaje abiertamente parcializado, donde mostrarían una izquierda y una derecha políticas en permanente conflicto, y que tal debate ideológico se elevaría al papel protagónico en la escena de todos los días.

Tomando partido

Esa realidad que quedó en el pasado es probablemente rechazada hoy por muchos de los periodistas que ejercen la profesión en Venezuela y es defendida por otros tantos, porque el compromiso ideológico se ha vuelto parte visible de su trabajo.

Por ejemplo, periodistas afines al actual gobierno venezolano podrían refutar recordando que aquella era una época de alienación, donde todos los actores sociales trabajaban mancomunadamente para mantener el estatus quo y la hegemonía del poder económico y del capitalismo como sistema de dominación en el mundo, y que entonces nadie se cuestionaba si el discurso que recibíamos de los medios estaba o no cargado de ideología, por lo que la imposición de una visión de sumisión a los intereses económicos de la oligarquía y hegemónicos del imperialismo extranjero pasaba desapercibida a los ojos de la mayoría.

Por su parte, periodistas de oposición dirían que el discurso de lucha de clases se ha impuesto por la profusión de medios oficialistas y por el silenciamiento de los demás;  que es propangandístico, mentiroso y violador de los derechos del libre flujo de la información y que busca legitimar a un gobierno al que ellos califican como autoritario, para usar el menor de los adjetivos.

¿Cómo es posible esta diatriba sin conciliación? ¿Qué hace de los periodistas unos militantes en su trabajo? Pues no se trata solamente de ser muy pragmático y de garantizarse el puesto, se trata de que el periodismo es un oficio que obliga a los periodistas a tomar partido.

Libertades y virtudes

El periodismo se maneja sobre supuestos ideológicos muy claros: Tengo algo que decir y debo poder decirlo a través de estos canales sociales a la mano. Es mi supremo privilegio como periodista y también mi mayor virtud, por cuanto de este modo también ejerzo mi derecho ciudadano a expresarme libremente y garantizo la libertad de los demás. Es algo así como la visión de un súper profesional con virtudes heroicas.

Pero entre las lecciones de ética que recibimos en las escuelas también nos explican ese eufemismo llamado “línea editorial”, sobre el cual tenemos que caminar cuidadosamente pues no somos dueños del canal de comunicación donde estamos trabajando.

De modo que, para trabajar en una empresa de medios de comunicación es prácticamente indispensable que el periodista, si no sea afín ideológicamente, al menos esté públicamente comprometido con su posición, lo cual, claro, se reflejará abiertamente en su trabajo.

Esto, entiéndase, más que una condición sine qua non para trabajar es un comportamiento lógico y dictado por el sentido común.

El comunicador se aferrará con pasión a los principios que le enseñaron en la Academia y hará de ellos una herramienta, lo cual le llevará a la constatación de que está, en la práctica, ideológicamente comprometido hasta la última coma con lo que expresa. O entonces se irá con sus preguntas y sus palabras a otra parte.

Convivir como “ni ni”

Hasta este punto del racionamiento todos estamos de acuerdo en lo esencial: en algún momento de la historia reciente hubo una ruptura del discurso periodístico y, en Venezuela, tal cambio es sintomático del cambio político y social que hemos experimentado y cuya evolución nos ha llevado adonde estamos ahora.

Como resultado de nuestro proceso particular, los medios oficialistas venezolanos se volvieron punteros de la lucha contra los enemigos mediáticos e ideológicos de aquí y de allende las fronteras, pero también espejos de la propaganda oficial, mientras que los medios privados  —otrora más o menos radicales— se replegaron en una sola y tímida etiqueta: “ni ni”, donde ya no hacen oposición y, en cambio, muchos se alinean favorablemente.

Pero buscar objetividad desde las posiciones comprometidas es muy difícil. 

Muchos periodistas sienten que han llegado a una encrucijada donde tendrán que perder una parcela de dignidad para seguir adelante. 

Otros se sienten en la obligación moral de dar la batalla ideológica cueste lo que cueste, pues dar una visión crítica de la cuestión social implica el desmontaje del discurso dominante que impone valores y moldea mentalidades.

Para los periodistas de oposición, no denunciar al gobierno significa renunciar a sus ideales, callar ante los atropellos y crímenes, amordazar la verdad.

