martes, 14 de febrero de 2012

La ballena blanca

Extracto del texto de Herman Melville

El tiempo era agradable cuando llegó el turno de mi primera guardia de vigía en la cofa. Este trabajo puede resultar bastante interesante, aunque en ocasiones también puede ser muy monótono, pero es absolutamente necesario para poder observar el mar desde un punto muy alto, al que no pueden llegar los que permanecen en cubierta.

En la mayor parte de los balleneros americanos las cofas son ocupadas casi al mismo tiempo que el navío sale del puerto, incluso aunque se tenga que navegar quince mil millas antes de llegar a la verdadera zona de crucero. Y si al cabo de tres, cuatro, cinco años de viaje el navío se acerca a casa vacío, entonces las cofas siguen ocupadas hasta el final.

Se monta la guardia en las cofas de los tres palos desde el amanecer hasta la puesta del sol, relevándose los marineros por turnos de dos horas, como se hace con el timón.

Durante una campaña ballenera hacia el sur, en viaje de tres o cuatro años, las horas que se pasan de vigía en la cofa suman meses enteros, y hay que tener en cuenta que ese pequeño espacio carece de cualquier condición de habitabilidad o comodidad. El punto más corriente para posarse es la cima del mastelero de juanete, donde hay que sostenerse sobre dos delgados palos paralelos llamados crucetas. Allí, entre la agitación del mar, uno se encuentra tan cómodo como entre los cuernos de un toro.

Cuando hace frío tiene uno que llevar puesto un grueso capote, aunque ni siquiera eso puede calentar a semejante altura y bajo el azote de todos los vientos. Y no se puede colocar un estante ni una cómoda ni un armario alrededor del cuerpo de uno.

Pero hoy en día la pesca de ballena proporciona asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y distraídos, a quienes les enfada la molesta preocupación de la tierra. A cien pies sobre la cubierta, en silencio, cabalgando sobre los palos como si fueran zancos enormes, mientras se observa a los monstruos marinos merodear en torno al barco, se tiene tiempo para pensar. El buque cabecea indolentemente cuando el tiempo es sereno y una gran paz se apodera entonces del espíritu.

Con frecuencia los capitanes de los barcos que no han avistado cetáceos riñen a estos distraídos filósofos, reprochándoles que no tienen suficiente interés en el viaje, casi insinuándoles que están tan desesperadamente perdidos para toda ambición honorable que en el fondo de sus almas preferirían no ver ballenas.

***

Una mañana, al poco tiempo del episodio de la pipa, Ajab subió por el pasillo de la cámara después del desayuno, como es costumbre de la mayoría de los capitanes, que se pasean por la cubierta luego de comer como si andaran por un jardín.

Pronto se oyeron sus pisadas de marfil mientras caminaba de un lado a otro sobre el maderamen, cuyas planchas estaban tan acostumbradas a su paso que estaban todas dentadas como capas geológicas. A cada vuelta que el capitán daba en el palo mayor de la bitácora casi se podía ver como su pensamiento iba y volvía con él, dando pasos al ritmo del marfileño zanco.

-¿Te fijaste, Flask? ―susurró Stubb. El pollo que el capitán lleva dentro está picoteando el cascarón. Ya no tarda en salir.

Pasaban las horas y Ajab, ahora encerrado en su cámara, seguía paseándose con fanática resolución y el ceño fieramente fruncido. Se acercaba el fin del día cuando, de pronto, se detuvo junto a la borda, metió la pata de marfil en un agujero que allí había, se agarró a un obenque y le ordenó a Stubb que llamase a todo el mundo a la popa.

-¡Señor! ―respondió el primer oficial, un poco asombrado de una orden que rara vez se da a bordo, a no ser en circunstancias extraordinarias.
-¡Todo el mundo a popa! ―repitió Ajab―. ¡Ustedes, los de las cofas! ¡Abajo!

Una vez reunida toda la tripulación, que le miraba con ojos no muy tranquilos, porque su rostro tenía un aspecto similiar al del horizonte de barlovento cuando se acerca un huracán, Ajab lanzó una mirada por encima de la borda y luego clavó los ojos en los hombres. Acto seguido reanudó su caminar de arriba abajo, con la cabeza inclinada y el sombrero ladeado entre los murmullos de los marineros. Stubb le susurró a Flask que quizás los había convocado para hacerles escuchar la historia de alguna proeza. Pero, súbitamente, Ajab se detuvo y exclamó:

-¡Muchachos! ¿Qué hacen ustedes cuando avistan una ballena!
-¡Anunciarla! ―respondió al unísono un montón de voces.
-¡Bien! ―respondió Ajab con tono de aprobación―. Y después, ¿qué hacen, muchachos?
-Arriar las balleneras y ¡a la caza!
-Y, ¿cuál es el estribillo que repiten cuando reman?
-¡Ballena muerta o lancha a pique, señor!

