jueves, 13 de junio de 2013

Balada de un pesimista

Alberto Salcedo Ramos

Fue durante mis primeros viajes de Arenal para Barranquilla, cuando descubrí que soy un pesimista incurable.

Tenía entonces 14 años, dos más que mi hermana Chari, mi compañera en aquellos autobuses. Yo insistía en que el recorrido duraba tres horas y ella decía que dos. Aún hoy considero que mi posición era indiscutible: entre la estación de transporte y las últimas casas de Arenal, había media hora de camino que mi hermana no le sumaba al viaje. Tampoco tenía en cuenta la media hora de distancia que existe entre la estación de transportes de Barranquilla y la casa de la tía Blanca, que era nuestro destino final. A ella sólo parecían interesarle dos fases del trayecto: el momento en que salíamos del pueblo y el momento en que entrábamos en la ciudad.

Quizás las cuentas de Chari se debieran al deseo de liberarse por una hora de la tortura de aquellos autobuses lentos y atiborrados de cerdos y gallinas. Por mi parte, debo decir que mal no me fue con mis cálculos: de ellos derivé la resistencia necesaria para soportar todo el viaje y no sólo las primeras dos horas.

Desde entonces, soy miembro de la logia de los pesimistas, aquellos que, viendo la botella por la mitad, no dicen, como los optimistas, que está casi llena, sino que está casi vacía.

En estos tiempos en que la gente deja caer la baba ante los ganadores y quiere fusilar a los perdedores, los pesimistas somos mal mirados. Sin duda porque creemos, con Andy Warhol, que ningún esplendor durará más de 15 minutos.

No tendríamos que esperar que nos trataran bien. Eso no sería consecuente con nuestro pesimismo. Sin embargo, no sobran unas cuantas aclaraciones.

En primer lugar, como nada esperamos, nada nos decepciona. ¿Dónde está lo malo? Los pesimistas repetimos, en coro con Quevedo, que la vida no es más que una presente sucesión de difuntos. Nacemos y ya nos estamos muriendo. ¿Acaso al pensar así colocamos una pistola en la sien de algún risueño optimista? ¿Acaso no nos conmueven hasta las lágrimas esas entusiastas personas que escriben manuales para contarnos cómo han sido felices, a pesar de sobrellevar un cáncer en el colon? No está mal recordar nuestros límites de vez en cuando. Bien decía el poeta Héctor Rojas Herazo que cuando un hombre sabe que será comida de los gusanos, procura ser buen padre, buen hijo, buen hermano, buen amigo.

Cuando uno sabe que siempre es posible que ocurra lo peor; cuando alguien te enseña que ni siquiera las buenas acciones están libres de castigo, es difícil que las calamidades te tomen con la guardia abajo. Cualquiera que sea tu oficio, no está de más que escuches al escritor John Ruskin cuando dice que “siempre hay otra persona que lo puede hacer un poco peor y venderlo un poco más barato”.

Pesimista verdadero era aquel hombre, cuyo nombre no recuerdo ahora, que decía que ya ni siquiera se permitía odiar a su enemigo, porque sabía muy bien que en cualquier momento lo iba a ver paseando en limosina frente a su casa.

A ratos, el amor y el sexo, entre algunas contadas alegrías, nos hacen pensar que la vida, aunque tiene la desgracia de no ser eterna, puede resultar bella. Pero parece, caramba, que me estoy traicionando. Antes de que termine convertido en un insoportable optimista, leeré otra vez ese viejo grafito español, que me encanta: “La luz al final del túnel es sólo un tren. Y éste, de todas maneras, no es tuyo”.

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Publicado por El Malpensante el 12-6-2013.

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