viernes, 23 de diciembre de 2011

Acá entre nos: Léeme, que yo digo la verdad

@planetaencrisis

Cuando yo estudiaba Comunicación Social tuve la fortuna de cursar una asignatura llamada Historia del periodismo, dictada por una profesora cuyo nombre no recuerdo pero a quien nunca olvidaré, porque fue la primera vez en mi vida que me reprobaron una materia en la nota final.

La profesora, una señora muy respetada en la facultad, me “raspó” merecidamente, porque yo pasé el semestre más pendiente de flertear con algunos guapos colegas que de la materia en cuestión, en la cual se exaltaban las virtudes del quehacer periodístico de ese modo tan romántico e idealista en que el tema sigue siendo tratando hoy en las escuelas de Comunicación Social de todo el mundo.

En la referida materia, el periodista era presentado como una suerte de súper héroe capaz de arriesgar su vida para entregarnos la noticia y así proteger nuestro sagrado derecho a la información –derecho que, dicho sea de paso, hoy en día es infinitamente más defendido que el derecho de una persona a ingerir el mínimo de calorías necesario para evitar su extinción, según palabras de otro profesor que no me dio clases, pero a quien le tengo enorme respeto.

Recuerdo a mi profesora de Historia del periodismo contando, con lágrimas en los ojos ,cómo los sucesos de 1968 –al parecer ella vivió en París en su adolescencia– le sirvieron de inspiración para estudiar la carrera, porque, según nos explicó, los movimientos de protesta que corrieron como pólvora por el planeta en esa época representaban la quintaesencia de esa necesidad humana de estar informado y de protestar contra cualquier atisbo de censura.

Realmente “prohibido prohibir” es un lema que podría ser, hoy (por 15 minutos), el hashtag más popular de Twitter, si no fuera ya un lugar común desgastado.

Lo cierto es que el recuerdo de la materia y de las lágrimas de mi profesora me vino a la mente ayer, cuando observé un mapa publicado por CNN México en su página de Internet (http://mexico.cnn.com/infografias/2011/12/23/los-indignados-alrededor-del-mundo), y que fue muy “retuiteado” en la mencionada red social.

El mapa, que pretende ser una radiografía de los movimientos de protesta en el mundo, sorprendentemente no señala directamente el sonado Occupy Wall Street, sino que sitúa el ícono indicativo de la presencia de protestas en el sur de Estados Unidos, lejos de las ciudades de este país donde el movimiento contra las políticas que privilegian a los grandes capitales en detrimento de la mayoría de la población ha tenido mayor acogida: Washington, Nueva York y Los Angeles.

Igualmente, llama la atención la presencia en el mapa de los países de Centro y Suramérica (donde, si acaso ha habido protestas, éstas han sido insignificantes con relación a las de Estados Unidos y las de Europa) con igual categoría que España y otros países europeos, donde las protestas han sido de decenas de miles de personas en las calles.

El caso de este mapa, que es anecdótico, me llamó la atención pues, mientras la revista estadounidense Time le ha dado el premio de “personaje del año 2011” a “El manifestante”, recientemente también he leído noticias como la de David Seaman, periodista de la revista de finanzas Business Insider a quien Twitter le suspendió su cuenta por hablar demasiadas veces del Occupy Wall Street y del NDAA (National Defense Authorization Act), bajo los hashtag #NDAA y #OWS.

Entonces, ¿cuál es la verdad sobre el Occupy Wall Street? ¿Ha sido minimizado y "vetado" por la media, como denuncian algunos? Un reciente sondeo de opinión divulgado por los medios estadounidenses arrojó que la mayoría de la población (más del 50 por ciento) cree que estos “indignados” son personas potencialmente agresivas, que están dispuestas a acciones violentas por resentimiento o por haber perdido bienes materiales durante la crisis.

Ahora bien, ¿cómo hace el simple lector para tener una idea más o menos objetiva de temas como éste, que son profundamente ideológicos?

Personalmente creo que nunca voy a dejar de estremecerme al constatar, todos los días y cada vez que leo las noticias en los diarios y medios de comunicación del mundo, que siempre se manipulan de algún modo las informaciones para presentar los temas del modo que más le convenga al editor del medio, sea de la tendencia que sea. No hay noticias inocentes. No hay noticias realmente objetivas.

Desde luego, es perfectamente legítimo el hecho de que los medios de comunicación asuman una posición ante el hecho político. Al fin y al cabo esa ha sido su función primigenia. Muchos diarios nacieron para darle voz a las ideas liberales y progresistas en los albores de nuestras repúblicas, y muchos medios históricamente lograron la hazaña de poner al descubierto colosales casos de corrupción, conspiraciones o injusticias.

Además, en mi opinión, es totalmente cierto que un poder político sin crítica que lo confronte se vuelve totalitario y aplastante. Y es nuestro derecho que exijamos una información veraz, más en un momento en que la información vuela como el viento a través de las redes sociales y que todo puede ser replicado sin que importe su origen.

Pero no dejo de sorprenderme con el hecho de que, en un mundo tan politizado, sigamos creyendo que los medios son “contrapoderes” y “la máxima expresión de la democracia”, como dice otro famoso profesor que me dio clases una vez.

Habrá quien quiera mi cabeza por decir esto, pero después de años y años de trabajar en medios de comunicación estoy realmente convencida de que no hay democracia al interior de ellos: uno escribe lo que el editor pide y del modo en que lo pide, con el lenguaje que él quiere y con el enfoque que él desea. Y si no lo quiere uno no lo escribe.

Además, cualquier estudiante de Comunicación Social sabe que la escogencia de señales visuales, la forma cómo éstas son presentadas y el lenguaje usado son decisivos a la hora de dar el mensaje periodístico, el cual será “leído” de la forma que más le convenga al emisor. Es decir, el receptor no tiene muchas opciones al recibir el mensaje, porque éste viene siempre preñado de intenciones.