Para los periodistas favorables al gobierno, la "prensa golpista" venezolana, que en el nombre de una falsa libertad se erigió a sí misma en poder de facto y que presenta a los políticos golpistas como víctimas de represión, está pagando el precio. El gobierno la enfrenta como actor político desestabilizador y la combate como tal. 

Todos, no obstante, se arropan en el protagonismo del periodista y del medio y ven la noticia como arma ideológica.

En mi opinión personalísima, con la cual no quiero sino señalar los cambios ocurridos en los últimos años en materia del discurso periodístico, en Venezuela hemos llegado al punto ciego de la contradicción. 

Es algo así como el punto de la tragedia, ese punto en el que el pulso entre libertades y necesidades tiene un desenlace que no por anodino resulta menos dramático.

Si convenimos en que la política tiene el mismo fin u objeto que la ética, que es el devenir, la contingencia, la posibilidad de que algo suceda o no suceda en la existencia y en la convivencia humanas, debemos convenir también en que la política que niega la convivencia (e incluso la existencia ) con el contrario o que quiere su exterminio absoluto no es, ni mucho menos, ética.

Por extensión, el periodismo que niega al contrario político es un despropósito.

Y el periodismo que adoctrina, en teoría, es una aberración.

Nudo ciego. Allí estamos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Flashes del camino: La selva de Vargas

@planetaencrisis

El verde enmarañado, medio enloquecido, de árboles que se entrelazan en abrazos obligados por la falta de espacio, entre líquenes y enredaderas, entre parásitas y orquidáceas, siempre me ha fascinado.

En Venezuela abunda este tipo de paisaje. Sobre el litoral del Caribe se extiende una selva nublada generosa que dibuja el centro-norte del país como una frontera. 

Allí el verdor permanece, por increíble que pueda parecer, a pesar del crecimiento en progresión de las ciudades a lado y lado de la cordillera costeña.

En los años más recientes de mi vida cambié los destinos turísticos por otros más cercanos y accesibles. Fue así como me volví visitante de los pequeñísmos poblados costeros cercanos a Caracas, tanto de los más concurridos como  de los más apartados, algunos de ellos fundados en tiempos ancestrales por esclavos huidos de cafetales y plantaciones de cacao.

Vargas, estado que hasta hace poco formó parte del Distrito Capital y que está separado del Área Metropolitana de Caracas por el parque nacional Waraira Repano, más conocido como El Ávila. 

El estado es rico en pueblitos que ahora, desbordados por el crecimiento demográfico caraqueño, integran una zona urbana que se extiende por más de 20 kilómetros. Aunque —la verdad sea dicha—, poco o nada queda de aquel pasado histórico, a no ser en el centro colonial de La Guaira, donde se encuentran la Marina y la Capitanía de Puertos.

Pero los poblados más lejanos del litoral central todavía cuentan con una buena cantidad de selva en torno a ellos, la cual es preciso cruzar haciendo una pequeña travesía para alcanzar la playa.

En la selva varguense, tan humilde y olvidada —ni siquiera nombre propio tiene—, hay picos de más de 1.000 metros sobre el mar, árboles autóctonos como el jabillo, el caobo, el yagrumo, el araguaney, el mango, el caucho, el apamate, la acacia, el mijao, etc., y matorrales de helechos y plantas aéreas que se extienden hasta donde alcanza la vista. Sin hablar de una fauna fabulosa con especies en peligro de extinción.

El viaje comienza a poco más de 30 kilómetros del centro de Caracas, cuando se abandona la zona residencial del pueblo varguense de Naiguatá y se entra en la carretera que va hacia el balneario Los Caracas, una costanera de película.

Al terminar se atraviesa dicho balneario —una suerte de ciudad turística construida en los años 50 y mal administrada por todos los gobiernos desde entonces—, y se toma una carretera serpenteante que, entre largos trechos de selva, va pasando por los pueblitos costeños del estado Vargas y luego por los del vecino Miranda, en donde la vida transcurre entre la pesca, el conuco (cultivo familiar) y la venta de productos para el turismo popular.

En mi reciente viaje llegué hasta el pueblo de La Sabana. Estuve un par de días allí y, aunque ustedes no lo crean, no me bañé en la playa. El mar estuvo picado el sábado y el domingo tuve que renunciar al sol y la arena por razones de fuerza mayor.

Quise hacer este comentario hoy en el blog por la inspiración que me han dado algunos blogueros con sus posteos sobre sus viajes a lugares fascinantes.