A cada respuesta, el rostro del viejo parecía más y más complacido, en tanto que los marineros se miraban entre sí con curiosidad. Ajab dio una vuelta sobre su pata y, agarrándose a otro obenque, les dijo:

-Todos los vigías me han oído dar una orden acerca de una ballena blanca. Pues bien, ¡atención ahora! ¿Ven esta onza española de oro?
E hizo relucir al sol una moneda ancha y brillante.
-Es una pieza de dieciséis dólares, muchachos. ¿La ven? Señor Starbuck, páseme un mazo.

El primer oficial fue a recogerlo, mientras Ajab, silencioso, frotaba la moneda contra los faldones de su chaqueta como para sacarle más brillo todavía, mientras murmuraba entre dientes un sonido inarticulado.

Starbuck le entregó el martillo y Ajab se acercó al palo mayor con el martillo alzado en una mano y la moneda en la otra, y exclamó con voz altísima:
-¡Aquel de ustedes que descubra una ballena blanca, con la fente arrugada y la mandíbula torcida, con tres agujeros en la aleta de estribor de la cola, se lleva esta onza de oro, hijos míos!
-¡Viva! ―gritaron los marineros, tirando al aire sus sombreros mientras el capitán clavaba la moneda en el palo mayor.
-He dicho una ballena blanca ―continuó Ajab tirando el martillo-.
Agucen los ojos, hijos míos. Tan pronto, como vean un chorro blanco, una burbuja, ¡avísenme!

Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequeg habían estado contemplándolo con más interés que los demás. Al oír la descripción de la ballena dieron un salto, como si a cada uno de ellos se le despertara un recuerdo.

-Capitán ―dijo Tashtego―. Esa ballena blanca debe ser la que algunos llaman Moby Dick, ¿no es verdad?
-¿Moby Dick? ―gritó Ajab―, ¿conocen ustedes a la ballena blanca? ¿Eh, Tash?
-¿Mueve la cola de una manera especial antes de sumergirse, señor? ―preguntó Tashego, que era oriundo de Gay-Head.
-Y ¿no tiene también un surtidor raro? ―inquirió Daggoo a su vez―. ¿Muy espero para un cachalote? ¿Y enormemente rápido, capitán?
-Y tiene... ―gritó Queequeg―, varios arpones en la piel, todos retorcidos y tuertos como el… como el... ―y movía su extraña lengua, que apenas le bastaba para dar la sensación de lo que quería describir.

-¡Como un sacacorchos, sí! Sí, Queequeg, los arpones los tiene clavados y retorcidos. Sí, Daggoo, el surtidor es enorme como una gavilla de trigo y blanco como una pila de lana lavada de Nantucket. Sí, Tashtego, abanica con la cola como un foque al que el viento le ha roto la escota... ¡Sí, con mil demonios! ¡Ésa es Moby Dick, chicos! ¡Moby Dick!
-Capitán ―dijo Starbuck, quien hasta entonces se había limitado con los otros dos oficiales a contemplar a su superior con creciente sorpresa―.Capitán, he oído hablar de Moby Dick, pero... ¿acaso no fue Moby Dick la que le arrancó a usted la pierna, señor?
-¿Quién te dijo eso? Sí, Starbuck, sí, hijos míos, fue Moby Dick la que me desarboló. A Moby Dick le debo este muñón muerto sobre el que ahora me sostengo. ¡Sí, sí! ―añadió en un sollozo terrible, casi animal―. ¡Sí! ¡Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó, la que me dejó inválido, la que me hizo un marinero pata de palo para toda mi vida!

Alzó los dos brazos al aire:
-Sí, y la he de perseguir más allá del Cabo de Hornos y más allá del de Buena Esperanza, más allá del Maelstron de Noruega, y más allá de los fuegos del infierno antes de renunciar a atraparla. Y para eso es que se han embarcado ustedes, muchachos, para perseguir a la ballena blanca por ambos hemisferios si es preciso, y por todos los rincones del universo hasta que lance sangre negra por el surtidor y flote panza arriba. De modo que, hijos míos, ¿queda cerrado el trato? Me parece que son ustedes un montón de valientes, ¿o no?
-¡Sí, sí! ―gritaron los arponeros y los marineros acercándose al viejo―. ¡Ojos vigilantes para la ballena blanca! ¡Un arpón bien afilado para Moby Dick!