Y cualquier periodista tiene muy claro que no es un súper héroe, sino un empleado que debe seguir los lineamientos de su empleador. Y esto no tiene nada que ver con la persecución que pueda sufrir el periodista que investiga al narco o que realiza la encomiable labor de denunciar un crimen.

En otras palabras: no se puede comparar la tarea de un corresponsal de guerra, o la de un periodista que vive en un país donde hay una guerra contra el narcotráfico, como México, o del que vive en un país donde hay un conflicto armado, como Colombia, con las cosas que enfrenta un periodista de un país donde hay una suerte de "guerra" entre los poderes económicos y los poderes políticos, como ocurre en Venezuela, Ecuador, Argentina o Brasil. Son contextos muy diferentes e igualarlos es una simplificación burda y patética.

Y el medio de comunicación no es un contrapoder a priori. Es, más bien, la voz del poder en sí mismo, sea económico, sea político. Mientras refleja los hechos, mientras divulga las "verdades", hace las veces de aparato de propaganda ideológica de los poderes dominantes. Esto sí que es una gran verdad.

Una vez que aceptamos sin prejuicios (sé que esto es realmente difícil) la parcialidad de los medios es que podemos dilucidar cuándo, en qué ocasiones, esos medios sí pueden llegar a fungir como contrapoder de otro poder. Y esto no es un juego de palabras. Sólo podemos hacer una lectura objetiva cuando tomamos conciencia de la falta de objetividad en las informaciones.

En Venezuela, por ejemplo, éste es un ejercicio bastante dificultoso, porque la prensa está casi completamente plegada a sus posiciones. Mientras que la prensa oficialista hace propaganda permanente de las iniciativas del gobierno, no las cuestiona y no da voz a ninguna posición contraria, gran parte de la prensa privada minimiza cualquier iniciativa oficial, tampoco da voz al contrario, hace propaganda a favor de la oposición y no tiene otra misión más importante que la de atacar al gobierno, todo ello envuelto en nubes de animosidad.

Esta visión sesgada y polarizada se traslada a la prensa del exterior cuando se refiere a las cuestiones políticas en Venezuela. Como muestra, un botón: Hace unos días se realizó en Caracas una cumbre de presidentes para crear la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), un incipiente ensayo para construir un organismo regional donde los países se alinearían con nuevas potencias emergentes, como Brasil, en momentos en que el gran líder regional, Estados Unidos, amenaza con seguir arrastrando a sus vecinos a las honduras de su crisis.

La mayor parte de los medios venezolanos y regionales prácticamente no dio cobertura al evento. Lo ignoraron olímpicamente. Algunos medios de otros países de la región se esforzaron por presentar la idea de que la OEA en nada se vería afectada por la creación de la Celac, como si ésta fuera la única lectura que se pudiera hacer.

Extracontinentalmente, para poner un ejemplo pequeñito de la forma cómo se presentó mediáticamente en el exterior de Venezuela el hecho político, durante el primer día de la cumbre de dos días y la mitad del segundo, un importante diario de España mantuvo en su página de Internet una única noticia sobre el tema: Chávez fracasa en el intento de que Latinoamérica prescinda de la OEA
(http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/02/actualidad/1322851591_167301.html). Sólo en la tarde del segundo día, horas antes del cierre de la cumbre, fueron colgadas notas con mayor contexto y profundidad en la página del diario.

Ahora bien, si uno se pone a pensar en la relevancia del hecho surgen, como mínimo, algunas preguntas: ¿Es que los 31 presidentes y dignatarios que vinieron a Caracas lo hicieron solo para darle el gusto a Chávez, bailar al ritmo de su batuta e intentar lograr “que Latinoamérica prescinda de la OEA”?

¿Es que a nadie le interesa saber qué distintas lecturas hay en el fondo del hecho político?

Y, por otra parte, ¿es que, en verdad, eventualmente y si el proyecto se llegara a consolidar, la creación de la Celac no afectaría en nada, nada a la OEA? ¿Qué cosas están en juego, más allá de si los gobiernos son de izquierda o de derecha, más allá de la propaganda política? ¿Qué es realmente importante entender?

Para evitar caer en la lamentable diatriba repetitiva en la que solemos caer los venezolanos, pondré otros ejemplos un tanto más extremos: muchos de mis queridos amigos judíos están sinceramente convencidos de que existe una conspiración mediática global contra el pueblo de Israel y de que las noticias críticas sobre la segregación de los palestinos no son sino señales –alguna vez profetizadas– de ese ensañamiento. Prácticamente ninguno defiende a sus vecinos árabes y hablar sobre la situación de los palestinos les desagrada bastante, porque sienten que la historia reflejada por la gran prensa internacional, simplemente, no es verdad.

Y en Cuba hay quienes defienden que el injusto y criminal bloqueo contra la isla y la defensa del socialismo justifican la censura, la falta de libertades y otras cuestiones que allí ocurren.

Simplificando mucho la cuestión me atrevo a decir que, en mi opinión, los medios de Israel han hecho un magnífico trabajo con la opinión pública (¿qué rayos significa este concepto?) interna israelí. No es necesario vivir en Israel para darse cuenta de esto, basta leer los diarios online durante un par de días. Y probablemente lo mismo haya pasado en Cuba, en Estados Unidos, en todas partes. Los medios forman nuestra opinión, insisto yo, para usar una enorme simplificación.

El interrogante que surge entonces es si podemos ponernos a buscar una verdad esquiva y dónde la vamos a encontrar, porque parecemos entender el mundo solo a través de las noticias. ¿Y no está el mundo hecho de ellas, o esto es otra simplificación?

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