sábado, 20 de noviembre de 2010

Altazor (fragmento)

Vicente Huidobro

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que iban a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos de navíos lejanos.
Una tarde cogí mi paracaídas y dije: “Entre una estrella y dos golondrinas”. He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arco iris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: “Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?”. Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: “Adiós”, con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos, aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá, lejos de todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al creador sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo:
-“Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
-Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pagadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
-Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno: los días tienen un oriente legítimo o reconstituido, pero indiscutible.
-Después tracé la geografía de la Tierra y las líneas de la mano.
-Después bebí un poco de coñac (a causa de la hidrografía).
-Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas, y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
-Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador”.
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando el reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
-“Los verdaderos poemas son incendios”. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
-“Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
-Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
-Un poema es una cosa que será.
-Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
-Huye del sublime externo si no quieres morir aplastado por el viento.
-Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco”.

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Inicio del prefacio de Altazor, 1931. Releer este poema de un libro amarillo y roto (subrayado en bolígrafo por mi madre en alguna de sus propias madrugadas febriles) ha sido un regalo existencial para mí.

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