jueves, 7 de febrero de 2013

Buenas y malas ondas

Pablo Capanna

Convencidos de que estaba científicamente demostrado que escuchar música de Mozart hacía a los niños más inteligentes, los gobernadores de varios estados norteamericanos (Georgia, Dakota del Sur, Texas, Tenne-ssee y Florida) dispusieron que Salud Pública le obsequiara un casete mozartiano a todas las madres primerizas, para que acostumbraran a sus niños a escucharlo. Por su parte, la Academia Nacional de Artes y Ciencias donó millones de grabaciones a hospitales, maternidades y sanatorios. Se esperaba que ese aporte contribuyera a formar una generación más brillante y sana que todas las anteriores.

Es muy difícil negar que la música de Mozart, Bach, Telemann o Vivaldi puede hacerles bien a muchos, y es casi seguro que no le hará daño a nadie. Es muy probable que ayude a reducir la ansiedad, y a lo sumo les dará sueño a quienes tengan otros gustos. Pero es difícil imaginar que alguien pueda ponerse violento al oírla, a menos que sea un psicópata como el protagonista de La naranja mecánica, que se excitaba con Beethoven, o aquel coronel de Apocalypse Now, que se enardecía con Wagner.

De hecho, lo único que a esta altura parece estar razonablemente probado es que las composiciones de Mozart tienen efectos positivos sobre pacientes epilépticos o con Alzheimer, aunque ésa no sea la única música que lo consigue. En cambio, sería útil investigar qué hace la música tecno de muchos decibeles combinada con alcohol y drogas, o los efectos de la cumbia combinada con el celular sobre los conductores de autos, pero eso es un tema de salud pública.

El efecto Mozart

La moda del Mozart terapéutico nació en 1993 con una experiencia acerca de la cual informó la prestigiosa revista Nature. La investigación la habían llevado a cabo dos científicos estadounidenses, el neurobiólogo Gordon Shaw y la psicóloga cognitiva Frances Rauscher.

Shaw venía de realizar estudios sobre las áreas del hemisferio derecho cerebral, donde se localizan la sensibilidad musical y el razonamiento espacial. Entre otras cosas, había observado que la secuencia con que se disparan las neuronas tenía una estructura similar a las composiciones del Barroco europeo y la música clásica de la India. Shaw pensó que la música podía tener algún efecto sobre las habilidades cognitivas espaciales.

Rauscher y Shaw llevaron a cabo su experiencia con 36 estudiantes divididos en tres grupos. Al primero le hicieron escuchar durante diez minutos la Sonata dos para pianos en re mayor K.448 de Mozart, que es una pieza con mucho brío, mientras que al segundo le pasaron una cinta con sonidos para la relajación y al tercero lo mantuvieron en silencio.

Al finalizar la prueba se sometió a los tres grupos a un test de razonamiento espacial, que consistía en imaginar cómo quedaría un papel tras someterlo a varios pliegues y cortes. Como resultado, se registró un aumento del cociente intelectual en el grupo que había estado escuchando el concierto. El efecto, sin embargo, apenas duró unos minutos y no volvió a presentarse en las pruebas siguientes.

En 1995, Rauscher y Shaw repitieron la experiencia con 79 estudiantes. Esta vez también les hicieron escuchar Mozart, aunque reemplazaron el disco de relajación por música de Philip Glass. Esta vez lograron corroborar los resultados anteriores, pero eso no pudo lograrse en otros laboratorios. Pruebas similares realizadas con ratas tampoco arrojaron resultados significativos. Para colmo, las que se hicieron con simios dieron un resultado opuesto, ya que los monos que habían escuchado a Mozart terminaron siendo los más torpes.

Otros investigadores que quisieron repetir la experiencia, usando una metodología distinta para medir la inteligencia (la escala Raven en lugar de Stanford-Binet) no registraron ningún incremento.