Omito, eso sí, cuestiones más políticas sobre mi amado país por creer, de todo corazón, que ya hay bastante sobre estos temas en la nube virtual en la que todos vivimos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Acá entre nos: Léeme, que yo digo la verdad

@planetaencrisis

Cuando yo estudiaba Comunicación Social tuve la fortuna de cursar una asignatura llamada Historia del periodismo, dictada por una profesora cuyo nombre no recuerdo pero a quien nunca olvidaré, porque fue la primera vez en mi vida que me reprobaron una materia en la nota final.

La profesora, una señora muy respetada en la facultad, me “raspó” merecidamente, porque yo pasé el semestre más pendiente de flertear con algunos guapos colegas que de la materia en cuestión, en la cual se exaltaban las virtudes del quehacer periodístico de ese modo tan romántico e idealista en que el tema sigue siendo tratando hoy en las escuelas de Comunicación Social de todo el mundo.

En la referida materia, el periodista era presentado como una suerte de súper héroe capaz de arriesgar su vida para entregarnos la noticia y así proteger nuestro sagrado derecho a la información –derecho que, dicho sea de paso, hoy en día es infinitamente más defendido que el derecho de una persona a ingerir el mínimo de calorías necesario para evitar su extinción, según palabras de otro profesor que no me dio clases, pero a quien le tengo enorme respeto.

Recuerdo a mi profesora de Historia del periodismo contando, con lágrimas en los ojos ,cómo los sucesos de 1968 –al parecer ella vivió en París en su adolescencia– le sirvieron de inspiración para estudiar la carrera, porque, según nos explicó, los movimientos de protesta que corrieron como pólvora por el planeta en esa época representaban la quintaesencia de esa necesidad humana de estar informado y de protestar contra cualquier atisbo de censura.

Realmente “prohibido prohibir” es un lema que podría ser, hoy (por 15 minutos), el hashtag más popular de Twitter, si no fuera ya un lugar común desgastado.

Lo cierto es que el recuerdo de la materia y de las lágrimas de mi profesora me vino a la mente ayer, cuando observé un mapa publicado por CNN México en su página de Internet (http://mexico.cnn.com/infografias/2011/12/23/los-indignados-alrededor-del-mundo), y que fue muy “retuiteado” en la mencionada red social.

El mapa, que pretende ser una radiografía de los movimientos de protesta en el mundo, sorprendentemente no señala directamente el sonado Occupy Wall Street, sino que sitúa el ícono indicativo de la presencia de protestas en el sur de Estados Unidos, lejos de las ciudades de este país donde el movimiento contra las políticas que privilegian a los grandes capitales en detrimento de la mayoría de la población ha tenido mayor acogida: Washington, Nueva York y Los Angeles.

Igualmente, llama la atención la presencia en el mapa de los países de Centro y Suramérica (donde, si acaso ha habido protestas, éstas han sido insignificantes con relación a las de Estados Unidos y las de Europa) con igual categoría que España y otros países europeos, donde las protestas han sido de decenas de miles de personas en las calles.

El caso de este mapa, que es anecdótico, me llamó la atención pues, mientras la revista estadounidense Time le ha dado el premio de “personaje del año 2011” a “El manifestante”, recientemente también he leído noticias como la de David Seaman, periodista de la revista de finanzas Business Insider a quien Twitter le suspendió su cuenta por hablar demasiadas veces del Occupy Wall Street y del NDAA (National Defense Authorization Act), bajo los hashtag #NDAA y #OWS.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre el Occupy Wall Street? ¿Ha sido minimizado y "vetado" por la media, como denuncian algunos? Un reciente sondeo de opinión divulgado por los medios estadounidenses arrojó que la mayoría de la población (más del 50 por ciento) cree que estos “indignados” son personas potencialmente agresivas, que están dispuestas a acciones violentas por resentimiento o por haber perdido bienes materiales durante la crisis.

Ahora bien, ¿cómo hace el simple lector para tener una idea más o menos objetiva de temas como éste, que son profundamente ideológicos?

Personalmente creo que nunca voy a dejar de estremecerme al constatar, todos los días y cada vez que leo las noticias en los diarios y medios de comunicación del mundo, que siempre se manipulan de algún modo las informaciones para presentar los temas del modo que más le convenga al editor del medio, sea de la tendencia que sea. No hay noticias inocentes. No hay noticias realmente objetivas.

