miércoles, 20 de abril de 2011

Miércoles en morado

Foto: Edsaú Olivares. El Universal 20-4-2011.

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De niña me impresionaba mucho ver la cantidad de gente que venía a Caracas en Semana Santa para caminar de rodillas por la calle, todos vestidos de morado y con una vela en la mano. La procesión del Nazareno de San Pablo es una de esas tradiciones católicas que  infunden respeto porque se niegan a desaparecer. Recuerdo a mi abuelita paterna, que era muy devota. Cuando yo estaba bien pequeña la veía irse a la calle vestida de morado, con sus sahumerios y sus velas. Ella me decía que siempre llevaba una vela de más y me ofrecía pedir algo que yo quisiera...

De ñapa dejo un fragmento de un poema sobre esta tradición:

EL LIMONERO DEL SEÑOR (fragmento)

Andrés Eloy Blanco

Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de Dolor,
el Nazareno de San Pablo
pasaba siempre en procesión.
Y llegó el año de la peste,
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta Los Hijos de Dios.
La Terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.
Así pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo se agolpó.
Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.
En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
—¡Oh, Señor, Dios de los Ejércitos.
La peste aléjanos, Señor...!
En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; Monseñor
el Arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.
De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
—¡Milagro...! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor...!
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.



Publicado en el libro Poda, una selección de poemas de 1923 a 1928.

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