Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de enero de 2016

Calendário

Millôr Fernandes

E tudo vai passar,
Como passaram César,
Brutus, Tito, Baltazar,
Todo grande homem,
Falso ou verdadeiro.
Mas isso só lá pro fim do ano.
Inda estamos em janeiro.

 ............ 
De Millôr Definitivo - A bíblia do caos, 1994.

martes, 30 de septiembre de 2014

Del tiempo como metáfora

Juan Calzadilla

No puedo imaginar el tiempo,
ni el tuyo ni el mío.
Mucho menos podría definirlo
para adecuarlo a una situación
que entretanto ya habrá pasado.
Basta de pedirme que dé la cara
a fin de que la gente sepa a qué atenerse
respecto a lo que soy o no soy.
Basta de corporizarme
en cuanta ocasión se presenta
con la consabida frase:
«Soy fulanito de tal»
para que obviamente el otro
pueda formarse su opinión:
«Sí, es un bípedo, vale decir, un animal».
Solo si trato de definirme
creo poder encerrar el tiempo
en mi idea de la medida del tiempo.
Vana ilusión. Con eso únicamente
estaré construyendo una frase.
Pero si ensayo vivir a tiempo
entonces ¿qué sentido tiene
ocuparme de la definición?

.......................
De Aforemas, 2004. En este caso tomado de la antología Poesía por mandato, 2014.

viernes, 21 de junio de 2013

Pérdida de tiempo

Sun Tzu

3. Existen épocas favorables y días apropiados para atacar con fuego.

6. En caso de ataque con fuego hay que acomodarse a los cambios de circunstancias.

8. Cuando el fuego esté en su momento mayor, refuérzalo si puedes.

10. Cuando el fuego sea atizado por el viento, no ataques contra el viento.

11. Si el viento sopla de día, amainará de noche.

15. Ganar batallas y apoderarse de los objetivos fijados, pero sin obtener ventaja alguna de estos resultados, es de mal augurio y se llama "pérdida de tiempo".

..........................................
Versículos del Capítulo XII de El arte de la guerra (El ataque con fuego).

martes, 19 de abril de 2011

Pedro Páramo (fragmento)

Juan Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo” –me recomendó–. “Se llama de otro modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte”. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: “Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja”.
-¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
-Comala, señor.
-¿Está seguro de que ya es Comala?
-Seguro, señor.
-¿Y por qué se ve esto tan triste?
-Son los tiempos, señor.
Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver: “Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”. Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre.
-¿Y a qué va usted a Comala, si se puede saber? –oí que me preguntaban.
-Voy a ver a mi padre –contesté.
-¡Ah! –dijo él.
Y volvimos al silencio.
Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.
-Bonita fiesta le va a armar –volví a oír la voz del que iba allí a mi lado–. Se pondrá contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí. Luego añadió:
-Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.
-¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
-No lo conozco –le dije–. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
-¡Ah!, vaya.
-Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el “¡ah!” del arriero.
Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
-¿A dónde va usted? –le pregunté.
-Voy para abajo, señor.
-¿Conoce un lugar llamado Comala?
-Para allá mismo voy.
Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía y disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
-Yo también soy hijo de Pedro Páramo– me dijo.
Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
-Hace calor aquí –dije.
-Sí, y esto no es nada –me contestó el otro–. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.
-¿Conoce usted a Pedro Páramo? –le pregunté.
Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.
-¿Quién es? –volví a preguntar.
-Un rencor vivo –me contestó él.
Y dio un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante de nosotros, encarrerados por la bajada.
Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de yerbas; hojas de toronjil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón.
Es el mismo que traigo aquí, pensando que podría dar buen resultado para que mi padre me reconociera. –Mire usted–me dice el arriero, deteniéndose–: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puercos? Pues detrasito de ella está la Media Luna. Ahora voltié para allá. ¿Ve la ceja de aquel cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro rumbo. ¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que está? Bueno, pues eso es la Media Luna de punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con la mirada. Y es de él todo ese terrenal. El caso es que nuestras madres nos malparieron en un petate aunque éramos hijos de Pedro Páramo. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar. Con usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?
-No me acuerdo.
-¡Váyase mucho al carajo!
-¿Qué dice usted?
-Que ya estamos llegando, señor.
-Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?
-Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.
-No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado.
Parece que no lo habitara nadie.
-No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
-¿Y Pedro Páramo?
-Pedro Páramo murió hace muchos años.

.........................................
Pedro Páramo se publicó en 1955.

lunes, 18 de abril de 2011

2020

Rafael Arráiz Lucca

Nos leeremos
sabré del color que rodea tus pupilas
siempre negras
serán inéditas tus manos
el aguafuerte de piernas será otro
un lunar que nunca estuvo y nunca vi
se rebelará narciso en el agua
estrenarás la fuerza de mis huesos
que tenías por blandos
y mi boca será otra
seca
más segura.

Llegará por cielo tu equipaje
mi maleta vendrá en olas
tú serás un verso recio
que apelará por la pasión
(te veo un juramento nuevo
y champaña fría para siempre)
yo seré atinado
un poco grueso
(el tiempo es ancho y merecerá mi estorbo)
dirás todo lo que sabes de Leonardo
y te veré en silencio sin asombro
luego mostraré entusiasmo por Assis
y dirás que mis gatos son inútiles.

Tomarás tu avión
yo algún barco
y sabremos entonces
que nada ha pasado.

.......................
Del poemario Balizaje, 1983.

jueves, 14 de abril de 2011

Adiós al siglo XX

Eugenio Montejo

A Álvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por la orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías…
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.

……………………………..
Del poemario Adiós al siglo XX, 1997.