viernes, 29 de junio de 2012

El legado de Alan Turing


Klaus Ziegler

La medialuna ausente en su costado derecho simbolizaría el bocado fatal que acabó con la vida del genio británico: como en un cuento desencantado, Turing se suicidó mordiendo una manzana envenenada con cianuro. Tenía escasos 41 años, y lo habían condenado a un brutal tratamiento con estrógenos, castigo reservado para la “perversión sexual”, nombre que se daba en Inglaterra al “delito” de homosexualidad.

El próximo 23 de junio se conmemora el centenario de su nacimiento. En un mundo donde los políticos, los magnates y las estrellas del espectáculo ocupan las primeras páginas de los diarios, resulta apenas comprensible que este padre de la computación no sea un ícono en la cultura popular: el brillo de una mente jamás rivaliza con el brillo del dinero. Personalidades como Bill Gates, o el recién fallecido Steve Jobs, pero no Turing, figuran como los pioneros del computador en el imaginario colectivo.

Para ser justos, el invento de Turing es más teórico que práctico. Su inmortal “máquina universal” es en realidad una abstracción, un computador ideal que abarcaría cualquier otro concebible. En su encarnación más popular, la máquina luce como un autómata provisto de una cabeza lectora-escritora, la cual se desplaza sobre una cinta dividida en celdas, que pueden estar en blanco o marcadas con los símbolos de un alfabeto finito. Al moverse, el cabezote las escudriña a cada paso para luego ejecutar una de estas dos acciones: se desplaza una casilla, a izquierda o derecha, sin modificar el contenido de la celda; borra el símbolo leído e imprime uno nuevo. La máquina posee así mismo una lista de instrucciones, o “programa”, en el cual se especifica lo que hará en cada paso. Al comenzar, la cinta solo contiene la entrada (input); la salida (output) será aquello que finalmente quede allí registrado.

Resulta difícil creer que un dispositivo tan sencillo capture en su totalidad el concepto de computabilidad. Esta hipótesis, un dogma de fe en realidad, o “principio filosófico”, como prefieren decir los académicos, lleva el nombre de Tesis de Church Turing, (TCT), en honor al lógico norteamericano Alonzo Church. Para los más radicales, el principio cobijaría cualquier dispositivo físico de cómputo, incluyendo los denominados computadores cuánticos, y por supuesto, los “computadores de ADN”, es decir, nuestros propios cerebros.
Los defensores a ultranza de la TCT, como el filósofo Daniel Dennett, sostienen que una máquina universal de Turing puede emular cualquier sistema de cómputo imaginable, sin importar su arquitectura o complejidad. Las implicaciones para la filosofía de la mente son profundas: una máquina de Turing podría llegar a poseer aquellos atributos que consideramos propios de los humanos: lenguaje, emociones, intuición…, todo aquello que se encierra en ese objeto etéreo que denominamos “alma”. El mismo Turing advirtió esta posibilidad hace ya más de medio siglo, cuando imaginó el célebre experimento en el que un juez debe descubrir si un interlocutor situado en otra habitación es un humano o un autómata.

Con el propósito de “desenmascarar” al posible impostor, el juez podrá preguntar cuanto considere necesario. La hipótesis positivista presupone que si la máquina resulta indistinguible del humano, se justifica entonces concederle el atributo de “pensante”. Existe un premio de cien mil dólares para quien logre diseñar un programa capaz de superar esta prueba, conocida como “Test de Turing”. En su libro “La era de las máquinas espirituales”, el escritor y científico Raymond Kurzweil predice que para el año 2029 algún autómata con alma de silicio lo logrará. Por el momento el dinero permanece seguro.

En el más célebre de sus artículos, "Los números computables, con una aplicación al problema de la decisión", Turing llegó a varias conclusiones asombrosas, entre ellas, que existen teoremas matemáticos que jamás podremos demostrar. No se trata de simple limitación tecnológica, sino de una barrera absoluta. En el más simple de esos “indecidibles” se propone determinar cuándo una máquina, al ejecutar un programa, se detiene después de un número finito de pasos. Podría ocurrir que computara indefinidamente: si su cabeza avanza siempre en la misma dirección, por ejemplo, o si entra en un bucle infinito.

Parece razonable que después de examinar el programa y el contenido inicial de la cinta se pudiera saber si la máquina se detendrá. Turing demostró que el “Problema de la parada”, como se lo conoce, es indecidible. Siglos antes, Leibniz había soñado con un procedimiento mecánico que permitiera establecer la validez universal de cualquier proposición de la lógica. En ese mismo artículo se demuestra que esta quimera es tan inalcanzable para nosotros como para cualquier inteligencia que habitara otro rincón del universo.

Cabe preguntarse, no obstante, sobre el carácter empírico de la TCT, y la posibilidad de refutarla de manera experimental. En uno de los primeros intentos por romper con el paradigma clásico, Turing introdujo una variante de su idea original, conocida como “máquinas con oráculo”. Décadas más tarde, el físico Richard Feynman inventó el computador cuántico, modelo abstracto de cómputo basado en el extraño principio de superposición cuántica. Desde entonces han aparecido multitud de nuevos modelos: los hipercomputadores cuánticos, los algoritmos adiabáticos, los algoritmos topológicos cuánticos de campos...
Pero, ¿puede la hipercomputación “computar lo incomputable”, violando la TCT? Hay quienes así lo creen, aunque dicha posibilidad es motivo de interminables y violentas controversias. En 2001, Tien D. Kieu publicó un algoritmo no estándar que, según el autor, soluciona el denominado “Problema décimo de Hilbert”, el cual se sabe que es indecidible dentro del modelo clásico de computación. No obstante, la propuesta teórica de Kieu está lejos de ser aceptada por todos los expertos, y su posible implementación es ciencia ficción por el momento.

Al igual que Oscar Wilde, medio siglo antes, Turing fue perseguido y acosado por su homosexualidad. Después de confesar que había mantenido una relación romántica con otro hombre, se lo acusó de sodomía, y se vio obligado a escoger entre ir a prisión o someterse a un procedimiento médico de horror, para acabar con su libido. Sus últimas horas están envueltas en un manto de misterio, pues aunque se cree que se suicidó con cianuro, otros conjeturan que fue asesinado, y hay quienes atribuyen su muerte a la falta de precaución a la hora de manipular sustancias tóxicas en su laboratorio. Sea como fuere, su vida encarna la terrible tragedia de tantos otros homosexuales.

No importó que Turing hubiese contribuido a defender su patria de la agresión nazi, cuando descifró el código de la máquina de encriptación “Enigma”. Este hombre sosegado, a quien los problemas de la lógica y la filosofía le intrigaban tanto como los patrones de manchas en la piel del leopardo, o en las alas de una mariposa, fue destruido por los mismos homófobos que nunca han de faltar. Como puede leerse en “Catrecillo”, un blog de este mismo periódico, la manzana mordida permanece como recordatorio de que el progreso moral en la sociedad es tan posible como el progreso en las ciencias.

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Publicado por El Espectador el 28-3-2012.

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