sábado, 22 de junio de 2013

¡Escuche, Señor Dios!

¡Escuche, Señor Dios!

¿No se cansa
de mojar a diario en la gelatina nubosa
los ojos bonachones?
¿Sabe qué?
montemos un tiovivo
en el árbol del aprendizaje del bien y del mal.
Omnipresente, tú estarás en cada estante
y en la mesa pondremos unos vinos
que hagan bailar el qui-ca-pou
al taciturno apóstol Pedro.
Devolveremos al paraíso a las Evitas:
una orden tuya
y esta misma noche te traeré
a las muchachas más bonitas.
¿Quieres?

¿No quieres?
¿Meneas la cabeza, greñudo?
¿Frunces la canosa ceja?

¿Crees
que ese sujeto
detrás de ti, alado,
entiende de amor?

Yo también soy ángel; lo fui,
parecía un corderito almibarado,
pero me cansé de regalarle a yeguas
vasijas de porcelana hechas con tristezas.

Todopoderoso: inventaste un par de manos,
le pusiste
una cabeza a cada quien,
¿por qué no se te ocurrió
que se pueda sin tormentos
besar, besar, besar?

Te creía inmenso dios omnipotente
y eres un diosito torpe, pequeñito.
Mira, me agacho
y de la bota
saco un cuchillo.
¡Alados rufianes!
¡Arrástrense en el paraíso!
¡Ericen sus plumas de temor asustado!
A ti, impregnado de incienso, te cortaré
de aquí a Alaska.

¡Déjenme!

¡No me contendrán!
Ya sea que mienta
o tenga razón,
más tranquilo no puedo estar.

Miren:
han decapitado más estrellas
y el cielo ensangrentado es una carnicería.
¡Oye tú!
¡Cielo!
¡Quítate el sombrero!
¡Paso yo!

Silencio.

El universo duerme,
recostando sobre la zarpa
con garrapatas de estrellas una oreja enorme.

(1915)

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De Poemas 1913-1916.

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