Desde luego, es perfectamente legítimo el hecho de que los medios de comunicación asuman una posición ante el hecho político. Al fin y al cabo esa ha sido su función primigenia. Muchos diarios nacieron para darle voz a las ideas liberales y progresistas en los albores de nuestras repúblicas, y muchos medios históricamente lograron la hazaña de poner al descubierto colosales casos de corrupción, conspiraciones o injusticias.

Además, en mi opinión, es totalmente cierto que un poder político sin crítica que lo confronte se vuelve totalitario y aplastante. Y es nuestro derecho que exijamos una información veraz, más en un momento en que la información vuela como el viento a través de las redes sociales y que todo puede ser replicado sin que importe su origen.

Pero no dejo de sorprenderme con el hecho de que, en un mundo tan politizado, sigamos creyendo que los medios son “contrapoderes” y “la máxima expresión de la democracia”, como dice otro famoso profesor que me dio clases una vez.

Habrá quien quiera mi cabeza por decir esto, pero después de años y años de trabajar en medios de comunicación estoy realmente convencida de que no hay democracia al interior de ellos: uno escribe lo que el editor pide y del modo en que lo pide, con el lenguaje que él quiere y con el enfoque que él desea. Y si no lo quiere uno no lo escribe.

Además, cualquier estudiante de Comunicación Social sabe que la escogencia de señales visuales, la forma cómo éstas son presentadas y el lenguaje usado son decisivos a la hora de dar el mensaje periodístico, el cual será “leído” de la forma que más le convenga al emisor. Es decir, el receptor no tiene muchas opciones al recibir el mensaje, porque éste viene siempre preñado de intenciones.

Y cualquier periodista tiene muy claro que no es un súper héroe, sino un empleado que debe seguir los lineamientos de su empleador. Y esto no tiene nada que ver con la persecución que pueda sufrir el periodista que investiga al narco o que realiza la encomiable labor de denunciar un crimen.

En otras palabras: no se puede comparar la tarea de un corresponsal de guerra, o la de un periodista que vive en un país donde hay una guerra contra el narcotráfico, como México, o del que vive en un país donde hay un conflicto armado, como Colombia, con las cosas que enfrenta un periodista de un país donde hay una suerte de "guerra" entre los poderes económicos y los poderes políticos, como ocurre en Venezuela, Ecuador, Argentina o Brasil. Son contextos muy diferentes e igualarlos es una simplificación burda y patética.

Y el medio de comunicación no es un contrapoder a priori. Es, más bien, la voz del poder en sí mismo, sea económico, sea político. Mientras refleja los hechos, mientras divulga las "verdades", hace las veces de aparato de propaganda ideológica de los poderes dominantes. Esto sí que es una gran verdad.

Una vez que aceptamos sin prejuicios (sé que esto es realmente difícil) la parcialidad de los medios es que podemos dilucidar cuándo, en qué ocasiones, esos medios sí pueden llegar a fungir como contrapoder de otro poder. Y esto no es un juego de palabras. Sólo podemos hacer una lectura objetiva cuando tomamos conciencia de la falta de objetividad en las informaciones.

En Venezuela, por ejemplo, éste es un ejercicio bastante dificultoso, porque la prensa está casi completamente plegada a sus posiciones. Mientras que la prensa oficialista hace propaganda permanente de las iniciativas del gobierno, no las cuestiona y no da voz a ninguna posición contraria, gran parte de la prensa privada minimiza cualquier iniciativa oficial, tampoco da voz al contrario, hace propaganda a favor de la oposición y no tiene otra misión más importante que la de atacar al gobierno, todo ello envuelto en nubes de animosidad.

Esta visión sesgada y polarizada se traslada a la prensa del exterior cuando se refiere a las cuestiones políticas en Venezuela. Como muestra, un botón: Hace unos días se realizó en Caracas una cumbre de presidentes para crear la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), un incipiente ensayo para construir un organismo regional donde los países se alinearían con nuevas potencias emergentes, como Brasil, en momentos en que el gran líder regional, Estados Unidos, amenaza con seguir arrastrando a sus vecinos a las honduras de su crisis.

La mayor parte de los medios venezolanos y regionales prácticamente no dio cobertura al evento. Lo ignoraron olímpicamente. Algunos medios de otros países de la región se esforzaron por presentar la idea de que la OEA en nada se vería afectada por la creación de la Celac, como si ésta fuera la única lectura que se pudiera hacer.

