martes, 24 de agosto de 2010

Al simulacro de la imagerie

Caio Fernando Abreu


“Lo que importa es la no ilusión. La mañana nace”.
Frida Kahlo, Diarios

El cielo tan azul allá afuera y ese malestar aquí adentro. Afuera: casi noviembre, el vendaval de primavera llevándose lejos los últimos malos espíritus del invierno, olor de flores en jardines remotos, perfume de los primeros mangos maduros, fresas perdidas entre el monóxido de carbono de los automóviles taponando las avenidas. Adentro: la fila que no camina, aire acondicionado echado a perder, señoras gordas atropellando a los demás por los corredores estrechos sin pedir disculpas, sus carritos abarrotados, mortíferos cual tanques, niños cibernéticos chillando por muñecos intergalácticos, cajeras lentas, mal educadas, mal encaradas. Y el sudor y la náusea y la aflicción de todos los supermercados del mundo los sábados por la mañana.

Ella miró sus propias compras; galletas de soda, agua mineral con gas, arroz integral y, por un impulso de extravagancia, un pote de mermelada de durazno argentina. “Duraznos”, repitió encantada. Le gustaban las sonoridades. Y no le quedaban manos libres para abanicarse. Y aquella mujer de piel estirada había amontonado en el mostrador sus víveres, dos carritos rebosantes de colesterol y sugar blues. Ella suspiró. Y miró hacia arriba, desde donde la espiaba una cámara de TV como si fuera una ladrona en potencia, y miró también los estantes de los lados del corredor polaco donde estaba acorralada y vio montañas de paquetes plásticos con pequeños caramelos verdes, rosados y amarillos, bizcochos con sabor a tocino, cebolla, jamón, queso. Y latas, pilas de latas.

Suspiró otra vez, suspiraba mucho, y volvió a mirar hacia afuera, más allá de las cabezas. Seguía aquel cielo azul tan claro y raro en aquella ciudad odiosa. Pero aquí adentro ella apenas lograba sacar un pie de la sandalia hawaiana - era sábado, “al diablo”, ella era así - para apoyar los dedos de uñas muy cortas, sin pintura, sobre el otro pie. Hecha una garza, ella, posada en medio del charco azucarado. La ancha falda de la India estampada de muchos colores hasta los tobillos, la blusa suelta de seda blanca sin mangas, el dinero escondido en el bolsillo sobre el seno izquierdo.

Balanceó el pie hinchado en el aire para activar la circulación. Y si alguien la viese así, sin notar el pie hinchado escondido por la falda ancha, diría que era coja, pobre muchacha, toda desgreñada, esas ropas medio hippies arrugadas y, para colmo, coja. Coja, equilibrista, no se apoyaba en nada ni en nadie, sin muletas o bastón. “Váyanse al diablo”, repitió mirando desafiante alrededor. Pero “váyanse al diablo” no era suficiente para aquel gentío. Entonces masculló: “¡Jódanse!” en voz baja, pero con odio suficiente, exclamación mayúscula y todo. Después de esto se serenó, aunque se sentía exhausta, desaforada y sin toxinas, la joven garza.

Fue entonces que lo vio en la fila de al lado, ya llegando a la caja. No estaba más gordo, no en la cara por lo menos, ni más calvo. Pero había en su cuerpo delgado una extraña barriga que parecía artificial. Y halos de sudor en las axilas, manchando la tela sintética de la camisa de vestir blanca con mangas largas. Torpemente, sin mirarla, él intentaba meter las compras en las bolsas de plástico, por lo que, entornando la cabeza ella investigó, curiosa: vodka, whisky, Campari, montones de bocadillos salados plásticos, mayonesa, margarina, paquetes de papel con sangrientos pedazos crudos, otro carrito lleno hasta los bordes de latas de cerveza, queso, paté - ¿sería una fiesta? -, más latas, muchas latas, vinagreta de verduras, pasta de tomate, atún. Las bolsas se rompían, las latas rodaban por el suelo, él se curvaba para recogerlas intentado firmar el cheque y nadie lo ayudaba.

Aquel era un hombre que ella había conocido hace mucho tiempo, cuando todavía no era ese urbanoide que estaba allí en el supermercado, sino simplemente un casi joven recién llegado de años de exilio político en Chile, Argelia, después el postgrado en París en alguna especialidad que ella no recordaba bien. Sólo sabia que él hablaba todo el tiempo sobre un cierto simulacro de una tal i-ma-ge-ri-e, las piernas cruzadas en el sofá forrado de algodón estampado de lila y malva de la sala del apartamento de ella, las piernas apretadas con fuerza, protegiendo las bolas, como si ella siempre estuviera a punto de violarlo en el próximo segundo, hablando y hablando sin parar sobre Lacan y Althusser y Derrida y Baudrillard, principalmente Jean Baudrillard, mientras ella se ocupaba de servir más vino blanco seco, helado con pistachos, contemplaba las rosas amarillas en el centro de la mesa y se conmovía de admirarlo así joven, así extranjero en su propio país, así aterrorizado con cualquier posibilidad del toque de otro humano en su blanca piel triste sin amor venida del exilio.