Desde entonces quedó abierto un debate que no acabó de cerrarse. El “efecto Mozart” no pudo ser reproducido, a pesar de que su popularización indujo a muchos a intentarlo, pero tampoco pudo ser refutado definitivamente.

Rauscher, que además de psicóloga es concertista de cello, se apresuró a sacar como conclusión que estudiar música podía ser más eficaz que tomar cursos de computación para ejercitar la inteligencia. En realidad, de lo que se trataba no era de componer o ejecutar música, algo que sin duda está relacionado con la inteligencia, sino apenas de escucharla.

Con todo, Rauscher nunca dejó de lamentar públicamente el abuso que hizo de sus trabajos Don Campbell, un crítico musical que registró la marca “efecto Mozart”. Campbell montó en torno de ella toda una seudociencia, muy explotada por la industria discográfica y por algunos colegios que trataban de atraer clientes con promesas de excelencia. Sin contar con ningún otro fundamento, Campbell sentenció que la música de Mozart ayudaba al crecimiento y aceleraba el desarrollo físico, intelectual y emocional. Por eso recomendaba que las madres se acostumbraran a escucharla durante el embarazo.

Entre las preguntas obvias que se le ocurren a cualquier lego, sin ser experto en música ni en neurología, las hay como éstas: si la música de Mozart es tan sana, ¿por qué su autor anduvo tantas veces enfermo? ¿Habrá quien piense que mirar fútbol por TV ayuda a desarrollar las habilidades de Messi? ¿O más bien reforzará las de Homero Simpson?

Algunas investigaciones de esta línea indican que la música de Mozart sólo es única por su genialidad. En cuanto a estructura, la música new age de Yanni y las composiciones de Philip Glass se le parecen mucho, pero no producen los mismos efectos.

Un estudio emprendido por un organismo alemán de salud pública llegó a la conclusión de que el efecto Mozart, si existe, está lejos de haber sido corroborado; que escuchar buena música no hace más inteligente a nadie (y ni siquiera es una prueba de inteligencia, por más que lo crean los melómanos) y que siempre es mejor aprender a tocar un instrumento que limitarse a escucharlo.

El “efecto” tampoco fue muy bien tratado en Viena, donde Mozart es parte del panteón nacional. Una experiencia realizada con miles de sujetos también llegó a conclusiones negativas. El informe, irónicamente titulado “Réquiem de Mozart”, consideró que escuchar cualquier música con el mínimo de armonía y hasta leer un cuento pueden influir en el rendimiento intelectual, en cuanto ayudan a concentrarse. Después de todo, Einstein tocaba el violín. Con un criterio similar, varios países han incluido el ajedrez en el curriculum escolar, como una suerte de educación lógica y estratégica.

Lo que está claro es que, aunque no levante el cociente intelectual, la música no hace daño. Siempre que no nos obliguen a escucharla y en cuanto se mantenga dentro de los volúmenes aceptables para el oído normal. Pero no siempre es así.

Música satánica

En una era que le ha puesto fondo musical a todos los aspectos de la vida, abundan las creencias vinculadas con la música. Hay quienes están convencidos de que ciertos discos de rock pesado contienen mensajes satánicos subliminales que aparecerían tras un prolijo trabajo de desciframiento, pero es algo que tampoco ha sido comprobado.

En cambio, conocemos un uso satánico de la música popular (y quizá también de la culta, según los gustos del verdugo) que algunas mentes perversas han convertido en arma de guerra y hasta instrumento de tortura.

Lamentablemente, cualquier cosa está expuesta a corromperse, conforme a la ley de la degradación entrópica. Si las instituciones, la filosofía y la religión se pervierten, ¿por qué eso no iba a ocurrir con la ciencia y el arte? Claro que no siempre es fácil señalar a los culpables y hacerlos responsables cuando ignoran para qué va a ser usado su trabajo y creen ingenuamente que están haciendo ciencia.

