viernes, 20 de junio de 2014

Los vacíos tienden a llenarse

Héctor Torres

El tipo es la perfecta representación de la miseria. Sucio y desaliñado, se mueve entre la gente renqueando mientras relata su caso con voz aguda y cansada: por equivocación le metieron un tiro que le perforó el colón, estuvo hospitalizado, tiene que usar una bolsa de colostomía número equis que cuesta tanto y no tiene para comprarla. Remata señalando (sin pudor) que debe hacerlo antes de que se le comience a regar el excremento.

Otro entró a un vagón repleto una tarde a eso de las cuatro y media, informándole a los usuarios que él, junto a un grupo de estudiantes del Liceo equis, habían salido a la calle porque un compañero sufría de cáncer y debía pagar un costoso tratamiento médico, pero que como no estaba en condiciones de costearlo ellos habían decidido “regalárselo de sorpresa”. Señaló la astronómica cifra y dijo que se propusieron alcanzarla esa misma tarde. Cada tanto, ante la indiferencia de los pasajeros que seguían conversando, golpeaba el techo del vagón con una moneda como diciendo: “estoy hablando, no hagan que me impaciente”.

Y es común que salga uno y entre otro. Con una velada amenaza en el discurso. O que converjan en sus recorridos por el ahora largo vagón (los trenes nuevos facilitaron enormemente el “trabajo” de pedigüeños y buhoneros). Se pueden contabilizar por decenas cada día. No hay recorrido en Metro en el que uno no se tropiece con alguien contando una historia de dolor, una tragedia que incluye violencia, miseria, enfermedad y desesperación.

Como si los pasajeros están de vacaciones en  las islas Fiji.

En una ocasión, un ciego que siempre pide limosnas dentro del sistema recibió una llamada telefónica y la despachó diciendo que lo llamaran luego, porque “ahorita estoy trabajando”. Y es, bajo ese pretendido enfoque, de hecho, que aparecieron los buhoneros. Gente que está “trabajando”. Y el trabajo es sagrado.

¿Por qué si parecen haber saturado el asunto sigue habiendo quien pretende resolver sus problemas económicos en el Metro? Por dos razones principales: a) porque no hay autoridad que se lo impida, y b) porque siguen consiguiendo dinero. Es decir, a pesar de que está prohibido, la gente es profundamente discrecional en la aplicación de las normas. Y ante cada situación, decide si debe o no acatarlas. Por eso, para hacerse de un dinero en el Metro lo que hay que tener es un buen cuento. Y si alguien recuerda que dicha práctica está prohibida, no faltará quien lo acuse de insensible. “Debe ser que tú nunca has tenido necesidad”, le espetan.

En fin, que el rango de política de Estado que ha adquirido el resentimiento, y un mal comprendido sentido de la solidaridad, blindan el negocio. “Mañana puede ser uno de ustedes”, deslizan ellos, conscientes de que tienen el viento a favor.

Pero la justificación de pedir dinero por necesidad no es muy distinta de la justificación de quitarlo, bajo el mismo argumento. Como, en efecto, comenzó a pasar. La falta pequeña estimula a la grande. Comenzaron pidiendo, luego vendiendo… Y al ver que no se activaba ningún mecanismo que impidiese estas prácticas prohibidas, aparecieron los robos dentro del único servicio de transporte en el que los caraqueños se sentían seguros. Cada vez más  frecuentes.

De hecho, hubo un viernes que se denunciaron tres por las redes sociales. El hampa parece haber ganado otro bastión.

En una época no muy lejana era común tropezarse, durante un viaje en Metro, con bandas de músicos callejeros dentro de los vagones. Usualmente dúos de guitarristas, pero llegaron a verse formaciones increíbles como un grupo de joropo con todo y arpa. Bajo el argumento de que dificultaban la circulación, prohibieron esa práctica y se aseguraron de extinguirla.

Hubo el que se alegró de la medida. Pero los vacíos tienden a llenarse de nuevo con otra cosa. Y llegó la buhonería. Y luego el hampa. Al ver la laxitud de las autoridades se concluye que lo que molestaba era la música (con su potencial capacidad de llegarle al usuario con discursos de descontento social), no el ejercicio de actividades prohibidas. Ahora los usuarios cambiaron el sonido de canciones alegres por deprimentes historias de miseria, el tosco estribillo de los vendedores ambulantes y eventuales gritos de “nadie se mueva. Esto es un atraco”.

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Publicado por Prodavinci el 17-6-2014.

http://prodavinci.com/blogs/los-vacios-tienden-a-llenarse-por-hector-torres/

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