martes, 28 de septiembre de 2010

Golpe de gracia (fragmento)

Yolanda Arroyo Pizarro

La lucha ha sido dura e incesante. Y por demás entretenida. Aunque suene morboso, la pelea ha acaparado la atención de transeúntes y gente de los alrededores. La verja de la escuela se ha atiborrado de espectadores que se han acercado para ver lo que sucede sobre la acera. Los estudiantes se menean afuera y agitan el metal gritando toda clase de improperios. Varios vejetes se han quitado los espejuelos para ver mejor. Algunos hombres sonríen con la boca dibujada de groserías. Una anciana, la más canalla, se ha incluido en el pleito –aunque guardando distancias- tirándole refrescos, agua y hielo por encima de las gladiadoras. El sol de Río de Piedras se luce en todo su esplendor, enfocando sobre la tarima improvisada los dos cuerpos aceitosos de sudor y lágrimas.

Las dos mujeres caen de sobre la acera a la calle, se raspan con el embreado y se laceran los codos. Han copado todos los trucos de sucias luchadoras habidos y por haber. Puños, picadas de ojos, jalones de pelo, llaves alemanas, arañazos. La de la pantalla en la nariz sostuvo la cabeza de la rival entre sus brazos por un espacio de tiempo que a mí me pareció infinito. Le apretó el cráneo con dureza. Luego perdió la pantalla en un arranque sin misericordia de la otra mujer, mucho más voluminosa que ella, todo lo que tenía de grande se le concentraba en el vientre, a punto de estallar.

Estabas a poco tiempo de entrar en mi vida y yo sin saberlo. Hoy me parece que ha pasado tan poco tiempo y en realidad han pasado varias décadas. Para serle honesta, no sólo yo lo desconocía. En realidad nadie sabía que vendrías a mí. Me enteré sin querer por una de esas histéricas revueltas de la vida.

Quise hacer algo razonable. Algo así como separar a las dos mujeres que daban tal espectáculo, especialmente porque la voluminosa, la de la panza abultada, me parecía en un estado delicado. Era peligrosa la proeza que realizaba. Intenté llegar hasta ella, pero la muchedumbre en derredor me lo impidió. Además, alguien que se encontraba más cerca de la verja cuyo letrero leía Zona Libre de Armas y Drogas, había intentado mi idea. Se interpuso entre las gatas salvajes, sólo para recibir una buena porción de rebeldes puñetazos.

La nariz de la morena alta, ahora huérfana de arete, sangraba y estaba malditamente abierta por el medio. Mientras, las palmas de sus manos seguían profiriendo pescozas y galletas a la otra, respetando hasta cierto modo la zona limítrofe hacia el sur, en donde se gestaba otra vida. Pero la otra, la corpulenta preñá, no daba guerra sin cuartel. Luego de varias patadas, desgarramiento de pechos, azote de rodillas y cabezazos incluidos, dejó a la contrincante sin la camisa –entre vítores y aplausos de la muchedumbre-, tatuándole en la teta izquierda un mordisco que prometía quedarse allí para siempre.

Fue cuando intervino la policía, que no hizo mucho, pero al menos desintegró el espectáculo y las intenciones de motín que desde el interior del plantel se iban cuajando entre la descendencia de ambas mujeres. Los muchachitos, hijos todos de una y de la otra, amenazaban con vengarse entre ellos mismos. Los biombos azules se encendieron, esposaron a las dos y nadie llamó al Departamento de Familia porque alguna pala consanguínea tenía la mulata, ahora desprovista de un orificio nasal. Al parecer no era la primera vez que protagonizaba tales menesteres.

La campana de la escuela sonó y todos, incluyendo a los hijos de las dos mujeres, se tiraron en manada escapista hasta sus respectivas casas.

Yo me di la vuelta y regresé junto a los demás consumidores hacia el interior de la tiendita de efectos de oficina que se hallaba enfrente.

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Publicado en Bogotá 39. Antología del cuento latinoamericano, 2007.

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