miércoles, 23 de febrero de 2011

Abdel Twitter, el egipcio rebelde

Juan Claudio Lechín

Dicen que en la rebelión de Egipto (y Túnez), las redes sociales se han vuelto actores políticos. Inés Bel-Aiba, de AFP, asegura que un ejecutivo de Google, detenido cuando el gobierno clausuró los proveedores de Internet, se ha convertido en símbolo de la sublevación. Esta mirada cunde entre los analistas internacionales.

No hubo, sin embargo, bombardeo mediático sobre las razones de la sublevación. Bastó con saber que Mubarak lleva varias décadas en el poder para dar por sobreentendidas todas las causas. No importó saber quién organizó las protestas, si hay líderes, presos políticos, intervención extranjera (la mano negra), si la “Hermandad Musulmana” está deshojando margaritas esperando la oportunidad para tomar se poder o qué site iluminado que redimirá a Egipto trae en su Ipod el ejecutivo de Google.

El poco avance en materia del espíritu humano (seguimos siendo injustos, asesinos, rateros, opresores, etcétera) se lo debemos a la soberbia. Una de sus facetas, nos hace creer, reiteradamente, que uno, su generación, su grupo o su país, vuelve a descubrir la pólvora. Cada generación cree que el artilugio de su época explica las causas.

Hoy el Twitter aparece como el origen de los cambios, antes fue la radio y, en la revolución francesa, la imprenta. No es trivial, pues esta forma de narcisismo/soberbia adquiere tanto cartel que no le deja espacio a lo relevante, al alma humana y sus esquinas, al pensamiento, la belleza, las causas, la libertad, el diseño de utopías. Y son precisamente los jóvenes, los verdaderamente importantes en cualquier tiempo, quienes honran al artefacto tecnológico depositándole a este tótem sus propios atributos rebeldes y revolucionarios, su necesidad de porvenir.

Las innovadoras redes sociales son apenas medios de transporte que cargan en sus espaldas tecnológicas el mensaje emitido por los seres humanos. Los robots no controlan a la humanidad.

El barón Roschild asistió a la derrota de Napoleón en Waterloo. Envió una paloma mensajera, a su secretario en Londres, indicándole comprar bonos del tesoro británico e hizo fortuna. El acierto bursátil no fue de la paloma, ni tampoco Zuckerberg sublevó al pueblo egipcio.

Esta moda tecnológica tiene mucho de colonialismo intelectual, pues para la opinión global, los individuos de los países periféricos somos cosa secundaria. En cambio, las tecnologías de la patria central explican todo. Es el mismo efecto milagroso que tenían las ideologías europeas cuando Europa era la luz.

La ponderación inmerecida (enlace con la soberbia) de las redes sociales como actores y no vehículos, hará que quedemos estupefactos cuando en el futuro unos ayatolás, y no el gerente de Google, tomen el poder en el Cairo y arrasen; como sucedió en Irán en 1978. Por sentirnos sintonizados en el cóctel-party de la tecnología nos desinteresamos de nuestras complejas realidades. La superficialidad reina en el pensamiento mediático actual.

Los cambiantes artilugios tecnológicos (hoy unos, mañana otros), son la quijada del burro que puede servir para asesinar al hermano o para hacer música tondero. Lo eterno es el alma humana que nos seguirá perturbando hasta la eternidad, y es ahí donde hay que insistir, siempre, todo el tiempo y sin cesar.

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Publicado en El Comercio (Lima) el 12-2-2011.

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