martes, 9 de julio de 2013

Los juegos del placer

Marguerite Yourcenar

Por primera vez, Egon se ha enamorado. Jeanne recuerda los tiempos en que él se vanagloriaba de no sentir, por sus ocasionales amantes de una hora, más que vaga benevolencia y, a veces, una leve compasión o un fondo de antipatía, neutralizado de momento por los juegos del placer. Amar le parecía un don de sí en el que no entraba la voluptuosidad o, más bien, solo desempeñaba un papel insignificante, el de satisfacer al que se ama o proporcionar a los dos amantes la prueba de que están completamente unidos. Él, según decía, a quien amaba era a Jeanne.

Le hubiera parecido inútil tratar de amar al compañero de una noche. Ella se lo censuraba, en ocasiones, cuando hablaban libremente de todas estas cosas, por establecer así una línea de demarcación entre el otro y él; ese rechazo le parecía responder a una especie de puritanismo, a la necesidad de aislar de su vida a tal ser o tal gesto a los que, no obstante, hubiera renunciado de buen grado. Ahora Egon era presa, como qualquier otro, del duro amor, y esa pasión iba dirigida a una persona que ella no comprendía ni amaba. «A veces me sorprende. Apruebo su afán de experimentar con los sentidos. Durante toda mi vida he estado buscando un bello objeto como éste, enteramente hecho de carne». ¿Franz, es de verdad eso que dice Egon? Jeanne se pregunta cómo unas preferencias en sí mismas triviales, casi indiferentes y a menudo disipadas tras los primeros deseos de la adolescencia, se convierten para ciertos seres en un modo de vivir y de pensar más importante que la vida misma, en una forma de liberación o, por el contrario, de esclavitud, o ambas cosas alternativamente. ¿Hay en ello esa necesidad de exceso, esa fiebre de ir hasta el final de uno mismo, semejante a la del hombre rico que se agota por querer serlo aún más, del artista que se mata por su obra, del místico que se destruye para poseer mejor a Dios? ¿Y ella? ¿No es ella también la víctima de una suerte de delirio lúcido? Egon la ha liberado y encadenado al mismo tiempo.

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Fragmento de la novela ¿Qué? La eternidad, 1988.

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