***

-Vengarse de una bestia irracional ―dijo Starbuck―, que le atacó simplemente porque así se lo mandaba su instinto, ¡eso es una locura! ¡Eso parece una blasfemia, capitán!
-Cállate muchacho. Escúchame: Todos los objetos visibles no son más que máscaras de cartón. ¡Si el hombre golpea, que golpee a través de la máscara! ¿Cómo puede llegar al exterior un prisionero sino atravesando la pared? Para mí la ballena blanca es esa pared, una muralla que me rodea. Algunas veces creo que detrás de ella no hay más nada. Pero me aprieta, me ahoga, veo en ella una potencia enorme, fortalecida por una malicia inescrutable. Esa cosa inescrutable es lo que odio más, ya sea la ballena blanca el agente o el origen, sobre ella descargaré todo mi odio. ¡Ah, no me hables de blasfemias! Yo le pegaría al mismo sol, si me ofendiera. ¿Quién está por encima de mí? La verdad no tiene límites. ¡Aparta tu vista! Más intolerable que la mirada de los enemigos es la mirada estúpida. Pero tranquilízate. Te sonrojas y palideces. Mi calor ha derretido hasta el brillo de tu cólera. No deseo que te molestes. No quise enfadarte ni ofenderte. Mira la tripulación. ¿No están todos de mi parte en este asunto de la ballena blanca? Mira a Stubb, ¡se está riendo! Mira a ese chileno, ¡resopla nada más que de pensar en eso! Porque, ¿de qué se trata? De llevar algo hasta el final, nada de proezas. No es más que darle un golpe a una aleta. Estoy seguro que el mejor arpón de Nantucket no se va a echar atrás. Ah, ya veo que está confundido, te levanta la ola. ¡Hable, habla pues! Ya lo ves: es tu silencio el que habla por ti.
-¡Que Dios me guarde y a todos nosotros también! ―murmuró Starbuck.

Ajab no pareció oír aquellas últimas palabras, ni tampoco la risa ahogada que se oía en la cubierta, ni la voz del viento en el aparejo.

-¡Traigan la jarra! ―gritó Ajab.

Y al recibir en sus manos la jarra de peltre llena hasta rebosar se volvió hacia los arponeros y les ordenó sacar sus armas. Los alineó luego ante sí, junto al cabrestante, con los arpones en la mano, mientras que sus tres oficiales lo rodeaban con sus lanzas y el resto de la tripulación los observaba, y se quedó plantado mirando con ojos penetrantes a cada uno de sus tripulantes.

-¡Bebe y pásalo! ―ordenó entregando la jarra al marinero más próximo―. Por ahora, solo la tripulación. ¡Que corra! Tragos breves, muchachos, porque es más fuerte que la pezuña de Satanás. Así. ¡Así va bien! Circula magníficamente. El licor se mueve en espiral dentro de ustedes y luego sale hacia afuera por los ojos aguzados como los de las serpientes. ¡Bien hecho! Casi está seco. Así se traga de un golpe y desaparece la vida que rebosa. ¡Cocinero, vuelve a llenar la jarra!

Y siguió:
-¡Escúchenme, mis valientes! Los he reunido aquí a todos, junto a este cabrestante: arponeros, oficiales y tripulación. Vamos a ver. Formen un círculo en torno nuestro para que yo pueda revivir una de las más antiguas costumbres de mis antepasados pescadores. ¡Ah, muchachos, ya verán cómo! A ver, chico, ¿ya estás de vuelta? Dámelo. Vamos, la jarra ya está llena otra vez a rebosar.

-Ustedes, los oficiales, crucen las lanzas delante de mí. ¡Muy bien! Déjenme tocar el pecho ―y al decir esto juntó las lanzas, dándoles una fuerte sacudida y mirando a Starbuck. Pasó luego la mirada a Flask y a Stubb, como si quisiera llenarlos de la misma emoción que lo animaba a él.

Obedecieron en silencio, quedando los tres plantados con los hierros de los arpones, de unos tres pies de largo, sosteniéndolos de punta ante él.

