martes, 21 de diciembre de 2010

Acá entre nos: Libertad de expresión

Morena Blue

Escenas de violencia como las ocurridas este lunes en la ciudad de Caracas, en protesta por la aprobación de varias leyes en la Asamblea Nacional –en especial contra la llamada Ley Resorte- invitan a una reflexión sobre el trillado tema de la libertad de expresión, aunque sea con unas pocas líneas que aborden el asunto de modo tan superficial como las noticias. Veamos.

Un dilema común para quienes se mueven a la izquierda del arcoíris político y han logrado llegar al poder (no sólo en Venezuela, sino en otros países del continente y el mundo) es la forma cómo van a enfrentarse a los defensores de lo que Alfredo Jalife-Rahme llama “neoweberismo hungtingtoniano” (para las políticas económicas, pero que bien vale para las ideas), y que se encuentran blindados tras los poderosos medios de comunicación.

Me refiero a los ciudadanos ricos con poder sobre el contenido de los titulares del día siguiente y con mentalidades muy, pero muy conservadoras, los mismos que prefieren poner las cosas en alto contraste y que no tienen pudor en usar la manipulación, la autocensura y las tácticas de propaganda para lograr sus fines, sintetizando todo esto en la eufemística expresión “línea editorial”.

Para combatirlos, la tendencia de los gobiernos más nacionalistas (léase los más populistas) es apelar también a la retórica moral y la confrontación ideológica, pero echando mano de recursos leguleyos que ataquen al adversario en sus frentes económicos y blindándose tras prohibiciones autoritarias que no aceptan discusiones.

Esta lucha de titanes (que no es nueva, todos lo sabemos) se libra sin que los simples mortales dilucidemos muchos de los verdaderos intereses por detrás, sino que la vemos maquillada de valores morales que la elevan a los altares, además de que ambos grupos de poder nos convencen de que las suyas son las reivindicaciones de las mayorías.

Usar los valores como elemento para movilizar internamente a las poblaciones es lo que en política se conoce como un “juego”, en este caso un juego en varios niveles, usando la terminología de un famoso politólogo estadounidense, y la historia está llena de infinitos ejemplos.

Pero este juego no abre la posibilidad de un debate real y efectivo (negociación) entre los adversarios si estos no ceden en algunos aspectos cruciales.

El debate sobre la regulación ética de los medios de comunicación es espinoso, pero muy actual e incluso necesario en todo el mundo, porque el protagonismo político de los medios, incluidas las empresas trasnacionales de medios, es un fenómeno global que va en aumento.

Eso nos deja a los ciudadanos cada vez más indefensos a la hora de buscar información, pues ésta viene siempre filtrada, seleccionada o sesgada por los intereses particulares. Sin hablar del hecho de que teorizamos sobre una objetividad periodística inexistente.

Infelizmente, respecto a la posibilidad de que ocurra un debate serio sobre el tema en Venezuela, soy escéptica.

Sería preciso involucrar a toda la sociedad en una discusión larga y tendida, mediante un amplio y exhaustivo plan "educativo" que buscara definir primero, por ejemplo, qué carajo es la libertad de expresión, entre otras nociones de carácter ético sobre las cuales no resultaría nada fácil ponerse de acuerdo.

Nos haríamos preguntas como "¿qué rayos es la democracia?". ¡Vaya un concepto esquivo! Usado como trapo por quienes buscan vender una idea de mundo feliz basado en el libre mercado, donde los empresarios son nuestros héroes y los medios de comunicación sus adalides de comiquita, mientras nos olvidamos de los mil millones de personas muriéndose de hambre en todo el planeta.

Recordemos que el concepto brilla por su ausencia en los procesos de toma de decisiones de numerosísimas instancias políticas alrededor del mundo.

En Venezuela hemos defendido la democracia de las urnas, una verdad que se impone como la única, a pesar del hecho puntual de que el país está partido en dos mitades sin que hayamos logrado vencer males endémicos que arrastramos en toda nuestra historia republicana, como la pobreza, la corrupción y la ineficiencia administrativa.

No me interesa defender en este artículo un modelo de gestión económica. Mi comentario es sobre los conceptos de naturaleza ética que están implícitos en la discusión sobre las leyes de medios.

El debate sobre la ética no es fácil ni sus objetos de discusión tienen una sola lectura. Pero lo cierto es que nos encontramos ante un momento histórico particular, donde el papel de los medios está en destaque cada vez con mayor fuerza.

Haber aprobado la Ley Resorte en un paquetazo hecho por diputados acuartelados ha sido un error político que tendrá consecuencias. También se perdió la oportunidad de implementar una estrategia más honesta y más integradora para toda la sociedad para abordar este tema tan complicado.

Nos preguntamos hasta dónde debe llegar la Ley, hasta dónde la libertad de acción o de expresión (que no es lo mismo que la libertad de opinión). Pero no podemos justificar lo que no se puede, aunque los bordes sean difusos.

En su afán por huir de las maniobras maquiavélicas del adversario, en detrimento de su proyecto político, de los ideales de justicia social y de buscar “la mayor suma de felicidad posible”, el actual gobierno de Venezuela se tropieza con sus contradicciones ideológicas y con el fruto amargo que ha sembrado.

¿Qué es exactamente lo que no podemos decir? ¿Quién va a decidir sobre lo que es inapropiado y lo que no lo es? ¿Quién será el censor que hará los juicios morales sobre los delitos mencionados de la Ley Resorte? ¿No nos garantiza la libertad plena de pensamiento y de expresión nuestra Constitución de 1999?

Lo más trágico es que, en medio del reavivamiento de una polémica que debía ser fundamental, sigamos inmersos en la debacle social, en la fractura. Y que nadie diga que no es una debacle el que, a estas alturas, veamos escenas de violencia política en las calles de Caracas.

Que nadie diga que no es una debacle que, después de todo lo que vivimos, todavía se hable de magnicidio, golpe y todo lo demás, y que haya actores políticos incitando a “tomar las calles” a través de los medios de comunicación.

¿De quién es la culpa de la radicalización? De los espectadores, usuarios, electores, ciudadanos comunes, definitivamente no es.

Me inclino por pensar que somos los peones en un tablero en el que los poderes fácticos juegan irresponsablemente con nuestras pasiones, como lo hicieron hace poco con la disputa con Colombia, como lo hicieron durante el paro en 2003 y como lo hicieron durante las deplorables “guarimbas” (protestas violentas) que secuestraron nuestras ciudades durante años.

¿Esto es lo que nos espera en el año preelectoral que pronto comienza? ¿Volveremos a ver, las 24 horas por la televisión, a una Venezuela dividida por el odio más feroz, cooptada y azuzada por los medios (privados y públicos) para ir a la calle a matarse, en nombre de la libertad?

Si es así, preparémonos para una lucha a muerte.

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