jueves, 21 de abril de 2011

Legado de luz desde la oscuridad de la muerte

Robert Fisk

Existen en la vida hechos tan terribles, tan indecibles, tan espantosos, que el lenguaje común no sirve para describirlos. Hace unos días Isis Nassar, artista británica-libanesa de 54 años, quien pintaba retratos y paisajes tan llenos de color que casi resplandecían en la oscuridad, seguía su hábito de viajar por el mundo, dando clases de arte a los pobres y pintando las tierras en las que habitan. Estaba en Belice. De Corea a Costa de Marfil, Eritrea, Nigeria, ¡Palestina! Libia, Indonesia, Papúa, había pintado miles de obras a cual más elaborada. La conocí hace años, cuando el museo Barbican exhibió un paisaje suyo, dolorosamente devastador, de la masacre de palestinos en Sabra y Chatila en 1982, cometida por milicianos libaneses aliados de Israel. Era de formato amplio, como debía ser, pero cuando la Orquesta Sinfónica de Israel fue a tocar en el Barbican, insistió en que se retirara el cuadro.

El lado interesante de esto fue que la demanda de la orquesta era un reconocimiento de la culpa de su país en ese crimen de guerra. Soldados israelíes presenciaron la masacre perpetrada por sus aliados y nada hicieron. Pero, sobra decirlo, el Barbican cedió con cobardía y quitó el lienzo. En ese tiempo reporté el caso en The Independent.

Como quiera que sea, hace unos días Isis estaba en la pequeña casa donde se alojaba en Belice cuando alguien irrumpió, la desnudó, la maniató y le rebanó la garganta. La amiga con quien ella se hospedaba encontró el cadáver. Un agresor sexual estadounidense fue arrestado para ser deportado, mientras un beliceño fue interrogado por la policía local, la cual –al trabajar en una ciudad que, según he averiguado, es una de las capitales mundiales del crimen– debe ser bastante deplorable en su trabajo.

El padre de Isis, Edward, de 85 años, de quien escribí en enero pasado y cuyo hijo murió hace varios años, viajó a Belice con una joven pariente, Nada Nassar, para llevar el cuerpo de su hija al Líbano vía Estados Unidos, proceso que implicó los desconsiderados retrasos burocráticos que se acostumbran en Belice y una igualmente desconsiderada negativa a permitir que Edward cruzara por Florida porque, aunque es inglés, no tiene visa estadounidense. Isis fue sepultada la semana pasada en el hermoso mausoleo familiar, arriba de Beirut.

Noté que los periódicos beliceños recurrieron al lugar común: Isis fue brutalmente asesinada. Pero en este caso me pareció singularmente insatisfactorio. Sí, todos los asesinatos son brutales, pero el de Isis fue tan inicuo que la frase no sirve. Sencillamente me quedé sin palabras. Y luego, la semana pasada estaba leyendo una historia aterradora de la invasión y ocupación nazi de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial y me di cuenta de que el cruel final de Isis fue enfrentado por decenas de miles –de hecho millones– de rusos. Los nazis eran así. Esa era la forma en que trataban a las mujeres. Los rusos cobraron terrible venganza en 1945, es cierto, pero ésa es otra historia. Y ahí es cuando caí en cuenta de lo que ocurrió con Isis: fue víctima de una atrocidad tan terrible como los crímenes de guerra cometidos por los nazis.

Así pues, cuando el padre de Isis me invitó a verlo, hace una semana –a charlar y luego a comer–, me asaltó la vieja pregunta: ¿qué se dice? Estoy cansado de las frases cojas como “lo siento”, “qué terrible”, que decimos a los familiares de víctimas inocentes. En su pequeño museo de antigüedades, dedicado en parte a la obra de Isis, me dijo con gran elocuencia –y con más fragilidad que nunca–: Tengo 85 años; yo debería estar muerto, Isis debería estar viva.

Le ofrecí disculpas por no asistir al pésame oficial, porque en Líbano eso por lo regular significa muchas familias que se odian entre sí. Se echó a reír. Robert, prefiero llevarte a comer. Le dije mi idea de que la palabra atrocidad de la Segunda Guerra Mundial era la que encajaba en este acto terrible. Lo pensó un rato y estuvo de acuerdo.

En tales ocasiones, por lo regular dejo que el deudo hable –para averiguar de qué quiere hablar– y sí, Edward quería hablar de lo brillante que era su hija. Había decidido abrir un segundo museo dedicado al trabajo de Isis. Incluso trajo gran número de bocetos de la casa de ella, ahora abandonada, muchos de ellos, pensé, de mujeres papuanas y nigerianas. Quiero dedicar mi vida a su obra, dijo, y que alguien escriba su biografía, poniendo muchas de sus pinturas de color en el libro. Es la única forma en que puedo dar sentido a mi existencia. Le dije que me parecía un magnífico proyecto.

Fuimos a la bonita casa de Edward, frente al Mediterráneo. Fumamos sus estupendos puros Cohiba y tuvimos una magnífica comida con montones de kibbe libanés, sambousek jibneh y tahina vegetal adornada con cebollas. La silla vacía de Isis estaba frente a mí. Y todo el tiempo estuvimos rodeados de docenas de cuadros de Isis.

Recuerdo haber leído hace poco que el artista alemán Hans Hofmann escribió una vez: En la naturaleza, la luz crea el color. Y en la pintura, el color crea la luz. Y Edward estuvo de acuerdo conmigo en que esa descripción parecía aplicarse casi con singularidad al trabajo de Isis. Había frente a mí una pintura de la costa irlandesa. Y detrás de Edward, una montaña espectacular hecha de todos los colores del arcoiris. Pude oler la pintura al óleo.

Así pues, regresé a Beirut y Edward se retiró a su siesta vespertina. Fue una atrocidad. Pero no hay más que decir.

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Publicado en The Independent y en La Jornada el 17-4-2011.

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