Extracontinentalmente, para poner un ejemplo pequeñito de la forma cómo se presentó mediáticamente en el exterior de Venezuela el hecho político, durante el primer día de la cumbre de dos días y la mitad del segundo, un importante diario de España mantuvo en su página de Internet una única noticia sobre el tema: Chávez fracasa en el intento de que Latinoamérica prescinda de la OEA
(http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/02/actualidad/1322851591_167301.html). Sólo en la tarde del segundo día, horas antes del cierre de la cumbre, fueron colgadas notas con mayor contexto y profundidad en la página del diario.

Ahora bien, si uno se pone a pensar en la relevancia del hecho surgen, como mínimo, algunas preguntas: ¿Es que los 31 presidentes y dignatarios que vinieron a Caracas lo hicieron solo para darle el gusto a Chávez, bailar al ritmo de su batuta e intentar lograr “que Latinoamérica prescinda de la OEA”?

¿Es que a nadie le interesa saber qué distintas lecturas hay en el fondo del hecho político?

Y, por otra parte, ¿es que, en verdad, eventualmente y si el proyecto se llegara a consolidar, la creación de la Celac no afectaría en nada, nada a la OEA? ¿Qué cosas están en juego, más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, más allá de la propaganda política? ¿Qué es realmente importante entender?

Para evitar caer en la lamentable diatriba repetitiva en la que solemos caer los venezolanos, pondré otros ejemplos un tanto más extremos: muchos de mis queridos amigos judíos están sinceramente convencidos de que existe una conspiración mediática global contra el pueblo de Israel y de que las noticias críticas sobre la segregación de los palestinos no son sino señales –alguna vez profetizadas– de ese ensañamiento. Prácticamente ninguno defiende a sus vecinos árabes y hablar sobre la situación de los palestinos les desagrada bastante, porque sienten que la historia reflejada por la gran prensa internacional, simplemente, no es verdad.

Y en Cuba hay quienes defienden que el injusto y criminal bloqueo contra la isla y la defensa del socialismo justifican la censura, la falta de libertades y otras cuestiones que allí ocurren.

Simplificando mucho la cuestión me atrevo a decir que, en mi opinión, los medios de Israel han hecho un magnífico trabajo con la opinión pública (¿qué rayos significa este concepto?) interna israelí. No es necesario vivir en Israel para darse cuenta de esto, basta leer los diarios online durante un par de días. Y probablemente lo mismo haya pasado en Cuba, en Estados Unidos, en todas partes. Los medios forman nuestra opinión, insisto yo, para usar una enorme simplificación.

El interrogante que surge entonces es si podemos ponernos a buscar una verdad esquiva y dónde la vamos a encontrar, porque parecemos entender el mundo solo a través de las noticias. ¿Y no está el mundo hecho de ellas, o esto es otra simplificación?

domingo, 6 de noviembre de 2011

Acá entre nos: Los amigos invisibles

Morena Blue

Desde 1953 y hasta finales de la década de 1980, Arturo Uslar Pietri, destacado escritor, abogado e historiador venezolano, empezó y despidió cada edición de su programa semanal de televisión Valores humanos con un saludo a los “amigos invisibles” detrás de la pantalla.

Ya sea porque el programa –una charla deliciosa sobre historia, arte, literatura y temas variadísimos– era un éxito de audiencia o porque la expresión se volvió un modismo cult, todo el mundo en Venezuela pasó a nombrar a los “amigos invisibles” para a referirse a ese público anónimo con el cual los famosos “conversan” sin mayor retroalimentación que las cartas (entonces escritas a mano) que nunca eran respondidas.

Hoy, en la era de Internet, los chats y las redes sociales, la expresión –ya desgastada– ha adquirido un nuevo y profundo significado, puesto que las personas comunes y silvestres hemos introducido a estos seres incorpóreos de tal modo en nuestras vidas que ya no podemos existir sin ellos.

Ya no se trata solo de los famosos y su público anónimo. Ahora, cada vez más gente con acceso a Internet hace de los “amigos invisibles” una opción de desahogo y compañía, mientras que las relaciones de amistad con personas de carne y hueso van siendo relegadas por el peso de las realidades cotididanas.