Si se me ocurre recordar esto es porque en los mismos años en que mucha gente soñaba con hacer más inteligentes a sus hijos gracias a la música clásica, otros estaban diseñando instrumentos que permitirían usar la música para dañar, matar o enloquecer. De este modo se pervertían dos pájaros de un tiro (el arte y la ciencia), siempre en nombre de la cultura occidental y los valores democráticos.

Históricamente, no era la primera vez que el sonido y la música habían sido usados para intimidar al enemigo y enardecer a las tropas. Basta recordar el haka de los maoríes, los tambores de guerra, las marchas militares o el bombo militante.

Los avances logrados por las tecnologías de grabación, procesamiento y reproducción del sonido han permitido darle una vuelta más siniestra al asunto. Fue cuando el sonido de instrumentos y voces pudo ser amplificado, distorsionado y usado para forzar al enemigo a rendirse o confesar.

Según leemos en un notable informe de la musicóloga Suzanne G. Cusick que circula por Internet, el primer paso de esta ofensiva fue dado en 1989, en la invasión yanqui a Panamá. Durante varios días y noches, la Embajada del Vaticano, donde se había refugiado No-riega, fue sometida a un intenso bombardeo acústico con música heavy metal. Cualquiera diría que era una violación de los derechos de un Estado neutral pero Bush creía, como Stalin, que el Vaticano no tiene divisiones blindadas. A punto de volverse loco, el embajador persuadió al dictador para que se entregara.

Desde entonces data el uso de las armas sónicas, desarrolladas por empresas contratistas del Ministerio de Defensa norteamericano que están al servicio de la Fuerza de Tareas Conjunta para las Armas No Letales, creada en 1997. Una de las primeras fue el arma de infrasonido producida en 1998, que provoca dolor de oídos, sangrado de nariz, rotura de tímpanos, lesiones pulmonares y puede llegar a matar.

La música fue usada para provocar dolor y destruir la personalidad de los prisioneros en Irak y en Guantánamo. Formaba parte del curriculum de la tristemente célebre Escuela de las Américas de Panamá, donde se formaron muchos torturadores del Cono Sur, incluyendo los argentinos.

Los objetivos de esta “violencia sin contacto” son provocar miedo, privar del descanso, demoler el ego y destruir la subjetividad. Lo más dramático es que los estudios que fundamentan esta práctica fueron financiados por la CIA y se realizaron con personal académico de las universidades de Cornell y Yale. Insospechables investigadores se ocuparon de estudiar el dolor autoinducido, los efectos de la humillación y la capacidad para causar dolor en otros. Todo con voluntarios orgullosos de pagarse su matrícula colaborando con la ciencia, sin preguntar demasiado. Algo parecido había ocurrido con los químicos que en tiempos de la guerra de Vietnam se rebelaron al descubrir que estaban desarrollando tecnología letal. Pero esta vez nadie reaccionó.

El género de música más usado para intimidar y torturar es el rock pesado, especialmente de Metallica y AC/DC, lo cual parecería obvio considerando su carga de violencia. Pero el menú de Guantánamo comprende temas del pop más inocuo, como Christina Aguilera, Britney Spears y Eminem. En Etiopía, a un detenido lo obligaron a escuchar rap durante 20 horas y otro fue torturado con las canciones infantiles de Barney el Dinosaurio.

Un oficial de las tropas de ocupación de Irak explicó que el comando no tenía preferencias en cuanto a géneros musicales. Para elaborar el menú musical habían dado “vía libre a los soldados, porque tenemos gente muy joven tomando decisiones”. Eso era lo que entendía por “juventud maravillosa”...

Lo dramático es que los temas que los soldados elegían para hacer sufrir a sus víctimas eran los mismos que ellos escuchaban, supuestamente para sentirse bien. Toda una definición del sadomasoquismo, ahora elevado a la dignidad de estrategia.

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Publicado por Página/12 el 2-2-2013.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2807-2013-02-07.html

2 comentarios:

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