-Y ahora, ustedes, los coperos, avancen. Agarren los hierros y sosténganlos mientras les lleno las copas ―y procedió a hacerlo con el ardiente líquido de la jarra.
-Así, tres para tres. ¡Entreguen los cálices asesinos! ¡Esto ya está hecho! ¡El sol no espera más que a santificarlo para hundirse en el horizonte! Beban. Beban y juren: ¡Que muera la ballena blanca! ¡Muera Moby Dick! ¡Que Dios nos cace a nosotros si nosotros no cazamos a Moby Dick?

Los vasos se alzaron y, entre gritos y maldiciones contra la ballena blanca, los líquidos fueron bebidos simultáneamente.

***

Yo, Ismael, formaba parte de aquella tripulación; mis gritos se habían alzado junto a los de los demás, mis juramentos se habían fundido con los suyos y, debido al terror de mi alma, grité más alto y juré más fuerte. Me llenaba un sentimiento salvaje y místico de conmiseración. Parecía mío el odio implacable de Ajab. Escuché con avidez la historia de aquel monstruo contra el que habíamos jurado venganza o muerte.

Durante mucho tiempo, aunque solo a intervalos, la solitaria y arisca ballena blanca había recorrido los mares sin civilizar por los que solían navegar los cazadores de cachalotes. Pero no todos conocían su existencia. Solamente unos pocos balleneros la habían visto y un número todavía menor le había dado batalla realmente. Ello se debía al modo desordenado en que se repartían por la circunferencia acuática los barcos balleneros, muchos de los cuales proseguían temerariamente su faena por yermas latitudes, de tal manera que nunca o rara vez encontraban un barco que les diese noticia alguna.

Es cierto que hubo diversos buques que dieron cuenta de haberse topado en tal o cual meridiano con un cachalote de tamaño y astucia fuera de lo corriente, que luego de dejar mal parados a sus atacantes se les había escapado arteramente, y para algunos resultaba lógico que aquélla debía ser Moby Dick.

Pero la ferocidad no era extraña en los cachalotes, por lo que no resultaba fácil decir si había sido o no la famosa ballena con la que se habían topado. Y en cuanto a los que, teniendo ya noticias sobre ella, la encontraron por casualidad, casi todos se habían lanzado al principio a darle caza tan arriesgada y temerariamente como a cualquier otra ballena de su género. Estos ataques trajeron desastres entre ellos, como brazos rotos, tobillos torcidos y miembros amputados, e incluso en ocasiones accidentes mortales. Por ello, todas las noticias resultaban confusas y casi siempre contradictorias.

A pesar de ello, los rumores de todo tipo no dejaron de aumentar y hacer más horrorosa la verdadera historia de estos encuentros. Los rumores fabulosos crecen naturalmente, como hongos en el árbol herido, pero en la vida marítima, así como el mar sobrepasa a la tierra, así las pesquerías de ballenas sobrepasan a cualquier otra clase pesca. Y el ballenero, solo en aguas tan remotas que aunque navegase mil millas jamás avistaría una chimenea, está más presto a alimentar su fantasía.

También había cosas prácticas que influían en el caso. No ha desaparecido de la mente de los balleneros el primitivo prestigio de que el cachalote es pavorosamente distinto de los demás ballenáceos y mucho más temible, incluso, que la feroz ballena franca o de Groenlandia, aunque son muchos los cazadores de ballenas que nunca se han enfrentado a los cachalotes, que viajan sumergidos y no pueden ser vistos a menos que se les vea salir y lanzar un chorro de agua.

Incluso la ciencia ha cimentado el miedo. Naturalistas como Olassen y Polvenson declaran que el cachalote no solo es el terror de los mares, sino que es tan increíblemente feroz que está siempre sediento de carne humana. Y en su Historia Natural, el barón Curvier afirma que, ante la vista del cachalote, todos las criaturas, incluidos los tiburones, “son heridas por el más vivo de los terrores”. Otros estudiosos dan cuenta de la capacidad del cetáceo de recorrer enormes distancias, viajando de norte a sur y por mares inexplorados.

Así, sobrecogidos por los rumores, muchos veteranos pescadores recordaban que a veces resultaba difícil convencer a los balleneros con larga práctica en la caza de la ballena franca a que se aventurasen a la cacería del cachalote.

Ante la experiencia real y viva de los hombres, no sorprende que algunos balleneros hayan ido más lejos en su superstición en lo que respecta a Moby Dick. Una de las leyendas que se atribuían a la mente crédula de los marinos era que la ballena blanca era ubicua, es decir, se encontraba en varios puntos distintos a la vez.

