martes, 7 de diciembre de 2010

Alma y huella (fragmento)

Luis Manuel Urbaneja Achelpohl

Nos guiaba en la oscuridad de la noche y en instantes se detenía como para orientarse en el desierto de la llanura. El enemigo estaba cerca, marchábamos con gran sigilo. Pero nuestra curiosidad era grande y con nuestras continuas preguntas desatábamos su lengua. Las palabras caían trémulas de sus labios:
-La caballería había huido. Sólo Julio, con un piquete, le había dado frente al enemigo. Dieciséis cargas seguiditas y lo detuvo. Pero en la última, rodeado de enemigos, había sido herido traidoramente por un soldado ya vencido. Por fortuna su asistente lo sacó fuera de combate, abriéndose paso a puro bote de lanza por entre un cerco de bayonetas enemigas.
Y aquellas sencillas palabras que caían trémulas encendían nuestras almas. Así atravesamos la llanura, comentando la nueva hazaña, futura leyenda del mañana.
Entusiasmadas nuestras almas por aquel simple relato, marchábamos en silencio. La luna asomó entre espesos nubarrones. Nuestro guía se detuvo, indeciso.
-¿Qué pasa? –le preguntamos inquietos.
-Silencio: es que estamos en el sitio de la pelea.
Nos embargó un gran recogimiento. Nuestros ojos se empeñaban en taladrar la oscuridad, como si quisieran distinguir, en medio de las sombras que nos rodeaban, algún vestigio de aquella dolorosa jornada.
-Sigamos adelante –dijo el más osado. Y cruzamos aquel campo, a aquella hora en silencio y paz.
Nos detuvimos. La luna alumbraba desde el seno de las negras nubes y envolvía a ratos el corral de palo a pique donde, sin tiempo para descuartizarlas, se hallaban varias reses.
A nuestros pasos huyeron, amedrentados, unos cochinos que hozaban en un montón de tierra al lado del corral. Uno, inmenso y gruñidor, se paró en su rápida huída y comenzó a hozar de nuevo. La piara se fue reuniendo; gruñían y removían, afanosos, la tierra.
-¿Qué hacen esos cochinos?
-Ahí enterraron a un coronel de los otros, -respondió impasible nuestro guía-. La luna caía de lleno en el corral. Y nosotros en la llanura éramos unas sombras espectrales.

Caracas, 15 de octubre de 1911.

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