“Tú si sabes vivir”, decía él. Ella sonreía modesta, pero más sarcástica que lisonjeada. Mal sabía él que, entre las traducciones del alemán, ella trabajaba como esclava pasando paños con alcohol en las paredes, aspiradoras en las alfombras, recogiendo cortinas para la lavandería, cambiando sábanas cada santo día, lavando platos con sus manos enrojecidas que miraba melancólica cuando él le decía esas cosas, enjabonando en la batea ropa casi siempre blanca, casi siempre de seda, que no tuvo ni tendría jamás una lavadora, picando zanahorias, rábanos y remolachas para ensaladas crudas, removiendo en ollas de barro con cuchara de palo, odiaba microondas, para siempre y siempre exhausta de todo aquello. Su único consuelo era el compacto con Astrud Gilberto e Chet Baker siempre cantando búdicos al fondo.

Limpia, ordenada, trabajadora, aquella mujer, todo el tiempo. Y muerta del cansancio y de amor sin esperanzas por aquel hombre que no la veía ni vería jamás como realmente era, ni la tocaría nunca. La admiraba para no necesitar tocarla. Le confería una superioridad que ella no poseía para no tener que besarla.

Disimulado, atolondrado, recogía nombres, teléfonos, direcciones de personas y lugares probablemente útiles algún día, para la Ardua Tarea de Subir en la Vida, vampirizaba a los amigos de ella, en especial a los que tenían algún tipo de poder, editores, políticos, periodistas, dueños de galerías de arte, cineastas, fiadores, productores. Seductor, insidioso, irresistible.

- “Vamos a cenar uno de estos días”, insinuaba ambiguo para todo el mundo. Durante tres años nunca le dio un orgasmo. Nunca se acostó desnudo al lado de ella en la cama, desnuda también. A lo sumo le susurraba dulzuras del tipo: “Quédate ahora así, por favor, parada contra esa ventana de vidrio, que la luz del atardecer está iluminando tus cabellos y yo quiero guardar para siempre en la memoria esta imagen de ti así tan linda”.

No, ella no era tonta. Pero como quien no desiste de ángeles, hadas, cigüeñas con bebés, islas griegas y happy ends cenicientescos, ella quería creer. Hasta la noche súbita en que no pudo más. Y le lanzó vasos de whisky en la cara, telefoneó borracha de madrugada durante días, dejó recados terribles en la máquina contestadora amenazando con suicido, asesinato, proceso judicial, diciéndole ladrón.

“Quiero porque sí que me regreses mis discos de Astrud y Chet, afeminado impotente”, bien bruta e irracional, repitiendo lo que su psicoanalista, también exhausto de todo aquello, dijera no específicamente sobre él, sino sobre todos los hombres del mundo: un homosexual no asumido que no dio el culo hasta los treinta y cinco años se vuelve mala persona, hija mía. Él tenía treinta y siete cuando se conocieron. ¿Ahora cuántos es que tiene? Unos cuarenta y tres o cuarenta y cuatro, era de Libra, del tipo que no sabe la hora de su nacimiento. Y aquella barriga asquerosa, aquel Aire de Quien Venció en la Vida, aquella camisa sintética, los círculos de sudor, los pantalones Zoomp con pinzas, las bolsas de plástico barato del supermercado, tres o cuatro en cada mano, saliendo torcido y casi gordo del supermercado.

Atrás de ella, en la fila, alguien la empujó con un carrito. La cajera esperaba con aire aburrido y acento interiorano: “¿Es cheque, tarjeta o dinero, querida?”, dijo. “Dinero”, dijo ella. Y lanzó sobre el mostrador el billete retorcido, como si fuera una serpiente viva. Después agarró sus compras y se marchó. ¡Ausgang!

Afuera el viento agitó su falda larga haciéndola volar. “No tengo ropa interior”, se acordó. Y pensó en Carmem Miranda. Pero dejó que volase y volase. Respiró hondo. Fresas, mangos maduros, monóxido de carbono, polen, jazmines en los balcones de los suburbios. El viento le lanzó los cabellos rojizos sobre la cara. Sacudió la cabeza para quitarlos y salió caminando lenta en busca de una calle sin carros, una calle con árboles, una calle en silencio donde pudiese caminar despacio y sola hasta su casa. Sin pensar en nada, sin ninguna amargura, ninguna vaga nostalgia, ningún rechazo, rencor o melancolía. Nada por dentro y por fuera más allá de aquel casi noviembre, de aquel sábado, de aquel viento, de aquel cielo azul, de aquel no dolor, al fin y al cabo…

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Del libro Estranhos estrangeiros, 1996 (traducción libre).

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