Así, el ama de casa, el empleado, el adolescente, el empresario, el comerciante, el profesional, el estudiante, el profesor, dedican al menos una pequeña parte de su día a comunicarse con personas la mayoría desconocidas, y ese intercambio viene a ser, no pocas veces, la más rica permuta social empática que tienen estos usuarios a lo largo del día, aparte de su entorno más allegado, pero a un costo bajísimo.

Sin desplazarse físicamente y a la vez que se conoce la actualidad local y global a la velocidad del rayo, navegando en redes sociales se puede expresar alegría, ira o tristeza sin tener que explicar las causas que impulsan estos sentimientos; se puede opinar, coquetear o agredir sin tener que responsabilizarse luego por las consecuencias de estas acciones; o se puede compartir catárticamente casi cualquier cosa, sin que importe qué sea o quién lo vea.

Los invisibles, por otra parte, carecen de los defectos de los interlocutores corpóreos: no requieren demasiados formalismos de lenguaje ni interacciones más allá de la mínima reciprocidad (a veces ni eso); no nos exigen complicadas formas de presentación –podemos estar desnudos, en pijama o acostados en nuestras camas mientras nos comunicamos– y no nos juzgan por nuestra apariencia física (a menos que así lo queramos).

Para relacionarnos con estos amigos no necesitamos ni siquiera expresarnos con nuestras propias palabras. Podemos copiar, repasar, dar “RT”, “RB”, “RP” y mil variantes parecidas, o decir “me gusta” a cosas cuyo origen se pierde en una espiral de transferencia tan insondable cuanto los números naturales o el espacio sideral.

Con estas amistades se puede llegar a experimentar auténtica afinidad, a pesar de que no se haya tenido la más mínima intimidad y aunque la permuta sea tan fugaz como el acto de pasar junto a una persona en la calle.

Si bien se está dentro de un flujo unívoco de informaciones (la red), el mensaje es, la mayor parte del tiempo, unilateral, semejante al monólogo, lo que permite al emisor sentirse con libertad suficiente para articular y manifestar las propias ideas sin censura o comedimientos.

Un plus de tal esquema comunicacional es la ilusoria impresión de que las personas se vuelven “populares” o “más interesantes” por exhibir un grueso número de amigos o seguidores virtuales, sin necesidad de que posean una imagen pública mediatizada (los verdaderamente famosos suelen tener listas inmensas).

Exentos de conveniencias y de estructuras jerárquicas aplastantes, tenemos el derecho absoluto de clasificar y rotular a nuestros “amigos” por las cosas que publican, por la forma cómo lo hacen o por los intercambios minimalistas que tengamos con ellos.

Si una cierta expresión, un material publicado, un comentario inapropiado (o la falta de ellos, todos los motivos son válidos), nos desagrada por cualquier peregrina razón, podemos deshacernos del invisible con la misma rapidez con que lo hicimos parte de nuestra red.

Bloqueo, unfollow y restricciones de todo tipo son herramientas eficaces a la hora de alejar una amistad virtual, aunque hayamos compartido meses o años de leernos mutuamente, aunque hayamos intercambiado mensajes con fruición o, inclusive, aunque hayamos tenido el ánimo suficiente para conocernos cara a cara a través de una videocámara.

Incluso los conocidos de la vida real, si figuran entre nuestros amigos virtuales, pueden pasar por la picota con la facilidad de un estornudo. “Es mi página”, argumentamos.

Tan invisibles pueden llegar a ser los amigos virtuales que, al terminar con ellos, a veces no nos queda ni el recuerdo de sus nombres, pues éstos suelen cambiar constantemente al igual que las imágenes con las que los identificamos (avatares).

Poco se parecen estos amigos invisibles a aquellos que nombraba Uslar Pietri. Los de hoy son más bien los “amigos grano de arena”, “amigos peces” en un mar vertiginoso que nunca acaba, colegas de un autobús cotidiano hacia el conocimiento de todo lo inmediato. ¡Vaya que son imprescindibles!

Nuestros amigos incorpóreos nos introducen en aquel “sentimiento oceánico” de que hablaba Freud, pero ahorrándonos la bofetada de la convivencia, evitándonos preámbulos y moralejas, permitiéndonos expresar nuestro humano egoísmo en modo fast y con la mayor libertad posible. Y por si fuera poco, no nos fallan nunca: están allí siempre, siempre, siempre.