No solamente era su corpulencia lo que le distinguía de los demás cachalotes, sino también una frente arrugada y una blancura de nieve, además de la alta y piramidal joroba blanca. Y también sus traidoras retiradas cuando se la perseguía, pues más de una vez se la había visto, cuando nadaba huyendo de sus perseguidores, volverse súbitamente y caer sobre ellos para destrozar sus lanchas.

Por otra parte, los arpones que llevaba clavados eran motivo de especulación. Es cosa perfectamente conocida, tanto entre los balleneros ingleses como entre los norteamericanos, que se habían capturado al norte del Pacífico ballenas que llevaban clavadas puntas de arpones lanzados en Groenlandia.

Y tampoco escapaba a los marinos la certeza de que el intervalo entre encontrarlos y el momento en que recibieron la herida no podía exceder de muchos días.

Familiarizado con semejantes prodigios no explicados, no es de extrañar pues, que, sabiendo que Moby Dick había escapado viva después de repetidos ataques, fueran más allá en sus supersticiones, suponiendo que Moby Dick no solamente era ubicua, sino inmortal, y que seguiría nadando viva aunque se le clavaran en los flancos bosques enteros de arpones, y que si alguna vez se le llegaba a ver lanzar sangre por su surtidor, eso no sería más que una alucinación, pues no tardaría en verse otro surtidor, blanco e inmaculado, brotando a muchas leguas de distancia.

Su caza había dado ya lugar a numerosas muertes. Calcúlese, pues, la furiosa ira que se apoderaba de sus cazadores cuando salían nadando de entre los destrozados restos de sus lanchas y los miembros arrancados de sus compañeros muertos.

Con tres lanchas desfondadas y los hombres debatiéndose entre las olas, había habido un capitán que, cogiendo el cuchillo de cortar el cable de su proa deshecha, se había lanzado sobre la ballena tratando de arrancarle la vida con un arma de sólo seis pulgadas. Aquel capitán había sido Ajab, y fue entonces cuando, con su mandíbula en forma de guadaña, le había segado la pierna Moby Dick.

No era, pues, de extrañar que desde aquel instante, un salvaje deseo de venganza contra la ballena blanca se hubiera metido en el espíritu del capitán, tanto más cuanto que no solamente le achacaba la pérdida de su pierna, sino también el desánimo, la enfermedad anímica que desde entonces lo aquejaba.

A esa causa se podía atribuir su innegable locura durante la travesía, así como la sombría melancolía que lo dominara hasta el mismo momento de hacerse a la mar en el Pequod.

Teníamos entonces a aquel anciano canoso e impío persiguiendo con sus maldiciones a una ballena como la que tragó a Jonás por todo el inmenso océano, y al frente de una tripulación constituida por mestizos renegados, parias y salvajes, en la que solamente la virtud de Starbuck, la indiferencia y despreocupación de Stubb y la total mediocridad de Flask ponían una nota de sensatez. Dicha tripulación parecía reclutada y reunida por alguna fatalidad infernal para ayudarle en su monomaníaca venganza.

Ya he dicho lo que la ballena significaba para Ajab, pero, ¿y para mí? Aparte de las características peligrosas del animal estaba su blancura, que era lo que más me aterraba, ya que si bien en muchos objetos la blancura contribuye a aumentar su belleza, como en los mármoles, a mí me producía una extraña sensación de desasosiego.

¿Qué hay tan inquietante en un hombre albino como para que, a veces, hasta su misma familia lo rechace? Pues precisamente esa blancura. El albino es como los demás y, sin embargo, su simple aspecto, su blancura, le hace molesto a los ojos de la gente. ¿Por qué? Y también, ¿por qué a los fantasmas se les atribuye una blancura que contribuye a aterrorizar a los que en ellos piensan? ¿Tal vez por su parecido a alguien envuelto en un sudario?

El espanto encapuchado que aparece en los mares del sur ha sido denominado Borrasca Blanca. Y, ¿cómo explicar que el mar Blanco produce en la mente una impresión tan espectral, en tanto que el mar Amarillo nos mece con una sensación de seguridad? Por todas estas cosas, la ballena blanca venía a ser un símbolo de algo muy desagradable para mí. 
…………
Versión condensada de los capítulos XXXV, XXXVI y XLI de la novela Moby Dick, 1851.

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